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salvador-navarro.com

martes, marzo 31, 2009

Los muertos del Papa

Hay determinados temas que, de tan diáfanos, parece imposible tener que discutirlos. 

No es difícil ver la cadena de transmisión. Desde las pantallas de televisión del África Negra católica llega un mensaje del adorado Papa, que se desplaza en su Boeing para transmitirles lo que se supone ya debían saber, que los 540.000 infectados de SIDA del Camerún son pecadores y que no sirve de nada utilizar el condón. Quien no sea pecador no se contagiará. Un 6% de la población en un país donde las posibilidades de tratarse son mínimas. Quien no viese la tele, recibirá el mensaje directamente en la homilía de su iglesia de madera, o se lo dirá el vecino, o le pondrán la cara colorada si consigue juntar el dinero para ir a una farmacia a comprar un preservativo. 

Al Papa le hubiese gustado que los seres humanos fuésemos figuras geométricas asexuales, que se quisieran por programa y que, para que no se perdiera la especie, surgiera un cable que transmitiera una señal que posibilitara a la pareja para la que estaba programada tener otra figurita de porcelana. Al Papa le dan miedo las relaciones humanas, porque no sabe lo que son. No sabe lo que es el sexo y lo odia, escupe todo sus miedos y represiones, no sabe lo que es el amor real tras esa capa blanca de hipocresía. 

Se permite coger un avión de vez en cuando para salir de su celda dorada y decir al mundo lo que no es el mundo. 

No somos figuritas de porcelana, somos seres de carne y hueso que vivimos una realidad más dura de la que se ve desde ningún púlpito. 

Ya vale de acusar por follar, de pedir cárcel para las mujeres que abortan, de compadecer a los homosexuales, de castigar al infierno de una enfermedad sin cura a millones de negros a quienes se les educó en el amor a un Dios que tiene un representante impresentable en la Tierra.

martes, marzo 24, 2009

Mis Galias

Acabo de volver de unos de mis sempiternos viajes a Francia. Sea por trabajo (y placer) o por darle simple gusto al cuerpo, reencontrarme con este país me resulta en cada ocasión enriquecedor.
En mis principios más consolidados está el no dar valor a las fronteras en tanto que divisoras de seres humanos. Por muy naif que suene, las banderas, los territorios… no pueden ser más que anécdotas en lo que respecta a la esencia del ser humano.
Todo esto no quita para reconocer lo que supone caracterizar a un pueblo en función de su historia, de su lengua, de particularidades culturales, de comportamiento.
Francia para mí supone conversación en cenas largas, implica poner en duda todo. Francia es un merci, un desolé, un s’il vous plaît y un pardon. Es educación y elegancia. Es la declaración de los derechos del hombre, son casas con grandes muros de piedra y áticos de pizarra. Es Marie Curie y Pasteur, es la Revolución y el fin de privilegios aristocráticos sin sentido. Es cine de autor, es Flaubert y Maupassant, es Voltaire y Rousseau. Son paisajes en verde y dolor por guerras destructoras construyéndose a sí misma en el corazón de Europa.
A Francia entré con dieciocho años haciendo interrail, sorprendido por la majestuosidad del Garona atravesando Burdeos. Recuerdo una señora mayor dando de comer a un caniche en la mesa de un restaurante.
París fue el gran impacto. Soñaba, siendo un adolescente, poder tener la oportunidad en el futuro de vivir mi madurez en esa ciudad en que se respiraba belleza en cada rincón. La vida es tan azarosa (o no) que me dio la oportunidad quince años más tarde. De París me quedo con los jardines de Luxemburgo las mañanas de los domingos, los cafés de Saint-Germain, las creperies de la rue Mouffetard, los mercados al aire libre en Bastilla, las copas por Oberkampf, los paseos con un libro por el cementerio de Pere Lachaise, la vida cultural de Montparnasse, el metro de Abesses, la place des Vosges de Víctor Hugo, el rompedor Beaubourg y su monumento a la maceta, el Louvre de los egipcios, de las grandes pinturas francesas, de los Murillos sevillanos.
El trabajo me hizo pasar muchas noches durmiendo junto a la imponente catedral de Rouen; con las visitas de amigos pude conocer Honfleur, en la costa normanda, o viví noches de amor en el Mont-Saint-Michel. Los fines de semana me permitieron visitar con calma la catedral de Chartres, primer esbozo universitario en época medieval. El Estrasburgo peatonal y su gran museo de arte contemporáneo, la gran Place del Capitole de la ville rose de Toulouse, las universitarias Caen y Valenciennes, la bulliciosa Lille, las soberbias catedrales de Amiens y Orleans, la vieja ciudad de Limoges, la frívola Niza, los coquetos castillos del Loira rodeando a Blois y su castillo de Francisco I.
Como español tengo necesariamente prejuicios heredados. Ellos nos invadieron, ellos nos desprecian, tiraron la fruta de nuestros camiones en los años ochenta, son soberbios, son distantes, no se lavan, se manifiestan contra todo y contra todos…
Como ciudadano del mundo tengo muchos menos monstruos en la cabeza y sé apreciar la grandeza de una Francia protagonista indiscutible en el devenir del hombre hacia un futuro cimentado en la cultura, en el respeto al otro, en el saber escuchar.
Vive la France!

miércoles, marzo 04, 2009

El placer del lector

De una editorial de un periódico nacional anoté hace algún tiempo que leer te hace más libre, más feliz y más divertido. Una idea se puede expresar de mil maneras, pero me quedé con la frase por rotunda.

Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con el que nos cruzamos por cualquier calle.

Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.

Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.

Mis hermanos se ríen de ese período de mi vida, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.

Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.

Pero yo leía.

El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, ‘Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol’, Julia O’Faolain me comentó que ‘cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien’; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba ‘que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...’ mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, ‘¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!’. Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, ‘Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo...’ afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, ‘la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá’.

Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, ‘En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno’, pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: ‘El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos "felicidad" no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos’. Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que ‘nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros’. A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, ‘la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’. ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, ‘¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?’. Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, ‘...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio’ o de nuevo Kundera, ‘el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir’.

El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, ‘El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo’ que no sabría definirlo mejor. Quizás Amélie Nothomb, cuando me escribía 'Sería bueno acudir a las exposiciones así, por casualidad, con toda la ignorancia posible. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta'.

Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, ‘en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla’.

Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Mika Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda… Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.

He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé cómo los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y he ayudado a sanar gente.

Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster ‘es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida’.

Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.

jueves, febrero 26, 2009

Madrid

He estado muchas veces en Madrid, pero no tantas como para que resulten infinitas, esa sensación que sólo tengo con algunas playas de Huelva y Cádiz, y con París.

En toda visión se juntan historias subjetivas que no siempre se pueden racionalizar. Mis primeros encuentros con la capital fueron dramáticos. A mi madre le trataban de un cáncer terminal allí, buscando un milagro no posible en Sevilla, en Madrid ni en ningún otro lugar en esos años ochenta en que un adolescente descubría los entresijos del sexo, las relaciones humanas y amorosas, viviendo una situación tan cruel como era ver a su madre de cuarenta y tantos años morir poco a poco.

De entonces recuerdo los paseos por el Retiro en tardes-noches veraniegas de mucho calor.

Conocí luego el Madrid de las visitas culturales organizadas, el de las noches de alcohol tomando cervezas carísimas que sabían de muerte, el de los encuentros a ciegas. Viví una desastrosa historia de amor con alguien de allí. En todos esos períodos, en cada viaje, encontraba un hueco para patearme la ciudad, recorrerme a solas sus museos, los centros comerciales, atravesando avenidas repletas de coches pitando. ¡Qué agresivo me resultó Madrid desde la primera vez!

Agresivo, desordenado, con muchas cuestas, barrios desangelados… Pero nunca extraño. No puede resultar extraño Madrid a un sevillano. Sentirse huérfano allí no es probable.

Con el tiempo he ido apreciando la belleza dura de una ciudad muchas veces vilipendiada.

Este pasado fin de semana estuve allí. El domingo desperté con ruidos de Carnaval y me fui a desayunar por la Gran Vía. Cuando salí del café, el sol de invierno daba de lleno en la fachada del edificio de Telefónica. Estampa que retendré para siempre. Grandes edificios blancos señoriales de una ciudad que no resulta indiferente.

El problema de Madrid es intentar imponerlo como modelo en un país tan diverso, es hacer que todas las vías, los vuelos y los trenes pasen por allí, que la vida cultural de España parezca sólo la suya, que las series de televisión siempre se sitúen allí, con lo que podríamos ganar con una ‘Aída’ viviendo en un barrio de Las Palmas, con un programa cultural semanal desde Santiago de Compostela, con un Ministerio de Fomento en Barcelona y uno de Turismo en Málaga. España es muchísimo más que el Real Madrid, que las cuitas de Esperanza Aguirre, que los entresijos de politiquería tramados en diarios madrileños. Somos un país de idiomas diversos, de distintas lenguas, al que le gustaría seguramente un Madrid menos ‘carca’.

Yo quiero un Madrid canalla, alternativo, fuerte, que me acoja siempre con el cariño de quien es la capital de un país moderno, sensato y acogedor.

Me gusta Madrid y me considero, por tanto, con derecho a opinar. Hay amores que matan.

jueves, febrero 19, 2009

Decisiones acertadas

Como bien dice Erich Fromm, el ser humano es producto de sus decisiones.

Lo que hoy somos se ha ido conformando a partir de elecciones vitales, más o menos transcendentales, que nos llevan al lugar que hoy ocupamos, al bienestar que disfrutamos, la estabilidad emocional, los vínculos amorosos, amistosos, familiares, nuestra situación laboral, anímica, el nivel de autoestima.

Es cierto que las decisiones desacertadas van llevando a las personas a una espiral menos controlable cuanto más desacertadas son éstas y más abundan.

Tengo gente cercana a la que quiero que desespera por no encontrar su lugar en el mundo, porque, sin ser malos, han tomado decisiones dejándose llevar por la soberbia, por la avaricia, por el placer inmediato, por el qué dirán, por la falta de autoestima…

Difícil distinguir a veces la fina frontera entre lo acertado o no. La vida siempre pide más comida, más madera, siempre nos pone a prueba, continuamente tenemos que dar pasos. Y avanzar hacia un lado implica no haberlo hecho hacia el lado contrario.

Todos hemos dado pasos equivocados llevados por nuestras miserias. El problema es cuando estas decisiones se encadenan en un no ir a ninguna parte porque no se tiene rumbo ni criterio.

En cambio, cuando tu parte sana te guía la vida se vuelve plena. Nada mejor que sentirse querido porque realmente te entregas sin condiciones a la gente que amas, que avanzar en el trabajo a base de ser brillante o de intentarlo, no por maquiavélicas estratégicas…

Dar por el placer de dar, no por esperar nada a cambio.

Cuando se entra en esa dinámica utópica todo rueda redondo.

Es difícil librarse de las mezquindades que nos guiñan el ojo, pero hay que intentarlo.

Que las ilusiones no se cuantifiquen en euros es una condición necesaria, no suficiente, para ser feliz. Y esas ilusiones construyen el camino que nos vamos marcando.

De las espirales malas se sale también, claro que sí, pero cómo pesan las decisiones equivocadas…

lunes, febrero 16, 2009

Susana

Difícil hablar, en abierto, a gente anónima, de una persona con nombre concreto y biografía personal a la que quiero.

Hace pocas semanas Susana me escribió un correo impecable, extenso y con diferentes lecturas. En los últimos quince años nos hemos visto muy pocas veces.

En su correo desgranaba los tipos de amistades en que ella clasifica a las personas con las que ha ido compartiendo su vida. Me encuadraba, para mi alegría, en aquel sector de personas que aún sin verlas las consideras cercanas.

Alababa en su e-mail mi coherencia respecto a mi visión de la vida y las personas, en lo referente a mi actitud política o social. Criticaba, en cambio, mi parcialidad excesiva y mi dificultad, a su entender, para ponerme en la piel de aquéllos que viven otras vidas, otros modelos de familia, más clásicos (y más ‘bendecidos’ por la sociedad, agrego yo). En su correo no me pedía nada, no me ofrecía nada, no había citas futuras ni confesiones íntimas, no me hablaba de sus hijos ni de su marido, ni de su situación laboral ni de su día a día.

A Susana la conocí en la época del bachillerato, como novia de un buen amigo. Pertenece al selecto grupo de las personas que no te dejan indiferentes, que suelen coincidir con aquéllas que son sensibles, buenas conversadoras (tanto en el hablar como en el escuchar) y generosas.

Asistí a su boda, seguí con cierta cercanía los primeros pasos de su niña (que el otro día vi ya casi más grande que ella) y nos fuimos alejando poco a poco.

Los dos sabemos que la vida toma esas direcciones, como autopistas que más o menos van trazando nuestro recorrido y de las que a veces nos resulta difícil escapar. Hubo un momento en que la suya le llevó al este y a mí al oeste.

Alejados tantos miles de kilómetros de distancia, Susana me escribió un e-mail desde mi misma Sevilla, una ciudad que vivimos con ojos tan distintos que parece que sean dos territorios enfrentados, para decirme que ella está ahí, que me ve coherente, pero parcial, que me tiene entre las personas cercanas y que la vida, al otro lado de esa barrera invisible que se construyó a nuestras espaldas, puede ser igual de plena e interesante.

Un beso, Susana.

sábado, febrero 14, 2009

Un paso más

La sociedad en la que vivimos está sometida en estos tiempos a un período de catarsis, en que se pone en duda gran parte de los grandes principios que han servido como motores para evolucionar.

La prepotencia ha sido uno de estos grandes valores, fomentados por el dinero fácil y las ansias de tener (no de ser).

Tal vez no estemos asistiendo a ninguna ruptura brutal ni a un cambio de mentalidad. Nos hace falta perspectiva en el tiempo que, casi con seguridad, no tendremos los que ahora estamos vivos para saber cómo de grave es esta incertidumbre actual, pero sí me gustaría que de aquí sacásemos algunas enseñanzas que, en muy pequeñas dosis, aparecían en distintos puntos del planeta en los últimos años.

Ese aprendizaje vendría caracterizado por la palabra humildad.

¡La humildad es de los tontos!, oí hace muchos años a un profesor de universidad.

No es docilidad de lo que hablo, sino de nobleza, de modestia, de saber hablar colocando un ‘yo creo’ delante, sin sentar cátedra. La humildad a la que me refiero no está reñida con la ambición bien entendida y las ganas de construir proyectos, pero sí choca con la vanidad de quienes se creen en otro escalón por cualidades que, incluso, pueden haber merecido por su esfuerzo.

Llegamos con este discurso al eterno dilema de si el hombre evoluciona en positivo o está condenado a darse cabezazos con sus propias miserias por los siglos de los siglos.

Soy de los que piensa que no, que el ser humano crece hacia lo bueno. Vivimos, aunque duela reconocerlo a la vista de las calamidades, guerras y hambrunas que padecemos, en el mejor de los mundos desde que el hombre es hombre. La Declaración de los Derechos del hombre era impensable en la Edad Media, una seguridad social universal en España no era imaginable hace un siglo, las leyes que reconocen su sitio a los marginales; sabemos que el número de personas con estudios nunca fue tan amplio en el mundo y lo es a cada minuto más.

Todos estos avances son posibles porque el hombre mejora, reconoce sus puntos negros y trata de organizarse para irlos reduciendo a cero. Quedan miles, millones de años para conseguir una sociedad en que el respeto al otro sea la principal Constitución. Una única para el hombre y la mujer, sin países, sin banderas.

Me gustaría soñar que esta crisis es un paso más en ese largo caminar hacia un mundo distinto. Este paso que estamos dando sería básicamente ‘el de la humildad’, tal vez…

domingo, febrero 08, 2009

Cinismo a la italiana

Son muchas las ocasiones en que he estado en Italia, por diversos motivos, y observo con cierta sorpresa la incapacidad de esta sociedad pujante para quitarse de encima determinadas lacras.

Tener como gobernante a un tipo como Berlusconi justifica de por sí mi sorpresa.

¿Cómo una sociedad civilizada y culta puede elegir a semejante payaso para dirigir un país? Un fascista, machista, retrógrado, de chistes fáciles y denigrantes, contra los gitanos, contra la inteligencia de la mujer, del homosexual, del que no piensa como él.

Que el Vaticano acuse al padre de Eluana de ‘criminal abominable’ no me sorprende. Mi respeto por las decisiones de la Iglesia Católica se limita a escribir estas dos palabras con mayúsculas, poco más, pero que un Presidente de un país civilizado de una Europa culta en pleno siglo XXI monte tal opereta para que no desconecten a una chica que lleva desde 1992 en estado vegetal, con el cerebro en estado de necrosis desde 1993, es simplemente inaceptable.

¿Quién puede querer más a Eluana que su padre?

¡Qué falta de respeto!, ¡qué lejos de saber enfrentar la vida tal y como es!

Por la vida de Eluana, dicen, para que siga viviendo. Es el culmen de la hipocresía basada en argumentos populistas, infantiles, demagogos.

La pena es que es el pueblo italiano, donde el integrismo católico se palpa en cada paseo, sea responsable de este tipo de elecciones.

No puedo tener respeto por un miserable como Berlusconi. Nunca respeto por gente así. El mundo necesita desquitarse de la maldad, de la chulería, de la incultura y el insoportable tufillo a fascismo que desprende este mamarracho.

martes, enero 27, 2009

La vida y la muerte

El pasado viernes me fui del trabajo, tras una jornada especialmente intensa de problemas técnicos junto a mi compañero Paco, al que aprecio y respeto, con la idea de que seguramente el lunes no vendría porque su mujer estaba a punto de dar a luz.

Esta mañana me he levantado con un mensaje suyo. Su padre había muerto, tras una larga enfermedad, un cáncer destructor.

Hoy mi mente estaba con él.

A un padre sólo se le pierde una vez en la vida, por muy prevista que esté su muerte. Tal vez a estas horas ya esté en el hospital con una nueva criatura en sus brazos. Es seguro que Paco no olvidará estos días.

En esto consiste todo, aunque pocas veces se nos presenta tan diáfano.

El otro día leía a la cantaora Carmen Linares. Hablaba de su madre, cómo con 84 años le dice que el tiempo pasa tan rápido que parece que todo ocurrió ayer.

Ante tal chaparrón de vida y muerte creo que la mejor postura es la más inteligente. Mucha vida. Vivirla con fuerza mientras la tenemos. Nos la pasan y la pasamos. Vivirla es el reto. Aprender del que se va, enseñar al que viene, compartir. La clave para enfrentar el chaparrón puede resultar muy cursi, pero para mí no es otra que el amor. Como diría Puccini en la escena final de Turandot.

He averiguado tu nombre. Amor.

lunes, enero 19, 2009

Resistencia

Cuando accedes a personas llenas de calidad humana, de sabiduría y fortaleza, no tienes menos que darte con un canto en los dientes.

Hace ya más de dos años que hablé en este mismo blog de Román Sudupe, antiguo dirigente del PNV y Presidente de la Diputación de Guipúzcoa.

Este pasado viernes tuve el honor de que él presentase mi reciente novela en San Sebastián. Según me contaba Txema, cuando se le propuso, dio su ok sin el más mínimo reparo.

En el momento de los agradecimientos, en que yo alababa el altruismo y generosidad de mis amigos Txema y Paula, en todo lo concerniente a la organización del acto en sí, al yo relacionar esas actitudes desprendidas con el verdadero sentido de la felicidad, Román tomó el micro para recordar al filósofo danés Kierkegaard. ‘’ La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más’’.

Rato después, mientras almorzábamos en el Nagusia Lau, comenzó a hablar con mi amigo Helio de Viktor Frankl, el psicoterapeuta judío que explicaba cómo los que tenían más oportunidades de sobrevivir al holocausto alemán eran aquellos que tenían una meta, una ilusión más allá de esas rejas asesinas.

Yo había llegado de Sevilla acatarrado y, tras la tensión del acto de presentación en sí y cuando todos estábamos sentados en el restaurante, noté que me subía la fiebre, era incapaz de probar bocado. Entendí que no era apropiado retirarse.

Román nos habló de Zorba el Griego y el Grito de la Materia, de Erich Fromm y El Corazón del hombre, del sentido de la vida tras la muerte, de cómo nuestra materia se integra en la materia que nos transciende y del rastro que dejamos en nuestros semejantes, en que vivimos mientras nos recuerden, en cómo podemos ‘hablar’ con los que ya no están.

De vez en cuando me miraba y me decía: ‘Salva, resistencia’. Se aprieta los dientes, se aguanta la fiebre y se resiste.

Esa misma tarde me di un paseo por San Sebastián, entré en la librería Lagun y compré un libro de Erich Fromm, El Corazón del hombre. Ya casi lo estoy terminando. Habla de las personalidades necrófilas y de las amantes de la vida (biófilas). De amar en lugar de querer:
‘…el biófilo no vive en el remordimiento y la culpa, que no son, después de todo, más que aspectos de la aversión a sí mismo y de la tristeza. Se orienta rápidamente hacia la vida y procura hacer el bien…’

‘Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo todo los que sirve a la muerte. Bueno es la reverencia para la vida, todo lo que fortifica la vida, el crecimiento, el desarrollo. Malo es todo lo que ahoga la vida, lo que la angosta, lo que la parte en trozos. La alegría es virtuosa y la tristeza es pecaminosa’.

Eché en falta a Mariángeles, una gran amante de la vida que hubiera disfrutado como una cría con este gran seductor, culto, profundo, campechano y generoso que es Román Sudupe.

domingo, enero 11, 2009

Emociones caducas

Era un viernes de inicio de vacaciones de Semana Santa. La familia al completo llegaba al gran chalé de siempre en La Antilla. Habíamos recorrido horas antes un hipermercado en busca de provisiones para diez días. Mi madre nos organizaba para ir buscando las compras por los pasillos del Continente. Era de noche cuando entramos en esa casa fría de la playa. Yo me senté en el mármol de la cocina viendo a mi familia organizando las cosas, llenando la nevera, abriendo ventanas y pensé que no podría ser jamás tan feliz.

Cada persona tiene estampas fijas de emociones intensas.

En unos de mis viajes a Turquía compré un tarro de un perfume olvidado en el tiempo que, al abrirlo, me hizo volver tantos años atrás, que paseé junto al mar del Mármara henchido de una melancolía que me llenaba.

Con dieciocho años llegué por primera vez a París, en tren, con dos amigos del colegio, con una mochila a la espalda. Cuando bajamos en la estación de Austerlitz en una ciudad que despertaba a las siete de la mañana, recuerdo que hicimos un trayecto largo, equivocado, a pie hasta Place d’Italie, confundiendo el paso hacia el centro. En las farolas había colocados carteles que anunciaban un concierto de Madonna en Bercy. Yo no sentía el peso de la mochila, ni el sueño de una noche de paliza en tren. Yo, literalmente, flotaba.

En 1984 leía a George Orwell tirado en la arena de la playa con Mariló a mi lado. La novela era 1984. Ella leía un párrafo, yo el siguiente, ella después hasta el próximo punto y aparte. Después yo. ¿Podía ser más hermosa la vida?

La primera vez que tuve sexo recuerdo volver a casa de mis padres, una noche fría, dando gritos desde mi vespa al aire de Sevilla por la avenida de la Palmera.

La puerta del ascensor que se abrió en el Virgen del Rocío para ver por vez primera a mi sobrino Iván en los brazos de mi hermana Raquel; el día que llegué de unos campeonatos de España de remo y me esperaba mi madre con unas zapatillas de deportes nuevas, a pocos meses de morir; el momento de verme en la lista de aprobados de Mecánica de Fluidos, cuando realmente fui consciente de que podría ser ingeniero; la aparición sorpresiva de Montse en la presentación de mi última novela; el abrazo de mi padre tras confirmarme por teléfono Renault que me había fichado; la conversación con Mariángeles en el Café Europa; la primera llegada de Fran a Orly.

¿Por qué, con el tiempo, pienso que las emociones se hacen menos fuertes?, ¿qué hace que nos vayamos haciendo más duros al entripado que produce la felicidad de los momentos puntuales?, ¿por qué el olor que antes nos llevaba al cielo ahora nos resulta casi indiferente?

Entiendo que el descubrimiento de la vida va acompañado de esos momentos cumbre de felicidad en que nuestra sensibilidad se pone a flor de piel.

¿La madurez implica pérdida?

Es posible que el ser humano esté concebido de ese modo, que la experiencia vaya instalando en nosotros una costra de dureza menos receptiva a las emociones explosivas que creemos que no volverán. En cambio, siento que con los años el bienestar personal crece, quizás porque vamos comprendiendo las claves. Sería duro ir viendo acercarse nuestro final y mantener la misma capacidad de asombro y de ansias de comerse el mundo. La felicidad se define en otros parámetros.

Soy de los que creo que con el tiempo se gana. Puedo recordar momentos de emoción inmensa cuando yo era un niño o un adolescente, pero si apago la luz y echo la vista atrás, yo no era una persona feliz, las inseguridades, los miedos, los complejos eran tan fuertes que tal vez por ello reforzaban la grandeza de los pasos adelante.

Con los años crece la experiencia y con ella debe venir la palabra justa, la comprensión amplia de las cosas, de las personas, la sabiduría, la calma, las risas sentidas, los abrazos sinceros.

Emociones de más calidad.

viernes, enero 02, 2009

País...

Los días de más de vacaciones, en estas largas fiestas de navidad que desgraciadamente me está dando la crisis del automóvil, me están permitiendo cambiar los hábitos, en cosas sin importancia más allá de la anécdota.
Durante años siempre he salido de trabajar a las tres de la tarde, por lo que si quiero ver el telediario en casa, siempre lo cojo empezado.
No podía imaginar, en estos días que tengo tiempo para preparar la comida con la tele encendida, hasta qué punto podía llegar el mal gusto, la falta de cultura, de ética profesional y de miras de futuro de nuestra televisión pública española.
Al parecer, los españolitos que estamos a la espera de que empiece el telediario de las tres de la tarde tenemos que tomarnos el aperitivo tras una cámara en las inmediaciones de una casa familiar de Ubrique, que además tenemos que saber que se llama Ambiciones, que allí vive una familia que se llama Janeiro, cuyo mérito para salir a esas horas de máxima audiencia es… perdón, esa parte me la perdí; tenemos que almorzar entrándonos por los oídos las declaraciones groseras de una mujer que se casó con un torero del citado pueblo cuyo único mérito es ése, haberse casado con un torero, para oírla hasta en la sopa diciendo memeces. Hay que soportar que el niño de una folclórica, que seguramente no sabe hacer la O con un canuto, preceda las noticias de España y el mundo para que nos cuenten con qué rubia se ha enrollado la noche anterior o qué discoteca le ha pagado para que se ponga ciego de whiski y así salir en el programa de máxima audiencia del día siguiente.
Una mujer con mucho glamour nos cuenta todo esto sin que nadie se escandalice.
País…

sábado, diciembre 27, 2008

De nuevo el Terror

No hay mayor vergüenza en la historia reciente del hombre que el holocausto judío lanzado por Hitler y consentido por buena parte del pueblo alemán y no pocos dirigentes fascistas de la época.

Hoy almorzamos viendo imágenes espeluznantes en Gaza. Bombardeo indiscriminado ordenado por el gobierno israelí. ¡Más de doscientos muertos!

Sin ser comparables, ya van demasiadas andanadas mortíferas, brutales y sin sentido por parte del Estado sionista.

Entiendo la razón de la existencia de este Estado, más aún después de los actos criminales que condenaron al escarnio, las cámaras de gas y las torturas a millones de judíos por el hecho de serlo.

No entiendo y condeno desde mi posición humilde esta nueva acción militar en la que hemos podido ver civiles reventados en su propia sangre.

No se puede argumentar con el terror, no en nombre de Dios ni de ninguna religión. No podemos permitir más la pervivencia en este siglo XXI de un conflicto que nos llena de vergüenza desde hace tanto tiempo.

Ahora vendrá una salvajada palestina, igualmente condenable antes incluso que se produzca, y de nuevo el círculo que se cierra.

¿Cuál es la razón para no llegar a un acuerdo, para dar a los palestinos el trozo de tierra y la dignidad que les corresponde, cómo se puede medir con tan doble rasero a unos y otros?, ¿cómo pueden tener tanto apoyo en el pueblo israelí carnicerías como éstas, un pueblo culto, maltratado por la historia, denunciador de torturas pasadas?

No podemos quedar ajenos a las caras de pánico de los niños siendo llevados a los hospitales de Gaza. Los gobiernos del mundo tienen que estar a la altura, condenar sin paliativos esta acción y poner todas las bases, la paciencia y los argumentos diplomáticos para que el Estado de Israel sea lo que casi todos queremos: un país cordial, con un lugar en el mundo propio y merecido, respetuoso con los derechos del hombre, conciliador con sus vecinos, enseñándonos que su camino en la historia de la humanidad tiene sentido, heredero orgulloso de Moisés y Abraham; no mortífero y carnicero.

sábado, diciembre 20, 2008

Criticar por criticar

Hay una táctica muy útil que yo utilizo a menudo. Es la táctica del encantador. Si la explico, me delato. Si me delato, se puede pensar de mí como una persona falsa. Me arriesgo.

Veamos.

Cuando se me pregunta por alguien, más o menos cercano, amigo, compañero de trabajo, familiar o simplemente conocido, me impongo en lo posible llevar la respuesta al término del:

-Es encantador/a.

Casi siempre hay un motivo para decirlo de alguien. Que es encantador.

Seguro que hay muchas razones para decir todo lo contrario. Pero no se gana nada.

En esta vida que vivimos tan compleja, hay mil argumentos para descalificar. El reproche es sencillo.

Tal vez, quien esto lea, no confiará en mí cuando comente de alguien que es encantador, pero lo diré de corazón.

Desperdiciamos tanta energía en decir lo mal que lo hacen los demás, lo tacaño que es éste, lo engreído que es el otro, lo poco de fiar que es Fulanita, la mala leche que transmite Menganito, lo falso, lo imbécil, la maldad que tiene, lo convenido que es…

Es bueno contar hasta diez antes de criticar. Mirar a quien nos pregunta y ver qué hay en él o en mí que nos haga libres de críticas.

Cuando de alguien dices que es ‘encantador’ ocurren varios fenómenos positivos al mismo tiempo:

-Se corta el círculo del ‘despelleje’

-Das una lección a quien desea el ‘destrozo’

-Echas un cable a la persona de quien se habla

-Transmites buen rollo

No es difícil. Simplemente contar hasta diez, hasta veinte si es necesario, pensar en esa persona con los ojos con que nos gustaría que se nos viese, con los ojos humanos de quien ve a otro ser humano imperfecto del que piensa que, a pesar de todo, es encantador.

Eso sí, como leí en una entrevista a una juez, en este mundo hay gente buena buenísima y mala malísima.

Para los últimos, ni agua.

viernes, noviembre 28, 2008

Desasosiego

Buscar respuesta con determinación a preguntas esenciales lleva al desequilibrio personal, si entendemos por esenciales todas aquellas cuestiones que se plantean el porqué de la existencia humana.

El punto de sensatez, donde se encuentra la zona de reposo desde la que se puede optar a la felicidad, o a un bienestar personal duradero, sólido, se encuentra en el término medio entre la frivolidad de quienes viven la vida en el terreno de las ambiciones huecas y aquellos que dramatizan al extremo cada decisión propia.

Analizando con microscopio hacia dónde nos lleva este teatro del ser y cuáles son los argumentos para vivir, podemos debilitar las bases de nuestro existir. Comprobar que nuestro paso por este mundo tiene un final determinante llamado muerte, sentir con lucidez que la gente a la que amamos llegará un momento en que no la tendremos más a nuestro lado, que toda nuestra inversión en afectos será menos que nada, porque no seremos, resulta aterrador.

Ante estas incertidumbres el hombre ha ido construyendo mitos y religiones, ha creado leyendas y ha inventado respuestas. Reacción a la brutalidad de la mortalidad.

Yo no creo que haya Dios. En mi fuero interno sé que no hay Dios. Es doloroso reconocerlo, pero entiendo que es valiente.

¿Qué mueve entonces mi vida?, ¿cómo evitar el desasosiego de pensar en un final total?

No hay respuestas mágicas, pero hay actitudes.

En mi caso las actitudes que hacen que a día de hoy me sienta una persona realizada y con un alto grado de felicidad pasan por compartir estos días regalados, en este juego de locos que es la vida, con mi gente cercana. Disfrutarlos con toda la fuerza y tratar de que no se asomen al precipicio del dolor. Mi estabilidad personal la encuentro en la cultura y el arte, en admirar hasta dónde ha llegado el hombre con sus limitadas armas, siempre perdedoras en el combate contra la muerte, sí, pero creativas. El sentido de la vida lo encuentro en madurar tratando de mejorar como persona, en hacerme cómplice del hombre con mayúsculas, del emprendedor, del sabio, del sensible, del que busca la verdad y no la encuentra.

Se puede entender la vida sin creer en otra cosa que en el hombre, imaginarlo en paz consigo mismo, no dislocado y egoísta, sino solidario con los suyos en su búsqueda de la Verdad, a sabiendas que esa Verdad nunca se encuentre.

No hay mejor Dios que un hombre bueno.

jueves, noviembre 13, 2008

Escucha

¿Cómo controlar la desesperanza cuando ésta te invade?, ¿qué métodos existen para combatir los bajos ánimos?...

Es cierto que la alegría de vivir no es algo transmisible vía sanguínea, ya quisiera. Pedir una transfusión, donar sangre para interconectar buen rollo, para equilibrar desconsuelos con otros glóbulos más rojos, más redondos, menos pesados.

En cuántos momentos no nos gustaría encontrar esa mirada con la que en un tiempo tal vez no muy lejano veíamos el mundo coherente.

Ver el mundo coherente tiene mérito, sentir la pulsión de la vida como algo extraordinario, pasearte la calle y alucinar con sus habitantes paseándose descuidados del placer que supone estar vivos.

Hay tantos momentos en que no, días en que no hay milagros, ni efervescencia, ni alucinaciones por ver un atardecer que nos resulta igual que otros, conversaciones que no nos llenan, telediarios que nos resultan más de lo mismo, tortillas de patatas que ya no nos provocan orgasmos de placer.

¿Cómo se lucha contra eso?

¿Dónde está la clave del sentido de la vida?

Cuando existen preguntas sin respuestas desde miles de años atrás, tal vez no deberíamos malgastar tiempo en resolverlas.

Las soluciones no son universales, tenemos que encontrarlas en nosotros, seres individuales y sensibles.

Nuestro sentido de la vida es el bueno, nadie mejor que nosotros sabe encontrar la chispa que de nuevo prenda el combustible para continuar. Volver a sentir que todo es posible, que la gente nos importa mucho, que el amor es una certidumbre y no un cuento chino.

Tal vez por eso no es transmisible. Porque cada cual tiene sus claves internas.

Sí podemos, en cambio, estar a la escucha. Cuando veamos a nuestro alrededor alguien que nos importa en ese período que todos atravesamos en que el cielo no es cielo ni las caricias erizan la piel, en esos momentos existe un catalizador para volver a la vida.

La escucha.

Cuando todo es negro, tus oídos pueden ayudar a que una boca cercana adivine el camino aproximado hacia el mundo de los que se afanan por reír.

miércoles, noviembre 05, 2008

Híbridos

Anoche tomaba unas tapas con unos amigos muy cercanos y salió el tema de Barak Obama. Comenté, ellos me conocen y saben que es cierto, que yo iba a tratar de pasar la noche despierto (lo que mi cuerpo aguantase) para ver el desenlace de la prácticamente segura, a esas horas, victoria de Obama.

Entonces vino el ‘cachondeíto’ de ‘tú estás colgado’, ‘a quién se le ocurre’…

Había y hay confianza entre nosotros.

Vine a decirles que yo tengo mis convicciones políticas muy claras, que para mí era un sueño lo que se estaba produciendo en Estados Unidos, después de unos terroríficos ocho años de gobierno de Bush. Años de desprecio por los derechos civiles (¿a quién no le suena Guantánamo?, ¿la guerra ilegal de Irak?), de ley de la selva a favor del más fuerte (hipotecas sub-prime, sacrosanta ley del mercado libre, que todo lo rige), de chuleo en la escena internacional, de incultura elevada a grado sumo en el máximo representante del gobierno (una persona que llegó al poder por nacer en una familia petrolera texana multimillonaria, sin más aval que el de un padre ex-Presidente). Período vergonzoso en suma.

El comentario entonces es que no había que ser tan radical. Mi amigo decía que él era híbrido. Ni de izquierdas, ni de derechas, ni conservador, ni progresista. Híbrido.

Me parece genial en democracia la existencia de todo tipo de tendencias. Incluso la híbridotendencia, que se resumiría en una frase (tal vez): Ni me mojo ni me dejo de mojar.

Desde mi profundo respeto por las visiones (o no visiones) de la sociedad, de nuestros gobiernos, de la economía, de las relaciones internacionales, que puedan tener los ciudadanos, yo reivindico la definición. Yo reivindico que hay que mojarse.

Mi cabeza, y hasta mi cuerpo, se conmueven con los ideales de Obama. Creo que hay que cambiar el mundo. Podemos. Al menos, debemos. Siento que estamos obligados a intentarlo. Dejar a un lado las ataduras que nos hacen pensar que todo será igual, que el hombre es un lobo para el hombre, que tenemos el mundo que merecemos. Ése es el caldo de cultivo de los ‘Bush’. Mantener privilegios, aplastar al que no tiene el poder (llámese dinero).

Tal vez en unos meses, en años, el sueño de Obama se haya desvanecido. Mi corazón quiere pensar que no. Que cambiarán cosas fundamentales. ¡Tenemos un negro en la Casa Blanca! Simplemente por el hecho de ver las lágrimas de tantos herederos de la prepotencia racista, de la época más vil de la nación americana, cayendo a moco tendido escuchando las palabras del futuro presidente, ya es suficiente.

Siento que los híbridos duermen más tranquilos que yo, que miran con ojos distintos a su alrededor, que se sienten más calentitos que yo en sus casas.

Yo prefiero perder el sueño por ver al hombre avanzar, mojarme y decir que sí, que el mundo puede cambiar.

¡Ánimo, Barak!

viernes, octubre 31, 2008

Fronteras de no retorno

Tal como se han desarrollado los acontecimientos, el comportamiento ético de la periodista Pilar Urbano queda, a mi entender, bastante en entredicho. No vale todo por vender libros o conseguir una portada. Comprar un ejemplar de la publicación sobre la Reina que viene de lanzar al mercado no está entre mis planes, pero habría que comprobar si realmente las frases que ayer se pusieron en boca de la Reina son realmente literales, ya que supuestamente la Casa Real dio el visto bueno a todo lo incluido en dicha publicación.

Independientemente de todo esto y aún teniendo en cuenta la rectificación de la institución monárquica, parece que los comentarios de la monarca no andan lejos de los reflejados ayer en gran parte de los medios de comunicación.

Error fatal a mi juicio.

Desde mi posición ideológica, firme, argumentada y abierta a razonamientos de quien no piense como yo, no puedo estar más en desacuerdo con las opiniones de la Reina. Apoyar la teoría de que venimos de la costilla de Adán y que sea ésa la información que tienen que recibir los chavales para entender de dónde viene el hombre, estar absolutamente en contra del aborto o la eutanasia, negar el matrimonio homosexual aprobado por el Parlamento con frases desafortunadas de carrozas y manifestaciones, es absolutamente aceptable viniendo de cualquier persona que no sea miembro de la Familia Real. Porque a ellos se les paga por no opinar, por no tomar partido, por representarnos a todos.

Desde ayer no me siento representado por la Reina. Un personaje al que siempre he admirado, con el que simpatizaba por su dulzura, discreción y generosidad.

No hay que entrar a discutir sus posiciones exageradamente conservadoras (quiere para la Educación lo que Sarah Palin), hay que criticar con contundencia el hecho de que tome partido.

En este sentido, se han visto declaraciones desafortunadas de políticos socialistas (irresponsables las declaraciones de Javier Rojo, Presidente del Senado, justificando lo injustificable) frente a otras afortunadas del Partido Popular (Esteban González Pons ha dicho con claridad que no se puede tomar partido desde la Casa Real, independientemente de lo que se diga).

La grandeza está en saber discernir cuál es la discusión. No estamos analizando las declaraciones de una mujer católica de 70 años, con esa escueta descripción nunca saldrían sus pensamientos reflejados en las portadas de los periódicos. Estamos hablando de los comentarios realizados por la Reina de España.

La jornada de ayer sirvió para perder el respeto, por muchos hasta ahora incondicionales, a una institución que es de las más queridas del país.

La vida es así de dura. Cuarenta y cinco años de exquisita profesionalidad se pueden venir al traste por unas declaraciones desafortunadas. Cuando se está en niveles tan altos entiendo que se pueda sentir vértigo, pero precisamente a personas en esa máxima responsabilidad se les debe exigir lo máximo.

La Reina no debe olvidar que adquirir una posición de Jefe de Estado por cuestiones hereditarias no puede ser más anacrónico. Si lo hemos aceptado así es precisamente porque nos sentimos representados en ellos, porque nos transmiten actitudes ejemplares.

jueves, octubre 09, 2008

La gente normal

Hay un comentario recurrente en Mariano Rajoy que me saca especialmente de quicio. Me refiero a cuando hace uso de la referencia a la gente normal, o bien al criticar al gobierno, o determinada política, utilizando mi nombre (porque soy a todos los efectos ciudadano español) en sus ya consabidos razonamientos apoyados en el ‘como todos los españoles saben’, ‘como todo el mundo quiere’, ‘como la gente normal desea’.

Yo deseo una Ley de Educación para la Ciudadanía, ¿soy anormal entonces? Yo deseo que se revise la actual Ley del Aborto, ¿no soy buen español? Estoy a favor del matrimonio entre homosexuales, ¿no soy un ciudadano correcto? No quiero crucifijos en los edificios públicos, ¿tengo que esconderme por pensar así?

¿Qué es ser gente normal?

¿Es necesario estar casado para ser normal?, ¿hay que ser de misa diaria o semanal?, ¿es anormal un ciego?, ¿es anormal un homosexual?, ¿es anormal un musulmán?, ¿lo es un divorciado?, ¿una mujer que ha abortado?, ¿es anormal una madre soltera?, ¿es anormal quien de forma democrática quiere la independencia de su región/nación?

Cuando se invoca la normalidad para argumentar se corren riesgos muy altos. Quien busca definir fronteras para lo que es ‘la gente normal’, está admitiendo de facto que hay ‘gente anormal’. ¿Dónde está esa gente?, ¿pertenezco a ese grupo?

Cuantos más complejos se tienen, más cómodo se siente uno definiéndose como dentro de los estándares y constriñéndolos bien. Si uno está infelizmente casado y no tiene el valor de separarse, maldice a los divorciados, cuando vas a misa sin fe, por apariencia, maldices a los irreverentes, cuando te mueres por acostarte con un tío mientras paseas por el parque con tu esposa te conviertes en un homófobo compulsivo.

La verdadera libertad está en el respeto. La normalidad hay que entenderla estrictamente en el respeto a las reglas del juego, a la Ley. Punto.

Nadie tiene derecho a dar lecciones de moral a nadie, ni a meterse en la alcoba de ninguna pareja, ni a tirar de tradición para clasificar actitudes. Nadie puede decir lo que toca o no toca legislar amparándose en la sensibilidad de todo un pueblo.

La continua señalización del diferente como anormal es dañina de raíz y dinamita la verdadera convivencia. Nadie es mejor que nadie por su carnet de identidad, su lugar de nacimiento, su sexo, su raza, sus creencias o su forma de vestir. Es algo tan básico que duele tener que recordarlo.

Por favor, señor Rajoy, cuando argumente para descalificar o para construir razonamientos en positivo, no se arrogue con las ideas de todo un país.

A mí usted no me representa en ningún caso. No hable en mi nombre, ni en el de la gente normal.

Hágalo en todo caso en nombre de su partido y de sus votantes, que ya son muchos.

martes, septiembre 23, 2008

Capillitas

El día de la presentación de mi última novela en la Fnac tuve un desliz. Metí la pata, vaya. Hablando de la Sevilla en la que yo transito, de alguna manera descalifiqué a la más tradicional. Definí a esa Sevilla que yo practico como inteligente, lo que podría dejar entender que pienso que la otra parte de la ciudad no lo es.

Mil excusas.

¿Es cierto que hay dos Sevillas?, ¿que hay derechas e izquierdas?, ¿puritanos e irredentos?, ¿laicos y clericales? A todo se puede contestar que sí, que no o que quizás.

Soy partidario de llamar a las cosas por su nombre y tomar posición. Es más incómodo. Seguro.

Tengo grandes amigos, amigos a secas y conocidos, hombres y mujeres, que se desviven por sus hermandades de penitencia. En muchos casos, además, son personas inteligentes, sensibles, en el mundo, agradables en el trato, racionales, fieles en su sentido de la amistad.

Pienso en mi amigo Javi y su hermandad del Valle, en Sergio y la de los Caballos, en Víctor y Ana y la de la Sed… Recuerdo cuando pequeño cómo mi madre lloraba viendo pasar el palio de la Macarena… Salí hasta los catorce años como nazareno de la Soledad de San Lorenzo, y aún tengo un pensamiento para Pedro Jardi cuando llega el sábado santo…

Sé de lo que hablo y por eso me siento en el derecho de opinar.

Siento que la vida de hermandades, de cofradías, de besamanos, de triduos y quinarios, de besapiés, de coronaciones canónicas, de pasos de gloria… es un freno para Sevilla.

Mi racionalidad me hace ver en todo ello el cordero de oro, la antítesis de la espiritualidad, lo opuesto a la racionalidad y el progreso. Salvo excepciones no veo grandes valores en esa devoción extrema. Y sí mucha pérdida de energía.

Que una sociedad civil esté organizada en torno a organizaciones religiosas en pleno siglo XXI me parece un fracaso colectivo.

Llevo toda mi vida conviviendo con esa Sevilla, y sé que moriré conviviendo en armonía con ella, aunque la sienta extraña.

Quiero una ciudad laica, librepensadora, impulsora de reformas académicas, de proyectos industriales, de cultura con mayúsculas. Quiero una ciudad que se movilice por el desarrollo de los barrios, por los avances tecnológicos. Quiero más operaciones vanguardistas en el Virgen del Rocío, temporadas de Ópera más largas, más salas de teatro, más cine de autor. Quiero museos de ciencias, quiero conciertos de Madonna, de One Republic, de Chambao. Quiero setas en la Encarnación y más espacios peatonales. Quiero una ciudad donde las bicis nos coman y los tejados se llenen de placas solares. Quiero científicos sevillanos optando al Nobel o al Príncipe de Asturias, quiero universidades sevillanas rompedoras. Quiero muchos estudiantes extranjeros. Quiero gente negra, gente asiática, gente americana en mi ciudad. Quiero que las mujeres se paseen vestidas de flores cuando la vida le arrebata a sus maridos. Quiero más piscinas olímpicas, más canchas de tenis, quiero menos ombliguismo y más atención al resto del mundo. Quiero que Sevilla mire al resto del universo y se diga, ¿por qué no yo?