Esa fue la frase que me desenganchó hace años de mi compromiso emocional con el trabajo. Desde entonces trabajo con la misma intensidad, pero con menos ilusión.
Llegado a un punto de alta dirección, se me exigían, como no podía ser de otra manera, solucionar los indicadores de mi perímetro que estuvieran en rojo.
Organicé grupos, inventé dinámicas, construí estrategias para conseguirlo.
Pero hubo un jefe que, durante años, solo supo decirme que los rojos, una vez convertidos en verdes, ya no le interesaban.
No cabía el agradacimiento, solo el quiero más.
Siempre más.
Cuando el factor humano se deja a un lado, muchos nos bajamos del tren.
Simulamos estar.
Pero no estamos.
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