Salí con idea de comprar unos filetes empanados congelados de un ultramarinos y me atreví a meterme en la pescadería. Me apetecía pegarme un homenaje tras el éxito de la presentación de mi novela del día anterior.
Sin tener muy claras las cantidades me interesé por el atún,
tras ver cómo se manejaban con un trozo enorme, rojo bermellón, recién llegado
del mar.
─Es
tarantelo ─me
explicó.
─Tiene
buena pinta ─le
dije─. Deme dos filetes ─me animé.
─¿Para
qué los quiere?
─Para
comer ─le
respondí, despistado.
¿Para qué otra cosa los iba a querer?, pensé.
Un ataque de risa generalizado inundó la pescadería.
Ya luego me explicaron que era una forma de hablar.
─Para
la plancha, para un sashimi, para guisarlo…
─Ahá
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