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jueves, abril 02, 2026

Irrepetible

Pertenecemos a la época de la humanidad más explosiva de las que jamás hayan existido.

Siempre ha habido progresos, retrocesos, cambios, pero nunca tanto y tan deprisa: estamos viviendo la ciencia-ficción de los años 70.

Todo lo imaginable parece hacerse realidad, cada invento supera al siguiente: los teléfonos fijos son dinosaurios olvidados, los discos de vinilo reliquias de las que presumir y la inteligencia artificial ya empieza a hacernos dudar de por cuánto tiempo gobernaremos el mundo.

Cuanto más avanzamos da la sensación de que menos somos el centro de nuestras vidas.

Es hermoso. Es aterrador.

Marabunta

Hay situaciones reales que se convierten en sueños y quedan allí instaladas para reaparecer cuando menos las esperas.

Estábamos rodeando Central Station, en Manhattan. Hubo un momento en el que había tal cantidad de gente caminando hacia todos lados que perdí pie: descubrí una grieta por la que se asomaba un dios juguetón. ¡Nadie sabía dónde iba! Sus criaturas se le habían ido de las manos. Íbamos como ositos de Duralex en todas las direcciones.

En décimas de segundo me recompuse y seguí mi camino para escapar.

Sé que estuve allí. ¿Lo estuve?

Sena

El tiempo que estuve trabajando en Francia, con treinta y pocos años, fue uno de los períodos en que más dudas tuve sobre mi capacidad como ingeniero. Me encomendaban proyectos diversos que implicaban tratar con gentes desconocidas para conseguir unos objetivos complicados. 

Viviendo solo en el centro de París, había tardes en las que me escapaba al gimnasio desfondado por la presión.

Ocurrió que llegó el día, tras cuatro años, de volver a Sevilla. 

─Salvador, no hagas planes para mañana al mediodía ─me comunicaron la última semana de trabajo.

Jefazos que controlaban Renault a nivel mundial me invitaron a comer, ¡a mí!, en un barco-restaurante sobre el Sena. Conociendo mi espíritu literario, me regalaron libros sobre literatura francesa y me entregaron una placa de reconocimiento por mi labor.

Esa comida podría no haber ocurrido, pero los libros están ahí, en casa, bien colocados, para recordarme que sí sucedió.