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salvador-navarro.com

viernes, diciembre 27, 2013

Púlpito

Estos días de Navidad son perfectos para pasear sin rumbo, más aún si es con mi sobrino Iván.

Estuvimos ayer por la mañana, con una luz de invierno alucinante, recorriendo las calles adornadas del centro, sin prisas, Raquel, Iván y yo. Los animé a entrar en la iglesia del Salvador, impecable joya barroca restaurada recientemente, que deslumbra por sus dimensiones y los tres grandes altares recargadísimos de oro y angelitos rollizos.

Con ciertos apuros y algo de ayuda, con casi once años, Iván supo definirme lo que vendría a ser el Barroco, no en vano sus profesores comienzan a hablar maravillas de él. En un momento dado puso su atención en los dos grandes púlpitos de mármol rosado del frontal del altar mayor, y me explicó que el pequeño techo circular que los corona servía para hacer rebotar las palabras del cura, de forma que retumbaran con fuerza por todos lados. No sé quién se lo pudo contar, pero aluciné con su explicación y su retentiva.

Entonces yo le pregunté qué decían los curas desde allí con esas voces tan altas que tenían que retumbar, a sabiendas de lo novedoso que es para él entrar en un templo viviendo en una familia tan laica.

Ante su silencio pensativo quise darle pie, gritando bajito:

-¡Pecadores!

Iván, arrancándose, continuó:

-¡Que no valéis ‘pa na’!

jueves, diciembre 26, 2013

TAC

A veces un ejemplo exagerado, muchas veces injusto, sirve para explicar determinadas posiciones. Sin pretensión de molestar a nadie, más en esta ciudad que por mucho menos te puede 'crucificar', me lanzo a contar uno que me viene como anillo al dedo para justificar mi predilección, a mi pesar, de leer la prensa nacional, al ser realmente difícil encontrar opiniones o artículos de calado en los diarios locales.

Si debo establecer un criterio de selección, a lo que más tiempo dedico cuando me siento delante de un periódico es a leer con atención los artículos de opinión, acordes o no con la línea editorial del medio del que se trate. En estas páginas es donde se encuentra, al menos yo, una interpretación elaborada de la actualidad, diseccionada, organizada, comparada, crítica, ácida, irónica, didáctica, reivindicativa o equivocada. Son momentos en que mi 'yo' pensador se enfrenta al de intelectuales, profesionales o sabios que me explican o tratan de convencerme de verdades que nunca son únicas.

En el siguiente escalón de mis inquietudes están los grandes conflictos, que no tienen por qué ser internacionales. Actualmente estamos viviendo en nuestro país determinados enfrentamientos, llámese aborto, Cataluña o la corrupción, que merecen toda mi atención, en cuanto a sujetos sensibles que son en que, si bien mi posición es clara y hay certezas incuestionables, hay múltiples matices que hacen de ellos unos temas polémicos en los que el ser humano se pone a prueba.

La economía, a pesar de mi desconocimiento, me parece un asunto apasionante, por lo que implica de base de nuestro funcionamiento como sociedad; o la cultura, en todas sus grandes manifestaciones; incluso los avances científicos, con los conflictos éticos a los que a veces va asociado.

A un segundo nivel, o tercero, dejaría el capítulo de sucesos y la crónica social o deportiva.

Pero claro, comprando prensa nacional uno acaba desconectándose de la actualidad local de la propia ciudad o comunidad donde reside, salvo que hablemos de Alaya o sucesos desagradables como la muerte de una familia envenenada. Afortunadamente está internet para saciar esa curiosidad.

El otro día, sin embargo, acababa de terminar el desayuno y la lectura de El País, tenía una cita media hora más tarde y, para hacer tiempo, me hice con un diario de la ciudad.

Me pedí un café y abrí al azar el periódico por la mitad. Una foto grande daba paso a una noticia impactante: El día anterior habían sometido a un TAC a la Virgen de Montesión. El equipo médico y el hermano mayor de la cofradía, posando junto al gran aparato, así lo atestiguaban.

viernes, diciembre 20, 2013

Excepción

Recuerdo su voz ronca desde el día en que ingresé en Renault, por lo que puedo presumir de conocer a Pepe Puerto desde hace algo más de diecinueve años.

Hace unos días el director de la fábrica nos comunicó que habían llegado a un acuerdo, Pepe y la empresa, para que nuestro compañero se acogiera a la jubilación anticipada.

Siendo aún tan joven y pasional, se produjo un silencio de varios segundos antes de que asumiéramos el nuevo escenario; porque un nuevo escenario es, para todos los que trabajamos allí, no cruzarnos en nuestro día a día con él.

41 años en la fábrica, empezando desde aprendiz, simultaneando sus estudios universitarios con el trabajo, progresando escalón a escalón, a base de humildad y brillantez, Pepe es el ejemplo de la honestidad profesional que habría que enseñar en los grandes másters en los que gente joven se inscribe con ansias de comerse el mundo.

Fiel a la política de la empresa, respondiendo siempre con resultados, la clave de su éxito profesional ha sido la de anteponer siempre al ser humano como centro de cualquier plan de acción. No conozco a nadie que tenga una mala palabra hacia él, y me resulta imposible encontrar otro nombre, por más que busque, del que pueda decir lo mismo; porque cuando una persona establece sus relaciones, profesionales o personales (poco importa) utilizando como herramientas la transparencia, la escucha, el esfuerzo y la ejemplaridad los resultados llegan solos. Y el más importante de esos logros es el de ser una persona reconocida y unánimemente apreciada. ¿Qué mejor balance puede existir?

En este país lleno de podredumbre e inmersos en una dinámica de sociedad malherida y desencantada, son personas como él las que hacen creer que otro mundo es posible, que la ética debe funcionar como motor de las relaciones humanas, que la mejor forma de hacerse con una vida digna es a base de andar todas las etapas de forma pausada y coherente, sin dar empujones al de al lado ni querer subir a base de trompicones.

A la vuelta de vacaciones encontraremos el vacío de su silla, sí, pero no olvidaremos que nuestra fábrica existe, da empleo y es motivo de orgullo de nuestra sociedad sevillana gracias a personas con nombres y apellidos que, durante décadas y sin una sola salida de tono, lucharon con honestidad.

La única pena es que Pepe Puerto sea la excepción, y no la norma.

miércoles, diciembre 18, 2013

Vidas

El otro día leía a un conocido de Facebook, no tengo 440 amigos, sentenciar con una frase su estado de ánimo:

A veces, la vida cansa

Sí, a veces la vida cansa. Y hay ocasiones en que cansa a menudo. Instantes o períodos en que una enfermedad, una muerte o una mala frase nos tira por tierra nuestra confianza en el mundo. La vida es así, sí. Esa vida sin esperanza es cierta, existe, nos rodea y aparece, a nuestro pesar, de forma descarnada, feroz, azarosa, incontrolable. Es en esos momentos cuando creemos que ahí radica la verdadera naturaleza de nuestra existencia, que nada tiene sentido, que todo caduca, que esto es una broma de mal gusto. Y es cierto.

Sin embargo, llega el día en que cruzas una esquina paseándote la ciudad camino de un tapeo con alguien que te visita y, pensando en el momento supremo del reencuentro, hasta el mínimo remolino de hojas sobre el suelo tiene armonía. Aparecen mañanas en que el simple hecho de quedarte mirando el techo al despertar, pensando en los años por venir, nos produce un tremendo bienestar; y vienen recuerdos concretos al cruzarte con un olor, o una profunda sintonía con un artículo de prensa, con la frase de una novela, o a una mujer se le cae la mochila de su bici y tú recibes un 'gracias' espectacular al recogérselo del suelo. Y es cierto. Esa vida es cierta.

Las dos vidas existen, y son verdaderas. Ninguna más que la otra, porque la una existe gracias a que la otra está ahí.

Nuestro motor vital tendrá más potencia cuanto antes asumamos esa doble certeza y pongamos nuestra energía en estar preparados para capear temporales y disfrutar, ¡deleitarse!, con los días de sol.


sábado, diciembre 14, 2013

Endivias

Hace ya casi diez años desde que comencé a preparar mis maletas de vuelta desde París para reencontrarme de nuevo con mi ciudad.

Como suele ocurrir a menudo, uno se acuerda en más ocasiones de la gente querida de las veces que lo manifiesta, incluso a sabiendas del bien que nos hace a los humanos sentir que estamos en el corazón de los demás.

Llevaba mucho tiempo acordándome de Brigitte, quien atraviesa una época laboral y personal difícil.

La contacté a través de la mensajería de Renault para preguntarle cómo le iban las cosas. Me dio todo tipo de detalles acerca de su situación actual, que no vienen al caso, pero por primera vez se refirió a sí misma como una 'anciana de 68 años'. Tal vez porque ese día nos dio por hablar en español y ella no comprendió todo el peso de la palabra.

Fue entonces cuándo le confesé cómo echaba de menos esos mediodías de trabajo, en su casa, caótica como ella, los kirs de vino blanco y cerezas acompañando a las impresionantes ensaladas de endivias, nueces y manzanas, el tinto de luego, los cocidos franceses, los recuerdos entremezclados de fotos crudas de su padre, de sus días de juventud en un Londres en blanco y negro, su tristeza por la relación cortada por su hija o su risa tonta hablando de sus amantes.

¡Cómo cocinaba pasteles Brigitte!

¡Cuánto me he reído con ella!

Brigitte me confesó que añoraba esos tiempos heureux en que los dos nos refugiábamos durante largos mediodías espléndidos a conversar sobre el ser humano, la política, la familia y la vida.

¡Qué hermoso y duro es el recuerdo de los tiempos felices que se saben por siempre acabados!


domingo, diciembre 08, 2013

Bomberos

Aunque pienso que a veces pueda resultar sano aplicar razonamientos empresariales a la gestión pública, en cuanto a eficacia, incentivos o transparencia, hay determinados términos muy peligrosos de trasladar, sin traducción previa y de golpe y porrazo, al ámbito de lo público, como han venido haciendo no pocos gobiernos en estos últimos años.

Hablo de la rentabilidad.

Es cierto que los dineros publicos, a los que el ciudadano contribuye con su parte correspondiente de esfuerzo y riqueza, deben ser administrados con la máxima sensatez. No tiene lógica hacer una autopista entre dos pueblos distantes cien kilómetros y con cien habitantes cada uno, por mucho que eso facilite la comunicación entre las dos familias con parentesco que habitan cada uno de esos dos pueblos. Sí, razonar al extremo sirve para desestimar determinadas decisiones. En el político honesto debe residir ese grado de responsabilidad necesario para saber medir dónde termina la justicia social y dónde comienza el derroche.

En mi opinión, debería ser de perogrullo que un hospital público mirase bien por sus cuentas, observando con lupa las compras de medicamentos, favoreciendo los genéricos, así como los gastos en luz, calefacción, establecer criterios racionales en gastos de comida, seguridad, empleando la maquinaria más compleja y cara con criterios de buen uso y penalizando conductas inapropiadas. Para ello, los servicios públicos deben estar dirigidos por profesionales a los que se les pidan responsabilidades basadas en criterios de eficacia, haciéndolos copartícipes, amén de cumplir prioritariamente con los objetivos propios de su sector, de la consecución de resultados económicos del presupuesto del organismo al que pertenezca.

Una escuela pública debe tener la capacidad de administrar unos recursos dignos para obtener unos resultados determinados, y se debe incentivar a aquellos centros, y a aquellos profesionales concretos, que consigan sobrepasar la media; una remuneración que no debe de ser entendida sino como gratificación al buen trabajador, solidario, líder y proactivo profesional que cumple sus objetivos y no descuida el ámbito de responsabilidad que se le ha otorgado.

Teniendo en cuenta todo esto, algo muy lejos de ser norma en grandes sectores de nuestro país, hablar de rentabilidad, sobre todo cuando a ésta la apellidamos de social, roza los límites de lo inhumano.

¿Qué rentabilidad hay que buscar en la atención a los discapacitados? ¿Cómo podemos justificarla cuando se trata de familias sin recursos que afrontan una grave enfermedad? ¿En base a qué rentabilidad hablamos cuando dejamos a un chaval sin universidad por no tener dinero ni capacidad de ser brillante viviendo en un entorno desestructurado?

Como bien decía Iñaki Gabilondo en una entrevista hace bien poco, ¿qué rentabilidad justifica el mantenimiento de un parque de bomberos?

jueves, diciembre 05, 2013

Azul

Veníamos de lanzar al mercado un nuevo producto, que acababa de ser diseñado por dos grandes multinacionales con el objetivo de posicionarlo como líder, dando rentabilidad, calidad y suficiente demanda como para hacer de la fábrica un lugar tan competitivo que tuviera vida por varias generaciones.

Era un equipo de gente joven construido con miras a ese lanzamiento. Se les fue formando en la Central de la empresa durante meses y la fábrica comenzó a recibir grandes máquinas para que este proyecto fuera haciéndose realidad en los plazos fijados.

El día D se acercaba y a mí me hicieron una llamada para volver a mi tierra y ocuparme de coordinar el equipo que garantizaría la calidad del producto final. Era volver a la tierra e integrarse en una dinámica poco habitual en este Sur poco frecuentado por inversiones de futuro de este calibre.

Llegó el momento de comenzar a producir, de enviar las primeras unidades y poner a prueba el trabajo de tantos años.

Una mañana recibí una llamada que alertaba de un defecto puntual en uno de estos envíos. Faltaba una pequeña pieza que impedía el buen funcionamiento de nuestro ingenio, pero no sabíamos calibrar la dimensión de aquel problema.

El director de la fábrica me hizo ir a su despacho, cerró la puerta y me pidió que le explicase qué estaba ocurriendo:

'J'ai une peur bleue' (Tengo un miedo azul)

Lo tranquilicé a partir de explicaciones técnicas. No había riesgos. Todo iba a salir según lo previsto, como así fue, y ese pequeño contratiempo no era otra cosa que un despiste puntual en todo el sistema.

Diez años después, el futuro nos ha dado la razón. Los jóvenes ya no lo son tanto y la fábrica sureña ha demostrado su enorme capacidad.

Sin embargo, en mi retina siempre quedará marcada esa frase de terror de alguien que infundía un poder incuestionable de puertas hacia afuera de su despacho.

'Tengo un miedo azul'.

Desde entonces, para mí, no hay una forma más gráfica de expresar el pánico.

En color azul.

sábado, noviembre 30, 2013

Intruso

El jueves se cumplieron diecinueve años desde que un 28 de noviembre del 94 entrase a trabajar en Renault.

Media vida consagrada a una empresa que me ha permitido desarrollarme como persona, con la dignidad que implica el trabajo realizado con honestidad y un objetivo social claro de seguir manteniendo tantos cientos de puestos de trabajo en una ciudad donde el paro, desgraciadamente, es moneda común.

Hay días, como el de ayer viernes, en que un ajuste de producción para llegar a fin de año con los stocks precisos, nos lleva a cerrar las puertas en un día laborable, algo excepcional a lo que no estamos acostumbrados en una fábrica como la nuestra, que cada día va ganando más proyectos y futuro.

Cuando nos regalan esos días, al menos a mí, es como si me introdujesen como un intruso en la cotidianeidad matutina de una ciudad en jornada laboral a la que no estoy acostumbrado, provocándome una felicidad infantil de puro nervio, en que quiero disfrutar de cada hora como si se me fuese la vida. Pasearla en moto, desayunar por el centro, hacer compras, recorrer las calles observándola con la ingenuidad de quien subconscientemente se ve haciendo rabona; aprovechar para correr junto al río, pasear el parque, visitar edificios históricos que sólo abren de lunes a viernes, sentirme un jubilado cuarentón en plenitud.

Intruso por un día.

martes, noviembre 26, 2013

Blanchett

Acudir a una película de Woody Allen siempre me ha supuesto algo más que ir al cine.

Una cita anual que no me pierdo, como tradición laica de inmersión en el mundo de este creador satírico, narrador impertérrito de la realidad humana, que no necesita salir de su época ni sus paisajes urbanos para contarnos conflictos universales donde el hombre, y sus debilidades, conforman el núcleo central de su obra.

Sin evitar nunca la sonrisa ni eludir el drama, esa voz personalísima llegó a extremos de perfección en la composición de historias como Match point, Hanna y sus hermanas o Manhattan.

Sin embargo, la última película de este cineasta único, A Roma con amor, me supuso una decepción de tal calibre que creí comprender en el final de una carrera inolvidable. Un guión deslavazado hacía pasear sin gracia a personajes arquetípicos por una Italia kitsch, dando a entender que el neoyorquino no es director de climas sureños.

Por eso este sábado, cuando nos sentamos en una sala casi vacía de un centro comercial de Chiclana a ver Blue Jasmine, tenía la sensación de quien está disfrutando de los últimos retazos del genio, dispuesto a perdonarlo todo aunque incrédulo ante la posibilidad de volver a reencontrarme con el Woody Allen que me subyuga.

Y apareció Cate Blanchett, esta australiana versátil de ojos claros que llena de por sí la pantalla en cualquier película, para demostrar con su exquisita profesionalidad que Allen está lejos de la retirada, componiendo sin ninguna fisura el retrato de una mujer ambiciosa destrozada, sin futuro, que lo ha disfrutado todo a base de mirar para otro lado cuando su marido, un corrupto financiero sin escrúpulos, le iba colocando joyas en sus muñecas a cambio de su firma sin antecedentes, su belleza de escaparate y el agradecimiento hacia quien se sabe con el poder.

Cate Blanchett demuestra en este film la grandeza del oficio del actor, haciéndote sentir lástima, entendiendo sus errores, admirando su capacidad de empezar de cero, lamentando el destrozo que a veces consigue que una persona nunca pueda volver a atravesar la línea de vuelta hacia la dignidad.

Me senté en el cine vacío sin saber que Blanchett iba a hacerme disfrutar, de nuevo, del mejor Allen.



jueves, noviembre 21, 2013

Arisco

Hay veces en que uno se queda estupefacto cuando analiza su propio comportamiento ante situaciones imprevistas, momentos en que no da tiempo a utilizar el raciocinio y te delatan tus instintos.

Veo pocos placeres similares a tomar una bici las mañanas de los sábados, pasearme la ciudad aletargada con el sol temprano de primera hora hasta el VIPS de República Argentina, comprar El País, pedirme un batido de chocolate blanco -insuperable, artesanal- y un croissant tostado con jamón york y queso (¡sin bechamel!) y saber que durante un determinado tiempo éste no existirá, flotando en la nebulosa de dejar de ser yo para viajar a las preocupaciones de otros países, meditar reflexiones de intelectuales acerca de nuestro mundo político o bucear en la biografía de algún escritor admirado que, sin estarlo previsto, se vuelve una necesidad de lectura futura.

En esas estaba yo, en el instante previo en que comenzaba a adentrarme en esa cueva personal de felicidad total, cuando al sentarme en mi sillón de eskai para pedir el goloso desayuno me encontré, de bruces, con un antiguo compañero de la fábrica, ya jubilado, con el que compartí muchísimas horas de trabajo en el pasado. Un hombre que ni me cae bien ni mal, que leía la prensa a tres metros frente a mí.

Como un gato, fui levantándome fijando mi mirada en él, que seguía con su lectura -seguro que en su propio túnel atemporal- sin levantar la cabeza.

Como una serpiente, sin hacer ruido, fui rodeando su mesa hasta conseguir escapar de allí y situarme, de espaldas, en mi propia trinchera.

Cuando ya estaba a salvo, con toda la parafernalia montada en mi cuartel general provisional y daba el primer sorbo al batido, me planteé cómo un tío tan mayorcito puede llegar a ser tan infantil y arisco.

viernes, noviembre 15, 2013

Miguel

Ayer al mediodía celebrábamos el primer añillo de Ricardo y Manuela.

Sus padres, Nuria y Miguel, nos invitaban a una comida en El Gallinero para festejar el placer que les ha supuesto, nos ha supuesto, la llegada de estos dos críos.

En un momento dado del almuerzo, Miguel contó otra vez una historia, aderezada de emoción, que a mí me enorgullece especialmente oír de sus labios.

No hacía mucho que acababa de romper con la historia de amor que le trajo a vivir a Sevilla, años que hicieron que este portugués surfero y sensible se integrase en nuestras vidas como alguien imprescindible. Era verano. Cada uno de vacaciones en nuestros rincones, él se había ido con su familia a Oporto.

Miguel no contaba, sin embargo, con que se acercaba mi cumpleaños. Yo no contaba, por mi lado, con la idea que rondaba en su cabeza de no volver a Sevilla.

Le envié un mensaje conciso a su móvil:

'Cuento contigo para mi cumple, Miguel'. Lo celebraba en Conil.

Ayer narraba Miguel cómo ese mensaje le hizo olvidar cualquier estrategia de resignación. Tomó el coche y bajó directamente desde Oporto para presentarse en mi fiesta.

'De no ser por Salva, no hubiera vuelto a Sevilla'.

Le gusta contarlo y a mí me sigue entrando un cosquilleo al oírlo. Porque luego vino Nuria, otra delicia de persona que se ha hecho enorme en nuestras vidas, y esos dos pequeños que son fruto, me hace mucho bien pensar así, de ese mensaje de móvil.

'Cuento contigo, Miguel'

martes, noviembre 12, 2013

Whatsapp

Hacía tiempo que no veía a Patty.

Las cervezas, con la rapidez de quien quiere contarse todo en poco tiempo, sirvieron para confirmar mi admiración por esta mujer de agallas que un día escapó buscando una nueva vida que supo encontrar muy lejos de lo fácil.

Me habló de Andrius, del eterno gris de Londres, de sus decisiones laborales, racionales y contundentes, de María, de Mariángeles, de la gente que se ha cruzado por nuestra vida. Se interesó por mis proyectos, con esa mirada de quien sabes que te escucha de corazón.

Fran le pidió anotar algo, en ese tiempo precipitado, proponiéndole enviarle información por...

'No tengo Whatsapp'.

De hecho lo tuvo y prescindió de él. Le agobiaban los mensajes acumulados que implicaban la necesidad de respuesta, los compromisos adquiridos sin iniciativa propia, la carga de obligaciones contraídas y las llamadas por realizar.

Patty te lo decía así, sonriendo, reivindicando una libertad que es distinta de la de tantos...

La vi tan linda como siempre, con su carilla infantil, la fuerza de su empuje, cierta melancolía del sur...

Y ligera de equipaje.

lunes, noviembre 11, 2013

La rabia

Cada vez estoy más convencido de que la felicidad la dan, en su justa medida y sin que lleguemos a levitar, los años.

Yo, que valoro a la gente apasionada y que me gusta que me definan como tal, entiendo que no es buena consejera la rabia para afrontar situaciones complejas.

No han sido pocas las veces en que me he lanzado a la yugular de personas impresentables, que me han hecho daño, en que he salido escaldado.

Los cambios, las mejoras, los proyectos, los retos hay que construirlos con cabeza, aunque lo que nos mueva a evolucionar sea la pasión.

La gente torticera y gris se mueve bien entre turbulencias, es su campo natural de juego, del mismo modo que los desafios importantes requieren concentración para no acabar a la deriva llevado por las decisiones tomadas por un impulso descontrolado.

Las cosas bien hechas no se suelen conseguir desde la improvisación ni se ganan batallas sin estrategia.

Los años me dicen que las mejores partidas las he jugado con calma, la mente fresca y un corazón de hierro. A las personas o situaciones provocadoras les cae muy mal encontrarse con personas de bases firmes.

Son tantos días los que pienso que mis proyectos futuros se podrían haber ido al traste de haberme dejado arrastrar por la rabia... que me asusto, resoplo y me contengo.

miércoles, noviembre 06, 2013

Tiempos

El equilibrio en una vida personal puede encontrarse en una buena gestión de los tiempos, sujetos a diferentes escalas marcadas para organizar nuestro día a día.

Si uno sólo trabaja a una escala, donde las unidades sean únicamente los días, o por contra lo sean los años, acaba frivolizando en demasía la existencia o dramatizándolo todo en una carrera a ninguna parte.

No es fácil ser capaz de disfrutar del momento como si la vida se acabara mañana y en paralelo tener una visión clara de futuro. Pensar a menudo en el qué será de nosotros es agotador e insano, no pensarlo te convierte en una persona sin criterios ni estrategia vital, impersonal, al capricho de los vientos.

Todos, afortunadamente, abrazamos diferentes escalas, aunque es gracioso pensar en personas concretas, con nombres y apellidos, que viven en el desequilibrio de no saber ponderar las vivencias en su justo término, a quienes el mundo se les cae encima por cada pequeña decisión a tomar o aquéllos que se ríen del mundo, incapaces de comprometerse en nada de valor.

El drama de la vida vista desde bien lejos, reducida a una línea pequeña con tres acontecimientos realmente definitorios, u observarla desde bien cerca, donde el detalle tan cercano del placer inmediato te hace olvidar el espacio en el que todo se desenvuelve. Lo íntimo y lo superfluo, lo pesado contra lo liviano, la ambición frente a la rutina, ver tu existencia en un guiño de ojos o guiñar el ojo para sacarte una sonrisa.

La consecución del equilibrio es saber, tarea difícil, pasar de un lado a otro, trascender e ironizar, con la sencillez de quien es consciente de que no hay verdades absolutas.

miércoles, octubre 30, 2013

Pero

Alguna vez me gustaría hacer un estudio para evaluar el carácter de las personas en función de las veces que dicen 'pero' por cada mil palabras.

Pocas palabras menos sanas que ésta.

Es un ejercicio enriquecedor el de intentar escucharse uno a sí mismo decirla, referente a cualquier tema y no importa en qué circunstancia.

No pronunciar los peros es ganar en franqueza si se hace trabajándolo desde el estómago, con conciencia de lo que uno abandona al dejar de lado las justificaciones que todo lo pervierten.

Recuerdo que una vez, en la escuela de escritores a la que asistía, un hombre encantador, constructor de relatos divertidísimos de ciencia ficción, criticó de mis historias la cantidad de veces que escribía 'casi' para adjetivar una situación o para describir a una persona.

Era una forma de decirme que con mi lenguaje me delataba, dejaba de manifiesto mis inseguridades y no apostaba fuerte por la naturaleza de mis personajes y sus interioridades.

Liberarme del 'casi' fue una evolución en positivo que implicaba mucho más que un simple exceso literario.

Las cosas eran o no, tenía que mojarme.

Ahora me da por analizar los 'peros' y he llegado al punto en que soy capaz, 'casi' siempre, de evitar pronunciarlo justo cuando está ya llegando a mi boca.

sábado, octubre 26, 2013

Ternura

Con toda la fuerza que tiene nuestra lengua, hay veces que te llegan a la cabeza sensaciones difíciles de encuadrar en un solo término.

Una de las razones para no encontrarla es, principalmente, el no conocerla. No tener suficiente recorrido como para saber llegar a unificar todas las sutilezas de aquello que quieres expresar y el conocimiento necesario de la lengua para realizar ese enlace.

Soy una persona muy dada a comprar en grandes almacenes, sobre todo porque visitar un pequeño establecimiento implica en muchas ocasiones pagar por cosas que no necesito. Soy débil en el cuerpo a cuerpo con un buen comercial o presa fácil de ellos. Desde el momento en que hacen el esfuerzo conmigo por venderme algo, en vez de entender que eso forma parte de su trabajo, termino por considerarme en deuda y haciéndome con utensilios que luego no sé dónde colocar.

En estos casos, me encuentro con una figura que me resulta especialmente violenta, la de aquélla que me provoca al mismo tiempo compasión y ternura.

Suelen ser negocios pequeños, mal surtidos, de escaso gancho y con un dependiente o dependienta que clava tus ojos en ti al acercarte, tal vez por equivocación, a pocos metros de su escaparate.

Esa sensación que tan fácilmente encuentro en determinados tenderetes se me ofrece de forma mucho más sutil en el día a día, en situaciones inesperadas. Un cruce de miradas desesperado y dulce que me desbarata.

Compasión y ternura, ¿cómo se le llama a eso?

miércoles, octubre 16, 2013

Miseria

Es duro reconocer que la miseria lo está invadiendo todo, incluso la parte sana de la sociedad que un día luchó contra ella.

En una suerte de epidemia irrefrenable que comienza por adormilar al enfermo, los afectados van sucumbiendo poco a poco a sus efectos, sin suerte de solución.

Actúa implacable tras el primer atisbo de reacción de los anticuerpos de la sociedad, cuando ya parece lejana esa marea humana en forma de batas blancas, camisetas verdes o indignados que conseguían llenar tantas plazas como se propusiesen.

Esa miseria, hija del dinero mal parido y sucio, desangra primero los ideales para a continuación desecar el orgullo y luego llenarlo todo de justificaciones y autocompasión.

El grueso del pueblo, adormecido por esa falta de horizonte en qué creer, comienza a bajar los brazos, a hacer sus cuentas con pagas de beneficiencia que acaba por considerar un triunfo y se vuelve un producto más de esa falta de esperanza.

Desde arriba, el que todo lo gana con esa falta de rebeldía en el pueblo, disfruta, con ojos miopes, con los salarios bajos, las condiciones draconianas y el abuso permanente. Como si esa podredumbre no fuera a volverse contra ellos.

La miseria nos hace miserables sin que sepamos verlo.

La esperanza es que, más pronto que tarde, aparezcan líderes sanos, aún no inoculados por el virus, que consigan liberar a mi gente de esta pandemia narcotizante.

Necesitamos despertar del mal sueño y creer de nuevo.

viernes, octubre 11, 2013

Barbaridades

Creo que hay una relación directa entre la salud mental de una persona y su grado de relación con el mundo, en cuanto a la capacidad para comunicarse con otros, la amplitud de la red social, amigos, familiares, compañeros, que ha conseguido construir a su alrededor y la certeza, se utilice o no, de que tenemos a quién contar, cuando lo necesitemos o deseemos, nuestras alegrías y preocupaciones; tanto como escucharlas de ellos.

Es sanísima la comunicación para seres como nosotros, los humanos, que tenemos en el lenguaje una enorme ventaja respecto a cualquier ser vivo, herramienta para poder compartir con todo detalle hasta lo más íntimo de nuestro corazón.

Somos cada uno, sin embargo, el principal receptor de ese lenguaje. A lo largo de cada jornada, sin pausa, vamos planteándonos a nosotros mismos proyectos, preguntas o miedos a los que damos, de manera más o menos acertada, respuesta. Nuestra cabeza no para de maquinar acerca de todo lo que nos conmueve y quizás sea la capacidad de controlar ese batiburrillo de sensaciones la que marque la inteligencia emocional de una persona y sus equilibrios.

Día a día nos planteamos todo, sin tapujos. Y justo navegando al lado de nuestro mundo más luminoso, imaginamos también los extremos, lo que nunca diríamos, nos proponemos todos los escenarios, las muertes de los nuestros, el sexo sin prejuicios, las ambiciones insanas, los odios acumulados, nuestra parte más negra, también la más valiente, lo que hubiéramos sido, lo que nunca seremos, nos damos caña, nos reímos del mundo, nos machacamos nuestros defectos, enrabietamos con las fronteras autoimpuestas para crecer de otro modo...

Las mayores barbaridades las hablamos con nosotros mismos.


martes, octubre 08, 2013

Aburrimiento

Como merienda o como el verbo convidar, a mí el término aburrimiento me lleva a períodos infantiles o de pubertad en que no sabes cómo agarrar el tiempo; utilizado por personas adultas, en cambio, me transmite desequilibrio y desazón, por lo que implica de insatisfacción profunda con el presente.

Hablo del aburrimiento a secas, no el placer del dolce far niente al que a veces, quizás menos de lo que quisiéramos, nos abandonamos placenteramente para escapar de este mundo de prisas.

Me refiero a las tardes en que miras el reloj más de diez veces esperando a que llegue el momento de que ocurra algo, suspirando por una llamada que lo rompa todo.

Supongo que la gente que atraviesa de forma cotidiana esos colapsos de no saber qué hacer tiene la ventaja, perversa, de sentir pasar el tiempo más lento que aquéllos que a duras penas saben administrar sus ganas de probarlo todo.

A mí los días se me hacen cortos y sé que ésa es la clave de mi equilibrio personal, bien trabajado desde pequeño quizás por el temor a vivir vidas endemoniadas donde no saberme situar.

Mi cabeza bulle de proyectos, citas, charlas, lecturas, viajes, escritos, entrenamientos y recetas de cocina que no soy capaz de abarcar, aun siendo consciente de que lo importante no es llenar el tiempo para esconderlo sino para saberse poseedor del timón de tu propio caminar, a fin de cuentas nuestra única posesión no medible en euros.

viernes, octubre 04, 2013

Juventud

Salía el viernes del trabajo, llenaba el depósito del coche con la cabeza puesta en escapar de la ciudad. Fue al pagar en la gasolinera cuando bajé a la tierra:

-¿Estudiaste en el Claret?

El dependiente, con su uniforme verde, pelo cano, barriga prominente y gafas de mucho aumento tomaba mi DNI como si tratase de confirmar leyendo mi nombre que yo era la persona que estudió en ese colegio. Le dije que sí.

-Sí, estaba seguro al verte. Tú eras de los mayores…

De los mayores… No sólo tenía que asumir que estaba viendo frente a mí a alguien de mi generación, sino que además yo era aún mayor que él. Su cara no me sonaba, pero eso no es algo extraño en una persona que vive en mundos paralelos, como yo.

-¿De los mayores?

-Sí. Del curso anterior al mío. 

Al menos no estaba en parvulario cuando yo hacía COU. 

Me metí en el coche camino de mi fin de semana playero pensando en el espejo que acababa de plantarme el azar de sopetón.

El cuerpo, sin embargo, se fue amoldando a la escena, pensando en lo bien que estoy heredando las virtudes de mi padre, al que las viejas le reprochan en el autobús que se levante para cederles el asiento.

-¡Pero si usted es mucho mayor! –protestan, presumidas, entre risas.

viernes, septiembre 27, 2013

Saber

Ayer jueves salí del trabajo a las tres de la tarde con un cielo azul inmenso iluminando la ciudad.

Tenía un invitado el fin de semana y la certeza, triste en este caso, de que éste iba a estar pasado por agua. Las imágenes del Meteosat no dejaban lugar a dudas, por mucho que no existiese un rastro blanco que manchase la bóveda celeste. Se aproximaba un frente imperturbable, ya metido en Portugal, para barrer toda la península.

Ahora, bajo la lluvia y antes de salir a cenar, escribo pensando en esos tiempos cercanos, decenas de años atrás, en que no existían los satélites y la gente se planteaba hipótesis, a partir de sensaciones y leyendas, de los vientos o lluvias que el futuro inmediato le podría traer.

El saber conlleva eso, perder románticas incertidumbres para ganar certezas.

Estos últimos decenios el hombre ha avanzado tanto en el conocimiento de sí mismo y del mundo, que se ha hecho infinitamente más libre a la hora de tomar decisiones que afecten a su futuro personal y colectivo. Ya tenemos certeza de la lluvia inmediata, de un diagnóstico médico, del origen de una llamada de teléfono, de los conflictos al otro lado del mundo en tiempo real.

Aún así, bajo esta lluvia, aún hay personas poderosas que privilegian los intereses mercantilistas a la lucha contra el avance implacable de la destrucción de nuestro planeta. Son unánimes los científicos al decirnos que el Ártico se deshelará los veranos de aquí a no mucho, que las sequías se harán comunes, más largas y penosas, que los mares crecerán, que las catástrofes naturales se multiplicarán, las temperaturas subirán varios grados y desaparecerán especies.

Pero el hombre que decide, el que gobierna, lo hace como si pasease un jueves bajo un sol impúdico en Sevilla y se riese del frente inmenso de nubes repletas de agua que entra por Portugal.

El problema es que detrás de él vamos los demás.

lunes, septiembre 23, 2013

Hogueras

En el remo, a diferencia de otros deportes, a tu esfuerzo, o desgana, le delatan las hogueras. Pegas la palada y en el agua queda una marca, un remolino de agua, que da cuenta de la fortaleza de cada empuje en función del diámetro que va dejando la estela sobre el río.

Chivatas las hogueras.

Mientras remas tú solo no hay con qué comparar, pero en cuanto tienes a compañeros sabes bien quién se escaquea, o es más débil, el que es irregular, el inconstante, el bravucón... Y te retratas tú.

Cuando se corre, en cambio, la hoguera queda en el aire. Nadie más que tú sabe si estás tirando o no, resultando sencillo dejarse ir, tranquilizando la conciencia del deber cumplido en esa obsesión moderna por controlar los kilos de más.

Es jodido el mundo de los corredores, en un continuo reto de hacer más kilómetros, más rápido, en lucha constante contra la pereza, peleándonos con los demonios que nos dicen que es absurdo ese galopar a ninguna parte, diablos que te ofrecen como espejismos cervezas, paseos, una buena cama, un libro...

En cada uno está el saber si se impulsa con los talones o sólo los utiliza para apoyarse, como en la vida misma. Cada cual encuentra su motivación última para sentirse bien en su propio cuerpo, por uno mismo, por lo que quieres ofrecer de ti, o por un poco de todo ello. Nadie es tan seguro ni tan mezquino.

En uno está saber si hay fuerza y convicción, o si trotamos para creernos vivos, o si somos simplemente mortales de andar por casa.

¡Qué duro es arrancar y qué placentera la ducha del victorioso!

martes, septiembre 17, 2013

Simultáneo

Me da a mí que una fuente no suficientemente estudiada de infelicidad, vía estrés, es la de tratar de hacer las cosas en simultáneo.

Aparentemente asociado al triunfo el hecho de compaginar varias tareas al mismo tiempo, me doy cuenta en cosas mínimas que el intentar comenzar una tarea sin haber terminado otra desequilibra e incomoda, aunque sea en algo tan nimio como ponerte a preparar la comida sin haber terminado de leer el periódico. 

Al bienestar personal, amigo austero y fiel de la felicidad, se llega por caminos insondables que uno, de golpe, encuentra en un detalle. 

A nuestro cuerpo, al menos al mío, le sienta bien el atacar los placeres, o las tareas, de uno en uno y hasta el final. Se equivoca uno cuando escribe un whatsapp antes de terminar de desayunar, o se va a correr antes de dejar la ropa tendida o abre un libro sin dejar de ver el telediario, encadenando muchos coitus interruptus que te hacen creer un fenómeno hiperactivo sin ser más que un infeliz no apto para disfrutar, en profundidad, de nada. 

Si me pongo a escribir este blog, lo termino, por mucho que el móvil esté vibrando a mi lado pidiéndome cariño.

martes, septiembre 10, 2013

Anomalía

Leía este sábado, por sorpresa y con gran emoción, un artículo firmado en El País por Xavier Trias, el alcalde de Barcelona, defendiendo la candidatura de la ciudad de Madrid a los Juegos Olímpicos del 2020.

Para no inventarme frases, he buscado el artículo, fácil de encontrar por reciente, en el que Trias viene a decir literalmente 'la de Madrid es una candidatura destinada al éxito'.

Hablaba de emoción, de trabajo bien hecho e incluso se permitía utilizar el futuro, no condicional, para afirmar 'los de Madrid 2020 serán unos Juegos que llegarán a lo más alto'.


No pasaron ni 24 horas para desdecirse y afirmar que la ciudad de Madrid no estaba a la altura de competir con ciudades de la 'categoría' de Estambul o Tokio. Con un punto de aclaración: Barcelona, sí.

No sé hasta qué punto ese tono prepotente en personas tan aparentemente afables forma parte de una estrategia para sembrar el odio.

Y lo escribe un ciudadano de Sevilla que tendría dificultades para elegir entre Madrid o Barcelona, de tanto que me gustan.

Ese mismo día, el conseller de Cultura (ojo, de Cultura) del gobierno catalán venía a informarnos desde un atril de que no somos ciudadanos de un país desarrollado, sino que formamos parte de una anomalía histórica (llamada España).

Como anómalo que soy al formar parte de una anomalía, trato de buscar explicaciones irracionales entre argumentos tan enrevesados y dañinos para intentar entender el porqué de tanta mezquindad.

Hoy es Artur Mas quien se despacha con una comparación entre la gran movilización en pro de los derechos de los negros en la América de mediados del siglo pasado liderada por Martin Luther King, luchador incansable contra el racismo más visceral y los rescoldos de la esclavitud, y la respetable cadena humana de mañana en pro de la independencia de Cataluña.

Incluso los que siempre, y digo siempre, hemos defendido la causa catalana, comenzamos a sentir cierto hartazgo ante discursos tan reaccionarios, ante las mentiras disfrazadas de verdades a base de repetirlas, ante el odio indisimulado a todo lo que suene a castellano, ante la chulería de pensar que a mí, por ser andaluz, la compra diaria me la pagan desde la Generalitat.

Se está sembrando una semilla tan venenosa que hasta el más sensato acabará por decir barbaridades.

No permitamos el odio, no les hagamos el juego. 

Afortunadamente Cataluña es mucho más sensata de lo que nos intentan hacer creer.


lunes, septiembre 09, 2013

Small

Acabábamos de pasar una tarde soleada paseándonos las orillas del Elba a las afueras de Hamburgo cuando tomamos un autobús para volver al centro.

Tres jóvenes al lado de mí, de pie, hablaban en inglés sobre temas de trabajo. Siendo viernes, se veía que acababan de compartir unos días de formación en su empresa y se disponían a organizar el regreso a casa.

Al charlar de sus respectivas trayectorias, uno de ellos comenzó a explicar que había realizado sus estudios en Sevilla. Yo, ya pendiente de la conversación, agucé aún más los oídos.

'A beatiful, small and hot city'.

Así resumían a miles de kilómetros de mi ciudad lo que ésta significaba para un universitario extranjero que la había vivido durante años.

No pude reprimir, cuando el chaval que había estudiado en Sevilla quedó a solas, presentarme. Era irlandés, habíamos compartido profesores en la misma Escuela de Ingenieros, me habló con cariño de su piso en el Arco del Postigo y de la alegría que le suponía poder seguir trabajando en España, en el centro que Airbus tiene en Getafe.

Hablando conmigo se le encendían los ojos hablando de ese maravillosa, pequeña y cálida ciudad lejana.

miércoles, septiembre 04, 2013

Admiración

Hay un punto de hipocresía, sí, seguro, en nuestras relaciones con los demás. Poco importa que sean familia, gente cercana o compañeros de trabajo, construimos imágenes de nosotros mismos, de lo que querríamos ser, que no tiene por qué ser una; de hecho somos una persona estrictamente diferente con cada uno de nuestros compañeros de viaje en esta vida azarosa que nos ha tocado compartir.

En cualquier caso hay técnicas, sí, predecibles, para ganarnos a ese entorno que nos rodea. Y no es malo, más bien inteligente.

Una de las principales, para la gente que tiene un buen fondo, es la de la admiración. La admiración sincera.

Me explico.

Siempre hay motivos para, no ya descalificar, criticar algo en los demás, en la persona concreta con la que compartimos cada momento. Si pensamos en cada uno de nuestros amigos es seguro que encontraremos algo en ellos que nos desespera.

Sin embargo, ¡es tan fácil alabar lo mucho de bueno que hay en cada una de las personas que hemos elegido para ser felices!

Es de tontos juntarse con gente que nos amarga la existencia. Por sentido común, nos vamos arrimando a aquéllos que nos hacen reír, que nos escuchan, que valoran nuestro modo de ser, que se preocupan por nuestras inquietudes, que nos llaman sin tener nada que decirnos...

La estrategia, aquélla de la que yo hablo y que mezclo con la hipocresía, sana, es siempre encontrar la ocasión para alabar a quien quieres.

Hay mil motivos para criticar, pero en ese instante en que el veneno te lleva a hacerlo, piensa en todo lo bueno que esa persona que te aguanta, te comprende y se divierte contigo te ofrece.

Es una cuestión de puro egoísmo, si quieres ser feliz habla todo lo bien que sepas de la gente que aprecias.

Porque, además de todo, es verdad.

lunes, agosto 26, 2013

Rocas

Bañándome plácidamente una noche de mi última semana de vacaciones en la costa granadina, con esa mole de montaña tras de mí y el cielo estrellado como techo, me acordaba de las primeras enseñanzas acerca de la formación de las estrellas, de las sierras montañosas en períodos en que la unidad de medida son los cientos de miles, millones de años. Época en que uno aprendía acerca de la evolución del hombre, de las eras glaciales, del nacimiento de las estrellas comparándolo con el tiempo presente, casi eterno en tu juventud.

Eran comparables, todo el pasado infinito, con un aquí y ahora tan enorme como aquél. Nuestro mundo era consecuencia de todo lo anterior y nosotros, parecía, lo disfrutábamos a cámara lenta, para siempre. El hoy era tan grande como todo el ayer concentrado en un pergamino.

Sin darse uno cuenta un día te miras al espejo, otro recuerdas el tiempo de los estudios, del despertar al sexo, de los primeros amigos y llega un momento, imprevisible y traicionero, en que te das cuenta de que esos millones de años del pasado se van agigantando, de que la rueda de las rocas y las estrellas se va haciendo incontrolable y tu presente diminuto.

Cuanto más grande es esa roca devoradora imposible de frenar que se dirige inconmensurable hacia ti más aprecias lo vivido, más te afanas en disfrutar del ahora y eres cada día más inteligente para comprender que toda la verdad de esta vida se encuentra en el amor.

martes, agosto 20, 2013

Pastel

Recién llegado de mis vacaciones, utilicé mi última jornada laborable libre antes de comenzar mi agenda de trabajo para disfrutar de la mañana en mi ciudad con rutinas tontas que sólo me serán posibles a partir de ahora en días en que la gente afortunada, que trabaja de lunes a viernes como yo, puede permitirse realizar.

Entre la compra de la semana y el lavado del coche, me di un largo desayuno con croissant mixto y batido helado de chocolate blanco, espectacular, en el Vip's de República Argentina, con El País como aliado y el disfrute que supone no tener prisas, más aún cuando el tiempo de libertad total se agota.

Me asustaré el día en que no haga una fiesta de ésos mis desayunos eternos frente al periódico.

Una vez pagado y confirmado por enésima vez que no quiero hacerme socio de ese local de comida en el que tanto disfruto, quedé profundamente impactado por la visión de una pareja de mediana edad en la que él daba con calma un trozo de pastel a su mujer, en silla de ruedas y totalmente inmóvil de cuello para abajo, con una profunda sonrisa en los dos.

El lavado del coche posterior fue el más feliz que podía imaginar tras la fortuna que me supuso asistir, sin haber hecho méritos, a una escena tan fabulosa.

jueves, agosto 15, 2013

Grito

Gabi nos había paseado en barco hasta una playa a orillas del Elba a la que llegamos desde el puerto de Hamburgo. El día soleado invitaba al disfrute, a descubrir sitios nuevos a los que nunca hubiéramos llegado como turistas sin anfitrión. Un chiringuito, arena fina, rocas, cervezas y bañistas en una postal perfecta. Con mi refresco me senté a disfrutar un rato de ese mediodía de viernes como un alemán más.

Justo frente a mí, a dos metros de la orilla, una mujer rubia, de pelo corto, a lo Mia Farrow, jugaba a entrelazar hilos en pedruscos con sus dos niños, él de unos diez años, la pequeña de cinco, en pelotillas, a ambos lados.

La niña, con cara de gamberra, se afanaba por las rocas, iba y venía del agua, provocaba al hermano, le comentaba cosas indescifrables para mí a su madre, que seguía con su dolce far niente ensartando piedras sentada en la arena.

Hubo un momento en que la chica se revolvió, salió corriendo y se sentó a unos tres metros por detrás de la madre, justo a mi lado, comenzando a gritar con una intensidad brutal, sin miramientos. Tras el susto inicial y la perplejidad de los paseantes, la niña continuó su recital de gritos insoportables mientras la madre, impávida, continuaba con sus piedrecillas. Ni un solo giro de cabeza para comprobar lo evidente, que su hija estaba liándola. Unos minutos interminables después la niña volvió al redil de los brazos maternos, que ni la acarició ni la besó ni la reprendió. 

Ésa era una escena quizás cumbre de otras vistas durante nuestro inolvidable viaje por el norte de Europa.

Cuánta relación, nos preguntamos en ese momento, puede haber en ese tipo aséptico de educación y la interdependencia generacional. Cuánto no se consiente en el sur de Europa a un hijo, hasta qué punto no se le da su sitio y dejamos convertir las familias en dictaduras de los más jóvenes. No sé dónde está la buena conducta, la más apropiada. Sólo sé que me gustó la gallardía de una madre defendiendo su sitio.

martes, agosto 13, 2013

Copenhague

Como todo en la vida, cuanto más se viaja más difícil es encontrar el cosquilleo de la primera vez, aunque casi siempre compensa el ir reemplazando la visión borrosa, exenta de matices, de esa vez inicial. Las emociones en carne viva se convierten, si hay actitud, en placenteros paseos sin rumbo en el que lo de menos es el edificio concreto y lo de más es conseguir formar parte, de pleno, del paisaje.

A Copenhague llegué, con diecinueve años y una mochila, otro lejano verano, ávido de romper mis fronteras utilizando los kilómetros como estrategia.

Como si fuese ayer, recuerdo aquel cámping urbano, al que volví dos veces, en cuyo césped bien cuidado me tumbé un buen rato, íntimo, viendo pasar las nubes, veloces, manchando un frío cielo azul.

"Todos caminamos sobre nuestros pies, el suelo está abajo y el cielo arriba. Aquí son más altos, más rubios, pero somos lo mismo".

Me hizo falta esa tumbada en un cámping danés para comprender que yo era un ser del mundo, tanto y tan válido como cualquier otro.

Hoy, en Copenhague, descubro la virtud de la sonrisa danesa, la agresividad de su clima, lo austero de su comportamiento. Observo una sociedad mucho más igualitaria que la española, donde no hay trabajo menor, donde los rubios, y rubias, te atienden en el hotel, conducen sus bicicletas, recogen tu comida, te sirven la cerveza o te explican, en un aeropuerto y con una sonrisa, que tienes que tirar el bote de desodorante a la basura para montar en el avión. 

martes, agosto 06, 2013

Zavel


Preguntamos y nadie sabía darnos una explicación precisa, De kleine zavel. Vendría a significar la arenilla con que se pavimentaban las calles medievales cuando aún no existía el alquitrán.

Llegamos allí por la fuerza de Internet, las ganas de una cena romántica en un Amberes tranquilo en un domingo de verano y el placer de no tener prisas. De kleine zavel.

Una camarera madura, servicial, con un inglés perfecto nos explicó que ese restaurante fue hacía siglos unos baños donde los marineros venidos de tierras remotas se componían el cuerpo para reintegrarse a la vida mundana europea.

La pareja de al lado, recién llegada de sus vacaciones en Villajoyosa, imposible de pronunciar para un flamenco, nos detallaba la comida que disfrutábamos y una pareja de holandeses nos invitaba a unirnos a su mesa para tomar el último digestivo, un elixir de Amberes, al tiempo que nos explicaban cómo, tiempo atrás, se constituyó la actual Bélgica.

De kleine zavel.

sábado, agosto 03, 2013

Gante

Mis noches en Gante han sido, literalmente, de ensueño.  Hacía tiempo que no dormía tan profundamente e integrando sueños siempre dulces.

Seguro que ayuda la belleza de la ciudad, la lejanía del trabajo, la buena compañía y los recuerdos de visitas pasadas.

En el McDonald's donde tuvimos que cenar el primer día, al haber sobrepasado todo posible horario europeo, ya comí con 19 años, con dos amigos de la infancia con los que me lancé a conocer mundo montados en un tren. La vista, comiendo hamburguesas, sigue siendo tan espectacular como entonces: las tres torres: San Nicolás, el Belfort y San Bavón. Época en que no podría ni imaginar que la vida acabara tratándome tan bien.

Años después volví con Araceli, mi añorada Araceli, y Rafa. Con mi clío blanco de ingenierito recién fichado por la Renault.  Al mismo camping, con otros ojos.

Hace diez años tuve la oportunidad de enseñárselo a mi amor, descubriendo en un viaje memorable el políptico del cordero místico de Van Eyck.

Ahora, de nuevo, abandono Gante, con una vida coherente a mis espaldas y la sensación de que en años volveré a esta ciudad de gente con caras sacadas de cuadros medievales, de canales de agua estancada rajando la urbe en pedazos, de trozos de historia medieval con rastros negros del pasado de España.

Cervezas, canales, lienzos flamencos, timidez en el trato, batidos de chocolate y un McDonald's que, quién lo diría, puede alcanzar a ser romántico.

miércoles, julio 31, 2013

Hormigas

Haciendo transbordo ayer por la tarde en la aparentemente caótica estación de cercanías de Chatelet-Les Halles, sucumbiendo a los olores nauseabundos que la caracterizan, más aún en pleno verano parisino, húmedo y caluroso, me vi como una hormiga más de un lugar cualquiera.

Por siempre orgulloso de haber vivido tres magníficos años de mi paso de la juventud a la madurez en esa ciudad de ensueño, cada vez tengo más clara mi voluntad de no sentirme hormiga, de no correr detrás de metros que no tengo prisas por coger, de no martillear con mis zapatos la alfombrilla del coche en atascos interminables, de no recibir como respuestas caras enfurruñadas en cualquier bar, de no medir con angustia las horas de relax para no perder tanta oferta imperdonable que, tú mismo te dices, no se puede dejar pasar.

sábado, julio 27, 2013

Orangután

Tengo claro que pasarán generaciones antes de que determinados países lleguen a garantizar un mínimo respeto por los derechos del hombre, pero apena enormemente que un país cuna de civilizaciones, perteneciente a la Unión Europea, permita que queden en anécdota los insultos de un senador hacia una ministra, por el hecho de ser negra, llamándola orangután.

La única lección en toda esta historia la da ella, Cécile Kyenge, manteniendo su dignidad sin perder los papeles, haciendo caso omiso a la degradación pretendida y continuando con su trabajo, muy a pesar de la escasa reacción de un pueblo italiano poco dado a dar muestras de una mínima conciencia social respecto a asuntos sociales donde las minorías ven conculcados sus derechos.

Nacer en Italia, en pleno siglo XXI, siendo negro u homosexual, más aún siendo mujer, es una garantía para ser ultrajado sin remedio durante todo lo que dure tu existencia, a no ser que los poderes públicos, emanados del pueblo, algún día desautoricen voces como las del senador.

En países como España también se discrimina, no me caigo de un guindo, pero la ejemplaridad de las instituciones públicas ayuda a dar consuelo al ultrajado.

lunes, julio 22, 2013

Baguette

De mis tiempos parisinos, cuando bajaba a la boulangerie justo bajo mi casa, en la esquina entre la rue Saint-Jacques y el Boulevard Port-Royal, la secuencia venía a ser más o menos la siguiente para comprar un baguette (recién hecho, de los que se deshacen en la boca):

–– Bonjour Monsieur

–– Ça va?

–– Qu'est-ce que vous désirez?

–– Une baguette

–– Voilà Monsieur, quoi d'autre?

–– C'est tout!

–– Parfait

–– Merci

–– Je vous souhaite une bonne journée

–– Moi aussi

–– Au revoir

–– Au revoir

La mujer, pelirroja de pelo corto y ojos azules, más bien gordita, nunca te miraba a los ojos y te deseaba una jornada perfecta poniendo cara de sabueso y pendiente más del siguiente en la cola que de uno mismo, que se sentía transparente entre tantos halagos.

Cuando, en Sevilla, bajo a comprar el pan veo como una chavala le dice al tendero:

–– Un bollo

–– Toma

Los holas, gracias y buenos días, no siempre pero a menudo, están en la mirada.

miércoles, julio 17, 2013

Olas

Decía Carmen Martín Gaite que el sexo son como dos olas que se funden, hay veces que lo hacen en la cumbre de cada una de ellas y el resultado es espectacular, pero no es fácil que siempre ocurra ese milagro de compenetración brutal.

Con las relaciones personales ocurre lo mismo, somos olas individuales, con nuestros ritmos particulares, no siempre coincidentes con las subidas y velocidades del resto de olas que nos rodean en la inmensa planitud del mar.

Hay momentos en que te acuerdas con enorme emoción de alguien que es, o fue, importante en tu vida. En algunas ocasiones, cuando llegan esos instantes, haces por recuperar el contacto, con una llamada, un mensaje, una cita... Pero la ola de esa persona, muchas veces, está en otras cosas, tal vez apaciguada o mirando hacia otro lado, divirtiéndose con otras tantas o con ganas de latitudes nuevas.

Hay días en que recibes guiños directísimos de gente a quien bien quieres pero con la que esa noche no te apetece una cena, o compartir una confidencia o reírte con una charla nocturna por teléfono, sin considerar, porque tal vez no haya que hacerlo, que cuanto menos chocan dos olas menos fuerza encuentran para volver a reencontrarse..

Nos buscamos y nos escabullimos como olas. Yo te busco, tú te vas, él me añora, ella se fue, están por ti, tú estás en tu mundo. Olas que rompen diferente, que se cruzan en diágonal o chocan de frente, olas que se alejan definitivamente hacia horizontes inabarcables, olas que no hacen más que rebotar contra la misma roca, olas que no salen de su estanque tranquilo. Olas que se ven, que se gustan, que se ignoran... Pero qué bonito cuando rompes de lleno contra otra en plena cumbre.

sábado, julio 13, 2013

Inteligencia

Me mosquean las personas inteligentes y pesimistas.

Hay razones sobradas para justificar que el mundo no funciona, para desconfiar de la naturaleza humana a partir de ejemplos concretos que podrían configurar un escenario estadístico irreprochable para confirmar que no hay futuro.

La grandeza de nuestra existencia es precisamente la de que podemos encontrar igual número de argumentos para rebatir esa idea, con experiencias concretas, cercanas o de telediario, que nos invitan a pensar en un mejor porvenir para el ser humano.

El principal objetivo de una persona inteligente debiera ser la búsqueda de la felicidad, porque no es inteligente aquél que se martiriza explicando el sinsentido de las cosas, ya que habría perdido el principal argumento para justificar sus ansias de saber: su propia motivación personal para crecer como persona.

¿Qué nos queda si no luchamos por encontrar siempre la luz al final del túnel?

A pesar del enorme atractivo que supone para mí una persona astuta, perspicaz, lista y capaz, prefiero mil veces a una persona simple optimista que a un lumbreras peleado con la vida.

lunes, julio 08, 2013

Fantasía

Un día entendí la capacidad real de creer en la ficción que representa el cine, pero cuando quise contárselo a un amigo la idea se me fue de la cabeza.

El principal problema para la gente no amante de las artes es su incapacidad para adentrarse en mundos que no les sean tangibles.

Suele coincidir, es mi percepción, con aquéllos que tienen más dificultad para empatizar con el resto del mundo, que tienen un punto de sensibilidad menos desarrollado.

La clave, que olvidé, para dejarte arrastrar por la ficción, los mundos inventados, al ver una película o disfrutar de un libro, está en pensar que esa historia se gestó en la mente de una persona real, humana y defectuosa como aquélla que disfruta con la obra.

Yo no entiendo mi vida sin ese pasado, inexistente en mí, creado a partir de imágenes robadas de creadores que quisieron situarla en mi biblioteca de recuerdos prestados.

Fantasear con la adrenalina de una situación límite en la que no te juegas la vida te ofrece la posibilidad de experimentar en un banco de pruebas inofensivo tu destreza para enfrentarte al mundo, como un piloto de vuelos comerciales se entrena continuamente, en espacios bien anclados a la tierra, ante contingencias en el cielo que, afortunadamente, casi nunca llegarán.

miércoles, julio 03, 2013

Roto

Durante las eternas vacaciones de verano de mi infancia, en La Antilla, fui tejiendo un mundo de amigos paralelo al de la ciudad. En algunos casos, éste fue enlazando con mi vida en Sevilla conforme fui creciendo, pero la mayor parte de los miembros de esa pandilla quedaban relegados de año en año al puro contacto veraniego. Estaba la pandilla de los grandes -la de mis hermanas-, mi pandilla y la de los pequeños, la de mi hermano David.

De esos años, felices por definición, se tienen recuerdos que asustan de tan diáfanos, imborrables tal vez por ser períodos de dolce far niente en que uno nacía al descubrimiento del propio cuerpo, al nacimiento de la amistad, del sexo, indefenso ante los primeros enamoramientos, brutales.

Una de las personas que recuerdo, de la pandilla de los mayores, era una niña grande de andares torpes con un labio roto, circunstancia que le impedía, yo pensaba, relacionarse de igual a igual con los demás. Brusca en sus gestos, tal vez defensivos, inteligente, protectora de sus hermanos pequeños y adorable en su interior, le perdí la pista hace años-luz.

Hace unas semanas vino una mujer a auditarnos a la fábrica, una mujer de unos cincuenta años, enormemente preparada, con el mismo labio roto que aquélla de mi infancia.

Cuando los días de auditoría pasaron y se tuvo que subir al estrado para transmitir las conclusiones finales a un salón de actos repleto, todos estuvimos más o menos impactados por su físico especial, por sus gestos instintivos para taparse con las manos, agachar o girar la cabeza, intentando hacer desviar la atención a lo que realmente era el centro de ese encuentro, el resultado de varios días de trabajo inspeccionando nuestra fábrica.

A mí, viéndola triunfante, me embargaba la emoción de comprobar cómo esa mujer, impecablemente vestida, intelectualmente brillante y capacitada por la experiencia combatía los complejos que todos tenemos de nosotros mismos con una exposición clara, concisa y profesional que se convertía en un canto de libertad.

Admirar la fuerza de quien gana batallas, a pesar de todo, no nos puede hacer olvidar que hay quien no sabe, puede o tiene fuerzas para abandonar su cueva de introversión.

martes, junio 25, 2013

Dispersos

Son muchas las ocasiones, imagino, en que confundimos evoluciones en nuestro propio ser con cambios en la sociedad a la que pertenecemos, porque es claro que hay un influjo real en nuestra percepción del mundo exterior provocado por la naturaleza propia, el estado de ánimo de uno, la madurez alcanzada.

Hay certidumbres, sin embargo, que confirman que este mundo al que pertenecemos se mueve más rápido de lo que lo haya hecho en ninguna época pasada.

Una de ellas, a mi entender, viene precipitándose a un ritmo endiablado y parejo al de las nuevas tecnologías, que nos hace seres dispersos, emocionalmente más frágiles, en esencia menos reflexivos, o asentados, sobre lo que somos.

Estos avances nos hacen más libres, sí, desde el momento en que nos asomamos al mundo desde una inmensa ventana que nos permite elegir, centrar el foco donde nos interesa, localizar esto o aquello que nos motiva, cosmopolitizarnos, descubrir nuestra pequeñez.

Lo que sí es cierto es que cambiamos rápido la forma de relacionarnos y, algunos, comenzamos a echar de menos conversaciones largas sin un móvil de cuarta generación recordándonos que tal vez haya un email sin leer, que el paisaje por el que caminamos lo tendríamos que enviar a nuestro grupo de wasap, que quizás haya subido la prima de riesgo en las últimas horas, que, a lo mejor, alguien ha puesto algún me gusta en mi facebook.

El ser humano, frágil, tendrá que reeducarse a un ritmo acelerado para combatir esa taquicardia tecnológica que le dispersa.

sábado, junio 22, 2013

Lección

Hace años me embarqué en un proyecto cuya luz está tardando mucho más de lo previsto en verse.

Impliqué a mucha gente utilizando mi credibilidad como persona, comprometí fechas confiando en mi capacidad resolutiva y adelanté resultados movido por la hermosura de la obra que estábamos construyendo.

Las personas, sin embargo, a veces te sorprenden con fuerza, y no supe calibrarlo hasta estar metido hasta la colcha en compromisos incumplidos cuya dimensión no supe calibrar.

Estos años, en todo lo que a este proceso se refiere, están poniendo a prueba mi capacidad de manejar una situación compleja en la que tengo que proteger, por encima de todo, la buena conclusión de esta aventura para no defraudar a todos los que creyeron en ella, invirtieron, curraron gratis o se implicaron de forma altruista, con lo que implica todo ello de tener que tragar sapos ajenos.

Saber ponderar el equilibrio para no descarrilar esta empresa aun poniendo en juego mi credibilidad, capacidad resolutiva y pasión por la creación.

Mis más sinceras disculpas, desde el fondo de mi corazón, a todos aquéllos que creyeron en mí y se sienten defraudados. Mi silencio, sin embargo, es la única forma, dolorosa, que encuentro para conseguir que ese impactante proyecto al que un día dimos salida llegue a ser un éxito descomunal.

Es una lección de vida, para mí, el enfrentarme a una situación tan incómoda y hacerlo desde dentro, sin poder hacer cambiar el rumbo por ser esclavo de otros navegantes que no me permiten tomar el timón en aguas que me son, necesariamente, desconocidas.

Mi agradecimiento será eterno hacia aquéllos que supieron creer en mí.

No les defraudaré.

lunes, junio 17, 2013

Pequeño

Para mi padre siempre será su ojo derecho, seguramente por razones sanas que no nos causan celos al resto de los hermanos.

A nosotros tres nos tiene por fuertes, pero a su hijo pequeño siempre lo vio como el más vulnerable, ese niño rubio, huérfano de madre con trece años, que escuchó de su muerte en la planta baja del hospital, estudiante rebelde en una familia que necesariamente se disgregaba por la fuerza centrífuga que causó perder el centro maternal que lo enlazaba todo.

David atravesó todas las fases, y lo seguirá haciendo, en su lucha visceral por encontrar su lugar en el mundo, con una fortaleza para vivir su soledad por la que no hubiésemos dado un duro hace veinte años.

Ahora nos visita tras meses recluido en su paraíso del Palmar para reencontrarse con su padre, viejo, débil y emocionado de volver a dar un abrazo a su hijo del alma, el que heredó su mismo despiste, la forma de hablar y cada uno de sus gestos.

Y yo observo sus miradas esquivas con la emoción de saberme irremediablemente unido a ellos.

Mi padre, ley de vida, piensa cada día un buen rato en su final y sé que tiene un apartado de sus pensamientos para cada uno de nosotros, aunque no nos molesta saber que su principal sueño es imaginar que David continúe en esa senda cada día más sólida hacia una madurez equilibrada de hombre autosuficiente, bueno y sonriente.

Sus tres hermanos estarán ahí, para cuidarlo, cuando no sepa verse fuerte.

sábado, junio 15, 2013

Escarabajos

Vistos desde el cielo, los sevillanos debemos parecer escarabajos en estos períodos en que el cielo se eterniza en azul y el sol cae de plano.

Todo el que no es de aquí nos compadece.

Hay días duros, sí, en que el tema de conversación no es otro, horas en las que dar un paseo largo por la ciudad se antoja imposible, noches de insomnio sin aire acondicionado.

Yo, sin embargo, reivindico mi condición de escarabajo; las noches jaleosas de veladores repletos en que salimos de nuestras guaridas, el sonido de las golondrinas tras las ventanas, las siestas interminables con la casa a oscuras, los paseos en moto por la ciudad e incluso las calles desiertas de mediodía.

Somos hijos del sol, y eso nos marca.

martes, junio 11, 2013

Lunas

Me había levantado tempranísimo como penitencia por elegir dormir en el centro de París y no tener que hacerlo en un hotel de carretera cercano a la fábrica donde tenía que trabajar al día siguiente.

A pesar de ser verano hacía frío. amanecía antes de que ningún despertador sonara en la ciudad y aún no habían abierto el restaurante para el desayuno junto a la recepción.

La cena del día anterior y las copas de confidencia con Guillaume me hacían tener la cabeza embotada buscando la plaza del coche de alquiler en el garaje.

¡Qué bonito es París a esas horas fantasmas de madrugada luminosa en que parece vacía!

Llevaba tiempo preparando la visita, había temas duros que tratar y el mareo no se me quitaba, rodeando una casi desierta rotonda del Arco del Triunfo con el estómago revuelto.

No había motivos para sentirme tan aturdido por la suave luz sin fuerza del sol de verano norteño, pero el cuerpo me pedía echarme a un lado de la carretera, una vez fuera de la ciudad, para recuperar el equilibrio.

Llegando a la fábrica ya tenía todos los argumentos estructurados para explicar que tendría que escaparme antes, no me encontraba bien. Los ojos se me nublaban y conducir se me hacía complicado, con los coches sobrepasando mi ritmo cansino.

Cuando me acerqué a la barrera de seguridad de la factoría que visitaba, el vigilante me miró con gesto extraño. Debía tener mala cara, se salió de la garita y me preguntó si estaba bien, señalándome la cara.

Yo me toqué, me tropecé con mis propias gafas de sol, que olvidaba llevar y comprobé, avergonzado, cómo había recorrido cincuenta kilómetros mareantes como un pirata del siglo XXI, sin imaginar dónde ni cuándo podría haber perdido uno de los dos cristales tintados.

sábado, junio 08, 2013

Tapas

En los tres años que estuve trabajando en Francia tuve la suerte de encontrar a Brigitte, asistente personal del que fuese mi jefe.

Cuando éste se fue, al poco tiempo de llegar yo, le dijo a Brigitte que me cuidara como si fuese su hijo, y doy fe que así lo hizo, siempre atenta, cariñosa y servicial.

Desde que, a las pocas semanas de yo llegar, nos cruzamos en un restaurante cercano al trabajo, escaqueándonos de la comida de rancho de la empresa, decidimos comer todos los mediodías juntos, bien en el Terminus, ¡ensalada de nueces y entrecotte!, bien en su casa, ¡esa ensalada de endivias y el kir de cerezas!, en mediodías inolvidables en que me fue presentando a su familia, sus vecinos, sus amigos...

Fue, sin embargo, la única aliada que conseguí en esos tiempos en el trabajo, y me considero un ser bastante social, dispuesto siempre a conocer gente, a dejarme aconsejar. Pero no, ni una triste cerveza a la salida del trabajo.

Con el tiempo, me ofrecieron la vuelta a Sevilla para colaborar en el arranque de un nuevo proyecto. Muchos de los compañeros que tuve en Francia fueron viniendo a mi ciudad para desarrollar tareas asociadas a esas nuevas líneas de producción.

Recuerdo, en esa época de mudanza y reasentamiento en mi casa, entre los míos, volviendo a la sana costumbre de mis cervezas liberadoras, las charlas de café y la vida fácil que caracteriza a mi tierra, recuerdo, digo, la llegada de estos compañeros a Sevilla.

Bueno, Salva, ¿y dónde nos vas a llevar de tapas?

¿De tapas? 

Llevaban años sentándose a mi lado, sabiendo que vivía solo en París y en ningún momento se les ocurrió ni siquiera preguntarme si necesitaba algo, si me iba bien, si me apetecía una cerveza.

Afortunadamente supe encontrar la vía para establecer relaciones sanas de amistad con gente encantadora en París, fuera del curro, que aún mantengo y mantendré.

¿Tapas? Yo no salgo entre semana.




lunes, junio 03, 2013

Disfrute

Puede resultar odiosa, o impecable, mi siguiente reflexión para quienes están en paro o padecen un trabajo mal remunerado, tedioso o degradante, que haberlos los hay, y no pocos.

Es una base de comportamiento para mí, afortunado de tener un trabajo creativo, reconocido y bien remunerado, considerar a éste como una herramienta de disfrute.

Más que nada por pura inteligencia emocional, ya que si echo tantas horas en mi fábrica estaría creando a una persona amargada si viese mi empleo como una prisión, pero por encima de todo por una cuestión de salud mental: No encontrar los artificios, claves o trucos para hacer de mis tareas diarias una actividad atractiva sería limitar mi crecimiento como persona.

En casi cualquier trabajo hay interacción con otros compañeros, dinámicas en equipo y objetivos que cumplir, siempre que la empresa o el servicio público tenga unos mínimos de robustez. Esas reglas básicas forman una base sólida para construir un día a día en el que poner a prueba tu capacidad de evolución, de conexión con el resto y de pequeñas victorias parciales. Plantearse solucionar para siempre un tema cada día es un estímulo perfecto.

Hacer bien mi faena, además, implica construir una sociedad más fuerte. Así de simple. Si el negocio para el que trabajo funciona, yo soy más libre desde el momento en que mi futuro personal está más despejado y, con él, el de la colectividad en la que me muevo. No entender que mi colaboración con mi empresa es importante es un fallo de base. Los equipos no son nada sin cada uno de sus componentes.

Para conseguir todo esto, implicación, trabajo en equipo y crecimiento personal, no hay mejor arma que el humor. La clave de una persona productiva en su trabajo está ahí, en el espíritu alegre a la hora de emprender las tareas.

Se puede entender un cabreo gordo a nivel laboral por una y mil causas, pero yo desconfío de aquél que se coloca la careta de mal humor como armadura para el trabajo.

Se es mucho más efectivo cuando uno da la importancia justa a las cosas, no se dramatiza cada error y se tiene el espíritu abierto para aprender del que lo hace bien.

Los mejores compañeros que he tenido en mi carrera profesional han sido, siempre y sin excepción, gente con un amplio sentido del humor.

martes, mayo 28, 2013

Venecia

Aproveché un viaje de trabajo a Eslovenia, en el que la combinación más sencilla para llegar era aterrizar en Venecia, para desviarme de la ruta con el coche de alquiler y plantarme en la isla donde se asienta la ciudad. Recorrí la autovía que la comunica con tierra sin saber hasta dónde podían llegar los coches y aparqué en un terreno vigilado por un tipo extraño que solicitaba las llaves para admitir depositarlo allí.

Con el miedo de no saber si estaba cometiendo una estupidez, decidí asomarme unos minutos para hacerme una idea de cómo de real era esa imagen que todos tenemos integrada desde siempre y volver rápidamente a por el coche.

Pero llegué a la Piazzale Roma, me fui asomando a los embarcaderos que se adivinaban de los vaporettos y me encontré con la visión imperecedera del Gran Canal azul turquesa de ese día de invierno soleado.

Entonces, como una atracción perversa, me fui adentrando en ella a la carrera, sin imaginar sus dimensiones ni recovecos. Desapareció el hambre de mediodía y la preocupación por el coche, atravesé el puente de Scalzi y pateé a ritmo endiablado una calle peatonal donde todo parecía preparado para mí hasta llegar a Campo de San Geremia.

Con el tiempo y los numerosos retornos a esa ciudad mágica fui integrando en mi memoria, corta para lo que no me interesa, el recorrido íntegro de ese viaje iniciático.

Camino del Ghetto empecé a tropezarme con canales a los que tenía que encontrar su puente e indicaciones constantes en amarillo insinuándome el Puente de Rialto, el Arsenale, la Plaza de San Marco, la Academia, sorteando iglesias de piedra, escuelas de arte y pequeñas tabernas que parecían no poder estar situadas en mejor disposición.

El tiempo corría en mi contra y mi decisión era firme, alcanzar a ver el Ponte Rialto antes de volver. Seguí la Strada Nuova hasta coronarlo y me extasié ante el espectáculo de ver el Gran Canal en su esplendor.

Que el hombre hubiese ideado, y edificado, algo tan hermoso desde tanto tiempo atrás debía de ser una demostración, integré, de esperanza en el ser humano, en la suprema búsqueda de la armonía.

Aceleré para asomarme, aunque fuera un segundo, a la Plaza de San Marco, sin imaginar la complejidad del laberinto de sus calles.

Si hice una pausa fue allí, en la gran esplanada de la plaza, asomándome a la desembocadura del Canal Grande, admirando el Campanile, el Palazzo Ducale y, por encima de todo, la basílica bizantina con sus cúpulas, dorados y caballos.

La vuelta por San Polo fue una carrera con los sentidos a flor de piel, fotografiando con el móvil por el puro ansia de retener, esquivando turistas por callejuelas y saboreando un trozo de pizza comprada aprisa y corriendo en una trattoria.

Ya todo era seguir los carteles que indicaban Piazzale Roma. Allí estaba mi coche, mis llaves y un viaje hacia Eslovenia cargado de emoción.

La belleza lo había invadido todo.

domingo, mayo 26, 2013

Infiel

Hay algo de lo que no cabe duda: cuando alguien comete una infidelidad hacia la persona amada, o desamada, la culpa es de quien traiciona a su pareja. Por jugar sucio, por no tener el valor de decirlo a quien comparte su vida o por querer organizar su vida emocional a varias bandas, con la cobardía que supone no renunciar.

Existe, a pesar de todo, una figura que me resulta especialmente antipática y que suele salir de rositas en todos estos tinglados, aquélla que, a sabiendas de que una persona está comprometida, mantiene una relación y la alimenta.

Esa persona está protegida por la ética tradicional: quien comete el 'pecado' es la otra parte. Incluso se le puede reconocer, según el caso, su valor terapéutico como sanador de relaciones que ya estaban muertas o viciadas.

Para mí, sin embargo, es como llevar a un amigo que quiere hacer dieta a una pastelería. 'Yo no te digo que comas, pero yo me ventilo las bandejas de palos de nata de dos en dos'.

Si realmente se quiere a otra persona, o hay una atracción sexual indomable, resulta perverso meterse por medio de una relación para conseguirla. Lo sano, pura quimera la mayoría de las veces, es plantear como condición la ruptura de compromisos de la otra parte antes de aceptar uno propio. Ahí sí se tendrá que ver el grado de sinceridad, fortaleza y honestidad de la persona que ansía una nueva historia.

Es difícil, cuando uno lleva años de compromiso y vida en común, sentir las mariposas por el estómago en cada momento del día, ni tener siempre ganas de llevársela a la cama. Hay días, incluso, en que querrías escaparte a una isla lejana y empezar de nuevo. Si en esos días, y en esos momentos, se cruza por tu vida una de esas personas especializadas en enseñar la pata del paraíso total, hay quien puede comenzar a ennegrecer su futuro por querer comerse una bandeja de palos de nata a escondidas.

Qué poco está preparado el ser humano para decir 'esto se ha acabado' a la persona que un día amó, qué complicado es actuar con sensatez y respeto hacia el otro.

Agenciarse un nuevo amor antes de dejar al otro es perverso y cobarde, pero, aún así, no disculpo a aquellas personas que sirven de puente, las que juegan con la ventaja de sólo tener que ofrecer la parte hermosa para atraer al redil de las traiciones a quien, si las cosas se le plantearan en términos globales, quizás nunca tomaría la mano espolvoreada de blanco que le ofrece una vida nueva.

domingo, mayo 19, 2013

Rocío

Resulta sencillo criticar al otro, pero la crítica propia casi siempre se toma como agresión.

Echo en falta en los medios andaluces una visión crítica con determinados fenómenos asociados a nuestra cultura.

La romería del Rocío, por ejemplo.

Desde el respeto, todo se puede analizar y todo es opinable, de ahí que me resulte extraño que no haya una mirada crítica hacia esta tradición centenaria de la Andalucía más occidental.

Quizás porque haya miedo a que a uno se le tache de menos andaluz, de amargado, cascarrabias o bicho raro, el caso es que en la prensa andaluza, incluso diría que a nivel nacional, no se trata este fenómeno desde un punto de vista analítico.

Lo escribe quien tiene amigos, pocos, a quienes el Rocío les parece una de las experiencias personales cumbres cada año.

Mezclar fiesta y religión no es algo nuevo ni el Rocío deja de ser una romería entre miles que existen en nuestra geografía, sin embargo resulta poco edificante ese espectáculo de vivas a la Blanca Paloma estando hasta las trancas de alcohol.

Los lunes de Pentecostés prefiero ni encender el telediario, porque no me enorgullezco del espectáculo que todas las televisiones ofrecen del salto de la reja. Empujones, fanatismo, gritos exaltados y música por sevillanas.

Es suficiente, para algunos como yo, tomar un poco de distancia para comprobar el espectáculo dantesco que supone esta tradición.

¿Es cultura? Seguramente sí. ¿Es reprobable? Seguro que no. ¿Tiene derecho la gente a divertirse y olvidarse del drama diario que para algunos supone mantener una vida digna? Y tanto que sí.

No digo lo contrario, cada cual es libre de ejercer sus tradiciones, cantarlas a las cuatro vientos y apoyarlas con todas sus fuerzas.

Pero también tengo yo derecho a compartir mis impresiones, nada positivas, acerca de lo que representa esta tradición, a mi entender caduca, altiva, desfasada, excesiva, poco ejemplar, vanidosa y vacía.

No dudo de que haya quien la viva con intensidad espiritual, ni de la capacidad de muchos para soslayar la parte religiosa y entregarse al cachondeo; y de sobra está pensar que cada uno hace con su cuerpo lo que quiere.

Simplemente manifiesto mi extrañeza porque no haya una parte de la opinión pública crítica, mi sentimiento de turbación al contemplar las imágenes, la convicción de que es una publicidad pésima para mi tierra y mi ilusión de que con el tiempo, dentro de algunos siglos, seamos un poco menos folclóricos y algo más civilizados sin perder nuestro espíritu alegre, vividor y luminoso.

lunes, mayo 13, 2013

Pequeño

Una de las consecuencias de cumplir años, no la más evidente, es el empequeñecimiento del hombre.

Cuando naces a la vida te sientes como una caracola hermosa en la arena de la playa, el mundo soleado se abre ante ti y estás en el centro.

Todo tiene sentido en los años de la adolescencia y juventud, te rebelas contra lo establecido porque la sociedad es fundamentalmente injusta y crees en el poder del cambio de las cosas.

Uno se siente, en esos años, fuerte en su propio cuerpo, que se bate sin problemas con el día a día, le echen lo que le echen.

Con las canas va llegando la asunción de la impotencia para cambiar las cosas, empiezas a entender que tu cuerpo es tu casa, pero también tu cárcel y te das cuenta de la importancia que tiene el que éste funcione bien para ser una persona medianamente feliz.

Comprendes, cada año que pasa, lo diminuto que eres en proporción al inmenso mundo en que naciste, te apercibes de que eres imprescindible para muy poca gente y que el entorno que te rodea, tu ciudad, tu país, tu empresa son demasiado grandes como para que tú representes gran cosa.

Empiezas a entender, porque lo has experimentado, que la vida es un suspiro y tú un grano de arena más en la playa de las caracolas.

La grandeza es entenderlo y disfrutarlo, haber participado en el juego y tener ganas de seguir haciéndolo.

Pequeño.

lunes, mayo 06, 2013

Cocoon

Puede hacer diez años, no demasiados, el día en que nos invitaron a una fiesta de cincuentañeros. Amigos de amigos, ya se sabe. Una casa preciosa, en pleno barrio de San Bartolomé, que con el tiempo memoricé para integrarla en mi última novela.

No había reglas. Entrabas, te movías por la casa a tu antojo, te ibas autopresentando y lo mismo te subías a la azotea a charlar con un whisky en la mano, que te bajabas a la cocina a ayudar a preparar el picoteo de una jornada sin fin, que te metías en el salón, con su penumbra, a escuchar música y ver la gente bastante pasada yendo de un lugar a otro.

A mí me impactó.

La gente tenía la edad que representaba, la mayoría se conservaba mal y me dio la sensación, equivocada, de que jugaban a ser más jóvenes.

Ni jugaban ni necesitaban aparentar nada. Estaban felices de pasar toda una jornada de sábado entre alcohol, otras sustancias y piscolabis diversos.

El único pecado, cara a mí, es que representaban lo que yo iba a ser en el futuro.

Por el tipo de ambiente, por las conversaciones, la anarquía y la facilidad conversadora yo los observaba viéndome a mí con quince o veinte años más, y me dolían las carnes flojas, las grandes barrigas, las ojeras, las canas, el no cuidarse, el ser sencillamente ellos, sin florituras.

Con el tiempo, sin embargo, esa fiesta interminable vuelve una y otra vez a mí como un gran sueño, delicioso, en el que me meto, transito y me sitúo como uno más, sin saber que hay otros ojos que me observan.

Mi naturaleza es asustadiza y sabia, no le queda otra.

miércoles, mayo 01, 2013

Crecimiento

Dice Rubalcaba que no se le puede pedir paciencia al pueblo por parte del Gobierno, sino que hay que tomar medidas urgentes para abandonar la austeridad y aplicar políticas de crecimiento.

Yo le escucho y esa música me suena artificial, falsa y facilona.

A los que somos de izquierdas convencidos como yo y queremos una política que pivote alrededor del ser humano y no de los mercados, nos cuesta no sentir el chirrido que provocan argumentos tan poco sólidos.

¿Qué es aplicar políticas de crecimiento?

Yo, que leo la prensa diariamente, de distintas tendencias y países, no sé en qué se concreta esa frase genérica.

Si algún día quieren recuperar el poder tendrán que hablar con claridad, enumerar del 1 al 10 las principales acciones a aplicar y una proyección económica del coste y los resultados que cada una de ellas llevarían asociadas.

Aplicar políticas de crecimiento, ¿es aumentar las obras públicas? ¿Es reducir impuestos para que aumente el consumo? ¿Es trasvasar los gastos de Defensa a gastos en I+D? ¿Es incentivar la contratación laboral con deducciones fiscales? ¿Es plantarse frente a la Unión Europea y pedir un déficit del 10%?

No somos tontos.

Si se ataca al gobierno por la austeridad a ultranza hay que poner encima de la mesa con datos y medidas concretas las políticas que uno aplicaría para conseguir el crecimiento económico.

Necesitamos una izquierda firme, creíble, austera y currante que ponga sobre el tapete medidas imaginativas que nos lleven a apostar por ella.

Aumentar gastos o reducir impuestos conlleva un aumento del déficit y, en las circunstancias actuales, esto implica una subida de la prima de riesgo y una financiación imposible para un país que necesita crédito para poder pagar una deuda inmensa.

Háblennos claro, porque hay medidas que se pueden tomar, pero hay que tener el valor de proponerlas. Se pueden gravar las grandes fortunas, se pueden paralizar obras públicas prescindibles, se pueden reducir gastos militares, se puede fomentar la investigación en colaboración con las grandes empresas, acordar reducciones de jornada para repartir la oferta laboral.

Se pueden hacer muchas cosas, pero necesitamos oírlas en detalle, saber hacia dónde nos llevan y cuánto cuestan.

Porque si no las oímos podemos pensar que la chistera está hueca.

Y necesitamos pensar que una política alternativa a los estragos de Rajoy es posible.

martes, abril 30, 2013

Suiza

Suiza es un concepto tanto como un país, que podría equipararse a ciertos estratos de nuestra propia sociedad.

He tenido la suerte de visitarlo varias veces, sus lagos inmensos como pequeños mares, el paisaje verde de montañas redondeadas, las cumbres lejanas, las ciudades limpias de parterres cuidadísimos y un exquisito comportamiento ciudadano, frío y distante, desconfiado, impecable, altivo.

No es un país que viva sólo del dinero depositado en sus bancos, pero no sabemos distinguir hasta qué punto el haber llevado una política financiera opaca le permite mantener un estado del bienestar imposible de generalizar por doquier.

Sede de las Naciones Unidas sin formar parte de ella, neutral para todo lo que no sea recaudar dinero, Suiza es una forma de vivir sin querer reflexionar sobre qué bases.

Cada uno nace donde le toca y defiende su tierra por simple coherencia, pero la sociedad suiza tiene un punto de raíces podridas que acaba manifestándose a veces a partir de posturas hipócritas en forma de votos soberanos de su pueblo.

Sostenerse a partir de la falta de compromiso con ningún otro pueblo del mundo, fundamentando gran parte de su riqueza en la opacidad y el egoísmo de partes enfermas de avaricia de esos otros pueblos es una forma desleal de progreso que no puede servir de modelo a nadie.

Es una sociedad impecable en la gestión de su democracia o la defensa de los derechos humanos, pero ¿sobre qué bases?