viernes, julio 29, 2011

Pues venga

No he conocido pueblo más amable que el mexicano.

Cuando tuve la oportunidad de ser destinado para trabajar allí unos meses, se me cayeron los estereotipos acumulados por tópicos y falsedades.

Recuerdo como si fuera ayer los encuentros con gente que me conocía por vez primera y cómo me integraron en sus casas, sus familias o sus amigos.

Era un placer asimismo apreciar la suerte que tenemos de poder hablar la misma lengua con todo un océano de por medio.

Por entonces no tenía miedo de pasearme por las calles de Torreón, la ciudad donde tuve la fortuna de trabajar, aunque los malditos narcoterroristas están pervirtiéndolo todo.

En mí encontraron a un españolito ávido de conocerles sin prejuicios, apuntándose a toda cena, visita, fiesta o tequila que se pusiese por medio.

Tan presto estaba que acabaron por llamarme el '¡Pues venga!'

Porque a cada proposición de introducirme en su mundo, éste que aquí suscribe siempre respondía así.

Como a todos los Salvadores, me llamaban Chava.

¿Unas quesadillas?

¡Pues venga!

miércoles, julio 27, 2011

Dial

Relaciono radio con coche porque es el único sitio donde la escucho. De hecho, no podría hacerlo en mi casa porque no tengo ningún transistor.

Aún así, sólo la echaría de menos en mis viajes a la playa o en mis trayectos cortos al trabajo. El placer de esa compañía que no te implica ningún esfuerzo y, a veces, te hace soltar una carcajada.

También reflexionar.

Hace menos de una semana la FAO, esa organización imponente de siglas rotundas dependiente de Naciones Unidas, anunció la hambruna en Somalia.

Recuerdo en mi adolescencia que era más normal hablar de ese tipo de catástrofes humanitarias, salían más reportajes sobre ello. Había, incluso, una reportera de Televisión Española que realizaba múltiples reportajes en África para acercarnos a esa situación extrema en que los niños morían de hambre en los brazos desgarrados de madres de miradas perdidas.

Ahora viene de nuevo la hambruna, que seguro nunca se fue, y comienzan los periodistas a dar datos, a acudir a los campos de refugiados de Kenia y contarnos que el mundo está así de jodido.

La cobardía, en estos casos, me tienta a cambiar de dial. Mi cabeza prefiere oír música, noticias fugaces de economía que apenas entiendo o tertulias de profesionales que se dedican a tirarse platos a la cabeza.

Mis dedos se van al dial y me esfuerzo en no cambiar de cadena, en aguantar el tipo oyendo lo que no queremos oír los occidentales: Que hay niños que mueren por no comer.

lunes, julio 25, 2011

Galibier

Volviendo del trabajo la semana pasada me contagié de la emoción radiofónica de la subida al Galibier en el Tour de Francia. Aceleré para llegar a casa a tiempo de verlo por la tele.

Cien años de subidas al mítico Galibier.

El mítico Galibier.

Visto por la tele era un paisaje espectacular. Contador ya se había descolgado en esa inmensa mole de piedra que surge en el paisaje alpino. Pasando de la radio a la televisión, los comentarios seguían siendo igual de épicos referente a ese nombre.

Yo sólo veía una montaña inerme, espectacular.

Admiro del ser humano la capacidad de construir alabanzas a abstracciones construidas por nosotros mismos. Realidades que lo son porque nosotros así las hemos elaborado.

Abstracciones, en sí, que nos hacen seres con alma, diferentes de amebas y rinocerontes. Seres que somos capaces de emocionarnos con conceptos que no tienen equivalencia con algo distinto de lo emocional.

Sevilla, mi ciudad, no existe como tal. España, mi país, tampoco. ¿Qué es la humanidad?, ¿qué es la juventud?, ¿el anhelo?, ¿la esperanza?

El hombre ha conseguido definir conceptos que nos emocionan, nos aturden, siendo inventos construidos a partir de bases intangibles.

Hace dos días un ser humano, de ésos que como nosotros tienen dos piernas y dos brazos, cogió una metralleta y destrozó la vida de 85 jóvenes noruegos que celebraban sentirse parte de un colectivo.

Seguro que el monstruo vestido de policía pensaba en algún concepto abstracto mientras reventaba sin piedad a gente inocente.

La grandeza y la terrible miseria del ser humano.

Mi pensamiento con ellos, comprometidos, que desde unos ideales concretos querían cambiar el mundo.

jueves, julio 21, 2011

Salvapatrias

Con un discurso plagado de llamamientos a su honorabilidad, por fin se quitó de en medio Francisco Camps.

Victimista y arrogante, dando pruebas hasta el último momento de su catadura moral al retractarse de una declaración pactada de culpabilidad cuando dos compañeros ya lo habían hecho, se presentó ante los medios con palabras populistas en que volvía a arrogarse la valencianidad como traje y los votos como argumentos.

Es tan difícil de entender como respetable que el pueblo valenciano le diera la mayoría absoluta de nuevo a un líder y un partido atestado de imputados desafiantes y chulescos, pero parece que el rodillo de la Justicia es impacable y va a ir desmontado poco a poco el chiringuito de medias verdades, dinero bajo cuerda, contratos partidos con 'amiguitos del alma' y despotismo.

Nuestra democracia debe establecer mecanismos para protegerse contra este rebaño de salvapatrias. Hay que higienizar. No se puede permitir que imputados se presenten a unas elecciones por más que exista la presunción de inocencia. No es normal que un parlamento recién constituido como el valenciano tenga a 12 imputados en sus asientos.

Pero siendo desagradable el tema de Camps y respirando por haber desaparecido ya del mapa político, el gran temor es pensar que pronto nos dirigirá un Mariano Rajoy que no tiene los arrestos para tomar decisiones difíciles. ¿Pretende liderar España una persona que no es capaz de imponer disciplina en su partido?, ¿un político que permite presentarse a presidente de una comunidad autónoma a alguien del que hay algo más que sospechas y actitudes desafiantes?

Para gobernar hay que ser justos y firmes.

Ni lo uno ni lo otro ha demostrado Rajoy.

lunes, julio 18, 2011

Monigotes

Son muchas las ocasiones en que uno puede comprobar cuánta gente no ve a su alrededor sino monigotes animados.

Es desagradable confirmar que gran parte de la falta de educación social viene dada por el hecho de que el personal, por regla general, no tiene capacidad de empatizar con el desconocido.

El desconocido con el que te cruzas por la calle es un monigote, por lo que es igual dejarle el paso, colarte en su cola, despreciar su presencia.

Este hecho es aún más pronunciado, por mucho que se me pueda acusar de misógino -que no lo soy-, en las mujeres.

Una mujer conduce el coche sin importarle para nada el mundo que circule alrededor. La mujer tiene la gran cualidad de ser un ser especialmente dotado para la vida familiar, de la que suele ser centro y motor. Pero, como regla general, la mujer ve monigotes fuera de su círculo íntimo.

Monigotes que se cruzan, que te pitan, que molestan en el cine, que se cuelan, que gritan; pero monigotes al fin y al cabo.

Si la ciudad la considerásemos como nuestra casa y a nuestros vecinos los sintiéramos como tales, seguro que seríamos más limpios, corteses y humildes.

Pensar que el que viene de frente por la calle tiene, al menos, el mismo valor que tú.

No son sombras.

viernes, julio 15, 2011

Madre Rafols

Hubo una época en que yo era la persona más frágil del mundo.

Me agarraba a los amigos con la ansiedad de quien cree que te quedarás atrás sin remedio.

No tenía ni dieciocho años y las relaciones humanas para mí no eran sanas, buscaba mi lugar en el mundo y tomaba los fines de semana casi como un castigo en el que tenía que encontrar mi espacio fuera de la seguridad de los horarios de clase y la familia. Se suponía que tenía que despegar y no sabía dónde encontrar las fuerzas para ser un joven lanzado, normal, valiente para escapar del nido y tomar mis propias decisiones.

Una noche esperaba a Bárbara en un bar de la calle Madre Rafols. Me pedí una coca-cola y esperé apoyado en la barra. Era un lugar de adolescentes de cuyo nombre no consigo acordarme ni sé si continuará existiendo.

Desde la negrura de mi adolescencia compleja me imaginé en ese mismo lugar siendo un cuarentón. Solo. Con una vida anquilosada en rutinas y sin amigos leales con los que contar.

Puede llegar a ser muy jodida la adolescencia.

Hoy, en cambio, estoy aquí. Con un proyecto de vida precioso, mucho cariño por dar y recibir, sereno, confiado, maduro.


miércoles, julio 13, 2011

Comer

No sé si tan radical como mi amiga Nuria, que dice no fiarse de la gente tiquismiquis con la comida, pero sí es cierto que me inspiran confianza las personas sin demasiados miramientos a la hora de atacar lo que le pongan por delante en la mesa.

Tal vez porque en mi subconsciente lo interprete como la flexibilidad que implica comportarse así frente algo tan concreto como el comer.

No alimentarse, sino comer.

Vivimos en un período en que todo son reglas y, lógicamente, la alimentación no se escapa de ellas:

No comas pasta de noche, no más de dos veces carne a la semana, no piques entre horas, nada de alcohol destilado.

Presumo de ser cuidadoso con la comida, pero no obsesivo.

Entiendo el buen comer como el mayor de los placeres que se nos puede ofrecer en este mundo y me niego a amputarme el gusto de hacerlo, con mesura y sin complejos.

El buen comer implica en muchos casos estabilidad emocional, en muchos otros una conversación amable, relajada, íntima o divertida.

No masticar, sino saborear. Degustar frente a deglutir. Observar los colores, oler. Agradecer un buen plato, compartirlo. Ponerse una copita de vino blanco, algo de música y lanzarte a hacer un sofrito como si fuera lo último que tuvieras que hacer en tu vida.

Y cuando te inviten a un plato desconocido, nunca fruncir el ceño. Tú me lo ofreces, yo me lo tomo.

Enfrentarte a un plato, dejarte llevar por lo que te ofrezcan, darle un sorbo al vino, a la cerveza, a un agua fresquita y decirte: ¡qué alegría de vivir!

lunes, julio 11, 2011

Demonios

Cuando se llega a una edad los tanatorios son localizaciones inevitables, pero cuando las tragedias aparecen en la infancia o la adolescencia, esos demonios te persiguen de por vida.

Sé que me equivoco al sentir como personas especiales a aquéllas que han vivido situaciones dramáticas en períodos en que no las merecían. Pero nadie merece sufrir cuando se están abriendo las puertas de la Vida.

De entre estas personas encuentro las que colocaron un caparazón a sus vivencias más negras y no las nombran, ni escupen ese veneno del terror de encontrarse desvirgados por un dolor inmenso cuando los amigos disfrutaban del sol resplandeciente que supone el despertar al amor, al sexo, al mundo.

Yo no estoy entre ellas, siempre evidencié mi dolor y consideré una terapia compartirlo con mis próximos.

Sin embargo, entiendo que no hay posturas desacertadas, que todo es plausible. Quizás cada alma sepa qué es lo que le conviene, nadie actúa evitando la felicidad personal a conciencia.

Yo tengo junto a mí personas que sufrieron un dolor inmenso y nunca, nunca, hablan de ese pasado intenso. Tienen una sonrisa y viven el presente, proyectando si acaso sus dudas en el futuro.

Quizás su forma de escupir el veneno es ésa, demonizándolo, ignorándolo, ridiculizándolo, riéndose de él.

viernes, julio 08, 2011

Jugar a otro

Es un juego que todos practicamos inconscientemente, pero que deberíamos ejercitar más a menudo para sanearnos por dentro.

A mí, por ejemplo, me gusta escuchar música pensando que soy Isaac, leer una novela con los ojos de Mariángeles, ver una película con las emociones de Fran, hacer un viaje con la capacidad de sorpresa de mi hermana Mónica.

Jugar a sentir qué sentiría el otro de quien bien conoces su sensibilidad.

De pronto oigo toda una tarde un disco de Mayte Martín y trato de abstraerme para intentar investigar cómo lo integraría mi adorada cantante francesa Zazie, porque pienso que ella sabría emocionarse con los poemas de Manuel Alcántara cantados por la voz desgarrada de la catalana.

Hay momentos en que realmente consigo dejarme llevar tanto y tan bien, que llego a construir en mi interior simulaciones de las emociones de la gente a la que quiero y, por ende, me hago más cercano y conocedor de sus esquemas.

Es muy hermoso tratar de olvidarte completamente de ti, dejando todo prejuicio en el cajón de lo prescindible, para tomar prestado sin pedirlo el mundo de otro y, desde allí, observar la vida discurrir.

lunes, julio 04, 2011

Ecuaciones

Me tomé la vida demasiado en serio desde muy pequeño.

He tenido la suerte, en cambio, de tener el intelecto suficiente como para comprender que nada es tan importante.

Cuando me pasaba las noches en vela estudiando los exámenes de junio, me entraban ataques de pánico ante una ecuación de matemáticas imposible de resolver.

Mi padre, siempre paciente, se ponía conmigo a razonarla, desde el principio. Tomaba el libro, estudiaba el tema y me dirigía en la búsqueda de la 'x' irresoluble.

Una vez que leía el enunciado del problema, el gráfico a analizar o el razonamiento a entender, ante esa disyuntiva, mi padre en numerosas ocasiones me decía: '¿pero no ves lo bonito que es este problema?'

¿Bonito?

Mi padre describía los problemas como bonitos.

El hecho en sí de plantarte ante una situación de incertidumbre a resolver, de la que tienes pocos datos que hay que hilar para encontrar un camino.

Ahora me lo aplico al trabajo, e incluso a situaciones de dilema en mi vida personal.

Cuántas veces no llegaré a una situación compleja, aparentemente inabordable, en que me acuerdo de mi padre y ante el nuevo reto me digo:

'Qué problema más bonito'

viernes, julio 01, 2011

Repipis

En mis habituales viajes a París, suele ser habitual compartir avión con trupes de familias con niños camino de Disneylandia.

Es un buen momento ése, entre intento de leer el periódico, dar una cabezada o abstraerme mirando nubes francesas por la ventanilla, en que reflexiono acerca de la educación que se les da a los niños y, especialmente, a los andaluces.

Hace quince días me tocó padecer a una niña que no debería tener más de cuatro años, con voz de aguardentera y un tono que hacía eco en el tubo de la cabina del avión.

¡¡¡Papito, me voy a jartar de bailar con er 'Miki Máu'!!!

¡¡¡Papito, yo le voy a comprar un traje de princesa a la abuela!!!

¡¡¡Papito!!!

Y medio avión, respestuoso, lleno de franceses, aguantando los gritos folklóricos de la niña.

Qué daño ha hecho Juan y Medio (si es que se escribe así) a las familias andaluzas. Ese programa (que no sé si aún existe) en que el centro de atención lo ponían en niños repipis a los que se reía cada frase más artificial, cada gesto más forzado y cada gracia supuestamente infantil. Quizás tenemos lo que nos merecemos.

Cuando por fin aterrizamos después de dos horas de insoportable portento de niña gritando, vi al padre. Estaba aún andando el avión y ya se había levantado a abrir los compartimentos superiores. Tuvo una azafata que llamarle la atención, y este personaje la retó permaneciendo de pie, dando 'camballás' como si en un autobús de línea estuviese y mirando a los pasajeros con cara de 'qué gracioso soy' y con cuerpo de '¡que esto se pare ya!'.

Entendí todo.

La familia se marchó a trompicones, riéndose las gracias entre todos y yo, por fin, pude coger mi metro para ir al hotel, leyendo a Tom Sharpe.