miércoles, diciembre 28, 2011

Ingenieros

Hay una pesadilla que se me repite, entre otras muchas y muy concretas, continuamente:

No he terminado mi carrera de Ingenieros.

Con todo lo que eso supone, en mis sueños, de frustración personal, de engaño hacia la sociedad, a veces pienso que tendría que hacer un análisis de sus causas.

¿Qué nos lleva a soñar determinadas situaciones?, ¿por qué tienden a repetirse?

Yo lo pasé mal al comenzar la carrera. Me matriculé la misma semana en que enterré a mi madre, con dieciocho años, y el chaval empollón e introvertido se hizo aún más introvertido pero comenzó a suspender, algo inaudito, una de cada dos asignaturas.

Entre mis recuerdos más sólidos de esos años de entrada en el mundo adulto, mi dificultad para encontrar sentido a levantarme cada día para ir a clase. Seis años de carrera por delante sin saber si llegaría a terminar, si esos estudios me gustaban, si no hacía todo por puro mercantilismo profesional, cuando a mí, pensaba, me hubiera gustado estudiar Filosofía o Historia.

Tal vez mis sueños sean rescoldos de esa época mal llevada.

La carrera de Ingenieros era dura, más para un joven que andaba al filo de la inestabilidad emocional.

Los exámenes se presentaban como obstáculos casi insalvables, en que te abrían las puertas a llevar cuantos apuntes quisieras, archivos completos, las calculadoras más sofisticadas.

Cuando, en Tercero, salí como aprobado en la lista de Mecánica de Fluidos, comprendí que no había marcha atrás.

Haber realizado esos estudios me ha llevado, creo, a ser una persona más fuerte, a no asustarme ante ningún reto, a ser resolutivo.

A día de hoy tendría dificultad en poner sobre el papel ningún teorema sobre Termodinámica o hacer cálculos para llegar al consumo de un simple generador eléctrico, pero me siento preparado para afrontar lo que me echen.

Sin embargo, en mis pesadillas, aún se me aparece ese chaval asustado que no veía forma de llegar al final, que no entendía qué hacía yo allí, que andaba disfrazado de otro que no era él.

domingo, diciembre 25, 2011

Ópera

Pocas cosas me hacen defender con más fuerza la espiritualidad del hombre que su capacidad para hacer música.

Es un don que poca gente atesora, pero casi nadie es insensible a ella.

Difícil encontrar un género que me desagrade, desde el pop al jazz pasando por la música electrónica, es sin duda -para mí- la ópera lo más grande. en cuanto combinación perfecta de todas las artes. La escenografía, la literatura, el teatro y, por encima de todo, la música.

De mis años en París me traje muchas cosas, pero dos fundamentales: el placer del vino y el amor a la ópera.

La primera vez fue una cómica, La Cenicienta de Rossini, en el templo de la música que es la ópera Garnier. Me dejé casi cien euros en poder sumergirme en ese ambiente mezcla de burguesía parisina y eclecticismo bohemio, contemplando los grandes frescos de Chagal o tomando la copa de champán en el entreacto.

Lo hice por experimentar, y aluciné.

Pero aún no había llegado Puccini y la ópera de la Bastilla, ni esa invitación que me hizo un amigo canario a acudir.

Quedé tan impactado que yo, de memoria fragilísima, aún recuerdo cada detalle, el escenario completo, la cena de después, mi interpretación de ese drama.

Sin embargo, por encima de todo lo accesorio estaba la música. La capacidad que alguien tuvo para enfrentarse a un papel y componer melodías que te emocionan, te elevan, llegan a tu última célula para removerla y hacerte sentir dichoso.

Son muchas las ocasiones en que llego a casa por la noche y me coloco delante del ordenador. Abro el youtube aún a sabiendas que no es el mejor método, y comienzo a buscar arias de distintas épocas: 'mon coeur s'ouvre à ta voix' en una interpretación difícilmente superable de Shirley Verret en el Covent Garden de Londres en 1975, o la 'Casta Diva' interpretada por Anna Netrebko en Baden-Baden, o 'La Mamma Morta' cantada por Tiziana Fabbricini en el Teatro de Novara...

La música te eterniza, te abstrae del hoy, te purifica, te hace mejor.

viernes, diciembre 23, 2011

Perverso

Perverso es el sistema que el hombre se ha dado para estructurar la sociedad occidental tal como la conocemos hoy en día.

Se dice que el sistema capitalista es el menos malo, y seguramente sea esto cierto, pero en estos tiempos negros que corren vemos que para algunos es menos malo que para otros.

El Banco Central Europeo, una institución pública que debe velar por los intereses de la sociedad, decide prestar una cantidad ingente de dinero -el equivalente, si no me equivoco, a la mitad del Producto Interior Bruto de España- a los bancos - entidades privadas que tienen como único objetivo sus balances económicos y sus accionistas-.

Esta acción del BCE se encuadra en un plan de acción de choque para que la banca no se asfixie y tenga liquidez para no caer.

Pero somos inocentes si pensamos que ese dinero va a ir a parar a las empresas y particulares que necesitan financiación. Muy lejos de todo ello, los bancos van a utilizar ese dinero baratísimo -1% en tres años, imposible de conseguir por el resto de los mortales- para invertir en activos financieros rentables que les hagan engordar sus cuentas.

Es decir, dinero público para empresas privadas cuyo único interés es el suyo, sus números y su mochila.

No entiendo de economía pero, ¿por qué no trasladar ese medio billón de euros a institutos oficiales -públicos- de crédito cuya única misión sea, esta vez sí, apoyar a proyectos innovadores, bien estructurados, sanos y en dificultad, a autónomos que atraviesan baches y no por ello quieren abandonar?, ¿cuántas empresas más tienen que caer por no poder financiar sus inversiones o pagar los salarios por falta de liquidez?

Los gobiernos europeos están cada vez más a la derecha, cada vez más cercanos a la gran banca, cada vez más temerosos de imponer tasas a las transacciones financieras especulativas.

Éste es nuestro sistema, el menos malo, ¿el más humanitario?

miércoles, diciembre 21, 2011

Sonrisitas

Hay gente a la que le gusta escucharse.

A la gente que le gusta escucharse no le gusta escuchar.

La secuencia se desarrolla como sigue: Se está en una conversación animada, de un mínimo de tres personas, de una media de seis. Se está en un ambiente distendido, aunque puede ser una reunión de trabajo.

Alguien, el 'sonrisitas', suelta una frase, a su juicio ocurrente. Una vez dicha, se ríe de su propia locuacidad y comienza a mirar a todo el mundo comprobando la aprobación genérica de su desparpajo y simpatía, así como la confirmación social de su brillantez de oratoria, no atendiendo al siguiente que le rebate o le apoya.

Pasa la mirada por el grupo importándole poco el resto de la conversación. El 'sonrisitas' ha dicho su gracia y se extasía embelesado en su propia genialidad.

Puede ser gente encantadora, pero es terriblemente egocéntrica. Ser egocéntrico y encantador es compatible, pero suene venir acompañado del calificativo de empalagoso.

Al 'sonrisitas' le encanta escucharse y, mientras el resto sigue la conversación a su pesar, él muchas veces se permite repetir, pisando los argumentos del otro, su última y genial frase.

Genial para él, claro.

El problema es que se me vienen varias caras conocidas, y queridas, a la cabeza.

domingo, diciembre 18, 2011

Luces encendidas

La gente mala piensa que los demás son de su misma condición. La gente hipócrita, también.

La situación laboral en España está en su peor momento desde hace decenios, por lo que el personal que tiene la fortuna de tener un trabajo bien hace en protegerlo. Se han reducido al mínimo las cifras de absentismo y la conflictividad laboral. En el caso del absentismo porque había mucho aprovechado que abusaba de unos derechos que no se nos pueden denegar a los trabajadores, en el caso de los conflictos como consecuencia lógica del miedo a perder el empleo en momentos en que el empresario tiene las de ganar.

Desde que comencé a trabajar, en los años noventa, hay algunas actitudes observadas entre compañeros que me producen especial irritación, y casi todas tienen que ver con los 'trepas'. Aquéllos que hacen la mitad de lo que les corresponde y dicen hacer el doble, los que dedican las horas de las máquinas de café a torpedear la reputación y el esfuerzo de otros en beneficio propio, los que se saltan toda jerarquía para establecer enlaces interesados que le eviten años de esfuerzo con el objetivo único de ser más, ganar más y más rápido, sin importar que esto sea justo o no.

Hay una actitud, excesivamente extendida, que especialmente me pone nervioso. La actitud de los 'luces encendidas'.

Como animal que deja su orina en el pie de los árboles para marcar territorio, son habituales aquéllos que mantienen las luces encendidas de su despacho para mostrar 'al mundo' que ellos son los últimos en irse, aunque esto sea justo un minuto después de irse el jefe, aunque lo hagan a base de rellenar solitarios o de hablar por teléfono con los amigos.

Son los que acumulan los emails para enviarlos a última hora, los que recuerdan a cada momento las horas que echan en el trabajo, los que dicen anteponer la empresa por encima de cualquier cosa, los que critican tus hobbies y vida social, los que envenenan la sangre al personal en la máquina del café.

La clave es el boicot a esas actitudes. No valorar las horas trabajadas sino el resultado de tus esfuerzos.

Las empresas deben tender cada vez con más ahínco, y a pesar de la crisis, a fomentar el trabajo bien hecho en calidad.

Tenemos que construir una sociedad sana en la que sepamos sacar el máximo de nosotros en el tiempo que dedicamos a crear riqueza para poder disfrutarla y no olvidar que el trabajo se 'inventó' para dignificarnos y hacernos vivir como personas capaces de tener los recursos necesarios para disfrutar de esta vida.

martes, diciembre 13, 2011

Repartidor

Es uno de mis extraños sueños: la invención del 'repartidor'.

Estoy seguro que con la tecnología actual se podría construir, aunque la aparente falta de utilidad haría que ninguna empresa o investigador apostara por él.

Se trataría de un aparato sencillo, que imagino como un pequeño iphone, con un cable terminado en una clavija que pudiera conectarse de alguna forma, hay que inventarlo, a la columna vertebral del 'emisor', o a su cerebro, mediante una pequeña incisión.

De dicho dispositivo saldría otro cable similar con una clavija que se conectaría en la médula o cerebro del 'receptor'.

Una vez conectados ambos, sólo quedaría pulsar al encendido y dejarlo actuar.

Desde ese momento, el 'receptor' comenzaría a sentir, sin filtros, el cuerpo del 'emisor'.

No hay cosa más difícil que compartir que el dolor físico. Tener al lado a alguien querido con un sufrimiento agudo por una enfermedad grave, crónica o un accidente y no poder ponerse en su piel.

El repartidor serviría para compartir el dolor del otro.

¿Cuál sería su utilidad?

La más simple: empatizar con el enfermo. Tener la capacidad de, en ratos pasajeros, poder colocarte en su lugar y saber cuál es el tránsito del sufrir, vislumbrar el miedo de quien no está capacitado para disfrutar la vida en plenitud.

Ahondar en nosotros mismos y poner a prueba nuestra sensibilidad como humanos para empatizar con quien sufre y agradecer estar bien con nuestro cuerpo, calibrar en su justa medida lo importante y confirmar, con alegría, que en este jodido mundo podemos tener la generosidad de no abandonar a su suerte a quien no tiene la suerte que tienes tú.

domingo, diciembre 11, 2011

Lo pequeño

Una de las claves de la felicidad es encontrar rendijas para vislumbrarla, y éstas no siempre tienen que aparecer a través de grandes amores o emociones inenarrables.

Mi padre, por ejemplo, es la persona más feliz del mundo trabajando sobre el árbol genealógico de los reyes de España desde Don Pelayo. Se le pasan las horas con las enciclopedias y libros de historia añadiendo detalles de cada uno de los hijos que los monarcas tuvieron, colocando en líneas paralelas a las fechas de nacimiento de éstos los grandes acontecimientos de la historia, enlazándolos con las otras monarquías europeas. Todo en una serie de cuadernos de anillas con papel cuadriculado, allí donde mi padre se sumerge sin pretensión de publicar nada, ni con un objetivo concreto, simplemente el placer de disfrutarlo.

Tengo una amiga que colecciona todo tipo de música y se le pasan las horas sumergida en un entramado de ficheros de audio en el que va colocando todo tipo de referencias, fechas, composiciones de forma que pueda encontrar con facilidad cada uno de los temas que se le vengan a la mente. No lo hace más que por el disfrute que le supone pasar tardes así.

Recetas de cocina, seguimiento de deportistas, mapamundis donde colocar las fotos de cada ciudad visitada, archivos con tarjetas de cada novela leída en que aparece la crítica personal de éstas, recortes de periódicos con noticias políticas o culturales, álbumes de fotos comentadas... El placer de lo pequeño, de lo propio, de lo que cada cual entiende como enriquecedor.

Es hermoso encontrar esos espacios en construcción, personales e íntimos, en que nos encontramos a nosotros mismos, nos sentimos en armonía con nuestra mente y pasamos horas de disfrute propio que cada uno entiende mejor que nadie.

viernes, diciembre 09, 2011

Paradojas

Conduciendo el otro día cerca del Aljarafe sevillano, a pocos kilómetros de cruzar el Guadiamar, me llegó por la radio la impactante noticia de que el Tribunal Supremo, ¡por cuestión de formas!, falla en contra de la Junta de Andalucía y a favor de Boliden, la empresa sueca causante del mayor desastre ecológico conocido en decenios en nuestra región, tras la reclamación de la primera para que le sean pagados los gastos ocasionados por ese derrumbe de la balsa hipercontaminante de Aznalcóllar.

No sólo eso, sino que las costas del proceso judicial también recaen en la Junta.

Yo, que no estoy ducho en Derecho, me planteo ante este tipo de paradojas irritantes por qué tiene tan poca mano izquierda la Justicia. Si se ha visto un defecto de forma, de competencias o de cualquier asomo de trámite burocrático mal gestionado, se debe informar al departamento, consejería o institución concernido, pero no podemos permitir, una vez más, que se rían de los andaluces.

Una multinacional sueca se viene al sur, compra unos terrenos mineros para gestionarlos. Construye una balsa para hectómetros de residuos muy contaminantes que se demuestra que no pasaba los mínimos parámetros de seguridad. Se rompe la balsa. Boliden deja la mina a su suerte, no se implica en la limpieza del desastre ocasionado y se larga con las manos sucias a otra región del mundo donde su política de 'no escrúpulos' pueda seguir rentándole dinero.

¿Imaginamos la historia al revés?

Un grupo minero español se implanta cerca de Goteborg o Estocolmo, y causa una tragedia ecológica irreparable.

¿El Tribunal Supremo de Justicia sueco habría permitido que ese grupo se fuera de rositas sin pagar los cien millones de euros que hubiese costado hacer frente a sus responsabilidades?

A veces uno se plantea si nuestra Justicia es equitativa o si los corsés que ella misma se establece la hacen no sólo corta de cintura, sino cegata.

martes, diciembre 06, 2011

Veneno

Recuerdo que mi primer gran jefe en el trabajo me llevó un día a su despacho:

-Salva, tengo informes de ti y creo que te llevas demasiado bien con tus 'subordinados'.

Ante mi asombro, siguió con su discurso:

-No eres consciente de que así no pueden funcionar las cosas. Y si te traigo a mi despacho es para meterte veneno en el cuerpo.

De eso hace más de quince años, y parece que hubiesen pasado generaciones enteras entre esa situación y la actual.

Afortunadamente, pertenezco a una empresa en la que cada vez se profundiza más en el respeto al asalariado y en que determinados comportamientos no son admisibles vengan de la jerarquía que vengan.

Sé, con certeza, que no en todos sitios es así. He vivido experiencias muy cercanas en las que el 'chuleo' era moneda común entre los empresarios y, he de decir también, algunas de esas empresas se han hundido como azucarillos en cuanto llegó la crisis.

Me asusta este período de incertidumbre que vivimos porque se pueden venir abajo muchas conquistas laborales, no sólo en salarios y calendarios, sino en temas tan poco 'medibles' como son las relaciones entre líneas jerárquicas que tanto trabajo ha llevado ir corrigiendo, matizando, humanizando.

Cuando a uno le dicen que tiene un trato demasiado humano con su equipo de trabajo, el razonamiento a emplear es bastante claro, casi de perogrullo:

'Me llevo bien con mi equipo porque soy egoísta. Que ellos se sientan bien, valorados, que haya confianza y comunicación entre todos es la mejor forma de hacer productivo a un grupo de personas en busca de objetivos económicos para una empresa que, lo queramos o no, no deja de ser un ente abstracto'.

El veneno que me querían insuflar hace quince años no era más que veneno improductivo.

domingo, diciembre 04, 2011

Sweden

Sobrevolar Suecia a finales de noviembre es observar enormes espacios de tierra sin poblar con escasos signos de electricidad que evidencien actividad humana.

Adentrarse en el día a día de ese país es sano para un viajante latino que no está habituado a coordenadas geográficas en que la luz desaparece poco despúes de almorzar y el viento helado está presente casi siempre.

Allí nos decían que no hacía frío en esta época del año. ¡Glups!

Desde la habitación de mi hotel se veía una ciudad de caramelo, con personajes bien abrigados que la recorrían a paso tranquilo.

Para un sevillano salir a cenar por Estocolmo una noche entre semana es desconcertante, no porque no haya nadie en los restaurantes, sino porque no sabes cómo han llegado allí. No hay un alma en la calle, ni antes ni después. Tal vez para un soriano sea más entendible.

Al ser humano le une indudablemente la cultura, pero también el clima, las luces de invierno, los vientos, las humedades.

Me decía un compañero que había trabajado en el norte de Suecia que, por ley, a los trabajadores sus empresas están obligadas a darle los quince minutos de descanso a la hora exacta en que llegan los quince estrictos y únicos minutos de luz del pleno invierno.

Visitar Estocolmo es un placer cuando sabes que eres simple turista, pero no sé cuántos levantarían la mano si les dijesen que les ha tocado el premio de vivir allí.

¿Su economía robusta les proporciona calidad de vida?

Sí, sin duda. Es un país eficiente, modelo de gestión de los recursos humanos, educativos, científicos, culturales, empresariales. Modelo en su defensa de los derechos del hombre e implacable en sus acusaciones de las desigualdades. Es un país próspero, envidiable sin duda desde este país de cinco millones de parados en el que vivo.

Pero, ¿cómo valorar la calidad de vida a oscuras?

Tomando una bebida típica en el antro más de moda de Estocolmo, ¡tétrico!, un gordote jefe de seguridad de su empresa, borracho como una cuba, se me acercó para decirme que él nunca votaría a favor de la entrada de Suecia en el euro.

Tal vez si yo fuera sueco, tampoco. Prefiero pensar que no, pero el ser humano es así.

Vuelvo a Sevilla a las nueve de la noche y me voy con mi pareja y mis amigos a hablar de mis días suecos. Lo hago en la Alameda, en plena calle de mi ciudad llena como siempre de actividad.

¿Qué hay de mérito en nosotros o ellos para tener la vida que tenemos?, ¿cómo de protagonistas somos en nuestra manera de entender el mundo?

Mi amiga Carmen lo resume bien en una frase:

'Tengo un montón de películas por ver en mi casa, pero es que no llueve...'

jueves, diciembre 01, 2011

Hacia otro lado

Una de los mejores métodos para medir la madurez de una persona es comprobar su reacción ante el cruce repentino en una calle cualquiera con un conocido del pasado.

Para mí hay pocas sensaciones más desagradables que retirar la mirada hacia un espacio inexistente cuando aparece esa persona que, años atrás, fue algo importante para ti.

La cobardía de no levantar el rostro y sonreírle, aunque al otro lado no encuentres otra cosa que alguien también cobarde que se pierde en gestos artificiales por no sostener tu sonrisa, tus ojos mirando a través de él un pasado compartido.

Sí, es difícil afrontar sin previo aviso un retroceso a otras épocas; es tentador esconder tu cara de ahora, tu cuerpo de ahora en un renuncio de no querer aceptar que el tiempo pasa y los lazos se rompen y la vida es otra.

Es saludable, sin embargo, esa capacidad que la gente madura tiene de estar en su sitio y no rehuir.

Con los años he aprendido a no rehuir.

Durante una vida se comparten tantos momentos, ¡conocemos a tanta gente!

Da pereza saludar cuando no sabes si hay hijos de por medio, enfermedades, familiares muertos o ruinas económicas; incluso cuando no recuerdas con seguridad el nombre, ni los nexos exactos.

Es más fácil apretar el paso, perder la mirada en un escaparate y tragar saliva.