martes, abril 30, 2013

Suiza

Suiza es un concepto tanto como un país, que podría equipararse a ciertos estratos de nuestra propia sociedad.

He tenido la suerte de visitarlo varias veces, sus lagos inmensos como pequeños mares, el paisaje verde de montañas redondeadas, las cumbres lejanas, las ciudades limpias de parterres cuidadísimos y un exquisito comportamiento ciudadano, frío y distante, desconfiado, impecable, altivo.

No es un país que viva sólo del dinero depositado en sus bancos, pero no sabemos distinguir hasta qué punto el haber llevado una política financiera opaca le permite mantener un estado del bienestar imposible de generalizar por doquier.

Sede de las Naciones Unidas sin formar parte de ella, neutral para todo lo que no sea recaudar dinero, Suiza es una forma de vivir sin querer reflexionar sobre qué bases.

Cada uno nace donde le toca y defiende su tierra por simple coherencia, pero la sociedad suiza tiene un punto de raíces podridas que acaba manifestándose a veces a partir de posturas hipócritas en forma de votos soberanos de su pueblo.

Sostenerse a partir de la falta de compromiso con ningún otro pueblo del mundo, fundamentando gran parte de su riqueza en la opacidad y el egoísmo de partes enfermas de avaricia de esos otros pueblos es una forma desleal de progreso que no puede servir de modelo a nadie.

Es una sociedad impecable en la gestión de su democracia o la defensa de los derechos humanos, pero ¿sobre qué bases?

sábado, abril 27, 2013

Exquisitez

Ayer, en un exuberante comienzo de fin de semana, nos acercamos a la Fnac para asistir a la presentación de una nueva novela de un amigo escritor, Jose Luis Ordóñez, quien me dedicó su 'Madera podrida con clavo oxidado' tras una charla simpática en la que nos contó cómo Dona Leon le regaló una novela de Ross McDonald al sorprenderse de que no hubiese leído nada de este autor clave en el género negro.

Tras recibir la dedicatoria me subí a la zona de literatura extranjera para hacerme con algo de este autor estadounidense, siempre dispuesto a aventurarme por nuevos paraísos literarios.

Teníamos una cena programada desde hacía tiempo con mi amiga Bárbara, lo que nos impidió recrearnos entre la música y los libros. La cola para pagar era, afortunadamente, larga. Aún hay gente que se gasta dinero en cintas de vídeo, discos compactos y libros, lo que refuerza el ánimo de quien aún cree en que la cultura es la solución de muchas enfermedades actuales.

Y allí estaba la cajera de la Fnac, chiquitilla y risueña.

-¿Quieres una bolsa?

Le dije que sí. Me preguntó con una sonrisa si quería la tarjeta corporativa, le dije que no quería tarjetas. Me preguntó si quería una taza por un euro. Le sonreí y le respondí que no, sin sentirme apabullado ni molesto por querer venderme objetos o tarjetas que no deseo. Los dos entendíamos nuestros roles.

Le pagué mis dos novelas y con una sonrisa me deseó una preciosa noche de viernes, que luego se confirmó.

Yo a ella también.

Hay ratos en la vida en que todo tiene sentido, en que pasamos por encima de convenciones y de intereses creados tratándonos con exquisitez entre desconocidos.


lunes, abril 22, 2013

Impostado

No hay reglas matemáticas en las relaciones humanas, lo que hace difícil establecer criterios para definir a las personas en función de determinadas cualidades más o menos positivas, pero sí es cierto que cada uno de nosotros, a partir de nuestro personal libro de visitas imaginario vamos estableciendo variables que, según las combinemos, nos dan determinado resultado en la percepción que del otro tenemos.

Hoy quiero reflexionar sobre una de estas características en el ser humano, concreta, minoritaria y singular, ésa que se definiría como la capacidad para impostar la voz y hacerlo de forma estable, mantenida, creíble a lo largo de toda una vida.

Tengo dos formas de aproximarme a esas personas: Una comprensiva, desde el momento en que quien fuerza a otro nivel su expresión vocal está tratando de proyectarse hacia los demás de otra forma a como lo haría si hablase de manera relajada, otra más crítica, al considerar que esa persona no se ofrece como tal, honesta, a la hora de relacionarse con el resto.

Suele ocurrir en hombres, o tal vez en las mujeres me resulte más difícil reconocerlo, y la conclusión personal que obtengo es que tarde o temprano descubres que no son de fiar.

Impostar el tono de voz, la pose al sentarse, el gesto al mirar o la risa implica una fortaleza de carácter desde el momento en que se establece una estrategia para enfrentarse al mundo ofreciendo una parte falsa de ti que tú quisieras ver en el espejo, pero seguramente implique también un desdoble respecto de lo que uno es, ofreciendo una imagen distorsionada que acaba perjudicando su esencia como persona.

Quien imposta no es necesariamente impostor, pero en cierta forma lo intenta.


lunes, abril 15, 2013

Corbata

Hacía tiempo que no asistía a la convención anual de Renault en París, por lo que la cogí con ganas. Al ser en viernes, además, me permitía pasar este fin de semana en Francia y disfrutar de mi segunda ciudad con calma durante unos días.

Aproveché para renovar el vestuario, acostumbrado al cuarteleo de la ropa de fábrica, y me hice con una buena camisa y un traje de chaqueta básico para ir guapo a la sesión de conferencias donde me iba a cruzar con la crème de la crème de mi empresa.

Justo tras aterrizar, uno de los compañeros con quien hice el viaje comentó que había olvidado la invitación y a mí el cuerpo me dijo que algo había olvidado yo también: ¡la corbata!

No era plan de deslucir en un día tan especial, así que decidí enviar un mensaje a mi amiga Brigitte, siempre resolutiva. Eran las diez de la noche del jueves.

Brigitte, he olvidado mi corbata.

Me preguntó los colores de mi traje y camisa, sin el más mínimo atisbo de duda y, al rato, ya me confirmaba que tendría al día siguiente, a la puerta del gran salón de congresos de Renault, un par de corbatas para elegir.

Cuando llegué, al día siguiente, Brigitte me mostró una bolsa con al menos cinco o seis opciones, a cual más horrible, eso sí. Pero podía más la emoción por su capacidad para estar a mi lado, de esta mujer a pocos meses de jubilarse en la empresa, que la vanidad de pensar en cómo se me vería.

Elegí la menos fea.

-¿Fuiste a buscarla a casa de tu hijo? -le pregunté.

-No, Salva. Llamé al vecino de enfrente y no le di opción.

Una compañera de trabajo, al tanto de la odisea, le comentó a Brigitte que la corbata que me había conseguido no era muy... moderna, a lo que ella le respondió sin tapujos:

-Mi vecino tiene ochenta años.

martes, abril 09, 2013

Sampedro

Seres humanos como el que nos acaba de dejar son los que dan sentido a nuestro paso por el mundo.

Personas que se plantean la existencia en términos de dignidad, compromiso con el que sufre, que son críticos furibundos contra el poder del dinero y la ignominia a la que la obsesión por él nos conduce, que se mojan por defender los derechos de los que nunca han tenido nada, personas así son las que nos deben servir como guía para vivir la vida con una alegría auténtica.

Aún embelesado por la lectura de La sonrisa etrusca, una novela siempre presente, con José Luis Sampedro me pasa como con Saramago, que está la persona por encima del escritor.

En él la ética tomaba forma humana, con los defectos inherentes a ésta pero incólume al desaliento.

Cuando una persona es coherente hasta el último momento, su muerte llega incluso a tener sentido para redondear una vida completa.

Dicen que pidió un Campari antes de morir, se lo bebió y quedó dormido para siempre.

Te queremos mucho.

Muchos.

lunes, abril 08, 2013

Empatía

Aunque tiene una sonoridad agresiva, no por ello deja de sonar bien esa palabra: empatía.

No es de los términos que se identifiquen con facilidad cuando eres pequeño, sino de los que comienzas a entender con la madurez. Capacidad para ponerte en la piel del otro. Algo tan aparentemente sencillo y tan complicado en realidad.

Sin embargo me da la sensación que cuánto más consciente eres de su significado menos capacidad tienes para aplicarte el cuento de solidarizarte con la vida del que está a tu lado, sentir como él, entender sus temores e ilusiones.

Nuestras existencias como islas conocen pocos puentes que nos faciliten la comunicación plena, e incluso cuando los años pasan esos puentes se van deshaciendo, comprendiendo entonces que eran de arena aquellos enlaces que considerábamos tierra firme.

Qué jodido que con los años tendamos a entender peor al otro, o pongamos menos energía para comprender las situaciones de cada cual. Esa pereza desgraciadamente consustancial al envejecimiento del ser humano, ligada intrínsecamente al desengaño de los momentos vividos y las relaciones rotas.

Empatía como remedio, gimnasia que debiéramos practicar a diario para no caer en existencias futuras egoístas, inflexibles y desconfiadas.

jueves, abril 04, 2013

Teatro

Carmela nos habló de tres reglas:

* No vale pensar

* Hay que entenderlo como un juego

* Lo que pase aquí se queda aquí

Dije que sí porque es un terreno desconocido, creativo y emocional, porque he crecido estableciendo fronteras absurdas a mi propio cuerpo y por poner a prueba mi capacidad para expresar.

El hecho de que la profesora y mis compañeros sean amigos podía ser una oportunidad o lo contrario, formaba parte del reto.

En la primera clase sudé como un pollo, no porque el ejercicio físico fuese intenso sino por mi incapacidad para abrirme a exteriorizar roles que no son míos, hablar en lenguajes inventados o exponerme sin pudor a los ojos de otros.

Ayer fue la segunda y decidí que no cabían corsés. Si había que moverse como un bebé, gritar como si te hubiese tocado la lotería o comportarme como un vagabundo tenía que hacerlo. No pensar y dejar actuar a las tripas. Si tenía que improvisar un encuentro en una galería de arte con personajes desconocidos o convertirme en un repartidor de pizzas a domicilio debía entrar en el juego.

Teatro como terapia entre amigos.

Justo antes de la segunda clase lo veía como un suplicio, pero con las cervezas que vinieron luego empecé a admitir que puede ser un método para conocerme mejor y eliminar rigideces que anulan aspectos de mí desconocidos o repudiados.

Deseando estoy que llegue la tercera.

¡Qué grande se hizo mi vida cuando se cruzó por ella Carmela!

(Espero que esto no traicione la tercera de las reglas)