lunes, marzo 29, 2010

Tragedias personales

No hace mucho leí una entrevista al eminente psiquiatra sevillano Luis Rojas-Marcos, en la que venía a afirmar que a una persona no le hace más fuerte haber sufrido una tragedia personal grave y que, de media, un ser humano está preparado para vivir dos grandes conmociones en su vida.

Él es el experto, y por lo que se de su trayectoria profesional, me merece gran respeto y admiración, aunque, como tantas otras especialidades, la psicología no es una ciencia exacta ni se pueden establecer teoremas matemáticos.

No estoy de acuerdo ni con una ni con otra afirmación.

Conozco gente interesantísima que no ha vivido grandes tragedias, no quiero decir nombres. Y conozco gente apesadumbrada por una vida muy difícil que, sin embargo, no termina de dar gran sentido a su vida ni a la de los demás.

A pesar de todo ello, estoy convencido que el haber pasado por una situación límite enriquece. Es jodido, pero es así. Debe ser así.

La cuestión es poner la frontera a lo que es tragedia respecto a lo que son los golpes puñeteros que la vida nos va dando, porque sabemos que hay quien se ahoga en un vaso de agua.

A los que, por ejemplo, nos dejaron jóvenes, contra todo pronóstico, tras una larga enfermedad, siendo nosotros adolescentes, les debemos, al menos, el regalo de haber comprendido qué es lo que es importante en esta vida y qué es lo que son pamplinas.

La belleza de la vida se entiende en toda su plenitud, desgraciadamente, cuando has conocido el precipicio.

miércoles, marzo 24, 2010

La China que trabaja

Quizás de tan simple, mi argumento lo cogería un economista y lo destrozaría de un soplo, pero de tan claro que lo veo, voy a exponerlo.

Ya a finales del siglo XX se veía venir la arrolladora apisonadora económica que se nos viene encima: China.

Un país con mil y muchos millones de habitantes que vive quizás en el mejor de los regímenes posibles donde, sin embargo, la libertad de expresión es una quimera ni es posible tomar partido por otra instancia política que la obligada, el imponente Partido Comunista Chino.

En Occidente cada vez tenemos menos capacidad para hacer rentables industrias de producción (aceros, textiles, coches, juguetes, electrónica...). No somos competitivos frente a, sobre todo, el empuje chino.

Hasta ahí, todo es comprensible. La libertad de mercado hace que los productos elaborados en el Lejano Oriente se vean muy poco penalizados por una masa salarial ínfima y se hagan, por tanto, muy atractivos cara a un consumidor europeo o americano que cada vez mira más el precio.

Pero, ¿a costa de qué? Damos empleo a cientos de millones de chinos con nuestro consumo, algo positivo para que ese país tenga futuro. Pero, ¿en qué condiciones?, ¿qué derechos sociales tiene el trabajador chino?, ¿cuántas horas echa al día?, ¿qué protecciones tiene?, ¿cuántas vacaciones?, ¿cómo se vela por su seguridad laboral, por la ergonomía en el trabajo, por las condiciones medioambientales?

Mi sensación es que hay miedo a asustar al Gigante; pero veo una forma de jugar ganador-ganador (Occidente-China).

Mi teoría a aplicar:

No se compra un producto a ninguna empresa de ese país que no admita un decálogo de buenas prácticas que pueda ser auditable (y de hecho, lo sea regularmente). En este decálogo deberá constar un salario mínimo, unas horas semanales máximas, una protección sindical, una edad mínima, unos servicios médicos de empresa, unas condiciones higiénicas, ergonómicas y medioambientales básicas.

Con estos condicionantes, ese producto quedaría registrado como vendible en el resto del mundo. Subiría algo el precio, seguro, pero ganarían los derechos de los trabajadores chinos. Al mismo tiempo, la competencia se basaría en elementos más éticos y daría la oportunidad a nuestros países a luchar con mayor igualdad frente a otros mercados.

Quien no cumpliese las reglas, saldría de ese mercado libre.

No se puede cerrar los ojos y comprar una camiseta por tres euros sin pensar que en algún zulo perdido de las llanuras de China una chavala de 15 años cose, sin apenas luz, de lunes a lunes, durante catorce horas diarias, para llevarse cuatro perras a casa.

Todos somos cómplices.

domingo, marzo 21, 2010

Triste anonimato

La gran fuerza mediática de internet ha abierto la posibilidad, hasta ahora inédita en la prensa mundial, de dar la palabra en directo a los lectores para comentar las noticias tal como ellas se van produciendo, y narrando.

Lo que en principio se presenta como una ventana atractiva, fresca, sana socialmente, a veces, en un altísimo porcentaje de ocasiones, se convierte en un estercolero donde, gracias al anonimato que da el poder expresarse sin más que dar un nombre inventado, impera el 'todo vale'.

Salen entonces las peores expresiones, si obviamos las garrafales meteduras de pata ortográficas o gramaticales, las de corazones podridos y amargados que se chulean del mundo desde su miserable posición de cobardes topos cibernéticos.

Me duele la no existencia de una mínima moderación por parte, al menos, de la prensa profesional, para evitar tantos insultos, mal habla, despropósitos, fascismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, falta de respeto, imbecilidad, xenofobia.

¡Triste práctica la de expulsar la bilis en forma de comentarios anónimos de seres que no tendrían agallas para insultar mostrando el rostro!

Sé que no sólo es en España, pero eso no me consuela para comprobar el escaso nivel y falta de educación que estas ventanas muestran de nuestra sociedad.

Donde esté la educación y el respeto...

viernes, marzo 19, 2010

Estaño

Hay una anécdota de mi niñez que me sirvió como fuerte aprendizaje.

No sé qué o quién estableció en mí, o si eso viene dado, el espíritu competitivo que tanto me disgusta y que voy moderando, afortunadamente, con el paso de los años.

En el colegio de curas donde estudiaba ejercitaban una práctica horrible. Al final de cada evaluación el tutor leía en voz alta toda la lista de alumnos, empezando por el que tenía una mejor media de notas hasta el último, en una operación cruel para niños que no tenían ni doce años. Todo un despropósito.

Yo entraba en el juego, y siempre estaba 'picado' con un compañero por llegar al número uno. Para mí no sacar al menos cuatro sobresalientes era impensable, no digamos un suspenso, algo que no entraba ni en mis peores pesadillas.

Llegué a suspender un examen práctico de música, ¡había que tocar la flauta!, y creo que aún no me he repuesto de ello.

El caso es que ese ansia por ser el mejor, ese miedo al ridículo, a suspender, a bajar la media de mis notas, me llevaba a montar un drama por cada trabajo que no entregaba a tiempo o cada borrón de tinta china en las láminas de dibujo.

En una de las ocasiones, sin yo saber ni preocuparme por la situación económica o los problemas reales en casa, llegué con la 'exigencia' de comprar un papel de estaño para la clase de Pretecnología. Mis padres dijeron que ya me lo comprarían pero yo, agobiado de pensar en no tenerlo a tiempo, les dije que me pondrían un cero de no llevarlo al día siguiente. Tan insistente fui que cabreé a mi familia entera.

Al día siguiente, estando en clase, apareció por las ventanas exteriores el perfil de mi madre. Mi hermosa joven madre, orgullo de mi adolescencia, aparecía mostrando con una sonrisa apurada el papel estaño a través de los cristales de la clase.

El profesor preguntó quién era esa mujer y yo levanté la mano.

Mi madre me dio muchos besos en la puerta, ante la mirada de todos mis compañeros, y yo no podré olvidar esa fuerte sensación mezcla de avergonzamiento con orgullo por sentirme tan querido.

Comprendí que en esta vida no se puede ir amenazando con los 'ceros' que te van a poner.

martes, marzo 16, 2010

Lopus

Vienen de la habitación de soltera de mi tía Elo, en la casa de mi abuela materna, mis primeros recuerdos de esa ciudad, Lopus.

Hablaban mi madre y mi tía, y al nombrar a las personas nacidas o venidas de ese lugar, casi siempre se trataba de mujeres mayores, con pelo de peluquería, mucha laca, de familias con muchos hijos y beatas.

También había hombres, 'su marido también es de Lopus', pero por regla general eran mujeres de las que yo oía hablar con esa procedencia.

No sabía si eran nacidas allí o empadronadas, porque a veces venían a decir: Ella también se ha hecho de Lopus.

Parecía que hablasen de una secta en vez de una ciudad y que las normas fuesen muy rígidas para entrar. Incluso creí entender en algún momento que tenían que pagar dinero por ello. ¡Por ser de un lugar!

Debía ser una urbanización cerrada, con vigilantes en la puerta que no te dejarían pasar si no fuera previo pago. Y daba miedo pensar que una vez entraras, no te dejasen salir.

Yo no sabía si estaría ese sitio cerca o lejos de Sevilla, porque mi tía Elo salía con un novio madrileño y, al parecer, allí también había mucha gente de Lopus.

En esa ciudad o pueblo debía de haber muchos colegios, por la cantidad de niños que tenían, y muchas iglesias, por todo lo que rezaban.

Tendría yo tres o cuatro años, y ya sabía yo que prefería haber nacido en Sevilla, y no en Lopus.

domingo, marzo 14, 2010

La sonrisa americana

Ni todos los prejuicios del mundo ni mi negación por principios a distinguir entre patrias, me pueden llevar a dudar de que, estadísticamente, el pueblo americano es simpático. Más concretamente, y para no traicionarme, el ciudadano neoyorquino de raza blanca.

Cuatro viajes que suponen, sumándolos, más de un mes pateándome las calles de Manhattan, me permiten aseverar, tal vez equivocadamente, dicha afirmación.

Si hablase sólo de camareros de restaurante, se podría concluir que su simpatía no es sino estrategia por conseguir la propina, que supone tres cuartas partes de su sueldo. Pero no. Los camareros mejicanos, abundantísimos, no son simpáticos, sino serviciales. En cuanto oyen, además, tu acento español, hacen por parapetarse tras su inglés aprendido en las cocinas en una reacción comprensible de orgullo en carne viva. Camareros negros, no sé la razón, hay menos que el porcentaje medio de población. Y no son amables. El negro neoyorquino es ácido en el trato. Aquí hay elementos de análisis que, de tan evidentes en apariencia, no voy a exponer. Pero como muestra un botón, en todo nuestro recorrido por el MoMA no vi una sola persona de color entre los visitantes.

Cruzarte en el metro, en un museo o en Central Park, con un neoyorquino anglosajón es obtener de seguro una sonrisa o una respuesta amable, incluso existe una predisposición impensable en un londinense, menos aún en un parisino, por ayudar.

Con toda su ingenuidad, sus guerras abiertas, su capitalismo masacrador, el neoyorquino blanco es un ser simpático, que no te niega nunca la sonrisa.

Ésa, al menos, es mi percepción. Simplista, como toda generalización. Pero estamos en este mundo, así lo entiendo yo, para buscar nuestras verdades.

miércoles, marzo 10, 2010

New York, New York

Sobrevolando por cuarta vez el Atlántico en dirección a la Gran Manzana, me planteo el porqué de mi gran atracción por esta inmensa metrópoli.

Fue en el verano del 2003, en la época que vivía en París, cuando Kristian, un amigo francés, me invitó al piso de Harlem de un profesor de literatura chileno que andaba de vacaciones por su tierra. Mi desconexión de las rutinas de mi familia y amigos, cada cuál con sus planes hechos, me hizo dar un sí rotundo a Kristian.

Viaje inolvidable, de shock, en que tenía todos los sentidos abiertos para descubrir, admirar, sorprenderme. El llevar a Kristian, una persona imprevisible y provocadora, de cicerone, me hizo ver Manhattan con sus filtros. Gosspel, jazz, musicales de broadway, música clásica... pero ningún museo. La vida de Kristian en Nueva York era música, calle y grandes bocadillos en los Subway.

Tiempo después, una semana santa de mucha nieve en Nueva York, volví con Fran. Me tocaba ser a mí el anfitrión y mi gran disfrute fue ver los ojos de Fran reflejados de rascacielos nevados. Comprendí que la ilusión del que descubre es casi tan grande como del que muestra. Hubo, sobre todo, mucho paseo.

Hace pocos veranos volvimos con Mariángeles y Agustín. Viaje programado con mucho tiempo, no podía ser de otro modo estando Mariángeles por medio, pasamos diez días intensos de museos y cenas espectaculares, que se alargaban con vinos carísimos de sobremesa. Pero había tristeza contenida y no hablada en el ambiente. Tras nueve años de relación ésa era la última aventura compartida de ellos dos. Sergio y Carmela se nos unieron en los últimos días para aportar esa dosis de frivolidad, ingenuidad y risas que nos faltaba.

Ahora anuncian nuestro aterrizaje en el JFK, y es el viaje de madurez.

Ya están vistos los museos, oídos los musicales, subidos los rascacielos, tomados los cafés en el Soho y presenciados los gospels en Harlem. Ahora queda conocer la ciudad en la ciudad, en esta urbe desmadrada multirracial, joven y puta, culta y maleducada, desabrida, seductora, perversa, acogedora, donde nadie se siente del todo diferente porque allí estamos todos.

En cualquier estación de metro encuentras lo mejor y peor de la humanidad.

¿Seguirá seduciéndonos?

sábado, marzo 06, 2010

Brillante

Es una discusión que he tenido y mantendré en el futuro porque la considero esencial, en términos laborales pero no sólo, acerca de las estrategias para llegar lejos.

En este mundo tan competitivo, donde se valora con admiración o envidia a quien posee y al que tiene poder, no hay atajos 'sanos' para hacerse un hueco entre los triunfadores. Si por triunfador se entiende, en este caso, el que desarrolla una carrera profesional fuerte, exitosa, en que llega a sentirse realizado como persona y como gestor, líder, emprendedor, ejecutivo o especialista en cualquier campo.

El único camino es la brillantez.

Ser brillante no implica una acumulación de conocimientos bien estructurados, ésa es una mínima parte de la clave del éxito. Brillantes en cuanto a tu trato con tus compañeros, jefes o subordinados, en el sentido más exquisito de la palabra, sin hipocresías. Saber estar, decir que sí y decir que no, escuchar al otro, aceptar la crítica y aplicar a tu filosofía los consejos venidos de personas de confianza, sin resquemores. Un trabajador brillante es aquél que da el mínimo problema a su jefatura, sólo cuando su concurso es necesario o justo, y que atiende a su equipo con la humanidad con la que a ti te gustaría que te tratasen. Ser brillante es ser organizado, cumplidor, trabajar en la misma línea que tu equipo y que tu empresa, compartir objetivos y defenderlos.

Los atajos son malos consejeros, porque cuando se utilizan indebidamente ya no queda más remedio que andar el resto de tu trayectoria laboral mirando hacia abajo, no vaya a ser que un agujero negro te devuelva, por sorpresa, un poco más atrás del camino que estabas empezando a andar cuando decidiste aparentar ser, sin creértelo y forzadamente, brillante.

jueves, marzo 04, 2010

Mi cuarto de baño

Hay escenas concretas, la terrible pregunta de si los Reyes Magos son los padres mientras mi madre me peinaba, que me hacen situar más o menos en mis 8 o 9 años el período en que en casa se decidió hacer una reforma. Aunque sé que hubo albañiles durante mucho tiempo y que se cambiaron dormitorios de sitio, suelos y otras zonas de la casa, recuerdo especialmente la remodelación total del cuarto de baño.

Cambiando la bañera de sitio, unos horripilantes azulejos turquesas y la ventana desvencijada, pasamos a tener un baño espectacular a los ojos de un niño con gran capacidad de entusiasmo. Todo era nuevo y relucía, los sanitarios de un color blanco roto, grandes losas de color café con leche y un espejo enorme, diáfano, que iluminaba tanto como si hubieran multiplicado por dos el espacio.

En esa época yo recuerdo plantearme, con serias dudas, si podría existir (no sólo en Sevilla, sino en todo el planeta) un cuarto de baño más hermoso.

Había algunas informaciones que me hacían dudar. Pensaba, por ejemplo, en el Palacio de Versalles. Había fotos en un libro de historia del Arte que tenía mi padre que daba pistas de que, tal vez, el baño de ese palacio fuera más impresionante que el nuestro. Estaban, por otro lado, las películas que veíamos en el cine, a todo color, donde aparecían casas que, a lo mejor, también podían existir en realidad.

Conservo muy vivo ese recuerdo intenso en que me planteaba esa gran duda. Si el cuarto de baño de un piso de un barrio obrero de Sevilla sería o no el más hermoso del mundo. Era el colmo de la ingenuidad.

En esa casa ahora vive mi padre, a solas. Cuando lo visito, menos veces de las que quisiera, y entro en el baño, lo encuentro muy pequeño, tan descuidado por el paso del tiempo, con azulejos de un diseño añejo y el entonces gran espejo, roto.

Y se me hace un poco más chico el corazón.

martes, marzo 02, 2010

Ganas de trabajar

El lunes de la semana pasada salimos a cenar por la Alameda.

Es una noche poco propicia porque la mayoría de bares y restaurantes aprovechan para dar descanso al personal, como no podía ser de otra forma, ese día.

Recordamos un restaurante al que hacía tiempo que no íbamos, 'La Cocina Naranja', y para nuestra sorpresa nos lo encontramos abierto.

Una chica espigada, joven de pelo muy negro, nos atendió.

Tras explicarnos la carta le comentamos que no contábamos con encontrar el local abierto.

Ella nos explicó que acababan de traspasarle el bar, a ella y dos socios, y que se disponían a abrir a diario porque tenían muchas ganas de trabajar.

Lo dijo con una sonrisa, el boli bien prieto en su mano derecha y la comanda en la izquierda.

Se critica en exceso el consumismo y yo, como persona de izquierdas, reivindico el consumir. El ir al cine para que las salas no mueran, el pegarse una mañana de relax en un Spa para que éste se mantenga, el darte un masaje, el comprar un ramo de rosas, el tener un detalle con tu sobrino comprándole el último monstruo de goma, el cenar en La Cocina Naranja, para dar motivos a esa chica para seguir con sus ganas de trabajar.

Tengo un antiguo amigo que presume que su padre se fue a la tumba con 750 millones de pesetas en el banco.