sábado, diciembre 27, 2008

De nuevo el Terror

No hay mayor vergüenza en la historia reciente del hombre que el holocausto judío lanzado por Hitler y consentido por buena parte del pueblo alemán y no pocos dirigentes fascistas de la época.

Hoy almorzamos viendo imágenes espeluznantes en Gaza. Bombardeo indiscriminado ordenado por el gobierno israelí. ¡Más de doscientos muertos!

Sin ser comparables, ya van demasiadas andanadas mortíferas, brutales y sin sentido por parte del Estado sionista.

Entiendo la razón de la existencia de este Estado, más aún después de los actos criminales que condenaron al escarnio, las cámaras de gas y las torturas a millones de judíos por el hecho de serlo.

No entiendo y condeno desde mi posición humilde esta nueva acción militar en la que hemos podido ver civiles reventados en su propia sangre.

No se puede argumentar con el terror, no en nombre de Dios ni de ninguna religión. No podemos permitir más la pervivencia en este siglo XXI de un conflicto que nos llena de vergüenza desde hace tanto tiempo.

Ahora vendrá una salvajada palestina, igualmente condenable antes incluso que se produzca, y de nuevo el círculo que se cierra.

¿Cuál es la razón para no llegar a un acuerdo, para dar a los palestinos el trozo de tierra y la dignidad que les corresponde, cómo se puede medir con tan doble rasero a unos y otros?, ¿cómo pueden tener tanto apoyo en el pueblo israelí carnicerías como éstas, un pueblo culto, maltratado por la historia, denunciador de torturas pasadas?

No podemos quedar ajenos a las caras de pánico de los niños siendo llevados a los hospitales de Gaza. Los gobiernos del mundo tienen que estar a la altura, condenar sin paliativos esta acción y poner todas las bases, la paciencia y los argumentos diplomáticos para que el Estado de Israel sea lo que casi todos queremos: un país cordial, con un lugar en el mundo propio y merecido, respetuoso con los derechos del hombre, conciliador con sus vecinos, enseñándonos que su camino en la historia de la humanidad tiene sentido, heredero orgulloso de Moisés y Abraham; no mortífero y carnicero.

sábado, diciembre 20, 2008

Criticar por criticar

Hay una táctica muy útil que yo utilizo a menudo. Es la táctica del encantador. Si la explico, me delato. Si me delato, se puede pensar de mí como una persona falsa. Me arriesgo.

Veamos.

Cuando se me pregunta por alguien, más o menos cercano, amigo, compañero de trabajo, familiar o simplemente conocido, me impongo en lo posible llevar la respuesta al término del:

-Es encantador/a.

Casi siempre hay un motivo para decirlo de alguien. Que es encantador.

Seguro que hay muchas razones para decir todo lo contrario. Pero no se gana nada.

En esta vida que vivimos tan compleja, hay mil argumentos para descalificar. El reproche es sencillo.

Tal vez, quien esto lea, no confiará en mí cuando comente de alguien que es encantador, pero lo diré de corazón.

Desperdiciamos tanta energía en decir lo mal que lo hacen los demás, lo tacaño que es éste, lo engreído que es el otro, lo poco de fiar que es Fulanita, la mala leche que transmite Menganito, lo falso, lo imbécil, la maldad que tiene, lo convenido que es…

Es bueno contar hasta diez antes de criticar. Mirar a quien nos pregunta y ver qué hay en él o en mí que nos haga libres de críticas.

Cuando de alguien dices que es ‘encantador’ ocurren varios fenómenos positivos al mismo tiempo:

-Se corta el círculo del ‘despelleje’

-Das una lección a quien desea el ‘destrozo’

-Echas un cable a la persona de quien se habla

-Transmites buen rollo

No es difícil. Simplemente contar hasta diez, hasta veinte si es necesario, pensar en esa persona con los ojos con que nos gustaría que se nos viese, con los ojos humanos de quien ve a otro ser humano imperfecto del que piensa que, a pesar de todo, es encantador.

Eso sí, como leí en una entrevista a una juez, en este mundo hay gente buena buenísima y mala malísima.

Para los últimos, ni agua.

viernes, noviembre 28, 2008

Desasosiego

Buscar respuesta con determinación a preguntas esenciales lleva al desequilibrio personal, si entendemos por esenciales todas aquellas cuestiones que se plantean el porqué de la existencia humana.

El punto de sensatez, donde se encuentra la zona de reposo desde la que se puede optar a la felicidad, o a un bienestar personal duradero, sólido, se encuentra en el término medio entre la frivolidad de quienes viven la vida en el terreno de las ambiciones huecas y aquellos que dramatizan al extremo cada decisión propia.

Analizando con microscopio hacia dónde nos lleva este teatro del ser y cuáles son los argumentos para vivir, podemos debilitar las bases de nuestro existir. Comprobar que nuestro paso por este mundo tiene un final determinante llamado muerte, sentir con lucidez que la gente a la que amamos llegará un momento en que no la tendremos más a nuestro lado, que toda nuestra inversión en afectos será menos que nada, porque no seremos, resulta aterrador.

Ante estas incertidumbres el hombre ha ido construyendo mitos y religiones, ha creado leyendas y ha inventado respuestas. Reacción a la brutalidad de la mortalidad.

Yo no creo que haya Dios. En mi fuero interno sé que no hay Dios. Es doloroso reconocerlo, pero entiendo que es valiente.

¿Qué mueve entonces mi vida?, ¿cómo evitar el desasosiego de pensar en un final total?

No hay respuestas mágicas, pero hay actitudes.

En mi caso las actitudes que hacen que a día de hoy me sienta una persona realizada y con un alto grado de felicidad pasan por compartir estos días regalados, en este juego de locos que es la vida, con mi gente cercana. Disfrutarlos con toda la fuerza y tratar de que no se asomen al precipicio del dolor. Mi estabilidad personal la encuentro en la cultura y el arte, en admirar hasta dónde ha llegado el hombre con sus limitadas armas, siempre perdedoras en el combate contra la muerte, sí, pero creativas. El sentido de la vida lo encuentro en madurar tratando de mejorar como persona, en hacerme cómplice del hombre con mayúsculas, del emprendedor, del sabio, del sensible, del que busca la verdad y no la encuentra.

Se puede entender la vida sin creer en otra cosa que en el hombre, imaginarlo en paz consigo mismo, no dislocado y egoísta, sino solidario con los suyos en su búsqueda de la Verdad, a sabiendas que esa Verdad nunca se encuentre.

No hay mejor Dios que un hombre bueno.

jueves, noviembre 13, 2008

Escucha

¿Cómo controlar la desesperanza cuando ésta te invade?, ¿qué métodos existen para combatir los bajos ánimos?...

Es cierto que la alegría de vivir no es algo transmisible vía sanguínea, ya quisiera. Pedir una transfusión, donar sangre para interconectar buen rollo, para equilibrar desconsuelos con otros glóbulos más rojos, más redondos, menos pesados.

En cuántos momentos no nos gustaría encontrar esa mirada con la que en un tiempo tal vez no muy lejano veíamos el mundo coherente.

Ver el mundo coherente tiene mérito, sentir la pulsión de la vida como algo extraordinario, pasearte la calle y alucinar con sus habitantes paseándose descuidados del placer que supone estar vivos.

Hay tantos momentos en que no, días en que no hay milagros, ni efervescencia, ni alucinaciones por ver un atardecer que nos resulta igual que otros, conversaciones que no nos llenan, telediarios que nos resultan más de lo mismo, tortillas de patatas que ya no nos provocan orgasmos de placer.

¿Cómo se lucha contra eso?

¿Dónde está la clave del sentido de la vida?

Cuando existen preguntas sin respuestas desde miles de años atrás, tal vez no deberíamos malgastar tiempo en resolverlas.

Las soluciones no son universales, tenemos que encontrarlas en nosotros, seres individuales y sensibles.

Nuestro sentido de la vida es el bueno, nadie mejor que nosotros sabe encontrar la chispa que de nuevo prenda el combustible para continuar. Volver a sentir que todo es posible, que la gente nos importa mucho, que el amor es una certidumbre y no un cuento chino.

Tal vez por eso no es transmisible. Porque cada cual tiene sus claves internas.

Sí podemos, en cambio, estar a la escucha. Cuando veamos a nuestro alrededor alguien que nos importa en ese período que todos atravesamos en que el cielo no es cielo ni las caricias erizan la piel, en esos momentos existe un catalizador para volver a la vida.

La escucha.

Cuando todo es negro, tus oídos pueden ayudar a que una boca cercana adivine el camino aproximado hacia el mundo de los que se afanan por reír.

miércoles, noviembre 05, 2008

Híbridos

Anoche tomaba unas tapas con unos amigos muy cercanos y salió el tema de Barak Obama. Comenté, ellos me conocen y saben que es cierto, que yo iba a tratar de pasar la noche despierto (lo que mi cuerpo aguantase) para ver el desenlace de la prácticamente segura, a esas horas, victoria de Obama.

Entonces vino el ‘cachondeíto’ de ‘tú estás colgado’, ‘a quién se le ocurre’…

Había y hay confianza entre nosotros.

Vine a decirles que yo tengo mis convicciones políticas muy claras, que para mí era un sueño lo que se estaba produciendo en Estados Unidos, después de unos terroríficos ocho años de gobierno de Bush. Años de desprecio por los derechos civiles (¿a quién no le suena Guantánamo?, ¿la guerra ilegal de Irak?), de ley de la selva a favor del más fuerte (hipotecas sub-prime, sacrosanta ley del mercado libre, que todo lo rige), de chuleo en la escena internacional, de incultura elevada a grado sumo en el máximo representante del gobierno (una persona que llegó al poder por nacer en una familia petrolera texana multimillonaria, sin más aval que el de un padre ex-Presidente). Período vergonzoso en suma.

El comentario entonces es que no había que ser tan radical. Mi amigo decía que él era híbrido. Ni de izquierdas, ni de derechas, ni conservador, ni progresista. Híbrido.

Me parece genial en democracia la existencia de todo tipo de tendencias. Incluso la híbridotendencia, que se resumiría en una frase (tal vez): Ni me mojo ni me dejo de mojar.

Desde mi profundo respeto por las visiones (o no visiones) de la sociedad, de nuestros gobiernos, de la economía, de las relaciones internacionales, que puedan tener los ciudadanos, yo reivindico la definición. Yo reivindico que hay que mojarse.

Mi cabeza, y hasta mi cuerpo, se conmueven con los ideales de Obama. Creo que hay que cambiar el mundo. Podemos. Al menos, debemos. Siento que estamos obligados a intentarlo. Dejar a un lado las ataduras que nos hacen pensar que todo será igual, que el hombre es un lobo para el hombre, que tenemos el mundo que merecemos. Ése es el caldo de cultivo de los ‘Bush’. Mantener privilegios, aplastar al que no tiene el poder (llámese dinero).

Tal vez en unos meses, en años, el sueño de Obama se haya desvanecido. Mi corazón quiere pensar que no. Que cambiarán cosas fundamentales. ¡Tenemos un negro en la Casa Blanca! Simplemente por el hecho de ver las lágrimas de tantos herederos de la prepotencia racista, de la época más vil de la nación americana, cayendo a moco tendido escuchando las palabras del futuro presidente, ya es suficiente.

Siento que los híbridos duermen más tranquilos que yo, que miran con ojos distintos a su alrededor, que se sienten más calentitos que yo en sus casas.

Yo prefiero perder el sueño por ver al hombre avanzar, mojarme y decir que sí, que el mundo puede cambiar.

¡Ánimo, Barak!

viernes, octubre 31, 2008

Fronteras de no retorno

Tal como se han desarrollado los acontecimientos, el comportamiento ético de la periodista Pilar Urbano queda, a mi entender, bastante en entredicho. No vale todo por vender libros o conseguir una portada. Comprar un ejemplar de la publicación sobre la Reina que viene de lanzar al mercado no está entre mis planes, pero habría que comprobar si realmente las frases que ayer se pusieron en boca de la Reina son realmente literales, ya que supuestamente la Casa Real dio el visto bueno a todo lo incluido en dicha publicación.

Independientemente de todo esto y aún teniendo en cuenta la rectificación de la institución monárquica, parece que los comentarios de la monarca no andan lejos de los reflejados ayer en gran parte de los medios de comunicación.

Error fatal a mi juicio.

Desde mi posición ideológica, firme, argumentada y abierta a razonamientos de quien no piense como yo, no puedo estar más en desacuerdo con las opiniones de la Reina. Apoyar la teoría de que venimos de la costilla de Adán y que sea ésa la información que tienen que recibir los chavales para entender de dónde viene el hombre, estar absolutamente en contra del aborto o la eutanasia, negar el matrimonio homosexual aprobado por el Parlamento con frases desafortunadas de carrozas y manifestaciones, es absolutamente aceptable viniendo de cualquier persona que no sea miembro de la Familia Real. Porque a ellos se les paga por no opinar, por no tomar partido, por representarnos a todos.

Desde ayer no me siento representado por la Reina. Un personaje al que siempre he admirado, con el que simpatizaba por su dulzura, discreción y generosidad.

No hay que entrar a discutir sus posiciones exageradamente conservadoras (quiere para la Educación lo que Sarah Palin), hay que criticar con contundencia el hecho de que tome partido.

En este sentido, se han visto declaraciones desafortunadas de políticos socialistas (irresponsables las declaraciones de Javier Rojo, Presidente del Senado, justificando lo injustificable) frente a otras afortunadas del Partido Popular (Esteban González Pons ha dicho con claridad que no se puede tomar partido desde la Casa Real, independientemente de lo que se diga).

La grandeza está en saber discernir cuál es la discusión. No estamos analizando las declaraciones de una mujer católica de 70 años, con esa escueta descripción nunca saldrían sus pensamientos reflejados en las portadas de los periódicos. Estamos hablando de los comentarios realizados por la Reina de España.

La jornada de ayer sirvió para perder el respeto, por muchos hasta ahora incondicionales, a una institución que es de las más queridas del país.

La vida es así de dura. Cuarenta y cinco años de exquisita profesionalidad se pueden venir al traste por unas declaraciones desafortunadas. Cuando se está en niveles tan altos entiendo que se pueda sentir vértigo, pero precisamente a personas en esa máxima responsabilidad se les debe exigir lo máximo.

La Reina no debe olvidar que adquirir una posición de Jefe de Estado por cuestiones hereditarias no puede ser más anacrónico. Si lo hemos aceptado así es precisamente porque nos sentimos representados en ellos, porque nos transmiten actitudes ejemplares.

jueves, octubre 09, 2008

La gente normal

Hay un comentario recurrente en Mariano Rajoy que me saca especialmente de quicio. Me refiero a cuando hace uso de la referencia a la gente normal, o bien al criticar al gobierno, o determinada política, utilizando mi nombre (porque soy a todos los efectos ciudadano español) en sus ya consabidos razonamientos apoyados en el ‘como todos los españoles saben’, ‘como todo el mundo quiere’, ‘como la gente normal desea’.

Yo deseo una Ley de Educación para la Ciudadanía, ¿soy anormal entonces? Yo deseo que se revise la actual Ley del Aborto, ¿no soy buen español? Estoy a favor del matrimonio entre homosexuales, ¿no soy un ciudadano correcto? No quiero crucifijos en los edificios públicos, ¿tengo que esconderme por pensar así?

¿Qué es ser gente normal?

¿Es necesario estar casado para ser normal?, ¿hay que ser de misa diaria o semanal?, ¿es anormal un ciego?, ¿es anormal un homosexual?, ¿es anormal un musulmán?, ¿lo es un divorciado?, ¿una mujer que ha abortado?, ¿es anormal una madre soltera?, ¿es anormal quien de forma democrática quiere la independencia de su región/nación?

Cuando se invoca la normalidad para argumentar se corren riesgos muy altos. Quien busca definir fronteras para lo que es ‘la gente normal’, está admitiendo de facto que hay ‘gente anormal’. ¿Dónde está esa gente?, ¿pertenezco a ese grupo?

Cuantos más complejos se tienen, más cómodo se siente uno definiéndose como dentro de los estándares y constriñéndolos bien. Si uno está infelizmente casado y no tiene el valor de separarse, maldice a los divorciados, cuando vas a misa sin fe, por apariencia, maldices a los irreverentes, cuando te mueres por acostarte con un tío mientras paseas por el parque con tu esposa te conviertes en un homófobo compulsivo.

La verdadera libertad está en el respeto. La normalidad hay que entenderla estrictamente en el respeto a las reglas del juego, a la Ley. Punto.

Nadie tiene derecho a dar lecciones de moral a nadie, ni a meterse en la alcoba de ninguna pareja, ni a tirar de tradición para clasificar actitudes. Nadie puede decir lo que toca o no toca legislar amparándose en la sensibilidad de todo un pueblo.

La continua señalización del diferente como anormal es dañina de raíz y dinamita la verdadera convivencia. Nadie es mejor que nadie por su carnet de identidad, su lugar de nacimiento, su sexo, su raza, sus creencias o su forma de vestir. Es algo tan básico que duele tener que recordarlo.

Por favor, señor Rajoy, cuando argumente para descalificar o para construir razonamientos en positivo, no se arrogue con las ideas de todo un país.

A mí usted no me representa en ningún caso. No hable en mi nombre, ni en el de la gente normal.

Hágalo en todo caso en nombre de su partido y de sus votantes, que ya son muchos.

martes, septiembre 23, 2008

Capillitas

El día de la presentación de mi última novela en la Fnac tuve un desliz. Metí la pata, vaya. Hablando de la Sevilla en la que yo transito, de alguna manera descalifiqué a la más tradicional. Definí a esa Sevilla que yo practico como inteligente, lo que podría dejar entender que pienso que la otra parte de la ciudad no lo es.

Mil excusas.

¿Es cierto que hay dos Sevillas?, ¿que hay derechas e izquierdas?, ¿puritanos e irredentos?, ¿laicos y clericales? A todo se puede contestar que sí, que no o que quizás.

Soy partidario de llamar a las cosas por su nombre y tomar posición. Es más incómodo. Seguro.

Tengo grandes amigos, amigos a secas y conocidos, hombres y mujeres, que se desviven por sus hermandades de penitencia. En muchos casos, además, son personas inteligentes, sensibles, en el mundo, agradables en el trato, racionales, fieles en su sentido de la amistad.

Pienso en mi amigo Javi y su hermandad del Valle, en Sergio y la de los Caballos, en Víctor y Ana y la de la Sed… Recuerdo cuando pequeño cómo mi madre lloraba viendo pasar el palio de la Macarena… Salí hasta los catorce años como nazareno de la Soledad de San Lorenzo, y aún tengo un pensamiento para Pedro Jardi cuando llega el sábado santo…

Sé de lo que hablo y por eso me siento en el derecho de opinar.

Siento que la vida de hermandades, de cofradías, de besamanos, de triduos y quinarios, de besapiés, de coronaciones canónicas, de pasos de gloria… es un freno para Sevilla.

Mi racionalidad me hace ver en todo ello el cordero de oro, la antítesis de la espiritualidad, lo opuesto a la racionalidad y el progreso. Salvo excepciones no veo grandes valores en esa devoción extrema. Y sí mucha pérdida de energía.

Que una sociedad civil esté organizada en torno a organizaciones religiosas en pleno siglo XXI me parece un fracaso colectivo.

Llevo toda mi vida conviviendo con esa Sevilla, y sé que moriré conviviendo en armonía con ella, aunque la sienta extraña.

Quiero una ciudad laica, librepensadora, impulsora de reformas académicas, de proyectos industriales, de cultura con mayúsculas. Quiero una ciudad que se movilice por el desarrollo de los barrios, por los avances tecnológicos. Quiero más operaciones vanguardistas en el Virgen del Rocío, temporadas de Ópera más largas, más salas de teatro, más cine de autor. Quiero museos de ciencias, quiero conciertos de Madonna, de One Republic, de Chambao. Quiero setas en la Encarnación y más espacios peatonales. Quiero una ciudad donde las bicis nos coman y los tejados se llenen de placas solares. Quiero científicos sevillanos optando al Nobel o al Príncipe de Asturias, quiero universidades sevillanas rompedoras. Quiero muchos estudiantes extranjeros. Quiero gente negra, gente asiática, gente americana en mi ciudad. Quiero que las mujeres se paseen vestidas de flores cuando la vida le arrebata a sus maridos. Quiero más piscinas olímpicas, más canchas de tenis, quiero menos ombliguismo y más atención al resto del mundo. Quiero que Sevilla mire al resto del universo y se diga, ¿por qué no yo?

lunes, septiembre 15, 2008

Iván y las mareas

Hace unos meses, jugando en la orilla de la playa con mi sobrino Iván, traté de explicarle (teniendo en cuenta sus cinco años) por qué había arena mojada donde estábamos y ya no llegaban las olas allí.

Le pinté la tierra y la luna con una concha y traté de razonarle el efecto que ésta ejerce sobre la tierra, la atracción de la masa de agua que provocan las mareas. Intenté explicarle con palabras sencillas la inmensidad del mar, como si fuera un gran recipiente de líquido en que la masa va basculando, dominado por una fuerza que desde lejos ejerce una gran bola blanca de cristal.

Él me miró con ojos bien abiertos y me dijo que el abuelo le había explicado otra cosa, que lo que realmente ocurría es que había un señor gigante en una isla, que todos los días buceaba hasta el fondo del mar y le retiraba un gran tapón para limpiar el agua. Luego traía grandes botellas y lo iba llenando de nuevo con agua limpia.

Su abuelo es mi padre y a mí me entró la risa de pensar en las historias inverosímiles que le cuenta al enano para explicarle cosas complejas.

Sigo pensando que a un niño es mejor explicarle las cosas lo más parecidas a como son. Cuando te preguntan de la barriga de una embarazada, de cómo andan los coches, de por dónde vienen las imágenes de la tele, de por qué hablan tan raro los franceses.

En cambio sé que mi padre, el abuelo de Iván, me ha educado de forma impecable. Sé que tuve una infancia feliz y al día de hoy no me caigo de un guindo. Sé ir por la vida con la mente abierta y sin complejos.

Tal vez la clave no sea el qué se cuenta, sino cómo se cuenta. Percibir el cariño y la atención mesurada, que se te escucha y se te responde aunque tengas cinco años.

No sé si tendré alguna vez un niño (Iván es lo más cercano), pero siempre trataré de responder a la curiosidad insaciable de quien quiere comprender cómo el ratón Pérez hace para dejarle caramelos debajo de la almohada (ahora que está mellado).

jueves, septiembre 04, 2008

Dudas amistosas

Tener dudas es sano. Obliga a plantearse preguntas. Buscar las respuestas ayuda a crecer.

Tengo dudas sobre lo que debe ser la verdadera amistad.

¿A un amigo se le perdona todo? Pienso que no.

¿A un amigo se le deben pedir explicaciones? Pienso que sí.

¿Nos podemos inmiscuir en la vida de un amigo? Creo que es necesario.

A mí me gusta que mis amigos se inmiscuyan en mi vida. Creo positivo que me digan a la cara que no me comporté bien frente a ellos en determinada situación. Siento que es sano el cabreo fuerte cuando no estás a la altura de lo que esa persona, a la que tienes entre las cinco más importantes de tu vida (dejando a un lado la familia), espera de ti.

¿Dónde está la frontera entonces? ¿quién delimita la barrera de la intromisión, de las explicaciones? Pienso que la clave está en el respeto.

A un amigo no se le puede aguantar que siempre llegue tarde (porque él es despistado), no se le debe permitir que siempre haga chiste de tus complejos (porque no tiene mala intención), no se le puede disculpar que siempre hable y nunca escuche, a un buen amigo no se le puede perdonar siempre (porque tiene poca correa), no se le debe ocultar información (porque le hará daño).

A un buen amigo se le debe tratar con calidez pero con responsabilidad.

Al amigo hay que amarlo como se aman a las cosas importantes. De un amigo hay que sentirse orgulloso por cómo es, no intentar cambiarlo, hay que quererlo por lo que es, no por lo que a ti te gustaría que fuese… pero cuando realmente se ama, hay que saber que esa persona que hemos elegido en nuestra vida para recorrer un largo camino juntos necesita de nosotros. No vale ser asépticos.

A mis amigos les quiero, y en ese querer entiendo que viene incluido el derecho a entrometernos.

Por respeto.

martes, agosto 26, 2008

Rebotar

Vivir es, de tan extraño, desestabilizador.

Pretender buscar la felicidad de forma lineal es, como consecuencia, un error.

La vida se mueve a impulsos. Son demasiados factores externos e internos, sociales, de salud, monetarios, imprevistos, estimulantes que nos asaltan; por lo que pretender adaptar la vida a nosotros es un error.

Hay que ser elásticos para ser felices. Tener capacidad de rebotar.

No podemos prever un pinchazo en el coche, la enfermedad de un pariente, la nuestra propia. No se nos puede venir el mundo abajo porque quien pensábamos que íbamos a encontrar en vacaciones nos ha fallado, o porque nos ha llegado la letra del seguro del coche que no esperábamos y nos jode el final de mes. Que se fastidia una cita, hay que rebotar y cambiar el sentido; que nos falla el plan del fin de semana, ya habrá más; que nos monta un número en el trabajo un energúmeno, se rebota y se sonríe.

Las personas rígidas no transmiten buen rollo. Se cabrean con facilidad.

Nuestra existencia es continuo movimiento y la capacidad de rebote es algo que se aprende con los años.

Rebotar no implica insensibilidad, sino capacidad de adaptación. El ser elástico y no empotrarse contra los obstáculos significa ser una persona fuerte. Gritarle al mundo que la vida es una mierda es no saber vivir.

Porque en el fondo todos sabemos que la vida es un juego y no entender ese principio básico es ser candidato a la infelicidad.

Las reglas del juego son claras: bondad, coherencia, capacidad de rebote y ganas de jugar. Quien no cumple con las reglas sufre más de lo necesario.

Si queremos pasar por esta vida de la mejor manera, lo mejor es comportarse con los demás como tú quisieras que se comportasen contigo (bondad), mantener una línea de juego (coherencia), saber afrontar con humor las adversidades (que vienen y vendrán) y tener ganas de seguir en el juego.

La vida nos hará sufrir en el futuro más de lo que podemos imaginar, lloraremos a los nuestros, por los nuestros y por nosotros, envejeceremos, perderemos ilusiones y habrá gentes y situaciones que nos desengañarán.

No olvidemos que es un juego y que una de las reglas es ser elástico. Los topetazos están garantizados, protejámonos.

viernes, agosto 22, 2008

JK5022 - Respuestas al sinsentido

Tras aterrizar en el aeropuerto de Sevilla el pasado 20 de agosto, proveniente de Gran Canaria, donde he pasado parte de mis vacaciones, me llegó la noticia del accidente ocurrido en Barajas en un vuelo que iba precisamente al aeropuerto que yo acababa de dejar horas antes.

Al día siguiente, cuando las imágenes aterradoras de familiares con caras desencajadas habían pasado repetidas veces por todas las televisiones, dando un largo paseo por las playas de Conil en un día soleado, reflexioné sobre el dolor inmenso, insoportable, de la pérdida de un ser querido, más aún en circunstancias tan trágicas, en gente joven, con tanto horror de fuego, de cuerpos rotos, de gritos de ahogo. Pensar en tu hijo, tu hermano, tu pareja… en esos segundos en que el corazón estalla de miedo al ver que el avión se estrella.

Frente a ese dolor un día espléndido de playa. Bañándome con los ojos en el horizonte de las costas de África traté de buscar algo positivo en tamaña crueldad. Veía a la gente jugando a las paletas en la orilla, a niños con tablas de surf, a familias enteras con sus neveras y no entendía nada.

Hoy los periódicos reflejan historias concretas. Una madre que exigió a quien vino a socorrerla que se olvidara de ella y se ocupase de su hija, mientras se retorcía entre hierros quemados. Unos bomberos que acudían a ver a una niña al hospital tras rescatarla horas antes de entre la chatarra. Cientos de socorristas, bomberos, enfermeros emocionados por lo vivido. Psicólogos tratando de dar un consuelo imposible.

Me quedo con la madre entregando a su hija.

En este sinsentido de la vida, el ser humano siempre da lecciones de cómo es posible vivirla con gallardía y dignidad.

Que nunca olvide esa niña lo que su madre hizo por ella. No puedo imaginar nada más hermoso. Ella se llamaba Amalia Filloy Segovia, salmantina.

En ese instante de generosidad ella me ofreció la respuesta a las preguntas que yo me hacía bañándome en la playa.

jueves, agosto 14, 2008

Decir que sí

En esta vida hay que decir siempre que sí.

No hablo del sí de los tontos, sino el de los vividores.

Los años te van poniendo a prueba continuamente. En toda una vida puede haber no más de cinco decisiones transcendentales. Nadie nos avisa que se van a presentar, es difícil calcular siempre la importancia de nuestros pasos, cómo van a marcarnos, a definirnos como personas.

Ante toda disyuntiva inmediata, hay que decir sí.

Rebuscando, encontramos siempre tres mil argumentos para meditar, reflexionar, sopesar. La vida no espera.

En un momento de mi juventud pasé un apuro económico tremendo. Calculé quiénes de entre mis amigos tendrían actitud de ayudarme, y cuántos podrían hacerlo. Conté cuatro. Los cité uno a uno y les expliqué mi situación. Tres de ellos cortaron mis explicaciones y me dejaron todo lo que sus posibilidades económicas para veintipocos años permitían. Con el tiempo, a todos les devolví puntualmente su dinero y aproveché para decirles cuánto les agradecía su confianza. El cuarto me dijo que no.

Los años pasaron y el cuarto se acercó a pedirme ayuda. No dudé un minuto en decirle que sí.

A punto de cumplir 30 años un alto directivo de mi empresa me propuso, visitando la fábrica de Sevilla donde yo trabajaba, irme a trabajar con él a París. No dudé ni un segundo en decir que sí. Pude haberme equivocado, pero vivir tres años en aquella ciudad que ya considero parte de mí fue una de las experiencias más enriquecedoras. Amplié mi cultura, mi círculo de amistades, el dominio del francés y la visión del mundo.

Cuando mi familia me ha requerido, nunca ha tenido un no por respuesta. Cuando a nivel profesional me han propuesto para un cargo, nunca dije no.

Si me proponen un cine, una cena, un viaje, un libro, una conversación… siempre gano aceptándolo. Pierdo si miro la hora, la cartera, la programación de la tele o la vajilla por limpiar.

La vida es un río que fluye. La mejor forma de ser feliz es adaptarse a ese flujo sin tratar de ir poniendo barreras ni buscando sujeciones.

Se es más feliz diciendo sí.

domingo, agosto 10, 2008

Solzhenitsyn

Cuanto mayor es el nivel de confort de nuestra sociedad, mayor es el desasosiego ante la muerte.

Es lo único que he leído de Alexander Solzhenitsyn. La frase no es literal, sino producto de la retención que mis neuronas hicieron hace lustros de una entrevista concedida por el escritor ruso a un dominical español.

No sé qué nivel de desasosiego habría en él cuando a sus 89 años imaginase su muerte aproximarse, hasta saludarle hace unos días frente a frente.

El comunismo hubiese sido el sistema perfecto de no haber sido porque está pensado para el ser humano, y el hombre (genérico) no está pensado para desarrollarse en una colmena con las mismas celdas. El ser humano no es simétrico, es imperfecto; hay ambiciosos y pausados, elegantes y desastrosos, cultos y no curiosos, rebeldes, sensatos, austeros, desganados, brillantes, comprometidos, rencorosos, mundanos y provincianos, crápulas, religiosos, imbéciles, ausentes, pesados, encantadores e insoportables. Hay gente mala malísima. Buena de veras. Gente mediocre, personas sin sangre o con una pulsión vital altísima.

La revolución bolchevique fue una revolución justa, por una causa justa, por la más alta causa. Otorgar al hombre su derecho inalienable a ser tratado con equidad, igualdad de oportunidades y de derechos. El nuevo sistema comunista luchó contra los privilegios, dio oportunidad al débil, buscó la cultura para el pueblo, la sanidad universal, la dignidad del obrero.

Falló en el método, porque pensó en un hombre-máquina, en un hombre-bueno, en un hombre-no-humano.

Solzhenitsyn está recién introducido en la tierra. Ya trabajó la tierra rusa a fuerza de palos en su Gulag personal y terrorífico, por pensar diferente. Ya viajó fuera de su tierra, expulsado, deshonrado, tratado como un paria por los suyos.

Despertó desde el exilio a los bienpensantes que aún creían que en la Unión Soviética estaba la clave de la justicia social.

Una dura vida de reflexión. Una sociedad que le dolía, un ser humano al que intentaba comprender desde su experiencia personal de hombre que se plantea cómo no deben ser nunca las cosas.

Alexander S. no quiso lujo en su vida. El lujo da vértigo. Alexander quería justicia social y respeto a la diferencia. Gracias a él, Rusia es hoy un poco más humana y nosotros tenemos un pensamiento para él.

Un sevillano rinde hoy un tierno homenaje a quien conoció una vida tan rica, compleja y dura; a quien nos la supo explicar.

Vida dura como la tierra rusa que tanto quiso.

jueves, julio 31, 2008

Nagoya streets

Con dieciocho años ya andaba con mi tarjeta inter-rail dando tumbos por Europa, llegando al norte de Suecia, conociendo el muro de Berlín, fumando mis primeros pitillos en los cafés de Amsterdam.

Al acabar la carrera, mi amigo Quino se fue con una beca a una ciudad de tamaño medio cerca de Sao Paulo, Guarantiguetá. Aún recuerdo el contenido de una carta que me envió desde allí. ‘No imaginas, Salva, lo grande que es el mundo, la de gente que hay por aquí’.

En el 2001 fui por primera vez a Japón. Recuerdo que anochecía cuando el tren-bala hizo su entrada en la ciudad de Nagoya, donde íbamos a trabajar durante quince días. El tren apenas frena cuando entra en la ciudad. A una velocidad endiablada serpenteó entre bloques de apartamentos donde familias japonesas se dejaban ver a través de fachadas de cristal. Eran ventanas y ventanas iluminadas, que se sucedían sin respiro mientras yo apoyaba mi cabeza sobre el cristal del tren-bala. Se adivinaba gente, mucha gente, muchas vidas, mucha vida.

Cuando en mi primer viaje por Europa llegué a Copenhague, mi reflexión paseando en busca del camping de la ciudad era que, a fin de cuentas, el suelo estaba bajo mis pies, el cielo arriba y la gente era más rubia, más alta, pero hablaban por la boca y caminaban como el resto de los humanos.

Circunstancias laborales me hicieron vivir tres meses en Torreón, al norte de México. Hasta en dos ocasiones fui mil quinientos kilómetros más al sur para encontrarme en el D.F. Unos chavales que no subían dos palmos me persiguieron amenazándome con matarme en un Paseo de la Independencia concurridísimo.

Descubrir los básicos del ser humano en un tren, en un camping lejano, en una fábrica en Japón, en una carta desde Brasil, en un atraco en México.

Plantearse la inconsistencia y la fuerza de la naturaleza humana, el sinsentido de la vida que tanto amamos, la contradicción de ser tantos y a la vez tan frágiles.

Mientras duermo, muchas noches aparece ese joven que apoyaba su cabeza sobre la ventanilla de un tren-bala que abría en canal los hogares iluminados de las calles de Nagoya.

lunes, julio 21, 2008

El club de los vivos

Mi pérdida de la inocencia no fue con el sexo. A los trece años, a pocos días de las vacaciones de navidad, me enfrenté a la pesadilla de asimilar que ya nada sería igual. Mi madre tenía que pasar por el quirófano para que le extirpasen un pecho. Traté de sacar ingenuamente de mi padre una confirmación de que eso no podía ser cáncer. Pero él no me dijo que no.

Tal vez detectado veinte años más tarde hoy siguiese viva. Las investigaciones médicas, los avances farmacéuticos y de técnicas operatorias han conseguido aumentar pausadamente el porcentaje de pacientes de cáncer que dejan de pertenecer al club de los sin vida.

Desgraciadamente el peor escenario para una persona a la que comunican un cáncer es cómo la sociedad inmediatamente deja de considerarle un miembro del club de los vivos. Sabemos que nos puede tocar a cualquiera de nosotros. Las estadísticas son tozudas. Según los años y las fuentes, se habla de uno de cada tres, del treinta por ciento, de una cuarta parte, pero las posibilidades son muchas de que algún día nos toque pasar por el trance de enfrentar nuestra suerte o la de alguien próximo a la palabra maldita.

Viven entre nosotros. Se colocan pelucas, pierden kilos, se agarran a nuestras manos pidiendo caricias mientras miran al techo esperando que la próxima revisión vaya a ser distinta, que las células asesinas que le comen por dentro van a aparecer muertas en los informes futuros y que poco a poco el pelo volverá, la cara tomará color y los tratamientos se irán suavizando hasta poder llamar de nuevo al club de los vivos.

Se teme nombrarlo. Murió de una larga enfermedad. Se teme preguntar por conocidos que lo padecen. Mejor no conocer detalles. Tememos tocarnos nuestro cuerpo pensando encontrar algún ganglio, alguna muestra de células asesinas. Mejor imaginar que con nosotros no.

Mi pensamiento hacia quienes se sientan fuera de este club de los que vivimos en aparente sintonía con nuestro cuerpo. Por todos los que se afanan por disimular los efectos de la quimioterapia para no preocupar más de la cuenta. Los que tratan de sacar sonrisas de donde no las hay. A los padres, hermanos, amigos, hijos, abuelos, compañeros de trabajo, primos, conocidos de los miembros de ese club maldito. Cientos de miles en España, millones y millones en el mundo, que gustarían sentirse uno más entre nosotros, entre los que se creen inmunes a la muerte y no miran, no preguntan, no escuchan.

En estos años la historia de una mujer de cuarenta y tantos años a la que detectan un bulto en el pecho, será sin duda una historia dolorosa, pero no tiene por qué terminar en negro.

Mi pensamiento para los que se aferran a la vida. Porque esta vida es de todos y hay que acabar como sea con los clubs que pretenden apropiársela.

A mi madre, una joven mujer de cuarenta y pocos años, la vimos luchar por no mostrar dolor a sus hijos, usar pelucas con toda la dignidad, pintarse las cejas para hacer ver que todo iba bien. Mi madre no pudo luchar contra una maldita célula asesina que se escapó camino arriba por su cuerpo machacado por radiaciones, operaciones y medicamentos. Tras cuatro años de lucha, nos tomó la mano a cada hijo para decirnos que cuidásemos de nosotros, de nuestro padre, de nuestros hermanos… Su lucha digna nos hizo a todos los que la conocimos más humanos, mejores personas y entendedores de lo que es un paciente de cáncer.

Un miembro más del club de la vida.

miércoles, julio 16, 2008

Injusta belleza

Cuando hablamos frente a frente vemos carne, pelo y ojos en el otro; cuando recordamos a alguien se nos viene a la mente una figura, una expresión, un rostro. Hacemos fotos de masa humana, vestida o sin vestir, para almacenarlas en bibliotecas de recuerdos más o menos visitadas.

Nos desarma una sonrisa de dientes blancos simétricos y desconfíamos del bizco, del calvo, del gordo. Unos ojos azules ganan puntos, unos centímetros de más también. Más barriga los quitan, más pecho los dan.

Ante dos personas mediocres, damos nuestra confianza a la mejor trazada por la naturaleza.

Quien es guapo lo sabe y lo utiliza, y está en su derecho de hacerlo.

¡Qué enlace más alejado con lo que hay realmente en nuestro interior! Extraño juego el de ese caparazón que arrastramos con suerte dispar, que nos define, determina, encorseta. Gente que siente como cárceles su cuerpo, como castigo sus facciones.

Tampoco al nacer se nos permite elegir nuestro intelecto, sensibilidad o fortaleza de carácter, aunque son cualidades quizás menos complicadas de trabajar o justificar, de hacerlas evolucionar sin ser rehenes de una mesa de quirófano.

La persona guapa tiene un don. No es posible negarlo. En ella está el saberse con ese talento y usarlo bien.

Del mismo modo que la belleza aporta felicidad y autoestima, conlleva consigo una maldición. Y todos la conocemos: Cuanto más hermoso es alguien, más duda tendrá esa persona acerca del verdadero amor con que el mundo exterior le obsequia.

Cuanto más sublime la belleza, más frágiles los cimientos del cariño desinteresado recibido.

viernes, junio 20, 2008

La sonrisa rumana

Fue en 2002 cuando hice mi primer viaje a Rumanía. Calculo que luego he vuelto unas siete u ocho veces. Siempre por razones de trabajo. Hace un par de días volví del último.
Atravesar las arterias que llevan al centro de Bucarest fue esa primera vez un shock de hormigón sucio infestado de ventanas rotas cubiertas con plásticos verdes. Hacía frío y una capa inmóvil de niebla estaba instalada por cada rincón.
La primera tarea que tienen que aprender los rumanos es sonreír, nos decía el pasado martes un colega francés, Claude, residente desde hace unos años en la ciudad de Pitesti.
Hubo un paréntesis entre mi última estancia en Rumanía y el viaje de esta semana. Aterricé en el aeropuerto de Bucarest ávido de ver por las ventanillas del coche un país evolucionado, aunque las carreteras sin asfaltar, las vestimentas de hace 30 años, los talleres destartalados al borde de cualquier camino, la falta de señalizaciones y de respeto a las normas básicas me han llevado a pensar que el milagro no es tan sencillo.
Hablar con un rumano en su tierra es, casi por norma, hacerlo con un témpano de hielo. Transmiten tristeza, tardan cinco minutos en decirte que ganan una miseria, reniegan del país y agachan la mirada.
No es un país educado, ves que no saben decir gracias, aguardar el turno en una cola, conducen como si no existieran otros coches, son rudos al hablar.
En el pueblo rumano se observa una especie de sedación ante la vida. Se mueven lentos, miran con desconfianza.
Cierto lo que decía Claude.
No saben reír.
Rebuscando en mi memoria, los rumanos me recuerdan a gente que yo he conocido con familias desestructuradas e infancias infames. Me planteo si estas familias rotas con padres aterradores e intrusivos se pueden generalizar a países. La gran familia rota de Ceaucescu.
¿Hasta qué punto veinte años después de su muerte la gente sigue con el miedo en el cuerpo?, ¿cómo de fuerte pudo ser la amenaza continua, la falta de respeto a la persona, la prohibición de la iniciativa?, ¿hasta cuán dentro puede llegar el que te extraigan de lo más íntimo el placer por un paseo y una charla?, ¿cómo de lejos puede dañarse a una sociedad a la que se le cuentan mentiras inverosímiles?, ¿qué antídoto existe contra la desgana por progresar?
Las cifras dicen que el PIB de Rumanía crece por encima de 5 desde hace un decenio. Se ven cochazos de vez en cuando, inauguran fuentes de colores, hay algunos hoteles más…
Soñaré que en algún próximo viaje a Bucarest aterrice en un país donde, a pesar de los baches y el hormigón sucio, la gente se sonría sin miedo ni complejos cuando les pare por la calle para preguntarles qué camino tomar para llegar a mi hotel dándome un paseo.

domingo, junio 15, 2008

Irreversibilidad

Las aulas de la Escuela de Ingenieros me daban mucho margen para la reflexión. Es jodido que las carreras universitarias sean tan estancas, castradoras de todo lo que no case bien con la salsa de sus Planes de Estudios. Poco humanistas las ingenierías, poco técnicas las humanidades… cuando un ingeniero sale con su título bajo el brazo tiene muchas posibilidades no ya de no saber redactar un informe con soltura y sin faltas de ortografía, sino de escasear de mano izquierda, de capacidad para relacionarse con equipos multidisciplinares o, a la experiencia me remito, de arte para contar las cosas y para vivirlas bien.
A falta de ese punto de base metafísica en mi Escuela, ésta debíamos encontrarla entre las fórmulas de mis apuntes o en las charlas magistrales de algún catedrático que se deslizaba del mundo de la Mecánica de Fluidos hacia el de la fluidez de las relaciones humanas.
Una de las grandes magnitudes de la Física-Metafísica la encontré en esas clases. Se llamaba Entropía. Se resumía en una S. Era la medida de la Irreversibilidad. La tendencia de todo sistema al desequilibrio y la imposibilidad de recuperar el estado inicial. La variación de entropía siempre es positiva. Es la medida de la no vuelta atrás.
Recuerdo el ejemplo de unas bolas. Las ordenas y las mueves. Nunca volverán a recuperar su estado inicial. La imposibilidad de ir a un viaje con amigos y volver a repetir el mismo viaje.
Es un principio, una Ley de la Termodinámica.
En esta Ley reside una de las claves de la vida. El principio del no retorno. Todos los tiempos pasados son pasados, todas las fotos reflejan un imposible. Ya nunca igual.
Morimos a cada minuto, vamos dejando vidas imposibles de volver a vivir. De ahí la importancia de los pasos bien dados, para que esa irreversibilidad no nos lleve por caminos tan extraños que no sepamos volver a un punto de partida de un mínimo contenido ético. Quien es cabrón, quien no es humilde, quien pisa por subir, quien no sabe devolver una sonrisa, quien cierra los ojos a la vida no cae seguramente en la cuenta que la entropía lo domina todo, y que cuando se abandonan estados de equilibrio para avanzar ya no hay vuelta atrás. Se vuelve de otra manera, pero la entropía no permite corregir del todo los errores. Lo hermoso de la vida es saber que caminamos hacia adelante y nos vamos haciendo a nosotros mismos. Lo duro de la vida es que la física ha encontrado una fórmula para decirnos que no es posible el paso atrás.

jueves, mayo 29, 2008

Higiene colectiva

Fue en una cena en casa. No hay charla estos días que no se precie de hacer un repaso a la situación económica. Todos estamos en mayor o menor grado afectados. Una amiga rompe la conversación para decir que se alegra.
De la crisis.
Habíamos llegado a un punto en que nos estábamos volviendo excesivamente tontos. Una gran parte de esta sociedad consumista en que habíamos degenerado compraba por comprar. Y una parte importante, como en toda sociedad enferma, fardaba de sus compras.
Nuevos ricos que no aprecian el esfuerzo, porque el esfuerzo es de los tontos. Sociedad que no aprecia el saber, porque el saber no da dinero.
¿Quién va a estudiar una carrera universitaria si se hace más dinero especulando?, ¿para qué esforzarse en ganar en profesionalidad si el rey del mambo es el que se forra montando cocinas en promociones de lujo?
Mis tres años en Francia me sirvieron para ver España desde el otro lado del espejo. Sufría la contradicción de constatar cómo desde lejos se nos veía como una sociedad triunfadora, pujante. Pero desde la distancia confirmaba el éxito de los programas del corazón, la falta de debates en la televisión, el ansia por hipotecarse en segundas viviendas (yo el primero, nada más volver a Andalucía). Desde París veía los cimientos de arena.
Aprendí a bases de cenas tranquilas en Francia con buenos vinos del Loira que en España vivíamos acelerados y que las conversaciones eran frugales, los intereses también. Al menos, más de lo recomendable.
Ahora se nos cae el telón en medio de un escenario desbordado de figurines y la camisa no nos llega al cuerpo.
Hemos perdido grandes oportunidades de enfocarnos como sociedad (no todo es culpa del gobierno de turno) para crecer. Crecer en recursos, en sabiduría y en aprecio por las cosas realmente importantes.
Se nos desmonta el chiringuito y una amiga nos interrumpe la cena para decir que se alegra.
Ahora toca sanar.

martes, abril 15, 2008

¿Vivir deprisa?

En el subconsciente colectivo de nuestra sociedad está instalada una cierta admiración inconfesable por el estrés. Cuanto más contemos el poco tiempo que tenemos, más altivos nos mostramos, nuestra vida se presenta como más llena e interesante, la imagen sube como la espuma.

Perdona, llego tarde a pilates; disculpa, tengo un curso de cocina; no puedo quedar contigo hasta dentro de dos jueves; tengo un máster los martes tarde; salgo del trabajo ya de noche, entro de madrugada, almuerzo como los pavos; tengo que ir de compras, que pintar la casa, que reamueblar el salón; tengo que salir, tengo que volver, tengo que encontrar un hueco, que llamar a mis amigos, que ver algún día a mi padre, que encontrar un minuto para llamar a mi hermana; a ver si consigo verte antes del verano, a ver si consigo verte, a ver si…

Vivir lento es la clave. Aún aunando actividades y organizándonos la vida para seguir creciendo, aprendiendo y proyectándonos en los demás.

Vivir deprisa no es una virtud. No puede serlo.

Saber dormir leyendo un libro cualquier día de la semana.

Prepararse un té y bebérselo hasta el final mirando un cuadro.

Pasearse la ciudad al anochecer sin objetivo.

Escuchar. No tratar de buscar contraejemplos para rebatir, sino escuchar.

Decir que sí a una cerveza cuando un amigo lo pide de corazón. A freír espárragos el pilates, los cursos de cocina, los másters, las compras… cuando un amigo te pide una cerveza.

Preparar una cena a la persona amada y mirarle a los ojos. Saber mirar a los ojos para decir aquí estoy.

La vida es esta cena y yo aquí estoy.

lunes, marzo 31, 2008

La autoestima de Andalucía

Cuando desde fuera se acusa a Andalucía de indolente es como si agrediesen a mi propia familia.
Que me duela Andalucía no responde a un nacionalismo que pudiese ser respetable, me duele porque es la tierra donde nací.
Si en algo considero que educa Andalucía a los que nacemos en ella es en entender el verdadero sentido de la vida. Tener vidilla.
Cuarenta años de vida muy viajera me han permitido concluir con esta reflexión. Entender la vida, saber decir las cosas, tener mano izquierda, no asustarse por tonterías, reírse de uno mismo, desmitificarlo todo.
A Andalucía me gustaría, sin embargo, verla crecer.
Cuando una persona quiere progresar, debe aplicarse una receta muy sencilla: Creer en sí misma. A partir de ahí, quererse. Una vez uno se quiere, no sólo cree en sus posibilidades de evolucionar, sino que lo hace.
Siento que a Andalucía le falta autoestima. Hablamos alto en los bares, a gritos, contamos chistes para enlazar una conversación con otra, presumimos de nuestras ciudades como las más hermosas, de nosotros como los más simpáticos.
Falta, por el contrario, una sociedad organizada y laica, no todo puede quedar estructurado en torno a hermandades religiosas o casetas de feria. Una sociedad construida para reivindicar que nuestra cultura es ancha, para promover nuevos retos.
Andalucía necesita una mayor cultura del rigor, que no sólo debe enseñarse en las escuelas, pero que debe arrancar en las escuelas. Si a nuestros hijos no les enseñamos que tirar un papel a la calle es incorrecto y sucio, que gritar en un bar es desagradable, que saltarse los semáforos no es legal, nos faltarán los básicos. Nuestro pueblo necesita una educación basada en la conversación, el análisis y, cuesta reconocerlo, la ejemplaridad de los mayores.
Se escribe mal, se lee poco y nuestras conversaciones de cada día abundan en la superficialidad, en lo que no queda, en la nada.
Sueño con una tierra en que los obispos pierdan fuerza en favor de los científicos, que las tonadilleras se representen a ellas mismas, donde no sea lo habitual saber de toros, ni contar chistes, ni beber en botellón.
Soñar es gratis y confío que algún día Andalucía sepa aunar su grandeza de entender la vida con la humildad que implicaría saberse aún huérfana de autoestima.
Saber que somos muy imperfectos, para querernos mucho y luchar por mejorar.
Ojalá no sea cuestión de generaciones.
Seguro que no.

lunes, febrero 18, 2008

Nuestro mundo político

Vivimos un período de elecciones en que se nos bombardea por los diferentes medios, periodísticos y publicitarios, con mensajes políticos.

Es difícil no sentirse algo estafados por esa sucesión de promesas vagas en una carrera feroz por el quién da más.

Todos nos sentimos de alguna manera más cercanos a algún líder o espectro político, aunque sea difícil encontrar aquél que colme nuestras aspiraciones.

La política es difícil, tener en cuenta todos los factores que confluyen en la dinámica de una sociedad y construir un mensaje creíble, factible y sano no es cosa fácil; pero hay que reivindicar la política como necesaria y a los políticos como personas válidas. Un buen político, en esencia, es o debe ser una persona implicada, comprometida y generosa. Debe serlo porque está poniendo muy alto en su escala de valores el bien público. Salvando excepciones, la gran mayoría de los políticos luchan por ideales en los que ellos consideran que se deben sustentar las reglas para hacer de la nuestra una sociedad más justa.

En esta situación hay algo que me molesta especialmente y de lo que todos alguna vez hemos pecado: dar por supuesta la afinidad política en el otro. Ridiculizar a Zapatero, a Rajoy o a Llamazares, a los de derechas o a los de izquierda, a los nacionalistas o a los que no lo son, cuando estamos en reuniones de amigos, compañeros de trabajo o simplemente conocidos, en las que no necesariamente sabemos cómo respira el otro.

Creo que no nos debemos permitir el anatemizar a ningún líder político en público por respeto a quien puede no compartir esa opinión. Salvando el reducido círculo de las personas más íntimamente unidas a nosotros, dar por supuesto en el otro determinadas afinidades políticas es un gran error.

La verdadera democracia es poder opinar teniendo en cuenta siempre que quien se toma el café o la cerveza con nosotros tiene tanto derecho como tú a creer que la suya es la mejor opción política.