jueves, junio 30, 2016

Noches

Hace algo más de un mes que hago mucho deporte, no duermo por las noches de un tirón y compro más ropa que nunca.

Tal vez es la reacción inconsciente de un ser humano ante la muerte de un padre bueno, un impulso extra de vida, negación de la degradación y protesta incontrolable ante la impotencia de no poder retener entre mis manos a quien me colocó en este mundo de locos.

Despierto por las noches sin terror ni angustia. Me giro, me coloco bocarriba y adivino el techo en la oscuridad silenciosa, repaso escenas sin sentimentalizarlas y trago saliva para no despertar al amor de mi vida.

Nunca supe qué era el insomnio y sé que volverán los plácidos sueños de despertarse con la luz del sol. Hay calma, sin embargo, una tranquilidad suprema que no sé qué período de mi vida presagia, como si en cierta forma me hubiese vampirizado y entendiese claves inexplicables que me acercan a la esencia de lo que existir implica.

No sé cuándo aterrizaré de estos vuelos a otro mundo que no era el mío, ni en qué momento dejaré de hacer flexiones como si mi cuerpo fuera a arrugarse de no hacerlas; aun siendo consciente de que debo volver a sintonizar con la mirada de los otros, las conversaciones cerveceras, las noticias del telediario, los reproches laborales, las neveras llenas, las cenas prometidas, las risas que entendía, los papeles ordenados, las canciones que me gustan, los sonidos que ahora no escucho, las rutinas tontas que me hacían tan feliz.

lunes, junio 27, 2016

Español

Rajoy se asoma al balcón de Génova y se oyen gritos de 'yo soy español, español, español'... y yo me pregunto: ¿de qué país soy yo?

Un grito del nacionalismo más rancio, casposo y futbolero para cantar que ha ganado un partido de corruptos.

Confieso que anoche viví con alivio el batacazo de Podemos. No quiero un país dirigido por un egocéntrico prepotente que tiene como modelo económico el chavismo y que quiere repartir pagas universales sin saber de dónde sacar el dinero. España merece mucho más. La política es más compleja que cuatro eslóganes.

Pero, ¿dónde están esos políticos que reclamamos? ¿Dónde el líder que nos presente las cuentas al detalle y sus proyectos construidos de justicia social? ¿Dónde el que consiga emocionar nuestro intelecto y no nuestras tripas?

Respiraba aliviado al ver la cara de Pablo Iglesias consternado y me enfrentaba desde mi sofá a un desfile de banderas españolas en la calle Génova.

¿De qué país soy yo?

miércoles, junio 22, 2016

Ámsterdam

Este verano vuelvo a una de mis ciudades fetiche: Ámsterdam.

Siempre me prometo conocerla en invierno, pero siempre acabo volviendo en verano, cuando una marabunta de gente escandalosa la pasea como un parque de atracciones.

Es igual. También me gusta Venecia a pesar de las multitudes cruzando el puente de Rialto o Estambul y las aglomeraciones del Gran Bazar.

Iremos con mi hermana Raquel e Iván; ya tenemos los billetes de avión, los hoteles y los pasajes de tren que nos permitirán comenzar la ruta en la coqueta Lille, para atravesar territorio belga en múltiples paradas por Bruselas, Gante, Brujas y Amberes.

No sé quién está más ilusionado, si los que van por vez primera o quienes repetimos por enésima vez este viaje por ciudades empedradas llenas de canales donde las cervezas casi se mastican.

Sueño con el rato que pasaremos viendo el políptico del Cordero Místico de Van Eyck en la catedral de San Bavón gantesa, o con las carreras que se pegará Iván en el parque Leopoldo de Bruselas mientras buscamos la pagoda, o la cena que nos tenemos prometida en el Kleine Zavel de Amberes desde que lo descubrimos hace años. O volver a hipnotizarme con la diminuta lechera de Vermeer en el Rijksmuseum.

Viajar también es anticipar los días que se disfrutarán.

La otra noche, esperando en la barra de un bar a unos amigos, no pude sustraerme a la conversación de dos mujeres. Hablaban de organizar un viaje e iban descartando ciudades sin contemplaciones:

-Ahí ya he estado.

Haber estado es un argumento muy endeble para desechar una nueva aproximación, seguro que sorprendente, a las ciudades que un día te enamoraron.

viernes, junio 17, 2016

Vestuario

Entreno en un gimnasio muy pequeño de la calle Rosario. Tan pequeño, que el vestuario tiene capacidad para 4 taquillas y no más de 3 personas al mismo tiempo. Tan apretujado todo, que si abres la puerta apareces retratado en medio del local.

Reconozco que soy excesivamente pudoroso. No haría nudismo ni en una isla desierta, por si acaso. Es algo que no sé de dónde me viene, pero me gustaría corregir.

Una gran cantidad de los tipos que acuden al gimnasio, tras cambiarse, la mayor parte de las veces sin saludo previo ni despedida, sale por la puerta del vestuario y se va, dejándola abierta de par en par. Poco importa que el de dentro esté en pelotas, sea pudoroso o, simplemente, no se quiera ver en paños menores en medio de una conversación entre chicas.

Hay días, tras la ducha, en que me planteo realizar un análisis estadístico de la gente a la que le importa un bledo lo que le afecte a los demás, que ven a la gente con la que se interrelaciona como bultos con ojos o accesorios de baño.


domingo, junio 12, 2016

Lalola

Acudimos este viernes noche a la taberna animados por los comentarios entusiastas de una amiga muy de fiar en temas culinarios. Con la vespa, los pantalones cortos y muchas ganas de disfrute, nos plantamos en un restaurante de Los Remedios encerrado entre grandes bloques de hormigón.

Habíamos reservado previamente, pero nos colocaron en una mesa alta al tener el resto ocupadas por dos grandes grupos, bastante ruidosos.

Elegimos de la carta de vinos: 'Cortijo de los Aguilares', un tinto de Ronda que nunca defrauda. No tenían. El camarero, simpático, tomó un boli y nos tachó de la carta todos los que estaban agotados. Pedimos un 'Lalama', un gallego de la Ribera Sacra que ya habíamos probado otras veces. Al rato llegó para decirnos, apurado, que acababan de servir el último.

Preguntamos por aceitunas para picar algo mientras tanto.

-Ponnos el que tú veas. Un tinto rico, potente -le pedimos.

Entretanto pasó a explicarnos todos los platos que se habían caído de la carta. Mucho por memorizar. Cuando vino con un 'Predicador', caliente de estar a pleno ambiente de preverano sevillano, ya teníamos las ideas claras. Le rogamos por una cubitera con hielo donde meter la botella.

Pedí un salmorejo de aguacate, Fran una ensaladilla y unas sardinas en tosta para compartir. Unos fideos fritos con ternera del fuera de carta para terminar.

Seguían sin llegar las aceitunas.

Las sardinas eran, o sabían, a anchoas. Es posible que fueran sardinas marinadas, pero a mí no me gustan las anchoas, así que esperé a los fideos. El salmorejo estaba rico, pero tardé en averiguarlo porque me lo trajeron sin cuchara.

Cada copa de vino era un vaso de Colacao. Las aceitunas llegaron al tiempo que los fideos, que no eran fritos sino caldosos. Y conseguimos, al fin, la cuchara del salmorejo.

El camarero vino a preguntar qué tal todo.

Fran, con una sonrisa, le preguntó:

-¿De verdad quieres saberlo?

El camarero apretó los tacones y dijo que sí.

La crítica fue rotunda, pero constructiva. Pedimos para terminar, con la botella de vino casi sin comenzar, una tarta casera de galletas.

-De galletas, galletas... no es.

-No te preocupes, tráenos la cuenta.

No vino la cuenta, sino el propietario-cocinero a disculparse. Nos preguntó el detalle de las secuencias de la cena y lo suavizamos para no 'condenar' a nadie. Le aclaramos que veníamos animados por una amiga incondicional con el local.

-A esta cena estáis invitados.

-Ni mucho menos -respondí-. Nos habéis pedido opinión y os la hemos dado.

-Lo siento, pero ésta es mi casa y aquí mando yo. Y no vais a pagar nada. Yo he creado este espacio para que la gente disfrute.

Ya tenemos la reserva hecha para el viernes próximo. Iremos dispuestos a gozar de la mejor cena.

lunes, junio 06, 2016

Kitty

Limeña del 37, Kitty es una bella peruana chiquita de manos angulosas, hablar pausado y nariz pequeña de la que me había hablado con adoración mi amigo Fernando antes de conocerla ayer.

Embaucado por su conversación durante una cena de domingo, pude disfrutar del sabio arte de la escucha cuando a tu lado encuentras alguien que sabe romper el silencio con frases bien construidas de un pasado rico en experiencias.

Ella me habló de cómo decidió venirse a Europa por no seguir sufriendo mal de amores con un divorciado treinta años mayor que ella, animada por su madre, 'una muñeca de porcelana' que no sabía siquiera que para preparar el té había que prender el fuego; me contó de sus veintitantos años en Lisboa, de sus hijos y nietos portugueses y de un viaje inolvidable que hizo a Sevilla en los 80, cuando se alojó en un Alfonso XIII de camas tan altas que sólo podía llegar de un salto; de cómo entre tres mujeres muy jóvenes montaron la tercera agencia de viajes más grande del Perú.

Me pidió, con la belleza de la mirada de sus ojos curiosos, ayuda para conseguir un retrato que perdió, en blanco y negro, de la Macarena vestida de monja, mientras me hablaba de todas las vírgenes que decoran su casa de Miraflores.

Vestida con un traje azul turquesa de flores, peinada como una princesa, esta mujer de 79 años me explicó entusiasmada cómo viven los indígenas en el lago Titicaca, su viaje a Tasco, en México, 'una ciudad como un pesebre' y su boda en Tánger, ante la imposibilidad de que su portugués se divorciara.

Andaba preocupada por las elecciones de ayer en Perú, harta de ser gobernada por un 'cachaco' y mostraba una emoción indisimulada ante cada plato que le traían para probar.

Yo la escuchaba con avidez, sumergido en el incomparable placer de dejarte transportar por las palabras de quien lo ha vivido todo y aún tiene ganas de seducir.

viernes, junio 03, 2016

Le Mans

A Le Mans se llega en poco más de un par de horas de coche desde París.

Es un lugar coqueto para vivir, aunque difícil para un andaluz por su clima áspero; con una catedral fortificada sobre un montículo que impone su carácter, enredada entre calles de piedra donde se comen rilletes, un paté de cerdo tan rico como graso, delicioso para probar con un vino blanco de Sauternes; calles protegidas por unas murallas que defendían este viejo territorio de las Galias, enclave futuro de disputas entre católicos y calvinistas.

Sólo conocida por sus 24 horas, fue cuna del ferrocarril francés y es buena puerta de entrada para visitar el País del Loira.

Allí, a Le Mans, tuve que desplazarme innumerables veces cuando trabajaba en París. Con una enorme fábrica de transmisiones en pleno núcleo urbano, me lanzaron el encargo de participar en varios grupos de trabajo que trataban de llevarla a ser número uno de su sector en resultados de calidad. Fui bien recibido por una gente que habla un 'patois' difícil de entender para quien ha aprendido francés con fascículos de Planeta-Agostiini.

Tras la primera visita que hice a la fábrica, acompañado de mi jefe, me despedí de él para hacerme con la ciudad. Era un martes, aún hacía luz, y tenía todo Le Mans para mí. Él, sin embargo, me comentó con tanta torpeza como cortedad:

'El turismo es para los fines de semana, Salvador'.

Yo lo miré con cara rara, le dije hasta mañana y me lancé a la búsqueda de las rilletes a la sombra de la catedral.

miércoles, junio 01, 2016

Magia

Hans Castorp es un recién licenciado en ingeniería naval alemán de principios del siglo XX que acude a un balneario suizo, situado en lo alto de una montaña, junto a Davos, para visitar a su primo, Joachim, enfermo respiratorio crónico.

Con la cabeza llena de proyectos y la sangre caliente de su juventud, a Hans le asignan una habitación en el sanatorio para acompañar unos días a Joachim. Allí descubre todo un universo de personas sin grandes perspectivas de futuro que han conseguido ralentizar el tiempo. Conoce a gente maravillosa y mezquina de distintas nacionalidades, todos adinerados, la mayoría cultivados, que comparten desayunos, paseos por los caminos que bajan hacia el valle, baños calientes en sus saunas, discusiones políticas alrededor de café y licores, y cenas con bailes de salón, donde nadie habla de enfermedades y la muerte se presupone, pero se esquiva.

En ese balneario encuentra a Madame Chauchat, una joven rusa, maleducada de dar portazos, que lo embauca al perseguirlo con la mirada en cada encuentro.

Los días pasan y Hans Castorp, huérfano de padres, comienza a sumergirse en ese otro tiempo, narcotizado y perezoso, que adormece sus ganas de volver a la ciudad para construir la vida que se le suponía. Tanto es así, que comienza a simular toses ruidosas para, con la complicidad del médico del sanatorio, ser catalogado como enfermo pulmonar y poder entregarse sin excusas al espacio de esa Montaña Mágica.

Ése es el resumen que tengo en mi cabeza del comienzo de la grandiosa novela de Thomas Mann que me transporta, cada vez que pienso en ella, a los paisajes de un pasado que he creído vivir, a mi propio balneario. 

Llevo días retozando con historias de Proust, Gavalda y Vila-Matas, en una suerte de reencuentro con mis propios mundos en el que diseñar pócimas nuevas, enjuagues de melancolía y recetas de felicidad futura. Noches tristes y hermosas en que despierto sin sobresaltos cuando el mundo duerme para escuchar el silencio, para mirar al ser amado y poder encontrar, poco a poco, las claves para ingresar allí donde todo vuelve a cuadrar, en mi futura montaña mágica.