jueves, octubre 30, 2014

Herrera

En esta desagradable carrera hacia ninguna parte en que se ha convertido la cuestión catalana hay personajes que me desesperan con especial intensidad, y uno de ellos es Joan Herrera, el líder de Iniciativa per Catalunya, el político de imagen austera, con un cierto aire monacal, habituado a sermonear durante años desde el púlpito del Parlamento español a propósito de la ética universal que él creía personificar como representante de la izquierda no maleada, la verdadera, la que no mangaba ni mangará. Compartía tiempos con Gaspar Llamazares como batallador incansable durante toda la legislatura de Zapatero. Es decir, fue cabeza visible de votantes de izquierda de toda España en la lucha por una política social.

Discutible o no en sus argumentarios, parecía mantener una línea sólida de pensamiento y reivindicaciones.

Hasta que llegó el soberanismo, momento en el que se envolvió en la bandera para abandonar a su suerte a los oprimidos del estado opresor, por los que se supone que luchó con convicción, y se plegó a una causa patriótica de difícil defensa para alguien que se proclame deudor de los valores de la izquierda y la solidaridad entre iguales. ¿Puede alguien con esas convicciones poner en cuestión la redistribución de la renta que supone que la población de las regiones más prósperas contribuyan en mayor proporción a la caja común? ¿Que todos paguemos según nuestros ingresos independientemente del lugar en el que vivamos?

Oriol Junqueras es honesto. Él defiende, sin retorcer ninguna de sus convicciones, el derecho a la independencia de su pueblo; y con ese mensaje lo votan sus seguidores. No hay trampa.

Fue todo un despropósito el discurso de Herrera en el Parlamento español defendiendo el 'derecho a decidir', eufemismo de la defensa de un referéndum por la independencia; bombardeando desde la tribuna, en su base, los cimientos de nuestra convivencia en común, olvidando en su discurso la juventud democrática de una España que no se merece tales disparates por muy mala situación que esté pasando y muchos chorizos que estén entrando en prisión. Cuanto más hay que arrimar el hombro más traidor. La crisis como excusa para dar un corte de manga al pueblo.

Él interpreta que los votantes del cinturón de Barcelona buscaron en él a otro más que enarbolase las pancartas de la insolidaridad con el resto de los pueblos de España, sin darse cuenta que para eso los independentistas ya tenían a Junqueras o a la CUP.

Cada entrevista que he leído de él en los últimos años es un testimonio inmejorable más de cómo no decir nada con cara de cabreo. Cara de cabreo como pose.

Que la principal obsesión de este dirigente sea ejercer el derecho de autodeterminación es buena prueba más de la sinrazón que invade a los políticos de nuestro país. O del suyo.

lunes, octubre 27, 2014

Alcohol

Hay una expresión que me mosquea desde que tengo uso de razón: 'No necesito beber para divertirme'.

Quien te lo dice deja en la atmósfera la acusación no dicha de que tú sí necesitas del alcohol para pasar una noche entretenida. Entre otras cosas porque cuando se dice algo así es porque se quiere especificar que uno es distinto al resto y marcar territorio. Lo malo es que normalmente se cae en la contrarréplica de las explicaciones que justifiquen el hábito de tomar cervezas o cubatas por el simple placer de hacerlo, aludiendo a que uno está harto de currar o a que la vida son dos días; e, incluso, mientras digieres ese ataque de terciopelo te planteas si no eres realmente un alcohólico en potencia que no sabe socializar si no es apoyándote en una buena copa.

A mí me gusta beber. Porque me desinhibe, porque estoy harto de currar y porque la vida son dos días. Pero, fundamentalmente, porque me gusta; a sabiendas de que la necesidad no existe, y trato de convencer con argumentos racionales a aquéllos que lanzan frases tan inocentemente demoledoras. Porque es muy fácil explicarles que decir 'a mí, muchas noches, no me apetece beber' es mucho más elegante y respetuoso; porque, además, con el tema del alcoholismo es delicado jugar.

Me sublevan las reflexiones personales que implican conclusiones sobre los otros.

miércoles, octubre 22, 2014

Toro

No sé qué fascinación nos produce a los humanos la visión del peligro. A mí, al menos, me resulta hipnotizador, tal vez morboso, el sentarme delante de una pantalla a ver imágenes de situaciones comprometidas, desde un tsunami, a un vuelo sin motor o un encierro de los sanfermines. La explicación, en mi caso, puede que esté en mi espíritu tan poco aventurero. Soy cagueta por naturaleza, o quizás más bien por puro raciocinio. Me gusta tanto vivir que no quiero jugármela. No quiero romperme una rodilla haciendo esquí ni la crisma escalando una montaña.

Hay, en cierta forma, un sentimiento de admiración hacia el que disfruta la vida con ese empuje liberado de precauciones.

Estos meses un familiar mío se debate en una peculiar lucha por vivir. Ya de muy joven la vida le dio una buena cornada. Cuando las preocupaciones de los demás chavales de su edad era estudiar, echarse novia y salir de marcha, él ya sabía lo que eran las operaciones a vida o muerte y los diagnósticos tremebundos.

Ha tirado para adelante a pesar de todo, ha formado su familia y se ha rodeado de una esfera de cariño de aquéllos que ven en él lo que pudo ser de su propia vida de haber sido trincado por el toro.

Hoy vuelve a verle, tan joven, las orejas al lobo y los que están cerca no pueden sino rodearlo de afecto.

Recuerdo los sanfermines de este año. Un toro resbaló en la famosa curva de la calle Estafeta. Cuando se incorporó le echó el ojo a un joven gordete y se fue a por él. Lo reventó a cornazos, lo estampó contra la barrera y lo revoleó a diestro y siniestro. Cuando por fin lo soltó, el chaval corrió como pudo buscando cómo salir. Pero no le dio tiempo. El toro, en medio de la muchedumbre, lo volvió a localizar y se fue de nuevo hacia él para darle otra paliza. No sé qué será de la vida de ese hombre, pero el susto ya lo tiene de por vida.

Hay gente a la que le toca que le mire el toro, mientras el resto observamos desde la barrera animando al atropellado para que se recomponga y huya del peligro, mirando en ese espejo de la fatalidad en el otro la naturaleza cruel de la vida que, una vez más, pasó por nuestro lado.

miércoles, octubre 15, 2014

Loden

Al entregarle el otro día un par de detallitos neoyorquinos a Iván en casa de mi padre -qué felicidad produce traer regalos a un niño-, le vino al abuelo a la cabeza una escena que para él seguro que también fue muy tierna.

Yo era un renacuajo y estábamos de paseo por el centro, los dos a solas. Él me metió en el Corte Inglés y le dijo a una dependienta que me pusiera ropa nueva de los pies a la cabeza.

Zapatos, calcetines, ropa interior, pantalones, camisa... y un loden, en miniatura, de la época.

Imagino la escena llegando a casa, con mis gafas de culo de vaso, mi bizquera y un padre encantado de traer al niño a casa como un pincel. Imagino también la sonrisa de mi madre y los achuchones. E incluso el juego de seducción entre ellos dos usándome como excusa...

Qué pena no tener memoria para poder traer con claridad a mi cabeza una escena que no estaba más que en los recuerdos del abuelo de Iván.

Se la robo.

domingo, octubre 12, 2014

Memory

Intentaba reservar por teléfono en el 'Top of the Standard', un bar-restaurante neoyorquino con espléndidas vistas al downtown de Manhattan que teníamos ganas de visitar al relacionarlo (acertadamente) con la escena de Shame, la célebre película de Steve McQueen, en la que Carey Mulligan canta New York, New York acompañada del piano.

Al otro lado de la línea me atendía un señor amable, que escuchó mis disculpas por mi pobre inglés, al que solicité una mesa para esa misma noche de domingo. Había sitio y sólo nos apuraba en la hora de llegada para adaptarnos al horario de la cocina.

Todo iba bien hasta que empezó a solicitarme o explicarme algo acerca de un código nosequé: 'code'. Imaginé que sería una contraseña para confirmar o bloquear la reserva, así que agucé mis oídos para entenderle. Me repetía frases una y otra vez que yo no comprendía; el bloqueado era yo, no la reserva, así que decidí poner toda mi atención en anotar las letras que me iba diciendo con toda su paciencia... La t, la r, la a, la j... ¿traje? Y le pregunté en español: ¿traje?

Yes, sir.

Tuvo el detalle de buscarme la palabra en español. Entonces comprendí lo del 'code'. Era el código de vestimenta. El 'dress code'. Había que ir con traje y zapatos no deportivos.

No sé qué es lo que me falla a mí con el inglés, si la inteligencia o la memoria. Llevo no sé cuántas clases, intercambios, cursos a distancia, métodos on-line, novelas originales, artículos del NYT... y sigo quedándome paralizado al escuchar a un recepcionista, una camarera o el vigilante de un museo hablarme de sopetón. Me vuelvo rígido y todos mis conocimientos se diluyen como azucarillo para volver justo un rato después, cuando ya no tiene arreglo y empiezo a entender qué me quiso decir y cómo pude interpretarlo...

Mi esperanza es saber que un día llegué a aprender francés, aunque tuviese que pasar tres años viviendo en París para que mis perezosas neuronas se hiciesen a otros 'códigos'.

sábado, octubre 11, 2014

Agravios

Aunque afortunadamente las relaciones de amistad fluyen a lo largo de toda una vida, con entradas y salidas, modulaciones, cimas y simas, sí es cierto que conforme pasan los años se van estabilizando los nombres, los números a los que llamar y se van asentando en nuestra cotidianeidad personas a las que consideramos parte de nosotros.

Siendo o no conscientes o coincidentes con este razonamiento, lo cierto es que parece no haber edad ni madurez suficiente para terminar de una vez con el listado diario de agravios a echar en cara a nuestros amigos, incluso hacia aquéllos de los que no tenemos ninguna duda acerca de su amor por nosotros. Somos jodidos los humanos, yo el primero.

Debería ser un ejercicio muy sano el saber desligar la lealtad de la inevitable imperfección humana. Mensajes no respondidos, comentarios desafortunados u olvidos 'imperdonables' son daños colaterales necesarios de asumir sin perder los nervios. Simplemente es cuestión de ser asertivos y criticar a la cara, las veces que haga falta, las meteduras de pata de aquellos amigos a los que decidiste, de forma más o menos consciente, ir integrando en tu vida.

No creemos tan grandes expectativas hacia los demás que nosotros no seamos capaces de cumplir. No tenemos el derecho de poner listones tan altos a los demás como los que, voluntariamente, nos ponemos a nosotros mismos. Nunca seremos todo lo ejemplares que se requiere como para dar lecciones. A cada agravio, una queja. Directa y sin rencor, con el calor del amigo. Sería el primer paso a dar para comenzar a entender qué no gusta de nosotros en el otro.

No es fácil. No.

lunes, octubre 06, 2014

Broadway

Hay muchos momentos en que mi curiosidad se lamenta de que el período de una vida humana sea tan corto respecto a los tiempos de cambio en una sociedad, incluso en ésta loca y acelerada que nos ha tocado vivir.

Fue en 2003 cuando aterricé por vez primera en esta deslumbrante ciudad de Nueva York; los recuerdos son suficientemente cercanos y el tiempo transcurrido significativo como para poder confirmar que ha habido evoluciones en esta inmensa urbe que me hacen presagiar un futuro mejor en determinadas materias que me conmueven.

Es una ciudad dura. Mucho. No hace falta viajar aquí para saberlo, aunque cuando te enfrentas en las estaciones de metro o en cualquier rincón de un parque con la mirada perdida de tantos desheredados, entonces confirmas que esta capital del mundo es un reflejo potenciado de los excesos, desequilibrios y egoísmos de un ser humano que no ha sabido, tal vez podido, estructurar con más sentido el hormiguero que conformamos.

Hay, sin embargo, pinceladas que me hacen creer que sí, que la esperanza es posible, aunque sé que no viviré para confirmar que esa familia negra que vi hace unos días en un musical de Broadway, y que espero serán dos en otros diez años, no será algo en lo que fijar la atención; porque cuando me emocioné en mi primer viaje viendo Nine, no pude sustraerme a presenciar el blanco uniforme del gallinero y el negro absoluto de los acomodadores.

Ya la línea C que lleva a Harlem no es sólo afroamericana a partir de la estación 96, ya encuentras hispanos enchaquetados camino de Wall Street.

¿Qué Nueva York encontraré en mis viajes de senectud?