domingo, noviembre 29, 2015

Amar

Soy de los que piensan que produce más felicidad regalar que recibir regalos, que no hay placer como el de entregar y entregarse.

Tengo la fortuna de conocer el amor con mayúsculas, el de sentir que soy deseado, cuidado, admirado, respetado y escuchado, del mismo modo que comparto mi vida con alguien que provoca los mismos efectos en mí.

Sé que amar se debe conjugar en primera persona. No vale amar con idea de recibir nada a cambio, ni puede combinarse con miedo al futuro, a la soledad o a la pérdida de atractivo. No se puede querer con estrategias ni dosificar los afectos si se quiere de verdad. 

Hay sólo un camino, que pasa por estar convencido de la eternidad de la relación a la que uno se entrega. Pensar que cada día es único, que no hay postergaciones posibles para sorprender ni preguntas que guardarse acerca de las inquietudes e ilusiones del ser amado.

El amor es cursi. Sí. 

El amor es de colores pastel y dientes blancos. Es de nubes de algodón y edredones calentitos. Es de cosquillas en el estómago y desayunos compartidos. De caricias por debajo de la mesa y magreos en las siestas. Es de wasaps en reuniones, de caprichos en el súper, de cenas invitadas, de viajes sorpresa, de despertarse en la noche para mirar cómo duerme quien te lo da todo. 

Amar es reírse de la muerte, es acompañarse sin hablar y reñirse los despistes de siempre, es adivinar reacciones, adelantarse a los miedos, anticipar alegrías, compartir amistades.

Amar es darse sin parapetos. 




viernes, noviembre 20, 2015

Umbral

En una mañana bastante movida en la fábrica, hubo un momento en el que me vibró el móvil por un motivo que nada tenía que ver con el trabajo: una aplicación de noticias ofrecía un titular que informaba de un secuestro yihadista de 170 personas.

Abrumado por la noticia hice un aparte en la reunión de grupo que mantenía en una de las líneas de producción para abrir el icono que hacía referencia al secuestro. Cuando la página se desplegó y leí que el ataque terrorista se había producido en Mali mi cuerpo, instintivamente y muy a pesar de mis principios, se relajó.

Es duro asumirlo, pero cuando me llega esta terrible noticia de un país que no sé siquiera si lleva tilde en la 'i' a mí no me bate el corazón de indignación, o de dolor, igual de fuerte, por mucho que me entristezca.

Reconozco que eliminé de entre mis 'amigos' de Facebook, en los días posteriores a la masacre de París, a una chica que despotricaba contra aquéllos que habían superpuesto su foto de perfil con una bandera de Francia. ¿Quién es nadie para decirnos cómo tenemos que empatizar con el sufrimiento de los demás?

Nadie, en su sano juicio, puede alegrarse de los 27 muertos que anuncian a esta hora en el hotel de Bamako; del mismo modo que se entiende que no me puede doler igual la muerte de un compañero de mi fábrica que el de otro que trabaje en mi misma empresa en Corea del Sur.

Tenemos necesidad de colocarnos umbrales altos de dolor para no sucumbir a las miserias de noticias desgarradoras como éstas para no deambular por nuestro día a día con el corazón en un puño y la esperanza por los suelos.

Yo bailé en el Bataclán, y cené por las terrazas de République, y he visto cien películas francesas, y ha paseado enamorado por la orilla del Sena. Nadie me puede decir cuánto he de sentir una masacre u otra. El desprecio es el mismo, pero el umbral del dolor es regulado por nuestros instintos, aquéllos que se nutren de emociones vividas y recuerdos.

lunes, noviembre 16, 2015

Singles

Recuerdo una cena en casa con un grupo reducido de amigos. Una de entre ellos, en los treinta y tantos, mostraba una tranquila desesperanza en encontrar algún hombre que mereciese la pena a esas alturas de la vida en que uno se vuelve más exquisito, maniático y perezoso para compartir ducha y sofá. Hubo quien le respondió, en pareja desde hacía años por entonces, que le resultaba difícil encontrarse con gente sin pareja a una determinada edad. Fue un momento tenso en ese afán mío de unir amigos de vidas separadas que se hablan a corazón abierto sin conocerse.

Esa mujer ya es una feliz madre casada que apenas recordaría esa cena si yo se la trajese a la memoria ni el cabreo que cogió por esa aseveración poco fundamentada de la dificultad de cruzarse, en plena madurez, con gente solitaria (y feliz).

Sí. Afortunadamente esta generación mía está llena de 'singles' que se han permitido elegir una vida fuera de lo supuestamente normal, que han sabido separarse de quien no les hacía felices, que no han querido arrejuntarse con quien no les llenaba. Sí. Desgraciadamente no es fácil encontrar personas que complementen una vida en armonía a ciertas edades.

La maldición está en creerse malditos por no estar con otro, en no entender la posibilidad de ser feliz por uno mismo, en entender que la vida feliz es la que los otros ven como idílica. Es el primer paso para ser un soltero sin remedio que ahuyente a quienes podrían ver en él un compañero de aventuras.
La maldición es no quererse sin condiciones.

Es duro, mucho, dormir sin estar abrazado a quien te quiera. Es duro, mucho más, hacerlo a quien no te provoca emociones, a quien te cierra las puertas a poder encontrar algún día, en cualquier lugar inesperado del mundo real o virtual, a la persona que algún día te hará olvidar que un día creíste que jamás la encontrarías.

martes, noviembre 10, 2015

Menos

Anna Gabriel, de la CUP, hablaba ayer en la tribuna del Parlament catalán de una vida que no merecía la pena ser vivida a no ser que se liberasen del Estado español. Carmen Forcadell azuzaba en los mítines previos a las pasadas elecciones catalanas contra la esclavitud de los últimos siglos.

Yo, que conozco Catalunya desde mi adolescencia, cuando competía cada año en los campeonatos de España de remo en Banyoles, que asistí maravillado por las calles de Barcelona al ambiente único de las olimpiadas, que tuve uno de mis primeros amores en La Molina, un pueblo del Pirineo catalán, no termino de ver esa vida perdida ni esa esclavitud secular.

Pasearse Barcelona no recuerda al Pyongyang vigilado por militares ni a La Habana de prensa única, ni hay prohibiciones al habla en ninguna lengua. Todo lo contrario. Barcelona es una ciudad envidiada por media humanidad. En mis viajes por Japón o Estados Unidos la referencia española es la ciudad condal, y son muchos los que suspiran al oír hablar de ella. Por su colorido, su calidad de vida, la mescolanza de culturas y la apertura de mente.

Hay que dejarse de artificios por parte de los gurús del independentismo  y decir que no se siente afecto por el resto de España, y punto.

España no roba a nadie. España es un país moderno e imperfecto cargado de historia que ha pasado por momentos terribles a lo largo de siglos y que, en estos últimos cuarenta años, ha conocido la mayor época de prosperidad y bienestar, de libertad y respeto a la diferencia, de democracia ajustada a los estándares occidentales, con mucho futuro por recorrer; una España que hemos construido entre todos, incluido el 90 por ciento de catalanes que votó masivamente (no con el 47.8% de sufragios, sino con más del 90) la Constitución actual, garante de nuestros derechos de ciudadanos libres e iguales.

El mayor problema en estos 40 años de democracia, para los que nos sentimos de izquierdas, para los que son conservadores y para los que pasan de la política, se llama Artur Mas. El mayor enemigo de esta España demócrata y esperanzada en superar los nubarrones de una profunda crisis económica y de valores no viene de Corea del Norte ni de Cuba. Es un español egocéntrico, narcisista, mal gobernante, rencoroso, manipulador y soberbio que ha preferido hacer retroceder años a su comunidad autónoma, metiéndola en un guirigay de identidades enfrentadas y banderas colgadas del que no sabe cómo salir,  hablando mal de nuestra democracia en el extranjero de forma sonrojante, incitando a odiar al país del que es ciudadano, al que acusa de ladrón.

¿Se han cometido injusticias con Catalunya? Y tanto que sí. Y con Extremadura, y con las Canarias. ¿Se equivocó el Tribunal Constitucional enmendando un Estatut aprobado por el pueblo? Seguramente sí. Pero este país que se llama España se ha ido gobernando durante décadas de democracia con leyes redactadas en un Parlamento español fuertemente influido por el nacionalismo catalán, partícipe en primera persona de la elaboración de la gran mayoría de grandes leyes que hoy nos rigen, incluida la de la financiación autonómica.

A los andaluces nos llaman mentirosos, vagos y mendicantes desde otros lugares de España, pero yo sé abstraerme de juicios estúpidos y generalistas de minorías amargadas radicales, como el catalán debe entender que los insultos y menosprecios no corresponden con el sentimiento de una España que está muy por encima de esos reduccionismos sin defensa.

Mas y gran parte de la opinión pública catalana (que, a día de hoy, no sabe cómo salir de este entuerto) contaminaron el debate alimentando manifestaciones multitudinarias al grito de ¡nos roban!, despreciando los afectos, la historia secular y el camino recorrido juntos.

Es como si durante años todos los medios españoles calentaran a la ciudadanía explicando con datos retorcidos que la Unión Europea nos maltrata.

A los políticos se les paga para resolver los problemas reales de la sociedad, de personas con carne y hueso. No se les remunera para crear problemas

A Catalunya le roba la cortedad de miras de sus dirigentes y la soberbia de un personaje enfermo de ambición por aparecer en los libros de historia. El presidente de un partido corrupto hasta los tuétanos que desprecia a esta joven democracia de un viejo país que es el suyo. Un país llamado España, terriblemente imperfecto, que le permite gobernar una Catalunya que nunca estuvo tan mal gestionada ni enfrentada a sí misma.
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viernes, noviembre 06, 2015

Perfume

Con ventitantos años me organicé un viaje inolvidable de quince días a Bolivia; una aventura con todos los ingredientes para disfrutarla porque se encuadraba en una posible historia de amor a miles de kilómetros de distancia que se había fraguado durante meses por correspondencia.

Si bien la historia no funcionó como hubiésemos querido, sí quedó una fuerte amistad y unas imágenes imborrables de mi recorrido por los paisajes andinos, agrestes y selváticos, helados y tropicales, coloniales, indígenas, de sonidos castellanos y quechuas, pintorrequeado de iglesias blancas, misiones jesuitas talladas en madera y olores a alpaca, sabores de ceviche, noches de whiscola, falta de oxígeno, mercadillos de chicha, furgonetas con música de Mocedades atravesando la gran Cordillera y caras cuarteadas por el frío mirándome con tanta desconfianza como curiosidad.

Esa Bolivia de entonces, deformada por mis realidades de ahora, es una constante en mis sueños coloridos de las noches que duermo sin despertador, y me permito abrir los ojos y cerrarlos para volver a un país de desniveles inimaginables en nuestro planeta, bajo cielos azules de frío polar, donde las piedras colocadas hace mil años recuerdan al sol por dónde entrar cada invierno.

Allí se mezclan mis mundos actuales con los proyectos de entonces, cuando las puertas de la Vida se abrían inmensas a cualquier posibilidad.

Tan reales son mis visitas a ese país imaginario que esta semana, al terminarme de asear y buscar sin éxito mi tarro de perfume pensé, por largas décimas de segundo, que me lo había olvidado, tan sólo minutos antes, en la habitación boliviana de mis sueños.

domingo, noviembre 01, 2015

Caoba

Era una barbacoa dominguera en la Sierra de Cádiz a la que había sido invitado sin conocer a demasiada gente, pero iba con ganas porque podía deducir, como así fue, que iba a encontrarme con gente interesante.

Nada más servirme la primera cerveza me llevé una sorpresa agradable. La noche antes había ido al cine a ver Grupo 7 en el Cervantes y allí me encontraba con una de sus actrices principales.

-Ayer te vi -me acerqué a ella sin más rodeos.

La chica me sonrió sin saber muy bien por dónde iba yo.

-¿Perdona?

-Fui al cine -le dije en un guiño-. Papel complicado el tuyo.

-Creo que te equivocas -negó, coqueta, con una sonrisa.

Yo sabía, erróneamente, que estaba en lo cierto, por lo que insistí sin titubeos.

Una amiga suya interrumpió para preguntar de qué película hablaba. Ya no tenía escapatoria. El personaje al que yo creía que interpretaba era el de una puta desdentada traficante de droga que no salía muy favorecida físicamente.

-Grupo 7.

-Ah, no. Pues no la he visto. ¿Y cuál se supone que es el papel que yo interpreto?

-La Caoba -musité.

Me bebí de un sorbo lo que quedaba de cerveza y evité, durante el resto de la tarde, cruzarme con ella por no recordarle el nombre de la peli.