domingo, septiembre 30, 2012

Nación

Cada vez que aparco en el garaje de mi bloque, justo al hacer la complicada maniobra que me lleva a tener arañazos en el coche por no medir bien los espacios, me enfrento a la pegatina de un vecino que, marcando espacio como un perro cuando mea el árbol, se define como españolíssimo, así, con dos eses y banderas de España a cada lado del título que él mismo se ha otorgado. El resto de los convecinos seremos, a lo más, españoles, sin superlativos ni dobles eses.

Cuando leo la prensa a diario, en que un país como el nuestro se desangra en recortes sociales, miseria, falta de futuro, familias desahuciadas y desasosiego ante lo que se nos viene encima, un político que no tiene ni idea de cómo gestionar sus obligaciones, que se llama Artur Mas, incendia con un vocabulario fácil, a base de medias verdades, con un llamamiento a las tripas de sus compatriotas y odio a todo lo español el panorama ya de por sí terrible.

Para él el término solidaridad no existe, ni el de respeto por el que lo está pasando mal, ni ganas que tiene de enterarse. Para él, Artur Mas, lo importante es la patria y la nación.

Yo, que no quiero entrar en disquisiciones absurdas de plantear cuestiones de banderas, me rebelo ante tanta hipocresía. Rechazo entrar en la estrategia en que determinados políticos nos quieren meter para que acabemos tirándonos platos a la cabeza.

A mí con la patria no.

Tenemos que ser más inteligentes que ellos. Me niego a rechazar a nadie por pensar distinto, a creer que en Barcelona viven los demonios, a pelearme por quien siente más los colores de la nación.

Mi nación son mis amigos y mi creencia última en la sociedad se basa en la democracia.

Tengo mil argumentos para rebatir fanatismos, que no debo utilizar porque no quiero que se me ponga ninguna bandera como barrera o sambenito.

Las mayores desgracias de la humanidad han venido dadas por mesías que se creían en posesión de la verdad del pueblo, que se describían como portavoces de desencantos imaginarios provocados por ellos mismos para tapar sus vergüenzas.

No hay nada más tóxico que un nacionalista.

Y sí, Artur Mas me parece un individuo perverso, rencoroso y destructor.

Mi aprecio, sincero, por Catalunya.


domingo, septiembre 23, 2012

Madeleine

Esta noche de principios de otoño he recibido un email de Kristian, un amigo francés del que hacía tiempo que no sabía nada. De carácter huraño y explosivo al mismo tiempo, gracias a él descubrí Nueva York en una época extraña de mi vida en que no sabía hacia dónde dirigirme. Pasé quince días con él en un pequeño apartamento de Harlem, el cual tomé como referencia para escribir mi novela Andrea no está loca.

Persona compleja, Kristian es culto, golfo, vivaracho e insoportable a partes iguales. Tan pronto te abre su corazón como se mete en su agujero de incomunicación insolente.

Perdí la esperanza de volver a saber de él tras intentar comunicarme durante años.

Me gusta la gente difícil cuando creo que tienen buen corazón, aunque a éste no se le oigan los latidos desde fuera.

Hijo de madre soltera, profesor de institutos marginales de las afueras de París y de muy pocos amigos, Kristian encontró en mí a una persona cercana que le acompañaba a sus conciertos de ópera, le aguantaba sus crisis de pareja y le contaba de sus historias familiares de su lejana, por entonces, Sevilla.

En ese primer viaje a Manhattan apareció su madre, empleada de La Poste con crónicas bajas laborales por problemas psicológicos que le hacían pasar temporadas encerrada, a oscuras, en su habitación.

Hay tanto de nuestro carácter formado por los condicionantes familiares que la aparición de su madre, Madeleine, me hizo comprender en parte ese carácter imprevisible de su hijo, sufriente cuidador de una madre que no tenía cura.

El último día de mi estancia en Nueva York, paseando los tres, a ella, pequeñilla y anciana, se le antojó un bolso de rayas horizontales blancas y azules que hacía juego con su traje. Sin que se diera cuenta yo se lo compré en un descuido, para entregárselo más tarde justo al despedirme. Madeleine se emocionó más de lo que yo podía prever.

Hace diez años de ese día.

Hoy me escribe Kristian para decirme que, tras tres terribles años de demencia, su madre ha muerto.

J'ai littéralement porté ma croix, mais je ne regrette rien et ne pouvais pas faire autrement, porté par une énergie et un amour infinis (He cargado mi cruz, literalmente, pero no me lamento de nada y no podía ser de otro modo, llevado por una energía y un amor infinitos).

Me dice en su email que, ordenando todas las cosas de la madre para repartirlas entre las amigas, encontró el bolso de rayas blancas y azules, que ella utilizó a menudo desde ese día y que le hacía acordarse de mí.

En mi novela creé un personaje, la tía Puri, recreando a Madeleine. En esa historia de ficción también el protagonista le regala un bolso a la tía Puri. También blanco y azul.

He rebuscado en mi librería para encontrar esa escena final y me he emocionado.

Tengo que responder a Kristian.

Sentirse querido

Sólo hay algo más enriquecedor que sentirse querido, y ese algo es el querer de verdad.

Llevar tantos años compartidos con alguien que no me ofrece ningún resquicio de inseguridad en cuanto a su amor por mí ha contribuido espectacularmente a mi avance como persona en todos los campos, ha mejorado mi calidad humana, mi relación con los demás, mi carrera profesional o mi capacidad para escribir historias.

Tener una persona incondicional en sus sentimientos hacia ti, cuando en el fondo de tu corazón sabes que es así, te hace instintivamente cuidarla más, quererla más, entenderla mejor y saber ponerte en su piel.

Sé que hay mucha gente que pasa por este mundo sin llegar a obtener ese regalo del verdadero amor largo, estable y auténtico, y es tal vez por eso que lo valoro tanto, disfrutando el presente con calma y sin perder de vista que una de las razones últimas de mi felicidad la provoca el enorme placer de sentirme una persona amada.

Soy consciente de haber encontrado lo mejor de mí cuando tuve a mi lado al amor verdadero.

martes, septiembre 18, 2012

Resolana

Antes de que le ingresaran por un infarto, mi padre tuvo la errónea certeza de que la presión que sentía en el pecho y que le obligaba, a menudo, a pararse en sus habituales paseos mañaneros para apoyarse en una farola a tomar aire, no eran otra cosa que gases.

De hecho, cuando acudía al médico, estaba tan convencido de ello que cuando salía de la consulta del ambulatorio tenía varias recetas para disminuir esa tendencia natural de los Navarro a tener problemas de estómago.

Ahora, a toro pasado, cuando ya la operación a corazón abierto quedó atrás y la calidad de vida de mi padre es más que aceptable para su edad, nos reímos cada vez que nos cuenta apasionadamente su recorrido por los distintos hospitales, indignado, pidiendo explicaciones a sus dolores de pecho.

Sé que he heredado de él el espíritu despistado, y es tal vez por eso que cada vez que me acuerdo de determinadas meteduras de pata suyas me siento identificado y no paro de reírme a solas.

Uno de los médicos, en esa tournée interminable para acabar con sus problemas de gases, le dio cita para hacerse una resonancia magnética.

La clínica que estaba contratada para hacer ese tipo de estudios estaba situada en la calle Resolana.

Recuerdo como si fuera ayer el mediodía en que me fui de tapas con él, al salir del trabajo. Me empezó a explicar las pruebas nuevas que le habían propuesto.

-Hoy me he tenido que hacer una Resolana magnética.

Yo lo miré, con cara de guasa, y no paré de reírme durante diez minutos.

Aún hoy creo que no se explica de qué se reía su hijo.


domingo, septiembre 16, 2012

Poupar

En mis muchos viajes a Portugal, me gusta pasearme con los ojos bien abiertos observando la realidad que nos ofrece este país vecino, tan cercano geográficamente pero a veces tan distante en sus formas, su esencia o sus anhelos.

Tengo la ventaja, dado lo sencillo que es leer el portugués para un español, de poder desayunar hojeando la prensa portuguesa o viajar de copiloto en el coche leyendo la cartelería de sus pueblos. Incluso uno va haciendo el oído a su musicalidad y puede comprender los principales noticiarios o los comentarios de la radio comercial.

Hay una palabra que se repite por todos lados, siendo de aquéllas que necesitan un traductor si no fuera porque se entiende rápidamente al meterla en contexto.

Poupar.

En los anuncios de los bancos, en los reclamos de las gasolineras, en la fachada de los supermercados, en la entrada a los centros comerciales. El poupar lo inunda todo.

En Portugal se viene sufriendo desde hace años lo que poco a poco ha ido llegando a España, en forma de recortes inmisericordes y subida de impuestos brutal.

Al llevar tantos años yendo de forma habitual al Algarve puedo afirmar que se percibe una enorme tristeza en el pueblo llano, en cuanto te despegas un poco de las zonas construidas exclusivamente para turistas de la Europa norteña y te adentras en los pueblos de interior, siempre humildes y solícitos.

A los portugueses no se les puede acusar de haberse metido en grandes burbujas inmobiliarias, ni han destacado por grandes casos de corrupción ni tienen autonomías a las que se pueda acusar de haber despilfarrado el dinero público. Sin embargo, ahí están, sacrificando todo el bienestar conseguido en decenios por un castigo excesivo de los mercados financieros.

Ahora viajas por el país y el único mensaje repetido es uno: Poupar.

Para poupar (ahorrar) hay que ter (tener).

martes, septiembre 11, 2012

Brigitte

Llegué a París para instalarme un frío y lluvioso enero de hace diez años.

La mezcla de excitación e indefensión se convierte en un cóctel explosivo cuando uno se enfrenta a la aventura de abandonar su país, solo, para tratar de ganarte la vida de forma honesta.

Quien fuera por entonces mi jefe me puso en contacto con su secretaria para que me echase un cable en todo lo que necesitase en esos primeros días de acoplamiento a otra realidad muy distinta, no sólo laboral.

A Brigitte la conocí primero por teléfono, preocupada por evitarme complicaciones innecesarias.

El día que llegué al trabajo me recibió con el afecto preciso de quien me sabía nervioso y me encontré con una señora de cerca de sesenta años, con una importante minusvalía por un grave accidente de tráfico que la obligaba a utilizar muletas y un rostro que reflejaba una indudable belleza pasada, de piel muy blanca, pelo rubio y grandes gafas, como una actriz de Hollywood en sus años de retirada.

Ese mismo día, al finalizar mi primer día de trabajo, me quiso mostrar la manera más rápida de acceder a París desde la periferia, donde se encontraban las oficinas de Renault, para lo que se colocó en su coche delante con idea que la siguiera. Llovía muchísimo, las temperaturas eran muy bajas. Hubo un momento en que, para explicarme, se paró en un semáforo y salió con las muletas hacia mí. Éste se puso en verde pero ella, impasible, con el agua haciéndole desprenderse la pintura celeste de sus ojos, me dio las últimas indicaciones para salir de allí. La veía chorreando y me prometí que eso tenía que agradecerlo de por vida.

A mi jefe, que me hizo venir de España porque me conocía de la fábrica de Sevilla, lo trasladaron, casi nada más llegar yo a París, de nuevo a España y él le dijo a Brigitte, tal vez sensibilizado por el hecho de haberme involucrado en esa odisea para luego desaparecer, que me cuidara como a un hijo.

Coincidíamos en los restaurantes de los alrededores a la hora de la comida, huyendo los dos de los comedores del trabajo, cruzábamos las miradas en la máquina del café cuando a algún insoportable ingenierillo le venían aires de grandeza y nos reíamos a carcajada limpia con mi nula capacidad de manejarme con las palabrotas en francés.

Un día la invité a comer.

Al poco tiempo, y durante tres años, comí a diario en su casa.

Añoro sus kirs de aperitivo, los vinos blancos con ensalada de endivias, los tintos con la carne preparada a la 'bourguignonne' y sus insuperables tartas. Fui conociendo a su familia, su pasado marcado por la lenta muerte de su marido, el abandono de su hija, el terrible accidente de tráfico. He estado en el hospital acompañándola en sus revisiones médicas o sus postoperatorios. Mujer de una debilísima salud de hierro.

Tres años después volví a mi tierra, sabiendo que siempre que voy a mi querido París tengo una mesa llena de grandes platos y vinos esperando a ser disfrutada entre risas.

No hace falta avisar previamente.

jueves, septiembre 06, 2012

El taburete

Mi madre, ama de casa, solía planchar en la cocina. Un espacio cuadrado donde entraba mucha luz y que estaba justo al lado de mi habitación. Recuerdo las horas de la merienda cuando yo estudiaba y sentía el olor a vapor, a detergente; momentos en que me escaqueada de mis libros y me sentaba en un taburete frente a ella para contarle mis hazañas del cole, o le explicaba acerca de mis deberes, cómo eran mis profesores o las peleas con los amigos.

Ya desde pequeño era de preguntas muy directas que me traían respuestas llenas de contenido que no siempre me convenían.

A veces mi táctica era retorcer tanto el razonamiento planteado que mi madre no tuviera otra respuesta posible que aquélla que yo deseaba recibir, inquietudes que por entonces versaban sobre los miedos que tienen los niños al futuro, a la soledad o al hecho mismo de crecer.

En una de éstas, mientras ella planchaba y yo me tomaba mi colacao, le pregunté si era verdad que teníamos que morirnos todos. Yo era tan pequeño que no se me pasaba por la cabeza que la respuesta pudiera ser afirmativa.

-Pues claro, hijo. Todos nos tenemos que morir.

Era tan tajante que no merecía discusión, venía de la persona que más me podía querer en el mundo y me lo soltaba así, sin un amago de duda.

Por ser tan preguntón me llevé una impresión tan brutal que el conflicto con la muerte que todo ser humano tiene yo lo adelanté a edades en que se deben tener otros miedos menos viscerales.

No ha sido hasta hace bien poco que he conseguido dominarlo. Una mañana me planteé: ¿qué sentido tiene amargarse cada día pensando en el momento en que ya no serás nada si cuando no seas nada no te darás cuenta de que no existes?... porque no existirás.

Aterrorizarse ante la muerte, entendí ese día, es de personas poco inteligentes.

¿Para qué avanzar situaciones que te paralicen cuando no hay nada que hacer para evitarlas?

Desde ese día no muy lejano comencé a no pensar todos los días en la muerte.

sábado, septiembre 01, 2012

Anónimos

Hay algo en las ciudades como la mía que consiguen enlazarte emocionalmente a ellas que, sin embargo, no poseen los pequeños pueblos o las grandes metrópolis: son los anónimos conocidos. Personas con las que llevas cruzándote toda tu vida, centenares de ellas, que no conoces en absoluto, que verás diez o veinte veces a lo largo de tu existencia, con las que compartirás un paso de cebra, una mesa cercana de restaurante o una espera en la caja registradora de un supermercado. Anónimos a los que verás más viejos, más gordos, más atractivos, con niños, agarrados a sus parejas, llevando al abuelo de paseo y de los que no eres consciente de haber visto tiempo atrás cuando eras un crío, cuando tu primera botellona, en la época universitaria o hace dos años en el cine.

Hombres y mujeres de tu ciudad que te atan a ella sin que tú sepas que lo hacen.

De vez en cuando paseas y un fogonazo te hace llegar al estómago sensaciones de algo conocido, sin saber que ese instante es producto del encuentro desapercibido con un viandante más.

En Nueva York, Tokyo o Madrid es más difícil atarte tan visceralmente a la ciudad a partir de estos anclajes, porque los miles de personas con los que te cruzas son realmente estampitas o cromos nunca vistos que no te producen emociones subconscientes porque no ha habido ningún pasado compartido. En Conil, Almagro o Palamós los encuentros no implican ningún anonimato, sino historias bien conocidas de familias cuyo historial es vox pópuli.

En Sevilla, sin embargo, somos muchos como para poder pasearnos sin necesidad de saludar a nadie pero lo suficientemente manejables como para no sentirnos un número más en las estadísticas.

Al menos así lo siento.