domingo, mayo 31, 2009

El cordero de oro

En mi ciudad es delicado tocar determinados temas, y no debiera serlo.

Todo lo que se trate desde el respeto, con una óptica personal y razonada, más a sabiendas que en el terreno en que voy a entrar conozco gente, cercana, a la que quiero, todo lo que atañe a cada cual es opinable.

Mi reflexión versa sobre la romería del Rocío.

A mi modesto entender, la peor publicidad que se puede hacer de nuestra tierra. Soy sevillano, tengo 41 años y, por tanto, argumentos, experiencias e historial al respecto.

Tengo un gran factor en mi contra. Nunca fui a esa romería.

Cuando se mezcla la religión con el alcohol, malo. Si la devoción se confunde con idolatría, peor.

Estoy cansado de lágrimas falsas, de sevillanas a la Blanca Paloma, de grandes dosis de incultura disfrazadas de gracia y salero, de hipocresía vestida de faralaes.

Cuando se ven imágenes de Kerbala y ese peregrinaje de 'fanáticos' golpeándose la cabeza, pienso que no está tan lejos del Rocío. Es más bonito éste, más romántico, pero en el fondo hay la misma materia.

Haría una gráfica e iría anotando los peregrinos que acuden cada año a este festejo. Que la curva de asistentes bajara sería, en mi opinión, el mejor síntoma de que nuestra tierra está dando saltos en positivo.

¿Mi lucha va contra el floklore?, ¿contra la cultura popular?, ¿contra la tradición?

Tal vez.

Tengo el derecho a tomar postura.

Quizás por eso defienda la Feria de Abril, con las críticas correspondiente a su exclusivismo y demás (que se podrán corregir en el futuro), donde para divertirnos, cantar a la vida y los amigos, bailar sevillanas y beber (con o sin) moderación, no hace falta buscar corderos de oro.

viernes, mayo 29, 2009

El Calder de un Yakuza

Ayer tuve una hora entre que terminé de comer en un restaurante parisino y la partida hacia el aeropuerto destino de vuelta a Sevilla, tras tres días de trabajo en Francia.
Justo antes había tenido tiempo de pasarme por la Fnac a ver las últimas novedades musicales de mis artistas preferidos, que las había, y a bichear entre las novelas de bolsillo para seguir con mis lecturas en francés. Ahí sale mi parte conservadora, que busca lo seguro: Amélie Nothomb, y la arriesgada, que lucha por introducir nombres nuevos casi al azar: Gilles Leroy en este caso.
Comía el entrecot pensando cómo aprovechar esa hora libre, mientras leía las primeras páginas de ‘Ni d’Adan ni d’Eve’, de la Nothomb. Dos primeras páginas electrizantes.
Tomé rumbo hacia el Centro Pompidou. Anunciaban dos muestras temporales: Kandinsky y Calder. Entré y pregunté en información a un chaval.
-Tengo menos de una hora, ¿qué me recomiendas?
Ni Kandinsky ni Calder, me ofreció visitar una exposición de mujeres artistas a partir de los años 60.
-Es lo más original en mucho tiempo en este museo.
Y cómo el museo no peca precisamente de recato, me lancé a por las mujeres.
Exposición brutal, en los conceptos, en los mensajes, en la puesta en escena. Salas donde se advertía que lo visto podría herir tu sensibilidad. Yo me acercaba a grupos formados donde una guía daba explicaciones que no terminaban de convencerme. No sé si me gusta que me expliquen tan en detalle el arte contemporáneo, puede llegar a hacerlo ridículo. Para mí el arte contemporáneo es inmersión, íntima, sin red.
Quise ver todo tan rápido que aún me quedaban quince minutos.
¿Kandinsky o Calder?

¿Quién era Calder?

Fui a lo seguro. Kandinsky. Intercambiando miradas a los cuadros del ruso, intercalados con vistazos a los tejados de París de la sexta planta del Beaubourg. Una evolución de lo figurativo hacia lo geométrico, donde siempre importaron especialmente los colores. Me gustó mucho la época intermedia, creo que vivida en Estocolmo. Pena de no poder leer todas las explicaciones en esa visita acelerada.
Pasé de lado por Calder. Vi mucha gente. Me pareció ver figuras de animales hechas con alambres.

Ya en el aeropuerto pude comprar prensa española tras varios días sin hacerlo. Abrí por el final y me encontré con Barbra Streisand y Robert Redford, ‘Tal como éramos’… ‘película imprescindible de Sidney Pollack, autor de ‘Yakuza’… decía el comentarista de la programación de televisión.

¿Qué significará Yakuza?

El avión despegó y decidí volver a las páginas iniciadas de la belga Amélie Nothomb. Es autobiográfica, te lleva a los tiempos de su reencuentro casi adolescente con Japón, tras haberlo abandonado con cinco años. Para ganarse la vida, busca alumnos de francés.
Aparece el primero, Rinri, un adolescente universitario de familia bien.
Entonces Amélie se acuerda de su apasionado lector sevillano. En esas primeras páginas me explica que el nivel de vida correspondía al de un hijo de un miembro de la Yakuza, una suerte de mafia japonesa. Cuando el adolescente le presentó a su padre, mafioso y encantador, éste le regaló una joya similar a un móvil de Calder, a quien no quise visitar unas horas antes en el Pompidou.

Volando a Sevilla, a diez mil metros de altura, confirmé que la literatura es magia.

lunes, mayo 25, 2009

Aviones

Yo disfruto hasta con los bocatas de pan duro con jamón que te sirven en los aviones a precios astronómicos.

Me gustan los aviones, los hoteles, los aeropuertos, las estaciones de tren, los coches de alquiler, las esperas, los planos de metro.

Mañana vuelo hacia Francia, duermo en la costa normanda y al día siguiente en la frontera con Bélgica.

Y soy feliz.

Me subleva la gente que se queja por quejarse, de la incomodidad de los aviones, de los tiempos perdidos en los aeropuertos.

No hace falta más que echar un poco, sólo un poco, la vista atrás. Para comprender lo que éramos y lo que somos.

Saber que esta noche duermo en mi cama de Sevilla y mañana a eso de las nueve y pico de la mañana estaré en París. Que podré tomarme un croissant de almendras francés insuperable, que en apenas unas horas estaré en la desembocadura del Sena paseándome por un pueblo normando de iglesias de madera, aunque sea para trabajar.

El ser humano, la gran mayoría, no aprecia lo que somos, lo que hemos llegado a ser. Pensar que en unas cuantas horas te plantas en cualquier lugar del mundo, con otras lenguas, otros rasgos, otras formas de entender la vida y de expresarte.

Yo lo aprecio con especial sensibilidad. Disfruto cada viaje con el corazón abierto a respirar otros aromas, consciente del privilegio que supone conocer culturas distintas a la mía.

Mañana será Francia, otros días fue Japón, o México, o Chile, o Turquía, Eslovenia, Marruecos, Bolivia, Suecia, Rumanía, Estados Unidos, Italia, el maravilloso Portugal tan cercano, Bélgica, Finlandia, Inglaterra… sí, me siento orgulloso de ser un ser viajado.

Me llena haber leído, haber conocido otros sitios, saber relativizar (por mucho que le joda al Papa el relativismo). Soy la persona más afortunada sabiendo que el mundo es grande pero abarcable, que ninguna raza es mejor que otra, que todas las lenguas suenan bien. Que en todos los sitios la gente se ama, se odia y se desespera ante la muerte.

Recuerdo mi primer viaje con interrail, con 18 años, cuando llegué a Copenhague. Me tiré en el césped del camping, reventado. Miré hacia un cielo azul de nubes hiper rápidas y me dije: Tan lejos de mi Sevilla y el cielo sigue en su sitio, las gentes andan igual y el suelo está igual de duro.

sábado, mayo 23, 2009

Tiempos eternos

Leí a Benedetti por primera vez... no sé cuándo.

Tengo tantas citas tomadas de sus libros, que pueden llegar a atosigar.

Me siento cercano a él y pienso en su tiempo, en su experiencia vital. Lo siento cercano. Trato de parar el tiempo, eliminar escalas, referencias, ejes de abcisas y ordenadas.

Con Benedetti no hay tiempo. Él sintió, digirió, observó, masticó, acarició, razonó, expresó lo que el mundo, el suyo y el de los suyos, le ofrecía, y nos lo envió en forma de poemas sencillos, de novelas ágiles.

Yo quiero ser como él. Quiero ser bueno.

Me gustaría creer que hay posibilidades remotas de detener el tiempo, de darle marcha atrás y adelante, de pararlo y ver a Benedetti, oírle decir que sí, que otra vida es posible.

Sería hermoso no diferenciar edades, volar entre épocas, no ver en Cernuda el pasado, no verlo en Rimbaud ni en Maupassant, sentirlos cerca, humanos.

Benedetti nos habla desde el hoy y el ahora, para decirnos que otra vida es posible, mejor, más luminosa.

viernes, mayo 22, 2009

Estrategia diaria

‘No imaginas la estrategia diaria que me tengo que montar para ser feliz’, me dijo una persona cercana hace pocos días.
Yo no sé si he llegado a ese punto, creo estar bien lejos. Pienso que mi vida se desarrolla de forma plena sin necesidad de acudir a estrategias, pero dejé bien grabado el mensaje porque sé que llegará un momento en que quizás tenga que hacer uso de él, si no lo estoy haciendo ya.
Ese comentario me sirvió además para poner en duda todas las valoraciones internas que podía hacerme de esa persona. Nadie conoce a nadie, como decía la película.
Pasamos por esta vida tan deprisa, a veces, que no imaginamos los conflictos internos, las inapetencias, los dolores que se gestan en gente a la que queremos y creemos conocer.
En cuanto a las estrategias en sí, me parece perfecto e incluso recomendable. De hecho, inconscientemente, nuestro cuerpo se va haciendo a estrategias impensables cuando éramos jóvenes e imaginábamos el futuro, nuestra vida, de otra manera. Los muertos, los apuros económicos, las disputas familiares, la dureza de la vida laboral, la confirmación de la dificultad para poner la guinda a nuestras ilusiones, las amistades eternas rotas. Todo va calando, haciéndonos sentir menos, no mirar hacia determinados lados, establecer rutinas para no hundirnos en la cama al sonar el despertador cada mañana.
No siempre se puede sacar la sonrisa del corazón.
Si encontramos razones, métodos, trucos para sacarla de otro lado, bienvenida será esa sonrisa. Ya no sólo por los demás, sino por vernos cada mañana en el espejo a nosotros mismos, cada día un poco más viejos, y guiñarnos el ojo para insinuar a ése que te ve desde el otro lado del cristal mágico que siempre hay algún motivo para tirar ‘palante’.
He leído en muchos estudios que una de las franjas de edad más felices es la que comienza a partir de los sesenta años. ¿Cómo se podría explicar si no es a base de estrategias?

lunes, mayo 18, 2009

Ser de izquierdas

En un foro de literatura en que suelo entrar de vez en cuando, una discusión derivó en el tema del aborto. Dando mi opinión sobre el asunto, una mujer que estaba allí conectada me llamó ‘rojo’. No contenta con ello, pasó a llamarme ‘rojeras’. No sólo no me molesté, sino que me reafirmé en mis convicciones. Como el tono de la charla era, a pesar de todo, amable, me permití preguntarle a esta mujer de dónde era. Me contestó: ‘De la tierra de Esperanza’. ¿De la Esperanza Macarena?, me atreví a interrogarle. ‘No, de Esperanza Aguirre’.

Con la iglesia hemos topado.

Hay mucha gente que critica el hablar de izquierdas y derechas. Todo se mezcla, ya no hay fronteras, son estigmas del pasado, ya no hay principios políticos…

Yo, en cambio, me reivindico de izquierdas. Sin ambigüedades ni tapujos. De izquierdas.

¿Qué entiendo yo por ser de izquierdas?

Ante todo, un principio básico. El convencimiento de que los seres humanos no pueden ser tratados todos por igual.

‘Horror, ¡Eso es lo contrario al socialismo!’

No. A quien realmente es de izquierdas, le preocupa un mundo en que se sabe que no todos tenemos las mismas capacidades (intelectuales, físicas, emocionales, económicas, culturales…). A mí, como persona de izquierdas, me gustaría pensar en una sociedad que apoya con los recursos necesarios a quien no puede llegar.

¿En qué baso este razonamiento? En mi propia experiencia.

Sé que soy un ser privilegiado. He vivido en una familia de clase media, he recibido unos estudios universitarios, he tenido la capacidad de sacar una ingeniería adelante, tengo un gran trabajo y una nómina más que decente a fin de mes.

Una persona de derechas diría, y su razonamiento sería perfectamente respetable: ‘Tú te lo has ganado y tienes todo el derecho a disfrutar de tu esfuerzo’.

Yo, que vivo con gente a mi alrededor que, no por ser menos válida que yo, no ha llegado tan lejos, voto izquierda. Quiero que mis impuestos sean importantes porque considero que hay que apoyar a quien no tiene la fuerza, el intelecto o las ganas de vivir con las que yo he nacido. Esas cualidades, en un gran porcentaje, me han venido dadas.

El votante de derechas cree en la compasión como base de las políticas sociales, el de izquierdas cree en la justicia social.

Como buen demócrata entiendo que son necesarias las dos corrientes en un mundo civilizado. Los extremos son peligrosos. Una política exclusivamente de izquierdas, sin el contrapeso de una fuerza de derechas, tendería a sacar el lado perverso del ser humano, haciendo flaquear las bases del esfuerzo personal para conseguir manejar nuestro futuro.

Soy de izquierdas porque quiero una sociedad progresista, porque creo que hay que apoyar de forma especial a la mujer al estar en desventaja, porque hay que desterrar intolerancias contra los grupos minoritarios, porque no entiendo de nacionalismos basados en banderas, porque mi sociedad anhelada es multicultural.

Ser de izquierdas es no creer en herencias, ni en posiciones de privilegio. Cada cual debe tener las mismas oportunidades y, al que realmente le cuesta trabajo tirar del carro, ayudarle.

Una sociedad generosa con los débiles.