jueves, julio 31, 2008

Nagoya streets

Con dieciocho años ya andaba con mi tarjeta inter-rail dando tumbos por Europa, llegando al norte de Suecia, conociendo el muro de Berlín, fumando mis primeros pitillos en los cafés de Amsterdam.

Al acabar la carrera, mi amigo Quino se fue con una beca a una ciudad de tamaño medio cerca de Sao Paulo, Guarantiguetá. Aún recuerdo el contenido de una carta que me envió desde allí. ‘No imaginas, Salva, lo grande que es el mundo, la de gente que hay por aquí’.

En el 2001 fui por primera vez a Japón. Recuerdo que anochecía cuando el tren-bala hizo su entrada en la ciudad de Nagoya, donde íbamos a trabajar durante quince días. El tren apenas frena cuando entra en la ciudad. A una velocidad endiablada serpenteó entre bloques de apartamentos donde familias japonesas se dejaban ver a través de fachadas de cristal. Eran ventanas y ventanas iluminadas, que se sucedían sin respiro mientras yo apoyaba mi cabeza sobre el cristal del tren-bala. Se adivinaba gente, mucha gente, muchas vidas, mucha vida.

Cuando en mi primer viaje por Europa llegué a Copenhague, mi reflexión paseando en busca del camping de la ciudad era que, a fin de cuentas, el suelo estaba bajo mis pies, el cielo arriba y la gente era más rubia, más alta, pero hablaban por la boca y caminaban como el resto de los humanos.

Circunstancias laborales me hicieron vivir tres meses en Torreón, al norte de México. Hasta en dos ocasiones fui mil quinientos kilómetros más al sur para encontrarme en el D.F. Unos chavales que no subían dos palmos me persiguieron amenazándome con matarme en un Paseo de la Independencia concurridísimo.

Descubrir los básicos del ser humano en un tren, en un camping lejano, en una fábrica en Japón, en una carta desde Brasil, en un atraco en México.

Plantearse la inconsistencia y la fuerza de la naturaleza humana, el sinsentido de la vida que tanto amamos, la contradicción de ser tantos y a la vez tan frágiles.

Mientras duermo, muchas noches aparece ese joven que apoyaba su cabeza sobre la ventanilla de un tren-bala que abría en canal los hogares iluminados de las calles de Nagoya.

lunes, julio 21, 2008

El club de los vivos

Mi pérdida de la inocencia no fue con el sexo. A los trece años, a pocos días de las vacaciones de navidad, me enfrenté a la pesadilla de asimilar que ya nada sería igual. Mi madre tenía que pasar por el quirófano para que le extirpasen un pecho. Traté de sacar ingenuamente de mi padre una confirmación de que eso no podía ser cáncer. Pero él no me dijo que no.

Tal vez detectado veinte años más tarde hoy siguiese viva. Las investigaciones médicas, los avances farmacéuticos y de técnicas operatorias han conseguido aumentar pausadamente el porcentaje de pacientes de cáncer que dejan de pertenecer al club de los sin vida.

Desgraciadamente el peor escenario para una persona a la que comunican un cáncer es cómo la sociedad inmediatamente deja de considerarle un miembro del club de los vivos. Sabemos que nos puede tocar a cualquiera de nosotros. Las estadísticas son tozudas. Según los años y las fuentes, se habla de uno de cada tres, del treinta por ciento, de una cuarta parte, pero las posibilidades son muchas de que algún día nos toque pasar por el trance de enfrentar nuestra suerte o la de alguien próximo a la palabra maldita.

Viven entre nosotros. Se colocan pelucas, pierden kilos, se agarran a nuestras manos pidiendo caricias mientras miran al techo esperando que la próxima revisión vaya a ser distinta, que las células asesinas que le comen por dentro van a aparecer muertas en los informes futuros y que poco a poco el pelo volverá, la cara tomará color y los tratamientos se irán suavizando hasta poder llamar de nuevo al club de los vivos.

Se teme nombrarlo. Murió de una larga enfermedad. Se teme preguntar por conocidos que lo padecen. Mejor no conocer detalles. Tememos tocarnos nuestro cuerpo pensando encontrar algún ganglio, alguna muestra de células asesinas. Mejor imaginar que con nosotros no.

Mi pensamiento hacia quienes se sientan fuera de este club de los que vivimos en aparente sintonía con nuestro cuerpo. Por todos los que se afanan por disimular los efectos de la quimioterapia para no preocupar más de la cuenta. Los que tratan de sacar sonrisas de donde no las hay. A los padres, hermanos, amigos, hijos, abuelos, compañeros de trabajo, primos, conocidos de los miembros de ese club maldito. Cientos de miles en España, millones y millones en el mundo, que gustarían sentirse uno más entre nosotros, entre los que se creen inmunes a la muerte y no miran, no preguntan, no escuchan.

En estos años la historia de una mujer de cuarenta y tantos años a la que detectan un bulto en el pecho, será sin duda una historia dolorosa, pero no tiene por qué terminar en negro.

Mi pensamiento para los que se aferran a la vida. Porque esta vida es de todos y hay que acabar como sea con los clubs que pretenden apropiársela.

A mi madre, una joven mujer de cuarenta y pocos años, la vimos luchar por no mostrar dolor a sus hijos, usar pelucas con toda la dignidad, pintarse las cejas para hacer ver que todo iba bien. Mi madre no pudo luchar contra una maldita célula asesina que se escapó camino arriba por su cuerpo machacado por radiaciones, operaciones y medicamentos. Tras cuatro años de lucha, nos tomó la mano a cada hijo para decirnos que cuidásemos de nosotros, de nuestro padre, de nuestros hermanos… Su lucha digna nos hizo a todos los que la conocimos más humanos, mejores personas y entendedores de lo que es un paciente de cáncer.

Un miembro más del club de la vida.

miércoles, julio 16, 2008

Injusta belleza

Cuando hablamos frente a frente vemos carne, pelo y ojos en el otro; cuando recordamos a alguien se nos viene a la mente una figura, una expresión, un rostro. Hacemos fotos de masa humana, vestida o sin vestir, para almacenarlas en bibliotecas de recuerdos más o menos visitadas.

Nos desarma una sonrisa de dientes blancos simétricos y desconfíamos del bizco, del calvo, del gordo. Unos ojos azules ganan puntos, unos centímetros de más también. Más barriga los quitan, más pecho los dan.

Ante dos personas mediocres, damos nuestra confianza a la mejor trazada por la naturaleza.

Quien es guapo lo sabe y lo utiliza, y está en su derecho de hacerlo.

¡Qué enlace más alejado con lo que hay realmente en nuestro interior! Extraño juego el de ese caparazón que arrastramos con suerte dispar, que nos define, determina, encorseta. Gente que siente como cárceles su cuerpo, como castigo sus facciones.

Tampoco al nacer se nos permite elegir nuestro intelecto, sensibilidad o fortaleza de carácter, aunque son cualidades quizás menos complicadas de trabajar o justificar, de hacerlas evolucionar sin ser rehenes de una mesa de quirófano.

La persona guapa tiene un don. No es posible negarlo. En ella está el saberse con ese talento y usarlo bien.

Del mismo modo que la belleza aporta felicidad y autoestima, conlleva consigo una maldición. Y todos la conocemos: Cuanto más hermoso es alguien, más duda tendrá esa persona acerca del verdadero amor con que el mundo exterior le obsequia.

Cuanto más sublime la belleza, más frágiles los cimientos del cariño desinteresado recibido.