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martes, diciembre 30, 2014

Vivir

Conforme pasan los años, los deseos de futuro se diluyen en básicos que se resumen en el 'quiero vivir'.

El conjunto de las ilusiones, imprescindibles para seguir remando, se concretarán a partir de nuestro esfuerzo por estar sanos. Tal vez es una de las principales enseñanzas del transcurrir del tiempo: la vida no hay que darla por supuesta.

No pido a un dios en el que no creo por mi salud, pero hago lo posible por mejorar cada día mis hábitos: comer mejor, hacer ejercicio, dormir bien y evitar el estrés innecesario. Con el tiempo vendrá lo que tenga que venir, pero en la medida de mis posibilidades haré por añadir factores a mi bienestar personal.

Los proyectos, muchos y diversos, tanto propios como ajenos, individuales y colectivos, se irán generando con esfuerzo y ambición.

No sé quién decía que con la edad vamos empeorando en todo, menos en sabiduría, algo nada baladí.

Mis deseos para 2015 son simples, tal vez egoístas: amar más, y mejor, y sentirme bien con mi cuerpo (para poder amar).

jueves, diciembre 25, 2014

Frugal

Es un adjetivo poco escuchado en el habla diaria, pero de enorme actualidad gracias a la crisis.

Alguien de mi equipo de trabajo me preguntaba no hace mucho por su significado, al oírlo y visualizarlo en presentaciones estratégicas de empresa, donde adquiere un contenido especial: 'hacer lo máximo con la mínima inversión', lo que vendría a ser sinónimo de: 'exprime tus neuronas para encontrar soluciones sencillas a problemas complejos'.

Esta nochebuena mi hermano David ha vuelto, como en el célebre anuncio, a casa. Como cada año, por cierto.

Aunque vive cerca, en la costa de Cádiz, y solemos visitarlo durante el año, especialmente cuando hace buen tiempo, la única ocasión del año en que nos vemos toda la familia al completo es en la cena de ayer.

Con David me pasa algo muy agradable: cada vez me da más alegría verlo. Ha sido un chaval complejo, el cuarto y último hermano, que ha vivido de forma atropellada durante mucho tiempo, convirtiéndose en el ejemplo concreto de superación cuando la vida te abofetea y tú te haces cómplice de tu propia destrucción.

Él es feliz en su casa de madera, con sus paseos por la playa con el viejo Bronco, las clases de futbito a los niños del Palmar, su yoga en Conil, los paseos en bici, su trabajo en un bar de primera línea de playa y su eterna risa inconfundible.

Es de estas personas con las que no tendrías ninguna conexión si no fuese tu hermano, pero por la que lo darías todo, de las que no esperas nada y, sin darte cuenta, un día te das cuenta de que tienes mucho que aprender de ella, de su simplicidad, la fortaleza y la capacidad para vivir feliz de forma austera.

Hace unos días leía en un diario que comer poco te hace ganar años de vida. Imagino que podría hacerse una analogía con el no poseer. No querer tener, sino sentir. Ése es mi hermano.

No diga frugal, ¡diga David!

miércoles, diciembre 17, 2014

Podemos

Sé, en mi fuero interno, que nunca votaré a Podemos. Tan claro lo tengo como que nunca votaré al Partido Popular.

También quiero, en cambio, que saque muchos votos, una parte considerable de asientos en el Congreso y en los ayuntamientos. Entiendo que es necesaria, diría que imprescindible, la llegada de una fuerza política como ésta, sin hipotecas ni traiciones acumuladas.

No los votaré porque no creo en políticas irrealizables sin sustento económico, porque no me gustan los mensajes apocalípticos y porque creo que España tiene remedio con políticas que modifiquen el rumbo sin necesidad de hundir el barco. Perderíamos mucho de lo recorrido en estas décadas de democracia si comenzásemos a levantar barricadas y torpedeásemos la credibilidad de nuestros compromisos internacionales. No creo, a estas alturas del partido, en sistemas económicos centralizados ni en la eliminación de los medios privados de comunicación.

Aún así pienso que la fuerza de la democracia es el equilibrio de opciones. Por muy simpatizante de un partido que yo fuese no querría jamás que obtuviera los 350 escaños del Parlamento. No se puede talibanizar el sistema por mucho que uno tenga las ideas claras.

Y Podemos debe hacer mucho por la regeneración de las formas, por la denuncia de los hábitos podridos, por la catársis en los comportamientos. Podemos puede traer decencia a la política.

Esta país anda mal, son demasiadas las personas instaladas en la miseria de una vida sin futuro y no se puede permitir seguir metiendo la basura bajo la alfombra. Es necesario instaurar un código ético implacable basado en leyes robustas; hay que cambiar el sistema educativo de raíz; establecer criterios agresivos, no cosméticos, contra la corrupción y luchar contra la desigualdad de las rentas con una política fiscal justa, sin criminalizar al que más tiene, poniendo en el centro al emprendedor.

Yo deseo que estos cambios se hagan ya, con rapidez pero con cabeza, y quiero que esa gente enérgica, joven, irreverente y portavoz de una masa enorme de familias indignadas, se siente en nuestro Congreso a no dejar pasar ni una, a representar a los descreídos y hacer volver a esta joven democracia a quienes hace tiempo dejaron, con sólidos argumentos, de creer en ella.

martes, diciembre 09, 2014

Incendios

Hay un tipo muy definido de comportamientos -decir de personas sería generalizar en exceso- que basa su fuerza en la provocación.

Me refiero a aquéllos que, con el objeto fundamental de hacerse notar, buscan el conflicto permanente. No digo que haya maldad detrás, porque en muchas ocasiones al desafío sigue una disculpa o aclaración; pero siempre tras haber conseguido ponerte la sangre negra.

Normalmente con una sonrisa y tono pretendidamente irónico lanzan una puya sobre ti, bien en forma de reproche, de comentario acerca de lo que dicen de uno o ridiculizando algún aspecto de tu manera de afrontar las cosas para sacar de ti una reacción visceral que les hace regodearse con cara de preocupación.

'Perdona, no imaginé que pudiera afectarte tanto…'

Hacer daño para poner la herida, incendiar para ofrecerse como el bombero comprensivo que echamos en falta.

Entiendo que es un signo inequívoco de inmadurez, como tantos, el actuar cara a los demás con astucias estudiadas, tan malas como las instintivas, para buscar en el desequilibrio el principio de comunicación.

Una falsa asertividad disfrazada de inocencia para decir con agresividad lo que siempre se puede ofrecer con el discurso sano de quien se preocupa por el otro.

Recuerdo ciertas personas que pasaron por mi vida especialistas en comenzar las frases diciendo 'me han dicho que tú…' y que ya no están conmigo. Huyo de ellas.

miércoles, diciembre 03, 2014

Fráncfort

Cuando uno se pasea por Fráncfort una mañana laborable cualquiera de finales de noviembre entiende que los alemanes tenga en su imaginario colectivo la Costa del Sol como señuelo de otra vida posible, aunque sólo sea por saber que ésta existe.

Elisa y yo salimos del hotel hace justo una semana, antes de las ocho de la mañana, para aprovechar las dos horas de las que disponíamos antes de tomar el avión de vuelta tras un viaje de trabajo al norte de Francia.

Mis recuerdos de Fráncfort eran los de un verano mochilero con nuestra añorada Araceli y mi amigo Rafa, hace casi veinte años y con la mochila encima. Sin ser las imágenes que conservo de entonces nada nítidas, sí pude confirmar cómo ha crecido la ciudad, sobre todo en altura, y la importante actividad económica que se mueve por allí, tan distante en todo de nuestra Andalucía a medio gas.

Lo que sorprende más a un andaluz, al menos a mí, es el cielo gris, el frío intenso y la escasez de luz.

El centro se recorre en un rato. Tuvimos la suerte de encontrarnos a horas tan tempranas la catedral abierta, con un amplio coro ensayando en el interior, lo que nos sirvió para entrar en calor. Maravilloso.

'Me gustan las catedrales del norte, tan austeras', comentó Elisa, en contraposición a nuestras iglesias cargadísimas del sur. Le pregunté si era creyente, algo de lo que nunca había tenido ocasión de hablar con ella.

'¡¿Yo creyente?!', exclamó sorprendida. '¡Qué va, Salva!', confirmó mientras, en un gesto instintivo, mojaba sus dedos en el agua bendita y se santiguaba maquinalmente.

viernes, noviembre 28, 2014

Veinte

Un anuncio en El País, varios tests psicológicos, entrevistas en grupo e individuales llevaron a que un día recibiese una llamada telefónica en casa de mi padre en la que me confirmaban que Renault había decidido contratarme. Sin experiencia previa, recién entregado el proyecto fin de carrera y con la mili, sí, la mili aún calentita en el recuerdo inmediato.

Si hay escenas que uno recuerda en la vida, una de las mías es el abrazo de mi padre cuando colgué el teléfono y le confirmé que me habían elegido.

Fue un 28 de noviembre de hace 20 años cuando me planté en la fábrica de San Jerónimo, para pasar el reconocimiento médico, firmar el contrato, conocer a mi jerarquía y visitar las instalaciones que se convertirían en uno de los espacios por dónde mejor me desenvuelvo de toda la ciudad.

Un lugar de grandes naves de ladrillo visto que huele a aceites y taladrina en su interior, que suena a cientos de movimientos metálicos sincronizados, donde día y noche se baten generaciones de sevillanos por dar lo mejor de sí para sacar unas cajas de cambio impecables en calidad y precio que garanticen para siempre que esas líneas de producción continúen dando giro a sus cadenas.

Aprendí el oficio de mantenimiento en turnos de mañana, tarde y noche, con su dosis de aguante de presión y de capacidad de aplicar la lógica para resolver problemas; aprendí de la humildad del operario de base que se ofrece a enseñar a un joven ingeniero del que intuye que en un futuro seguramente se olvidará de él. Fui, año tras año, pasando por todos los rincones de esos inmensos talleres donde más de un millar de personas se afanan en garantizar que se cumple el montaje cada día.

La fábrica me permitió hacerme libre, crecer como persona y sentirme orgulloso de levantarme cada día con un sentido impagable de utilidad a la sociedad.

Tras un paso, cada vez más lejano, por las entrañas de los centros de decisión parisinos de la empresa, son ya casi diez los años que llevo ocupándome en mayor o menor grado de animar a los equipos para que la calidad de nuestra producción siga siendo irreprochable, para que las generaciones que quedan por venir sigan teniendo la oportunidad de recibir llamadas que les confirmen que entran en un territorio de olores a aceite y ruidos sincronizados que se ofrece como oasis en una ciudad ávida de lugares de producción masiva, eficientes en sus resultados, punteros en su tecnología y ejemplares en su trato al empleado.

El tiempo puso en valor el abrazo imborrable de mi padre.

jueves, noviembre 20, 2014

Espacio

Aunque no puede decirse que la noticia no haya sido suficientemente cubierta, no por eso creo que seamos todo lo conscientes que cabría esperar de la magnitud de la hazaña que supone depositar un robot en un cometa que se sitúa a 500 millones de kilómetros de la tierra a una velocidad de 120.000 km/h y que apenas mide 4.000 metros de diámetro.

A mí me supera esta proeza científica, me provoca sensaciones muy fuertes, positivas, que me hacen albergar esperanzas sobre el futuro del ser humano entendido como conjunto.

Cualquier astrónomo podrá explicar con palabras sencillas cómo se consiguen calcular trayectorias para hacer coincidir un objeto espacial con una sonda lanzada hace diez años desde la tierra; incluso debe ser fácil de entender la forma de acelerar un artilugio en el espacio ingrávido para conseguir velocidades ultrasónicas. Yo prefiero abstraerme de la base científica en sí para llegar al hecho concreto de racionalizar cómo un ser vivo, de poco menos de dos metros de estatura, consigue hacer que un robot se deposite sobre una roca que viaja más allá de lo imaginable, difícilmente visible desde grandes telescopios.

Por las noches nos gusta dormir viendo cine en la pantalla de nuestro dormitorio. Entre semana suelo tardar menos de cinco minutos en caer rendido, por lo que las películas nos suelen durar una media de quince días para verlas completas. Otra cosa es que ese largometraje sea de ciencia ficción y hable de un posible futuro en el espacio. Entonces doblo la almohada bajo mi cabeza y me sumerjo en esos porvenires posibles del hombre en comunicación con el universo, y consigo sin problemas llegar a los títulos de crédito presumiendo en mi interior de lo grande que podríamos ser los hombres si nos lo propusiéramos.

lunes, noviembre 17, 2014

Trinchera

Son muchas las veces en que uno da por sentado el sentido común en los demás; y son numerosas las ocasiones en que acabas aceptando que no todo el mundo tiene la capacidad de entender las relaciones humanas con las cuatro reglas básicas que ese sentido común presupone en toda persona con cierta vidilla.

Uno, que cree que su forma de comportarse en sociedad es la más adecuada, porque si no practicaría otra, empieza a buscar estratagemas para repeler ciertos comportamientos de gente cercana que carece de un mínimo de vista, u olfato, para hacer sentir a los demás en armonía.

Una cena, varios amigos, una mesa, ganas de charlar, tiempo sin verse. El cóctel de partida es envidiable. Pues bien, hay que llegar pronto. Los primeros, a ser posible. Se deben buscar los rincones con salida fácil y varios puntos de comunicación. Dos sillas a cada lado y una enfrente.

Cuando uno llega a una determinada edad no hay relajaciones que valgan, porque uno conoce a Pepito o Menganita, a los que quiere mucho y cuya vida personal te interesa de corazón, que te cogen por banda en esa cena esperada de tiempo sin verse y te dan la del tigre, se parapetan en en su trinchera, te agarran por el cogote y te introducen en ella sin preguntarte ni dejarte el mínimo respiro para coger el pan del otro lado de la mesa y pedir socorro con una mirada.

martes, noviembre 11, 2014

Judas

Haber sido educado en un colegio religioso con un claro ambiente de derechas no debe implicar ningún conflicto, salvo si desde muy temprano tienes claro que ni sientes el catolicismo como algo mínimamente creíble ni tu forma de ver el mundo se asemeja a aquéllos que votan al PP.

Es mi caso.

Mis recuerdos del Claret, todo hay que decirlo, son emotivos y alegres. La realidad de las meriendas en casas de amigos llenas de banderas de España con el aguilucho tardé tiempo en descubrirla. Haber vivido en estado de shock la muerte de Franco es disculpable porque era el sentimiento general en clase. Escuchar barbaridades sobre determinados conflictos sociales quedó atrás porque tuve la fortaleza de escoger qué era lo que me interesaba de ese entorno marcado por tradiciones, misas de domingo y mucha gomina. Encontré gente encantadora desde mis tres o cuatro años hasta los dieciocho en que salí de esas aulas que ahora veo con cariño, aunque supiese que encontrar el mundo de la universidad me iba a proporcionar un aire fresco que me alejaría para siempre de esa parte de la sociedad sevillana frente a la que me siento tan extraño.

En ese entorno se vituperaba todo lo que tuviera que ver con lo diferente; lo 'progre' entendido como piojoso y comunista, lo homosexual tratado con escarnio, las libertades entendidas como sacrilegio, con un lenguaje afortunadamente casi desaparecido a día de hoy.

Recuerdo el desprecio con el que se recibió la victoria de Felipe González entre mis compañeros. 'Diez millones de mierdas', así decían, que votaron por un cambio imprescindible en un país que necesitaba como agua de mayo un vuelco. Y ante esos insultos, a quienes eran mis ídolos, el esmirriado jovencillo que era yo asentía, ocultando así la ilusión con que con quince años vi las lágrimas de emoción de mi madre en el mitin final de Felipe en el Prado de San Sebastián dos días antes de que la izquierda por fin gobernara mi querida España.

De esa época recuerdo mi lucha casi siempre perdida por no ser un Judas más. Tiempos lejanos.

jueves, noviembre 06, 2014

Abandono

Me gusta correr. Con todo lo que implica de sufrimiento y fuerza de voluntad. Correr por placer y en solitario, a mis ritmos, sin música e improvisando recorridos en el entorno perfecto de la orilla del Guadalquivir en la que tengo la suerte de vivir. Con todo lo que también supone de placer corporal y autoestima íntima por los pequeños logros conseguidos día tras día. Correr para evacuar estrés, pensar en uno mismo sin profundidades insanas y sudar la mala vida que presumo de disfrutar. Para beber cervezas sin mala conciencia y permitirme tartas de queso equivalentes a diez kilómetros rodeando el Alamillo. Para sentir el paso de las estaciones fuera de los cuatro muros del trabajo, para atravesar las noches frías de invierno y recrearme en las luminosas del verano sevillano.

No hay día, cuando salgo a correr, en que no haya un instante en que me plantee el abandono. Momentos en que el aire no me llega a los pulmones, en que me digo 'hasta aquí he llegado'; instantes en que mi 'yo' sensato responde al visceral que no hay ningún problema para frenarse en seco, apoyar las muñecas en las rodillas y respirar. Saberse con la libertad para detenerse en cualquier momento se convierte en el mejor acicate para seguir: ser consciente de la voluntariedad de ese placer cotidiano.

Por eso corro solo, para conservar intacta mi capacidad de sufrir y disfrutar al límite que yo decida.

El condicionante perfecto para desarrollar cualquier actividad o pasión es saberse libre para abandonarla en cualquier momento. Esa libertad de elección combinada con la fuerza de la convicción es el cóctel perfecto para un amante del 'running', o de cualquier afición que se tercie.

La libertad, bendita palabra.

Saber que uno puede retirarse es la mejor medicina para no renunciar. No recuerdo haberme parado nunca a mitad de camino, a pesar de habérmelo planteado siempre.

martes, noviembre 04, 2014

Soberbio

La señora, de unos sesenta años, pelo descuidado a medio teñir recogido en una coleta y ropa de andar por casa, llegó acelerada, y tarde, a la cita de su marido con el médico, que ya lo trataba en la sala de ecocardiogramas del Virgen del Rocío sin que ella supiese en qué gabinete podría encontrarse ni cómo entrar.

-Señorita -le preguntó a una enfermera que salió al pasillo desde una de estas habitaciones, con el vozarrón incontrolable de quien no sabe modular la voz-. Mi marido está por ahí dentro. ¿Puedo pasar?

La sanitaria, familiarizada con estas lides, la convenció para que se sentara argumentando que la prueba a la que sometían a su marido era sencilla, pero larga, lo que hacía recomendable no molestar al doctor.

Ante la insistencia de la mujer, la enfermera se agarró a un ataque de tos de ésta, en sus aceleradas explicaciones personales sobre su tardanza en coger el autobús, para terminar de convencerla.

-Con esa tos no permitiría al cardiólogo hacer su trabajo. Necesita silencio.

Planchada por el frenazo, la mujer se quedó sentada en las sillas de espera.

-Si yo no tengo tos, explicaba hacia gente que no la mirábamos, lo que pasa es que me he tomado un chicle y se me ha metido la salivilla por el otro lado…

Insistió a un celador y a la misma enfermera al volver a verla entrar. Nada.

-Es que mi marido está 'mu' malito -contaba al aire aséptico del hospital.

Poco más tarde salió el médico con cara seria. Preguntó por algún familiar del marido de la señora, que se levantó asustada con el bolso en la barriga. Con un tono serio debió explicarle un diagnóstico poco prometedor, a lo que la mujer reaccionó con la cabeza gacha y un incontenible:

-¡Es un soberbio, doctor! Le tengo bien dicho que es un soberbio...

jueves, octubre 30, 2014

Herrera

En esta desagradable carrera hacia ninguna parte en que se ha convertido la cuestión catalana hay personajes que me desesperan con especial intensidad, y uno de ellos es Joan Herrera, el líder de Iniciativa per Catalunya, el político de imagen austera, con un cierto aire monacal, habituado a sermonear durante años desde el púlpito del Parlamento español a propósito de la ética universal que él creía personificar como representante de la izquierda no maleada, la verdadera, la que no mangaba ni mangará. Compartía tiempos con Gaspar Llamazares como batallador incansable durante toda la legislatura de Zapatero. Es decir, fue cabeza visible de votantes de izquierda de toda España en la lucha por una política social.

Discutible o no en sus argumentarios, parecía mantener una línea sólida de pensamiento y reivindicaciones.

Hasta que llegó el soberanismo, momento en el que se envolvió en la bandera para abandonar a su suerte a los oprimidos del estado opresor, por los que se supone que luchó con convicción, y se plegó a una causa patriótica de difícil defensa para alguien que se proclame deudor de los valores de la izquierda y la solidaridad entre iguales. ¿Puede alguien con esas convicciones poner en cuestión la redistribución de la renta que supone que la población de las regiones más prósperas contribuyan en mayor proporción a la caja común? ¿Que todos paguemos según nuestros ingresos independientemente del lugar en el que vivamos?

Oriol Junqueras es honesto. Él defiende, sin retorcer ninguna de sus convicciones, el derecho a la independencia de su pueblo; y con ese mensaje lo votan sus seguidores. No hay trampa.

Fue todo un despropósito el discurso de Herrera en el Parlamento español defendiendo el 'derecho a decidir', eufemismo de la defensa de un referéndum por la independencia; bombardeando desde la tribuna, en su base, los cimientos de nuestra convivencia en común, olvidando en su discurso la juventud democrática de una España que no se merece tales disparates por muy mala situación que esté pasando y muchos chorizos que estén entrando en prisión. Cuanto más hay que arrimar el hombro más traidor. La crisis como excusa para dar un corte de manga al pueblo.

Él interpreta que los votantes del cinturón de Barcelona buscaron en él a otro más que enarbolase las pancartas de la insolidaridad con el resto de los pueblos de España, sin darse cuenta que para eso los independentistas ya tenían a Junqueras o a la CUP.

Cada entrevista que he leído de él en los últimos años es un testimonio inmejorable más de cómo no decir nada con cara de cabreo. Cara de cabreo como pose.

Que la principal obsesión de este dirigente sea ejercer el derecho de autodeterminación es buena prueba más de la sinrazón que invade a los políticos de nuestro país. O del suyo.

lunes, octubre 27, 2014

Alcohol

Hay una expresión que me mosquea desde que tengo uso de razón: 'No necesito beber para divertirme'.

Quien te lo dice deja en la atmósfera la acusación no dicha de que tú sí necesitas del alcohol para pasar una noche entretenida. Entre otras cosas porque cuando se dice algo así es porque se quiere especificar que uno es distinto al resto y marcar territorio. Lo malo es que normalmente se cae en la contrarréplica de las explicaciones que justifiquen el hábito de tomar cervezas o cubatas por el simple placer de hacerlo, aludiendo a que uno está harto de currar o a que la vida son dos días; e, incluso, mientras digieres ese ataque de terciopelo te planteas si no eres realmente un alcohólico en potencia que no sabe socializar si no es apoyándote en una buena copa.

A mí me gusta beber. Porque me desinhibe, porque estoy harto de currar y porque la vida son dos días. Pero, fundamentalmente, porque me gusta; a sabiendas de que la necesidad no existe, y trato de convencer con argumentos racionales a aquéllos que lanzan frases tan inocentemente demoledoras. Porque es muy fácil explicarles que decir 'a mí, muchas noches, no me apetece beber' es mucho más elegante y respetuoso; porque, además, con el tema del alcoholismo es delicado jugar.

Me sublevan las reflexiones personales que implican conclusiones sobre los otros.

miércoles, octubre 22, 2014

Toro

No sé qué fascinación nos produce a los humanos la visión del peligro. A mí, al menos, me resulta hipnotizador, tal vez morboso, el sentarme delante de una pantalla a ver imágenes de situaciones comprometidas, desde un tsunami, a un vuelo sin motor o un encierro de los sanfermines. La explicación, en mi caso, puede que esté en mi espíritu tan poco aventurero. Soy cagueta por naturaleza, o quizás más bien por puro raciocinio. Me gusta tanto vivir que no quiero jugármela. No quiero romperme una rodilla haciendo esquí ni la crisma escalando una montaña.

Hay, en cierta forma, un sentimiento de admiración hacia el que disfruta la vida con ese empuje liberado de precauciones.

Estos meses un familiar mío se debate en una peculiar lucha por vivir. Ya de muy joven la vida le dio una buena cornada. Cuando las preocupaciones de los demás chavales de su edad era estudiar, echarse novia y salir de marcha, él ya sabía lo que eran las operaciones a vida o muerte y los diagnósticos tremebundos.

Ha tirado para adelante a pesar de todo, ha formado su familia y se ha rodeado de una esfera de cariño de aquéllos que ven en él lo que pudo ser de su propia vida de haber sido trincado por el toro.

Hoy vuelve a verle, tan joven, las orejas al lobo y los que están cerca no pueden sino rodearlo de afecto.

Recuerdo los sanfermines de este año. Un toro resbaló en la famosa curva de la calle Estafeta. Cuando se incorporó le echó el ojo a un joven gordete y se fue a por él. Lo reventó a cornazos, lo estampó contra la barrera y lo revoleó a diestro y siniestro. Cuando por fin lo soltó, el chaval corrió como pudo buscando cómo salir. Pero no le dio tiempo. El toro, en medio de la muchedumbre, lo volvió a localizar y se fue de nuevo hacia él para darle otra paliza. No sé qué será de la vida de ese hombre, pero el susto ya lo tiene de por vida.

Hay gente a la que le toca que le mire el toro, mientras el resto observamos desde la barrera animando al atropellado para que se recomponga y huya del peligro, mirando en ese espejo de la fatalidad en el otro la naturaleza cruel de la vida que, una vez más, pasó por nuestro lado.

miércoles, octubre 15, 2014

Loden

Al entregarle el otro día un par de detallitos neoyorquinos a Iván en casa de mi padre -qué felicidad produce traer regalos a un niño-, le vino al abuelo a la cabeza una escena que para él seguro que también fue muy tierna.

Yo era un renacuajo y estábamos de paseo por el centro, los dos a solas. Él me metió en el Corte Inglés y le dijo a una dependienta que me pusiera ropa nueva de los pies a la cabeza.

Zapatos, calcetines, ropa interior, pantalones, camisa... y un loden, en miniatura, de la época.

Imagino la escena llegando a casa, con mis gafas de culo de vaso, mi bizquera y un padre encantado de traer al niño a casa como un pincel. Imagino también la sonrisa de mi madre y los achuchones. E incluso el juego de seducción entre ellos dos usándome como excusa...

Qué pena no tener memoria para poder traer con claridad a mi cabeza una escena que no estaba más que en los recuerdos del abuelo de Iván.

Se la robo.

domingo, octubre 12, 2014

Memory

Intentaba reservar por teléfono en el 'Top of the Standard', un bar-restaurante neoyorquino con espléndidas vistas al downtown de Manhattan que teníamos ganas de visitar al relacionarlo (acertadamente) con la escena de Shame, la célebre película de Steve McQueen, en la que Carey Mulligan canta New York, New York acompañada del piano.

Al otro lado de la línea me atendía un señor amable, que escuchó mis disculpas por mi pobre inglés, al que solicité una mesa para esa misma noche de domingo. Había sitio y sólo nos apuraba en la hora de llegada para adaptarnos al horario de la cocina.

Todo iba bien hasta que empezó a solicitarme o explicarme algo acerca de un código nosequé: 'code'. Imaginé que sería una contraseña para confirmar o bloquear la reserva, así que agucé mis oídos para entenderle. Me repetía frases una y otra vez que yo no comprendía; el bloqueado era yo, no la reserva, así que decidí poner toda mi atención en anotar las letras que me iba diciendo con toda su paciencia... La t, la r, la a, la j... ¿traje? Y le pregunté en español: ¿traje?

Yes, sir.

Tuvo el detalle de buscarme la palabra en español. Entonces comprendí lo del 'code'. Era el código de vestimenta. El 'dress code'. Había que ir con traje y zapatos no deportivos.

No sé qué es lo que me falla a mí con el inglés, si la inteligencia o la memoria. Llevo no sé cuántas clases, intercambios, cursos a distancia, métodos on-line, novelas originales, artículos del NYT... y sigo quedándome paralizado al escuchar a un recepcionista, una camarera o el vigilante de un museo hablarme de sopetón. Me vuelvo rígido y todos mis conocimientos se diluyen como azucarillo para volver justo un rato después, cuando ya no tiene arreglo y empiezo a entender qué me quiso decir y cómo pude interpretarlo...

Mi esperanza es saber que un día llegué a aprender francés, aunque tuviese que pasar tres años viviendo en París para que mis perezosas neuronas se hiciesen a otros 'códigos'.

sábado, octubre 11, 2014

Agravios

Aunque afortunadamente las relaciones de amistad fluyen a lo largo de toda una vida, con entradas y salidas, modulaciones, cimas y simas, sí es cierto que conforme pasan los años se van estabilizando los nombres, los números a los que llamar y se van asentando en nuestra cotidianeidad personas a las que consideramos parte de nosotros.

Siendo o no conscientes o coincidentes con este razonamiento, lo cierto es que parece no haber edad ni madurez suficiente para terminar de una vez con el listado diario de agravios a echar en cara a nuestros amigos, incluso hacia aquéllos de los que no tenemos ninguna duda acerca de su amor por nosotros. Somos jodidos los humanos, yo el primero.

Debería ser un ejercicio muy sano el saber desligar la lealtad de la inevitable imperfección humana. Mensajes no respondidos, comentarios desafortunados u olvidos 'imperdonables' son daños colaterales necesarios de asumir sin perder los nervios. Simplemente es cuestión de ser asertivos y criticar a la cara, las veces que haga falta, las meteduras de pata de aquellos amigos a los que decidiste, de forma más o menos consciente, ir integrando en tu vida.

No creemos tan grandes expectativas hacia los demás que nosotros no seamos capaces de cumplir. No tenemos el derecho de poner listones tan altos a los demás como los que, voluntariamente, nos ponemos a nosotros mismos. Nunca seremos todo lo ejemplares que se requiere como para dar lecciones. A cada agravio, una queja. Directa y sin rencor, con el calor del amigo. Sería el primer paso a dar para comenzar a entender qué no gusta de nosotros en el otro.

No es fácil. No.

lunes, octubre 06, 2014

Broadway

Hay muchos momentos en que mi curiosidad se lamenta de que el período de una vida humana sea tan corto respecto a los tiempos de cambio en una sociedad, incluso en ésta loca y acelerada que nos ha tocado vivir.

Fue en 2003 cuando aterricé por vez primera en esta deslumbrante ciudad de Nueva York; los recuerdos son suficientemente cercanos y el tiempo transcurrido significativo como para poder confirmar que ha habido evoluciones en esta inmensa urbe que me hacen presagiar un futuro mejor en determinadas materias que me conmueven.

Es una ciudad dura. Mucho. No hace falta viajar aquí para saberlo, aunque cuando te enfrentas en las estaciones de metro o en cualquier rincón de un parque con la mirada perdida de tantos desheredados, entonces confirmas que esta capital del mundo es un reflejo potenciado de los excesos, desequilibrios y egoísmos de un ser humano que no ha sabido, tal vez podido, estructurar con más sentido el hormiguero que conformamos.

Hay, sin embargo, pinceladas que me hacen creer que sí, que la esperanza es posible, aunque sé que no viviré para confirmar que esa familia negra que vi hace unos días en un musical de Broadway, y que espero serán dos en otros diez años, no será algo en lo que fijar la atención; porque cuando me emocioné en mi primer viaje viendo Nine, no pude sustraerme a presenciar el blanco uniforme del gallinero y el negro absoluto de los acomodadores.

Ya la línea C que lleva a Harlem no es sólo afroamericana a partir de la estación 96, ya encuentras hispanos enchaquetados camino de Wall Street.

¿Qué Nueva York encontraré en mis viajes de senectud?

lunes, septiembre 29, 2014

Play

Hace unos días rendimos homenaje con una comida sorpresa a un compañero de trabajo que dejaba nuestro departamento tras un recorrido impecable de compañerismo y profesionalidad. Todos los que antes o después habían trabajado con él participaron en la comida, contribuyeron con el regalo o, en buen número, compartieron mesa de restaurante para disfrutar del momento emotivo que supone despedir a un compañero de tus rutinas diarias.

Él, un francés encantador y divertido que tira por tierras los tópicos recurrentes asociados al pasaporte de turno, estuvo ingenioso y agradecido, aún más por lo que suponía de sorpresa esa muestra programada de afecto. A fin de cuentas va a seguir una temporada en Sevilla.

Le entregamos en una caja camuflada llena de dedicatorias una PS4 (creo que se dice así) y el momento en que la abrió fue el mejor regalo que él nos pudo hacer. Fueron segundos eternos de una emoción incontenible que nos dejó a todos los comensales ruborizados.

¿Qué regalo material tendrían que regalarme a mí para sentirme de nuevo un niño emocionado?

No me viene nada a la cabeza.

viernes, septiembre 26, 2014

Fascinación

A pocas horas de coger un vuelo que me lleve una vez más a Nueva York, me pregunto por qué mi fascinación por esta ciudad y rápidamente encuentro mil respuestas.

Entre esas mil intento descifrar la clave que las unifique y me vienen a la cabeza adjetivos que alaban su  cosmopolitismo, la grandiosidad, la vanguardia o su universalidad. Llegar a Manhattan es introducirse en el televisor del salón de casa, en las salas de cine o en el territorio de mis sueños.

Una ciudad que creció atolondradamente durante todo el siglo XX, sin apenas historia anterior, llenándose de capas rectilíneas numeradas por las que pasear es su mejor museo, donde las razas se juntan y se escuchan idiomas irreconocibles; una urbe gigantesca que te hace sentir en el centro del mundo al tiempo que te dice que no eres más que una hormiga irrelevante entre mazacotes de hormigón que te vigilan, sin mirarte, cada vez que cae la noche con su firmamento inaccesible de oficinas infinitas.

Nueva York disimula su rutilante humanidad haciéndose pasar por divina, lo que provoca que el que la visita tenga la sensación de entrar en un territorio atemporal que le protege de las vidas normales y los miedos de siempre.

Destartalada y esbelta, joven, perversa, tolerante y marginal, rebelde, inmisericorde y mutante, falsa, traviesa y prismática ciudad de Nueva York, cómo me haces creerme importante cuando vuelvo a ti.

miércoles, septiembre 24, 2014

Cuidarse

En nuestro mundo actual se ha ido generando la teoría universal del Super-Yo. Hay que quererse para poder querer, tenemos que concentrarnos en nuestro bienestar individual para poder aportar algo al resto de la sociedad. La autoestima como método.

Siendo esta tendencia plausible, e incluso estando de acuerdo con ella, a veces pienso que esta generación comienza a obviar al Otro con excesiva facilidad.

La vida nos ofrece muchas vías para crecer y no en todas debe estar el individuo como centro de su propio desarrollo personal. Hacer las cosas pensando en tus congéneres no degrada.

Es ahora cuando entro en el terreno del amor.

Me parece hermoso cuidarse, en todos los sentidos, pensando en tu pareja. Entender el querer sentirse guapo como prueba de entrega, no dejarse llevar por la rutina para alimentar la curiosidad de quien convive contigo, preocuparte por tu salud no sólo por ti, sino pensando en el futuro compartido.

Uno decide una vida en común que no implica una foto fija de elección eterna.

Te cuidas, te renuevas, te culturizas, haces deporte, comes con criterio, te propones cambios de vida, mantienes una forma, eliges una ropa, te perfumas o coqueteas con el espejo no sólo por lanzarte una sonrisa, sino cuidando de que esa sonrisa siga haciendo feliz a quien te quiere.

miércoles, septiembre 17, 2014

Orfandad

Sé que soy un ser especialmente afortunado y, sin que suene a terapias facilonas de autoayuda, lo tengo muy presente.

De entre todas las cualidades y ventajas con que me ha regalado la vida, una significativamente importante, para mí, es la capacidad de soñar, entendiendo el sueño como un mundo paralelo que me enriquece, descontracturando mi realidad y provocándome reflexiones acerca de lo que soy que me ayudan a conocerme mejor.

Y dentro de esa gran cualidad que es el acceso a esa ventana lúcida al mundo de mis sueños tengo la gran ventaja de poder disfrutar de aquellas personas con las que no tengo otra forma de compartir mis días.

Son muchas las mañanas en que, durante décimas de segundo, despierto sin tener la certeza de si mi madre ha muerto, algo que ocurre porque paso muchas horas de mis noches junto a ella, que aparece como entonces era, joven, comprensiva y atenta, una máquina de dar cariño al niño adolescente que soy en esa otra vida.

La orfandad es terrible.

lunes, septiembre 08, 2014

Ombligo

Uno llega a una edad en la que una llamada del Servicio Médico de la empresa para la revisión periódica da cierto yuyu. Por muy bien que me sienta en mi cuerpo, uno no controla ni una mínima parte del funcionamiento y la evolución que éste va tomando con el tiempo, cruel con el paso de los años, experto debilitador de funciones, músculos, reflejos y fluidos.

Todo iba bien, y se acercaba el tiempo de descuento, cuando al médico, tras el electro y la toma de respiración, aprovechó que aún no me había abrochado la camisa para tocarme el ombligo, zona de mi anatomía extremadamente sensible, en mí, a cualquier indagación física. Tocó, retocó y hurgó de nuevo.

¿Tú siempre has tenido el ombligo así?

Así, ¿cómo?

Como un garbancillo. Así es como tengo el ombligo. Un garbancillo que se desinfla si lo tocas.

Por momentos dudé si antes era distinto, algo que suele ocurrir para los desmemoriados como yo, que cuando me preguntan acerca de algo que hice o dije siempre encuentro una imagen en el pasado, la mayoría de las veces falsa, en que hice o dije aquello que me relatan.

No sé si desde que nací, pero sí que hace mucho tiempo que lo tengo así. Como mucha gente, interioricé, sin atreverme a decirlo.

Él negaba con la cabeza.

En mi última revisión del 2009 te lo habría visto. Porque yo siempre miro el ombligo.

Maldita manía -pensé.

Entonces fue cuando me dijo que lo observara a diario, por si crecía o cambiaba de color, apuntando sin piedad en el informe una posible futura hernia. Acojonado, pregunté si podría seguir con mi pilates, con mis carreras, con mis abdominales… A todo contestó que sí, con miramientos, aunque dejaba en mí la responsabilidad de hacer esfuerzos con el abdomen.

Salí derrotado y me llevé toda la noche dando vueltas y tocándome la barriga, por si le daba por crecer al nuevo Allien.

Los días, sin embargo, pasan, sin molestias, ni colores, ni aumentos imprevistos, mientras busco fotos veraniegas antiguas en las que poder verme la barriga, sin llegar a ninguna conclusión y admitiendo, para mis adentros, que ya no iré nunca más solo por la vida.

A partir de ahora somos yo… y mi ombligo.

lunes, septiembre 01, 2014

Borete

Mi madre me decía: 'Nadie se llama como tú'.

En mi familia hay tantos Salvadores que decidieron ponernos nombres, a veces inventados, para distinguirnos. Mi primo Tete, mi primo Curro… A mi padre le pusieron Bori. Él cuenta que deriva de Salvadorín… Dorín… Dori… Bori… El caso es que mi padre es Bori para todos los que le conocen.

Y el primer hijo varón de Bori debía llamarse Salvador, ¡tradición manda!, y de Bori no podía nacer otro hijo que Borete.

Es el soniquete que siempre he interpretado como reclamo desde pequeñillo. Para todo el mundo yo era Borete, un niño con una infancia feliz en una familia cálida y divertida.

El nombre de Salva llegó con el colegio, aunque mis amigos seguían siendo los de siempre y Borete era un niño tímido, querido y protegido por su entorno.

El bachillerato y el instituto, como a la mayoría, me hicieron acceder a un mundo nuevo y ya en la universidad comencé a construir a mis amigos de siempre. Entonces el rastro de Borete se limitaba a mi familia y las primeras amistades de la infancia.

Un día mi hermano David decidió que mi nombre sonaba muy infantil, ¡o pijo!, no recuerdo muy bien la crítica, y que a partir de entonces tendrían que llamarme Bore.

Sea como sea, el tiempo ha pasado rápido, ya soy todo un señor y hay días en que me coge de improviso un grito inesperado de ¡Borete! que me lleva de golpe a las mismas entrañas de mi infancia y me hace sentir una emoción racial.

Y hay un momento, un preciso instante de sutil seducción, en que alguna de las personas más queridas de mi presente, de aquéllas que me conocieron en el período 'Salva', se decide a nombrarme por la palabra mágica, Borete, diciéndome así que se siente parte de mi complejo mundo interior, con toda la carga de afecto que ese gesto me transmite.

Porque como decía mi madre, 'nadie se llama como tú'.

lunes, agosto 25, 2014

Piscina

Dicen que un burro encerrado en mitad de una habitación simétrica, con dos grandes sacos de pasto en cada esquina, moriría por su incapacidad de decidir hacia cual de los dos fardos dirigirse.

Tan feliz estaba yo ayer al borde de una piscina que tuve la sensación del burro en la encrucijada. No había argumentos suficientes que me provocasen moverme, allí tirado al sol con los pies dentro del agua. Apetecía una cerveza, apetecía bañarme, apetecía dormirme… Y todo era tan fácil que no era capaz de decantarme por nada.

Lo jodido es cuando esa indecisión dura más que treinta minutos, se hace norma y vas poco a poco entrando en dinámicas de no arriesgar, permaneciendo cada vez más calentito en esa zona confortable en la que lo que entiendes por mayor placer viene dado por la ausencia de movimiento, de proyectos a fin de cuentas.

Tengo gente cercana que entra, sin que ellos quieran admitirlo, en el cuadrado narcotizante del burro inmóvil que basa todas sus respuestas en excusas para no avanzar.

Esta época de crisis ha zarandeado con fuerza al personal y son muchos los que han tenido que ponerse las pilas para buscar un camino de salida a situaciones vitales muy desagradables; pero también hay una gran cantidad de afectados que se han ido metiendo en el agujero de la falta de decisiones que te engulle como arenas movedizas.

domingo, agosto 17, 2014

Entrometidos

Aunque no siempre es así, sí que me parece una gran reflexión aquélla de 'lo que diferencia a la amistad del amor es la certidumbre'.

Una amistad consolidada, equilibrada y honesta (como toda amistad, por otro lado, tendría que definirse) debería valorar el consejo, el comentario o la crítica como algo inherente al hecho de quererse.

Aun siendo doloroso a veces, porque los amigos son precisamente quienes mejor te conocen, yo no sólo no me quejo sino que les pido que se entrometan en mi vida. Ya soy mayorcito para luego decidir con qué me quedo o cuánto saco de positivo de las sensaciones que me aporten.

Sí, es cierto que la principal virtud de un buen amigo es la de la escucha. Cuando en ocasiones críticas, y me vienen muchas a la cabeza, he acudido a alguna de las personas que me aprecian, siempre ha sido buscando un cómplice. El error consiste, a mi entender, en querer cómplices mudos.

Un buen amigo es el que te desnuda de prejuicios y sabe hacerte ver el ser humano, enorme pero imperfecto, que tu cuerpo esconde.

Hubo momentos, lejanos y recientes, en que esa fórmula falló, en que las opiniones se tomaron a mal. Y siempre esas amistades comenzaron a enfriarse. Tal vez yo sea por eso una persona de pocos amigos íntimos, quizás por entender mis relaciones de una forma demasiado calvinista, estoica o responsable. No me valen grandes amigos de 'jiji-jaja'.

Quiero que se entrometan en mi vida, porque pienso entrometerme en las suyas. Me importa la felicidad de aquel a quien quiero.

lunes, agosto 11, 2014

Gran Hermano

De no haber sido porque en un instante me dio por buscar una oferta de fin de semana en Marbella para finales de agosto no me habría dado cuenta.

Estamos preparando con ganas casi infantiles, en este verano en que me tocó trabajar, por vez primera, en Sevilla, nuestro próximo viaje a Nueva York para el mes de octubre, tras varios intentos anulados en años pasados.

Tenemos tantos recuerdos de anteriores viajes que bucear por internet buscando sitios donde alojarnos o proyectando cenas o excursiones futuras supone un juego placentero en que echar horas muertas en estas tardes de agosto en que apenas queda gente conocida en la ciudad.

Había un hotel del que no recordaba el nombre, pero sí que podía acceder a él a través de una página que te conduce a sitios de diseño y alojamientos con cierto glamour llamada Splendia.

El caso es que, tras un rato de apuntar ideas, cerré el ordenador para tirarme en el sofá a pierna suelta.

Fue justo al levantarme, al conectarme de nuevo a Internet para echar un vistazo a la prensa electrónica, cuando encontré que toda la publicidad que me ofrecía la portada de El País, perfectamente entrelazada entre sus titularesvenía resumida por dos grandes ofertas: hoteles de Nueva York a través de la página de Splendia y justo, qué casualidad, el rincón de Marbella que tuve la curiosidad de consultar.

Sí, no me he caído de un guindo, pero no podía imaginar que el Gran Hermano andaba tan cerca ni pude evitar el desconcierto de pensar que ya no existe marcha atrás.

Ya muestra su ojo enorme sin tapujos, indecente, descarado y desafiante.

miércoles, agosto 06, 2014

Mantener

La felicidad es el deseo de repetir, escribía Kundera.

Deseo de volver a esos momentos en que nos dolía la barriga de reírnos tirados en la playa sin más, a los fines de semana perfectos con amigos que ya no están en nuestras vidas, a las cenas que se organizaban regularmente con gente que parecía imprescindible, a las tertulias literarias de los martes por la tarde, a los largos paseos en bote por el Guadalquivir, a las clases de inglés recién terminadas.

La naturaleza humana es buscadora de recuerdos, los idealiza y tiende a recrearse en ellos para confirmar lo que anhela, tal vez obviando por instinto la posibilidad de reconocer las felicidades actuales, cerrándose sin querer a admitir futuros inesperados que la descoloquen.

La vida, sin embargo, la real, atolondrada y caótica, se maneja con otros estándares que acogotan al ser humano. Su imprevisibilidad fulmina de raíz esas estratagemas del hombre por atrapar el bienestar mediante rutinas programadas.

El ser más feliz es el que mejor sabe improvisar, el menos apegado a la tierra, el de menos compromisos con el presente; adaptarse así al fluir inconstante de la existencia dejándose el mínimo de rasguños por el camino.

Compatibilizar esa volatilidad vital con unos principios firmes de ética se me antojan las claves reales para triunfar, individualmente y sin trofeos, como persona.

La clave está en no guardar tanta ropa.

Reivindico, con fuerza y convencimiento, el placer del disfrute de los recuerdos, pero lucho por no condicionarme por ellos, porque sé que vendrán situaciones personales extraordinarias que a día de hoy son imposibles de imaginar siquiera.


martes, julio 29, 2014

Terror

Cuando el telediario informa de que casi el 90% de la población israelí apoya la ofensiva sobre Gaza y vemos imágenes, día tras día, de niños agonizando llevados en camilla hacia hospitales bombardeados, la reacción inmediata y visceral es la de maldecir a una sociedad insensible al dolor del otro.

Intentando profundizar, entender cómo ha podido llegar a ese posicionamiento un pueblo culto, civilizado y maltratado, durante siglos, por el desprecio y la desconfianza de otras sociedades, resulta difícil empatizar con esa coraza colocada que no les hace luchar contra su propia violencia.

Se entiende el miedo al vecino iracundo, pobre y resentido, incluso se comprende la fortaleza de un ejército creado para defender día a día la existencia misma de su añorado país recién creado, anclado en las tierras de las que fueron expulsados sus antepasados, como de tantos otros lugares. Expulsión, vejación y ensañamiento, sí. Se puede visualizar esa ansiedad por querer retener ese espacio siempre negado por la historia.

Aun empatizando con sus miedos y su rabia ancestral, resulta difícil asumir la vergüenza que debería suponer a una sociedad sana el saber que cada día son cien más los muertos a pocos kilómetros, con decenas de niños destrozados que obligatoriamente no pueden ser terroristas, sino niños.

El odio que lleva al odio y la ansiedad de saber que no hay antídoto posible en esa tierra desangrada por la incomprensión mutua es un motivo de vergüenza universal.

No se puede perdonar al asesino de tu hijo muerto. Ésa es la tragedia.

Mi solidaridad es plena con los inocentes niños palestinos en plena vorágine de terror.

jueves, julio 17, 2014

Estímulos

Cada vez leo menos, y me jode.

Nuestra generación, la que está pasando del papel a la pantalla, está sirviendo de conejillo de Indias para sí misma en su propia curiosidad por progresar, en estos tiempos en que las armas del conocimiento son imprevisibles y la tecnología acelera como zanahoria provocadora de nuevos comportamientos que afectan al núcleo de la sociedad y de la persona.

Depende del día o del estado de ánimos, vemos esta avalancha de estímulos con optimismo o cerrazón; aunque sí somos conscientes de que no hay marcha atrás, de que los dispositivos que nos rodean y se cuelan entre nuestras conversaciones ya vinieron para quedarse, ganar poder y reducir nuestros espacios vacíos, sea añorable o no ese vacío que ocupa una parte de la existencia.

En ese futuro más o menos próximo en que se analice la reacción humana a esa explosión de la tecnología de la comunicación, seguro que se documentarán con datos precisos enfermedades de nueva generación y tratamientos asociados, de hecho ya existen; pero, además, se observará con distancia cómo de fuerte es el hombre para lidiar con el chorreón de estímulos externos. Si sucumbió la estructura social o mejoró, si nació un nuevo ser humano, si se perdió capacidad de análisis, si el hombre ganó en rapidez mental o perdió en inteligencia, si se volvió más frágil o menos perspicaz.

Es seguramente batalla perdida buscar estratagemas para no sucumbir a esta dulce muerte de los hábitos pasados; aún así soy partidario de encontrarlas, de salir a pasear sin móvil, de forzarme a no mirar emails a determinadas horas, de obligarme al placer de comprar el periódico en papel los fines de semana y entregarme a ellos, de intentar convencer a mi pareja para alternar las noches de tele con las de lectura, de no compartir cada foto maravillosa con el mundo entero.

Hace diez años desayunaba entre semana viendo las noticias tomando corn-flakes en actitud pasiva, hace cinco ya lo hacía buscando titulares con avidez en las principales páginas web de la prensa de medio mundo. Desde hace meses, sin embargo, desayuno lentamente, en silencio, observando el amanecer del horizonte de tejados de mi ciudad.

domingo, julio 13, 2014

Fenómeno

Cada vez que tomó un café en la calle y el azúcar viene en forma de terrón, tomo éste con los dedos y lo aproximo hasta la parte superior de la taza para comprobar cómo se va poniendo marrón al subir el líquido por capilaridad y recubrirlo entero.

El fenómeno número 4, lo llamaba mi amigo Quino, con ese toque ingenuo e ingenioso que tenía para describir su mundo.

No recuerdo si tenía contabilizados otros fenómenos, pero sí es cierto que ese punto bromista al jugar con el terrón sobre el café en nuestras añoradas tardes de discusión universitarias ha perdurado de por vida en mi cabeza, de forma que la imagen de Quino, tras muchísimos años sin verlo, me viene cada vez que, sin previo aviso, me encuentro con un terrón de azúcar entre mis manos, como una magdalena proustiana específica y personalizada.

Si hay alguien de entre mis amigos que ha sabido buscarse la vida por medio mundo ése ha sido Quino. Tras trabajar no sé cuántos años en Alemania acompañado de su inseparable Maika y de sus niños, ahora sé que anda por territorio chileno haciéndose con un porvenir mejor.

Estas asociaciones visuales nos vienen como anillo al dedo a los que tenemos una memoria frágil, para traernos al presente gentes y momentos que fueron especiales un día en nuestra vida, o que lo son actualmente, pero de otra manera y a otro ritmo.

Tomar un zumo de pera me lleva a los campeonatos de España de remo en Mequinenza, oír hablar de Benedetti me acerca a Mariángeles, así como que siempre que estoy por Marbella envío un mensaje a mi querida Cristina, o Paolo surge cuando aparecen imágenes de faraones egipcios o de Kristian cuando es Harlem, o de Raquel si suena Fito y los fitipaldis, o de mi abuela si me hablan de los dos rombos...

A los desmemoriados como yo les viene muy bien tener cerca a gente que les recuerde, con cierta asiduidad, cómo fue nuestro pasado. Yo tengo la suerte de tener a esa persona a mi lado.

Quizás sea ésta una de las razones por las que empecé en el 2008 a escribir este blog... Para guardar en un cofre internáutico mi memoria y reflexiones.

Aunque no me acuerdo si fue ésa la razón de empezar a escribir por aquí...

viernes, julio 11, 2014

Ramadán

De los lugares mágicos uno tarda en salir incluso tras haberlos dejado lejos; con Estambul siempre me ocurre.

A pesar del evidente progreso constatado durante los más diez años que llevo visitando esta ciudad, los niños tirados en las calles tocando la flauta o las manadas de perros salvajes corriendo de un lado a otro me hacen recordar que hay dolores viejos e irresueltos en esa urbe inmensa, que se debate, a ojos de un occidental, entre mundos radicalmente opuestos.

Llegar a Estambul en su primer día de ramadán y encontrar a familias enteras en los jardines de Sultanahmet con las bolsas llenas de barras de pan y bebidas esperando la caída de la noche es un espectáculo en sí. Al mismo tiempo, paseando entre ese pueblo devoto en torno a mujeres pertrechadas de hyjabs, se pasean ejecutivos y tribus de jóvenes ignorantes de restricciones que parecen no ir con ellos.

En la fábrica de Bursa donde estuve trabajando la cantina estaba a medio llenar a la hora del almuerzo, y me apetecía preguntar a mis anfitriones, que comían con nosotros, cómo se llevaba esa dualidad, que parece tan abismal, en la sociedad turca. El desconocimiento y la precaución me hicieron, sin embargo, hacer preguntas más sutiles que no me aclararon la existencia, o no, de barreras de comunicación entre las dos formas de ver el mundo que componen el alma turca.

Oír el canto del almuecín a las 4 de la mañana, ver las ojos negros de mujer asomando de trajes negros que lo cubren todo, espiar sus esperas para disfrutar de la caída de la noche me hizo creer que yo vengo de un mundo menos rígido, obviando las procesiones incansables embadurnadas de incienso por el centro de mi ciudad.

Esta misma semana, en una comida de trabajo, hablamos del Vaticano y su visión de la nueva iglesia por venir. Un compañero afirmaba, con tono solemne, que un cura, aunque sea apartado del sacerdocio por haberse casado, 'siempre tendrá el poder para convertir el pan en la carne de Cristo'.

Yo lo escuchaba tomando mi salmorejo, acongojado por una frase tan rotunda, y me vinieron imágenes de las abluciones al entrar en las grandes mezquitas de Estambul.

Qué repeluco me dan las religiones.

lunes, julio 07, 2014

Vanidad

Estoy construyéndome una teoría simplona, como suelen ser las mías, que aún no tengo finiquitada.

Vendría a confirmar la naturaleza perversa del hombre a partir de los impulsos irracionales ante los halagos. Nada que no se sepa ya de la vanidad humana.

Pero sí, es cierto, a mi entender, que cuando recibimos un piropo, una crítica positiva o un reconocimiento inesperado, nuestra primera reacción, ésa que no se piensa y se elabora en décimas de segundo, es la de crecernos.

Luego, más tarde, la mayoría de las veces, viene el ataque, casi siempre falso, de humildad; y el agradecimiento.

El tic primero, sin embargo, el que nos delata, es el de la egolatría y aumento de la caja torácica.

Como aún no tengo del todo elaborada mi teoría, no sé si es pesimista o no. ¿Es bueno que nuestra naturaleza más física tenga reflejos soberbios? ¿Es la rectificación posterior –humildad y agradecimiento- buena muestra de nuestra capacidad de corregir los impulsos egoístas?

Alabar lo bueno en el otro es una muy buena medicina para practicar, cuando se dice de corazón y está bien argumentada. Recibir el halago, en cambio, es medicina a tomar con calma, admitiendo que el cosquilleo de felicidad que nos produce tiene que hacernos evolucionar hacia una mayor limpieza de espíritu.

Si alguien te admira lo más importante, quizás, sea esa persona que se fijó en ti.

miércoles, julio 02, 2014

Confort

El ser humano, al menos aquél al que yo represento, tiene una memoria frágil y se habitúa, más pronto de lo deseado, a zonas de aparente confort en el devenir diario que poco tienen que ver con lo que uno fue, e hizo, en tiempos no muy lejanos.

No hace tanto que yo me pateaba medio mundo en avión, con una maleta pequeña y un portátil de Renault, para trabajar en ciudades enormes de culturas muy diferentes a la mía. Me divertía, aprendía, no tenía pudor para conocer gente, tomar cerveza a solas y recorrerme barrios desconocidos sin temor.

Llevo años, sin embargo, en un puesto que me gusta, anclado a mi ciudad, con un ritmo de vida intenso pero manejable y el placer de sentirme muy bien en mi propia piel.

De pronto se me presenta un viaje de trabajo de una semana en Turquía y mi cuerpo, olvidadizo, sólo recuerda el día en que un taxista me timó en Estambul, dejando de lado las copas en Taksim, las horas en el palacio de Topkapi o las cenas en restaurantes sobre azoteas con vistas al Bósforo.

El hombre, el que yo soy, se vuelve asustadizo, se oxida, cuando pierde el ritmo de una vida sin inercias.

Me obsesioné con cambiar en billetes pequeños imaginando al futuro taxista como un ogro y pensaba en las calles de Estambul como un laberinto agresivo de sensaciones que no estaba seguro de querer reencontrar.

Y así me monté en el avión para llegar aquí, con el cuerpo alerta como un niño chico, asomado con los ojos como platos a la ventanilla del avión.

Luego vino un aterrizaje en un país soleado, un taxista simpatiquísimo y de nuevo el maravilloso Estambul de siempre; sin embargo, el hombre aburguesado en que uno se convierte sin quererlo, se asustó de su pasado.

Mi vecino de asiento en el avión me preguntó por mi nacionalidad, tras verme torpe con la bandeja de la comida de la Turkish Airlines y después de aclararme, sin yo pedírselo, que él era kurdo. Yo, harto de estudiar inglés y de escuchar de mi hippy profe londinense halagos sobre mi pronunciación, no supe más que responder a lo Chiquito de la Calzada:

-D’Echpáin.

¡Tengo que salir de la zona de confort!

jueves, junio 26, 2014

Certezas

Hay infinidad de temas sobre los que uno puede pensar firmemente en un sentido en el momento actual y tomar la posición contraria un rato después sin incurrir, aparentemente, en contradicciones. Normalmente esas cuestiones son abiertas y generalistas.

¿Qué razones llevan a una mujer de cuarenta y tantos años a tener su primer hijo por inseminación artificial?

El otro día tuvimos esa discusión en casa de mi amigo Migue y los argumentos eran demoledores o admirativos, aún más extremos cuando la conversación es pasional, hay confianza entre los que charlan y está aliñada de alcohol.

Con toda la limpieza que implica hacerlo cuando no hay nombres y apellidos detrás de la pregunta, nos planteábamos: ¿Qué lleva a esa mujer a inseminarse?

Hay razones para pensar que la cordura de una persona ya realizada consciente a esas alturas de la vida de lo que quiere y de lo que no, con una capacidad enorme para encauzar su amor; del mismo modo que se puede pensar que esa mujer va a proyectar todas sus frustraciones en una criatura que va a nacer con las cartas marcadas y una presión insoportable, soterrada, que la llevará a tener como retos aquéllos de su madre; aunque, seguramente, la verdadera motivación, estadísticamente hablando, esté en el centro.

Cada cual interpreta con su bagaje personal a cuestas y su forma de ver el mundo como guía.

Cuando la mujer X se convierte en una persona de carne y hueso es cuando sí se puede analizar, con criterio, qué la llevó un día a un gabinete médico para solicitar esa inseminación artificial, y ahí se juntarán frustraciones, mucho amor por dar y ganas de cumplir un sueño. O no.

Las conversaciones de café o sobremesa que tratan de temas universales, ¿tienen sentido entonces?

Siempre.

Charlar sobre lo divino y humano nos hace distinguirnos como personas; escuchar lo que el otro piensa y sus argumentos permiten conocer mejor a aquél con quien nos rozamos a diario; interpretar los comportamientos de los demás es una manera de ponernos en la piel de los otros para entenderlo, aun a sabiendas de que no hay respuestas categóricas para gran parte de los interrogantes acerca del devenir del ser humano. Afortunadamente.

Lo más divertido, cuando uno piensa que todos tienen su parte de razón, es escuchar.

viernes, junio 20, 2014

Constancia

Cuando hace varios años tuve la fortuna, en un mismo mes, de recibir una propuesta de edición de mi novela y, en paralelo, quedar finalista de un premio internacional, pensé que al fin mi humilde carrera de escritor tomaba el impulso definitivo, algo que creí confirmar con las ventas de ese libro y, sobre todo, con las reseñas que fueron publicándose en distintos medios.

De hecho, al embarcarme en el proceso de promoción de No te supe perder, ya tenía muy avanzada por entonces mi siguiente historia. Nunca dejo de lado esa pasión visceral por sentarme frente al papel en blanco, donde estructuro conflictos humanos de personajes ficticios que se van enredando en mi cabeza; un ejercicio, doloroso y divertido por igual, al que dedico horas recolectadas de entre los huecos de una vida intensa, fundamentalmente feliz y completa.

Pero no. No todo viene rodado. La novela publicada me llevó a enredarme en un largometraje interminable que me persigue como una maldición; agujero negro en el que caí convencido de su viabilidad sin haber sabido calcular quiénes estaban junto a mí en ese proyecto ni su grado de credibilidad. Lucha que no terminará hasta que no salde mis compromisos con todos aquéllos que creyeron en mí y se pusieron en mis manos.

En todo este período he continuado escribiendo, con disciplina prusiana, hasta dar por terminadas dos novelas que confío en que me harán crecer como narrador.

Sin embargo los envíos de manuscritos a premios, agentes literarios y editoriales se han ido sucediendo estos años sin éxito, tras confirmar que mi anterior editor había puesto punto final a la publicación de novelas de ficción. En este tiempo he rechazado cantos de sirena de todo tipo que me invitaban a entregar mi trabajo de años a iniciativas de bajo nivel o a encantadores de serpientes.

Soy consciente de la crisis del mundo de la edición, que en estos años duros ha reducido a la mitad su cifra de negocios; sé que hay muchos escritores a cuyo nivel nunca llegaré que no consiguen sacar sus grandes novelas al mercado.

La fortuna es que yo confío en mí, y esa creencia en mi capacidad para contar historias me lleva a luchar cada día, a diseñar nuevas estrategias, a intentar nuevos caminos y a compartir con pasión mi amor por la literatura.

Afortunadamente alguien, de nuevo, creyó en mí, y hoy he firmado un contrato impecable con una gran editorial.

No defraudaré su confianza.

martes, junio 17, 2014

Rey

El término Rey trae consigo unas connotaciones de exclusividad, pretenciosidad, privilegio y desigualdad indudables. Ser el primero entre humanos de la misma especie en un determinado territorio por el simple hecho de haber nacido de determinados padres va contra toda lógica, al margen de la ideología política que uno pueda tener.

Si yo hubiera nacido en un país X en un período Y es seguro que hubiese optado por una república en la que los únicos cargos públicos serían elegidos por el pueblo.

Sin embargo nací en España en los últimos años del franquismo, viví con ilusión infantil el primer voto democrático de mis padres y simpaticé con un Rey que se obstinó en dejar de lado la posibilidad del ordeno y mando y le dio la palabra a la sociedad.

Siempre seré de izquierdas, por muy peregrino que suene, por muy contradictorio que pueda parecer y por muy diluidas que se diga que están las fronteras entre los extremos. Sigo estando convencido de que no todas las políticas son iguales y de que hay un voto que lucha por la igualdad de oportunidades y la defensa del más débil, aunque no encuentre a quien me represente.

Tengo 46 años, soy de izquierdas y estoy en el mundo, y aún así me hace ilusión esta nueva etapa que se abre en España. Privilegio el pragmatismo por encima del dogma y confío en esta monarquía constitucional de la que un día nos dotamos los españoles por abrumadora mayoría; entre otras cosas porque sé que el poder real y último de nuestra democracia está en el pueblo y no en ningún rey, tanto así que si Felipe lo hace mal tenemos los instrumentos para echarlo. Y lo echaríamos.

En el día de hoy el verdadero dilema está en defender un sistema democrático que se regenere, que ponga al ciudadano en el centro de la actividad política, cuyo principal objetivo sea la creación de empleo, la mejora de nuestro sistema educativo y sanitario y la progresiva construcción de un país del que en el futuro nos sintamos orgullosos.

El futuro Felipe VI está educado para dar lo mejor de sí, se presenta como un hombre humilde y preparado y no tiene otra opción que luchar porque la imagen de España mejore, por intermediar en conflictos irresolubles desde el punto de vista partidario y por poner cara a nuestro país.

Soy un izquierdista convencido, republicano en potencia, que desea lo mejor al nuevo Rey de España, al que le pido que actúe con la suficiente inteligencia y sentido común para que en el ejercicio de su función no tenga otra meta que la de servir a su país sin condiciones.

¿Discurso anacrónico? Tal vez, nadie es perfecto. 

domingo, junio 15, 2014

Instrucciones

El uso que hacemos de las nuevas tecnologías viene a definirnos como humanos y los límites que nos antepongamos ante tamaña avalancha de posibilidades que nos rodea nos colocará en la sociedad en una determinada posición.

Los smartphones y las redes sociales han sido, a fin de cuentas, creados por el ser humano, y a éste corresponde el ir encauzando su utilización, orientando al fabricante, al diseñador, al político y al legislador en función de cómo se gestionen los excesos.

No vienen a ser más que potenciadores de las cualidades de cada individuo. El narcisista no para de autopublicitarse con fotos en poses forzadas, el asocial comenta todo con ánimo destructivo, el voyeur se pasa las horas en silencio pantalla arriba, pantalla abajo, el gamberro no se cansa de publicar chistes subidos de tono o vídeos de batacazos siderales, el romántico no deja de cantar su amor a los cuatro vientos, el inseguro pasará los días contando cuántos 'me gusta' tienen cada una de sus publicaciones y en medio de todos ellos estamos los demás, cada uno con sus paranoias y sus intereses.

Yo soy partidario de la propia imposición personal de límites: no sacar el móvil durante una cena, no abusar del envío de whatsapps, no revisar los emails cada dos minutos, tratar de salir de vez en cuando a la calle sin móvil, hacer por leer con cierta frecuencia en papel, no compartir información susceptible de molestar a gente cercana, evitar la crítica personal...

Las nuevas tecnologías de la comunicación conforman una herramienta potentísima que está apenas naciendo, pero sin manual de instrucciones. Será el ser humano quien decida, con su uso, hacia dónde nos pueden llevar, aunque presiento que no muy lejos de las miserias y grandezas ya conocidas de las sociedades de siempre.

martes, junio 10, 2014

Distancia

Hay una chica en mi reducidísima clase de inglés que estudia Medicina.

Inquieta, rebelde y detallista, manifiesta sus inquietudes sin filtros a través de cada juego de rol que practicamos en clase para practicar el idioma.

No estoy acostumbrado a tratar con chavales de 20 años y observar a esta chica me hace ver el joven pasional que había en mí en la época universitaria, cuando todo se desenvolvía en el extremo de no entender cómo el mundo podía funcionar tan mal.

Ella, Elena, tiene la fuerza de sus convicciones y el desparpajo de quien reniega del sistema. Una indignada con argumentos pero sin la vida vivida como para contrastarlos, con la pureza de quien critica los desajustes bajo el esquema de la pura lógica, sin matices.

Me gusta escuchar sus teorías infalibles a favor de una sociedad distinta, e incluso la pasión con la que defiende que no podría tener un amigo de derechas.

Yo, de haber vivido otra vida que ya no tendré, ni mejor ni peor, distinta, podría ser padre a estas alturas de una chica de 20 años que estudiase Medicina. De ser ese padre que no seré, estaría encantado de que mi hija se indignara con este sistema lleno de agujeros y podredumbres.

Sin embargo soy quien soy, y en las charlas en inglés en que arreglamos el mundo le intento hacer ver que se puede seguir queriendo cambiar las cosas sin rupturas, con más calma, en los pequeños detalles y en el día a día; más desengañado, quizás, con más sabiduría, seguro. Y ella verá en mí al puretón que explica que, aún siendo una persona progresista convencida y partidario de una mayor justicia social, se puede, ¡vaya si se puede!, tener estupendos amigos de derechas.

martes, junio 03, 2014

Breaking bad

Estábamos en el cumpleaños de nuestra querida Bely, un territorio plagado, entre muchas maravillas, de frikis adictos a las series de TV americanas; tanto así que se regalaban ese día muñequitos de personajes aparentemente inconfundibles para quienes disfrutan pasando fines de semana enteros tragándose temporadas completas de cualquiera de estos elegantes culebrones de nuestro tiempo que te hacen sentir analfabeto cuando observas la pasión con la que se cuentan finales o destrozan personajes de historias de las que no conoces más que su nombre.

Siento una envidia sana al ver a gente así de interesante encandilada con ese bagaje emocional que yo no tengo; y es que cada uno organiza sus tiempos de la forma más coherente con su visión de la felicidad, que yo no encuentro en la tele, sino en la calle, en una cena o en un libro, a pesar de que me gustaría estar en misa y repicando, y saber qué muñequito regalarle a Bely o charlar durante horas con una cerveza con mi amigo Miguel de los últimos capítulos de Juego de Tronos o Breaking Bad. Pero me pierdo.

Con las cervecitas de un mediodía impecable de nubes atemperando un día soleado de azoteas, alguien me preguntó por mi serie preferida, y tuve que admitir que yo estoy viendo el Aquí no hay quien viva de hace diez años, sin atreverme a confesarle a ese amigo de la cumpleañera que no veo momento más feliz que ése de acostarme cada noche con ese soniquete... ¡Aquí, aquí, aquí no hay quien viva!

domingo, junio 01, 2014

Bengalas

Habíamos decidido tomar una copa como extranjeros en nuestro propio país. Puerto Banús no ofrece opciones propias de turismo nacional, por lo que acercarse allí de fiesta es hacerlo a un lugar pensado para ingleses pijos, rusos de bolsillos rebosantes o buscadores de prostitución de lujo (o no tan lujo).

Nos acercamos al News Café, donde la camarera, una joven española, rápidamente nos aclaró, antes de pedir, que la oferta de alcohol era básica ('esto está montado para guiris') y con menos presteza nos explicó, una vez servidos, que el precio era astronómico.

El bar, donde muchos años atrás pasamos una noche de aúpa, tiene una terraza estrechísima que permite asomarse a los fumadores y a los que, como nosotros, queríamos observar desde alto la pasarela de vanidades que tantos ingresos supone para nuestra economía; lo que nos permitió disfrutar del tortazo que le dio la rubia encargada de la puerta a un viejo que le cogió el culo creyéndolo incluido en la oferta de glamour vacuo del puerto deportivo.

Justo al otro lado del cristal tres inglesas (las caras no dejaban lugar a dudas sobre su nacionalidad) no ocultaban su tedio embutidas en sus trajes de fiesta apretados, con sus piernas blancas y fondonas cruzadas en busca de alguien que les hiciera caso, sin hablarse entre ellas, con el móvil como única compañía al que acudían de vez en cuando.

Un rato después apareció a lo lejos un camarero transportando una bandeja con tres copas gigantescas coronadas por bengalas encendidas que hacían temer por la seguridad contra-incendios del local.

Las inglesas se atusaron y aplaudieron mientras pedían al camarero que las fotografiara con toda esa parafernalia antes de que se acabara la pólvora.

Un minuto después, mientras volvían a sus caras de cuerno jugando cada una con su móvil, Fran me comentó acertadamente:

'Ya están en Londres las imágenes de su divertidísimo fin de semana en Marbella'.

Un retrato impecable, pensé, de la sociedad de nuestros días.


miércoles, mayo 28, 2014

Chicle

Íbamos paseando por la Avenida y vimos cómo un chaval, saliendo con prisas de la Fnac, se sacaba un chicle de la boca y lo tiraba a una papelera, lo que me hizo pensar en el placer que me provocan los comportamientos educados.

Sin embargo, alguien que me acompañaba, y que no escuchaba mis pensamientos, sentenció:

-¡Guarro!

Le pregunté, con la mirada, extrañado.

-Y se va tan pancho -insistió.

Mi amigo entendía como poco higiénico enredar la bolsa de plástico recién puesta en la papelera con un chicle, sin apreciar virtud en el hecho de no arrojarlo al suelo.

Al mismo tiempo dos personas cabales, ante un mismo acto, simple, habíamos reaccionado de forma diametralmente opuesta.

Si frente a situaciones tan tontas dos personas civilizadas y cercanas se posicionan en el blanco y en el negro, fácil es imaginar la dificultad que encuentra el ser humano en encontrar consensos.

viernes, mayo 23, 2014

Huevos

Un par de compañeros de trabajo estuvieron esta semana en una fábrica española de mi empresa -y hasta ahí puedo leer- para solventar una situación compleja, nada a lo que no estemos acostumbrados.

La tesitura era tensa, las exigencias son muchas y las empresas no quieren errores que perjudiquen los resultados de la compañía, por lo que era entendible que las conversaciones estuviesen plagadas de frases secas y gestos adustos; quienes trabajamos en ambientes industriales estamos habituados a ello.

Hubo un momento, me contaban, en que una gran jefa de esa factoría se les acercó, con toda la corrección de que supo hacer gala, para decirles:

'La próxima vez que me provoquéis un problema de este tipo, me cortan los huevos (sí, los huevos). Pero ese día yo os cogeré los vuestros y os los cortaré -haciendo gestos como de quien rebana chorizo en una tabla de madera- en lonchas'.

Y la mujer se fue tan pancha.

Sí. Lo admito. Si ese comentario lo hubiese hecho un hombre ni tan siquiera habría llegado a mis oídos.

Pero precisamente por eso lo escribo, porque lo que esperamos de la mujer es el toque de persuasión y gestión de personal que el hombre, en muchos casos, no sabe ofrecer.

Sin embargo esta directiva, que debe ser válida, luchadora y brillante para haber llegado a un puesto de esta responsabilidad, muy probablemente será de las que piensa, como Cañete, que la superioridad intelectual la dan los testículos.

Lo malo para ella es que el día en que se dé cuenta de que ése no es el camino ya será difícil de hacer ver a los demás que sus huevos son ficticios.

miércoles, mayo 21, 2014

Ébola

Hacía tanto tiempo que no me preparaba una de sus famosas ensaladas de endivias con nueces que los últimos minutos de atasco en las afueras de París antes de llegar a casa de Brigitte me resultaron eternos esta mañana.

No esperaba, sin embargo, que estuviera allí su hijo ni sus nietos, tan grandes como no podía imaginar.

El encuentro, sin embargo, me llenó de melancolía. Su situación económica no es sencilla, la laboral tampoco y Cyril, su hijo, sigue sin encontrar trabajo.

Hubo un momento en que él, olvidando todo pudor, comenzó a hablar de su amargura, de los años que lleva en paro, de la nula entrada de ingresos, de sus años cotizando que no le sirven para nada… y todo desembocó en una crítica al sistema, y del sistema pasó a los árabes y los negros, y de su decepción con Hollande a justificaciones para explicar el auge del Frente Nacional, el mismo partido fascista de cuyo líder escuchaba minutos antes, en la radio y en pleno atasco, que la solución demográfica para África tenía el nombre de Monsieur Ébola.

Brigitte, conociéndome, bajaba la mirada; pero algo en mi interior me dijo que esa mujer socialista, culta y transgresora estaba cayendo en las redes del populismo xenófobo que corroe a mi querida Francia.

La comida, espléndida, se me fue atragantando a medida que Cyril escupía sus frustraciones proyectándolas de la manera más rastrera, culpando al que tiene un color diferente de sus propias miserias.

Ahora, en el aeropuerto, camino de vuelta, me planteo si hice bien callando mi profundo desencanto

viernes, mayo 16, 2014

De frente


No hace mucho entró alguien de mi equipo en mi despacho y, mirándome a los ojos, me preguntó:

—¿Estás descontento conmigo?

Yo le respondí, con sinceridad, que no. 

Decía verme distante, reconocía haber fallado en algún caso y pedía que le reprochase cualquier comportamiento inapropiado.  Yo le hice ver mi satisfacción con él y su trabajo, le recordé las situaciones concretas en que sí le transmití mis dudas y me comprometí a seguir en esa línea de mutua confianza.

Cuando cerró la puerta me quedé con una sensación de plenitud, efímera, al pensar que otro mundo sería posible si los humanos, en nuestras relaciones laborales, familiares, amorosas o entre amigos nos comportásemos con ese talante limpio, claro y directo; hacer por saber qué piensa el otro de mí por la vía más directa: una pregunta sin frases subordinadas ni rodeos.

El mundo giraría mucho más redondo si, dejando de lado temores infantiles, nos hablásemos de frente.