martes, mayo 26, 2015

Grifo

Los tiempos pasan tan entretejidos de eventos en esta época que vivo que no hay día en que no me proponga, aunque sea un pequeño instante, parar a observar la vida pasar. Mis sueños de felicidad siempre tienen ritmo pausado y lugares para leer. Detener el tiempo.

No es cuestión de no ser feliz con la vida que uno se ha construido, sino de también serlo pensando en la que podría tener si no estuviera uno tan ávido de crear, conocer y compartir experiencias con el mundo exterior. Dos felicidades distintas e incompatibles en el tiempo. No puedo querer tener todo, aunque sí trocearlo en rodajas que me permitan bajar del tren de los imprescindibles, con asiduidad, para encontrarme en el mundo de lo mío y mis soledades elegidas.

Hay momentos mágicos en que suena un clic y estos dos mundos se reencuentran, tanto que incluso da susto.

A mí me ocurre todas las semanas, el día en que viene nuestra querida María a limpiar. Ella tiene el hábito de conectar la manguera de la ducha para limpiar el baño. Yo, despistado, con mi cabeza en Bosnia-Herzegovina, atravieso la casa ya vacía al volver de la calle, enciendo ordenador, reorganizo libros, pongo la música, me quito la ropa y me meto en la ducha. Es entonces cuando, al abrir el grifo, pego el respingo semanal al sentir el agua atacarme desde la manguera. Ese chorro de dirección inesperada, de golpe, me saca de mis elucubraciones, baja mis pulsaciones y me dice: 'Bore, ha pasado una semana más'.

martes, mayo 19, 2015

Nombre

No todo el mundo lo practica, pero es uno de los más hermosos juegos de seducción existentes al dialogar, aunque no pretendas otra cosa que hacer a tu interlocutor sentirse cómodo y que la comunicación fluya, una astucia que no entiende de sexos ni de edades: algo tan fácil como intercalar el nombre de la persona con la que hablas cuando mantienes una conversación con ella.

Hay quien tiene una facultad innata para conquistar la atención de quien lo escucha, y no es fácil encontrar los huecos precisos donde desprenderse del contenido de lo hablado para lanzar un guiño directo y colocar en el centro a la persona que te presta sus oídos.

Son los pequeños detalles los que hacen el mundo más fácil, y yo disfruto cuando por unos segundos percibo una pausa en quien me habla y oigo mi nombre.

A mí me sale difícil, porque soy sieso, pero me esfuerzo por buscar esos instantes en que poner en el centro de todo a la persona que me escucha y pronunciar su nombre; como agradecimiento sincero por tenerla a mi lado.

lunes, mayo 11, 2015

Maitrise

Acabábamos de poner en marcha la fabricación del nuevo producto estrella de nuestra fábrica y nos sometíamos por vez primera al escrutinio de los grandes jefes venidos de París. Había que presentar resultados y sabíamos que no habría medias tintas. A mí me tocaba hablar de la calidad de las cajas de cambio tras pocos meses de su salida al mercado. El foro me provocaba respeto a pesar de saber que el trabajo realizado había sido exitoso y no se podía poner en duda nuestro saber hacer como fábrica.

A pocos minutos de intervenir, el entonces director de la factoría me llevó a un lado y me aconsejó empezar por una frase categórica:

'On maitrise la qualité' (Tenemos bajo control la calidad - La dominamos)

Simplemente me recomendaba comenzar así. Nada más.

Yo me enfrenté a una sala de señores encorbatados de los que apenas conocía sus nombres y, con tono fuerte, sentencié 'On maitrise la qualité'.

Luego vinieron datos que corroboraban aquello que quedaba sintetizado en la entradilla, sin titubeos ni resquicios que hicieran dudarlo.

De eso hace más de diez años, y son muchas las ocasiones en mi vida personal y profesional en que acudo a esa frase y a la actitud vital que conlleva; del mismo modo que sé reconocer a aquellas personas que, con otras formas, te hacen ver con su mirada, su energía o su sonrisa que dominan lo que se traen entre manos. La seguridad implica confianza y la confianza combate al miedo de quien anda de puntillas por la vida.

lunes, mayo 04, 2015

Tono

Esperaba impaciente a mi amiga Bárbara en la Avenida de la Constitución, hace muchos años, no sé dónde íbamos ni por qué la prisa; el caso es que estaba cabreado. Le envié un mensaje al móvil para preguntarle por su tardanza y ella me respondió con una frase aséptica en que decía que estaba a dos minutos, llegando. Yo, conociéndola, me la imaginé haciendo gestos al aire criticando mi eterna obsesión por la puntualidad, machacando el móvil con palabras de enfado. Veía que la noche se estropeaba por mosqueos infantiles.

Dos minutos después Bárbara llegó con una sonrisa enorme y me contó una historia divertidísima que me hizo olvidar mis prisas y su supuesto cabreo.

Somos demasiado egocéntricos como para saber ponernos en la piel del otro, tendemos a interpretar las razones por las que los que nos rodean no cumplen nuestras expectativas. Vamos en línea recta hacia aquéllos argumentos que nos reconfortan para justificar nuestros errores y criticar los despistes en los demás.

El tiempo me ha enseñado a no dar nunca por supuestas las circunstancias en los demás.

Los otros me escriben mensajes, el tono de éstos debo admitir que lo pongo yo.