domingo, noviembre 28, 2010

Animalitos

He leído mucho sobre la homeopatía últimamente. Por varias razones, por los buenos resultados que parece que da en los niños ese tipo de medicina, por abrir una puerta a tratamiento de futuras y presentes 'goteras' que van saliendo y saldrán con la edad y por entender si al hablar de homeopatía hablamos de medicina real o 'milagrera'.

Cuando pedí cita por primera vez para tratar un problema menor, lo hice tras seguir una recomendación de alguien de fiar.

Nada más entrar en el despacho del homeópata observé con satisfacción que éste tenía colgados cuadros que demostraban sus conocimientos de medicina tradicional. Esto descartaba al curandero. Aún así, le manifesté mis razonadas dudas sobre este tipo de medicina.

Este hombre, de unos cincuenta y pico años, me respondió de forma bien construida un mensaje que seguro ha tenido que transmitir en infinidad de ocasiones. Y sus argumentos eran científicos.

'La homeopatía está basada en la experiencia'. Se trata de una ciencia empírica. A partir de productos naturales, sin intervención química, se investiga para conseguir aplacar todo tipo de enfermedades.

Cuando le dije que tenía 42 años él me comentó sin acritud: 'Estás en el declive de tu vida, a partir de ahora todo es cuesta abajo'.

Y no niego que tenía, y tiene, razón.

'Los hombres no se dan cuentan que son animalitos' -y me lo decía como si yo fuera ese hombre universal que rechazara su destino.

Somos animalitos, sí, con futuro incierto, claro.

Me recetó unas pastillas que tomé religiosamente durante meses para ponerme a prueba en una molestia que no es de vida o muerte. Las dejé de lado al ver que no resolvían el problema, lo cual no quiere decir que en el futuro no vaya a ir, cual cordero degollado, a que este hombre me diga que mi destino, sea cual sea mi dolencia, no es otro que seguir cuesta abajo.

miércoles, noviembre 24, 2010

Tiempo

Una de las frases de este siglo nuevo que apenas estamos comenzando es la de 'no tengo tiempo'. En cuanto uno tiene más de dos aficiones, la pregunta es '¿de dónde sacas el tiempo?'

El tiempo... medida subjetiva donde las haya y, sin embargo, precisa de medir hasta la nanomilésima.

Al paso de las horas hay que guardarle un respeto relativo y no dejarse amedrentar. Soy de los que creen que en esta vida hay tiempo para todo.

Lo importante es saber regular nuestro propio reloj biológico para no caer en esta enfermedad omnipresente llamada estrés.

Cierto es que no tengo hijos, que tengo fines de semana libres y estabilidad económica. Todo eso facilita el organizar los ritmos y encontrar espacio para desarrollarte como persona en sentidos no unívocos, pero creo que cualquier ser humano debe hacer lo posible por adentrarse en esos espacios personales en que desplegar todas las ambiciones, sin metas excesivas ni plazos aprisionadores.

Siento, además, que es una técnica que te hace crecer. No me atrae la gente sin mundos diversos.
Recuerdo, hace muchos años ya, un compañero de trabajo cuyo único objetivo al llegar el viernes era comprar una caja de cervezas en el Carrefour e irse con su mujer a su piso de Barbate. Todo su mundo era ése. Me decía que le hubiese gustado estudiar, que su sueño era viajar, que le dolía no saber idiomas. Admiraba en mí el simple hecho de que yo saliera entre semana y fuera al cine, a conciertos, que tuviera grupos diferentes de amigos.

Es un error pensar que no tenemos derecho a vivir la vida de los otros.

Al menos tenemos tiempo para intentarlo.

domingo, noviembre 21, 2010

Auster

Dicen que uno busca la felicidad en repetir.

Es cierto que yo sería tendente a refugiarme en el calor de lo ya conocido, donde sé que me voy a sentir cómodo.

¡No sé cuántas veces habré comido 'huevos estrellados' en el Gallinero de Sandra!

De ahí mi esfuerzo, placentero pero esfuerzo, por atravesar nuevas fronteras, para que ese perímetro de satisfacciones personales no quede demasiado reducido y llegue a oler a alcanfor.

En no perder esa práctica ayuda el compartir la vida desde hace tantos años con una persona siempre dispuesta a abrir otros frentes.

Tiene que haber siempre un primer momento para todo y una predisposición sana a que éste llegue. Abandonar esa esfera calentita de nuestras rutinas diarias, explotar el globo para incluir otras experiencias.

No sé qué día llegó a mis manos la primera novela de Paul Auster. Creo recordar que fue a través de mi hermana Raquel.

En nuestro devenir diario nos atacan tantos cruces de información, conversaciones, series de televisión, canciones e imágenes que uno no sabe en qué proporción de cada una de esas vivencias se han ido conformando sus sueños.

Yo sé, sin embargo, que Auster ha sido un ingrediente básico en mi amor por la literatura y por Nueva York. Elegante, imprevisible pese a repetirse en cada novela, culto y de mente abierta, las historias descritas por él son un perfecto reflejo del desconcierto del hombre ante su posición en el mundo, uniendo el humor y cierta ingenuidad al hecho tremendo de la existencia.

Auster no da respuestas a nada y yo, cada cierto tiempo, necesito perderme por Nueva York, tan lejos, para reencontrarme con el calorcito que da la felicidad de lo conocido.

jueves, noviembre 18, 2010

Ni Dios

Cuando leí las declaraciones insultantes de Puigcercós sobre mi gente, mi tierra, mi honestidad, la dignidad de Andalucía... respiré. Las leí en un momento en que estaba tranquilo en casa, a solas, y me tumbé en el sofá.

Puse música suave, apagué las luces y me acordé de Joan Manuel Serrat poniéndole música a Machado.

Y me acordé de las calles en blanco y negro de la Barcelona de Carmen Laforet, que pronto relacioné, casi en los mismos tiempos, con la de Marsé y su embrujo de Shangai, o la divertidísima capital catalana que nos enseñaba el Gurb de Eduardo Mendoza. Me di un baño de esa Barcelona añeja, de pasadas décadas, que yo conocí sin visitar gracias a la literatura.

De esa Barcelona tan querida nunca visitada pasé, desde mi sofá, a los Campeonatos de España de Remo que se celebraban en Banyoles, en esa mi primera visita a tierras catalanas, en un pueblo antiquísimo alrededor de un 'estany' que dicen que encierra peces de especies únicas en sus profundísimas aguas.

Recordé entonces uno de mis primeros amores, cuando yo descubría el sexo, en una estación de esquí, La Molina, del pirineo gerundense, en tiempos universitarios en que yo tenía que decidir qué hacer con mi vida. Recuerdo los paseos en la oscuridad por la montaña, las primeras frases traducidas, para mí y con calma, del catalán.

Ese mismo verano en que fui a las Olimpiadas y nos paseábamos unos cuantos amigos del colegio por las Ramblas, observando las pintas y esa sensación de cosmopolitismo que nunca había visto antes tan arrollador como esos días.

Pensé entonces cuáles eran mis primeros recuerdos catalanes, y se me vino a la cabeza Norberto Espinet, compañero mío de parvulario en Sevilla y al que perdí la pista en primero o segundo de EGB; al que por cierto encontré gracias a la magia de facebook hace un año, viviendo en Centroamérica. ¡Él también me recordaba!

Desde el sofá descubrí, abriendo mi mente al pasado, que yo pasé muchas tardes con la yaya de mis amigas, las Jardi, chiquitilla y con ese acento tan fuerte de su tierra catalana.

Pero me vine al presente y me percaté de que paso varios ratos al día con Carles Francino, yendo al trabajo, o con Gemma Nierga, viniendo a casa.

Se me vinieron imágenes de Mónica Naranjo y la perversión del Satanasa, un antro desquiciado de la calle Balmes. Entonces me acordé del viaje que hice con mis hermanas allí, para investigar Salas de concierto chulas en que inspirarse para abrir ellas su Salamandra en la calle Torneo.

Las paellas de Casa Costa en la Barceloneta.

Dando vueltas en el sofá me emocioné pensando en tantos catalanes que han supuesto algo en mi vida. Porque pasaba de Bigas Luna a Loquillo, del Sardá a la Sardá, de esa Alicia de Larrocha con la que disfruté en el Metropolitan de Nueva York, del Dalí impecable al Tápies provocador, el inefable Terenci Moix y sus faraones, la tristemente desaparecida y dulce Montserrat Roig, el embaucador Eduard Punset, la arriesgada y humanísima Isabel Coixet.

Pensé en cuantas ganas tengo de volver a Cataluña, la querida tierra abierta que tanto me ha enseñado y que siempre sentiré cercana; donde también existen, como en todos sitios, algunas pobres gentes de las que no se acordará ni Dios.

miércoles, noviembre 17, 2010

Reflexionar

Encontré hace unos días un artículo en la prensa digital que hablaba de la felicidad en relación con la capacidad de integrar pensamientos de cada persona. Se trataba de un estudio de no se qué universidad que venía a concluir que era menos feliz la persona más reflexiva.

Cuanto más vueltas le damos al coco, más sufrimos.

Hay quien puede pensar que no hace falta un análisis estadístico con miles de personas para llegar a una conclusión tan de cajón; sin embargo, yo no comparto el fondo de esta teoría, porque no deja de ser teoría lo que tiene que ver con sentimientos intangibles como lo es el ser feliz o desgraciado. Donde entre la subjetividad pocos bancos de ensayo podrán demostrar nada.

Tal vez mi rechazo a aceptar la validez del estudio sea porque me considero dentro del grupo de los reflexivos. Y sí, puede haber excepciones que confirmen la regla; pero yo voy más allá.

No es que yo piense que la felicidad de las personas menos cerebrales sea la felicidad del tonto, pero sí es cierto que cuando tus ambiciones de conocimiento, de querer entender al otro, de analizar las realidades que nos rodean son fuertes, la vida se presenta más compleja, tal vez más difícil, pero ahí está la clave del disfrute.

Seguro que quien pasa las tardes enteras, horas y horas, jugando a la play station lo hace porque está disfrutando. Es, en su escala, una persona realizada. Otros, a lo mejor, están leyendo la historia de la filosofía griega mientras piensan qué va a pasar con el euro o hacia dónde va la política de Obama. O, no hace falta ser culto para ser reflexivo, estar horas paseando, cavilando sobre la familia, los amores perdidos, los retos por organizar para el día siguiente.

Vivir, entiendo yo -por eso soy reflexivo-, no es matar el tiempo con risas. Porque el tiempo pasa, la play station se te estropea y te planteas, ¿qué tengo yo por dentro?

domingo, noviembre 14, 2010

Rebajarse

De nuestro pasado viaje por Asia, sólo recuerdo un incidente a nivel profesional. Mientras en el conjunto de las fábricas recibimos una acogida excelente en una misión que llevaba preparándose dos meses, en una de ellas nos trataron con displicencia. A pesar de que nuestro rol era el de proveedores, la importancia del producto que enviamos, su nivel de calidad y el marchamo de Renault nos daban un respaldo que nos impedía admitir ese ninguneo.

Al empleado de Nissan que no nos quiso recibir, que más tarde dijo que no tenía ni siquiera media hora para atendernos y que nos situó en una sala destartalada, sin sillas, para que le presentásemos aprisa y corriendo nuestra información, le dimos plante. Le dijimos que no nos moveríamos de allí hasta no ver al responsable de Calidad de la fábrica.

Un rato después, éste apareció. Con cara compungida aguantó el chaparrón de razones que nos hacían mostrar nuestra indignación. Los emails en los que daban el consentimiento a la visita e incluso al orden del día previsto, donde todos ellos estaban en copia.

'Es que unos por otros, no nos hemos coordinado bien'.

Insistimos, como proveedores, en mostrar nuestro disgusto.

Nos pidió entonces que retomásemos la agenda prevista, que estaban a nuestra disposición. Le comenté que habíamos organizado una visita a otras instalaciones de Nissan a la vista del recibimiento.

'Este hombre de su equipo', comenté delante del técnico que se había reído de nosotros, 'nos ha dicho claramente que no tenía ni siquiera media hora para atendernos'.

El gran jefe japonés, con voz seria y una sonrisa entrecortada nos explicó:

'Pero la situación ha cambiado, y ahora está confirmado que pasará toda la jornada con ustedes'.

Esta situación me viene a la cabeza recordando la inadmisible actitud del gobierno español frente a la chulería de Marruecos en el conflicto del Sáhara.

Seguí en directo la degradación de oír cómo tres periodistas de la Cadena Ser eran llevados a empujones hacia el aeropuerto para ser expulsados. Por informar.

Me cuesta imaginar que Marruecos hiciera algo parecido con periodistas estadounidenses o franceses y, si lo hiciesen, que los gobiernos respectivos no condenaran la actuación y llamaran al embajador a consultas.

Si nosotros hubiésemos abierto el ordenador en esa sala destartalada, exponiendo aceleradamente una presentación en powerpoint y salido corriendo de esa fábrica japonesa, hubiéramos tenido una jornada libre de turismo en Japón, pero la imagen de nuestra factoría hubiera quedado muy dañada.

Rebajarse nunca es una estrategia.

jueves, noviembre 11, 2010

Dos martinis

Me gusta la gente que no se avergüenza de su felicidad.

A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.

Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.

El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!

Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.

Y decirlo. ¡Me siento feliz!

El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.

Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:

'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:

Dos Martinis'.

domingo, noviembre 07, 2010

Canelones

Desde muchos años atrás mastico una teoría sobre el ser humano.

La teoría de los 'canelones'.

Será por lo que me gusta comerlos.

Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.

A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.

En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.

Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.

Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.

Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.

Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.

Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.

La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.

jueves, noviembre 04, 2010

Sighed

No encuentro mejor forma de mantener y mejorar mi inglés que leyendo. Cierto que no te ayuda a educar el oído ni te da la agilidad que obtendrías con conversaciones con nativos de habla inglesa, pero es un placer íntimo en el que aúno mi pasión por la literatura con mis flirteos con esa lengua que nunca acabo de dominar del todo, en un continuo y fascinante aprendizaje que durará de por vida.

En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.

De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.

Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.

Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.

En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.

Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.

Suspirar.

martes, noviembre 02, 2010

Pablo

No es fácil encontrar una persona con quien estar casi un mes de viaje de trabajo, cambiando cada dos días de país, tomando aviones, metros, taxis, buscando bancos donde cambiar dinero, preparando presentaciones de trabajo, soportando la presión de personas desconocidas hasta ese momento en fábricas que visitamos por vez primera sin tener el más mínimo encontronazo o malentendido.

Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.

En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.

Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.