martes, marzo 24, 2015

Hámster

Asistir a convenciones como la que me ha llevado esta semana a Bucarest es un soplo de aire fresco en mi día a día laboral; te encuentras con compañeros en entornos lejanos al habitual, escapas de rutinas que facilitan el encorsamiento de automatizar las tareas, escuchas cómo otros hacen para rentabilizar sus esfuerzos y, sobre todo, escuchas historias personales que te ayudan a comprender las claves personales en que cada uno se mueve.

En esta ocasión tuve la suerte de poder compartir conversaciones con directivos cuyas responsabilidades exceden con creces las mías. Uno de ellos, con la calma de quien se siente cómodo y la tranquilidad de saber que trabajamos en entornos diferentes, quiso narrarme su proceso personal hasta llegar al alto puesto que ocupa, con miles de personas a su cargo; la importancia de los síes y de los noes, los errores al no aclarar condiciones antes de aceptar determinadas promociones, la satisfacción de los proyectos bien acabados y, lo que me dejó realmente marcado, el apabullamiento de la presión.
Llegó un momento, me decía, en que empecé a sentirme como un hámster en una rueda, corriendo en un circuito sin fin creyendo llegar al queso. Llevo diez años en esa rueda, que cada vez más rápida y de la que no sé cómo escapar.

¿Eres feliz? -Le pregunté, con la esperanza de obtener, al menos, una reflexión sobre la satisfacción de haber llegado tan lejos, un atisbo de autocomplacencia.

Su expresión irónica como toda respuesta, seguro que algo teatral, fue la propia de un hámster atrapado en su carrusel.

miércoles, marzo 18, 2015

Cenar

Delante de la máquina de café le comentaba esta mañana a Elisa nuestra cena de ayer con Nuria en La Azotea; un hueco que solemos encontrar cada semana para disfrutar de ella, en que nos ponemos al día de nuestras vidas, llenas de anécdotas y emociones que contar a pesar del escaso tiempo sin vernos.

Como solemos hacerlo con la propia Elisa, o con tantos otros amigos que llenan nuestro día a día con mayor o menor frecuencia.

Cenar por la comida en sí y la compañía, sin más excusa que la de querer disfrutar del momento, como válvula de escape y celebración de estar vivos; para dejar de un lado móviles y mirarse a los ojos, para escapar de noches pasivas enfrentados a una pantalla de televisión y dejar de hablarse por whatsapp; encuentros sin objetivo, con la mente abierta para escuchar de verdad, con la plena atención que merecen aquéllos a quienes queremos, con las defensas bajadas y la capacidad de sorpresa activada sin filtros. Cenar por degustar un buen vino y dejarte llevar por el suave efluvio que nos desencorseta.

Elisa, con el café de las ocho de la mañana, me decía:

-Se os va una pasta en cenitas.

Y yo le contestaba, provocador:

-¿Y hay algo mejor en lo que gastársela?

lunes, marzo 16, 2015

Esplanade

Estábamos paseando por los Campos de Marte en un soleado domingo parisino, con la lentitud propia de quien enseña la ciudad a alguien que la ve por vez primera, en esos ratos envidiables en que el tiempo no es una variable y los paseos dispersos, las fotos constantes y el caminar pausado hacen de las suyas con tu permiso.

Tenía interés en llegar a los Inválidos, el enorme edificio que asomaba con su cúpula dorada por entre los edificios pegados a l'École Militaire.

Ocurre que, en los sitios que conoces y has transitado decenas de veces, se acumulan las llamadas al pasado que se hacen presentes para llenarte de la vida que has transitado, y esas personas que te acompañaron entonces aparecen como espíritus bondadosos que cuidan de ti.

Estaban todos los dioses conjurados para ofrecernos una curva deliciosa, llena de luz, enfrentada al gran hospital donde alojaban a los inválidos de tantas grandes guerras; una esquina de mesas blancas y gente snob que nos llamaba a gritos: El café de l'esplanade.

Allí nos sentamos los tres. Ellos se pidieron una copa de champán, yo una cerveza. Nos trajeron almendras y aceitunas, mientras justo frente a mí yo observaba los viejos cañones verdosos que defendían el edificio, como si fuese ayer cuando mi padre, con su chaquetón medio napoleónico posaba para mí mirando al infinito, admirando las buhardillas negras de pizarra de la gran explanada verde.

Interrumpí al menos un par de veces para manifestar mi felicidad, con el punto justo de cerveza necesario para proclamar al viento de la gente que me quiere que sé reconocer lo bien que me trata la vida, para obviar con desprecio las razones que tendría para no decir en voz alta que mi vida es maravillosa.

jueves, marzo 12, 2015

Tenso

Tengo la suerte de desempeñar un trabajo muy motivador; todo un lujo, del que soy consciente a diario, en estos tiempos que corren.

Trabajamos en una fábrica que provee un tercio de las cajas de cambio de todo el grupo Renault, desde una ciudad ávida de industria y empleo; algo que hacemos, además, mejorando cada año nuestra competitividad, manteniendo el empleo y consiguiendo niveles da calidad cada vez más altos.

Todo ello implica trabajar de forma coordinada y solidaria en equipo, a sabiendas de que son muchos los retos a conseguir en distintos dominios para alcanzar la excelencia que nos asegura el futuro, en este mundo competitivo del que se descuelga quien pierde pie. Debe salir la producción que nos pide la empresa, con la calidad requerida, con el personal y los medios que tenemos y que cuadren las cuentas, que la gente esté comprometida y se nos concedan, así, nuevos proyectos.

Esas exigencias se traducen, en determinadas situaciones, en estrés. No siempre es fácil controlar tantos factores para dominar ese gran barco donde navegan 1200 personas.

Esta mañana asistí a una conversación intensa entre dos de mis compañeros. Uno trataba de explicar, con cierta frustración, cómo había tenido que hacer frente a una avería inesperada de una máquina que le produjo una importante parada de producción; el otro, en su ayuda, trataba de analizar lo ocurrido, con él, para evitar situaciones similares en el futuro, con datos en la mano y a pesar del cabreo de su colega consigo mismo.

-¡Pero es que tú naciste ingeniero! –le decía éste, alabando su espíritu analítico, su calma para afrontar temas complejos y el ánimo constructivo.

El otro se rio, descabalgado por su comentario.


-Yo, sin embargo, nací tenso.

jueves, marzo 05, 2015

Bloqueo

Todos los días de trabajo me levanto a oscuras y meto la mano, en un acto reflejo, en el cajón de los calcetines para coger una bola.

Luego bebo agua, voy al baño,  hago ejercicio sobre la alfombra para estirar mi espalda, me afeito, me ducho y me preparo el desayuno para tomármelo,  hipnotizado por los sueños mezclados con el presente, delante de un ordenador pasivo.

Entonces me visto empezando por los calcetines. Y me los encuentro con agujerillos, o raídos, o descoloridos, o rasposos, o deshilachados, o desiguales. Y todos los días me recreo en lo desastre de mis calcetines.

Acabo de comprar un montón. De los que me gustan. Lanosos, largos y muy suaves al tacto.

Una victoria tan sencilla como inexplicablemente aplazada toda una eternidad.

martes, marzo 03, 2015

Experimentos

A pesar de que tengo gente muy cercana, y querida, impuntual, es éste un rasgo del ser humano que me desespera; sobre todo cuando la cita es entre dos y no hay aviso de demora. El llegar tarde, a mi entender, implica egoísmo en el que lo practica, o cierta vanidad, desde el momento en que da más importancia al tiempo propio que al de la persona que pierde el suyo en esperar.

Pues resulta que puede ser que no.

Leo un artículo en el que se explica un experimento realizado con centenares de individuos, divididos a partes iguales entre puntuales e impuntuales. Los dejan en una habitación vacía, de uno en uno, sin reloj, y les piden que accionen una campana cuando consideren que haya pasado un minuto tras un primer sonido de bocina. Resulta que los que se autoconsideran puntuales detienen el reloj, de media, a los 59 segundos de haber oído el claxon, mientras que los que se reconocen impuntuales lo hacen a los 77 segundos.

Vaya. La ciencia demuestra que son víctimas de su propio sentido deformado del tiempo. Que llegan tarde no porque sean despistados, sino porque la vida pasa más lenta para ellos y que no avisan porque suelen creer llegar a buena hora abusando de su sexto sentido. No hay actitudes egoístas ni insolidarias, sólo un pequeño desfase en su reloj interno, lo que lleva a preguntarme cuántas de nuestras actitudes reprochables no son más que fruto de nuestro organismo imperfecto y no de la voluntad de seres inteligentes que se nos supone.

No es que ese tipo sea estúpido, es que padece úlcera de estómago. Que no, que no… que no es un nube negra, es que la dentadura oprime los músculos de sus mejillas. No exageres, su maldad no es tal, es que su cuerpo no es lo suficientemente alcalino.

Puede llegar un día en que la ciencia desmotive a la constancia, la cordura y el buen trato, porque todo sea producto de las hormonas y no haya malos comportamientos corregibles.

'No, de verdad, no es que sea tacaño. Lo hemos estudiado a fondo. Es que es lento encontrándose los bolsillos en las chaquetas'.


domingo, marzo 01, 2015

Tarragona

Tengo infinitos recuerdos de mis viajes por interrail de la época universitaria. Tal vez no me acuerde de lo que hice el martes pasado, pero sí tengo muy vivas las escenas de cada una de las ciudades que visitamos, la gente que se cruzó por nuestro camino o las anécdotas con que se iba nutriendo nuestra mochila cargada de latas de conserva.

Esta mañana, comiendo con mi familia, recordé a mi amigo Quino y su eterna inocencia.

Acabábamos de llegar a Berlín en una de nuestras últimas escalas. El dinero escaseaba, y por tanto la comida. Nos tomábamos de forma solemne pastillas de Micebrina para reducir el gasto en sandwiches. Pero éramos felices.

El día era caluroso y caminábamos ya sin rumbo en busca del camping a través de los inacabables alrededores arbolados de Berlín. No había GPS, ni móviles, ni forma de localizar información y estábamos exhaustos.

Apareció entonces un coche con matrícula de Tarragona y Quino vio el cielo abierto.

-¡¡¡Compatriotas!!!

El coche frenó en seco. Iba una pandilla de gente joven, como nosotros. Y preguntaron:

-¿Catalans?

Entonces fue cuando Quino se giró hacia mí y, con cara descompuesta, me preguntó:

-¿Pero la T no era de Toledo?