martes, abril 15, 2008

¿Vivir deprisa?

En el subconsciente colectivo de nuestra sociedad está instalada una cierta admiración inconfesable por el estrés. Cuanto más contemos el poco tiempo que tenemos, más altivos nos mostramos, nuestra vida se presenta como más llena e interesante, la imagen sube como la espuma.

Perdona, llego tarde a pilates; disculpa, tengo un curso de cocina; no puedo quedar contigo hasta dentro de dos jueves; tengo un máster los martes tarde; salgo del trabajo ya de noche, entro de madrugada, almuerzo como los pavos; tengo que ir de compras, que pintar la casa, que reamueblar el salón; tengo que salir, tengo que volver, tengo que encontrar un hueco, que llamar a mis amigos, que ver algún día a mi padre, que encontrar un minuto para llamar a mi hermana; a ver si consigo verte antes del verano, a ver si consigo verte, a ver si…

Vivir lento es la clave. Aún aunando actividades y organizándonos la vida para seguir creciendo, aprendiendo y proyectándonos en los demás.

Vivir deprisa no es una virtud. No puede serlo.

Saber dormir leyendo un libro cualquier día de la semana.

Prepararse un té y bebérselo hasta el final mirando un cuadro.

Pasearse la ciudad al anochecer sin objetivo.

Escuchar. No tratar de buscar contraejemplos para rebatir, sino escuchar.

Decir que sí a una cerveza cuando un amigo lo pide de corazón. A freír espárragos el pilates, los cursos de cocina, los másters, las compras… cuando un amigo te pide una cerveza.

Preparar una cena a la persona amada y mirarle a los ojos. Saber mirar a los ojos para decir aquí estoy.

La vida es esta cena y yo aquí estoy.