miércoles, octubre 30, 2013

Pero

Alguna vez me gustaría hacer un estudio para evaluar el carácter de las personas en función de las veces que dicen 'pero' por cada mil palabras.

Pocas palabras menos sanas que ésta.

Es un ejercicio enriquecedor el de intentar escucharse uno a sí mismo decirla, referente a cualquier tema y no importa en qué circunstancia.

No pronunciar los peros es ganar en franqueza si se hace trabajándolo desde el estómago, con conciencia de lo que uno abandona al dejar de lado las justificaciones que todo lo pervierten.

Recuerdo que una vez, en la escuela de escritores a la que asistía, un hombre encantador, constructor de relatos divertidísimos de ciencia ficción, criticó de mis historias la cantidad de veces que escribía 'casi' para adjetivar una situación o para describir a una persona.

Era una forma de decirme que con mi lenguaje me delataba, dejaba de manifiesto mis inseguridades y no apostaba fuerte por la naturaleza de mis personajes y sus interioridades.

Liberarme del 'casi' fue una evolución en positivo que implicaba mucho más que un simple exceso literario.

Las cosas eran o no, tenía que mojarme.

Ahora me da por analizar los 'peros' y he llegado al punto en que soy capaz, 'casi' siempre, de evitar pronunciarlo justo cuando está ya llegando a mi boca.

sábado, octubre 26, 2013

Ternura

Con toda la fuerza que tiene nuestra lengua, hay veces que te llegan a la cabeza sensaciones difíciles de encuadrar en un solo término.

Una de las razones para no encontrarla es, principalmente, el no conocerla. No tener suficiente recorrido como para saber llegar a unificar todas las sutilezas de aquello que quieres expresar y el conocimiento necesario de la lengua para realizar ese enlace.

Soy una persona muy dada a comprar en grandes almacenes, sobre todo porque visitar un pequeño establecimiento implica en muchas ocasiones pagar por cosas que no necesito. Soy débil en el cuerpo a cuerpo con un buen comercial o presa fácil de ellos. Desde el momento en que hacen el esfuerzo conmigo por venderme algo, en vez de entender que eso forma parte de su trabajo, termino por considerarme en deuda y haciéndome con utensilios que luego no sé dónde colocar.

En estos casos, me encuentro con una figura que me resulta especialmente violenta, la de aquélla que me provoca al mismo tiempo compasión y ternura.

Suelen ser negocios pequeños, mal surtidos, de escaso gancho y con un dependiente o dependienta que clava tus ojos en ti al acercarte, tal vez por equivocación, a pocos metros de su escaparate.

Esa sensación que tan fácilmente encuentro en determinados tenderetes se me ofrece de forma mucho más sutil en el día a día, en situaciones inesperadas. Un cruce de miradas desesperado y dulce que me desbarata.

Compasión y ternura, ¿cómo se le llama a eso?

miércoles, octubre 16, 2013

Miseria

Es duro reconocer que la miseria lo está invadiendo todo, incluso la parte sana de la sociedad que un día luchó contra ella.

En una suerte de epidemia irrefrenable que comienza por adormilar al enfermo, los afectados van sucumbiendo poco a poco a sus efectos, sin suerte de solución.

Actúa implacable tras el primer atisbo de reacción de los anticuerpos de la sociedad, cuando ya parece lejana esa marea humana en forma de batas blancas, camisetas verdes o indignados que conseguían llenar tantas plazas como se propusiesen.

Esa miseria, hija del dinero mal parido y sucio, desangra primero los ideales para a continuación desecar el orgullo y luego llenarlo todo de justificaciones y autocompasión.

El grueso del pueblo, adormecido por esa falta de horizonte en qué creer, comienza a bajar los brazos, a hacer sus cuentas con pagas de beneficiencia que acaba por considerar un triunfo y se vuelve un producto más de esa falta de esperanza.

Desde arriba, el que todo lo gana con esa falta de rebeldía en el pueblo, disfruta, con ojos miopes, con los salarios bajos, las condiciones draconianas y el abuso permanente. Como si esa podredumbre no fuera a volverse contra ellos.

La miseria nos hace miserables sin que sepamos verlo.

La esperanza es que, más pronto que tarde, aparezcan líderes sanos, aún no inoculados por el virus, que consigan liberar a mi gente de esta pandemia narcotizante.

Necesitamos despertar del mal sueño y creer de nuevo.

viernes, octubre 11, 2013

Barbaridades

Creo que hay una relación directa entre la salud mental de una persona y su grado de relación con el mundo, en cuanto a la capacidad para comunicarse con otros, la amplitud de la red social, amigos, familiares, compañeros, que ha conseguido construir a su alrededor y la certeza, se utilice o no, de que tenemos a quién contar, cuando lo necesitemos o deseemos, nuestras alegrías y preocupaciones; tanto como escucharlas de ellos.

Es sanísima la comunicación para seres como nosotros, los humanos, que tenemos en el lenguaje una enorme ventaja respecto a cualquier ser vivo, herramienta para poder compartir con todo detalle hasta lo más íntimo de nuestro corazón.

Somos cada uno, sin embargo, el principal receptor de ese lenguaje. A lo largo de cada jornada, sin pausa, vamos planteándonos a nosotros mismos proyectos, preguntas o miedos a los que damos, de manera más o menos acertada, respuesta. Nuestra cabeza no para de maquinar acerca de todo lo que nos conmueve y quizás sea la capacidad de controlar ese batiburrillo de sensaciones la que marque la inteligencia emocional de una persona y sus equilibrios.

Día a día nos planteamos todo, sin tapujos. Y justo navegando al lado de nuestro mundo más luminoso, imaginamos también los extremos, lo que nunca diríamos, nos proponemos todos los escenarios, las muertes de los nuestros, el sexo sin prejuicios, las ambiciones insanas, los odios acumulados, nuestra parte más negra, también la más valiente, lo que hubiéramos sido, lo que nunca seremos, nos damos caña, nos reímos del mundo, nos machacamos nuestros defectos, enrabietamos con las fronteras autoimpuestas para crecer de otro modo...

Las mayores barbaridades las hablamos con nosotros mismos.


martes, octubre 08, 2013

Aburrimiento

Como merienda o como el verbo convidar, a mí el término aburrimiento me lleva a períodos infantiles o de pubertad en que no sabes cómo agarrar el tiempo; utilizado por personas adultas, en cambio, me transmite desequilibrio y desazón, por lo que implica de insatisfacción profunda con el presente.

Hablo del aburrimiento a secas, no el placer del dolce far niente al que a veces, quizás menos de lo que quisiéramos, nos abandonamos placenteramente para escapar de este mundo de prisas.

Me refiero a las tardes en que miras el reloj más de diez veces esperando a que llegue el momento de que ocurra algo, suspirando por una llamada que lo rompa todo.

Supongo que la gente que atraviesa de forma cotidiana esos colapsos de no saber qué hacer tiene la ventaja, perversa, de sentir pasar el tiempo más lento que aquéllos que a duras penas saben administrar sus ganas de probarlo todo.

A mí los días se me hacen cortos y sé que ésa es la clave de mi equilibrio personal, bien trabajado desde pequeño quizás por el temor a vivir vidas endemoniadas donde no saberme situar.

Mi cabeza bulle de proyectos, citas, charlas, lecturas, viajes, escritos, entrenamientos y recetas de cocina que no soy capaz de abarcar, aun siendo consciente de que lo importante no es llenar el tiempo para esconderlo sino para saberse poseedor del timón de tu propio caminar, a fin de cuentas nuestra única posesión no medible en euros.

viernes, octubre 04, 2013

Juventud

Salía el viernes del trabajo, llenaba el depósito del coche con la cabeza puesta en escapar de la ciudad. Fue al pagar en la gasolinera cuando bajé a la tierra:

-¿Estudiaste en el Claret?

El dependiente, con su uniforme verde, pelo cano, barriga prominente y gafas de mucho aumento tomaba mi DNI como si tratase de confirmar leyendo mi nombre que yo era la persona que estudió en ese colegio. Le dije que sí.

-Sí, estaba seguro al verte. Tú eras de los mayores…

De los mayores… No sólo tenía que asumir que estaba viendo frente a mí a alguien de mi generación, sino que además yo era aún mayor que él. Su cara no me sonaba, pero eso no es algo extraño en una persona que vive en mundos paralelos, como yo.

-¿De los mayores?

-Sí. Del curso anterior al mío. 

Al menos no estaba en parvulario cuando yo hacía COU. 

Me metí en el coche camino de mi fin de semana playero pensando en el espejo que acababa de plantarme el azar de sopetón.

El cuerpo, sin embargo, se fue amoldando a la escena, pensando en lo bien que estoy heredando las virtudes de mi padre, al que las viejas le reprochan en el autobús que se levante para cederles el asiento.

-¡Pero si usted es mucho mayor! –protestan, presumidas, entre risas.