martes, septiembre 23, 2008

Capillitas

El día de la presentación de mi última novela en la Fnac tuve un desliz. Metí la pata, vaya. Hablando de la Sevilla en la que yo transito, de alguna manera descalifiqué a la más tradicional. Definí a esa Sevilla que yo practico como inteligente, lo que podría dejar entender que pienso que la otra parte de la ciudad no lo es.

Mil excusas.

¿Es cierto que hay dos Sevillas?, ¿que hay derechas e izquierdas?, ¿puritanos e irredentos?, ¿laicos y clericales? A todo se puede contestar que sí, que no o que quizás.

Soy partidario de llamar a las cosas por su nombre y tomar posición. Es más incómodo. Seguro.

Tengo grandes amigos, amigos a secas y conocidos, hombres y mujeres, que se desviven por sus hermandades de penitencia. En muchos casos, además, son personas inteligentes, sensibles, en el mundo, agradables en el trato, racionales, fieles en su sentido de la amistad.

Pienso en mi amigo Javi y su hermandad del Valle, en Sergio y la de los Caballos, en Víctor y Ana y la de la Sed… Recuerdo cuando pequeño cómo mi madre lloraba viendo pasar el palio de la Macarena… Salí hasta los catorce años como nazareno de la Soledad de San Lorenzo, y aún tengo un pensamiento para Pedro Jardi cuando llega el sábado santo…

Sé de lo que hablo y por eso me siento en el derecho de opinar.

Siento que la vida de hermandades, de cofradías, de besamanos, de triduos y quinarios, de besapiés, de coronaciones canónicas, de pasos de gloria… es un freno para Sevilla.

Mi racionalidad me hace ver en todo ello el cordero de oro, la antítesis de la espiritualidad, lo opuesto a la racionalidad y el progreso. Salvo excepciones no veo grandes valores en esa devoción extrema. Y sí mucha pérdida de energía.

Que una sociedad civil esté organizada en torno a organizaciones religiosas en pleno siglo XXI me parece un fracaso colectivo.

Llevo toda mi vida conviviendo con esa Sevilla, y sé que moriré conviviendo en armonía con ella, aunque la sienta extraña.

Quiero una ciudad laica, librepensadora, impulsora de reformas académicas, de proyectos industriales, de cultura con mayúsculas. Quiero una ciudad que se movilice por el desarrollo de los barrios, por los avances tecnológicos. Quiero más operaciones vanguardistas en el Virgen del Rocío, temporadas de Ópera más largas, más salas de teatro, más cine de autor. Quiero museos de ciencias, quiero conciertos de Madonna, de One Republic, de Chambao. Quiero setas en la Encarnación y más espacios peatonales. Quiero una ciudad donde las bicis nos coman y los tejados se llenen de placas solares. Quiero científicos sevillanos optando al Nobel o al Príncipe de Asturias, quiero universidades sevillanas rompedoras. Quiero muchos estudiantes extranjeros. Quiero gente negra, gente asiática, gente americana en mi ciudad. Quiero que las mujeres se paseen vestidas de flores cuando la vida le arrebata a sus maridos. Quiero más piscinas olímpicas, más canchas de tenis, quiero menos ombliguismo y más atención al resto del mundo. Quiero que Sevilla mire al resto del universo y se diga, ¿por qué no yo?

lunes, septiembre 15, 2008

Iván y las mareas

Hace unos meses, jugando en la orilla de la playa con mi sobrino Iván, traté de explicarle (teniendo en cuenta sus cinco años) por qué había arena mojada donde estábamos y ya no llegaban las olas allí.

Le pinté la tierra y la luna con una concha y traté de razonarle el efecto que ésta ejerce sobre la tierra, la atracción de la masa de agua que provocan las mareas. Intenté explicarle con palabras sencillas la inmensidad del mar, como si fuera un gran recipiente de líquido en que la masa va basculando, dominado por una fuerza que desde lejos ejerce una gran bola blanca de cristal.

Él me miró con ojos bien abiertos y me dijo que el abuelo le había explicado otra cosa, que lo que realmente ocurría es que había un señor gigante en una isla, que todos los días buceaba hasta el fondo del mar y le retiraba un gran tapón para limpiar el agua. Luego traía grandes botellas y lo iba llenando de nuevo con agua limpia.

Su abuelo es mi padre y a mí me entró la risa de pensar en las historias inverosímiles que le cuenta al enano para explicarle cosas complejas.

Sigo pensando que a un niño es mejor explicarle las cosas lo más parecidas a como son. Cuando te preguntan de la barriga de una embarazada, de cómo andan los coches, de por dónde vienen las imágenes de la tele, de por qué hablan tan raro los franceses.

En cambio sé que mi padre, el abuelo de Iván, me ha educado de forma impecable. Sé que tuve una infancia feliz y al día de hoy no me caigo de un guindo. Sé ir por la vida con la mente abierta y sin complejos.

Tal vez la clave no sea el qué se cuenta, sino cómo se cuenta. Percibir el cariño y la atención mesurada, que se te escucha y se te responde aunque tengas cinco años.

No sé si tendré alguna vez un niño (Iván es lo más cercano), pero siempre trataré de responder a la curiosidad insaciable de quien quiere comprender cómo el ratón Pérez hace para dejarle caramelos debajo de la almohada (ahora que está mellado).

jueves, septiembre 04, 2008

Dudas amistosas

Tener dudas es sano. Obliga a plantearse preguntas. Buscar las respuestas ayuda a crecer.

Tengo dudas sobre lo que debe ser la verdadera amistad.

¿A un amigo se le perdona todo? Pienso que no.

¿A un amigo se le deben pedir explicaciones? Pienso que sí.

¿Nos podemos inmiscuir en la vida de un amigo? Creo que es necesario.

A mí me gusta que mis amigos se inmiscuyan en mi vida. Creo positivo que me digan a la cara que no me comporté bien frente a ellos en determinada situación. Siento que es sano el cabreo fuerte cuando no estás a la altura de lo que esa persona, a la que tienes entre las cinco más importantes de tu vida (dejando a un lado la familia), espera de ti.

¿Dónde está la frontera entonces? ¿quién delimita la barrera de la intromisión, de las explicaciones? Pienso que la clave está en el respeto.

A un amigo no se le puede aguantar que siempre llegue tarde (porque él es despistado), no se le debe permitir que siempre haga chiste de tus complejos (porque no tiene mala intención), no se le puede disculpar que siempre hable y nunca escuche, a un buen amigo no se le puede perdonar siempre (porque tiene poca correa), no se le debe ocultar información (porque le hará daño).

A un buen amigo se le debe tratar con calidez pero con responsabilidad.

Al amigo hay que amarlo como se aman a las cosas importantes. De un amigo hay que sentirse orgulloso por cómo es, no intentar cambiarlo, hay que quererlo por lo que es, no por lo que a ti te gustaría que fuese… pero cuando realmente se ama, hay que saber que esa persona que hemos elegido en nuestra vida para recorrer un largo camino juntos necesita de nosotros. No vale ser asépticos.

A mis amigos les quiero, y en ese querer entiendo que viene incluido el derecho a entrometernos.

Por respeto.