miércoles, julio 03, 2013

Roto

Durante las eternas vacaciones de verano de mi infancia, en La Antilla, fui tejiendo un mundo de amigos paralelo al de la ciudad. En algunos casos, éste fue enlazando con mi vida en Sevilla conforme fui creciendo, pero la mayor parte de los miembros de esa pandilla quedaban relegados de año en año al puro contacto veraniego. Estaba la pandilla de los grandes -la de mis hermanas-, mi pandilla y la de los pequeños, la de mi hermano David.

De esos años, felices por definición, se tienen recuerdos que asustan de tan diáfanos, imborrables tal vez por ser períodos de dolce far niente en que uno nacía al descubrimiento del propio cuerpo, al nacimiento de la amistad, del sexo, indefenso ante los primeros enamoramientos, brutales.

Una de las personas que recuerdo, de la pandilla de los mayores, era una niña grande de andares torpes con un labio roto, circunstancia que le impedía, yo pensaba, relacionarse de igual a igual con los demás. Brusca en sus gestos, tal vez defensivos, inteligente, protectora de sus hermanos pequeños y adorable en su interior, le perdí la pista hace años-luz.

Hace unas semanas vino una mujer a auditarnos a la fábrica, una mujer de unos cincuenta años, enormemente preparada, con el mismo labio roto que aquélla de mi infancia.

Cuando los días de auditoría pasaron y se tuvo que subir al estrado para transmitir las conclusiones finales a un salón de actos repleto, todos estuvimos más o menos impactados por su físico especial, por sus gestos instintivos para taparse con las manos, agachar o girar la cabeza, intentando hacer desviar la atención a lo que realmente era el centro de ese encuentro, el resultado de varios días de trabajo inspeccionando nuestra fábrica.

A mí, viéndola triunfante, me embargaba la emoción de comprobar cómo esa mujer, impecablemente vestida, intelectualmente brillante y capacitada por la experiencia combatía los complejos que todos tenemos de nosotros mismos con una exposición clara, concisa y profesional que se convertía en un canto de libertad.

Admirar la fuerza de quien gana batallas, a pesar de todo, no nos puede hacer olvidar que hay quien no sabe, puede o tiene fuerzas para abandonar su cueva de introversión.

1 comentario:

Melvin dijo...

Y eso en ocasiones no es vencido ni por el carácter ni por la voluntad de querer cambiar... Cuánta frustración se divisa en el horizonte y qué hermoso reconocer a quien ha sabido hacer de su fragilidad una transparencia visible y nada sangrante... Besotes.