martes, agosto 13, 2013

Copenhague

Como todo en la vida, cuanto más se viaja más difícil es encontrar el cosquilleo de la primera vez, aunque casi siempre compensa el ir reemplazando la visión borrosa, exenta de matices, de esa vez inicial. Las emociones en carne viva se convierten, si hay actitud, en placenteros paseos sin rumbo en el que lo de menos es el edificio concreto y lo de más es conseguir formar parte, de pleno, del paisaje.

A Copenhague llegué, con diecinueve años y una mochila, otro lejano verano, ávido de romper mis fronteras utilizando los kilómetros como estrategia.

Como si fuese ayer, recuerdo aquel cámping urbano, al que volví dos veces, en cuyo césped bien cuidado me tumbé un buen rato, íntimo, viendo pasar las nubes, veloces, manchando un frío cielo azul.

"Todos caminamos sobre nuestros pies, el suelo está abajo y el cielo arriba. Aquí son más altos, más rubios, pero somos lo mismo".

Me hizo falta esa tumbada en un cámping danés para comprender que yo era un ser del mundo, tanto y tan válido como cualquier otro.

Hoy, en Copenhague, descubro la virtud de la sonrisa danesa, la agresividad de su clima, lo austero de su comportamiento. Observo una sociedad mucho más igualitaria que la española, donde no hay trabajo menor, donde los rubios, y rubias, te atienden en el hotel, conducen sus bicicletas, recogen tu comida, te sirven la cerveza o te explican, en un aeropuerto y con una sonrisa, que tienes que tirar el bote de desodorante a la basura para montar en el avión. 

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