miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

viernes, julio 22, 2016

Aburrimiento

Yo he vivido, aunque pequeño, la emoción de mi madre escuchando el mitin final de campaña de Felipe González en el Prado de San Sebastián en el año 82, y vi sus lágrimas.

Sé de política todo lo que puede saber una persona muy interesada en ella, que ya desde que recuerdo le robaba a mi padre el ABC para leer los cambios profundos que fue experimentando mi país desde que un día nos dejaran a todos los hermanos sin colegio, atemorizados por la muerte de Franco.

Echando la vista atrás resulta apasionante haber vivido la construcción de una democracia en paralelo a la construcción de la persona que hoy soy yo. Pactos básicos para reformar un país dividido por cuarenta años de dictadura y convertirlo en un referente avanzado en derechos humanos, seguridad social universal, libertades individuales, conquistas sociales, descentralización, integración en las instituciones europeas.

Nos gustasen o no, había líderes que tenían un proyecto robusto que ofrecer a la ciudadanía.

Estos meses de parálisis constituyen, a mis ojos, una muestra desalentadora de esa falta de liderazgo y agallas que se necesitan para arrastrar a una población machacada por larguísimos años de crisis hacia nuevos retos colectivos.

Los seres humanos no sólo podemos vivir de proyectos personales y desconectar de lo que a nuestra sociedad, como grupo, le inquiete e ilusione.

Son tiempos de aburrimiento y desencanto. Nunca abrí con tanta desgana las páginas de esa política que me apasionó desde que recuerdo.

miércoles, julio 20, 2016

Ficción

Cuando tomé la decisión de estudiar ingeniería, una de mis mayores preocupaciones venía de tiempo atrás, cuando me operaron de estrabismo en quinto de EGB. Nací con bizquera y esa operación, que me quitó complejos y un parche infantil eterno en el ojo, trajo consigo un ingrediente extraño: mi incapacidad para ver en tres dimensiones.

Me ponían a prueba con máquinas rudimentarias para ver diapositivas, una especie de anteojos, y yo hacía esfuerzos por ver lo que los demás veían.

Una de las principales asignaturas de la carrera era el dibujo técnico y yo sufría pensando cómo iba a aprobarla nunca si mis ojos no tenían la alineación necesaria para ver en 3D.

Tal vez ese temor produjo que fuese la primera asignatura que aprobase.

De la misma forma que yo padezco de esa carencia, creo que no todo el mundo tiene el cerebro preparado, por no decir el alma, para entender la ficción.

Recuerdo un compañero de estudios que me decía que no iba al cine porque él no se podía sustraer del hecho de que tras los actores había todo un arsenal de cámaras, luces y técnicos. Yo le intentaba explicar el porqué yo conseguía abstraerme de todo eso y meterme en la historia. Él me miraba con ojos atentos, pero no le llegaba a convencer.

Entrar en lo inventado y creértelo, aunque sea en el instante en que lo lees o visualizas, te hace cargar la mochila de recuerdos robados, que te enriquecen sin saberlo.

Ver el mundo creado por alguien ajeno a ti es sanísimo. Lo decía hace pocos días en un discurso memorable Ana María Matute. La necesidad de la ficción para el ser humano. Existe desde siempre.

Necesidad de escapar de la unicidad de su existencia para hacerse partícipe de otras.

Afortunadamente tuve la suerte, como tantos, de nacer con el don de saber introducirme en espacios inventados por otros. Verlos con sus ojos y dejarme llevar.

martes, julio 19, 2016

Conflicto

Hay personas que te lo dicen así:

-No soporto el conflicto.

Hay quien lo utiliza, el conflicto, para imponerse a las primeras. Levantan la voz porque saben que las otras no quieren problemas. Hay muchas otras, desgraciadamente, que no funcionan si no es con un mal gesto. Gente a las que le va la marcha del tono duro para avanzar.

El conflicto es inherente al devenir de cada día. Es fruto de nuestra libertad. Consecuencia de los choques entre nuestras decisiones, así como entre nuestros actos y los de los demás. Es el equilibrio de fuerzas necesario que evita la parálisis, y nos hace crecer. Suena mal, sin embargo, la palabra. Conflicto suena a agresividad y mal rollo, a golpe y destrozo, a morir un poco.

La sal de la vida es precisamente el decidir a cada momento qué queremos ser, a partir de pequeñas decisiones o grandes pasos. Decir sí o no es renunciar a algo, en una vida que no tiene borrador posible. Pero también es ganar un espacio propio. El camino correcto puede estar aquí o allá, afortunadamente hay miles. Donde nunca está es en la cabeza agachada ni en los ojos cerrados. Ni en la imposición a otros ni en la mutilación propia.

Una persona brillante es aquélla que afronta con serenidad las contradicciones del día a día, que crece cuando se equivoca, que piensa en los demás cuando decide, que escucha y se deja oír, que no se bloquea ante los cruces de camino.

Los indecisos arrastran una triste mochila pesada y repleta de lamentos, ¡qué pudo ser de mi vida!, de todos los colores y tamaños.

lunes, julio 11, 2016

Risa

Hubo en tiempo en que me atraía el dolor.

La universidad se ofrecía como un tiempo infinito, la gente entraba y salía de mi mundo sin descanso, los miedos peleaban con el proyecto de no saber muy bien qué querer ser, de tan grandes que se abrían las puertas de la vida para mí; el sexo aparecía como enemigo, a la muerte la sentía perseguirme y los complejos desafiaban a mi espíritu racional; las llamadas de los viernes que no llegaban para tomar copas, los amigos que dejaban de jugar a ser niños y una familia que parecía deshacerse.

Entonces aparecían personajes aún más desgraciados que yo, y me enamoraban. Cuantos más dramas familiares, más puntos ganaban; sus temores, impotencias y desconsuelos me hacían más fuerte. Era menos desgraciado teniendo a ellos, los marginados de la alegría, a mi lado.

Hubo, sin embargo, rendijas que fueron dejando entrar el sol: mis mañanas remando por el Guadalquivir, los viajes por Europa descubriendo un mundo impresionante, las novelas deslumbrantes del fin de siglo americano, las noches locas de alcohol junto a mis hermanas...

Sin darme cuenta, los años fueron desescamándome de nubes negras que me buscaban para hacerse resonar sus penas. Me aburría la tragedia de sus vergüenzas. Fui, como por ensalmo, acercándome como una lapa a gente que sonreía, que lo hacía todo el rato y sin venir a cuento. Descubrí lo hermoso que es vivir al lado de quien se apunta a todo y no pregunta a cambio de qué.

Ayer regresábamos a Sevilla, desde Marbella, por el camino de Ronda. Empezaba a anochecer y propuse una parada para tapear. Fran y Nuria aceptaron la propuesta por aclamación.