jueves, junio 25, 2015

Golondrinas

El lunes, cuando salía el sol al amanecer, tomé un filete empanado frío de la nevera y un zumo de manzana del Mercadona y me planté frente a la ventana abierta de mi salón. Aún sin vestir, con el aire fresco mañanero, me asomé al cielo sorprendido por el enorme trinar de golondrinas volando desordenadas en la estampa azulada de tejas y espadañas que se abría ante mis ojos. Minutos pausados observando sin mirar la maravilla de un amanecer para mí solo, con la ciudad dormida.

Tengo la suerte de ver un patio con limoneros desde mi ventana, y espadañas desconchadas de azulejos añiles, y golondrinas revolotear en los amaneceres veraniegos atemporales que me brindan el regalo de saber que conozco la Sevilla de Bécquer, la de Cernuda, la de Machado, la de Aleixandre, la que bucea en su belleza y se regodea en sus particularidades sin ofender al mundo, la Sevilla de mi infancia, dulce y luminosa, la de las noches de cervezas junto al río, la universitaria, la tertuliana, la de cines de verano y azoteas, la que vive la calle como los pasillos de la casa, la de discusiones largas en cafetería, la española y andaluza, culta y alegre, soberbia y femenina, la que lee, la que ríe, la que sueña.

Mi Sevilla es la que yo quiero escoger, no la zafia de chiste fácil ni gomina en las patillas. A ésa no la veo, no la entiendo, la esquivo como las golondrinas se escaquean con maestría de los cordeles de los tendederos de esta ciudad que amo.

lunes, junio 22, 2015

Prismáticos

Me lo habían comentado entre bromas alguna que otra vez, pero el otro día tuve una prueba gráfica definitiva: ¡me habían fotografiado! Estaba durmiendo mirando por unos prismáticos; imaginarios, sí, pero totalmente concentrado en mitad del sueño con los brazos levantados, las manos giradas hacia mi cara y los dedos índice y pulgar haciendo un círculo sobre mis ojos cerrados, que cualquiera sabe qué miraban a través de ellos.

Traté de recordar qué soñé esa noche, pero ya era tarde para conectar con esa otra vida intensa del otro lado de la almohada.

Me da por pensar en grabarme un vídeo cada noche hasta que mi yo subconsciente vuelva a levantar los brazos y alzar los prismáticos para observar el mundo de afuera, aquél desde el que escribo y que quizás sea más extraño aún que ése en el que se me aparece mi joven madre paseando por la playa llevándome de la mano, aquel en el que viajo por las ruinas de un Nueva York deshabitado, un mundo luminoso en el que nunca termino de acabar los estudios, ése en que me ahogo riendo a carcajadas en las arenas de La Antilla, allí donde los aviones aterrizan dando piruetas por el cielo.

sábado, junio 13, 2015

Carcajadas

Son mucho más numerosos los días en que no ocurren cosas transcendentales en nuestras vidas que aquéllos que nos quedan para siempre en el recuerdo; aun así es necesario que nos llegue algún notición de aúpa para apreciar sin remilgos nuestra cotidianidad como un bálsamo de bienestar que no queremos perder.

Yo soy de buscar los momentos de emoción. Mi amigo Guillaume, en nuestras citas habituales en París, suele decirme que arrastro siempre muchas noticias que contar. Mi querida Mariángeles onubense no deja de sorprenderse con la cantidad de gente que tengo capacidad de ir integrando en mi vida. Fran me dice que estoy constantemente con la caña de pescar preparada. Esa sensación del 'mundo se me va' que tantas alegrías me da a pesar de la adicción que provoca esperar siempre más de la vida, de los otros, del futuro es un modo de vida al que no quiero renunciar. 

Esta semana he recibido un mensaje demoledor de una persona a la que quiero con toda mi alma. La enfermedad se ceba sobre ella para poner en peligro sus carcajadas y ha tenido que contarle a su niña que en veinte días se quedará calva… 

Aprecio entonces con más fuerza aún la grandeza de la vida, saber que he tenido la suerte de cruzarme con ella y haber andado mucho camino juntos, para así tomar el impulso necesario para aportarle todo mi amor y decirle 'no estás sola, aun nos queda mucho por construir, volverán los maravillosos días en los que no pasa nada'.

sábado, junio 06, 2015

Percepción

Los que tenemos grabado genéticamente el espíritu competitivo no podemos jugar ni a las palas en la playa sin contabilizar la puntuación, aunque sea con mi sobrino Iván y luego me deje ganar. Es jodido para nosotros, a pesar de que nos haga muy valiosos para llevar a cabo proyectos o seamos carne de empresa al ser medio infantiles a la hora de ser incentivados con objetivos.

Así que no sé ni siquiera correr por el parque sin mi ‘app’ para llevar el conteo de los kilómetros recorridos y el ritmo de cada uno de ellos. Tan es así que si olvido el móvil o se me cierra la aplicación a mitad de recorrido deja de tener sentido tanto esfuerzo.

Qué triste.

Cuando corro por Sevilla siempre comienzo en el mismo punto, justo en la zona del paseo Juan Carlos I frente a mi casa, entre la pasarela de la Cartuja y el puente de la Barqueta. El primer kilómetro, a una velocidad de ritmo creciente, se pasa rápido. Es el segundo el que se hace eterno; en este tramo cambia el tipo de suelo a mitad de camino, hay gran cantidad de gente, una pequeña rampa matadora, el recorrido hace una curva bajo el puente del Alamillo, donde suele aparecer una corriente fuerte de aire, y el final, una vez que te aproximas, no queda señalizado por ningún elemento el lugar que te haga saber cuándo la maquinita te va a dar por culminado ese segundo kilómetro.

En cambio el tercero se abre a lo grande, sin dificultad alguna. No hay obstáculos en el camino, puentes que atravesar ni rampas, el viento no te hace malas jugadas, hay mucha menos gente corriendo y la meta queda claramente marcada, desde el inicio, por la pasarela de San Jerónimo que se vislumbra desde el inicio en el horizonte.

Tardo el mismo tiempo en recorrer los dos.