martes, junio 25, 2013

Dispersos

Son muchas las ocasiones, imagino, en que confundimos evoluciones en nuestro propio ser con cambios en la sociedad a la que pertenecemos, porque es claro que hay un influjo real en nuestra percepción del mundo exterior provocado por la naturaleza propia, el estado de ánimo de uno, la madurez alcanzada.

Hay certidumbres, sin embargo, que confirman que este mundo al que pertenecemos se mueve más rápido de lo que lo haya hecho en ninguna época pasada.

Una de ellas, a mi entender, viene precipitándose a un ritmo endiablado y parejo al de las nuevas tecnologías, que nos hace seres dispersos, emocionalmente más frágiles, en esencia menos reflexivos, o asentados, sobre lo que somos.

Estos avances nos hacen más libres, sí, desde el momento en que nos asomamos al mundo desde una inmensa ventana que nos permite elegir, centrar el foco donde nos interesa, localizar esto o aquello que nos motiva, cosmopolitizarnos, descubrir nuestra pequeñez.

Lo que sí es cierto es que cambiamos rápido la forma de relacionarnos y, algunos, comenzamos a echar de menos conversaciones largas sin un móvil de cuarta generación recordándonos que tal vez haya un email sin leer, que el paisaje por el que caminamos lo tendríamos que enviar a nuestro grupo de wasap, que quizás haya subido la prima de riesgo en las últimas horas, que, a lo mejor, alguien ha puesto algún me gusta en mi facebook.

El ser humano, frágil, tendrá que reeducarse a un ritmo acelerado para combatir esa taquicardia tecnológica que le dispersa.

sábado, junio 22, 2013

Lección

Hace años me embarqué en un proyecto cuya luz está tardando mucho más de lo previsto en verse.

Impliqué a mucha gente utilizando mi credibilidad como persona, comprometí fechas confiando en mi capacidad resolutiva y adelanté resultados movido por la hermosura de la obra que estábamos construyendo.

Las personas, sin embargo, a veces te sorprenden con fuerza, y no supe calibrarlo hasta estar metido hasta la colcha en compromisos incumplidos cuya dimensión no supe calibrar.

Estos años, en todo lo que a este proceso se refiere, están poniendo a prueba mi capacidad de manejar una situación compleja en la que tengo que proteger, por encima de todo, la buena conclusión de esta aventura para no defraudar a todos los que creyeron en ella, invirtieron, curraron gratis o se implicaron de forma altruista, con lo que implica todo ello de tener que tragar sapos ajenos.

Saber ponderar el equilibrio para no descarrilar esta empresa aun poniendo en juego mi credibilidad, capacidad resolutiva y pasión por la creación.

Mis más sinceras disculpas, desde el fondo de mi corazón, a todos aquéllos que creyeron en mí y se sienten defraudados. Mi silencio, sin embargo, es la única forma, dolorosa, que encuentro para conseguir que ese impactante proyecto al que un día dimos salida llegue a ser un éxito descomunal.

Es una lección de vida, para mí, el enfrentarme a una situación tan incómoda y hacerlo desde dentro, sin poder hacer cambiar el rumbo por ser esclavo de otros navegantes que no me permiten tomar el timón en aguas que me son, necesariamente, desconocidas.

Mi agradecimiento será eterno hacia aquéllos que supieron creer en mí.

No les defraudaré.

lunes, junio 17, 2013

Pequeño

Para mi padre siempre será su ojo derecho, seguramente por razones sanas que no nos causan celos al resto de los hermanos.

A nosotros tres nos tiene por fuertes, pero a su hijo pequeño siempre lo vio como el más vulnerable, ese niño rubio, huérfano de madre con trece años, que escuchó de su muerte en la planta baja del hospital, estudiante rebelde en una familia que necesariamente se disgregaba por la fuerza centrífuga que causó perder el centro maternal que lo enlazaba todo.

David atravesó todas las fases, y lo seguirá haciendo, en su lucha visceral por encontrar su lugar en el mundo, con una fortaleza para vivir su soledad por la que no hubiésemos dado un duro hace veinte años.

Ahora nos visita tras meses recluido en su paraíso del Palmar para reencontrarse con su padre, viejo, débil y emocionado de volver a dar un abrazo a su hijo del alma, el que heredó su mismo despiste, la forma de hablar y cada uno de sus gestos.

Y yo observo sus miradas esquivas con la emoción de saberme irremediablemente unido a ellos.

Mi padre, ley de vida, piensa cada día un buen rato en su final y sé que tiene un apartado de sus pensamientos para cada uno de nosotros, aunque no nos molesta saber que su principal sueño es imaginar que David continúe en esa senda cada día más sólida hacia una madurez equilibrada de hombre autosuficiente, bueno y sonriente.

Sus tres hermanos estarán ahí, para cuidarlo, cuando no sepa verse fuerte.

sábado, junio 15, 2013

Escarabajos

Vistos desde el cielo, los sevillanos debemos parecer escarabajos en estos períodos en que el cielo se eterniza en azul y el sol cae de plano.

Todo el que no es de aquí nos compadece.

Hay días duros, sí, en que el tema de conversación no es otro, horas en las que dar un paseo largo por la ciudad se antoja imposible, noches de insomnio sin aire acondicionado.

Yo, sin embargo, reivindico mi condición de escarabajo; las noches jaleosas de veladores repletos en que salimos de nuestras guaridas, el sonido de las golondrinas tras las ventanas, las siestas interminables con la casa a oscuras, los paseos en moto por la ciudad e incluso las calles desiertas de mediodía.

Somos hijos del sol, y eso nos marca.

martes, junio 11, 2013

Lunas

Me había levantado tempranísimo como penitencia por elegir dormir en el centro de París y no tener que hacerlo en un hotel de carretera cercano a la fábrica donde tenía que trabajar al día siguiente.

A pesar de ser verano hacía frío. amanecía antes de que ningún despertador sonara en la ciudad y aún no habían abierto el restaurante para el desayuno junto a la recepción.

La cena del día anterior y las copas de confidencia con Guillaume me hacían tener la cabeza embotada buscando la plaza del coche de alquiler en el garaje.

¡Qué bonito es París a esas horas fantasmas de madrugada luminosa en que parece vacía!

Llevaba tiempo preparando la visita, había temas duros que tratar y el mareo no se me quitaba, rodeando una casi desierta rotonda del Arco del Triunfo con el estómago revuelto.

No había motivos para sentirme tan aturdido por la suave luz sin fuerza del sol de verano norteño, pero el cuerpo me pedía echarme a un lado de la carretera, una vez fuera de la ciudad, para recuperar el equilibrio.

Llegando a la fábrica ya tenía todos los argumentos estructurados para explicar que tendría que escaparme antes, no me encontraba bien. Los ojos se me nublaban y conducir se me hacía complicado, con los coches sobrepasando mi ritmo cansino.

Cuando me acerqué a la barrera de seguridad de la factoría que visitaba, el vigilante me miró con gesto extraño. Debía tener mala cara, se salió de la garita y me preguntó si estaba bien, señalándome la cara.

Yo me toqué, me tropecé con mis propias gafas de sol, que olvidaba llevar y comprobé, avergonzado, cómo había recorrido cincuenta kilómetros mareantes como un pirata del siglo XXI, sin imaginar dónde ni cuándo podría haber perdido uno de los dos cristales tintados.

sábado, junio 08, 2013

Tapas

En los tres años que estuve trabajando en Francia tuve la suerte de encontrar a Brigitte, asistente personal del que fuese mi jefe.

Cuando éste se fue, al poco tiempo de llegar yo, le dijo a Brigitte que me cuidara como si fuese su hijo, y doy fe que así lo hizo, siempre atenta, cariñosa y servicial.

Desde que, a las pocas semanas de yo llegar, nos cruzamos en un restaurante cercano al trabajo, escaqueándonos de la comida de rancho de la empresa, decidimos comer todos los mediodías juntos, bien en el Terminus, ¡ensalada de nueces y entrecotte!, bien en su casa, ¡esa ensalada de endivias y el kir de cerezas!, en mediodías inolvidables en que me fue presentando a su familia, sus vecinos, sus amigos...

Fue, sin embargo, la única aliada que conseguí en esos tiempos en el trabajo, y me considero un ser bastante social, dispuesto siempre a conocer gente, a dejarme aconsejar. Pero no, ni una triste cerveza a la salida del trabajo.

Con el tiempo, me ofrecieron la vuelta a Sevilla para colaborar en el arranque de un nuevo proyecto. Muchos de los compañeros que tuve en Francia fueron viniendo a mi ciudad para desarrollar tareas asociadas a esas nuevas líneas de producción.

Recuerdo, en esa época de mudanza y reasentamiento en mi casa, entre los míos, volviendo a la sana costumbre de mis cervezas liberadoras, las charlas de café y la vida fácil que caracteriza a mi tierra, recuerdo, digo, la llegada de estos compañeros a Sevilla.

Bueno, Salva, ¿y dónde nos vas a llevar de tapas?

¿De tapas? 

Llevaban años sentándose a mi lado, sabiendo que vivía solo en París y en ningún momento se les ocurrió ni siquiera preguntarme si necesitaba algo, si me iba bien, si me apetecía una cerveza.

Afortunadamente supe encontrar la vía para establecer relaciones sanas de amistad con gente encantadora en París, fuera del curro, que aún mantengo y mantendré.

¿Tapas? Yo no salgo entre semana.




lunes, junio 03, 2013

Disfrute

Puede resultar odiosa, o impecable, mi siguiente reflexión para quienes están en paro o padecen un trabajo mal remunerado, tedioso o degradante, que haberlos los hay, y no pocos.

Es una base de comportamiento para mí, afortunado de tener un trabajo creativo, reconocido y bien remunerado, considerar a éste como una herramienta de disfrute.

Más que nada por pura inteligencia emocional, ya que si echo tantas horas en mi fábrica estaría creando a una persona amargada si viese mi empleo como una prisión, pero por encima de todo por una cuestión de salud mental: No encontrar los artificios, claves o trucos para hacer de mis tareas diarias una actividad atractiva sería limitar mi crecimiento como persona.

En casi cualquier trabajo hay interacción con otros compañeros, dinámicas en equipo y objetivos que cumplir, siempre que la empresa o el servicio público tenga unos mínimos de robustez. Esas reglas básicas forman una base sólida para construir un día a día en el que poner a prueba tu capacidad de evolución, de conexión con el resto y de pequeñas victorias parciales. Plantearse solucionar para siempre un tema cada día es un estímulo perfecto.

Hacer bien mi faena, además, implica construir una sociedad más fuerte. Así de simple. Si el negocio para el que trabajo funciona, yo soy más libre desde el momento en que mi futuro personal está más despejado y, con él, el de la colectividad en la que me muevo. No entender que mi colaboración con mi empresa es importante es un fallo de base. Los equipos no son nada sin cada uno de sus componentes.

Para conseguir todo esto, implicación, trabajo en equipo y crecimiento personal, no hay mejor arma que el humor. La clave de una persona productiva en su trabajo está ahí, en el espíritu alegre a la hora de emprender las tareas.

Se puede entender un cabreo gordo a nivel laboral por una y mil causas, pero yo desconfío de aquél que se coloca la careta de mal humor como armadura para el trabajo.

Se es mucho más efectivo cuando uno da la importancia justa a las cosas, no se dramatiza cada error y se tiene el espíritu abierto para aprender del que lo hace bien.

Los mejores compañeros que he tenido en mi carrera profesional han sido, siempre y sin excepción, gente con un amplio sentido del humor.