lunes, noviembre 30, 2009

Morir un poco

Hay una escena imborrable en mi época adolescente. Había que llegar a clase de 'Pretecnología' con una lámina de estaño. Yo había insistido en mi casa en que tenía que llevarla ese día, pero mis padres se olvidaron. Cuando fui consciente de que tendría que ir a esa clase sin el estaño quería morirme. '¡Me van a poner un cero!'. Una vez empezada la clase vi a través de las cristaleras a mi madre. Traía el estaño para su hijo.

Me sentí tan feliz y tan avergonzado al mismo tiempo...

Hace algo más de un mes me llamaron del Ayuntamiento de San Fernando para decirme que había entrado como finalista en el Premio Internacional de Novela Luis Berenguer. Lo organizaba la Editorial Algaida, por allí habían pasado escritores de renombre, llevaba asociada una publicación a lo grande y una importante cuantía económica.

Yo no podía ser más feliz.

Pude compartir esa felicidad con Leo Mares, Elena y Fransús en una tarde-noche que no olvidaré.

Ya me daba por satisfecho. Todos mis sueños de 'contador de historias' se me hacían realidad. Un jurado imparcial había elegido mi obra entre 74 novelas como finalista. Estaba entre los cinco elegidos...

El ser humano es insaciable.

Veía sentido a todo y consideraba que habría un antes y un después del 27 de noviembre, día de la elección definitiva del ganador.

El 27 llegó y yo ando tomando cervezas por Lille, en una semana más de trabajo por mi querida Francia. Hace un frío enorme, llueve como si alguien te tirara cubos de agua encima y soy un tío moderadamente feliz.

El mundo de los vivos, de los que han vivido, viven y vivirán, está lleno de perdedores, de luchadores, de gente que sueña la ilusión de sentir que sus vidas tienen sentido.

A cada ilusión rota, morimos un poco... No es cuestión de dramatizar, no me pondrán un cero mañana, no hay estaño que presentar en clase...

Pero morimos un poco.

domingo, noviembre 29, 2009

Casablanca

Hace unas semanas tuve que organizarme para ir con unos compañeros de trabajo a Casablanca. Había surgido un problema en la fábrica que Renault tiene en las afueras de esa ciudad y consideramos que la mejor forma de solucionarlo era presentarse allí.

Lo preparamos sin mayor dificultad. Un coche de empresa y la reserva de dos hoteles, uno en Casablanca la primera noche y otro en Tánger para hacer escala de vuelta.

Tánger es una ciudad que me apasiona. O que me apasionaba...

Justo cuando entrábamos en el puerto de Tánger les pedí a mis colegas paciencia. 'Esto es Marruecos y aquí los ritmos son otros'.

No había que alterarse si un empleado de las aduanas te pedía una propina por entregarte los papeles al firmar, o que en el espacio cerrado de tránsito del puerto ya hubiera quien te estuviera ofreciendo relojes o pulseras. Les das propinas porque estás vendido y se te quejan.

Mis anteriores veces en Tánger habían sido visitas de unas cuantas horas, organizadas y en grupo. No imaginé lo que suponía que se abriesen las puertas del puerto y nos lanzáramos, como un toro en Sanfermines, a la caótica ciudad de Tánger. Había que encontrar el camino para llegar a la carretera de Rabat y teníamos que hacerlo por instinto. No se respetaban los semáforos, los cedas al paso, no había letreros, la gente se abalanzaba sobre el coche.

Una inversión realizada por mis hermanas en Assilah nos endulzó el viaje. Me habían pedido el favor de acercarme por allí para ver si un dinero que habían entregado para la compra de un apartamento tenían que darlo por perdido o no. Afortunadamente pudimos ver que la promoción sigue construyéndose.

Assilah es un oásis en este país de contrastes. Dimos un paseo agradable, sin presiones ni vendedores siguiéndonos los pasos, nos fotografíamos en la Medina y comimos muy bien en el humilde 'Casa García'.

Pero quedaba Casablanca.

Todas las anotaciones que yo había hecho para visitar, ir de cena, pasear... se me vinieron abajo nada más llegar con la noche ya cerrada. Afortunadamente que existía la Gran Mezquita de Hassan II para guiarnos como faro porque no existe una sola indicación en toda la ciudad. Ya en la autopista entre Rabat y Casablanca comprobamos el poco respeto por las normas de circulación, sobre todo de los peatones, pero la ciudad de Casablanca es el caos absoluto. No hay normas.

Tardamos hora y media en llegar al hotel, donde tuvimos que cenar a deshora porque ya no había tiempo ni nervios para coger de nuevo el coche.

Desorganizada, ruidosa, construida a trozos, la ciudad me decepcionó tanto que me tengo que dar una nueva oportunidad para visitarla. No me gusta no dar segundas oportunidades.

A principios del siglo XX no tenía más de 10.000 habitantes, ahora parece que supera los cinco millones.

Eso lo explica todo.

Me hablan del encanto de Marrakech, de las playas de Agadir, de la sensualidad de Fez, del cosmopolitismo de Tánger.

En Casablanca hay mucha miseria, pero mucha vida también. Parece imposible vivir tan cerca de esa civilización tan distinta a la nuestra.

Al día siguiente solucionamos en la fábrica y pudimos visitar la Gran Mezquita, impresionante.

Impresionante ese derroche en un terreno ganado al mar a menos de doscientos metros de un barrio que se cae a trozos.

Volveré a Casablanca, seguro que me perdí algo.

Siempre hay que dar segundas oportunidades.

lunes, noviembre 23, 2009

La princesa Leia

Desde hace unos días mi hermana Raquel me había pedido quedarme a cargo de Iván este pasado sábado. Ella y Mónica tenían boda, era el fin de semana que le tocaba a su hijo y sabía que yo estaría encantado de pasar el día con él.

A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.

Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.

El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.

Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.

Así que pasamos a Star Wars.

Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.

Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.

¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.

Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.

La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.

Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.

Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.

Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.

Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.

Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.

Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.

Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:

Que ella era La Princesa Leia.

jueves, noviembre 19, 2009

Cyrano

Presenciar un espectáculo de ópera puede resultar snob, clasificarse de cultura elitista, minoritaria, de pijos, se puede calificar de tostón, de anticuado, de sibarita… Entiendo que es un lujo que no todo el mundo puede permitirse, pero yo sé dónde sí quiero gastarme los euros.

La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.

Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?

Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.

Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.

Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.

Venir del simio y llegar tan lejos.

Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.

¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?

Sí.

Que no te guste no implica nada, supongo.

Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.

A vueltas con mis prejuicios, seguramente…

jueves, noviembre 12, 2009

Ser francés

No escondo mi querencia por nuestro vecino del Norte. Admiro en Francia el gusto por la educación, sus políticas culturales, la predisposición al debate y la conversación de su ciudadanía, la histórica defensa de los derechos sociales, humanos, su implicación en el devenir de la humanidad. De ahí que pueda resultar contradictorio mi siguiente razonamiento:

Desde el gobierno de Sarkozy, un político por quien no confieso ninguna simpatía, se ha lanzado a su pueblo la siguiente pregunta:

¿Qué es ser francés?

Y la sociedad francesa ha acogido con entusiasmo este anzuelo envenenado.

Porque engañoso es, a mi parecer, tratar de poner etiquetas a un pueblo por el simple hecho de serlo.

¿Qué es ser andaluz?, ¿y ser parisino?, ¿que es ser somalí?

¿Ser somalí es ser pirata?, ¿ser francés es ser culto?, ¿ser andaluz es ser amable?

¿Debo saber hacer reír por ser andaluz?, ¿debo añorar ser francés porque me guste su cultura?

Ser francés no es otra cosa que una cuestión de azar. Cada uno nace donde le toca e individualizar en una persona adjetivos extraños a los que son exclusivamente de su propia circunstancia es peligroso.

Es cierto que todo lo que suene a nacionalismo me da grima. Incluso si la respuesta que diera el conjunto de la ciudadanía francesa fuera 'ser francés es ser una persona educada, culta...', me chirriaría la definición en sí.

Ser francés es tanto como ser español o eslovaco. La verdadera pregunta vendría dada por ¿qué es ser persona? y sobre ello vienen meditando los grandes sabios desde tiempo inmemorial, encontrando la riqueza no en la respuesta, que no es única ni universal, sino en la reflexión en sí misma.

Tengo tres amigos franceses, Brigitte, Guillaume y Kristian. Los quiero por cómo son, por lo que me aportan, por su forma de entender el mundo.

El único nexo entre ellos es que hablan francés, pero también lo hablan muchos belgas o suizos. Yo también intento mejorar día a día mi dominio de esa lengua.

Lo grave no es que se lancen preguntas envenenadas, lo preocupante es que éstas se reciban con entusiasmo.

Me gustaría que la respuesta global que diera el pueblo francés fuese:

'Ser francés es ser una persona más'

domingo, noviembre 08, 2009

El puño cerrado

Había un compañero de clase en la universidad del que apenas me separaba durante la mañana. Teníamos un nivel similar, íbamos a las mismas clases, nos conocíamos de la época del bachillerato y estudiábamos en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros.

De los mejores recuerdos que tengo de por entonces eran los ratos que pasábamos en la cafetería. Íbamos ampliando nuestro círculo de amistades, nos pasábamos apuntes, nos explicábamos temarios inentendibles, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro, ¿seremos capaces de acabar una carrera tan difícil?, ¿encontraremos trabajo en Sevilla?, ¿trabajaremos de aquello para lo que nos preparábamos?, ¿nos gustaba realmente lo que estudiábamos?

Luego pagábamos el café, recontando las monedas del poco dinero que teníamos, aún dependientes de nuestra familia, y volvíamos a la Biblioteca.

Es de esos años de cuando tengo la percepción clara del concepto de ‘tacaño’.

Por entonces pagábamos en pesetas, yo era consciente de que el poco dinero que teníamos lo conseguíamos de dar clases particulares, de trabajar alguna vez tras la barra de un bar, de hacer encuestas por la calle o, en la mayoría de los casos, de una paga semanal de nuestros padres.

Este compañero siempre se hacía el remolón a la hora de pagar el mísero café, pero no tardaba en perseguirte para recuperar el duro que te prestó para tomarte una palmera de chocolate diecisiete días antes. Poco importaba que tú le hubieras pagado el café más de la mitad de esos diecisiete días.

El duro de la palmera era imperdonable.

Memoria prodigiosa para el céntimo que prestó, enormes ganas de ir al baño a la hora de pagar.

Yo presumo de estar en el mundo. Sé quién tiene, quién pasa apuros, quién amasa fortunas y quién vive con lo justo.

No hay nada más ruin que una persona tacaña con sus amistades.

‘¡Es que el dinero cuesta mucho ganarlo!’

Precisamente por eso, porque cuesta mucho ganarlo, porque dedicamos tanto tiempo de nuestra vida a currar para que nos den a final de mes una nómina de la que somos esclavos; o beneficios aquellos que tienen sus propias empresas.

El fruto de mi esfuerzo lo comparto contigo, porque eres importante para mí.

Sé a quien no voy a dejar nunca pagar por muchas veces que ponga el dinero encima de la barra, porque de las personas cercanas me preocupo por saber.

No hay nada más hermoso que pelearse, de corazón y sin la mano tonta, por pagar. El tacaño nunca podrá imaginar el placer que se está perdiendo.

Ser desprendidos con lo material no es pura pose.

Afortunadamente, entre la gente a la que quiero presumo de tener personas generosas al máximo, seguramente en caso contrario no las querría tanto.

Bárbara, Isaac, Mariángeles, David, Alberto y Marian, Helio, Marta y Miguel, Beli, Montse, Bea Vega, Javi y Cristina, mi padre…Ni qué decir de Fran.

Gente espléndida.

lunes, noviembre 02, 2009

Prejuicios

Hay un sustantivo que me resulta horrible y, más veces de lo que yo quisiera, es utilizado por gente que me quiere para definirme.

‘Eres un tío con prejuicios’

Me duele, evidentemente. Como persona interesada en progresar por el buen camino, trato de razonar por qué a veces se me valora de ese modo.

Analicemos la palabra. Prejuicio.

Según leo en el diccionario:

‘Juicio que no está basado en la razón ni en el conocimiento, sino en ideas preconcebidas’.

Si razonamos al extremo, nunca podría ser amigo de un fascista. ¿Sería eso prejuicio? Entenderíamos que no. No se trata de ideas preconcebidas, sino de hechos constatados. Un fascista tiene ideas totalmente incompatibles con las mías. No podría establecer una relación de amistad con esa persona.

Pero, claro, eso es irse al extremo. Demasiado fácil de razonar.

Sin embargo, es cierto que muestro cierto resquemor a relacionarme con gente excesivamente religiosa, o folclórica, o pija, o superficial, o charlatana, o muy de derechas… Y pierdo grandes posibilidades.

Esta semana tuve la oportunidad de cenar con una empresaria sevillana hiper-pija. Coqueta, guapísima, emprendedora, de conversación hilarante, de mirada directa a los ojos. Me hablaba de la gentuza que se encuentra por la ciudad, de sus asistenta venticuatro horas… pero pasé una gran velada.

El pasado viernes me encontré con una llamada inesperada. Estaba en la playa y un amigo del que ya había perdido su número (no expresamente, simplemente el cambio de móvil me ha hecho perder muchos teléfonos de gente cercana) me llamó. Le animé a venir a cenar al bar de mis hermanas. Se presentó con un grupo de sevillanos, típicos en el sentido ‘estándar de la palabra’, flamenquitos, ‘graciosos’, habladores… Yo me dejé llevar. Me invitaron a la cena, me insistieron en tomar una copa con ellos. Encantadores.

Este domingo de puente de noviembre nos fuimos dos parejas a una casa rural, de éstas ‘con encanto’, a Marbella. Esta misma mañana tuvimos una conversación con la dueña mientras desayunábamos. En su discurso se mezclaban latigazos políticos que no dejaban lugar a dudas, pasando por la derecha al PP, al que casi demonizaba. Sin embargo nos habló de su recorrido vital por Colombia, Argentina, Marruecos, Bali… De qué descubrió en esos lugares, del placer que le supondría vivir en Senegal, entre negros que viven su religión sin estridencias y aman una vida pausada…

Nunca seré como ellos, pero ahí están… Mis prejuicios seguirán, pero yo iré luchando por moderarlos, sin dudas ganaré como persona.