sábado, marzo 25, 2017

Liturgia

Mi agnosticismo es a prueba de bombas, bien asentado en las reglas básicas de la razón y respetuoso con el pensamiento ajeno.

Hay en mí, en cambio, una particular devoción por la liturgia de las religiones. Hace casi un año quedé postrado en una silla de una iglesia florentina silenciosa, a oscuras, inundada de incienso, con las figuras tapadas de terciopelo, en la celebración de unos actos propios del Jueves Santo. Se repetían unos rezos por parte de mujeres vestidas de azul, como virgencillas, arrodilladas en el suelo de mármol y orientadas hacia una pequeña capilla lateral, único foco luminoso de la imponente iglesia de San Gaetano. Quedé transportado a una parte interior de mí que no suelo visitar.

Hago por entrar en las iglesias de las ciudades que visito, tengo la costumbre de hacerlo en las de mi ciudad. Me siento a disfrutar de su belleza. Me recreo en sus silencios.

Sé que el hombre, por tanto yo, no tiene argumentos para demostrar la existencia, o inexistencia, de un Dios. Admiro, aún así, el afán del ser humano por acercarse a él.

Me subyuga participar en liturgias construidas durante cientos de años, perfectamente sincronizadas e integradas en aquéllos que las practican, en busca de la conexión con ese ser supremo. De ahí que cuando me acerco a esa escalera de lo litúrgico, me apetece subirla con toda mi alma puesta en ello, para aproximarme a la frontera última a la que el hombre ha llegado con idea de asomarse a la mirilla con la que observar a quien nadie nunca ha visto.

jueves, marzo 16, 2017

Amargor

Llego al aeropuerto el pasado viernes al mediodía. Reconozco que estoy especialmente contento por salir de viaje. Hay poca gente para ser comienzo de fin de semana.

- No hay mucho movimiento, ¿no? -comento a la azafata de facturación.

No hay respuesta por su parte.

Una hora después, es ella misma quien toma mi tarjeta de embarque. Le doy las gracias.

No hay respuesta.

Esa misma noche llego a Venecia. Busco un restaurante en el que cené con Elisa. No lo encuentro. Entramos en una 'ostería' clásica a las espaldas de San Marco. Nos atiende un camarero que bien podría tener 70 años. La espalda encorvada, un caminar dificultoso entre las sillas y una sonrisa en la boca. Nos explica con paciencia, en un español aprendido en años de turismo impersonal, las especialidades de la casa. Cada diez minutos se acerca sonriente.

-Tutto bene?

-Tutto bene.

Es mucho más costoso no ser amable. Ser amable no aporta sino beneficios para la salud. Es barato y contagioso, reconfortante, te hace crecer, subes dos centímetros de estatura, pierdes años, ganas en admiración de los demás, sientes el poder de la vida.

viernes, marzo 10, 2017

Venecia

La primera vez que pisé Venecia entré en ella sin saber que estaba dentro. Apresurado en mi viaje hacia Eslovenia, llegué con el coche de alquiler a Piazzale Roma, lo dejé con las llaves puestas, desconfiado, en un parking cutre donde me mostraron todos los vehículos con sus llaves, para convencerme, y me adentré a la carrera. De golpe, el Gran Canal, a mis pies; un fogonazo brutal que aún perdura, arrollador, en mi memoria. Atemorizado por perder el coche, troté, borracho de belleza, siguiendo las indicaciones que me llevaban al Puente Rialto. Cruzaba canales, atravesaba soportales, olía la comida de mediodía bajo un sol espectacular. No hay emoción como la de atravesar Venecia por vez primera. Compré un trozo de pizza que comí extasiado ante la Basílica dorada de San Marco. Volví por el Puente de la Academia hasta dar con un coche que no sirvió sino de acicate para enamorarme de la ciudad en carne viva, deprisa, deprisa.

Hoy, tras muchas otras visitas, pausadas, y varios años sin meterle mano, vuelvo a ella, a dejarme de nuevo erotizar, poniendo a prueba mi capacidad de sentirme desarbolado por su mirada, en un juego de verme en el espejo de sus encantos, falsos, eternos, retadores, sibilinos, majestuosos. A la vieja socarrona Venecia, dada tantas veces por muerta y enterrada.

Quiero ver si sigo siendo aquél que se estremece ante la grandeza de lo sublime. Retozar entre sus muros para hacer valer mi derecho a decidir que nunca renunciaré a la vida.

jueves, marzo 09, 2017

Péndulo

Los mayores beneficios se consiguen de aquellas terapias a las que uno llega, que incluso construye, a partir de las experiencias propias; entendiendo por terapias aquellas rutinas a las que nos abrazamos para encontrar nuestro equilibrio personal.

No sé cómo se ha producido en mí, pero hay una cierta metamorfosis en mi forma de enfrentar los tiempos que me lleva a practicar, sin haberlo pretendido, la tan cacareada meditación venida de la cultura oriental, asociada al yoga o al budismo. Sin imposiciones externas ni reglas de funcionamiento, mi cuerpo, encabezado por mi mente, busca espacios de silencio en los que encontrarse, en una huida involuntaria de cualquier factor externo. Adorar el silencio como mantra motivador, bucear en lo más recóndito de mí para establecer una armonía imprescindible para tener una vida coherente.

La sociedad, como sujeto, acabará también encontrando sus terapias. Está sometida a tal revolcón de estímulos que debe reaccionar por mera supervivencia. No puede crecer exponencialmente el tantán de la cotidianidad sin que acabemos desestructurándonos como pueblo. Tengo la certeza de que la pervivencia de la especie humana debe venir de una reacción colectiva, en una evolución natural, innata, sutil y espontánea, contra el torbellino de excitaciones que sustraen al colectivo del necesario espíritu reflexivo para admitir que no podemos seguir aumentando la escalada tecnológica sin saber hacia dónde caminamos ni para qué.

El péndulo tendrá que girar.

sábado, marzo 04, 2017

Sugestión

Sin que nadie me oiga, practico una técnica sencilla que produce muy buenos efectos, en estos tiempos en que nos hemos vuelto tan refinados. Consiste en algo tan simple como lo es el dar una opinión radicalmente positiva en cuanto, estando entre gente amiga o conocida, da comienzo una comida, asistimos a una exposición, damos un paseo por un pueblo o se conoce a una persona nueva venida de  otros entornos.

'¡Qué rico está este vino!' (el vino debe estar decente). Condicionas al resto para así evitar que el entendido de turno ponga cara de cuerno y haga que todos nos contagiemos de la supuesta mediocridad de la bebida. Darán el sorbo de rigor influidos por tu comentario y les sabrá a gloria. 'Esta chica es encantadora' es otra frase que conjura las críticas propias de a quien nadie le cae bien. Funciona, incluso, con la meteorología. Siempre llega el cansino de turno para amargarnos con un 'vaya día de perros', cuando tú lo has podido neutralizar previamente diciendo 'cómo me gustan los días fresquitos'. Es especialmente útil cuando acudes a una exposición de arte contemporáneo. Si al ver el primer cuadro comentas un 'qué buen rollo me transmite', rápidamente inoculas el virus de la belleza en la mirada de los otros y terminan haciendo fotos de recuerdo a cada pintura.

Vaya, me he delatado...