lunes, mayo 06, 2013

Cocoon

Puede hacer diez años, no demasiados, el día en que nos invitaron a una fiesta de cincuentañeros. Amigos de amigos, ya se sabe. Una casa preciosa, en pleno barrio de San Bartolomé, que con el tiempo memoricé para integrarla en mi última novela.

No había reglas. Entrabas, te movías por la casa a tu antojo, te ibas autopresentando y lo mismo te subías a la azotea a charlar con un whisky en la mano, que te bajabas a la cocina a ayudar a preparar el picoteo de una jornada sin fin, que te metías en el salón, con su penumbra, a escuchar música y ver la gente bastante pasada yendo de un lugar a otro.

A mí me impactó.

La gente tenía la edad que representaba, la mayoría se conservaba mal y me dio la sensación, equivocada, de que jugaban a ser más jóvenes.

Ni jugaban ni necesitaban aparentar nada. Estaban felices de pasar toda una jornada de sábado entre alcohol, otras sustancias y piscolabis diversos.

El único pecado, cara a mí, es que representaban lo que yo iba a ser en el futuro.

Por el tipo de ambiente, por las conversaciones, la anarquía y la facilidad conversadora yo los observaba viéndome a mí con quince o veinte años más, y me dolían las carnes flojas, las grandes barrigas, las ojeras, las canas, el no cuidarse, el ser sencillamente ellos, sin florituras.

Con el tiempo, sin embargo, esa fiesta interminable vuelve una y otra vez a mí como un gran sueño, delicioso, en el que me meto, transito y me sitúo como uno más, sin saber que hay otros ojos que me observan.

Mi naturaleza es asustadiza y sabia, no le queda otra.

1 comentario:

Melvin dijo...

Cuando yo me siento así, comienza a ocurrirme, me aferro a la conciencia de todo lo que llevó vivido, que me pertenece y que tal vez... Otros admiran...Aunque haya más Canas y alguna que otra arruga. Un besote.