martes, septiembre 29, 2009

Píldora del día después

Oyendo un programa de radio que enfrentaba a un par de comentaristas analizando la retirada de la necesidad de receta médica para la compra de la píldora del día después, me asaltaron muchas reflexiones, de forma apasionada.

La mujer que defendía las posiciones más conservadoras reclamaba la anulación de esa medida, apoyándose en la necesidad de que sea un médico quien aconseje a la mujer, chica o señora que se acerque a por esta píldora.

Su discurso se basaba en ‘buenas intenciones’. Así se le explicaría a la mujer qué otras vías hay, así se potencia una buena sexualidad, así se evita que se cierren los centros de planificación familiar, así se explica cómo usar el preservativo, así…

Me sublevan las falsas buenas intenciones y la doble moral.

Me ocurre como con un antiguo amigo, muy conservador, que ante la ley del matrimonio homosexual se oponía porque él iba mucho más allá, porque el matrimonio no era la solución, porque no era necesario un papel entre dos hombres, porque…

Imponer la moral, de eso se trata.

Ahora son los más modernos para el uso del preservativo (el Papa los libre), para la planificación familiar y la prescripción de anticonceptivos.

La píldora del día después traerá más abortos, decía la tertuliana.

Más abortos, menos moral, más depravación, el fin del mundo…

Es cierto que detrás de muchas peticiones de esa píldora hay bastantes lagunas en la educación sexual, falta de cultura y, en muchos casos, de sentido común.

Pero vale ya de tanto discurso basado en medias verdades para no afrontar las cosas como son. No se mata a nadie, no se agrede nada, dejemos de perdonar la vida a los demás y fijémonos un poco más en la nuestra.

Esta píldora ya se expende sin receta en Holanda, Francia, el Reino Unido… La eutanasia ya es ley en Bélgica, en Holanda… Hacia allá nos dirigimos, por mucho que quienes pusieron el grito en el cielo por la entrada en vigor de la ley del divorcio, del aborto, del matrimonio homosexual, de la ley de dependencia nos amenacen de nuevo con que... ‘¡se aproxima el abismo!’

Pobres espermatozoides desperdiciados, pensarán. Dios los tenga en la gloria... a los espermatozoides.

lunes, septiembre 28, 2009

¿Compasión?

Hay sentimientos que uno no sabe si calificar como positivos o negativos, si sacan lo mejor o peor de ti.

Es difícil que a cualquier persona sensible no se le caiga el alma al suelo viendo a un niño terriblemente enfermo, a una persona con la cara deformada, a un viejo incapaz de sostenerse, a un ciego de ojos blancos tratando de trazar un camino en las tinieblas de nuestro mundo luminoso...

Hablaba de ello el otro día paseando por el centro de Sevilla con mi amiga 'La Polemique', al cruzarnos con una niña de seis o siete años con los músculos de las piernas atrofiados.

Mariángeles, La Polemique, vino a decirme que compadecer a esa niña es colocarte a un nivel inferior, es despreciarla, es creer en su imposibilidad para ser feliz y disfrutar, en su escala personal, del sentido más alto de su existencia.

Compasión suena a bondad, compadecer suena a prepotencia... y éste es el verbo de aquel sustantivo.

¿Bondad surgida de nuestra idea cuadriculada de lo que es la felicidad?, ¿prepotencia por pensar que estamos en el lado sano del mundo de los vivos?

Es un ejercicio complejo, que tendríamos que practicar, el de mirar de igual a igual a aquellos que nacieron o se enfrentaron a una existencia distinta, nunca menos válida que la nuestra.

Tal vez sean ellos quienes estén mas cerca de la Verdad...

jueves, septiembre 24, 2009

Guiños

Son tantas las ocasiones que tenemos en el día a día de hacer un poco la vida más agradable a los demás, que no se entiende el despropósito de los malos gestos y la falta de modales con que nos enfrentamos a diario en cualquier cruce de calles de nuestras ciudades.

El esfuerzo de agradecer, ofrecer una sonrisa o decir unos buenos días no tiene precio. Sin embargo, en esta sociedad tan avanzada en la que vivimos parece que no está en los principios educativos mostrar esa elegancia vital.

A mí me alegra el corazón que me haga un gesto de agradecimiento, simple, alguien que atraviesa por un paso de cebra tras frenar yo el coche. Sí, está en su derecho y es mi obligación parar, pero no está de más un leve movimiento de mano para decirme, lo aprecio.

Dar las gracias cuando alguien se levanta para dejarte pasar al ir a ocupar tu asiento en el cine, cuando te entregan el pan en la tienda, al apartarse en la acera para dejarte pasar cuando vas cargado, cuando algún compañero de trabajo te echa un cable…

No me resulta soportable la gente, amigos cercanos incluso, que gritan al camarero pidiendo una cerveza o unas tostadas, sin mirarle a la cara ni decirle gracias al ser servidos.

En la vida hay tres, cuatro, no más de cinco decisiones transcendentes que marcan nuestros destinos. En esas ocasiones hay que saber actuar con nobleza a sabiendas que podemos dar pasos equivocados.

Pero en las pequeñas decisiones, en los gestos sencillos, invisibles a casi todo el mundo salvo a quien tienes enfrente, no hay que dudarlo. Un guiño puede ser suficiente. Una sonrisa es de notable. Una palabra afectuosa, de sobresaliente.

domingo, septiembre 20, 2009

Arenys de Munt

Con Cataluña siempre he tenido una reacción sentimental fuerte. Ya hace muchos años que la pisé por primera vez, cuando practicaba remo y se celebraban en Bañolas los Campeonatos de España cada verano. Más tarde tuve la oportunidad de conocer gente en el Pirineo gerundense y tener incluso alguna relación amorosa en la estación de esquí de La Molina. Luego vinieron las Olimpiadas, donde pude pasar más de una semana y comenzar mi idilio con Barcelona.

Y debo decir que nunca me he sentido allí en el extranjero. Ni por asomo. Del mismo modo que confieso que tampoco siento estar del todo en casa, tan cómodo, relajado, despreocupado, como me pueda sentir en Las Palmas o Madrid.

Reconocerlo es, a mi entender, la clave.

Cataluña es singular.

Se podría hacer la comparación con una familia que tenga un miembro específico, adoptado, recogido, diferenciado. Poco importa la razón. La familia tiene que hacer un esfuerzo para integrarlo y, claro está, esa persona deberá saber adaptarse, pero siempre entendiendo que para ganarlo a la causa de la familia hay que respetarle su espacio propio, acordar determinadas reglas y respetarlas.

Cataluña es el vecino de nuestro bloque con el que compartimos patio, pero que tiene una salida específica a la calle. Ese vecino con quien nos cruzamos, pero que organiza su espacio de otra manera.

Yo aprecio a ese vecino, quiero a ese hermano adoptado, que habla distinto, que se mueve a otro ritmo, que delimita sus propias soledades.

Sé que para que se sienta bien con nosotros, no tenemos que jugar todos al mismo juego ni reír al unísono.

El círculo de los reproches hay que romperlo desde la actitud propia, la única que podemos manejar.

No quiero vivir en Cataluña, no quiero aprender catalán, no pretendo más que seguir conviviendo con una tierra que me aporta tanto, ver en el telediario noticias de Barcelona que no tengan por qué siempre ser políticas, contemplar de cerca su cosmopolitismo, saber que tengo a hora y media de avión un lugar donde nunca me sentiré en el extranjero, pero en el que siento que me debo desenvolver con respeto por una cultura, un pueblo, que se siente familia y defiende su forma de entender el mundo.

Quiero una Cataluña abierta, moderna, aquella de la que aprendí, la de Laforet, Dalí, Gaudí, Mendoza, Moix, Rodoreda, Gironella, Roig… una tierra siempre creativa, europea, adelantada, sana.

Me gustaría seguir asomándome al patio y viendo abierta la puerta del vecino que sale a otras horas, que vive otras emociones, que habla en otra lengua, pero también en un español de acentos fuertes conmigo.

Los reproches al otro son sencillos de hacer, los esfuerzos propios, en cambio, son los que hacen progresar el mundo.

domingo, septiembre 13, 2009

Clones

Sé que no es una necesidad afectiva, o sí, mis ansias por ampliar el círculo de amistades en el que me muevo. Creo que va más por los derroteros de una búsqueda eterna de gente que me aporte, sana en sus planteamientos, interesante.

Me resulta manido el discurso de ‘yo ya tengo mi cupo de amistades completo’, ‘no tengo tiempo de integrar a nadie más’.

Presumo de tener un grupo de amigos de calidad, con quien comparto un cariño que sé que es mutuo, gente a la que sé que nunca renunciaré. Personas de quienes me siento orgulloso.

Como decía Marguerite Yourcenar a través de uno de sus personajes, ‘La amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’.

El otro día, charlando con Fran sobre este tema, él me decía que mi ambición secreta es encontrar muchas personas como Mariángeles, pero que a la máquina de clonar aún no le han dado marcha.

¡Doscientas Mariángeles por el mundo, a mi alrededor!, con distintas caras, profesiones, edades, sexos, circunstancias…

Cierto, yo quiero encontrar muchas personas como ella. Gente sin complejos, de mentalidad abierta, que saben decir un ‘no’ con buenos modales. En Mariángeles encuentro la dulzura sin empalagoseo, el interés eterno por descubrir el mundo, alguien que te demuestra su cariño en sus actos y de quien nunca dudarás que estará ahí siempre que las cosas vengan mal, o bien, dadas. Sexualmente impúdica, de conversación embaucadora, viajante y aventurera, siempre abierta a un baño a las cuatro de la mañana en la playa. Mujer responsable con su trabajo, preocupada por su sociedad, sin etiquetas políticas pero con convicciones profundas. La mejor de las amigas, incesante descubridora (y compartidora) de nuevos, o viejos, libros, películas de culto, estrenos de teatro. Vive sin estar pegada al móvil, pone palabras apropiadas a sus reconcomes personales sin avergonzarse, sabe estar en cualquier situación, con estilo, con simpatía. Amante de su familia por muchos ‘peros’ que en ella pueda encontrar, anti-provinciana, laica sin veneno en la lengua, frívola como la que más cuando apetece serlo. Coherente, serena, vividora, divertidísima.

Joyas como éstas son difíciles de descubrir. La mía está en Huelva.

jueves, septiembre 10, 2009

El dedo gordo del pie

Viajando en avión me gusta experimentar una sensación que se podría llamar zen.

Cierro los ojos, me repanchingo bien en el asiento y apoyo uno de mis pies suavemente contra la pata metálica del asiento delantero.

Trato de dormir, de buscar un punto entre el sueño y la realidad, concentrando toda mi sensibilidad en ese dedo gordo de mi pie en contacto con el metal del asiento y, a través de éste, con el armazón completo del avión.

Con toda mi atención concentrada en ese contacto, comienzo a distinguir cada pequeño movimiento del aparato. Una pequeña bajada, una oscilación, un ronroneo del motor… Empiezo a sentir entonces la velocidad, a ser consciente de los novecientos kilómetros por hora en medio de una atmósfera a esas alturas helada, agresiva, ventosa, inhumana.

Comprendo entonces toda mi fragilidad como ser humano.

Conectado a través de mi pie voy entrando en territorios a los que no se accede si uno no quiere.

Entiendo entonces al que busca la cima del Everest, al hombre que se adentra miles de metros bajo el nivel del mar, a quien se lanza a través de un rápido de aguas bravas, al que camina kilómetros por el desierto, por las llanuras de los polos.

Desde mi cobarde posición de quien sólo se quiere asomar a la fuerza incontrolable de la inmensa naturaleza a través de un dedo gordo en la base del asiento de un avión de línea regular…

lunes, septiembre 07, 2009

El mundo encima

‘Vivir es estar siempre preparado para que se te caiga el mundo encima’.

Esa frase la acabo de sacar de ‘Las golondrinas de Kabul’, una aconsejable novela, dura, de Yasmina Khadra.

De primeras, la frase impresiona. Agresiva, retadora… la reflexión representa, bien analizada, un canto a la vida.

No es cuestión de pasar por este mundo dramatizando, ni que todas nuestras conversaciones sean profundas o deban escribirse con mayúsculas.

La clave es, simplemente, saber de nuestra fragilidad como la mayor de las fortalezas para encarar el día a día.

No desperdiciar nunca la oportunidad de mostrar que queremos a los nuestros, porque no sabemos nada de lo que vaya a pasar cinco minutos más tarde. No hablo de que a nadie se le tenga que caer un piano encima paseando por la calle. Hablo de vivir sin pensar en segundas oportunidades que tal vez no vengan, o no vengan iguales, o no igual de limpias.

Hay que vivir sin pensar en segundas oportunidades.

La sonrisa hay que regalarla, siempre. Las gracias hay que darlas, a toda costa. No regateemos un saludo, una caricia. Preguntemos a un compañero de trabajo si lo vemos tristón, paseémonos la playa si nos apetece, invitemos a una cerveza sin pensar en la cuenta corriente.

Nunca pensemos en otro día para poner la cara al viento.

Como dicen los chinos… ‘lo que no se da, se pierde’.

Se pierde para siempre.