jueves, junio 26, 2014

Certezas

Hay infinidad de temas sobre los que uno puede pensar firmemente en un sentido en el momento actual y tomar la posición contraria un rato después sin incurrir, aparentemente, en contradicciones. Normalmente esas cuestiones son abiertas y generalistas.

¿Qué razones llevan a una mujer de cuarenta y tantos años a tener su primer hijo por inseminación artificial?

El otro día tuvimos esa discusión en casa de mi amigo Migue y los argumentos eran demoledores o admirativos, aún más extremos cuando la conversación es pasional, hay confianza entre los que charlan y está aliñada de alcohol.

Con toda la limpieza que implica hacerlo cuando no hay nombres y apellidos detrás de la pregunta, nos planteábamos: ¿Qué lleva a esa mujer a inseminarse?

Hay razones para pensar que la cordura de una persona ya realizada consciente a esas alturas de la vida de lo que quiere y de lo que no, con una capacidad enorme para encauzar su amor; del mismo modo que se puede pensar que esa mujer va a proyectar todas sus frustraciones en una criatura que va a nacer con las cartas marcadas y una presión insoportable, soterrada, que la llevará a tener como retos aquéllos de su madre; aunque, seguramente, la verdadera motivación, estadísticamente hablando, esté en el centro.

Cada cual interpreta con su bagaje personal a cuestas y su forma de ver el mundo como guía.

Cuando la mujer X se convierte en una persona de carne y hueso es cuando sí se puede analizar, con criterio, qué la llevó un día a un gabinete médico para solicitar esa inseminación artificial, y ahí se juntarán frustraciones, mucho amor por dar y ganas de cumplir un sueño. O no.

Las conversaciones de café o sobremesa que tratan de temas universales, ¿tienen sentido entonces?

Siempre.

Charlar sobre lo divino y humano nos hace distinguirnos como personas; escuchar lo que el otro piensa y sus argumentos permiten conocer mejor a aquél con quien nos rozamos a diario; interpretar los comportamientos de los demás es una manera de ponernos en la piel de los otros para entenderlo, aun a sabiendas de que no hay respuestas categóricas para gran parte de los interrogantes acerca del devenir del ser humano. Afortunadamente.

Lo más divertido, cuando uno piensa que todos tienen su parte de razón, es escuchar.

viernes, junio 20, 2014

Constancia

Cuando hace varios años tuve la fortuna, en un mismo mes, de recibir una propuesta de edición de mi novela y, en paralelo, quedar finalista de un premio internacional, pensé que al fin mi humilde carrera de escritor tomaba el impulso definitivo, algo que creí confirmar con las ventas de ese libro y, sobre todo, con las reseñas que fueron publicándose en distintos medios.

De hecho, al embarcarme en el proceso de promoción de No te supe perder, ya tenía muy avanzada por entonces mi siguiente historia. Nunca dejo de lado esa pasión visceral por sentarme frente al papel en blanco, donde estructuro conflictos humanos de personajes ficticios que se van enredando en mi cabeza; un ejercicio, doloroso y divertido por igual, al que dedico horas recolectadas de entre los huecos de una vida intensa, fundamentalmente feliz y completa.

Pero no. No todo viene rodado. La novela publicada me llevó a enredarme en un largometraje interminable que me persigue como una maldición; agujero negro en el que caí convencido de su viabilidad sin haber sabido calcular quiénes estaban junto a mí en ese proyecto ni su grado de credibilidad. Lucha que no terminará hasta que no salde mis compromisos con todos aquéllos que creyeron en mí y se pusieron en mis manos.

En todo este período he continuado escribiendo, con disciplina prusiana, hasta dar por terminadas dos novelas que confío en que me harán crecer como narrador.

Sin embargo los envíos de manuscritos a premios, agentes literarios y editoriales se han ido sucediendo estos años sin éxito, tras confirmar que mi anterior editor había puesto punto final a la publicación de novelas de ficción. En este tiempo he rechazado cantos de sirena de todo tipo que me invitaban a entregar mi trabajo de años a iniciativas de bajo nivel o a encantadores de serpientes.

Soy consciente de la crisis del mundo de la edición, que en estos años duros ha reducido a la mitad su cifra de negocios; sé que hay muchos escritores a cuyo nivel nunca llegaré que no consiguen sacar sus grandes novelas al mercado.

La fortuna es que yo confío en mí, y esa creencia en mi capacidad para contar historias me lleva a luchar cada día, a diseñar nuevas estrategias, a intentar nuevos caminos y a compartir con pasión mi amor por la literatura.

Afortunadamente alguien, de nuevo, creyó en mí, y hoy he firmado un contrato impecable con una gran editorial.

No defraudaré su confianza.

martes, junio 17, 2014

Rey

El término Rey trae consigo unas connotaciones de exclusividad, pretenciosidad, privilegio y desigualdad indudables. Ser el primero entre humanos de la misma especie en un determinado territorio por el simple hecho de haber nacido de determinados padres va contra toda lógica, al margen de la ideología política que uno pueda tener.

Si yo hubiera nacido en un país X en un período Y es seguro que hubiese optado por una república en la que los únicos cargos públicos serían elegidos por el pueblo.

Sin embargo nací en España en los últimos años del franquismo, viví con ilusión infantil el primer voto democrático de mis padres y simpaticé con un Rey que se obstinó en dejar de lado la posibilidad del ordeno y mando y le dio la palabra a la sociedad.

Siempre seré de izquierdas, por muy peregrino que suene, por muy contradictorio que pueda parecer y por muy diluidas que se diga que están las fronteras entre los extremos. Sigo estando convencido de que no todas las políticas son iguales y de que hay un voto que lucha por la igualdad de oportunidades y la defensa del más débil, aunque no encuentre a quien me represente.

Tengo 46 años, soy de izquierdas y estoy en el mundo, y aún así me hace ilusión esta nueva etapa que se abre en España. Privilegio el pragmatismo por encima del dogma y confío en esta monarquía constitucional de la que un día nos dotamos los españoles por abrumadora mayoría; entre otras cosas porque sé que el poder real y último de nuestra democracia está en el pueblo y no en ningún rey, tanto así que si Felipe lo hace mal tenemos los instrumentos para echarlo. Y lo echaríamos.

En el día de hoy el verdadero dilema está en defender un sistema democrático que se regenere, que ponga al ciudadano en el centro de la actividad política, cuyo principal objetivo sea la creación de empleo, la mejora de nuestro sistema educativo y sanitario y la progresiva construcción de un país del que en el futuro nos sintamos orgullosos.

El futuro Felipe VI está educado para dar lo mejor de sí, se presenta como un hombre humilde y preparado y no tiene otra opción que luchar porque la imagen de España mejore, por intermediar en conflictos irresolubles desde el punto de vista partidario y por poner cara a nuestro país.

Soy un izquierdista convencido, republicano en potencia, que desea lo mejor al nuevo Rey de España, al que le pido que actúe con la suficiente inteligencia y sentido común para que en el ejercicio de su función no tenga otra meta que la de servir a su país sin condiciones.

¿Discurso anacrónico? Tal vez, nadie es perfecto. 

domingo, junio 15, 2014

Instrucciones

El uso que hacemos de las nuevas tecnologías viene a definirnos como humanos y los límites que nos antepongamos ante tamaña avalancha de posibilidades que nos rodea nos colocará en la sociedad en una determinada posición.

Los smartphones y las redes sociales han sido, a fin de cuentas, creados por el ser humano, y a éste corresponde el ir encauzando su utilización, orientando al fabricante, al diseñador, al político y al legislador en función de cómo se gestionen los excesos.

No vienen a ser más que potenciadores de las cualidades de cada individuo. El narcisista no para de autopublicitarse con fotos en poses forzadas, el asocial comenta todo con ánimo destructivo, el voyeur se pasa las horas en silencio pantalla arriba, pantalla abajo, el gamberro no se cansa de publicar chistes subidos de tono o vídeos de batacazos siderales, el romántico no deja de cantar su amor a los cuatro vientos, el inseguro pasará los días contando cuántos 'me gusta' tienen cada una de sus publicaciones y en medio de todos ellos estamos los demás, cada uno con sus paranoias y sus intereses.

Yo soy partidario de la propia imposición personal de límites: no sacar el móvil durante una cena, no abusar del envío de whatsapps, no revisar los emails cada dos minutos, tratar de salir de vez en cuando a la calle sin móvil, hacer por leer con cierta frecuencia en papel, no compartir información susceptible de molestar a gente cercana, evitar la crítica personal...

Las nuevas tecnologías de la comunicación conforman una herramienta potentísima que está apenas naciendo, pero sin manual de instrucciones. Será el ser humano quien decida, con su uso, hacia dónde nos pueden llevar, aunque presiento que no muy lejos de las miserias y grandezas ya conocidas de las sociedades de siempre.

martes, junio 10, 2014

Distancia

Hay una chica en mi reducidísima clase de inglés que estudia Medicina.

Inquieta, rebelde y detallista, manifiesta sus inquietudes sin filtros a través de cada juego de rol que practicamos en clase para practicar el idioma.

No estoy acostumbrado a tratar con chavales de 20 años y observar a esta chica me hace ver el joven pasional que había en mí en la época universitaria, cuando todo se desenvolvía en el extremo de no entender cómo el mundo podía funcionar tan mal.

Ella, Elena, tiene la fuerza de sus convicciones y el desparpajo de quien reniega del sistema. Una indignada con argumentos pero sin la vida vivida como para contrastarlos, con la pureza de quien critica los desajustes bajo el esquema de la pura lógica, sin matices.

Me gusta escuchar sus teorías infalibles a favor de una sociedad distinta, e incluso la pasión con la que defiende que no podría tener un amigo de derechas.

Yo, de haber vivido otra vida que ya no tendré, ni mejor ni peor, distinta, podría ser padre a estas alturas de una chica de 20 años que estudiase Medicina. De ser ese padre que no seré, estaría encantado de que mi hija se indignara con este sistema lleno de agujeros y podredumbres.

Sin embargo soy quien soy, y en las charlas en inglés en que arreglamos el mundo le intento hacer ver que se puede seguir queriendo cambiar las cosas sin rupturas, con más calma, en los pequeños detalles y en el día a día; más desengañado, quizás, con más sabiduría, seguro. Y ella verá en mí al puretón que explica que, aún siendo una persona progresista convencida y partidario de una mayor justicia social, se puede, ¡vaya si se puede!, tener estupendos amigos de derechas.

martes, junio 03, 2014

Breaking bad

Estábamos en el cumpleaños de nuestra querida Bely, un territorio plagado, entre muchas maravillas, de frikis adictos a las series de TV americanas; tanto así que se regalaban ese día muñequitos de personajes aparentemente inconfundibles para quienes disfrutan pasando fines de semana enteros tragándose temporadas completas de cualquiera de estos elegantes culebrones de nuestro tiempo que te hacen sentir analfabeto cuando observas la pasión con la que se cuentan finales o destrozan personajes de historias de las que no conoces más que su nombre.

Siento una envidia sana al ver a gente así de interesante encandilada con ese bagaje emocional que yo no tengo; y es que cada uno organiza sus tiempos de la forma más coherente con su visión de la felicidad, que yo no encuentro en la tele, sino en la calle, en una cena o en un libro, a pesar de que me gustaría estar en misa y repicando, y saber qué muñequito regalarle a Bely o charlar durante horas con una cerveza con mi amigo Miguel de los últimos capítulos de Juego de Tronos o Breaking Bad. Pero me pierdo.

Con las cervecitas de un mediodía impecable de nubes atemperando un día soleado de azoteas, alguien me preguntó por mi serie preferida, y tuve que admitir que yo estoy viendo el Aquí no hay quien viva de hace diez años, sin atreverme a confesarle a ese amigo de la cumpleañera que no veo momento más feliz que ése de acostarme cada noche con ese soniquete... ¡Aquí, aquí, aquí no hay quien viva!

domingo, junio 01, 2014

Bengalas

Habíamos decidido tomar una copa como extranjeros en nuestro propio país. Puerto Banús no ofrece opciones propias de turismo nacional, por lo que acercarse allí de fiesta es hacerlo a un lugar pensado para ingleses pijos, rusos de bolsillos rebosantes o buscadores de prostitución de lujo (o no tan lujo).

Nos acercamos al News Café, donde la camarera, una joven española, rápidamente nos aclaró, antes de pedir, que la oferta de alcohol era básica ('esto está montado para guiris') y con menos presteza nos explicó, una vez servidos, que el precio era astronómico.

El bar, donde muchos años atrás pasamos una noche de aúpa, tiene una terraza estrechísima que permite asomarse a los fumadores y a los que, como nosotros, queríamos observar desde alto la pasarela de vanidades que tantos ingresos supone para nuestra economía; lo que nos permitió disfrutar del tortazo que le dio la rubia encargada de la puerta a un viejo que le cogió el culo creyéndolo incluido en la oferta de glamour vacuo del puerto deportivo.

Justo al otro lado del cristal tres inglesas (las caras no dejaban lugar a dudas sobre su nacionalidad) no ocultaban su tedio embutidas en sus trajes de fiesta apretados, con sus piernas blancas y fondonas cruzadas en busca de alguien que les hiciera caso, sin hablarse entre ellas, con el móvil como única compañía al que acudían de vez en cuando.

Un rato después apareció a lo lejos un camarero transportando una bandeja con tres copas gigantescas coronadas por bengalas encendidas que hacían temer por la seguridad contra-incendios del local.

Las inglesas se atusaron y aplaudieron mientras pedían al camarero que las fotografiara con toda esa parafernalia antes de que se acabara la pólvora.

Un minuto después, mientras volvían a sus caras de cuerno jugando cada una con su móvil, Fran me comentó acertadamente:

'Ya están en Londres las imágenes de su divertidísimo fin de semana en Marbella'.

Un retrato impecable, pensé, de la sociedad de nuestros días.