viernes, diciembre 27, 2013

Púlpito

Estos días de Navidad son perfectos para pasear sin rumbo, más aún si es con mi sobrino Iván.

Estuvimos ayer por la mañana, con una luz de invierno alucinante, recorriendo las calles adornadas del centro, sin prisas, Raquel, Iván y yo. Los animé a entrar en la iglesia del Salvador, impecable joya barroca restaurada recientemente, que deslumbra por sus dimensiones y los tres grandes altares recargadísimos de oro y angelitos rollizos.

Con ciertos apuros y algo de ayuda, con casi once años, Iván supo definirme lo que vendría a ser el Barroco, no en vano sus profesores comienzan a hablar maravillas de él. En un momento dado puso su atención en los dos grandes púlpitos de mármol rosado del frontal del altar mayor, y me explicó que el pequeño techo circular que los corona servía para hacer rebotar las palabras del cura, de forma que retumbaran con fuerza por todos lados. No sé quién se lo pudo contar, pero aluciné con su explicación y su retentiva.

Entonces yo le pregunté qué decían los curas desde allí con esas voces tan altas que tenían que retumbar, a sabiendas de lo novedoso que es para él entrar en un templo viviendo en una familia tan laica.

Ante su silencio pensativo quise darle pie, gritando bajito:

-¡Pecadores!

Iván, arrancándose, continuó:

-¡Que no valéis ‘pa na’!

jueves, diciembre 26, 2013

TAC

A veces un ejemplo exagerado, muchas veces injusto, sirve para explicar determinadas posiciones. Sin pretensión de molestar a nadie, más en esta ciudad que por mucho menos te puede 'crucificar', me lanzo a contar uno que me viene como anillo al dedo para justificar mi predilección, a mi pesar, de leer la prensa nacional, al ser realmente difícil encontrar opiniones o artículos de calado en los diarios locales.

Si debo establecer un criterio de selección, a lo que más tiempo dedico cuando me siento delante de un periódico es a leer con atención los artículos de opinión, acordes o no con la línea editorial del medio del que se trate. En estas páginas es donde se encuentra, al menos yo, una interpretación elaborada de la actualidad, diseccionada, organizada, comparada, crítica, ácida, irónica, didáctica, reivindicativa o equivocada. Son momentos en que mi 'yo' pensador se enfrenta al de intelectuales, profesionales o sabios que me explican o tratan de convencerme de verdades que nunca son únicas.

En el siguiente escalón de mis inquietudes están los grandes conflictos, que no tienen por qué ser internacionales. Actualmente estamos viviendo en nuestro país determinados enfrentamientos, llámese aborto, Cataluña o la corrupción, que merecen toda mi atención, en cuanto a sujetos sensibles que son en que, si bien mi posición es clara y hay certezas incuestionables, hay múltiples matices que hacen de ellos unos temas polémicos en los que el ser humano se pone a prueba.

La economía, a pesar de mi desconocimiento, me parece un asunto apasionante, por lo que implica de base de nuestro funcionamiento como sociedad; o la cultura, en todas sus grandes manifestaciones; incluso los avances científicos, con los conflictos éticos a los que a veces va asociado.

A un segundo nivel, o tercero, dejaría el capítulo de sucesos y la crónica social o deportiva.

Pero claro, comprando prensa nacional uno acaba desconectándose de la actualidad local de la propia ciudad o comunidad donde reside, salvo que hablemos de Alaya o sucesos desagradables como la muerte de una familia envenenada. Afortunadamente está internet para saciar esa curiosidad.

El otro día, sin embargo, acababa de terminar el desayuno y la lectura de El País, tenía una cita media hora más tarde y, para hacer tiempo, me hice con un diario de la ciudad.

Me pedí un café y abrí al azar el periódico por la mitad. Una foto grande daba paso a una noticia impactante: El día anterior habían sometido a un TAC a la Virgen de Montesión. El equipo médico y el hermano mayor de la cofradía, posando junto al gran aparato, así lo atestiguaban.

viernes, diciembre 20, 2013

Excepción

Recuerdo su voz ronca desde el día en que ingresé en Renault, por lo que puedo presumir de conocer a Pepe Puerto desde hace algo más de diecinueve años.

Hace unos días el director de la fábrica nos comunicó que habían llegado a un acuerdo, Pepe y la empresa, para que nuestro compañero se acogiera a la jubilación anticipada.

Siendo aún tan joven y pasional, se produjo un silencio de varios segundos antes de que asumiéramos el nuevo escenario; porque un nuevo escenario es, para todos los que trabajamos allí, no cruzarnos en nuestro día a día con él.

41 años en la fábrica, empezando desde aprendiz, simultaneando sus estudios universitarios con el trabajo, progresando escalón a escalón, a base de humildad y brillantez, Pepe es el ejemplo de la honestidad profesional que habría que enseñar en los grandes másters en los que gente joven se inscribe con ansias de comerse el mundo.

Fiel a la política de la empresa, respondiendo siempre con resultados, la clave de su éxito profesional ha sido la de anteponer siempre al ser humano como centro de cualquier plan de acción. No conozco a nadie que tenga una mala palabra hacia él, y me resulta imposible encontrar otro nombre, por más que busque, del que pueda decir lo mismo; porque cuando una persona establece sus relaciones, profesionales o personales (poco importa) utilizando como herramientas la transparencia, la escucha, el esfuerzo y la ejemplaridad los resultados llegan solos. Y el más importante de esos logros es el de ser una persona reconocida y unánimemente apreciada. ¿Qué mejor balance puede existir?

En este país lleno de podredumbre e inmersos en una dinámica de sociedad malherida y desencantada, son personas como él las que hacen creer que otro mundo es posible, que la ética debe funcionar como motor de las relaciones humanas, que la mejor forma de hacerse con una vida digna es a base de andar todas las etapas de forma pausada y coherente, sin dar empujones al de al lado ni querer subir a base de trompicones.

A la vuelta de vacaciones encontraremos el vacío de su silla, sí, pero no olvidaremos que nuestra fábrica existe, da empleo y es motivo de orgullo de nuestra sociedad sevillana gracias a personas con nombres y apellidos que, durante décadas y sin una sola salida de tono, lucharon con honestidad.

La única pena es que Pepe Puerto sea la excepción, y no la norma.

miércoles, diciembre 18, 2013

Vidas

El otro día leía a un conocido de Facebook, no tengo 440 amigos, sentenciar con una frase su estado de ánimo:

A veces, la vida cansa

Sí, a veces la vida cansa. Y hay ocasiones en que cansa a menudo. Instantes o períodos en que una enfermedad, una muerte o una mala frase nos tira por tierra nuestra confianza en el mundo. La vida es así, sí. Esa vida sin esperanza es cierta, existe, nos rodea y aparece, a nuestro pesar, de forma descarnada, feroz, azarosa, incontrolable. Es en esos momentos cuando creemos que ahí radica la verdadera naturaleza de nuestra existencia, que nada tiene sentido, que todo caduca, que esto es una broma de mal gusto. Y es cierto.

Sin embargo, llega el día en que cruzas una esquina paseándote la ciudad camino de un tapeo con alguien que te visita y, pensando en el momento supremo del reencuentro, hasta el mínimo remolino de hojas sobre el suelo tiene armonía. Aparecen mañanas en que el simple hecho de quedarte mirando el techo al despertar, pensando en los años por venir, nos produce un tremendo bienestar; y vienen recuerdos concretos al cruzarte con un olor, o una profunda sintonía con un artículo de prensa, con la frase de una novela, o a una mujer se le cae la mochila de su bici y tú recibes un 'gracias' espectacular al recogérselo del suelo. Y es cierto. Esa vida es cierta.

Las dos vidas existen, y son verdaderas. Ninguna más que la otra, porque la una existe gracias a que la otra está ahí.

Nuestro motor vital tendrá más potencia cuanto antes asumamos esa doble certeza y pongamos nuestra energía en estar preparados para capear temporales y disfrutar, ¡deleitarse!, con los días de sol.


sábado, diciembre 14, 2013

Endivias

Hace ya casi diez años desde que comencé a preparar mis maletas de vuelta desde París para reencontrarme de nuevo con mi ciudad.

Como suele ocurrir a menudo, uno se acuerda en más ocasiones de la gente querida de las veces que lo manifiesta, incluso a sabiendas del bien que nos hace a los humanos sentir que estamos en el corazón de los demás.

Llevaba mucho tiempo acordándome de Brigitte, quien atraviesa una época laboral y personal difícil.

La contacté a través de la mensajería de Renault para preguntarle cómo le iban las cosas. Me dio todo tipo de detalles acerca de su situación actual, que no vienen al caso, pero por primera vez se refirió a sí misma como una 'anciana de 68 años'. Tal vez porque ese día nos dio por hablar en español y ella no comprendió todo el peso de la palabra.

Fue entonces cuándo le confesé cómo echaba de menos esos mediodías de trabajo, en su casa, caótica como ella, los kirs de vino blanco y cerezas acompañando a las impresionantes ensaladas de endivias, nueces y manzanas, el tinto de luego, los cocidos franceses, los recuerdos entremezclados de fotos crudas de su padre, de sus días de juventud en un Londres en blanco y negro, su tristeza por la relación cortada por su hija o su risa tonta hablando de sus amantes.

¡Cómo cocinaba pasteles Brigitte!

¡Cuánto me he reído con ella!

Brigitte me confesó que añoraba esos tiempos heureux en que los dos nos refugiábamos durante largos mediodías espléndidos a conversar sobre el ser humano, la política, la familia y la vida.

¡Qué hermoso y duro es el recuerdo de los tiempos felices que se saben por siempre acabados!


domingo, diciembre 08, 2013

Bomberos

Aunque pienso que a veces pueda resultar sano aplicar razonamientos empresariales a la gestión pública, en cuanto a eficacia, incentivos o transparencia, hay determinados términos muy peligrosos de trasladar, sin traducción previa y de golpe y porrazo, al ámbito de lo público, como han venido haciendo no pocos gobiernos en estos últimos años.

Hablo de la rentabilidad.

Es cierto que los dineros publicos, a los que el ciudadano contribuye con su parte correspondiente de esfuerzo y riqueza, deben ser administrados con la máxima sensatez. No tiene lógica hacer una autopista entre dos pueblos distantes cien kilómetros y con cien habitantes cada uno, por mucho que eso facilite la comunicación entre las dos familias con parentesco que habitan cada uno de esos dos pueblos. Sí, razonar al extremo sirve para desestimar determinadas decisiones. En el político honesto debe residir ese grado de responsabilidad necesario para saber medir dónde termina la justicia social y dónde comienza el derroche.

En mi opinión, debería ser de perogrullo que un hospital público mirase bien por sus cuentas, observando con lupa las compras de medicamentos, favoreciendo los genéricos, así como los gastos en luz, calefacción, establecer criterios racionales en gastos de comida, seguridad, empleando la maquinaria más compleja y cara con criterios de buen uso y penalizando conductas inapropiadas. Para ello, los servicios públicos deben estar dirigidos por profesionales a los que se les pidan responsabilidades basadas en criterios de eficacia, haciéndolos copartícipes, amén de cumplir prioritariamente con los objetivos propios de su sector, de la consecución de resultados económicos del presupuesto del organismo al que pertenezca.

Una escuela pública debe tener la capacidad de administrar unos recursos dignos para obtener unos resultados determinados, y se debe incentivar a aquellos centros, y a aquellos profesionales concretos, que consigan sobrepasar la media; una remuneración que no debe de ser entendida sino como gratificación al buen trabajador, solidario, líder y proactivo profesional que cumple sus objetivos y no descuida el ámbito de responsabilidad que se le ha otorgado.

Teniendo en cuenta todo esto, algo muy lejos de ser norma en grandes sectores de nuestro país, hablar de rentabilidad, sobre todo cuando a ésta la apellidamos de social, roza los límites de lo inhumano.

¿Qué rentabilidad hay que buscar en la atención a los discapacitados? ¿Cómo podemos justificarla cuando se trata de familias sin recursos que afrontan una grave enfermedad? ¿En base a qué rentabilidad hablamos cuando dejamos a un chaval sin universidad por no tener dinero ni capacidad de ser brillante viviendo en un entorno desestructurado?

Como bien decía Iñaki Gabilondo en una entrevista hace bien poco, ¿qué rentabilidad justifica el mantenimiento de un parque de bomberos?

jueves, diciembre 05, 2013

Azul

Veníamos de lanzar al mercado un nuevo producto, que acababa de ser diseñado por dos grandes multinacionales con el objetivo de posicionarlo como líder, dando rentabilidad, calidad y suficiente demanda como para hacer de la fábrica un lugar tan competitivo que tuviera vida por varias generaciones.

Era un equipo de gente joven construido con miras a ese lanzamiento. Se les fue formando en la Central de la empresa durante meses y la fábrica comenzó a recibir grandes máquinas para que este proyecto fuera haciéndose realidad en los plazos fijados.

El día D se acercaba y a mí me hicieron una llamada para volver a mi tierra y ocuparme de coordinar el equipo que garantizaría la calidad del producto final. Era volver a la tierra e integrarse en una dinámica poco habitual en este Sur poco frecuentado por inversiones de futuro de este calibre.

Llegó el momento de comenzar a producir, de enviar las primeras unidades y poner a prueba el trabajo de tantos años.

Una mañana recibí una llamada que alertaba de un defecto puntual en uno de estos envíos. Faltaba una pequeña pieza que impedía el buen funcionamiento de nuestro ingenio, pero no sabíamos calibrar la dimensión de aquel problema.

El director de la fábrica me hizo ir a su despacho, cerró la puerta y me pidió que le explicase qué estaba ocurriendo:

'J'ai une peur bleue' (Tengo un miedo azul)

Lo tranquilicé a partir de explicaciones técnicas. No había riesgos. Todo iba a salir según lo previsto, como así fue, y ese pequeño contratiempo no era otra cosa que un despiste puntual en todo el sistema.

Diez años después, el futuro nos ha dado la razón. Los jóvenes ya no lo son tanto y la fábrica sureña ha demostrado su enorme capacidad.

Sin embargo, en mi retina siempre quedará marcada esa frase de terror de alguien que infundía un poder incuestionable de puertas hacia afuera de su despacho.

'Tengo un miedo azul'.

Desde entonces, para mí, no hay una forma más gráfica de expresar el pánico.

En color azul.