lunes, agosto 26, 2013

Rocas

Bañándome plácidamente una noche de mi última semana de vacaciones en la costa granadina, con esa mole de montaña tras de mí y el cielo estrellado como techo, me acordaba de las primeras enseñanzas acerca de la formación de las estrellas, de las sierras montañosas en períodos en que la unidad de medida son los cientos de miles, millones de años. Época en que uno aprendía acerca de la evolución del hombre, de las eras glaciales, del nacimiento de las estrellas comparándolo con el tiempo presente, casi eterno en tu juventud.

Eran comparables, todo el pasado infinito, con un aquí y ahora tan enorme como aquél. Nuestro mundo era consecuencia de todo lo anterior y nosotros, parecía, lo disfrutábamos a cámara lenta, para siempre. El hoy era tan grande como todo el ayer concentrado en un pergamino.

Sin darse uno cuenta un día te miras al espejo, otro recuerdas el tiempo de los estudios, del despertar al sexo, de los primeros amigos y llega un momento, imprevisible y traicionero, en que te das cuenta de que esos millones de años del pasado se van agigantando, de que la rueda de las rocas y las estrellas se va haciendo incontrolable y tu presente diminuto.

Cuanto más grande es esa roca devoradora imposible de frenar que se dirige inconmensurable hacia ti más aprecias lo vivido, más te afanas en disfrutar del ahora y eres cada día más inteligente para comprender que toda la verdad de esta vida se encuentra en el amor.

martes, agosto 20, 2013

Pastel

Recién llegado de mis vacaciones, utilicé mi última jornada laborable libre antes de comenzar mi agenda de trabajo para disfrutar de la mañana en mi ciudad con rutinas tontas que sólo me serán posibles a partir de ahora en días en que la gente afortunada, que trabaja de lunes a viernes como yo, puede permitirse realizar.

Entre la compra de la semana y el lavado del coche, me di un largo desayuno con croissant mixto y batido helado de chocolate blanco, espectacular, en el Vip's de República Argentina, con El País como aliado y el disfrute que supone no tener prisas, más aún cuando el tiempo de libertad total se agota.

Me asustaré el día en que no haga una fiesta de ésos mis desayunos eternos frente al periódico.

Una vez pagado y confirmado por enésima vez que no quiero hacerme socio de ese local de comida en el que tanto disfruto, quedé profundamente impactado por la visión de una pareja de mediana edad en la que él daba con calma un trozo de pastel a su mujer, en silla de ruedas y totalmente inmóvil de cuello para abajo, con una profunda sonrisa en los dos.

El lavado del coche posterior fue el más feliz que podía imaginar tras la fortuna que me supuso asistir, sin haber hecho méritos, a una escena tan fabulosa.

jueves, agosto 15, 2013

Grito

Gabi nos había paseado en barco hasta una playa a orillas del Elba a la que llegamos desde el puerto de Hamburgo. El día soleado invitaba al disfrute, a descubrir sitios nuevos a los que nunca hubiéramos llegado como turistas sin anfitrión. Un chiringuito, arena fina, rocas, cervezas y bañistas en una postal perfecta. Con mi refresco me senté a disfrutar un rato de ese mediodía de viernes como un alemán más.

Justo frente a mí, a dos metros de la orilla, una mujer rubia, de pelo corto, a lo Mia Farrow, jugaba a entrelazar hilos en pedruscos con sus dos niños, él de unos diez años, la pequeña de cinco, en pelotillas, a ambos lados.

La niña, con cara de gamberra, se afanaba por las rocas, iba y venía del agua, provocaba al hermano, le comentaba cosas indescifrables para mí a su madre, que seguía con su dolce far niente ensartando piedras sentada en la arena.

Hubo un momento en que la chica se revolvió, salió corriendo y se sentó a unos tres metros por detrás de la madre, justo a mi lado, comenzando a gritar con una intensidad brutal, sin miramientos. Tras el susto inicial y la perplejidad de los paseantes, la niña continuó su recital de gritos insoportables mientras la madre, impávida, continuaba con sus piedrecillas. Ni un solo giro de cabeza para comprobar lo evidente, que su hija estaba liándola. Unos minutos interminables después la niña volvió al redil de los brazos maternos, que ni la acarició ni la besó ni la reprendió. 

Ésa era una escena quizás cumbre de otras vistas durante nuestro inolvidable viaje por el norte de Europa.

Cuánta relación, nos preguntamos en ese momento, puede haber en ese tipo aséptico de educación y la interdependencia generacional. Cuánto no se consiente en el sur de Europa a un hijo, hasta qué punto no se le da su sitio y dejamos convertir las familias en dictaduras de los más jóvenes. No sé dónde está la buena conducta, la más apropiada. Sólo sé que me gustó la gallardía de una madre defendiendo su sitio.

martes, agosto 13, 2013

Copenhague

Como todo en la vida, cuanto más se viaja más difícil es encontrar el cosquilleo de la primera vez, aunque casi siempre compensa el ir reemplazando la visión borrosa, exenta de matices, de esa vez inicial. Las emociones en carne viva se convierten, si hay actitud, en placenteros paseos sin rumbo en el que lo de menos es el edificio concreto y lo de más es conseguir formar parte, de pleno, del paisaje.

A Copenhague llegué, con diecinueve años y una mochila, otro lejano verano, ávido de romper mis fronteras utilizando los kilómetros como estrategia.

Como si fuese ayer, recuerdo aquel cámping urbano, al que volví dos veces, en cuyo césped bien cuidado me tumbé un buen rato, íntimo, viendo pasar las nubes, veloces, manchando un frío cielo azul.

"Todos caminamos sobre nuestros pies, el suelo está abajo y el cielo arriba. Aquí son más altos, más rubios, pero somos lo mismo".

Me hizo falta esa tumbada en un cámping danés para comprender que yo era un ser del mundo, tanto y tan válido como cualquier otro.

Hoy, en Copenhague, descubro la virtud de la sonrisa danesa, la agresividad de su clima, lo austero de su comportamiento. Observo una sociedad mucho más igualitaria que la española, donde no hay trabajo menor, donde los rubios, y rubias, te atienden en el hotel, conducen sus bicicletas, recogen tu comida, te sirven la cerveza o te explican, en un aeropuerto y con una sonrisa, que tienes que tirar el bote de desodorante a la basura para montar en el avión. 

martes, agosto 06, 2013

Zavel


Preguntamos y nadie sabía darnos una explicación precisa, De kleine zavel. Vendría a significar la arenilla con que se pavimentaban las calles medievales cuando aún no existía el alquitrán.

Llegamos allí por la fuerza de Internet, las ganas de una cena romántica en un Amberes tranquilo en un domingo de verano y el placer de no tener prisas. De kleine zavel.

Una camarera madura, servicial, con un inglés perfecto nos explicó que ese restaurante fue hacía siglos unos baños donde los marineros venidos de tierras remotas se componían el cuerpo para reintegrarse a la vida mundana europea.

La pareja de al lado, recién llegada de sus vacaciones en Villajoyosa, imposible de pronunciar para un flamenco, nos detallaba la comida que disfrutábamos y una pareja de holandeses nos invitaba a unirnos a su mesa para tomar el último digestivo, un elixir de Amberes, al tiempo que nos explicaban cómo, tiempo atrás, se constituyó la actual Bélgica.

De kleine zavel.

sábado, agosto 03, 2013

Gante

Mis noches en Gante han sido, literalmente, de ensueño.  Hacía tiempo que no dormía tan profundamente e integrando sueños siempre dulces.

Seguro que ayuda la belleza de la ciudad, la lejanía del trabajo, la buena compañía y los recuerdos de visitas pasadas.

En el McDonald's donde tuvimos que cenar el primer día, al haber sobrepasado todo posible horario europeo, ya comí con 19 años, con dos amigos de la infancia con los que me lancé a conocer mundo montados en un tren. La vista, comiendo hamburguesas, sigue siendo tan espectacular como entonces: las tres torres: San Nicolás, el Belfort y San Bavón. Época en que no podría ni imaginar que la vida acabara tratándome tan bien.

Años después volví con Araceli, mi añorada Araceli, y Rafa. Con mi clío blanco de ingenierito recién fichado por la Renault.  Al mismo camping, con otros ojos.

Hace diez años tuve la oportunidad de enseñárselo a mi amor, descubriendo en un viaje memorable el políptico del cordero místico de Van Eyck.

Ahora, de nuevo, abandono Gante, con una vida coherente a mis espaldas y la sensación de que en años volveré a esta ciudad de gente con caras sacadas de cuadros medievales, de canales de agua estancada rajando la urbe en pedazos, de trozos de historia medieval con rastros negros del pasado de España.

Cervezas, canales, lienzos flamencos, timidez en el trato, batidos de chocolate y un McDonald's que, quién lo diría, puede alcanzar a ser romántico.