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salvador-navarro.com

viernes, octubre 30, 2020

Confianza

No hay nada más potente que la pérdida de confianza para matar una relación.

Hablo no sólo de historias de amor.

Estoy convencido de que son muchas las personas que van quedando arrinconadas por ese motivo, el de haber fallado a la gente que un día pensó en ella como alguien con quien compartir confidencias.

Es más sencillo no prestar atención a estos razonamientos éticos. Porque es más sencillo ser mediocre.

La mediocridad la va obteniendo la persona que, sin ser mala, se va convirtiendo en alguien que ni fu ni fa. Aquéllos con los que no termina de contar nadie porque te fallan demasiadas veces, que se excusan a las primeras de cambio, que encuentran argumentos una de cada dos ocasiones para desaparecer.

Mantener la confianza de alguien no es tarea fácil. No es una actividad pasiva, sino de esfuerzo. No se trata simplemente de ser fiel, ni es cuestión de guardar secretos.

Ganarse la confianza de alguien implica ser proactivo, entretejer complicidades, adelantarse a las preocupaciones, saber interpretar silencios, no dudar a la hora de prestar ayuda. No dudar tampoco a la hora de pedirla. También uno se la gana cuando se muestra débil, imperfecto, desarbolado. 

La confianza es una vía de doble dirección.

Según se mire, puede ser una pesada carga, pero yo no entiendo las relaciones humanas sólidas si no es a base de demostrar, en las pequeñas cosas, que siempre estaré para ti. 

No dudes nunca de mí.


jueves, octubre 29, 2020

Terror

A mi abuela le gustaba pelar patatas viendo la tele.

En las largas noches de verano en la casa de Castilleja, yo me sentaba a su lado mientras mis hermanos danzaban por la casa. 

Como ella siempre leía con antelación el Teleprograma, algo más sencillo cuando había dos cadenas, solía ponerme en tensión horas antes contándome de qué iba la película de la noche. Porque yo entraba siempre al trapo de la ilusión.

Hoy echan 'El hombre de los rayos X'

Yo era muy chico, un renacuajo escuchimizado, pero recuerdo la impresión como si fuese ayer. 

Siempre he sido miedica.

Vi media peli pegado a mi abuela, que iba y venía de la cocina. Cada vez que el hombre de los rayos X utilizaba sus poderes y observaba a las personas como si les hiciera una radiografía, con los efectos especiales limitados de por entonces, yo corría gritando, aterrorizado, hasta la cocina.

—¡Apaga la tele, abuela! —no había mando a distancia por entonces, y el simple hecho de acercarme al televisor era una aventura imposible cuando aparecían esos personajes todo huesos.

Una vez que el corazón me regresaba a su sitio, volvía a tirarle de la falda.

—¿Ponemos un poquito más, abuela?

—Pero si te mueres de miedo, Borete...

—Sólo un poquito más.

Se acercaba de nuevo al salón, entre suspiros, y la encendía, conmigo oculto detrás de ella.

Empezaba, otra vez, mi corazón a bombear.

Cuarenta y tantos años después, cuando veo una película de terror, aún me acuerdo de las faldas de mi abuela.


martes, octubre 27, 2020

Ficción

Los incrédulos no se creen la ficción.

No empatizan con el personaje de una novela, ni con una escena conmovedora en el cine, ni se emocionan con una obra de teatro.

'Todo es falso', dicen.

Yo les digo, entonces, que todo salvo el presente es ficción. 

Nuestros recuerdos lo son, desde el momento que los reinterpretamos, los rehacemos, los buscamos para darle forma. Todo lo que yo te cuente de lo que fui está tamizado por mi memoria, lo he sometido al filtro de mis querencias, lo he despojado de aquello que no me gustó, o que no percibí, o que no quise escuchar.

Nuestro futuro lo es, porque nada en él existe y todo lo que proyectamos en nuestro porvenir, que es mucho, no es sino invención de lo que seremos, de lo que querremos ser. 

Si todo, salvo el instante preciso, es ficción, ¿por qué no voy a poder meterme en la invención de otro, en su mente, en sus sueños? ¿Por qué no voy a creerme lo que quiera construir para mí? ¿Qué puede haber más hermoso que el resultado de un trabajo en el que un creador se revuelve contra el presente para mostrarte su mundo?

Yo me creo la ficción. No es más que empatizar con los sueños, verdaderos, de otro que no soy yo.

lunes, octubre 26, 2020

Sexo

El sexo es la maldición.

O la gloria.

Es nuestra conexión más directa con el mundo animal. Más que el comer. Más que enfermar.

El sexo lucha contra nuestro pudor, se pelea con el raciocinio, con el orden de nuestra vida. Pervierte todo. Nos hace culpables y estratosféricos. Nos acompleja cuando va mal. Nos hace vanidosos cuando todo fluye. Es asco y devoción.

Hay mucha vergüenza cuando hablamos de él, como si fuera con otros. Se hace cómplice de nuestra intimidad, porque nuestras perversiones son nuestras. 

Es necesario un tonel de confianza para compartir nuestras obsesiones sexuales con nadie.

Nos arrastra por el barro, porque es sudor, líquido, dolor y gusto. Porque a veces pensamos que no hay otro sentido de la vida que ése, que no hemos vivido si no lo hemos disfrutado, que no somos más que carne.

El sexo nos recuerda que somos carne. Sangre, Deseo. Que todo lo lógico es cursi, que no hay más que eso. Que no somos sino eso. Pulsión. 

Es vergüenza. 

Es pavoneo.

Afortunadamente hay cafés, y libros, y vinos, y olor a jazmín, y padres, y conciertos de rock, y un cocido, y olor a tiza, y sábanas limpias, y lunas llenas, y un baño en el mar, y un te quiero, y un susurro, y campanas de la catedral, y una camisa que quieres ponerte, y un beso maternal, y ganas de ser tu mismo, y recuerdos, y una risa contagiosa, y una noche a solas contigo mismo.

Y el sexo. 

domingo, octubre 25, 2020

Móvil

Tenemos que conseguir, hablo en primera persona, dejar de ser esclavos del móvil.

Salvo cuestiones urgentes que requieran estar localizados en todo momento, debemos hacer por que el teléfono no domine nuestras vidas, sino que seamos nosotros quienes tomemos el poder.

Dicho así parece excesivo, pero estoy convencido de que tenemos que romper. Hay que aplicar rutinas simples antes de que tengan que ser psicólogos quien nos alerten de cómo tenemos que hacer.

Actualizamos con ansiedad el correo, miramos continuamente de reojo el Whatsapp, buscamos un mensaje en Facebook, abrimos la prensa digital como si en la última media hora hubiese podido cambiar el mundo.

Es mejor quedar mal. Que cuando te llamen no respondas porque tienes el móvil reposando en tu habitación. Que no respondas de manera inmediata a un guiño de un amigo. 

Impongámonos hábitos sanos de desintoxicación. El mundo se nos ofrece a través del móvil, nos aporta información, diversión y compañía. A mucha gente le ha quitado una porción de soledad.

Pero no perdamos el pie. La vida no está detrás de la pantalla, sino allí donde tú estás, en este momento y con tu gente.

Cultura

La apreciación de la cultura es directamente proporcional a la sensibilidad.

Es un termómetro que podríamos utilizar para medir la capacidad de un ser humano para sentir. Sentir a secas. Encontrar la emoción, sus emociones. Poder transcender a su propia carne para apreciar de qué estamos realmente hechos.

Yo pondría a dos personas venidas por primera vez de Australia en la puerta del Museo del Prado. Les pediría que entrasen. Les daría libertad para que se moviesen. Activaría entonces el cronómetro para comprobar hasta qué punto es cierta mi teoría, porque creo que el tiempo que pasasen cada uno de ellos en ese templo de la pintura marcaría con precisión el punto de emotividad que habita en su interior.

Los más críticos de la cultura, no hay que ser adivino, son aquéllos que tienen más dificultad para empatizar, para conmoverse con lo ajeno, para interpretar la realidad con ojos lejanos a lo material.

El ser humano lo es por su capacidad de transcender, de crear, de inventar universos artificiales donde refugiar sus miedos, de recrear paraísos.

Un aria de Puccini, un cuento de Margaret Atwood, un poema de Lorca, una Menina velazqueña, un verso de Cernuda, Marlon Brando en un Tranvía llamado Deseo, una vidriera de la catedral de León, un rato frente a un Rothko, Chavela Vargas desgarrada, Roma entera, Woody Allen, una escultura retorcida en acero de Chillida, la dulzura de una bailarina de Degas...

Apreciar la cultura es admitir que no todo lo hemos hecho mal.


sábado, octubre 24, 2020

Respeto

Fui educado en un colegio con ideas tan diferentes a todo lo que yo defendería en el futuro, que salí de allí escopetado cuando comencé la universidad.

Había tenido que tragar tantos sapos que creí liberarme cantando el viento mis ideas sin importar quién estuviera al lado, sin darme cuenta de que estaba reproduciendo patrones que había detestado en mi adolescencia.

Con el tiempo he comprendido que tengo muy clara mi conciencia social y política. Me gusta escuchar al otro, leer a intelectuales, disfrutar de una editorial de un periódico. Puedo matizar mis ideas, afinarlas, enriquecerlas, corregirlas sin que en lo básico vaya a cambiar. Soy y quiero seguir siendo una persona coherente conmigo mismo.

Quienes me conocen saben cómo pienso, a quién voto, qué detesto.

He interiorizado, sin embargo, que el respeto al otro es una máxima de obligado cumplimiento para mí. No puedo, ni quiero, dar por supuesto el pensamiento político en el otro. No es cuestión de esconder la cabeza, sino de hablar con mesura. Estoy siempre dispuesto a debatir con cualquiera, a dejarme seducir por sus argumentos y a explicarles los míos.

No querría nunca hacer sentir a gente cercana, a quien me lee o a quien confía en mí que voy con la verdad absoluta por delante. 

Yo veo el mundo así. Lo he observado, sufrido y disfrutado. He creído comprender un poco del ser humano. Pero entiendo que tú lo veas diferente. 

Y siempre querré observar el mundo con tus ojos.

 

jueves, octubre 22, 2020

Amores

El mal de amores es un muro que se atraviesa sólo una vez.

Luego vendrán desengaños, abandonos y frustraciones, pero sentir que tu cuerpo pierde el pulso y todo se derrumba alrededor es algo que, cuando llega, provoca anticuerpos que ya viven contigo para siempre.

A mí me ocurrió una noche de invierno. Me quedé clavado en el coche tras regalarle un disco de Pedro Guerra y escuchar de su voz que no sentía por mí lo que se llama amor.

Al día siguiente mi hermana llamó al trabajo para explicar a mi jefe que yo estaba con gripe.

Nada tenía sentido. Permanecí días agarrado a mi pena. Tardé meses en olvidar. Analicé cada palabra, recordé los encuentros, imaginé mil errores, removí todos mis miedos, escribí mensajes que no envié y evité llamadas que no iban a solucionar algo tan irremediable como no provocar amor.

De ahí surgió una persona nueva que supo integrar en lo más íntimo que amar tenía que empezar por uno mismo. 


miércoles, octubre 21, 2020

Amabilidad

Hay quien confunde amabilidad con debilidad.

Ocurre mucho en el ambiente laboral. Tratas de mantener un trato impecable con personas con las que debes convivir gran parte de tu jornada no por tenerles especial cariño, ni una afinidad especial. De tus compañeros no tienes que esperar sino una relación cordial.

Lo cierto es que en este mundo hay gente emocionalmente troglodita. Personas que confunden profesionalidad con tener la cara de palo, que se rigen por el único criterio de despachar tareas sin más y que ven en el buen trato rendiciones inexistentes.

Trabajar es parte de la vida. No hay paréntesis en que ésta se pare para imbuirte en un mundo maquinal. Intentar hacer las cosas más fáciles al compañero no es sino grandeza, pedir realizar tareas con educación y una sonrisa es de puro sentido común. Responder a los emails de trabajo con un hola es un básico.

Hay días, pocos, en que tienes que apretar los dientes y decir, sin perder el tono, que eres amable, pero no estúpido.

Zurdo

Ser zurdo es la forma menos dolorosa de discriminación.

La mejor manera de explicar también, a los intolerantes, en qué consiste ser minoría.

No sé qué porcentaje de la población es zurda, pero podría ser similar al de población homosexual. Hay zurdos por todos lados, que no eligieron serlo, que se tropiezan con pequeñas barreras diarias en una sociedad que fabrica sus comodidades para los diestros.

Nadie elige ser gay, negro o albino. O zurdo.

Afortunadamente esta España en la que vivimos ya protege, con la ley, a los que vivimos en minoría. A los que no nos avergonzamos de ser como somos. La ley. Ese término tan frío que parece cosa de políticos.

Aquellos que son diestros, heterosexuales y blancos de piel han aprendido a ser tolerantes gracias a que un día la ley permitió que muchos de los que teníamos que simular ser 'normales' nos pudimos sentir, por fin, tan 'normales' como el resto.

martes, octubre 20, 2020

Bárbara

Hay amistades irrenunciables que se desvanecen de muerte natural.

Relaciones que vienen tan de lejos que la pulsión es familiar, personas que entraron en tu vida cuando no había en tu aproximación a la gente ningún interés que no fuera el puro instinto. Tiempos en que no imaginabas, ni por asomo, que algún día construyesen su mundo lejos del tuyo.

No sé si admirar a aquéllos que mantienen su círculo de amigos intacto desde la época de la EGB. Confieso que sería ideal, tanto como artificial, en mi caso, de haberlo conseguido. Y es que en la vida nos desparraman de cualquier manera para que nos agarremos al compañero de pupitre como alma gemela. No hay grandes elecciones, más bien el azar es quien nos une.

Hace falta cambiar varias veces de piel para medio saber lo que uno quiere y para cuando uno lo medio sabe ya tu inseparable compañero de entonces ha cambiado otras tantas la suya.

En todo caso hay días tontos en que un simple olor, una risa floja, un paseo por una calle te hacen recordar a esa persona. Momentos en que te planteas, con cierto remordimiento, qué nos separó, por qué no luché más por ella, qué hicimos mal.

No hace falta más que un poco de análisis frío para comprender, y admitir, que no se pueden forzar las cosas, por mucho que sepas que a esa persona siempre la querrás, que se te caerá el alma el día en que le pase algo, que te alegrarás de corazón cada vez que se cruce en tu camino.

No hay que alimentar culpas, sino disfrutar recuerdos.

lunes, octubre 19, 2020

Perro

Salía de cenar con la alegría de un buen vino y ya en la calle, mientras esperaba que Fran viniera del baño, crucé la mirada con un perro gordote que me clavó los ojos.

El alcohol facilitó que le mantuviese la mirada y tuve la fuerte sensación de que me pedía socorro. Miré a sus dueños y no me gustaron.

¿Hasta qué punto sufren los animales la incomunicación de no tener un lenguaje entendible por los humanos?

No hace muchos días mi hermana Mónica perdió a su perra. La había recogido abandonada en la calle, la cuidó con un cariño inmenso y murió de puro agotamiento por la edad. Pero no hay consuelo para mi hermana.

A mí me asustan esas relaciones de afecto extremo con los animales. Sé, porque en casa de mis padres siempre hubo perros, del cariño, la lealtad y la compañía que te dan, sin embargo me aturde que establezcamos relaciones casi humanas.

Tal vez porque intuyen cómo pienso, siempre que había jaleo en casa era yo quien me llevaba el bocado. Aún tengo un recuerdo en la ingle.

¿Qué dirían de nosotros si pudieran hablar? ¿Nos reñirían o nos aconsejarían?

Yo llevaba unas copas de más, pero ese perro me gritó socorro con la mirada.

sábado, octubre 17, 2020

Desgraciado

Me recogió en el Puente de la Barqueta. No supe distinguirla con la mascarilla, pero ya nos conocíamos. Habíamos compartido una tarde de primavera en la Feria del Libro de Sevilla en un minitaller de escritura con personas sin hogar.

Yo sí me acuerdo de ti, Salvador. Compré tu último libro, me lo dedicaste y me lo leí.

Se llama María.

Y me gustó.

Me ganaba por goleada.

Durante el trayecto hasta la cárcel me explicó lo básico. Cómo están distribuidos los internos, cuáles son sus horarios, qué tipo de delitos son los mayoritarios, cómo son las celdas, cómo se organizan.

Vamos a estar en un módulo de respeto. Hasta cierto punto ellos se autogestionan. Ahí están los internos menos problemáticos, los que se comprometen a no estar ociosos, a no ser agresivos.

Me vería la cara de susto.

En todos los años que llevo viniendo, nunca he tenido el más mínimo problema.

Entonces comprendí que era voluntaria. Que había comido como los pavos en su casa al salir del trabajo antes de recogerme para esa tarde literaria en la biblioteca de la prisión.

Soy responsable de Recursos Humanos en una empresa grande.

Nos esperaban otros dos voluntarios. Jovencillos estudiantes que prefieren pasar la tarde del viernes como compañeros de personas sin libertad a irse de parranda con los amigos.

La cárcel era como en las películas. Impacta como en las películas. Se atraviesan controles y rejas como en las películas.

Ya estamos dentro.

Las dos horas siguientes volaron. Me emocioné al leer el primer texto. Los reclusos se organizaban en sillas a mi alrededor. Me sorprendió el silencio mientras leía y los aplausos al final de cada relato. Hablaban de sus miedos.

Yo tengo pensado el título de un cuento que transcurre aquí dentro confesó uno de ellos. 'El cementerio de los hombres vivos'

¿Y de qué va? pregunté.

Tan sólo tengo el título y todos se rieron.

Había quienes asumían su culpa al expresarse, había quienes defendían que una persona se vuelve otra cuando le invaden las emociones negativas. Había quienes enlazaban discursos deslavazados.

Aquí hay gente mala, sí me decía María. Pero, sobre todo, hay mucho desgraciado.

Desgraciado que ha nacido en el lugar erróneo, que se ha metido en historias indebidas, que se dejó llevar por malas compañías.

Me ofrecieron visitar el patio y compartir paseo con los internos. Al solecito. Impresionan las vallas altas y esa cotidianeidad que no distingue los días de la semana. Se acercaban a hablar con nosotros con naturalidad.

—No imagino salir ahí fuera y que todo el mundo lleve mascarillas.

Ahí fuera...

Al trasvasar las rejas de vuelta les confesé a los tres mi admiración por ellos.

¿Tú no haces nada como voluntario? me preguntó María.

No contesté, rotundo.

Me refiero fuera del trabajo, algo que hagas por el puro placer de hacerlo. Escribir es un acto voluntario, ¿no?

Sí, claro, pero eso lo hago para mí.

¿Y para quién crees que hago yo esto?

viernes, octubre 16, 2020

Cárcel

Hoy estoy excitado.

Tengo la inmensa suerte de tener la amistad de gente muy comprometida con causas sociales.

Yo no he tenido nunca la grandeza de embarcarme en aventuras que impliquen un compromiso personal en la ayuda a los demás. Me limito a pagar cuotas mensuales a ONG's que me envían boletines que no tengo el valor de leer con detalle.

Es por eso que siempre digo sí cuando se me requiere desde alguna organización implicada en causas humanitarias.

Ya estuve dando una charla a personas sin hogar, o colaborando en una jornada de escritura con otro colectivo que no tenía casa donde dormir, o participando como jurado en un concurso de relatos para presos.

Hoy me toca, por primera vez en la vida, visitar la cárcel. Me han invitado a dar una conferencia a los presos y he dicho que sí. 

Me lo piden como un favor y yo lo tomo como un regalo.

Llevo varios relatos impresos y muchas ganas de escuchar. De mirar a sus ojos curiosos para tratar de entender cómo es la vida con cadenas. No sé si estaré nervioso, si me afectará demasiado, si sabré aportar algo.

Sólo sé que de aquí a un rato seré una persona mejor.

jueves, octubre 15, 2020

Nadie

A nadie le gusta que le perdonen la vida.

Incluso a la gente más miserable o a la de menos recursos intelectuales. Las guerras de desprecio están siempre perdidas, porque no es un arma sana de utilizar por mucha razón que se tenga.

Todos tenemos nuestros argumentos para actuar de la forma en que lo hacemos, por muy rebuscadas que sean esas causas. Hasta el malo en su maldad se cree con razones para actuar como actúa.

Luego no podemos ganar batallas a partir de la ridiculización del otro ni desde la superioridad moral. Siempre hay que ofrecer una salida digna, hasta al peor enemigo. El machaque, el menosprecio o la burla no hacen sino enquistar relaciones envenenadas y nos quitan la razón.

Si queremos convencer, hablemos de igual a igual. Escuchemos. Si, en cambio, la otra persona no nos aporta nada, salvo que nos vaya algo importante en ello, no hagamos por que se note. 

Cuando ha pasado gente fastidiosa por mi vida que no he tenido más remedio que aguantar, mi estrategia siempre ha sido la de pasar desapercibido ante ella, endulzar cada mínimo encuentro con una sonrisa insípida y no crear el más mínimo hilo de comunicación.

Nadie quiere escuchar que es un peñazo ni tenemos derecho a levantar espejos para que otros vean reflejados allí sus miserias.

Porque tal vez algún día alguien levante ese espejo hacia nosotros y nos disgustará la imagen que veremos proyectada en él.


martes, octubre 13, 2020

Oportunidad

Por querer ayudar a un negocio familiar, recién empezado a trabajar con veintitantos años, me vi prácticamente en la ruina de un día para otro. No supe calcular los riesgos y los bancos me dieron un revolcón.

Mi futuro era prometedor, pero el presente se me hizo desolador. Acababa de comprarme una casa y los préstamos no me dejaban respirar.

Acudí a cuatro amigos que me querían. Sabía quién tenía posibilidad de ayudarme y quién no. Les expuse mi situación y les dije que cualquier respuesta por su parte la entendería.

A Bárbara, Montse e Ignacio les faltó tiempo para dejarme una importante cantidad de dinero. El cuarto, no importa su nombre, me dijo que no.

En menos de un año había reorganizado mi vida y a mis tres amigos les devolví, con una invitación a cena incluida y de forma individual, el dinero que me dejaron. 

El cuarto, durante largo tiempo, cinco, diez, quince años después, cada vez que salía de copas conmigo, y bebía de más, acababa con la misma cantinela.

¡Qué me gustaría haberte dejado ese dinero el día que acudiste a mí!

Yo le echaba la mano por encima del hombro.

Esa oportunidad, amigo mío, la perdiste para siempre.

lunes, octubre 12, 2020

Portugal

Volviendo ayer en coche, desde Coimbra, reflexionaba en voz alta, mientras conducía, acerca de lo reconocible que es Portugal.

—Siendo ciudades tan diferentes, en todas encuentras las mismas señales de tráfico, las mismas comidas, los mismos cafés, los mismos azulejos blancos y azules... No sabes si estás en el Algarve o atravesando el Duero. Todo es Portugal.

Ocurre como en Francia, que son países tan homogéneos que no importa dónde estés para saber que estás en ese país.

—Sin embargo, en España —continuaba con mi razonamiento— no tiene nada que ver una región con otra. Somos la noche y el día cada cien kilómetros de carretera.

—Eso la hace muy interesante, ¿no? —me replicó Fran, no sin razón.

Quedé un rato pensando.

Pues sí. Si Portugal representa la familia bien avenida, equilibrada y serena, donde todos van vestidos con los mismos mocasines y pantalones azules, España es la familia desastre, con unos que la repudian y se quieren largar, otros que se creen el centro del mundo y echan broncas al resto, algunos que se entretienen mirándose el ombligo y, eso sí, cada cual a su bola.

Quizás la vida es más así, como esta España nuestra, tan apegada a la realidad de lo inmanejable. Tan particular, tan extraña, tan dispersa. ¡Tan humana!

Es un país que cansa, que agota, que desespera, tantas veces insoportable... pero aburrido no es.

Y a mí, maldita sea, me gusta.