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miércoles, agosto 12, 2020

Aburrirse

Aburrirse es un verbo feo.

No en pocas ocasiones se hace referencia a él como paraíso inaccesible en estas cárceles de hiperactividad por las que a menudo transitamos sin quererlo.

Para mí, en cambio, hay pocos adjetivos menos estimulantes que el derivado de ese verbo. Yo, si en mi mano estuviera, lo quitaría del diccionario para evitar la posibilidad de utilizarlo. Obligaría así a que, en su ausencia, se utilizaran expresiones como introspección, meditación, sosiego, desconexión.

Pero no soy King-Jong-Un, ni esto es Corea del Norte, para decidir cómo la gente debe encauzar su vida, de modo que no me admitirían la prohibición.

Porque el hecho en sí de aburrirse se da, muy a mi pesar. Ya no sólo en niños pequeños que necesitan estímulos de forma continua y a los que un parón de actividad los mata, sino a muchos adultos que no han cultivado en su vida el estímulo de la curiosidad.

¡Hay tanto por descubrir!

Donde hay curiosidad no hay aburrimiento, porque en ese caso incluso una tarde tonta de sofá se convierte en un romance sereno con nuestro interior.

martes, julio 21, 2020

Bandera

Yo era un niñato imberbe e insistí terriblemente en que me compraran una bandera de España para un partido de fútbol.

Mi padre conducía, mi madre iba de copiloto. Sólo yo estaba detrás. Íbamos hacia el centro de la ciudad.

Les explicaba que todos mis amigos se habían citado en el campo del Betis para ver a la selección. No sé si yo tendría quince años, ni quiero mirar muy bien las fechas, porque me entran escalofríos de vergüenza.

Ella cortó mi discurso, pidió a mi padre que frenase en mitad de la avenida de la Borbolla y se bajó del coche, donde se hizo un silencio terrible entre mi padre y yo. Se alejó entre callejuelas camino de ninguna parte.

Nunca paso por ese lugar sin recordar ese frenazo.

No puedo precisar en mi recuerdo si ya estaba operada de su cáncer o no, ni sé qué situación económica atravesaban por entonces. Sólo sé que era el principio de su fin.

Qué terrible dolor no haber sabido pedirle disculpas.


martes, junio 16, 2020

Yokohama

Quiero aprender japonés.

Ya desde la primera vez que visité el país, hace veinte años, quedé abducido por un magnetismo extraño que me fascinaba tanto como me repelía, en función de mi capacidad para olvidarme de mí.

Sus flexiones repetidas al saludar , la forma de no tocarse, el temblor en los labios al hablar, su manera de no mirarse...

He tenido la suerte de viajar muchas veces a Japón, casi siempre por cuestiones laborales, y no he podido sustraerme al chaparrón de sensaciones que la cultura nipona proyecta en el occidental que soy yo.

Una de las primeras ciudades que visité fue Yokohama y a mí me gustaba preguntar cómo interpretar los signos que la describían.

La traductora que nos acompañaba se esmeraba en explicar al ingeniero preguntón:

"Yokohama se compone de dos símbolos kanji'

El primero, 横, representa a un árbol amarillo. El árbol se ve claramente a la izquierda. Por ejemplo, para representar un bosque, se juntan esos símbolos, dando lugar a algo así 森林. El amarillo tiene que ver, como no podía ser de otro modo, con la luz y con el emperador. Y es majestuoso: 黄. Casi se le ve la figura.

El segundo, 浜, representa la costa junto al mar. Claramente se puede ver a la izquierda el símbolo del agua, como tres gotas, y lo podemos ver integrado en palabras como lago, o en las bebidas de la carta del menú de un restaurante. 

"Yokohama significa, por tanto, el árbol amarillo junto al mar"

Yo quedaba embelesado, y quería saber más. ¿Cómo se pronuncia amarillo? Me decía 'Ki', que significa 'Yoko' y me respondía 'cerca de'.

Ibas descomponiendo los símbolos y estos tomaban vida propia. El árbol, el agua... 

Me hablaba de tres tipos de alfabetos.

"No podríamos escribir McDonald's con símbolos del viejo alfabeto japonés'

Con mis ojos le animaba a contarme más y ella se sonrojaba.

Veinte años después, aún recuerdo esa dulce tarde de otoño junto a Masuko.

Quiero aprender japonés. Quiero poder beberme dos cervezas e hipnotizar, a la gente que quiero, explicándole con calma oriental cómo construir el significado de cada ciudad y trazar sus símbolos en una servilleta de papel.

miércoles, junio 10, 2020

Negros

Siempre hay alguien a quien pisotear.

Y por debajo de ellos, está el negro.

Estremece estudiar con cierta visión objetiva la historia de quienes han tenido ese color de piel. Sin soflamas ni golpes en el pecho. Su único pecado fue vivir hace siglos en un estado de 'civilización' menos avanzado que la gente blanca del norte, nuestros antepasados, que entraron por sus tierras por entonces con ganas de destrozarlo todo. Vendidos, esclavizados y sometidos.

No hay un paso adelante que hayan dado como pueblo sin sufrimiento. Nadie les ha regalado nada. Tienen el pasado lleno de héroes propios, negros, que decidieron un día plantar cara a la chulería del que se creía dueño castrador. Pensar tanto dolor de tanta gente tanto tiempo es inabarcable.

Estamos en el siglo XXI, hemos viajado a la Luna y nos comunicamos de un lado del planeta a otro en milésimas de segundo, pero aún hay que reivindicar que los negros son personas. Iguales y tan dignas como cualquier otro. Y admitirlo de corazón, sin caridades ni tolerancias. Da hasta sonrojo pensarlo.

Educan a sus hijos en el Nueva York o el París de hoy en día para que sepan subir las manos cuando vean a la policía, para que pidan un tíquet hasta por comprar un chicle; amaestrados por ellos mismos para no hacer ruido, andando toda su vida como sobre cáscaras de huevo. Bajando la mirada.

El dolor no es sólo su dolor ni la impotencia que nos provoca su desdicha, sino que haya un presidente mezquino, insensible, displicente, analfabeto emocional, engreído y desafiante que se permite no mostrar ni un minúsculo gesto de emoción hacia esa parte de su pueblo, un megalómano que se hace fotos con la biblia delante de catedrales mientras ellos gritan que no pueden respirar.

¿Qué biblia es ésa?

domingo, junio 07, 2020

Tomate

Estuvimos este mediodía comiendo con mis hermanas en un restaurante clásico de una calle escondida de Triana. Fuimos los primeros en llegar.

La propietaria charlaba con su madre en la mesa que habíamos reservado. Ya dio apuro levantar a la señora, muy mayor y con bastantes kilos de más.

-Si ella no se levanta -dijo la dueña- vosotros no coméis.

Todo era comida casera. Tomates grandes y rojos, un atún espectacular, huevos con langostinos, guiso de garbanzos. Exquisito.

El sitio se fue llenando y la jefa tuvo que levantar a su padre de otra mesa, a quien puso también a trabajar.

Hubo un momento en que vi al fondo a la madre en la cocina, con tres sillas apiladas haciéndole de sostén, y al padre recogiendo platos. Bien pasados los setenta, los dos.

A media comida fue el señor quien vino a comentarnos los postres. Le temblaba la cara y las manos al explicarnos. Simpático donde los hubiera, pero agotado en el hablar, y respirar, tras su mascarilla de rigor.

Producía una tremenda ternura.

Uno se pregunta si hay derecho a eso. Uno se responde si no serán ellos mismos quienes no quieren dejar de ser útiles. No a su hija, sino a ellos mismos.

Es fácil juzgar, es complicado vivir.


domingo, mayo 17, 2020

Urticaria

Veo imágenes de calles céntricas de Madrid con pijos enarbolando banderas de España y siento, de manera instintiva, una repulsión inmediata hacia mi bandera. Hacia la bandera que se supone que me representa. Porque yo no tengo nada que ver no ya con el país imaginario de esos energúmenos, sino que vivo en otro planeta.

Dan miedo. Da miedo gritar a los cuatro vientos y en letras grandes que son fascistas. No son otra cosa. Son la vergüenza de este país. Vox es un partido fascista que añora tiempos en que quien no era gente de bien (ellos) no tenía más derecho que el de callarse.

Debemos perder el miedo a exigir que no hablen más en nuestro nombre, que no ensucien más la palabra España, porque mi España nada tiene que ver con la arrogancia de quienes desprecian a quienes no son como ellos. ¿Qué amor patrio es ese?

Hay colas de gente pidiendo comida a diario, el paro sube como la espuma, mueren a centenares personas asustadas con un respirador como única esperanza; pero ellos, los patriotas, se pasean 'indignados' por las calles de Madrid para que les abran sus boutiques y puedan cenar a la carta.

No está lejos Portugal. Esa bandera verde y roja. Aquí al lado. Donde el jefe de la oposición se pone al servicio del gobierno para decir. 'Aquí estamos para ayudarle a sacar el país adelante'.

Se llama fascismo. Y campa a sus anchas. No lo olvidemos. En Francia o en Alemania se colocó un cordón sanitario para no darles oxígeno, aquí en España no ha tenido la derecha agallas para decir: Con ellos, nada.

martes, mayo 12, 2020

Realidad

La realidad es tan extraña que los picos de felicidad suelen llegar cuando nos alejamos de ella, en momentos precisos en que olvidamos qué somos ni qué hacemos aquí. Instantes en que burlamos al tiempo justiciero, en que escapamos de su rodillo lineal que nos arrastra siempre en la misma dirección. Pellizcos en el estómago que tienen mucho de espiritual en los animales que somos, derroches de vida asociados a lo intangible, a inventos humanos que no obedecen a leyes físicas ni se fabrican. Un abrazo soñado, un detalle de amor, una melodía que se cuela sin esperarla, la mirada de quien te quiere, fija, apenas unos segundos. Una cerveza bien tomada.

La alegría de los momentos dulces tiene mucho de desorden, poco de rutina, se alimenta de lo fortuito y se pelea con la razón. La felicidad no se razona. Estas reflexiones no son sino un intento vano de poner palabras al orgasmo encontrado en las pequeñas cosas, cuando nos despojamos de todo para ser aquel niño que un día fuimos y que siempre nos acompaña, esa criatura que no entiende de otra cosa que no sean eternidades y risa floja.

Vivir es raro. Organizarse para llevarlo con dignidad es lo mínimo que se nos exige, pero somos legiones los que queremos más, quienes nos negamos a perder el punto de locura que dé sentido al esfuerzo de tener todo en orden.

Ayer tarde me asomé a la ventana del salón y un olor con la composición perfecta de ciudad primaveral mojada por la lluvia me trajo la Sevilla milenaria de la que apenas soy un fugaz enamorado más, y en ese aroma vi, por décimas de segundo, toda mi vida pasar.

¿Qué empresa vende eso?

sábado, mayo 09, 2020

Demonios

Soy un entusiasta del mimo. Como lo soy del gracias. O de la buena educación.

Muy seguramente porque me educaron en los tres y por ser consciente del bien que me hizo. Cuando naces a la vida con cariño y achuchones, tienes media partida ganada. Yo tuve esa suerte.

Está sobrevalorada la sinceridad absoluta, yo soy más de mentiras piadosas. ¿Qué gana uno con alimentar las inquietudes de alguien que se preocupa por su peso, por su pelo o por su edad con comentarios tan objetivos como innecesarios? Muchas de nuestras angustias las padecemos en interno, pero vienen de fuera, de miradas, de gestos, de mensajes... de gente que pregona quererte.

Yo vivo desde hace diecisiete años con alguien que cada día me dice 'no haber visto una cosa mejor hecha en su vida'. Y lo dice de mí. Y yo me río. Y estoy en el mundo. Y sé cómo soy.

Soy un entusiasta del cariño dado porque sí. Sin más. ¡Es gratis!

Los demonios, ya cada uno los llevamos dentro...

lunes, mayo 04, 2020

Sabios

Si la reflexión es habitual en mí, más lo es aún si me veo inmerso en un encierro. Y al estar en un encierro, reflexiono sobre qué consecuencias nos traerá.

Son tantas las personas que lo están pasando mal, tenemos tantos amigos impactados de lleno por el parón económico, que la principal contribución que me planteo nada más poder hacer vida normal será la de consumir. Maldita palabra. Consumir. En estos tiempos en que se critica con fiereza la sociedad consumista, culpable para muchos de haber llegado al agujero donde nos encontramos metidos, yo me planteo consumir.

Pero, ¿qué hacer?

¿Puede una sociedad estar viva sin el trueque? Si nos dedicamos a aprovisionarnos exclusivamente de aquéllo que es imprescindible, ¿no moriría la sociedad de inanición? ¿Dónde dejaríamos el placer?

Sí. Está el consumo responsable. Pero, ¿quién lo define? ¿Quién nos educa para practicarlo?

No podemos martirizarnos pensando en que si me compro unos pantalones estoy emitiendo no sé cuántos gramos de CO2, o tomarme un zumo y crucificarme porque las naranjas han hecho 10.000 kilómetros en avión.

Necesitamos sabios que nos digan cómo actuar. No sugiero que sustituyan a los políticos, pero sí que los políticos basen su acción en ellos. En las personas sabias, para que se legisle de forma que no se pueda consumir una naranja que se cultiva a 10.000 kilómetros ni comprar pantalones fabricados en condiciones de insalubridad por trabajadores explotados.

Son los sabios quienes debieran decir a los políticos que no todo es posible, que así nos hundiremos cada cierto tiempo en un agujero y acabaremos destrozando nuestro planeta.

Pero desgraciadamente el consejero que tiene el político al lado es el financiero, no el sabio. Es el guardián del capital, bendito tesoro.

Los ciudadanos debemos ser responsables, claro que sí. Yo quiero gastar mi dinero para disfrutar del placer de vivir y contribuir a que otros saquen adelante sus negocios. ¿Soy un irresponsable?

sábado, mayo 02, 2020

Vecino

En este confinamiento que empieza a relajarse hemos tenido un comportamiento muy civilizado los vecinos de mi bloque. Es lo menos que se espera. Somos muy pocos y hemos repartido nuestros tiempos para no coincidir en la hermosa azotea en pleno centro de Sevilla que compartimos.

Tan sólo en dos ocasiones estuvimos algún tiempo al caer la tarde con el vecino del bajo. Él es el último en salir y se pega paseos kilométricos. Es viudo, enorme y orgulloso de su pasado.

Me da miedo las personas que, teniendo alto concepto de sí mismas, miden a los demás con su propio rasero de autoexigencia.

Desde que yo vine a vivir aquí, hace casi veinticinco años, él ya habitaba con su familia en el bajo. Nunca crucé una palabra con ellos, más allá de los saludos cotidianos. Tuvo hijas. Todas iguales. No sé cuántas. Todas parecidas a una madre también grandona que un día de hace algunos años, no sé cuándo, murió.

Su soledad y haber coincidido en la azotea nos hizo hablar, a buena distancia, en esos primeros días de confinamiento. Que yo fuera ingeniero para él suponía muchos puntos positivos, como si la valía de una persona estuviera en el número de títulos académicos. Él bien se ocupó de describirme su recorrido profesional y sus orígenes humildes.

Me da miedo, también, la gente que se hace a sí misma y no lo vive con humildad.

Ayer se nos pasó aplaudir a las ocho y subimos algo más tarde. Volvimos a coincidir con él. Estaba lanzado. 'Tenemos un país de rateros'. 'Aquí nadie quiere trabajar'. 'En los tiempos de "Paquito" la gente se esforzaba más'. 'Al Coleta hay que echarlo'. 'Necesitamos gente como Trump'.

Yo no tengo término medio. Soy una persona muy amable hasta que atravieso, afortunadamente escasísimas veces, la frontera de la indignación. Entonces, como dice Fran, saco del bolsillo mi tablao portátil y me pongo en plan Farruquito.

Ayer estuve a punto.

Uno sube a la azotea de su casa y tiene que recibir, ultrajado, un chaparrón de improperios hacia mi propia sociedad de un vecino con el que no tengo, ni quiero tener, la menor confianza.

Él buscaba en mi mirada la aprobación, pero yo no hacía más que pensar si valía la pena sacar el tablao y decirle lo muy indignante que era dar por supuesto que en mi cabeza corría tanto odio como por la suya.

domingo, abril 19, 2020

Conmoción

La clave de la salvación en esta pandemia está en el hecho de que todo el Primer Mundo ha sido atacado por igual. Mal irían las cosas si fuera el África Negra o el Sudeste Asiático los únicos perjudicados.

No ha sido una catástrofe natural en el sentido apoteósico del término, en cuanto a que las infraestructuras y el tejido productivo están plenamente a salvo. Todo está en su sitio para el día después; la clave es llegar enteros a ese momento. De ahí la importancia de que nuestros gobiernos, los de esos países que se dicen civilizados y prósperos, consigan mantener las constantes vitales de sus pueblos durante este tiempo.

Porque, a fin de cuentas, todo será dinero. El dinero que se inyecta para poder hibernar mientras no encontremos el antídoto, la vacuna.

Y el dinero es ficticio, no más que un invento del ser humano. Un invento en manos de los bancos centrales de los grandes países. Los países ricos se endeudarán con sus propios bancos centrales. Llegará un momento en que todos mirarán para otro lado y harán desaparecer esa deuda.

La clave es que es un problema genérico y de ricos.

Nadie está a salvo y ésa es nuestra salvación.

martes, abril 14, 2020

Maldad

En estos tiempos difíciles, surrealistas, trato de alejarme de personas con actitudes dañinas o de mensajes grupales tóxicos. Siento muy en el fondo de mi corazón que la humanidad se está poniendo a prueba, albergo esperanzas de que todo esto lo superemos cuanto antes y salgamos de nuestro encierro con una pizca más de empatía hacia lo esencial de nosotros como individuos y sociedad. Se dice que en las situaciones límite las personas luminosas buscan soluciones; las grises, en cambio, se lanzan a la caza de culpables.

Cualquiera que se pasee por la prensa de medio mundo, y no hay nada más fácil en los tiempos que corren, comprobará que en todos los países ocurren situaciones similares. Nadie estaba preparado suficientemente para este virus. No hay más que mirar el desbordamiento de los hospitales en Francia, la falta de respiradores en Estados Unidos, las palabras tragadas por Boris Johnson o el indigno de Bolsonaro.

Se acusa a nuestros gobernantes de improvisar. ¡Menos mal que improvisan! ¿O es que algún partido político tenía en su programa electoral la lucha contra pandemias de virus desconocidos? No queda más que ir improvisando medidas en base a las recomendaciones de los científicos, que no dudo que ofrecen lo mejor de ellos estos días para acertar en el diagnóstico. Ahora toca vigilar que lo decidido es coherente y se aplica de la mejor manera. Ya vendrá el tiempo de rendir cuentas. Siempre ocurre en democracia.

Ayer, sin embargo, apareció una señora de Vox de apellido Olano para acusar al Gobierno de estar ejerciendo una eutanasia masiva, por la vía de los hechos, a nuestros ancianos.

A esta mujer no habría que denunciarla por delito de odio, sino por delito de maldad. Y si no existe, hay que cambiar el código penal.

sábado, abril 11, 2020

Vértigo

Escribir regularmente me permite contemplarme con el paso del tiempo. En lo fundamental me encuentro coherente, pero hay una línea punteada que atraviesa mis escritos que me despista, una suerte de cambio de piel, menos sensible al exterior, más protectora de lo íntimo; no en cuanto a que no quiera mostrar cómo soy. No es cuestión de pudores, sino de intereses. La felicidad, creo que a mi pesar, va viniendo más de dentro que de fuera. No hablo de mi círculo íntimo, ni siquiera de la gente que me rodea. De todo el que está a mi lado presumo, todos me reconfortan. Hablo, tal vez, de las grandes palabras que definen al mundo, al hombre, a la sociedad, las banderas, los discursos, el futuro común. Puede ser que los años vayan confirmando sigilosamente en mí, sin mi permiso, una cierta frustración a que sea posible cambiar realmente nuestro destino.Sea cierto o erróneo, la idea me duele. He leído tanto, he reflexionado tanto, he puesto tantas expectativas en todo... Que ahora la felicidad la encuentro en mi mundo, el pequeño, el que se llena de nombres y apellidos, de caras conocidas y cercanas, de sonidos que conozco, de paisajes que paseo. En mi música, mis libros, el ordenador con el que me enfrento a diario para expulsar mis miedos y mis ilusiones, ésas que no quiero perder muy a pesar de esa serpiente de piel dura en que me estoy transformando sin yo quererlo.

domingo, abril 05, 2020

Estado

Qué mal ha sonado siempre este 'palabro': Estado. A muchos les sonaba arcaico, comunista, torticero, corrupto, invasivo, castrador, casposo...

Al hombre hay que dejarle libre en su individualidad. Que emprenda, que produzca, que cree, que invente... El Estado es la carga que todo lo quiere vampirizar, el que cercena y quita los recursos, la piedra que cualquier persona brillante tiene en los zapatos, la roca con la que todo currante tiene que cargar.

¡Cuántos liberales no han soñado con un país libre de Estado! Donde cada uno se pague su seguro sanitario privado, donde los impuestos se reduzcan al mínimo; un país sin subsidios ni ayudas. Ni 'paguitas'. Un país sólo de banderas. Que cada uno se curre su propio camino. ¡Que se mueran los feos!

Ahora viene un bicho diminuto y todos andan corriendo, empujando al de al lado, al grito de '¡a mí el Estado!', como cuando de pequeños venía la ola gigantesca en la playa y salíamos aterrorizados vociferando '¡Mamá!'

domingo, marzo 29, 2020

Enterados

En momentos de crisis, y vivimos una de proporciones bíblicas, se muestra el verdadero rostro de las personas. En su mayor parte, reacciones que se definen con adjetivos solidarios, humanos, de compasión, de fuerza, de espíritu de equipo. Pero también salen de sus cavernas los amargados que se relamen con los paisajes de color negro, con el agravante de que un individuo gris hace más ruido que veinte soles.

Son ellos los enterados, los que sabían todo lo que iba a pasar, los que acusan, los delatores. Son, están entre nosotros, los que critican una acción y la contraria, aquéllos que vieron en sus bolas mágicas mascarse la tragedia, pero se lo callaron. Los que escupen sin preguntar, los que amenazan sin interesarse por nada que no sea su propia verdad, construida de prepotencia y asco.

Cuando los que no podemos hacer mucho más que quedarnos en casa observamos la bravura con que todos los que tratan de salvar vidas se comportan, no veo mejor actitud que la de alabar los esfuerzos y aplaudir cada noche. No se nos pide más. No es momento de disparar a las pantorrillas de quienes tienen la responsabilidad de sacarnos de ésta.

Tenemos la suerte de vivir en un estado democrático donde, cuando las aguas vuelvan a su cauce, cada cual tendrá la oportunidad de ser juzgado.