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salvador-navarro.com

sábado, noviembre 10, 2018

Dormidos

Pasaban unos minutos de las tres de la tarde cuando tomé asiento en un AVE abarrotado que me llevaba de Valladolid a Madrid. Yo andaba en mi mundo, componiendo la lista de invitados para la premiere de mi peli en Sevilla cuando comencé a conocer a esa mujer que, con pantalones cortos, mallas gruesas y una bolsa de golosinas en el regazo que vaciaba compulsivamente, explicó a todo el vagón, diciéndoselo a su teléfono, que era jefa de obra de varios trabajos en Bilbao y Pamplona.

Su asiento daba al pasillo y compartía una mesa central con tres pasajeros que podrían tener la edad de sus padres.

Hablándole a voz en grito por teléfono a su interlocutor aprendí cuánto cuesta enfoscar una casa de cien metros cuadrados, pude apuntar de haber querido los nombres de la gerencia de Urbanismo de Pamplona y escuché de su boca la agenda, ¡detallada!, de su semana siguiente en Madrid.

Mujer de taco fácil y ego alto.

Ya llegados a Segovia, tras casi una hora de griterío constante en que mezclaba de forma ansiosa llamadas personales con profesionales, tras ver las caras del personal a su alrededor a esas horas tempranas de la tarde no tuve más remedio que aprovechar una pausa entre grito y grito para decirle con toda la educación con la que me parieron:

-¿No ves que intentan dormir?

Ella me miró como si hubiese visto a un extraterrestre.

miércoles, octubre 31, 2018

Usurpadores

No son pocas las veces en que me cruzo, en mi transitar intenso por el mundo, con ellos. No todas las veces descubren mi mirada, pero cuando lo hacen se establece una corriente extraña de desnudez entre los dos.

Suelen ser especialmente eficientes con sus vidas laborales, se afanan como ninguno de sus compañeros, en tanto desarrollan sus virtudes para adaptarse realmente al traje que les ha tocado vestir.

Los veo en los aeropuertos, indicándome las instrucciones en el control de seguridad; en los restaurantes, cuando me señalan la mesa reservada; en reuniones de trabajo, mientras toman nota en sus tabletas de discursos soporíferos; en la caja de un supermercado, interesado en saber si quiero bolsas o no; en conversaciones de barras de bar, tomando la mano entre caricias de su pareja; en mañanas soleadas de parques, meciendo con dulzura el carrito del bebé.

De pronto un ramalazo de inseguridad, una mirada cruzada, un paso mal dado que lleva a un tropezón los delata y yo, de naturaleza curiosa, cazo al vuelo su gesto de terror.

¿Seré uno de ellos?

martes, octubre 09, 2018

Esperanza

Aunque me estrené con una ópera cómica de Rossini en el teatro Garnier, no fue sino hasta unos meses después, en la Bastilla, donde caí conmocionado a la belleza de Turandot.

No era posible conexión más hermosa con el alma humana, no cabía una emoción más incontrolable producida por un evento externo a mi vida personal.

Turandot aparece por todos lados en mis relatos, mis blogs, mis novelas, mis reflexiones acerca, sí, del sentido de la vida. Exagerado tal vez, pero un aria en un teatro de ópera es de los pocos momentos en que dudo acerca de la no existencia del alma humana. Si el hombre ha conseguido crear desde la sensibilidad más pura obras que llegan tan dentro, es que hay esperanza de que seamos más que carne con huesos.

Este pasado fin de semana de Rodríguez en Sevilla me sorprendió con la muerte de la Caballé, a quien no tuve la fortuna de escuchar en directo. Sin embargo apagué luces, rebusqué por la red y fui escuchando una a una todas sus arias, en escenarios de medio mundo. Su presencia rotunda, los enormes ojos negros, su risa infantil y ese llevarnos fuera de nosotros en prolongados pianísimos.

Hace nada que la enterraron en la tumba junto a sus padres, a la gran dama de familia humilde que nos maravilló gracias a su profunda sensibilidad. Ya descansa la niña catalana junto a sus padres, ya el final llegó al principio, pero nos deja, para romperlo todo, sus ojos negros mirando al infinito mientras canta a la esperanza con música de Vivaldi.

'La Esperanza'

sábado, octubre 06, 2018

Auriculares

Nuria nos insistió en que le diéramos una segunda oportunidad y así lo hicimos.

Su ambiente cosmopolita, el árbol en la barra de cócteles y las distintos niveles ya nos habían conquistado con su estética. Fallaba la comida.

A mí me resultaba difícil desconectarlo de las citas con mi antiguo editor, cuando la certeza de publicar en plan profesional definían un terreno de juego inesperado para mí. Allí, donde no existía aún el árbol de la coctelería, me citaba con contratos y su chupito de whisky, entre narraciones de su grandioso pasado en Barcelona.

Tardaron una infinidad en ponernos una cerveza.

Rodeados de una clientela heterogénea, bien vestida, madura y poco ruidosa, investigamos la carta sin muchas posibilidades de aclarar dudas con camareros que corrían, literalmente, recibiendo órdenes en sus auriculares. El de la cerveza no era el de la carta, el de la carta no era el de los vinos, a quien solicitábamos nos respondía con una sonrisa de no ser él la persona apropiada.

Nos explicaron el ceviche de gambón tan a la carrera que apenas comprendí qué comíamos. La presa, rica pero fría de esperas no sincronizadas, me hizo ver que la copa de vino se terminaba. ¿Quién era el del vino?

Por fin alguien me hizo caso, pero me llenaron la copa con el plato ya vacío de carne.

Voy a escribirles, porque sé que de Nuria nos volverá a convencer y para entonces quiero un micrófono de corbata para poder ir orientándolos acerca de mis necesidades de sentirme escuchado cuando me siento a cenar en un sitio tan guay. Se darán cuenta de que soy un cliente sibarita pero educado y les explicaré, entre plato y plato, que la gente no quiere carreras, sino cariño. Que con una sonrisa y dos guiños uno se toma una presa fría sin vino tinto. E incluso repite.

lunes, octubre 01, 2018

Pereza

Hay dos sentimientos que me repelen y se cruzan en mí de forma contradictoria: pereza y remordimiento.

No sé si porque en el fondo de mi sustancia soy una persona que se bate contra una parte remolona que suspira por una vida simplona como objeto de bienestar inalcanzable, sin saber distinguir qué es lo adecuado para considerarme plenamente realizado en este mundo complejo.

No son pocas las veces en que observo con envidia el ritmo ralentizado, y no por ello menos digno, con que algunos manejan sus vidas, abiertos a tardes de sofá desprovistas de argumentos para justificarlas.

No entiendo las horas sin rellenarlas de contenido y sé que eso me hace ser quien soy, ávido de vida revolucionada, consciente al mismo tiempo de que hay otros horizontes posibles sustentados en dejarse ir hacia pulsiones más relajadas que, al mismo tiempo, me atraen sobremanera.

En libros que leo o películas que veo deseo para los héroes una vida campestre como trofeo victorioso.

A pesar de que sé que soy, más o menos, quien quiero ser, la vida es elegir; aunque no son pocos los días en que me subleva esa pereza que sé potente en mí, tanto como me cabrea el remordimiento que me provoca rechazar el abandonarme al placer de no hacer nada.

Quisiera ser más fácil.


martes, septiembre 25, 2018

Círculos

El pasado sábado noche me asomaba, una vez más, al mágico acantilado de Nossa Senhora da Rocha. Allí las olas suenan contundentes entre gritos de gaviotas y el océano se ofrece tremendo iluminado por la luna cuando está llena. Me gusta grabar vídeos estáticos de ese escenario para regalarme futuros relatos de calma tumbado en la cama de cualquier hotel.

Esta vez, tras el puñado asimétrico de barcas de pescadores ancladas en mar abierto, alejada de la línea impresionista de reflejo lunar que escapaba hacia el horizonte, un círculo de luz asomaba a la superficie del agua, tal como si se proyectase desde las profundidades.

Con el silencio de las olas esperé paciente a que algo inexplicable ocurriese. Una bola incandescente subiendo, una invasión de círculos luminosos, un agujero negro abriendo una catarata.

Cuánto me gustaría que la realidad se partiera en dos fuera de toda lógica, retorcida en jirones de surrealismo aunque fuese por un día para pensar que es posible un futuro imposible, que hay margen para la magia de no pensar en que todo está escrito y así poder soñar otras alternativas a nuestros envejecimientos previsibles; regalarme con una esperanza de vivir vidas que se puedan dividir en tres o multiplicar por cuatro, salirme de las escalas del tiempo inmisericorde, retozar en paisajes ingrávidos y atravesar barreras inviolables para nuestras entendederas.

Cómo disfrutaría sabiendo que hay círculos luminosos sobre el agua del Algarve que hacen de las suyas por las noches.

viernes, septiembre 21, 2018

Mediocre

Una de las ventajas de madurar es que no sientes la obligación instintiva del joven por mantener contacto a todo precio con la gente cercana. Con los años vas conformando una alergia psicológica a determinado tipo de personas de las que rehuyes con elegancia en cuanto las ves aparecer.

A mí, por ejemplo, me subleva la gente quejica. Aquellos que no ven más que los vasos medio vacíos, que ponen en cuestión todo lo luminoso, que reniegan del mínimo poso de inocencia en sus vidas.

Son gentes sin metas definidas, por lo que dedican gran tiempo a reventar las de los otros; personajes ilusionados en la desilusión de los demás.

Me asustan quienes no tienen proyectos identificables, por nimios que resulten, y se dedican a sobrevivir.

No me valen aquellos que proyectan todas sus ambiciones en los hijos, esos son de los más peligrosos, porque no ya son sólo víctimas de su incapacidad para diseñar futuros, sino que quieren construírselos a quienes están en la época de imaginar un mundo enorme sin cargar con frustraciones ajenas.

Este tipo del que huyo no es numeroso, pero se encuentra por todos lados, no hay condición social, económica o nacionalidad que se le resista. Estos seres humanos a los que escuchas continuamente berrear acerca de lo mal que lo hacen los gobiernos, las empresas, los padres, los músicos, los azafatos, los conductores de autobús, los niños, los jefes y los abuelos.

Quienes más protestan son los mediocres.

martes, agosto 28, 2018

Respeto

A la muy manida frase de que viajar abre la mente es fácil darle sustancia cuando tienes la suerte de visitar Japón.

Convivir durante varios días con los habitantes de este país y recorrerte sus calles es una lección de vida sobre el margen de progresión que tenemos los occidentales en terrenos tan fundamentales como el respeto al prójimo.

Puede sonar a ciencia ficción, pero en diez días ni una sola persona, ya fuera hotelero, camarero, empleado de metro o ciudadano de a pie nos puso mala cara. No sólo eso, sino que todos se dirigen a ti con una sonrisa. Se respetan las colas de forma ordenada, se cede el paso a los mayores, no se arroja nada al suelo, no se escucha una sola conversación telefónica en el metro o en el tren, bien conectados a la red en todo momento, ¡no suena un móvil en los espacios públicos! Los baños están limpios, en los bares no se grita, se ofrecen a ayudarte en cuanto te ven dudar, no te cobran el billete si has cogido el trayecto equivocado en un autobús, se desviven si les preguntas algo.

Sí vimos a un chaval borracho tirar una lata al suelo, sí a una chica intentar robar un libro en una tienda de manga... No hay mundos perfectos mientras los habite el hombre, pero sí es posible organizarse en sociedad privilegiando el bienestar común.

Puedo sentir, a partir de anécdotas concretas, que son menos maduros en lo emocional o que tienen más limitadas sus capacidades para improvisar.

También a ellos, seguro, les viene muy bien viajar para encontrar otras maneras de entender este mundo inentendible.

Mi duda es si, cuando visitamos otros lugares, sabemos retener e integrar lo mejor de ellos. Si sabemos hacerlo con las defensas bajadas, abiertos a aprender, dispuestos a empatizar, animados por un espíritu de crecimiento personal.

Yo lo intento, y disfruto como un enano olvidándome de mí y de dónde vengo, sin temor a perder, aún, mis ganas infinitas de aprender.

lunes, agosto 20, 2018

Tanizaki

En un esperadísimo vuelo a Tokio he caído en las redes de Junichiro Tanizaki. Leído en dos horas su ensayo 'El elogio de la sombra', he sentido picos del placer que sólo da la lectura, el silencio y la reflexión.

Un intelectual es aquél que sabe abrir tu capacidad de raciocinio a territorios desconocidos por ti sin por ello hacerse incomprensibles.

Escrito en 1933, intuyo que de un tirón y sin esquemas previos, Tanizaki se plantea en voz alta qué habría sido de Japón de no haberse cruzado con un Occidente al que considera más avanzado y ambicioso. ¿Cómo habrían ellos inventado la luz? ¿Qué medios de transporte habrían ideado? ¿Qué cine? ¿Qué fotografía?

En pasajes preciosos donde explicita el éxtasis que puede suponer para un japonés oír el agua hirviendo previo a la ceremonia del té o el disfrute del primer sorbo a una sopa de miso en un cuenco negro lacado con ribetes dorados, nos plantea cómo seríamos cada uno sin habernos cruzado con los otros, cuánto hay de nosotros mismos en lo que somos, con las licencias que da la literatura para fantasear sociedades y vidas que no existirán, que ya no pueden existir, salvo en nuestra cabeza.

lunes, agosto 13, 2018

Mamarrachos

Lo grave no es que existan Trumps, Salvinis o Putins, todos tenemos cerca fanfarrones de medio pelo con genética parecida; lo desgraciado es que haya gente que los vote a mansalva, a estos que se vanaglorian de no tener otra ética que su narcisismo, ni más palabra que sus exabruptos.
Son personajes incultos que no conocen el pasado de sus países más que de oídas, que juzgan a los que no son de su nacionalidad como enemigos y que ven en el inmigrante al terrorista.
Imagino que todos ellos, no puede ser de otro modo, estarían catalogados, de ser tratados por un psiquiatra, como personas con deficiencias mentales que combaten sus propios males, sin conocerlos, a base de bravuconadas.
Estoy convencido que los países debemos dotarnos de herramientas contra el fanatismo, de modo que nuestros dirigentes estén vigilados contra el dislate que supone tratar al ser humano, sea nacional o no, como mercancía barata.
Se están cargando el futuro a golpe de testosterona.

martes, agosto 07, 2018

Sollozo

Estaba terminando mi reunión de departamento, tenía a los míos rodeándome para aclarar varios temas puntuales y vi parpadear el icono del Skype con el nombre de Sardasthi.

Como desde que regresé de Irán las cuestiones técnicas con ella las trataba alguien de mi equipo, supe en ese momento que ese pestañeo del Skype era un grito de socorro.

Con su inglés exquisito me preguntó si podía hablar de un tema personal conmigo, le pedí cinco minutos para estar a solas con ella.

-La situación es terrible en Teherán, Salvador.

Las amenazas de Trump se concretan en embargos y la gente se desespera una vez más. En febrero encontré un país motivado por resurgir, una juventud que abarrotaba las calles y un pueblo amable. Estaban los que hablaban con sumo respeto del líder supremo y quienes, protegidos por el inglés y una mesa apartada de restaurante, confesaban estar hasta el gorro del régimen religioso.

Hoy mi empresa está a punto de salir de allí por las coacciones de Trump.

-No te pido ayuda por mí, Salvador, sino por la gente de mi equipo. Haz lo posible por sacar a alguien de aquí. Perdemos el empleo, nuestro futuro, el de nuestros hijos.

Hoy escuchaba en la radio que la Unión Europea quiere hacer frente a las decisiones del Estados Unidos más retrógrado, que se recrea en el machaque de todas las oportunidades de concordia.

Él dirá una barbaridad, el ayatollah de turno otra más grande, a Europa le temblará el pulso y, entre tanto espectáculo canalla, Sardasthi volverá a su casa, con toda su capacidad resolutiva y liderazgo debajo del brazo, a la espera de una nueva luz.

domingo, agosto 05, 2018

Verdad

Siempre tuve tendencia a adornar las noticias graves, y así, con esa pátina de deseos conseguía endulzar informaciones pesadas de digerir.

Los muchos años de trabajo en mi empresa me han educado a ir quitando edulcorantes a los hechos, enunciarlos con la austeridad de los datos contables, objetivos y no opinables.

El maquillaje suele manchar cuando de comunicar se trata. Sazonar, ocultar o exagerar no suele obrar efectos positivos. Te hace perder credibilidad y provoca reacciones en el otro que no son las que proceden.

Si te ha ocurrido algo que te oprime el corazón, cuéntalo tal como es o no lo cuentes. Si ves que puedes echar un cable a alguien querido, háblale con toda la franqueza de la que puedas hacerte. Decir a un amigo lo que quiere oír suele no traer cosas buenas. Las claves son el tono y el momento.

Cuando se averiaba una máquina durante una hora yo le decía a mi jefe que había sido media; si alguien había llegado una hora tarde, yo decía que media; si provocábamos un incidente a un cliente yo le restaba importancia. Quería evitar conflictos.

Si alguien a quien quiero se le hace un nudo entender por qué las cosas no terminan de irle bien, yo le digo lo que observo con toda la empatía de la que dispongo. Porque quiero que hagan lo mismo conmigo.

La verdad, con ese sonido tan rotundo, es mucho más amigable cuando se la mira de frente. 

viernes, julio 27, 2018

Contadores

Independientemente de dioses, integro en pensamientos subconscientes el embrujo de una justicia universal que nos arropa desde no sabemos dónde. Algún mecanismo automático o apuntador omnipresente que toma nota, hace fotos, graba conversaciones y vigila cada uno de nuestros pasos. Discos duros espirituales con trillones de trillones de datos en los que contadores individuales almacenan sonrisas como puntos verdes y gritos como rojos, desplantes que descuentan, favores que incrementan. Memorias imparciales que nada olvidan en algún lugar del infinito espacio acerca de lo que fuimos, acotando nuestras virtudes como ventajas para calificar con limpieza comportamientos que no siempre son puros, aliviando las cargas negativas a quienes arrastran dolores congénitos de cabeza o ruinas familiares de las que no fueron culpables. Dispositivos que son más benevolentes con humanos nacidos en Uganda que con aquéllos que crecieron en California, aparatos empáticos que no se censuran, ni se estropean, que no juzgan con sesgo ni evalúan los reconcomes de miedo al vivir, sino que almacenan actos, posturas, alardes, besos y empujones sin atender a pensamientos que no saben descifrar; hadas electrónicas notarias de nuestras líneas de conducta.

El subconsciente tiene esos miedos que la razón ignora, aunque sus teorías sean todo lo difusas que su condición subterránea implica.

Mi subconsciente, en duermevelas pausados de soledades, quiere pensar que en algún lugar alguien sabe cómo fuimos, cómo estamos siendo; tal vez porque mi subconsciente tenga elaborada la teoría de que si no existiera esa justicia sabelotodo la gente no tendría escrúpulos en mostrar su peor cara a escondidas de la justicia humana.

miércoles, julio 18, 2018

Triturado

Cada vez que la mañana se complica en el trabajo, me escapo a un bar cercano para abstraerme del mundo con un buen desayuno. El único problema es que cambian mucho de personal y no terminan de quedarse con mis rutinas:

-Un batido de chocolate y media con jamón serrano y tomate.

-¿En rodajas o triturado?

-Tiru... tritru... rado

Hay veces que vengo con la frase preparada.

-Un batido de chocolate y media con jamón serrano y tomate tiru... tritru... rado

Hay una puerta de la fábrica por la que he pasado miles de veces, desde hace más de veinte años. No reparo en ella hasta que me la encuentro de frente y entonces me digo... es de empujar, es de empujar... Pero no. Es de tirar.

Hay genes rebeldes en mí, que se empeñan en provocarme siempre los mismos tropiezos.

Son dos interruptores en la cocina de Conil y uno alumbra un foco agresivo de luz blanca. Cuando acerco el dedo siempre pienso... es el de la derecha... y enciendo con el izquierdo la luz maldita.

Estos días de auditoría me hacen escribir tonterías para bajar 'estreses' que no son buenos. Uno de los técnicos que nos visitan se llama Mustafá, y yo debo presentarlo a mis compañeros conforme se desarrolla la semana de trabajo. Se dan la manos todos entre sí y cuando me toca introducirlo:

-Él es Mohamed.

Mustafá se ríe y le quita importancia, pero yo trato de abstraerme para no repetir el fallo. No me conoce para evitar pensar en mofas extrañas por mi parte. Cambiamos de zona, nuevas presentaciones... No es Mohamed. Es Mustafá. No es Mustafá.

-Os presento a Mohamed.

Hay frustraciones ocultas o defectos de fábrica. Tra-tre-tri-tro-tru... Sé decirlo. Seguro.

-¿El tomate se lo corto?

-¡No!

Maldito el momento en que le cogí manía a las rodajas de tomate.

domingo, julio 08, 2018

Foto

Cuartel general de mis sueños, esta noche volví una vez más a Manhattan, en un caluroso paseo de avenidas coloridas donde, sin previo aviso, me dieron la gran noticia de la visita de mi padre. Estaban mis hermanas como organizadoras y él preguntó por su nieto, que viajó con la velocidad sideral que permiten las reglas oníricas para acompañarnos a la subida de un Empire State que siempre tuve como asignatura pendiente con mi padre desde que muchos años atrás se me quedara sin respiración subiendo la Torre Eiffel. Entrar en la última planta imponía echar 3 monedas de dólar que no teníamos y a mí se me quedó enganchada la mano tratando de manipular el dispositivo para no perder la ocasión única de mostrarle la inmensidad de la ciudad.


Me desveló la luz de amanecer y me negué a irme sin enseñarle la Estatua de la Libertad, con esa gran suerte que tengo de poder entrar en mi otro mundo con la única fuerza de mis ganas de hacerlo.


Protestó por la muchedumbre en la estación de South Ferry, sin saber que yo estaba en un duermevelas entre lo real y lo deseado, disfrutando de su voz inconfundible y su irremediable impaciencia. Le busqué un hueco en la cubierta del barco y se asomó a la barandilla, frágil, para que el viento húmedo le moviera su pelo canoso. Me organicé con un turista para que nos hiciera una foto. Agarré su cintura esquelética a través de su chaqueta y él me pasó el brazo paternal por encima de mi hombro sin saber que yo me derrumbaba de volver a sentirlo.


La muerte, terrible, te quita placeres para siempre; pero quiero esa foto, es mía, agarrados en la cubierta del ferry con la estatua majestuosa detrás. Reivindico esa foto para la mutante casa de mis sueños. Es mía.