lunes, abril 17, 2017

Vivir

Mi trabajo, del que tan orgulloso me siento, como no podía ser de otra forma, me ha dado muchas oportunidades de crecer como persona; entre ellas, una que no tiene precio, la de conocer mundo. Visitar una fábrica de Renault en Brasil, Eslovenia o Turquía, o una de Nissan en Japón, México o Inglaterra no es sólo practicar tus conocimientos de inglés, francés o escuchar otra forma de recitar el español, ni comprobar diferentes maneras de afrontar la misma política de empresa. Viajar por cuestiones de trabajo es una forma diferente de conocer mundo, uno se quita el traje de turista y se siente integrado como uno más, aunque sea por unos días, en otra sociedad distinta; tomas cafés en máquinas donde se habla de temas comunes; ves cómo otros te integran en su forma de afrontar tareas encomendadas similares a las tuyas.

Son oportunidades, también, para compartir horas de charla, cenas, aeropuertos y paseos con compañeros de trabajo. Tengo en mi cabeza momentos memorables, como cuando fui con mi amigo Rivo a París y me tiré las copas de bourbon por encima con un resbalón, o el accidentado viaje con Elisa a Eslovenia en que entramos en Venecia sin saber que era carnaval, o el divertidísimo con mi tocayo Salva, recién casado, a Japón, cuando nos llevaron a un bar de alterne y él no hacía más que tocarse su anillo recién estrenado, o el mes circulando por todo Asia con Pablo, comiendo serpientes en China y untándonos de pintura en la India.

Hay una persona con la que, especialmente, resulta divertido viajar. Se llama Fernando. De hecho, es una bendición trabajar con gente que siempre tiene una sonrisa en la boca y predisposición a solucionar los problemas que se presentan sin plantear excusas.

En el último viaje con él, hace pocos días, me vino a decir que había cosas que no le gustaban de mí como jefe, que no me quiso contar, aunque yo las intuya. Sin embargo, sí insistió en decirme qué admiraba de mí. Yo, azorado, le pregunté qué era.

-Tus ganas de vivir, Salva.

miércoles, abril 05, 2017

Indulgencia

No olvidaré el artículo de una jueza en una revista dominical: 'no hay que llamarse a engaños, hay gente mala malísima'.

Es cierto que en la vida estamos, casi todos, en una carrera loca por escapar del influjo de lo negro, lo dañino, de las personas que sabes que te la pueden jugar porque necesitan hacer sangre para saciar su odio a la vida. ¡Pero son pocas! Ocurre que, cuando algún hecho lamentable se produce, miramos al colectivo como envenenado, cuando son dos los que ponen las bombas.

Yo he conocido gente mala, no sé si malísima. He construido mis relaciones evitando la compañía de este tipo de personajes esquizofrénicos, que se regodean en las disculpas de los males cometidos para volver a pegártela en cuanto vuelves a su redil. Me vienen al menos dos caras a la cabeza. Pero no más.

Con el resto, donde me incluyo, practico la indulgencia. Me enternece, en cierta medida, la imperfección humana. Cuando coges una mentira, o te cogen en un renuncio; los sentimientos contradictorios, las promesas incumplidas, los falsos propósitos sinceros, la mentira piadosa; el creerte más de lo que eres, en nuestros millones de particulares centros del universo; las lágrimas de cocodrilo, los golpes en el pecho exagerados, las maldiciones de boquilla.

Nos debemos un poco de indulgencia, a nosotros mismos, humanos defectuosos que nos pretendemos dioses, que vivimos nuestra existencia caduca con la dignidad propia de quien no quiere entender que somos una efímera partícula volando en lo inmenso de la eternidad.

sábado, marzo 25, 2017

Liturgia

Mi agnosticismo es a prueba de bombas, bien asentado en las reglas básicas de la razón y respetuoso con el pensamiento ajeno.

Hay en mí, en cambio, una particular devoción por la liturgia de las religiones. Hace casi un año quedé postrado en una silla de una iglesia florentina silenciosa, a oscuras, inundada de incienso, con las figuras tapadas de terciopelo, en la celebración de unos actos propios del Jueves Santo. Se repetían unos rezos por parte de mujeres vestidas de azul, como virgencillas, arrodilladas en el suelo de mármol y orientadas hacia una pequeña capilla lateral, único foco luminoso de la imponente iglesia de San Gaetano. Quedé transportado a una parte interior de mí que no suelo visitar.

Hago por entrar en las iglesias de las ciudades que visito, tengo la costumbre de hacerlo en las de mi ciudad. Me siento a disfrutar de su belleza. Me recreo en sus silencios.

Sé que el hombre, por tanto yo, no tiene argumentos para demostrar la existencia, o inexistencia, de un Dios. Admiro, aún así, el afán del ser humano por acercarse a él.

Me subyuga participar en liturgias construidas durante cientos de años, perfectamente sincronizadas e integradas en aquéllos que las practican, en busca de la conexión con ese ser supremo. De ahí que cuando me acerco a esa escalera de lo litúrgico, me apetece subirla con toda mi alma puesta en ello, para aproximarme a la frontera última a la que el hombre ha llegado con idea de asomarse a la mirilla con la que observar a quien nadie nunca ha visto.

jueves, marzo 16, 2017

Amargor

Llego al aeropuerto el pasado viernes al mediodía. Reconozco que estoy especialmente contento por salir de viaje. Hay poca gente para ser comienzo de fin de semana.

- No hay mucho movimiento, ¿no? -comento a la azafata de facturación.

No hay respuesta por su parte.

Una hora después, es ella misma quien toma mi tarjeta de embarque. Le doy las gracias.

No hay respuesta.

Esa misma noche llego a Venecia. Busco un restaurante en el que cené con Elisa. No lo encuentro. Entramos en una 'ostería' clásica a las espaldas de San Marco. Nos atiende un camarero que bien podría tener 70 años. La espalda encorvada, un caminar dificultoso entre las sillas y una sonrisa en la boca. Nos explica con paciencia, en un español aprendido en años de turismo impersonal, las especialidades de la casa. Cada diez minutos se acerca sonriente.

-Tutto bene?

-Tutto bene.

Es mucho más costoso no ser amable. Ser amable no aporta sino beneficios para la salud. Es barato y contagioso, reconfortante, te hace crecer, subes dos centímetros de estatura, pierdes años, ganas en admiración de los demás, sientes el poder de la vida.

viernes, marzo 10, 2017

Venecia

La primera vez que pisé Venecia entré en ella sin saber que estaba dentro. Apresurado en mi viaje hacia Eslovenia, llegué con el coche de alquiler a Piazzale Roma, lo dejé con las llaves puestas, desconfiado, en un parking cutre donde me mostraron todos los vehículos con sus llaves, para convencerme, y me adentré a la carrera. De golpe, el Gran Canal, a mis pies; un fogonazo brutal que aún perdura, arrollador, en mi memoria. Atemorizado por perder el coche, troté, borracho de belleza, siguiendo las indicaciones que me llevaban al Puente Rialto. Cruzaba canales, atravesaba soportales, olía la comida de mediodía bajo un sol espectacular. No hay emoción como la de atravesar Venecia por vez primera. Compré un trozo de pizza que comí extasiado ante la Basílica dorada de San Marco. Volví por el Puente de la Academia hasta dar con un coche que no sirvió sino de acicate para enamorarme de la ciudad en carne viva, deprisa, deprisa.

Hoy, tras muchas otras visitas, pausadas, y varios años sin meterle mano, vuelvo a ella, a dejarme de nuevo erotizar, poniendo a prueba mi capacidad de sentirme desarbolado por su mirada, en un juego de verme en el espejo de sus encantos, falsos, eternos, retadores, sibilinos, majestuosos. A la vieja socarrona Venecia, dada tantas veces por muerta y enterrada.

Quiero ver si sigo siendo aquél que se estremece ante la grandeza de lo sublime. Retozar entre sus muros para hacer valer mi derecho a decidir que nunca renunciaré a la vida.

jueves, marzo 09, 2017

Péndulo

Los mayores beneficios se consiguen de aquellas terapias a las que uno llega, que incluso construye, a partir de las experiencias propias; entendiendo por terapias aquellas rutinas a las que nos abrazamos para encontrar nuestro equilibrio personal.

No sé cómo se ha producido en mí, pero hay una cierta metamorfosis en mi forma de enfrentar los tiempos que me lleva a practicar, sin haberlo pretendido, la tan cacareada meditación venida de la cultura oriental, asociada al yoga o al budismo. Sin imposiciones externas ni reglas de funcionamiento, mi cuerpo, encabezado por mi mente, busca espacios de silencio en los que encontrarse, en una huida involuntaria de cualquier factor externo. Adorar el silencio como mantra motivador, bucear en lo más recóndito de mí para establecer una armonía imprescindible para tener una vida coherente.

La sociedad, como sujeto, acabará también encontrando sus terapias. Está sometida a tal revolcón de estímulos que debe reaccionar por mera supervivencia. No puede crecer exponencialmente el tantán de la cotidianidad sin que acabemos desestructurándonos como pueblo. Tengo la certeza de que la pervivencia de la especie humana debe venir de una reacción colectiva, en una evolución natural, innata, sutil y espontánea, contra el torbellino de excitaciones que sustraen al colectivo del necesario espíritu reflexivo para admitir que no podemos seguir aumentando la escalada tecnológica sin saber hacia dónde caminamos ni para qué.

El péndulo tendrá que girar.

sábado, marzo 04, 2017

Sugestión

Sin que nadie me oiga, practico una técnica sencilla que produce muy buenos efectos, en estos tiempos en que nos hemos vuelto tan refinados. Consiste en algo tan simple como lo es el dar una opinión radicalmente positiva en cuanto, estando entre gente amiga o conocida, da comienzo una comida, asistimos a una exposición, damos un paseo por un pueblo o se conoce a una persona nueva venida de  otros entornos.

'¡Qué rico está este vino!' (el vino debe estar decente). Condicionas al resto para así evitar que el entendido de turno ponga cara de cuerno y haga que todos nos contagiemos de la supuesta mediocridad de la bebida. Darán el sorbo de rigor influidos por tu comentario y les sabrá a gloria. 'Esta chica es encantadora' es otra frase que conjura las críticas propias de a quien nadie le cae bien. Funciona, incluso, con la meteorología. Siempre llega el cansino de turno para amargarnos con un 'vaya día de perros', cuando tú lo has podido neutralizar previamente diciendo 'cómo me gustan los días fresquitos'. Es especialmente útil cuando acudes a una exposición de arte contemporáneo. Si al ver el primer cuadro comentas un 'qué buen rollo me transmite', rápidamente inoculas el virus de la belleza en la mirada de los otros y terminan haciendo fotos de recuerdo a cada pintura.

Vaya, me he delatado...

miércoles, febrero 22, 2017

Ambición

Tengo una teoría aún no del todo desarrollada que versa sobre la ambición.

Como toda teoría, tiene fundamentos experimentales. Salvo excepciones, pienso que llega más lejos aquel que piensa en la perfección del presente. Quien cree en la excelencia de su trabajo diario o quien echa toda la carne en el asador de sus relaciones personales de hoy, aquí y ahora.

Es imprescindible para ser una persona completa tener un proyecto de vida. Las ilusiones son la zanahoria que nos hace tirar hacia delante, no hay discusión al respecto; pero la fórmula más cercana a una perfección que no existe pasa por potenciar la brillantez en el tiempo en el que vivimos. No podemos contemplar el éxito personal como meta si no entregamos nuestro esfuerzo en construir un presente sin parapetos.

No hay nada más lejano a las ecuaciones matemáticas que la existencia humana, ni reglas que determinen qué será de nosotros en función de cómo nos comportemos. Todo se puede poner patas arriba en cualquier momento y debemos estar preparados para ello. Partiendo de esa base insoslayable, la de la aleatoriedad de un chaparrón de condicionantes que nos determinan, soy de los que piensan que no hay mejor receta para ser una persona válida que la de mantener la coherencia en el día a día con nuestros principios, la de currarnos un presente excepcional y apasionado para no lamentar haber perdido el castillo futuro construido en nuestros sueños de justicia personal y merecimientos teóricos que nos hagan convertirnos en amargados por lo que debiera haber sido y no fue.

sábado, febrero 18, 2017

Dios

No tengo fisuras en lo que a mi agnosticismo se refiere. No puedo asumir ninguna creencia más allá del mundo terrenal que conozco.

He sido educado, sin embargo, en el catolicismo. En mi mente infantil se sembró un relato, muchas veces hermoso, otras tenebroso, de premios y castigos.

El otro día, durante décimas de segundo, tras una discusión fea, se me apareció de nuevo Dios. Me reprobaba, imagino. Ese Dios de los cristianos que habita en los que nos hemos criado con su presencia. Esa figura que, aunque no queramos ni creamos en ella, se cuela de estrangis para juzgarnos.

Puede llegar a ser ridículo que en los pliegues más recónditos de nuestro raciocinio, desplegado en circuitos hackeados de nuestra materia gris, hayamos creado, sin pretenderlo, a ese Dios imaginario que rechazamos, para toparnos con él en las soledades de nuestra habitación a oscuras, una figura holográfica que nos riñe y nos dice, 'ven a mí', 'no seas malo', 'yo cuido de ti'.

domingo, febrero 12, 2017

Ventanilla

Sólo un tercio de los asientos de un avión estándar tiene ventanas.

Recuerdo un comentario que hacía mi madre acerca de un viaje a Galicia con un matrimonio amigo: 'Atravesábamos unos paisajes tan diferentes de Andalucía, ¡y ella iba leyendo el Lecturas!'

No sé hasta qué punto mi rareza, pero no entiendo que la gente no dé bofetadas por coger ventanilla en el avión. Ese placer inmenso de ver el mundo desde arriba parece que gran parte del género humano lo considera normal, contemplar cordilleras nevadas o grandes valles, las costas arenosas, los pueblos escondidos, tratar de adivinar qué ciudad es ésa, qué río aquél. Aun cuando las nubes lo tapan todo y juegas a imaginar cómo de oscuro estará ahí abajo, cuánto frío no hará allí donde no termina de calentar el sol; incluso cuando todo es igual, aun cuando es noche cerrada. En mi mente almaceno largos viajes sobre el Atlántico, con todo el pasaje dormido y yo asomado al gran balcón que me ofrece mi ventana para ver el océano a mis pies, con la luna sola, para mí, mostrándome lo pequeño que somos; cruzar los Andes y ver los lagos turquesas escondidos entre cumbres heladas; sobrevolar el Amazonas viajando hacia Bolivia, tapado con una manta y viendo amanecer con el sol proyectándose sobre un manto verde infinito; imaginar los tiburones durmiendo alrededor de un Puerto Príncipe iluminado en medio del Caribe; emocionarme con islas diminutas repartidas en un mar de Indonesia tan azul que no lo distingues del cielo, en una suerte de levitación en que todo podría acabarse y hacerlo bien; saltar el mar de Japón desde Corea con un gintónic hasta divisar tierra nipona y contemplar los pequeños templos desperdigados entre sus montañas; aterrizar por primera vez en Nueva York y admirar la inmensidad de esa urbe con la que tanto sueño desde que la pisé; ver acercarse el Teide cuando vas a Canarias, o entrar en la hermosa costa de Huelva y su espectacular Coto de Doñana al volver de allí; despegar de Ciudad de México para alucinar con la vastedad de una tierra maltratada, donde sobreviven colinas no urbanizadas de épocas grandiosas; saborear los momentos en que el avión balancea para tomar tierra, instantes de cosquillas en que se atraviesan los algodones de nubes para asumir con orgullo lo lejos que ha llegado el hombre, para felicitarme por haberlo sabido siempre disfrutar.

sábado, febrero 11, 2017

Excusas

La dignidad es necesaria, la humildad aún más.

Somos, los humanos, expertos en excusarnos. Nos disgusta admitir el error propio. 

Tengo en mi mente numerosos ejemplos de meteduras de pata imperdonables con terceras personas en las que estuve, como poco, desacertado, en muchas ocasiones injusto, situaciones en las que utilicé la información a mi conveniencia, para jugar a mi favor.

Mi mente, cuando acudía a esos recuerdos, tendía a encontrar el argumento para justificar mi conciencia. 'Le grité porque me gritó', 'lo ridiculicé porque se lo merecía', 'lo desprecié porque me falló'.

Llevo tiempo dedicado a trabajar el perdón propio, que no pasa sino por practicar una acción bien simple, nada costosa. Cuando alguien critique algo en mí que está mal, debo admitirlo. No es cuestión de hacerlo por santidad, sino por egoísmo. Buscar los 'es que...', los 'sí, pero...', los 'déjame que te explique...' son esfuerzos que me ennegrecen, consumen mi energía y desbordan mis principios.

'Salva, no es justo cómo me has hablado'.

'Tienes razón. Lo siento'.

Es egoísta, porque lo hago principalmente por mí. Sale gratis, purificas tu corazón y sacas una sonrisa sin pliegues en la persona que se interesa, seguramente sin saberlo, por hacerte crecer.

domingo, febrero 05, 2017

Ridículo

Tengo devoción por mis verdaderos amigos y Carmen Tamayo ocupa un lugar privilegiado entre ellos, porque la quiero, la admiro y me aporta luz.

Siempre enredada en proyectos creativos, esta licenciada por la Escuela de Interpretación de Cristina Rota, compagina su trabajo como coordinadora en un centro de personas sin hogar, como trabajadora social que es, con la dirección de una compañía teatral para adolescentes en su pueblo.

Hace pocos días inauguró, junto con un par de socios, un centro cultural en un barrio humilde de Sevilla donde crear cultura: teatro, fotografía, cine, literatura, música. Todo tiene cabida allí.

-Salva, empezamos fuerte con un intensivo de teatro todo un fin de semana. Cuento contigo.

Allí estaba yo. Por ella y contra mi sentido del ridículo. Entregado e incómodo a la vez. 12 alumnos que nos citamos en ese espacio de la Macarena un viernes por la tarde, con más vergüenza en el cuerpo de la que queríamos reconocer.

Extirpando nuestros prejuicios con mucha música, coreografías imposibles, a base de hacernos gritar, inventar vehículos con que desintegrarnos, utilizando nuestros textos, animándonos a llevar objetos personales, provocando abrazos, Carmen nos ha ido llevando a un territorio en el que no pensar tanto en el qué dirán para concentrarnos en el qué sentir y cómo transmitirlo; nos ha arrimado al país donde se escucha de verdad, aquél en que los humanos alejan sus tonterías para rozarse sin mirar qué ropa llevas o cuántos años acabas de cumplir. Nos ha hecho abrir los cajones atascados de nuestras emociones para convencernos de que se pueden airear al viento sin complejos, porque nadie se va a asustar de ver en ti lo que ellos esconden, sin querer, de sí mismos.

Anoche, tras una cena con amigos, me abrí un pasillo en el bar de copas para mostrar mi coreografía entre el asombro general de quien me conoce.


martes, enero 31, 2017

Atormentado

Quizás esté especialmente sensible estos días, aunque si echo la vista atrás aparecen no pocas personas que se han cruzado en mi vida con la tipología del atormentado.

Reconozco mi querencia de otras épocas por ese estereotipo de personas que me ganaban con sus desgracias, algo así como si me purificara escuchándolos, una suerte de terapia de choque para minimizar mis problemas. Afortunadamente esa actitud en mí quedó enterrada en la juventud; lo hizo desde que descubrí que la supuesta terapia no era sino un sumidero de vitalidad descontrolado.

Hay gente que se condena en vida. Se recrea en su mundo de complejos, se agarra a sus debilidades como martirio, incapaz de ver la luz del día ni su sonrisa en el espejo. Lo más grande es que muchas de ellas tienen un trabajo, no padecen ninguna enfermedad importante, viven en ciudades amables, tienen incluso muchos atractivos que compartir.

Son carne de cañón porque se agarran a la parte mala de los demás, se aventuran a jugar con sus miserias como señuelo para llegar al otro, te seducen con la pena de su incapacidad para abrir los pulmones de lleno, sin darse cuenta que cuando te agarran te manchan, chantajeando ¡sin querer! la parte de ti que está dispuesta a dar sin recompensas.

lunes, enero 23, 2017

Bimba

41 años de transgresiones, de ver vivir vidas poco habituales, de construirse un futuro de mujer distinta, de aprovechar un cuerpo andrógino, unas facciones duras, de elegir y disfrutar esta única vida que tenemos.

Sospechamos el dolor intenso, la muerte a pellizcos, imaginada tan de frente que hasta se ven sus curvas, tan certera en su caminar hacia ella que se le ven los ojos; recreadas mil veces las escenas del después cuando no estás, de tus niñas creciendo con tu recuerdo; los recortes de revistas, los vídeos musicales, los pases de modelos, tatuajes, descaro, sinvergonzonería, provocación, ansias de comerse el mundo.

Maldito cáncer insensible, asesino, demonio infinito, castigo injustificable, veneno perverso. Benditas las criaturas que lo sufren, que se rebelan, que se agitan a patadas contra un enemigo que se ríe, rata amargada de odios inentendibles. Bendito el que se arma contra la muerte en plena vida, que lucha por los suyos aun en batallas perdidas.

Un aplauso por los que batallan contra el infierno en vida. Os queremos, nos dais el sentido de la existencia. Somos de vosotros.

viernes, enero 20, 2017

Tiempo

Una de las frases más repetidas de la época en que nos ha tocado vivir es la de 'no tengo tiempo'. No tenemos tiempo, nos decimos. Lo malo no es decirlo, sino creérselo. Volvernos víctimas de una frase lapidaria falsa.

Los días pueden ser extraordinariamente largos si los aprovechamos, lo que ocurre es que somos poco ambiciosos con nuestras pretensiones. Si uno se plantea que la mañana del sábado la dedica a hacer la compra, esas largas horas matinales se le harán poco productivas porque sólo tiene una tarea con la que rellenarla.

Puede parecer contradictorio, pero estoy convencido de que quienes más se quejan de la falta de tiempo son los que menos actividades realizan y victimizan sus excusas aparándose en esa dimensión intocable, subjetiva y voraz que son las 24 horas del día. Incapaces de comprometerse a nada por falta de tiempo y lamentarlo desde el fondo del sofá con el mando de la tele en las manos.

Cuando, en cambio, amanecemos con varias tareas por delante, diversas, proyectos personales, culturales, laborales, sociales, deportivos, sensuales... nos damos cuenta de cómo de fácil puede resultar estirar una sola tarde.

Yo sólo me quejo del tiempo, en lo más íntimo, con un solo motivo: no disfrutar más de la gente que quiero.