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salvador-navarro.com

lunes, junio 11, 2018

Claridad

Si desgajamos la asertividad en ingredientes, uno de ellos es el hablar claro. Está también la empatía, la educación, el tacto, la escucha.

Aprecio enormemente a la gente asertiva, tal vez porque deba aprender mucho de ella, y especialmente a aquélla que se expresa sin contemporizar, que no da vueltas en redondo para no decir lo que su interlocutor no llega a interpretar.

Hace mucho más daño andar con rodeos que mirar a los ojos y decir lo que uno siente acerca del otro. Sin necesidad de aleccionar ni mostrarse en posesiones de la verdad que no existen.

Son numerosos los recuerdos, más frecuentes cuanto más joven era, en que perdí oportunidades de expresarme de frente acerca de mis posicionamientos interiores respecto a gente que fue importante para mí. Cuando estas certidumbres internas no enganchan con tus gestos, tus acciones, las miradas hacia aquél que enfrentas, todo se pudre, empezando por la confianza.

Es mucho más parecido a la Vida el quitar filtros que ésta no tiene. La vida es salvaje, transgresora, no tiene piedades, te reta, es directa, no tiene estrategias, impone, golpea, maravilla y no avisa, te revolea, es azarosa, contundente, no tiene reglas, te enamora, te chulea, se ríe de tus proyectos, no se casa con nadie, te da cancha y te ningunea. Somos más vivos cuanto mejor nos mimetizamos con ella para ofrecerle a la gente que queremos el espejo en que ellos se reflejan sin que nos escondamos a la sombra, ni nos pongamos de costado, ni empañemos el cristal de las verdades propias que necesitan encontrar en nosotros. 

Siempre pincelada por el amor, a mí me gusta ver en quien me quiere la imagen que tienen de mí, no la que piensan que yo quiero ver.

jueves, junio 07, 2018

Quoi

Cuando llegué a París, para instalarme a vivir allí durante unos años, comprobé la distancia sideral entre un idioma aprendido, en mi caso con fascículos de Planeta Agostini, y el que se habla en la calle. Entendía con cierta claridad lo que se hablaba en reuniones de trabajo, más cuanto más formales eran, pero me quedaba a cuadros en las charlas junto a la máquina de café. No pillaba una.

Los atascos parisinos, inmensos, me hicieron ganar en paciencia, algo que no es mi fuerte, y en mi capacidad de escucha. Esas dos o tres horas diarias encerrado desesperadamente en el coche me sirvieron para hacerme con la lengua a partir de programas de radio. Entrevistas, debates o programas humorísticos que me abrían puertas a un idioma del que me fui enamorando a partir de que comencé a introducirme en sus sutilezas.

Sin embargo había expresiones, casi todas callejeras, que me sacudían. Yo las repetía como un mono en conversaciones sin saber ni cómo se escribían y observaba las reacciones. Brigitte a veces me miraba con sus grandes ojos pintados de celeste.

-'¡Salva! eso es un taco muy feo' -y me traducía al oído la grosería que yo acababa de soltar sin saberlo.

Un día le pregunté cómo traducir ese 'quoi', pronúnciese 'kuá', que casi todo el mundo colocaba, tarde o temprano, al final de alguna frase. 'Je viens de manger, quoi'. Ella me decía que eso era de gente malhablada. Una coletilla que no aportaba nada y era una forma de ensuciar el francés. Entonces yo esperaba el momento a que ella lo dijese.

-¡Lo has dicho!

-¡¡¡No!!!

-Sí, lo has dicho.

Nunca lo reconocía. Intenté traducirlo al español, más aún, al andaluz. Vendría a ser el '¿sabes?' que remata una frase y que por aquí muchos acaban pronunciando como... ¿abe?, o el 'vamos' final que no viene a decir nada. 'Que no viene a decir nada, vamos...'

-Estuve anoche en el cine, 'abe'

-¡Lo has dicho!

-¡Sí, hombre!

No. No vemos los 'quoi' más que en los otros. El malhablado siempre es el otro, ¿abe?

Quoi

Cuando llegué a París, para instalarme a vivir allí durante unos años, comprobé la distancia sideral entre un idioma aprendido, en mi caso con fascículos de Planeta Agostini, y el que se habla en la calle. Entendía con cierta claridad lo que se hablaba en reuniones de trabajo, más cuanto más formales eran, pero me quedaba a cuadros en las charlas junto a la máquina de café. No pillaba una.

Los atascos parisinos, inmensos, me hicieron ganar en paciencia, algo que no es mi fuerte, y en mi capacidad de escucha. Esas dos o tres horas diarias encerrado desesperadamente en el coche me sirvieron para hacerme con la lengua a partir de programas de radio. Entrevistas, debates o programas humorísticos que me abrían puertas a un idioma del que me fui enamorando a partir de que comencé a introducirme en sus sutilezas.

Sin embargo había expresiones, casi todas callejeras, que me sacudían. Yo las repetía como un mono en conversaciones sin saber ni cómo se escribían y observaba las reacciones. Brigitte a veces me miraba con sus grandes ojos pintados de celeste.

-'¡Salva! eso es un taco muy feo' -y me traducía al oído la grosería que yo acababa de soltar sin saberlo.

Un día le pregunté cómo traducir ese 'quoi', pronúnciese 'kuá', que casi todo el mundo colocaba, tarde o temprano, al final de alguna frase. 'Je viens de manger, quoi'. Ella me decía que eso era de gente malhablada. Una coletilla que no aportaba nada y era una forma de ensuciar el francés. Entonces yo esperaba el momento a que ella lo dijese.

-¡Lo has dicho!

-¡¡¡No!!!

-Sí, lo has dicho.

Nunca lo reconocía. Intenté traducirlo al español, más aún, al andaluz. Vendría a ser el '¿sabes?' que remata una frase y que por aquí muchos acaban pronunciando como... ¿abe?, o el 'vamos' final que no viene a decir nada. 'Que no viene a decir nada, vamos...'

-Estuve anoche en el cine, 'abe'

-¡Lo has dicho!

-¡Sí, hombre!

No. No vemos los 'quoi' más que en los otros. El malhablado siempre es el otro, ¿abe?

lunes, junio 04, 2018

Quoi

Cuando llegué a París, para instalarme a vivir allí durante unos años, comprobé la distancia sideral entre un idioma aprendido, en mi caso con fascículos de Planeta Agostini, y el que se habla en la calle. Entendía con cierta claridad lo que se hablaba en reuniones de trabajo, más cuanto más formales eran, pero me quedaba a cuadros en las charlas junto a la máquina de café. No pillaba una.

Los atascos parisinos, inmensos, me hicieron ganar en paciencia, algo que no es mi fuerte, y en mi capacidad de escucha. Esas dos o tres horas diarias encerrado desesperadamente en el coche me sirvieron para hacerme con la lengua a partir de programas de radio. Entrevistas, debates o programas humorísticos que me abrían puertas a un idioma del que me fui enamorando a partir de que comencé a introducirme en sus sutilezas.

Sin embargo había expresiones, casi todas callejeras, que me sacudían. Yo las repetía como un mono en conversaciones sin saber ni cómo se escribían y observaba las reacciones. Brigitte a veces me miraba con sus grandes ojos pintados de celeste.

-'¡Salva! eso es un taco muy feo' -y me traducía al oído la grosería que yo acababa de soltar sin saberlo.

Un día le pregunté cómo traducir ese 'quoi', pronúnciese 'kuá', que casi todo el mundo colocaba, tarde o temprano, al final de alguna frase. 'Je viens de manger, quoi'. Ella me decía que eso era de gente malhablada. Una coletilla que no aportaba nada y era una forma de ensuciar el francés. Entonces yo esperaba el momento a que ella lo dijese.

-¡Lo has dicho!

-¡¡¡No!!!

-Sí, lo has dicho.

Nunca lo reconocía. Intenté traducirlo al español, más aún, al andaluz. Vendría a ser el '¿sabes?' que remata una frase y que por aquí muchos acaban pronunciando como... ¿abe?, o el 'vamos' final que no viene a decir nada. 'Que no viene a decir nada, vamos...'

-Estuve anoche en el cine, 'abe'

-¡Lo has dicho!

-¡Sí, hombre!

No. No vemos los 'quoi' más que en los otros. El malhablado siempre es el otro, ¿abe?

viernes, mayo 25, 2018

Patria

Vivo con tanta desazón determinadas dinámicas del mundo actual que me está ocurriendo algo impensable en mí: rehuyo las noticias, las miro de reojo, me empieza a dominar la sensación de que atravesamos una época fea en que todo gira en círculos retrógrados. Yo no quiero sentirme así. Siempre he creído, honestamente, que la sociedad evoluciona en positivo. Porque es un hecho que hay menos guerras que nunca, más derechos que nunca, avances médicos y tecnológicos como nunca hubo. Hemos tenido la suerte de vivir una era de transformación en todos los campos imaginables que multiplica por diez, cien, ¡por mil!, las velocidades de ningún tiempo pasado.

De ahí que cuando veo en las portadas de los periódicos la cara a Donald Trump, Kim Jong-Un o Taryp Erdogan se me revuelve físicamente el estómago; algo a lo que no son ajenos los políticos de mi país, llenos de contradicciones, prejuicios y soberbias.

Estoy convencido que una de las principales raíces de esta involución está en la patria, ese concepto maleado que se inculca al ser humano desde pequeño para hacerle ver que su tribu es la buena, por encima de algo tan evidente como es el hecho de que somos una especie única en la inmensidad del universo. El sistema educa en la diferencia con el francés o el chino en base a un porcentaje infinitesimal de cosas que nos distinguen en relación con lo ilimitado que nos une con el francés o el chino. La vanidad del nacionalismo es veneno que se vende gratis, que se te agarra a las venas y te revienta las entendederas para no aceptar que sentirse mejor que el otro por haber nacido más allá de la frontera es de imbéciles avanzados.

Sólo admito en mi moral, tan respetable como cualquier otra, al patriota que lo es por el simple hecho de querer a su gente. Y ya me cuesta horrores. Cualquier paso más allá es peligroso.

Mi patria es la gente de mi tiempo, la generación con la que convivo, aquéllos que estamos viviendo esta transformación brutal de un mundo abducido por la tecnología buscando su lugar en la historia. Yo te puedo querer más por tenerte cerca, por el roce y las risas, por las vivencias en común, pero no te puedo creer mejor o peor por haber nacido a mi lado.


martes, mayo 15, 2018

Aburrido

Lógico en edades del pavo, cuando la sangre fluye rápido y los despistes son mayúsculos, el aburrimiento es para mí un estado que enarbolan personas en las antípodas de aquéllas que me resultan atractivas.

Es sano tirarse en el sofá para hacer nada una tarde cualquiera, disponer tu cuerpo y mente a abstraerse de todo lo externo para levitar por espacios donde no hay reglas ni obligaciones. De hecho, creo que se ejerce poco el arte del 'dolce far niente'; lo triste, a mi entender, es cuando uno llega a ese estado casi vegetal con demasiada frecuencia y por carencia de alternativas personales.

No tener en el intransferible maletín de pequeños, o grandes, placeres un juguete particular del que tirar es para hacérselo mirar, porque si hay algo que nos pertenece es nuestra capacidad para inventar enredos de los que hacernos protagonistas con tal de construir vidas divertidas, entre las que mirar al techo o empaparse infumables programas de televisión no dejan de ser opciones de escasa riqueza.

La curiosidad, el ejercicio, la inventiva, el deseo de aprender, la competencia personal deberían ser asignaturas obligatorias de por vida, pagadas por el seguro para quien carezca de ellas. Meneadores profesionales pagados por el Estado para zarandear vidas insulsas que no tienen otra excusa para ser así que la predisposición íntima al lamento de quienes piensan que todo lo bueno le pasa a los otros.

jueves, mayo 10, 2018

Invisibles

De nuevo Carmela me propuso y de nuevo le dije sí, porque tengo la suerte de tener gente a la que puedo decir sí sin saber cuál es la propuesta.

Me citó a las 8 de la tarde en la Plaza Nueva en plena Feria del Libro. La ONG para la que trabaja, Solidarios, organizaba una actividad literaria con gente sin hogar. Consistía en repartirlos en grupos, tirar unos dados para elegir acciones y temáticas, darles papel y lápiz y media hora para construir un relato. A mí me daba la misión de apoyarles durante esos treinta minutos en la creación de una historia coherente que tuviera como personaje principal... a Frankenstein.

Una decena de corrillos en los escalones que rodean la estatua de San Fernando en un día fresco de primavera soleada, la desconfianza inicial de quienes te ven por vez primera, mi interés por saber qué querían contar, en una frase, los juegos de palabras de gente que no se impresionan por nada porque lo han vivido todo.

Hurgué por las ficciones que creaban para intentar, ingenuamente, entender sus vidas raras, aparentemente destrozadas para los que las observamos desde la normalidad de quienes tienen salario, casa, coche y unos horarios que respetar. Observé a los voluntarios inmiscuidos alentando el espíritu creativo de quienes no saben cada mañana dónde acabarán la noche.

Tuvimos que negociar con la directora de la Feria del Libro más premios. Necesitábamos más libros que regalar. Tercer premio, 'Los 5 fantásticos', segundo premio, 'Los retales', primer premio, 'Sevillanstein'. Y hubo premio del público, al Capitán Morgan, que con su gorro de pirata y la litrona en la mano nos pidió que no nos olvidáramos de ellos.

-No queremos que dejéis de cuidar de nosotros, los que dormimos en la calle, ni queremos que dejéis de mirarnos a los ojos.

Me sentí un intruso feliz y envidioso de tanta gente buena que no sale en los telediarios y regalan sus horas libres para ayudar a construir historias a Frankensteins abandonados que buscan mantas cada noche para abrazar sus sueños en cajeros automáticos con pestillo.

domingo, mayo 06, 2018

Purple

Como Supermán, yo tengo mi kriptonita en forma de canción.

Di un paso al frente ante el agotamiento general en lo anímico y lo físico. Recién cumplidos mis dieciocho, en un septiembre calurosísimo, me ofrecí para quedarme a dormir con ella. El final se vaticinaba tan cercano que no había planes posibles.

Me llevé mis walkmans y cintas de cassette grabadas de los 40 principales. Coloqué mi chiringuito de libros y cintas junto a su cama de hospital, le di un beso en la frente y me dispuse a pasar la noche más larga.

Hace unos años me dieron mis hermanas un sobre ocre en el que ella escribía sus últimos años. Se dirigía a cada uno de nosotros para decirnos qué soñaba de nuestras vidas venideras. Nunca he conseguido la fuerza para abrir el sobre y enfrentarme del tirón, treinta años después, a las reflexiones de mi madre acerca de un futuro que ya nunca sería de ella. Me aseguro de que está a buen recaudo, lo paso de la librería a una cajonera, lo meto en carpetas distintas, pero no lo abro.

Hacía un calor surrealista y ella me pedía que le mojara la frente. Yo desconectaba la música, me sentaba en su colchón y le pasaba la gasa húmeda por la cara. No sé hasta qué punto me reconocía ya. Me miraba fijamente y confirmaba ese placer primitivo de alivio.

-¡Qué fresquita!

Yo volvía a mi asiento, le agarraba la mano y volvía a escuchar 'Purple rain'. Le daba volumen para escapar de allí, para no oír su respirar agitado ni enfrentar sus lamentos agudos.

Creo recordar que me apretaba las mano, que me miraba a los ojos, que me sonreía para evitarme asumir el horror de su muerte.

Tuvimos una cena hace poco en casa, y apareció el sobre entre mis papeles. Vi la última página. Me pedía que fuera ordenado, que cuidara de mis hermanos, que estaba orgullosísima de mí. Hablaba a mi padre para decirle que era lo más hermoso que jamás le había pasado.

Esa noche oscura, siglos después, dejó aparecer por la ventana un tímido rayo de sol.

No puedo oír 'Purple rain' sin desbaratarme por dentro.

domingo, abril 22, 2018

Zazie

Una de las primeras cosas que hice tras instalarme en París, allá por 2001, fue la de preguntar por cantantes y escritores. Los segundos me los escribieron en una servilleta en una cena veraniega en Niza, y de casi todos permanece algo. Me quedé con Anna Gavalda, Amélie Nothomb y Emmanuel Carrère. De los cantantes me hice fan de Calogero, Pascal Obispo y, por encima de todo, de Zazie.

Una cantante pop compositora de sus propias canciones, con hechura de modelo y comprometida con la sociedad. Recuerdo las noches bailando en el desgraciadamente famoso Bataclán al ritmo de Adam et Yves.

Hay, sin duda, una letra que me toca especialmente el corazón, porque tiene mucho que ver con todos los que componemos historias, con mayor o menor acierto: Je n'écris pas sur ce que j'aime.

Es cierto, yo también escribo sobre aquello que me desespera, o lo que me sorprende, o acerca de mis fantasías, del lugar el hombre en el mundo, del miedo y la fascinación por el futuro, de la vida buena, de las enfermedades de la sociedad.

Pero, como dice Zazie, je n'écris pas sur toi.

A pesar de que lo eres todo para mí, de que mi mundo tiene todo el sentido desde que apareciste tú; que me cuidas, me proteges, me deseas y me admiras tanto como yo a ti; no se escribe del amor que se tiene, de los días soleados, de la alegría de sentirse profundamente amado y de saber que mi vida es lo que es gracias a ti.

Por siempre tuyo, amor.


miércoles, abril 18, 2018

Tiempo

La verdadera dimensión del tiempo se adquiere mirando hacia atrás.

En nuestra infancia el futuro es infinito, en la adolescencia todos los proyectos caben. La madurez consiste en elegir caminos para abandonar otros, constriñendo ese horizonte inabarcable cada vez un poquito más, hasta tal punto que llega un día en que confirmas que no podrás ser casi ninguna otra cosa de lo que eres ya.

Con mi edad miro hacia atrás y toco con la punta de los dedos a ese niño que pasaba veranos eternos riendo en la playa, veo con nitidez mis años de universidad e incluso recuerdo los olores de mis primeros días en el trabajo; las declaraciones de amor, que varias hubo, el primer sexo, con el cuerpo temblando de turbación, el primer viaje a Francia, el abrazo de mi padre al firmar mi contrato, las guardias en el cuartel de Caballería. El día que Fran apareció con su camiseta roja en el Barón. Todo está accesible sin necesidad de prismáticos.

Esa comprensión certera me niego a tomarla con la angustia de quien asume la liviandad de los años; saber cuánto estos pesan es la mejor terapia para no desperdiciar tardes en no hacer nada, la mejor medicina para asegurar bien el tiro de las decisiones, todavía muchas, por tomar.

Ver tan de cerca al niño que fui me permite visualizar el viejo que quiero ser y lo mucho que quiero crecer hasta ese día.


domingo, abril 15, 2018

Arándanos

Reconozco que soy intenso. La curiosidad juega un papel importante en mí, las ganas de experimentar; de ahí que los placeres en los otros se conviertan en retos que cumplir.

Estaba en casa de mi amiga La Polemique hace unos años, en los tiempos en que me invitaba a comer a su casa, donde almorzamos un plato exquisito del que sólo recuerdo lo importante que era tener un colador muy pequeño para prepararlo. Nos dimos dos besos tras escucharle la receta y confesarle mis ganas de siesta; pero yo había olvidado algo en su casa y ella me llamó minutos después de salir para advertirme. Debió oír jaleo al otro lado de la línea a una hora en que me suponía a punto para dormir. No pude evitar sentirme delatado entre los pasillos de El Corte Inglés:

-¿Ya estás comprando el colador?

Si me hablan de los tapices de la dama y el unicornio en París, de una novela arrolladora de un argelino, del local de copas más divertido de Nueva York, de una pequeña capilla de azulejos en Portugal o de una taberna de tapas elaboradas en Sevilla y me llama mínimamente la atención, no hay impedimento que pueda con mis ganas de comprobar en carne propia el disfrute de vivirlo en carne propia.

Hace pocos fines de semana en Portugal mi hermana Raquel me habló de las ventajas para la salud de comenzar el día desayunando tostadas con aguacate, y ya no hay día en que no lo haga, encantado de empezar con energía la mañana. No hace mucho mi querida Mariángeles me habló de la potencia anticancerígena de los arándanos. Yo le dije que me parecían ácidos. Ella me insistió.

Desde entonces me salen los arándanos por las orejas.

martes, abril 03, 2018

Sonrisa

Tendríamos 18 años y hacíamos el indio en el coche de Francis. Eran las primeras salidas con los amigos, llevábamos todo el día callejeando por el centro y volvíamos al barrio. El tráfico era lento, algo se nos cayó por la ventanilla del coche y me bajé a recogerlo. Tenía la risa floja de los momentos felices. Me volví a mi posición de copiloto, giré la cabeza hacia el coche de al lado y una mujer mayor, que tendría mi edad actual, me sonrió.

No sé cuántas veces ha venido a mi memoria ese instante mágico y tonto. Una desconocida, una señora madura, a sus cosas, en el coche, me sonreía.

Como una comunicación especial con el universo, esos momentos en que dejas de ser transparente para aquéllos que no son de los tuyos, esas simplezas de sentirte de pronto ciudadano del mundo son de una inocencia infinita que no quiero perder nunca.

Tal vez no tuviera 18 años, ni esa señora fuera mayor, ni el coche fuera el de Francis, ni se nos cayera nada a la carretera... Sólo sé que me giré y me sonrió.

Estar en tu universo, girar la cabeza a un lado y recibir una sonrisa franca, de lleno, hacia ti y porque sí.

lunes, marzo 26, 2018

Influencias

Defiendo que no está reñido tener unos principios claros y al mismo tiempo capacidad para dejarse convencer.

Atesorar el conjunto de tus convicciones como inamovibles roza ya no sólo lo pretencioso, sino incluso lo ridículo, pues por muy trabajadas que tengas tus reflexiones acerca de lo divino y de lo humano, siempre te cruzarás con gente inteligente, cultivada o sensible que haya construido con igual o más intensidad los razonamientos para concluir que tus certidumbres tal vez sean discutibles.

Defiendo incluso el placer de dejarse moldear, de encontrar en el otro argumentos frescos que te lleven a plantear que a lo mejor no eres tan de izquierdas, o tan agnóstico, o tan pudoroso como pensabas.

De ahí lo importante que me resulta estar siempre con la caña de pescar lanzada, relajado pero expectante a la llegada de gente maja en mi vida, que me enseñe el mundo con sus ojos y me permita ver a través de ellos que la realidad que creí de unos colores determinados resulta que puede ser de tonos insospechados.

jueves, marzo 08, 2018

Mujer

A mí me educaron en un machismo sin maldad, en el que sin darnos cuenta acababan siendo mis hermanas quienes cuidaban de la casa, de mí y del día a día. Y ese dolor les queda. Cuando mi hermana Mónica bebe más de dos cervezas hace el gesto de darme con la fregona en la cabeza. Debía haberme dado.

Aún tengo clavadas las imágenes de Irán. Hamid me decía: 'no las toques nunca'. Como objetos de porcelana. Yo obedecía y no les ofrecía la mano al saludarlas. Qué horror. El velo siempre, un paso detrás del hombre, la mirada perdida.

Hoy cientos de miles de españolas han salido a la calle para decir 'aquí estamos' y uno se pregunta por qué han tardado tanto en explotar.

Es jodido pensar en tantos siglos de historia repletos de nombres de hombres, brillantes, eruditos, rompedores... pero siempre hombres.

Mi mundo está lleno de mujeres tan preparadas o más que yo, mucho más valientes que yo, capaces de bregar con todo... y con los demás. A mí, a veces, ya me produce pereza bregar conmigo mismo.

Les exigimos ser madres, estar guapas, ser fieles, dar buena imagen, demostrar que valen; porque a los hombres se nos da por supuesta la calidad.

Os admiro, os quiero, soy uno de vosotras.

viernes, febrero 16, 2018

Dentro

Una pregunta recurrente que se nos hace a la gente que escribimos es identificar cuánto de nosotros hay en las experiencias que narramos, cuántos de nuestros personajes son gente conocida, en un intento naif de justificar ante sus ojos las ganas que podamos tener de contar historias.

No se suele narrar la vida de gente plana, mis novelas se llenan de protagonistas con aristas, los conflictos al límite se entrecruzan y acabo por preguntarme, como un lector más de mí mismo, inmerso en la construcción de esos mundos que objetivamente no son los míos, dónde encontré la chistera de donde sacar tanto conejo.

No dudo que todos los defectos están en mí, y todas las virtudes; todas las perversiones están en mí. Los intentos de gritar, de abandonar, de amar; la vanidad, el remordimiento, el viejo que aún no soy, el niño que fui; los complejos, la desfachatez, la bondad perfecta y el rencor. Todo está en mí y en el grado en que yo lo quiera encontrar. Sólo tengo que concentrar todas las lupas, hacerme con los más precisos audífonos, buscar la calma absoluta, olvidarme del mí actual, conseguir bisturís de extraperlo y maniobrar por ahí dentro a la captura de esos infinitos personajes que tengo por ahí danzando; darles su espacio, acariciarlos, reírme con ellos y de ellos al tiempo que me río de mí, me condeno y me perdono, dejo los pudores arrumbados entre cerrojos para concentrarme en el pomposo disfrute de construir frankensteins creíbles con retazos del volcán que todos llevamos dentro.


lunes, febrero 12, 2018

Absurdo

La gran confesión que nos ocultamos los humanos es la asunción sin excusas de que la vida es un absurdo, pero no sólo no lo admitimos, por nuestro bien, eso sí, sino que jugamos a disimular que no lo sabemos, actuando como si todo tuviera sentido y la naturaleza se rigiese por leyes justas.

Esa inmensa mentira nos hace fuertes, porque si el hombre hubiese consentido caer en la trampa de la verdad que mueve al mundo, donde entramos sin ser consultados y nacemos condenados a muerte, la tierra sería un manicomio descabellado de batallas cruzadas.

Adentrarse en la eternidad, comprender nuestro lugar en el mundo, asumir las soledades de cada uno es demasiado reto para seres tan pequeños y fugaces a los que se nos exige, nosotros mismos como tribu, un respeto a normas que intuimos venidas de otras esferas compuestas de verdades universales que, sin embargo, hemos creado entre todos a base de tropezarnos.

Tal vez el culmen del engaño, bendito culmen, sea el amor. Verle sentido a este teatro de obligaciones autoimpuestas gracias a la solidaridad con el otro que no eres tú, y entender que ese esfuerzo por hacer sentir especial a esa persona es de por sí la más hermosa de las locuras.

El mayor consuelo para el hombre no lo dio ningún Dios, sino un filósofo, que nos hizo comprender que en medio de todo este sinsentido hay una verdad irrefutable: somos una realidad única cada uno de nosotros, porque tenemos la capacidad de pensar nuestra existencia.