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jueves, junio 30, 2011

Los otros

La experiencia que cada uno tiene del ser humano es la que acumula a partir de su unicidad y su propia piel. No tenemos derecho a vivir dos vidas y eso relativiza nuestras opiniones, reduciéndolas al limitado mundo de nuestras sensaciones.

Hay veces, al menos así lo siento, en que creemos ver nuestro alrededor como un decorado eterno. Etapas en que te crees un ser sometido a cambios que sólo en ti se producen, que sólo en ti están las dudas, que los demás entienden de la vida como si siempre la hubiesen vivido.

Cumples los años y entras en mundos diferentes, pero eres joven y percibes que los jóvenes que hay a tu lado siempre lo han sido y conocen las reglas. Comienzas a currar, a enamorarte o a buscarte la vida creyendo que hay reglas, formas de hacerlo bien o mal, sin pararte a pensar que todos los que empiezan a labrarse camino lo hacen por vez primera, como tú.

Llegan los treinta y sientes que comienzas a entender el mundo, pero el resto de treintañeros han entrado en ese túnel de despedida de la juventud en paralelo a ti, reconociéndose diferentes a su manera, despistados, curiosos, maduros... pero no más que tú.

Cumples los cuarenta, los cuarenta y tres... y ves a los que tienen esa edad con los ojos de quien cree que está mirando a alguien que sabe de qué van esas canas, la llegada a regiones más tranquilas, con otras responsabilidades, un sexo distinto, un sosiego rebuscado en detalles tontos.

Evolucionas por vez primera en edades que nunca descubriste ni volverás a descubrir, viendo imágenes paradas a tu alrededor que nunca estuvieron congeladas.

El mundo que conocemos evoluciona con nosotros al mismo tiempo. El despiste es el mismo. Todo lo que viene es desconocido y no sólo somos nosotros, no soy sólo yo, sino el universo quien crece con nosotros.

Miras a alguien a los ojos y crees ver seguridad, prestanza, sosiego... pero tal vez él mire en los tuyos la certeza que tú no tienes.

No hay leyes, no hay caminos labrados, para nadie.

Hasta el más sabio titubea al andar ese camino que no tiene vuelta atrás.

Los otros son como tú.

domingo, junio 26, 2011

Machacados

Europa no lo sería sin los discursos de Platón o la ética de Socrates. La democracia es una palabra hermosísima que Grecia entregó, como tantas otras, al ser humano. Palabras eternas y actuales.

Hoy leía acerca de la proliferación de indigentes en las calles de Atenas, los cierres de negocios y la rabia no siempre contenida.

El mundo occidental concedió no hace mucho la organización de unos Juegos Olímpicos al país que los creó. Y con ello le entregó un regalo envenenado que vació sus arcas para unas semanas de gloria.

Cuando Grecia entró en Europa no pensó estar entrando en una cueva de tecnócratas liderados por una Merkel ansiosa de disciplina monetaria, con un Banco Central que sólo mira por el crecimiento de alemanes y franceses.

Los políticos griegos, como tantos otros, han cometido errores imperdonables. En su caso especialmente graves, porque falsearon las cuentas para anunciar un déficit que era mucho mayor del publicitado. Es un país donde hay mucha economía sumergida y un empleo público inflado. Bien. Arreglémoslo entre todos, como europeos que vivimos en comunidad. Pidamos sacrificios, sí. Pero no criminalicemos a un pueblo culto y trabajador. No arruinemos a una generación a la ignominia y la falta de esperanza.

Pidamos control y ajuste, pero propongamos un plan de choque para ese país hermano, busquémosle fondos europeos para fortalecer su industria, llevemos allí, aunque sea un gesto simbólico, alguno de los organismos que se reparten en el centro de Europa. Démosle voz al Sur. Tenemos capacidad sobrada para ello. Somos grandes, estamos preparados.

Esta Europa, sin embargo, es carnaza de mercados y burócratas, nos hacen entender. No hay lugar para la imaginación ni la solidaridad.

¿Dónde está la ilusión con que se nos vendía a este viejo continente como un pueblo unido con la aparición de la Comunidad Europea?

Si ser europeo significa vivir a lo alemán, yo me bajo de este tren.

sábado, junio 25, 2011

Tornillos

Se celebraba una boda en Almería y decidimos repartirnos en varios coches. Yo puse el mío. El fin de semana se presentaba divertido y era una oportunidad para conocer más de cerca a compañeros de trabajo con los que apenas hablábamos que de asuntos técnicos o insustanciales en las máquinas de café de la fábrica.

Durante la celebración varios de los sevillanos de la boda se acercaron a mí para ver si tenía hueco en mi coche para la vuelta. Por buena que fuera mi predisposición mi clío de entonces daba para un máximo de cinco.

Algo había ocurrido durante el viaje de ida que no terminaba de captar.

Entre copa y copa conseguí enterarme. El propietario de uno de los coches había hecho las cuentas del viaje y, a la parte de gasolina de cada uno, había sumado la amortización del desgaste de tornillos, ruedas, asientos... de los 500 km entre Sevilla y Almería.

El dinero sería mínimo, pero la indignación entre el pasaje rozaba los máximos.

Miserable...

lunes, junio 20, 2011

Gante

Con 19 años y dos amigos, llegamos a nuestro centro de operaciones en Gante. Hacíamos interrail y se nos iba el alma intentando conocer cuantos más países mejor en un ansia adolescente por descubrir mundo.

Allí había un camping imponente, rodeado de campos verdes en pleno agosto.

Se celebraba esos días la Feria Gantesa y la ciudad era una fiesta. Recuerdo que, en una parada de autobús, intenté sacar mi mejor francés para preguntar acerca de una dirección. La mujer me miró con mala cara.

He vuelto muchas veces a Gante. Siempre lo quise enseñar a la gente querida. La pequeña patria de Carlos V, ciudad de torres viejísimas y canales siempre ensombrecida por su vecina Brujas.

Hace casi un año que Bélgica no tiene gobierno. Las dos grandes comunidades del país no se ponen de acuerdo.

Antes, los valones, los ciudadanos de lengua francesa, eran los mejor situados económicamente. La producción siderúrgica les daba poder en plena revolución industrial y sus vecinos flamencos, de lengua holandesa, eran menos, más pobres y se veían casi obligados a expresarse en francés.

Las tornas cambiaron y ahora los flamencos ven a los valones como un pueblo subsidiado. No se ponen de acuerdo ni el mínimo común que permita sacar un presupuesto adelante.

Con el tiempo conocí ciudades valonas como Mons o Tournai que no me hacían más que acordarme de mi querida Gante.

Desde cerca, se tiene escasa capacidad para ver lo que une y mucha habilidad para poner barreras con lo que separa.

Del pueblo belga, culto y educado, me gustaría descubrir la sensatez de quien sabe mirar en positivo su futuro. Entender que el destino del hombre es unirse, no atizarse con reproches menores. Nadie mantiene a nadie en Bélgica porque todos pagan los impuestos según sus posibilidades. Es un país de ciudadanos, no debe serlo de comunidades enfrentadas.

En Bélgica se batalla por el futuro de la sociedad. Porque, ¿queremos encerrarnos en nuestras peculiaridades o ganar con las diferencias en el otro?

Yo me quedo con Bélgica.

sábado, junio 18, 2011

Papel

Me reconozco un gran lector de periódicos.

De hecho una de las imágenes que para mí representa la felicidad, junto con muchas otras, es un buen desayuno, sin hora tope y con un periódico delante, pudiendo desbrozar cada artículo. Yendo hacia adelante y hacia atrás. Tomando notas sobre alguna ciudad del mundo o algún escritor para investigar en otro momento.

Quien me conoce sabe que, en esos momentos, me vuelvo invisible, introducido en mi esfera de placer en esa mirada al mundo. Afortunadamente comparto mi vida con alguien que respeta mis espacios.

Hoy, sábado, me he levantado tarde y con muchas cosas en mente. Como demasiados sábados recientes, he descartado el paseo a la Campana para comprar el periódico y leérmelo con el café.

Hay días como hoy, meses como los últimos, en que voy perdiendo hábitos que construyen, en pequeñas porciones, mi bienestar emocional.

Entiendo que llegarán momentos más tranquilos en mi vida en que volveré a sumergirme en páginas de papel.

¿O comienza a no haber vuelta atrás?

martes, junio 14, 2011

Litronas

Durante años en la fábrica, en mis comienzos como técnico de mantenimiento, pasaba muchas horas con compañeros que me acogieron con los brazos abiertos. A un joven que podía ser su hijo, recién salido de la Escuela de Ingenieros y con menos conocimiento práctico de la maquinaria que había instalada del que yo mismo pudiese imaginar.
Era un choque de humildad. Salías de la universidad comiéndote el mundo y unos grandes profesionales eléctricos y mecánicos, que llevaban décadas enfrentándose a grandes instalaciones de mecanizado industrial, te recibían con los brazos abiertos y te explicaban, sin tapujos, acerca del funcionamiento de cada torno, talladora, rectificadora o enderezadora que, a decir bien, no había visto en mi vida.
El aprendizaje implicaba horas de compañía en que me iban contando sus vidas. Currantes sevillanos hechos a trabajar bajo presión para sacar las producciones diarias en una fábrica que nunca le falló a Renault.
Y en esos ratos aprendía también acerca de sus miedos, las tragedias personales, los marrones económicos, sus ilusiones vitales. Me enseñaban fotos de sus niños, me hablaban de sus mujeres en esos interminables turnos de noche en que trabajábamos sin red. Si había una gran avería no teníamos un teléfono del que tirar para solucionarlo.
Recuerdo a un oficial eléctrico, sensible, tímido y honesto, que tenía la paciencia de dejarme a mí al mando de las reparaciones, corrigiéndome cada paso en falso, sabiendo que mi trabajo a su lado era transitorio para volar a responsabilidades mayores.
Años después, viviendo en Francia, me llegó la noticia de que su débil corazón dejó de funcionar.
Este hombre me contaba como cada viernes, al salir del trabajo, se iba al Carrefour y compraba una caja de cervezas. Luego se iba con la mujer y los niños a su apartamento de Barbate. Ésa era, aparentemente, su principal alegría en su día a día. Soñar con el viernes y sus litronas en Barbate, asomado a la terraza, viendo el mar.
A mí me agradaba escucharlo, aunque pensase que la vida te ofrecía mucho más que esas rutinas placenteras.
Con el tiempo uno va aprendiendo que no hay que minusvalorar las opciones vitales de nadie.

domingo, junio 12, 2011

Irredentos

Hay personas que siempre responden en negativo, en un tic que quizás ellos mismos desconozcan y que les define, seguro, en su espíritu ante las cosas.

-Estás más delgado, ¿no?

-No, qué va, lo que pasa es que he perdido unos kilos.

Los puntos sobre las íes. Siempre tienen que ponerlas.

Seguro que en cada argumentación hay un detalle que corregir en las respuestas, en los diálogos, pero cansa esa actitud de corrígelotodo.

El pasado domingo leía una entrevista a Elena Ochoa, la esposa de Norman Foster. Resultaba ridículo leer como siempre comenzaba la respuesta en negativo.

Tal vez piense que eso dé valor a sus discursos, pero yo creo que más bien los empobrece.

Es un ejercicio que deberíamos practicar con nosotros mismos y con los demás. Escuchar a nuestros amigos y aconsejarles, a aquéllos que caigan en esta práctica irredenta, que es mejor comenzar a responder en positivo, aunque sea para argumentar una negativa.

Es cansino verte corregido a cada momento en tu intento de acercarte al otro, pudiendo darse el caso de que te hartes de establecer conexiones por no tener que sentirte a cada palabra bloqueado.

-Te aprecio mucho.

-No, tú no me aprecias, lo que pasa es que me tienes cariño.

viernes, junio 10, 2011

Máximo

De este humorista gráfico, Máximo, retuve una frase que me pareció redonda: hay determinados conceptos que criticaré o defenderé, a muerte, según las circunstancias.

Uno de ellos es el pragmatismo, del que me siento ferviente partidario mientras no me dé por pensar justo lo contrario.

Soy un tío pragmático, sí. Lo considero, además, una de mis principales virtudes, siempre que no me convenza de pensar que es ése uno de mis puntos flacos.

Pragmatismo en cuanto a practicidad, ver la vida como es e ir al grano respecto a las decisiones que tomar.

Sea a la hora de embarcarse en un préstamo, decidir una movilidad en el trabajo o hablarle sin tapujos a un ser querido.

Lo aplico al trabajo, a mis amistades o, incluso, a mis proyectos. Ser directo, tener sentido común y mano izquierda, atacar los conflictos sin enredarse en precisiones que te lleven a bloqueos paranoicos.

Me aburre la gente que se recrea en sus discursos, que discute sobre el método de discusión.

Las cosas son más sencillas de lo que pensamos.

Es peligroso, pienso, darle una vuelta a todo. Pensar que tras un guiño sano hay toda una historia de perversiones.

Me asustan los rodeos, los recovecos y las frases entreveradas.

Sin embargo hay días, como a Máximo le ocurriría, en que pienso que soy demasiado arisco, directo, controlador o mercantilista.

¿Hay que atacar nuestra existencia con sentido práctico? Respondería que no, si no fuese porque pienso que sí.

martes, junio 07, 2011

La alegría de la casa

Hay un juego divertido que practico con mi hermana Raquel: Imitarla al reírse.


Es incapaz de cortar la risa de golpe y yo, imitándola en esa última carcajada, le provoco a que siga riéndose.


Raquel es una mujer con tanta fuerza que no puede uno menos que sentirse orgulloso de ser su hermano.


Ella nos fue abriendo puertas a los demás, a base de independizarse muy joven, de trabajar mientras estudiaba o de conocer gente diversa que iba integrando en nuestras vidas, sobre todo en la mía, tan centrada en ser un buen alumno, poco atrevido a lanzarme a descubrir el mundo exterior en plena adolescencia.


Raquel nos ha hecho, a su familia, menos constreñidos, más modernos.


Durante muchos años la he tenido como protagonista de mis pesadillas. Casi seguro porque ella presentaba el mundo real, la tierra, la vida, el presente. Porque siempre me habló claro. Me bajaba de mi aureola de libros fantásticos para decirme sin decirlo: la realidad es ésta, la gente es así.

Cuando, viviendo yo en París, me dijo que iba a ser madre, sentí la alegría de quien sabe que ese hijo iba a serlo de todos los hermanos.

Observando el mundo que nos toca vivir, sabiendo que hay tanta gente que vale menos que un pimiento, es una gran suerte poder compartir amistad con tus hermanos.

En mi familia hemos pasado momentos muy críticos, a todos los niveles. Nos hemos alejado, para volver a reencontrarnos y descubrir que nos somos necesarios. No siempre ocurre.

Hace no muchos años que me siento de igual a igual con Raquel. Que nos miramos a los ojos y nos contamos la intimidad de nuestras vidas sin tapujos.

Mi madre, viendo su muerte certera con cuarenta y tantos años, dejó manuscritos muchos folios, difíciles de leer sin lágrimas.

Recuerdo como si fuera ayer, en la cocina de casa, cuando le leí a Raquel ese párrafo en que mi madre le llamaba 'la alegría de la casa'.

Vi llorar a Raquel y el pellizco fue enorme.

lunes, junio 06, 2011

Tres cuartas partes

Hay un comentario casi común entre todos los que hemos tenido la suerte de visitar la India, y tiene que ver con el impacto que produce encontrarse en un lugar donde la miseria es tan palpable.

Para un occidental resulta muy duro ver a chavalillos ir al colegio descalzos mientras cae una tromba de agua constante. O ver a otros que, en un día laborable y en horario escolar, te imploran una limosna con una sonrisa a la puerta de un templo hindú.

En una cura de humildad incluso agresiva para los que damos por supuestos muchos básicos, porque así los hemos vivido desde pequeños, atravesar una calle de cualquiera de sus ciudades es impactante.

No encontré a los indios como ciudadanos especialmente simpáticos, ni me resultó una sociedad motivada. Cuando la comparan con China pienso que están a años luz, sobre todo porque tuve la oportunidad de visitar los dos países con pocos días de diferencia.

Me resultó el país de la desesperanza, por mucho que se le nombre como una potencia emergente. Que lo será. Pero tardará decenios en convertirse en una sociedad justa, porque la miseria es ley de vida.

Hay, excepcionalmente, quien viene de la India maravillado. Yo los envidio, porque no tengo la calidad humana suficiente como para sentir que algún día pudiera irme allí a ayudarles, a compartir sus carencias, a pasearme esas calles sucias descalzo.

Paseando por Chennai con mi amigo Pablo, apesadumbrados por lo visto, comentábamos que los raros éramos nosotros.

No hace falta hacer muchas cuentas para comprender que a tres cuartas partes de la humanidad no les resultaría desasosegante ese paseo por las calles de Chennai.

sábado, junio 04, 2011

Náuticos

Iba con mi hermana Raquel y mi sobrino Iván a un tema de papeleo a Los Remedios. Dejamos el coche en el parking de Plaza de Cuba y salimos a la calle.

Cuando la luz del exterior nos cegó, Raquel y yo tuvimos la misma visión de retroceso en el tiempo. A la época de Mecano y de nuestros veraneos en La Antilla.

Una pandilla de adolescentes, sentados en el muro de salida del parking, con sus pantalones de pinza, con el cinturón con la bandera de España, sin llegarle por supuesto a cubrir los tobillos, a lo Aznar, el pelo bien engominado hacia atrás, camisas de raya que pareciese que hubiesen comprado en serie, el jersey atado a la cintura y los náuticos azules en los pies.

No puede ser verdad.

Pero lo era, definitivamente no habíamos viajado en el tiempo ni estábamos soñando.

Hay núcleos de nuestra sociedad, y en Sevilla mal que me pese son núcleos amplios, a los que pensar en el progreso y el cambio les produce urticaria. Visten a sus niños como los vestían a ellos treinta años atrás.

Yo vivo en una burbuja, que se llama la Alameda, barrio abierto, donde se ven nuevas tendencias, se abren negocios arriesgados, hay una amplia vida cultural y mentalidad cosmopolita. Sé que Sevilla no es la Alameda, pero también.

Afortunadamente, para mí, la modernidad se va abriendo paso sin posible vuelta atrás en esta ciudad a la que quiero tanto, porque es imposible ser inmune a los cambios en las relaciones sociales, en las modas y los hábitos. Porque Sevilla tiene la virtud de estar muy viva.

De vez en cuando, sin embargo, subes las escaleras de un parking y te dices... ¿y si el intruso soy yo?

miércoles, junio 01, 2011

La patria

Me indigna que Angela Merkel, la presidenta alemana que nos pone deberes, en cada ocasión que se le ofrece, sobre cuándo nos tenemos que jubilar, cuántas vacaciones tenemos que tener y cuánto salario público tenemos que recortar, ahora decida cargarse sin vacilación la agricultura almeriense por un virus que seguramente tenga su origen en algún lugar mal higienizado de su querida Hamburgo.

Y creo que tenemos la razón, los españoles, en indignarnos.

Pero, ¿hasta qué punto no lo hacemos por el hecho de ser españoles los pepinos?

Es peligroso sustanciar la defensa de un argumento en las fronteras. ¿Estaríamos dispuestos a admitir que los pepinos estén contaminados en el caso de que realmente lo estuvieran?

Sí, sí. Sé que no lo están y me toca el alma que estos alemanes hipercivilizados sigan destrozando nuestra economía. Pero, al mismo tiempo, razono que no se puede utilizar la patria como defensa.

Quiero a mi país. Sé que la industria agroalimentaria almeriense, avanzada, profesionalizada, permite disfrutar a los ciudadanos europeos de una riqueza culinaria infinita durante todos los meses del año.

Pero, a pesar de todo, me planteo que la patria nunca debe ser un argumento.

¿Se lo plantea también Angela Merkel?