lunes, agosto 31, 2015

48

A escasos cinco minutos de cumplir los 40, haciendo cola para entrar en un chiringuito de verano junto al Guadalquivir, le escribí un mensaje a mi hermana Raquel diciéndole que se me acababan para siempre mis treintaitantos… Ella me respondió de inmediato:

'Los cuarentones somos mucho más interesantes'

Ayer cumplí unos felices cuarenta y ocho, y no vale decirse a uno mismo que se siente muy joven, que no los aparenta, que está en el mejor momento de su vida… porque la cuestión no es decirlo, sino saberlo. Saber que la existencia se disfruta más cuanto más se la conoce, siempre que uno sea coherente con sus principios y éstos sean sanos.

Hace pocos días leí un libro que me gustó mucho, de Milena Busquets, en que trazaba su madurez como una continua morriña por la joven hermosa que fue y los amores que tuvo.

Entiendo que la vida nunca puede ser un regocijo de los recuerdos, aunque estos formen parte sólida de nuestra felicidad de base.

Admiro a Saramago o al recientemente fallecido Oliver Sacks, que en sus últimos días sabían bendecir, desde su agnosticismo, su vida vivida y su presente al borde del precipicio de la muerte. No tenían necesidad de un dios para encontrarle sentido a su caminar.

Cuando uno cumple años, si ha vivido fiel a sí mismo, reconoce en su interior un corazón más duro, sí, pero mucho más sensible a lo que realmente importa.

lunes, agosto 17, 2015

Ritmos

El resto del año idealizo estos días de verano para plantearme aprovecharlos al máximo en esas actividades que me hacen tan feliz y que nada tienen que ver con el quehacer de las semanas iguales que no se suelen distinguir unas de otras en la distancia.

Tiempo para estructurar mi próxima novela, para llenar de contenido mi nueva web, para leer clásicos en francés, organizar mi galería de fotos…

Los ritmos se hacen sumamente lentos sin quererlo ni luchar por acelerarlos. La luz sale mucho antes de despertares perezosos, la lectura del periódico se recrea en los pequeños detalles hasta agotar los colacaos, zumos e infusiones; los paseos románticos se hacen sin reloj y uno cae inevitablemente cuajado al terminar de comer entre risas, con una copita de vino, disfrutando de la luminosidad insolente de agosto; las siestas se alargan hasta que te despierta la brisa del atardecer y remoloneas en la cama entre la montaña de libros de la mesilla pensando qué hermosa es la literatura, aun sin leerla, mientras organizas la escapada de la noche para charlar con los amigos de todo lo que nos depara el futuro, de cómo nos ha tratado la vida y de cuántas cosas haremos cuando el sedicioso verano nos libere de sus garras.

jueves, agosto 13, 2015

Melilla

Cruzábamos desde nuestra casa hasta el centro de Conil hace muchos años, con Mariángeles y su por entonces pareja, Agustín, que se quedaban a pasar unos días con nosotros. Acortamos por la estrecha y destartalada calle Ceuta en esa noche veraniega, buscando la plaza del Arco. Justo al terminar la calle perpendicular que enlazaba con la de Ceuta nos encontramos con un azulejo roto por la mitad que indicaba su nombre, del que sólo podíamos leer '…illa'. Agustín, siempre en su mundo, se preguntó en voz alta cuál sería el nombre completo. Mariángeles se plantó en seco con los brazos en jarra -quien la conoce puede imaginarlo bien- para gritarle:

-¡Melilla, Agus! ¡Melilla! No ves que acabamos de dejar atrás la calle Ceuta.

Días después, volviendo de la playa por un camino distinto al habitual, nos apercibimos del azulejo colocado al otro extremos de la calle ¡Zorrilla! No hicieron falta más que carcajadas.

Algo que me repito cada vez que me aventuro por la calle Ceuta es que no hay que dar nada por supuesto.

domingo, agosto 09, 2015

Bótox

Mis primeras imágenes de Londres son olfativas, el olor a césped, a bosque del aeropuerto de Luton; y el frío al bajar la escalerilla del avión. El viento y la piel clara de la azafata deseándome una feliz estancia.

Allí estaba mi prima Bele para recogerme y llevarme a su casa de doble planta y jardín de un barrio de las afueras. Londres era calles anchas, hileras de adosados victorianos y tiendas de paquistaníes con mucho naranja enredado con el gris del sol inexistente. Londres era juventud, la mía, mezcla de razas, copas en el Soho y alguna que otra droga prohibida en los tejados de la casa de mi prima, enredados en mantas y confidencias duras de asumir. Era discusiones de amor pasional y descubrimiento de la sexualidad, era sentirse hormiga torpe entre multitudes que buscaban cosas que yo no quería.

Era perros corriendo por jardines que no necesitaban árboles; era borrachos peleándose en Leicester Square y pelos teñidos de rosa y violeta; era taxis camuflados de conductores negros y ladrillos rojos helados.

No sé cuántas veces he vuelto desde entonces, no las suficientes como para evitar verme madurar junto con los cambios de esta vieja ciudad irreverente. Sigo viendo los mismos naranjas entre la bruma, y el olor a curry, y los parques interminables de hierba mojada con niños jugando al criquet. La veo retorcerse entre grúas que se mueven en círculos vertiendo hormigón, como una vieja coqueta inyectándose bótox para seguir el ritmo de sus invitados sin que éstos sepan todo de sus cicatrices.

miércoles, agosto 05, 2015

Lejos

Hay personas que me conocen muy bien y me hablan cariñosamente con dureza acerca de mi facilidad para tropezar sucesivamente con mis mismas piedras.

Mariángeles me conoce desde hace tanto que no existen mundos vividos en los que el otro no haya sido confidente. Nos alegramos de nuestras pequeñas victorias y compartimos la tristeza cuando ésta se nos aparece.

Por eso, porque me conoce y me quiere, analizaba conmigo mi nueva decepción, en esta ocasión monstruosa, en el terreno de las amistades inocentemente definidas por mí como importantes a pesar del poco tiempo transcurrido desde que fueron integradas en mi vida.

Soy afortunado de saberme feliz y completo en el terreno amoroso, cuestión mayor en mi estabilidad emocional; sentirse amado y amar a la misma persona desde hace tanto tiempo me da fuerza para ver con ojos desprovistos de ataduras la calidad de mis amistades.

Hay muchas personas a las que quiero, que fueron importantes en mi vida y a las que ya no puedo calificar como amigos. Lo fueron, pero el tiempo de la conexión pasó a ser otra cosa, menos hermosa; ley de vida.

El dolor viene cuando alguien a quien habías abierto tus puertas, que se había integrado en tu vida y de quien tú habías llegado a presumir, se quita de golpe la careta y te muestra toda su fealdad interior.

Mariángeles me consolaba de esa nueva decepción con palabras duras, y justas, mientras yo le confirmaba que no pienso perder mi espíritu abierto y combativo, hasta cierto punto infantil, por integrar gente nueva, sana y luminosa para compartir lo que me queda de vida, mi pasado, mis errores, mi familia y mis sueños, siempre moldeables a la luz de horizontes muchas veces inciertos.

Que una persona mala con mayúsculas se entrometa a hurtadillas en tu vida no es más que una pesadilla a olvidar; lo malo es la sensación de suciedad que deja su rastro.