martes, agosto 26, 2008

Rebotar

Vivir es, de tan extraño, desestabilizador.

Pretender buscar la felicidad de forma lineal es, como consecuencia, un error.

La vida se mueve a impulsos. Son demasiados factores externos e internos, sociales, de salud, monetarios, imprevistos, estimulantes que nos asaltan; por lo que pretender adaptar la vida a nosotros es un error.

Hay que ser elásticos para ser felices. Tener capacidad de rebotar.

No podemos prever un pinchazo en el coche, la enfermedad de un pariente, la nuestra propia. No se nos puede venir el mundo abajo porque quien pensábamos que íbamos a encontrar en vacaciones nos ha fallado, o porque nos ha llegado la letra del seguro del coche que no esperábamos y nos jode el final de mes. Que se fastidia una cita, hay que rebotar y cambiar el sentido; que nos falla el plan del fin de semana, ya habrá más; que nos monta un número en el trabajo un energúmeno, se rebota y se sonríe.

Las personas rígidas no transmiten buen rollo. Se cabrean con facilidad.

Nuestra existencia es continuo movimiento y la capacidad de rebote es algo que se aprende con los años.

Rebotar no implica insensibilidad, sino capacidad de adaptación. El ser elástico y no empotrarse contra los obstáculos significa ser una persona fuerte. Gritarle al mundo que la vida es una mierda es no saber vivir.

Porque en el fondo todos sabemos que la vida es un juego y no entender ese principio básico es ser candidato a la infelicidad.

Las reglas del juego son claras: bondad, coherencia, capacidad de rebote y ganas de jugar. Quien no cumple con las reglas sufre más de lo necesario.

Si queremos pasar por esta vida de la mejor manera, lo mejor es comportarse con los demás como tú quisieras que se comportasen contigo (bondad), mantener una línea de juego (coherencia), saber afrontar con humor las adversidades (que vienen y vendrán) y tener ganas de seguir en el juego.

La vida nos hará sufrir en el futuro más de lo que podemos imaginar, lloraremos a los nuestros, por los nuestros y por nosotros, envejeceremos, perderemos ilusiones y habrá gentes y situaciones que nos desengañarán.

No olvidemos que es un juego y que una de las reglas es ser elástico. Los topetazos están garantizados, protejámonos.

viernes, agosto 22, 2008

JK5022 - Respuestas al sinsentido

Tras aterrizar en el aeropuerto de Sevilla el pasado 20 de agosto, proveniente de Gran Canaria, donde he pasado parte de mis vacaciones, me llegó la noticia del accidente ocurrido en Barajas en un vuelo que iba precisamente al aeropuerto que yo acababa de dejar horas antes.

Al día siguiente, cuando las imágenes aterradoras de familiares con caras desencajadas habían pasado repetidas veces por todas las televisiones, dando un largo paseo por las playas de Conil en un día soleado, reflexioné sobre el dolor inmenso, insoportable, de la pérdida de un ser querido, más aún en circunstancias tan trágicas, en gente joven, con tanto horror de fuego, de cuerpos rotos, de gritos de ahogo. Pensar en tu hijo, tu hermano, tu pareja… en esos segundos en que el corazón estalla de miedo al ver que el avión se estrella.

Frente a ese dolor un día espléndido de playa. Bañándome con los ojos en el horizonte de las costas de África traté de buscar algo positivo en tamaña crueldad. Veía a la gente jugando a las paletas en la orilla, a niños con tablas de surf, a familias enteras con sus neveras y no entendía nada.

Hoy los periódicos reflejan historias concretas. Una madre que exigió a quien vino a socorrerla que se olvidara de ella y se ocupase de su hija, mientras se retorcía entre hierros quemados. Unos bomberos que acudían a ver a una niña al hospital tras rescatarla horas antes de entre la chatarra. Cientos de socorristas, bomberos, enfermeros emocionados por lo vivido. Psicólogos tratando de dar un consuelo imposible.

Me quedo con la madre entregando a su hija.

En este sinsentido de la vida, el ser humano siempre da lecciones de cómo es posible vivirla con gallardía y dignidad.

Que nunca olvide esa niña lo que su madre hizo por ella. No puedo imaginar nada más hermoso. Ella se llamaba Amalia Filloy Segovia, salmantina.

En ese instante de generosidad ella me ofreció la respuesta a las preguntas que yo me hacía bañándome en la playa.

jueves, agosto 14, 2008

Decir que sí

En esta vida hay que decir siempre que sí.

No hablo del sí de los tontos, sino el de los vividores.

Los años te van poniendo a prueba continuamente. En toda una vida puede haber no más de cinco decisiones transcendentales. Nadie nos avisa que se van a presentar, es difícil calcular siempre la importancia de nuestros pasos, cómo van a marcarnos, a definirnos como personas.

Ante toda disyuntiva inmediata, hay que decir sí.

Rebuscando, encontramos siempre tres mil argumentos para meditar, reflexionar, sopesar. La vida no espera.

En un momento de mi juventud pasé un apuro económico tremendo. Calculé quiénes de entre mis amigos tendrían actitud de ayudarme, y cuántos podrían hacerlo. Conté cuatro. Los cité uno a uno y les expliqué mi situación. Tres de ellos cortaron mis explicaciones y me dejaron todo lo que sus posibilidades económicas para veintipocos años permitían. Con el tiempo, a todos les devolví puntualmente su dinero y aproveché para decirles cuánto les agradecía su confianza. El cuarto me dijo que no.

Los años pasaron y el cuarto se acercó a pedirme ayuda. No dudé un minuto en decirle que sí.

A punto de cumplir 30 años un alto directivo de mi empresa me propuso, visitando la fábrica de Sevilla donde yo trabajaba, irme a trabajar con él a París. No dudé ni un segundo en decir que sí. Pude haberme equivocado, pero vivir tres años en aquella ciudad que ya considero parte de mí fue una de las experiencias más enriquecedoras. Amplié mi cultura, mi círculo de amistades, el dominio del francés y la visión del mundo.

Cuando mi familia me ha requerido, nunca ha tenido un no por respuesta. Cuando a nivel profesional me han propuesto para un cargo, nunca dije no.

Si me proponen un cine, una cena, un viaje, un libro, una conversación… siempre gano aceptándolo. Pierdo si miro la hora, la cartera, la programación de la tele o la vajilla por limpiar.

La vida es un río que fluye. La mejor forma de ser feliz es adaptarse a ese flujo sin tratar de ir poniendo barreras ni buscando sujeciones.

Se es más feliz diciendo sí.

domingo, agosto 10, 2008

Solzhenitsyn

Cuanto mayor es el nivel de confort de nuestra sociedad, mayor es el desasosiego ante la muerte.

Es lo único que he leído de Alexander Solzhenitsyn. La frase no es literal, sino producto de la retención que mis neuronas hicieron hace lustros de una entrevista concedida por el escritor ruso a un dominical español.

No sé qué nivel de desasosiego habría en él cuando a sus 89 años imaginase su muerte aproximarse, hasta saludarle hace unos días frente a frente.

El comunismo hubiese sido el sistema perfecto de no haber sido porque está pensado para el ser humano, y el hombre (genérico) no está pensado para desarrollarse en una colmena con las mismas celdas. El ser humano no es simétrico, es imperfecto; hay ambiciosos y pausados, elegantes y desastrosos, cultos y no curiosos, rebeldes, sensatos, austeros, desganados, brillantes, comprometidos, rencorosos, mundanos y provincianos, crápulas, religiosos, imbéciles, ausentes, pesados, encantadores e insoportables. Hay gente mala malísima. Buena de veras. Gente mediocre, personas sin sangre o con una pulsión vital altísima.

La revolución bolchevique fue una revolución justa, por una causa justa, por la más alta causa. Otorgar al hombre su derecho inalienable a ser tratado con equidad, igualdad de oportunidades y de derechos. El nuevo sistema comunista luchó contra los privilegios, dio oportunidad al débil, buscó la cultura para el pueblo, la sanidad universal, la dignidad del obrero.

Falló en el método, porque pensó en un hombre-máquina, en un hombre-bueno, en un hombre-no-humano.

Solzhenitsyn está recién introducido en la tierra. Ya trabajó la tierra rusa a fuerza de palos en su Gulag personal y terrorífico, por pensar diferente. Ya viajó fuera de su tierra, expulsado, deshonrado, tratado como un paria por los suyos.

Despertó desde el exilio a los bienpensantes que aún creían que en la Unión Soviética estaba la clave de la justicia social.

Una dura vida de reflexión. Una sociedad que le dolía, un ser humano al que intentaba comprender desde su experiencia personal de hombre que se plantea cómo no deben ser nunca las cosas.

Alexander S. no quiso lujo en su vida. El lujo da vértigo. Alexander quería justicia social y respeto a la diferencia. Gracias a él, Rusia es hoy un poco más humana y nosotros tenemos un pensamiento para él.

Un sevillano rinde hoy un tierno homenaje a quien conoció una vida tan rica, compleja y dura; a quien nos la supo explicar.

Vida dura como la tierra rusa que tanto quiso.