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salvador-navarro.com

viernes, junio 26, 2009

Hojin Lee

Ha sido al terminar la última copa (the fourth level) cuando me ha ofrecido, ceremoniosamente, un llavero en el que está plastificada para la eternidad una flor nacida en metal, en una estatua de Buda de la que su madre es muy devota.


No hace falta ser muy perspicaz para comprender la asociación de ideas que rápidamente he hecho con tantas otras madres sevillanas y las vírgenes correspondientes.



Hojin Lee es un coreano de 40 años que apareció, con previo aviso, hace dos semanas en Sevilla para realizar un trabajo de largo plazo con la fábrica de Renault. Lo recibí, organicé sus jornadas de trabajo y hoy, un día antes de su partida definitiva hacia su ciudad, Pusan, le ofrecí cenar conmigo.



No hizo falta más que dos cervezas para que me leyera la mano (si no mueres a los setenta, serás centenario), que tres cervezas para que me hablara de la decisión de tener su segundo hijo (un día después de que muriera su suegro, justo tras celebrar su setenta cumpleaños), que cuatro cervezas para decirme que el mundo es pequeño, que las gentes son iguales, que la vida es corta...



Me enseñó fotos de sus hijos (de pronunciación imposible), me habló de las otras vidas en las que cree, me invitó al último gintónic y me agradeció en el alma, con un abrazo fuerte y tímido en la puerta del hotel, haberle invitado a esta cena.



Mediocres los que ven en los rasgos asiáticos simplemente chinos, estúpidos quienes ven en la raza un signo de diferenciación.



En Hojin Lee he encontrado a Corea, unos ojos agradecidos, ganas de conocer el mundo. Pena que mi inglés no llegara a las sutilezas de entender cada risa, cada gesto de Hojin Lee.



Para siempre su llavero.

miércoles, junio 24, 2009

Nuestra naturaleza

De entre mis reflexiones más íntimas, hay una que me lleva a construir una teoría que no sé hasta qué punto es propia, reinterpretada de opiniones ajenas o de lecturas que ahora no consigo situar.

Este razonamiento nace en mi búsqueda de la verdad del ser humano. Hasta qué punto somos como creemos ser.

Mi teoría me conduce a pensar que un ser humano no mostrará su verdadera realidad hasta no encontrarse en una situación límite, desesperada, radical, imprevista, explosiva, desgarradora.

Nuestra verdadera naturaleza se esconde, tal vez, tras rutinas diarias que ejecutamos en gran parte sin pensar. Somos buenos hermanos, amigos, hijos, padres, compañeros de trabajo, en general. Amamos con pasión mientras la pasión dura.

A mí me gustaría saber cómo actuaría si tuviera que jugarme la vida por comer, si la muerte se me apareciese de frente, si cayera en la mayor de las ruinas, si ganase el premio nobel, si perdiera las piernas en un accidente, si perdiera de un día a otro a mi gran amor, si hubiese en Sevilla un terremoto, si me tocase mañana la lotería.

Hay resortes en nosotros que están inutilizados, y no sabemos si los tenemos engrasados. Los músculos los utilizamos hasta límites sensatos.

Creo que en esas circunstancias verdaderamente valoraríamos nuestra calidad humana.

Reflexiones, quizás, insensatas…

lunes, junio 22, 2009

Petulante

Una mujer madura, a la que he tenido el placer de conocer personalmente a través de la vidilla que me da la publicación de mis novelas, me comentó hace unos días que mi blog y mi página web me mostraban como una persona pretenciosa, petulante y engreída. Cierto es que estos comentarios los acompañaba de otros en que mostraba su sorpresa por encontrar en mí dos ‘personas’ diferentes. Una preocupada por las pequeñas cosas (quise entender que ‘alababa’ mi humanidad) y otra focalizada en el ‘aparentar’.


El hecho de escribir esto en público quizás sea una muestra más de petulancia. O no…


Es sano recibir este tipo de críticas, de visiones externas fotografiadas por ojos que envían sus datos a procesadores de información que no tienen que ver con el tuyo.


Todo en esta vida es interpretable, y eso la hace rica en matices.


‘No hay rincón en el que no dejes de decir que eres ingeniero, no hablas más que de viajes, de restaurantes…’


Decía de mí que no sabía si le caía mal o bien, pero que le gustaba hablar conmigo. Lo cual ya es un punto positivo, que me reconforta.


Estas líneas las escribo porque me apetece. Todo el mundo tiene capacidad para abrir un blog y lanzar sus reflexiones al exterior. De hecho, la red está hasta arriba de blogs, webs, foros… que tal vez nadie lea. Como árboles que caen en un bosque perdido. ¿Produce ruido si nadie los escucha caer?


La libertad consiste en eso. Yo escribo porque me apetece, de lo que me apetece, de lo que siento importante o no, profundo o frívolo, de mi visión del mundo. Prefiero decir que soy ingeniero para que nadie se piense que me creo escritor. Hablo de mis viajes por el mundo porque estoy orgulloso de ello, de haber vivido experiencias tan diferentes y poder compartirlas. Hablo de música porque la siento como uno de los mayores goces, de restaurantes porque entiendo que pocos placeres existen como una buena cena en compañía.


La vida es compleja, y torticera a veces. Sé que en mi futuro personal me esperan muchas alegrías y también mucho dolor. Disfruto de ella todo lo que puedo y comparto, tal vez como árbol caído en un bosque perdido, mi forma de verla, sensaciones obligatoriamente personales.


Me duele que me llamen petulante porque en mi fuero interno sé que no lo soy. ¿O sí?

domingo, junio 14, 2009

El pestillo

Soy de los que creo en la infancia como una etapa fundamental en la vida de las personas. Es una época sobre la que, desafortunadamente, no tenemos apenas dominio.

Es cuestión de azar que te toque una familia que te eduque en valores, que te trate con cariño sabiendo imponer normas básicas, que te dé tu espacio.

Tengo muy cerca ejemplos detestables de mala educación disfrazada de buenas intenciones. Niños malcriados, caprichosos, insoportables por consentidos.

Tuve la suerte de caer en el lado de aquellos, numerosísimos, que hemos sido formados con un alto grado de sentido común y mucho amor.

Mi susceptibilidad de los primeros años, la cabezonería, la hipersensibilidad de esos años de niño me hubiesen podido costar en el futuro una vida de un frustrado de no haber sido por lo que viví en casa.

Solía enfadarme como un energúmeno por cada comentario que yo considerase hiriente. Me levantaba del sofá, con todo el orgullo que cabía en un enano de 6 u 8 años, me encerraba en mi habitación y echaba el pestillo. Apagaba la luz. Lloraba y sufría en mi rincón de incomprendido.

Un día de cabreo llamó mi padre a la puerta y me explicó que, mientras yo pasaba las horas encerrado rumiando mis cabreos, ellos seguían viendo la tele tan tranquilos.

-El único que sufre eres tú.

He visto a lo largo de mi vida tantos pestillos cerrados que me congratulo de haber tenido un padre que me explicase, siendo yo un niño, que la felicidad está en nosotros, que el mundo no gira a nuestro alrededor, que las cosas no se solucionan encerrándote en ti con tus miserias.