viernes, julio 30, 2010

Al acecho

Cuando estamos de vacaciones, venimos de períodos tan marcados por el dominio de la rigidez del tiempo que nuestro cuerpo parece querer someterse a normas que le lleven a rutinas nuevas, tratando de sortear cobarde la libertad de no tener que acoplarse a ritmos contados en minutos.

A Conil me he traído ganas de estar con mi pareja, libros por leer, tiempo para correr por la playa y pasearla, para tirarme al mediodía, sed de cervezas y gintónics con pepino, horas para jugar con Iván, folios en blanco para escribir, monedas para comprar periódicos, ratos con mi padre y charlas con Marian en La Sal, amigos por recibir en nuestro pequeño apartamento siempre dispuesto.

Sin embargo, acecha el ansia de no desaprovechar el tiempo. Ataca sin piedad cuando te levantas tarde, o al pasar toda una mañana en casa, o si las novelas que te has traído no avanzan, o no te gustan, o algún día no te apetece correr.

Sorteo con relativo éxito ese remordimiento escondido, dañino, medíocre que trata de condicionar mínimamente este tiempo merecido de no hacer nada que no apetezca. Ataca, eso sí, con argumentos bien construidos: todo el año currando para esto, tienes que disfrutarlo, el tiempo es limitado, aprovecha, no te duermas, no llegues tarde, sigue leyendo, llama a Cristina, llama a David, no dejes de ver cine, ni de visitar Tánger, ni de hacerte una paella a la semana...

Es un placer salir casi indemne de esa lucha y entender que la norma en estos días es no tener reglas.

Liberar pulmones y respirar.

miércoles, julio 28, 2010

Observación

La primera vez que fui consciente del placer que provocaba observar a los otros llegó muy lejos de aquí, en el tiempo y en el espacio. Tenía 21 o 22 años, viajaba haciendo interrail por toda Europa, con mucha ilusión, poco dinero y la mochila llena de conservas.

Estábamos en la estación de ferrocarril de Estocolmo, a punto de tomar el tren que nos llevaría al norte del país, contorneando el mar Báltico para llegar a Helsinki. Derrotados y hambrientos, sentados en el suelo apoyados en unas taquillas a lo largo de un ancho pasillo donde la gente caminaba deprisa, con maletas, agarrados de la mano, dándose besos, rebuscando un olvido de última hora en el equipaje, me sentí transparente. Yo podría perfectamente no estar ahí, de hecho era lo estadísticamente razonable, que un sevillanito veinteañero no estuviera observando a tanto nórdico pulular en su cotidianeidad de viajes ferroviarios.

Recuerdo horas allí, en silencio, mirando a lo más próximo.

Me gusta mirar a las personas, estudiarlas, tratar de adivinar qué esconden bajo sus conversaciones, sus miradas o sus prisas. No tengo memoria para vestidos o coches, pero sí la tengo para las personas y las ciudades. A cada cuál le funciona el almacén de los recuerdos de una determinada forma, y yo debo tener tan pocos megabytes en mi cabeza que selecciono de forma natural.

Observar es una actitud. Dejarse llevar por los movimientos en los demás, sus conversaciones, sus gestos.

Aprender del mundo mirándolo.

lunes, julio 26, 2010

Verano

Tirado en la arena estos primeros días de vacaciones, vienen frecuentes las imágenes de playas pasadas, calores similares.

Hubo un tiempo de mi pasado en que huí de los días largos de arena, mar y chiringuitos; recorriendo Europa, visitando España o manteniendo el campamento base de Sevilla con escapadas puntuales.

Venir durante un largo período de tiempo al dolce far niente playero es volver a la infancia, al descubrimiento de la amistad, del amor, del sexo...

Sé que pertenezco al selecto club de los privilegiados que tuvimos una niñez feliz, con veranos de tres meses eternos junto al mar.

Esos tiempos de sol que aprovechábamos para hacer pandilla y descubrir el mundo.

De entonces tengo recuerdos de grandes siestas, de pasar las mañanas leyendo el periódico y comenzar a leer a los clásicos de mis años juveniles, Delibes, los Cinco o esa gran batalla de Trafalgar de Galdós.

Era vida familiar, en que se descubrían de los padres y hermanos facetas impensables en las épocas de ciudad, cuando los ritmos y horarios constreñían el desenvolvimiento en total libertad.

Volver al verano es recuperar la inocencia, sentir que de nuevo el tiempo es nuestro y controlamos del todo nuestra vida.

jueves, julio 22, 2010

Puntos negros

Gran defensor de la Sanidad Pública, en los últimos tiempos me he visto obligado a hacer un uso de ella al que no estaba acostumbrado; en la mayor parte de los casos por achaques propios de un cuarentón que siempre presumió de una salud de hierro.

La ultima ocasión ha sido hace unos días. Acostumbrado a leer tumbado en la playa durante horas, incluso cuando el invierno lo permite, hace menos de un año que comencé a incomodarme con un puntillo negro, móvil, vítreo, licuoso y poco definido que campaba a sus anchas entre las letras de mis libros, llegando a invadir hasta el espacio visual rojizo de mis ojos cerrados frente al sol.

La hipocondría es el peor de los inventos. Imaginaba a los puntos negros reproduciéndose inmisericordes por todo mi ojo derecho antes de lanzarse a la conquista del izquierdo.

La inquietud se acrecentó cuando la médico de guardia me dio cita, sin dudas y con premura, con el oftalmólogo.

Un par de semanas, un colirio anestésico y un aparato metálico sacado de otra época más tarde, el especialista ocular me dijo que no había nada de qué preocuparse, que tomando diariamente unas pastillas de vitaminas específicas para el humor vítreo, éste recompondría nuevamente la figura.

'Y cuando el punto negro vuelva a salir, que lo hará, de nuevo un mes con estas pastillas'.

La vida se irá presentando así, con la desfachatez de quien comienza a tener goteras sin temblarle el pulso. La actitud más inteligente estará, sin dudarlo, en saber ir madurando en compañía de los puntos negros y sus secuaces.

sábado, julio 17, 2010

Memoria

Esta semana pasada tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo amigo de la época lejana en que pasamos de adolescentes a adultos.

Un email de la que fue mi promoción del colegio para reunirnos en el XXV aniversario nos sirvió para rebuscar entre los destinatarios y contactar.

Tras pasarnos los teléfonos y morirnos de risa escuchando nuestras voces surgidas del túnel del tiempo, quedamos en un café de la Avenida.

A través de él recordé lo que no conseguía traer a mi mente, ¿en qué momento habíamos dejado de vernos? En un camping de las afueras de París, ésa era la respuesta y me la dio él. Recorrimos Europa con interrail y yo me quedé unos días más en mi ya por entonces adorada capital francesa. Teníamos poco más de veinte años.

Por entonces él se había echado novia, su actual mujer, era verano, cada cuál fue tirando para un lado y no nos volvimos a ver.

A mí, de él, me venían imágenes menos elaboradas. Lo recordaba con su seat ibiza rojo y escuchando música británica: Lloyd Cole, Prefab Sprout, Lisa Stansfield... Me acordaba de la calle donde vivía, que estudiaba Derecho y que me llevaba bien con él.

En cambio, a mí me preguntaba cosas concretas que me hacían volver a tiempos pasados de forma vertiginosa, porque quizás la memoria está en los detalles y cada persona tiene organizada su cabeza de forma distinta, ordenando la información según sus neuronas estén configuradas o su manera de ser sea más sensible, compleja, práctica o selectiva.

Fue un verdadero shock en positivo.

Poco cambiado en lo físico a pesar de los veinte años pasados, me transmitía lo que tal vez viera él reflejado en mí como un espejo: los desengaños vividos y la paz interior de quien no se mueve ya por tonterías.

Quiero pensar que los años que pasan por mí no quedan en el olvido, a pesar de que a veces necesite un catalizador en forma de detalle para sacarlos a la luz. Me gustaría creer que no han desaparecido para siempre las conversaciones, excursiones, borracheras de juventud, peleas y abrazos.

Entiendo que yo los almaceno de forma más caótica que el resto, pero que están ahí; que mis vivencias se acumulan para hacerme con el tiempo una persona mejor, más llena, aunque mi memoria sea perezosa para alimentar mi día a día.

Quiero creer que, cuando acuda a ella, me responderá con todo lo vivido.

miércoles, julio 14, 2010

Lenguas de fuego

No era, pienso, un espíritu cotilla el que me hacía imaginar en mi época de estudiante de bachillerato que, sobre el resto de los alumnos y alumnas que compartíamos la clase se apareciera una lengua de fuego encima de las cabezas que sólo yo pudiera ver acto seguido al lanzamiento de una pregunta tan sólo imaginada por mí.

¿Cuántos tienen padres divorciados? Y la lengua de fuego se levantaría sobre dos, tres o doce de mis compañeros, ¿a cuántos se les ha muerto un familiar cercano?, Entonces comprendería mejor el dolor de algunos, ¿quiénes han dejado de ser vírgenes?, ¿cuántos son homosexuales?, ¿quién tiene una familia arruinada?, ¿quién tiene una enfermedad grave?, ¿cuáles de ellos trabajan para pagarse sus estudios?...

Sí, yo era tímido en mi época juvenil. Y sí, tenía muchas dudas sobre mi lugar en el mundo. ¿Hasta qué punto mi familia, mis circunstancias, mis emociones eran normales?

Las lenguas de fuego no aparecían y eso me enseñaba que la vida había que trabajársela, que era necesario indagar, conectar, no recluirse, compartir palmeras de chocolate en los recreos para escuchar, aceptar invitaciones a fines de semana en el campo de amigos que a lo mejor me daba terror visitar, huir del calor de mi habitación, mis libros, mi familia.

Tengo la enorme fortuna de tener dos hermanas mayores, emprendedoras, lanzadas, divertidas y conectadas con el mundo real que se preocuparon sin forzarlo de hacerme cómplice de ellas, de la estupidez de ser un tímido enfermizo.

Con ellas viví las primeras borracheras, pero también conocí a gente de edades diferentes con las que congenié, ellas me dieron mis primeros trabajos vendiendo tiquets en festivales de música o tras la barra de un bar y con ello la posibilidad de descubrir a una mujer que trabajaba en Galerías Preciados y vivía con un chufla, a una enfermera que trabajaba en una UCI y a pesar de ello reía a boca llena, a tipos buscavidas que trapicheaban con lo que fuera necesario para sacarse pelas, a imbéciles taciturnos, a profesores de universidad, a limpiadoras, recepcionistas y arquitectos.

Curé mi timidez a base de no encerrarme en casa obedeciendo a la inercia de un tipo introspectivo, convirtiéndome en un ser mucho más válido al renunciar a enfocar mi vida en una sola dirección.

Mis hermanas me sacaron del mundo imaginario de las lenguas de Pentecostés.

lunes, julio 12, 2010

Coherencia

Con 42 años ya cumplidos, si hay algún comentario sobre mi persona que me agrade es el de ser coherente, a pesar de las contradicciones a que a veces la vida nos empuja.

De la misma forma, valoro enormemente esa cualidad en los demás.

En el día a día y en los proyectos de vida, un amigo o familiar que se vea venir es una garantía de estabilidad para uno mismo.

Vamos conformando nuestra personalidad sin percatarnos, a base de encuentros y desencuentros, topándonos con gentes, situaciones, sorpresas que nos ponen a prueba, coartándonos o no, en el trayecto emocionante que es el vivir.

Dar giros en redondo despista.

No me gusta hacer nudismo en la playa, me asusto con facilidad, adoro el chocolate blanco, soy reservado con mi intimidad, me gusta el Betis, Paul Auster y visitar París con frecuencia, me considero agnóstico, de izquierdas y puntual, con fuerza de voluntad, nada frívolo y amante de las cenas largas. Soy, mal que me pese, rencoroso y susceptible, siempre en lucha por corregir esos defectos en mí. Obsesivo con las normas de educación o intolerante con el maleducado, doy importancia al saber estar como principio de comportamiento.

Quiero ser coherente, potenciando mis virtudes e intentando ir, poco a poco, dejando atrás lo que detesto en mí.

viernes, julio 09, 2010

Pijos

No he de negar que durante gran parte de mi vida he rozado, coqueteado, detestado, ahuyentado, asumido, desconfiado, relatado respecto al mundo pijo.

¿Pero qué es ser pijo?

Es un buen ejercicio de reflexión tratar de definir palabras como éstas, de tan variopinta explicación dependiendo de quien la piense.

Yo he mantenido durante mucho tiempo como base de lo que es ser pijo el hecho del estricto respecto de la vida prevista. Me explico. Había una coincidencia entre las personas así consideradas, de mi entorno, y sus meriendas de las cinco, su ropa previsible, sus domingos en misa o la actitud sorprendida de ojos abiertos ante los descubrimientos del mundo.

¿Implica ser pijo tener dinero? Digamos que ayuda a mantener esa vida de rutinas, ¿implica ser rancio? No, pero existen factores en el hecho de serlo que pueden hacer tender a la persona a no 'ventilar' su vida con la aceptación de lo distinto, lo sorpresivo y perverso, ¿es falso el pijo? tanto cuanto no sepa luchar contra sus principios cuando la realidad los desmiente, ¿es de derechas? tiene más tendencia a serlo desde el momento que aceptamos que el pijo defiende su vida de siempre y, por tanto, es conservador, ¿es sibarita? ahí actúa mi experiencia para decirme que sin ser condición necesaria ni suficiente, sí hay mucho de ello.

Construir una definición con todos estos argumentos, siempre personales, resulta complejo.

El caso es que, dependiendo de quien me valore, yo mismo puedo ser descrito como tal. Y me horroriza. ¿Qué parte de mí es pija? Tal vez ayudan mis estudios y mi puesto profesional, no tanto por todo ello en sí sino por el círculo social en que en cierta forma me ha asentado. Mi nómina tampoco es baladí respecto al mundo mileurista en el que me muevo y, si asumimos que el concepto dinero ayuda, entonces tengo más probabilidades que otros. Soy, también, una persona con un gusto particular por la belleza entendida como un amor al arte, al buen vivir. Soy, mal que me pese, sibarita.

¿Me libero de serlo por considerarme de izquierdas? Ojalá. ¿Soy el anti-pijo por no estar enganchado a las tradiciones de mi tierra? Quizás. ¿Mi vida sin hijos me hace saltar por encima de cualquier manual de hombre pijo? No sé.

¿Son los pijos insoportables?

En una gran parte, sí.

¿Son los pijos más educados que la media de masa humana?

A veces defiendo esa postura, a veces no. Luego no puede entrar como argumento.

¿Qué me hace escribir de ellos?

La recurrencia con la que se utiliza este término en nuestra sociedad. Tal vez cada cuál a su manera, mirando en positivo o negativo. Hay quien se vanagloria de serlo.

Yo conozco pijos y pijas encantadores, habituados a llevar una sonrisa, nada perezosos a la hora de abrazarte. Entre ellos hay mucha gente de la que te puedes fiar por encima de todo, quizás porque si los elegiste como amigos hace mucho tiempo, y si al tomarlos como tales acertaste, sabes que son personas hechas para no cambiar. Y si te quieren, te quieren...

lunes, julio 05, 2010

Nuevos parias

Con mi paga extra ando quitándome tarjetas visas con las que en tiempos pasados tuve que enredarme, por historias queridas o no evitables que me hicieron necesitar más dinero del que tenía.

Las empresas financieras, más cutres de lo que uno pueda imaginar, hacen tres mil jugarretas para intentar llevarse el máximo dinero de un cliente que está a punto de abandonarles, de dejar de pagarles intereses supersónicos por un dinero prestado con letras pequeñas inacabables.

Cuando hacen barbaridades con tu cuenta, te cobran recargos injustificables, te doblan los pagos por si cuela y te cargan de comisiones un día antes de darte de baja entonces el perjudicado, en este caso yo, llama como una fiera al número que te dan como de 'atención al cliente' y, después de hacerte esperar ratos eternos en que te cobran hasta por respirar, saltas como un energúmeno contra la pobre persona, sudamericana o no, chico o chica que atiende el teléfono.

Ellos tienen un listado de preguntas para hacerte desesperar, acabando tan excitado que...

Pobres parias utilizados por empresarios sin escrúpulos que tienen la poca vergüenza de no dar la cara para sacar todo el dinero posible de la desesperación de quien pasa por situaciones económicas delicadas.

En toda esta historia yo me siento un privilegiado, que ha tenido la suerte de trabajar en una empresa seria que ha sabido sortear, con dificultad, la crisis.

Me prometo no levantar más la voz a esos telefonistas pacientes que soportan, estoicos, la rabia de los estafados que no pueden expresar sus frustraciones a los impresentables de corbata y chaqueta que se ríen de nosotros, y de sus empleados-parias.

jueves, julio 01, 2010

Alemán

Me produce una gran satisfacción personal explicar, cuando alguien se interesa acerca de mi dominio del francés, que aprendí el idioma de Molière a través de Planeta Agostini.

96 fascículos semanales que yo estuve comprando con mis ahorros de adolescente durante dos años. Venían con su cassette.

Écoutez - Répétez - Écoutez - Répétez...

Yo escuchaba encerrado en mi habitación y repetía las veces que hiciera falta. Con lápiz y goma hacía todos los ejercicios, corrigiendo continuamente los mismos errores.

Mi trabajo y, sobre todo, mis 3 años en Francia me hicieron afinar una lengua de la que sólo sabía lo que mis lecciones de kiosco de prensa me enseñaban.

Animado por mi éxito y mi fuerza de voluntad me dispuse a comprar los 96 fascículos de alemán.

No tuve, en este caso, la constancia para bajar 96 semanas a por el ejemplar correspondiente, quizás por entonces empezaba a descubrir el mundo y mi escaso dinero prefería gastarlo en copas los fines de semana. Cualquier cosa que diga será, en cualquier caso, producto de mi invención.

Aún así, a través de mi amigo Pepe, conseguí dar con alguien que vendía esas 96 lecciones ya encuadernadas en grandes tomos. Hice un trueque (no recuerdo tampoco a cambio de qué) y me hice con el curso completo de alemán.

Lo empecé varias veces y en distintas épocas. Pero no pasaba del 'wie gehts dir?'.

He utilizado esos tomos de pie para reforzar las patas de mi cama, han viajado conmigo a París, los he colocado en todas las estanterías que he tenido en mi casa familiar y en mi vida adulta independiente.

Tantos años después de hacerme con el primer episodio de ese curso, hace no mucho, decidí que no.

Renunciar a proyectos no es sentirse menos vivo, sino comprender la verdadera naturaleza del vivir. Comprender que toda una vida no da para leer toda la literatura universal y que, con el paso de los años, hay que priorizar no es una derrota.

Ahora sé que no tengo el tiempo ni la ilusión de aprender alemán. Sé, sin embargo, apreciar la relectura de una novela sin angustiarme por pensar que eso me impedirá leer otras desconocidas. Sé que no viviré mil vidas ni integraré a más de cinco personas importantes en mi círculo más íntimo.

Pero, a estas alturas de mi vida, no me causa desazón.