viernes, febrero 26, 2010

Sara Montiel

Hay cualidades de las que carezco, que ambiciono a sabiendas de no tener capacidad de obtenerlas y que admiro en los demás.

Una de ellas es la frivolidad.

No me considero un tío en ningún caso aburrido ni plomazo, pero mi incapacidad de reírme de mí y del mundo me mosquea.

Quizás sea una de las razones, ni mucho menos la principal, para compartir mi vida con una persona que me ofrece ese sentido irreverente de la vida que tanto valoro.

Recuerdo el último momento crítico vivido en ese sinvivir mío con el mundo de lo irreverente. Tras un año de mucho 'cachondeo' y buena vida con mis amigos más cercanos, pasado el verano se decidieron a organizar una 'fiesta del terror'.

A mí, por regla general, me dan mal rollo los disfraces. Acepté el reto porque soy fácil, pero no me preocupé por buscar de qué vestirme hasta el mismo día de la fiesta. Isaac y Fran se acercaron a Pichardo y me compraron el traje definitivo: 'La muerte eterna'.

Seguíamos el guión, era una noche de terror.

Antes de llegar a la finca donde se celebraba la fiesta, hicimos parada en casa de unos amigos. Abrieron el plástico del disfraz (no más de veinte euros) y me plantaron la túnica de la muerte eterna. El disfraz traía asociado un lápiz de cera blanca con el que había que pintarse la cara.

Yo me dejé pintar porque llevaba tres cervezas encima.

El tiempo pasó y yo confirmé que no sé ser frívolo ni reírme de mí mismo.

Cuando enseñan las fotos y preguntan quién es el que va vestido de Sara Montiel yo escondo la cabeza y hay quien explica...

Es la Muerte Eterna.

lunes, febrero 22, 2010

Abducidos

Ayer me llegó un mensaje de mi amiga Mariángeles, 'La Polemique', para decirme cuánto le estaba gustando 'El arte de amar', de Erich Fromm. Todo un tratado acerca de los distintos tipos de acercamientos amorosos entre los humanos.

Marian me hablaba hace unas semanas de lo maravilloso que le había resultado leer el 'Tokyo Blues' de Haruki Murakami; Luisfer dice encontrar inigualable la escritura de Le Clezio; Mariángeles, la onubense, me habla entusiasmada de la obra de Khaled Hosseini. Isaac disfrutó como un niño chico con 'Brooklyn Follies' de Paul Auster.

¿Qué nos lleva a leer?, ¿qué aporta al ser humano la lectura? Es más, ¿qué nos aporta cuando es ficción?

Es complicado pensar qué hilos mueve la literatura en el alma humana para conseguir atraparnos con decorados que sabemos falsos pero que, aún así, nos remueven las tripas. Nos hacemos cómplices de personajes que viven en otros tiempos, otras ciudades, tienen otro sexo y preocupaciones muy distintas a las nuestras.

Nos gustan los conflictos generados en esas obras. Experimentar la muerte en otro, los celos, el dolor, el pánico a la enfermedad, la vejez a la que aún no hemos llegado, el beso que un día no supimos dar, la arrogancia de villanos que conocemos con otros nombres y distintas caras.

Suspiramos en la cama, persiguiendo letras en un papel, porque una adolescente sepa decir no a un mequetrefe que la tiene engañada; nos retorcemos metiéndonos en la piel de gente sin escrúpulos que no dudan en destrozar vidas por un puñado de dólares.

Queremos finales felices pero que no nos tomen por tontos, buscamos desenlaces distintos a los que se nos proponen porque nos creemos aquél que nos cuentan. Vivimos vidas que no son nuestras, pero ¿por qué?

Encontrar la clave de esta abducción es un misterio.

Soy un tío feliz y amo la literatura. Me gusta la vida que llevo, pero leo buscando otras. Estoy enamorado, pero encuentro otros amores en los libros. Resido en una ciudad que me ofrece calidad de vida, pero ansío otros mundos al otro lado del papel.

Sé más del mundo por leer, no tengo dudas.

Soy más sensible por entender otras culturas, otras edades, otros sexos, por enfrentar conflictos que no viviré.

Lo sé.

jueves, febrero 18, 2010

Fronteras erróneas

Durante un seminario en Ruán, tuve la oportunidad de cenar con un compañero de Renault Valladolid.

En un intercambio sano de pareceres sobre distintas formas de ver el mundo, él me sorprendió con un discurso, a mi entender, equivocado.

La primera sorpresa fue el hecho en sí. Este hombre me contaba que tenía colocado, no sé dónde, un mapa del horror. Por cada mujer que moría asesinada a manos de la violencia machista, él colocaba una chincheta. De ahí venían los datos para unas conclusiones que yo intenté hacerle comprender que eran erróneas.

Sus deducciones venían dadas por la mayor densidad de chinchetas en Andalucía, el Levante y Canarias.

Algo tiene que haber en la tradición de las gentes del Sur (le faltó decir: 'en los genes') que justifique esa mayor proporción de asesinatos machistas.

Lo decía de forma correcta y civilizada, argumentada. En su discurso había una preocupación sincera. Pero con buenos principios se pueden construir afirmaciones envenenadas.

La frontera no es geográfica, le insistí. A los andaluces no nos enseñan a despreciar a las mujeres, ni los castellanos son personas respetuosas por definición con ellas.

La frontera es la mala educación, la falta de educación, los ambientes en que se nace y la crueldad que uno ve y asume. La frontera es la que divide la maldad de la bondad.

No hay genes especiales en los guatemaltecos que les haga asesinos, ni en los suecos para ser como son. La clave es la educación.

Gente mala, estoy convencido, hay en la misma proporción en cada territorio. Pero por cada mujer que muere asesinada en Estocolmo lo hacen treinta en Guatemala. ¿Dónde está la clave?

En la educación.

El respeto al otro se educa, se enseña, se transmite, se aprende.

Es peligroso poner chinchetas en mapas equivocados.

El mapa no es la clave ni hay que criminalizar territorios.

domingo, febrero 14, 2010

Las campanas de la catedral

Hay personas afortunadas que tienen una memoria estructurada, diáfana, que les hace volver a cualquier punto, de cierta relevancia, de su pasado, y describirlo con naturalidad, como si lo estuviesen viendo.

Conozco mucha gente con esa capacidad, pero si en alguien es especialmente pronunciada es en mi querida Mariángeles.

Al tener tanto pasado compartido, ella me sirve de catalizador para explotar sensaciones olvidadas en el batiburrillo de recuerdos desordenados de mi memoria.

Creo, sin embargo, que el camino más corto para llegar a escenas fijas de mi pasado, feliz o no, me vienen por los olores. Un perfume que me puede llevar a mi madre, un aroma de madera a la casa de mi abuela, pasar al lado de jazmines a mi infancia, arena húmeda de lluvia, no sé en qué porcentaje ni qué tipo de tierra, me puede hacer pensar en mi primera declaración de amor, acercarme a una cocina, a una piscina, a una iglesia.

Se dice que en la vida siempre hay que mirar hacia adelante, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo; pero siempre teniendo presente, en algún rincón íntimo de ti, las experiencias pasadas.

Hay tanta gente que ha pasado por mi vida, he reído tanto con ciertas personas que siempre estarán ahí, que sería una falta de respeto a mí mismo olvidar.

No olvido los amores pasados, ni las confidencias, ni esos viajes por medio mundo, ni los llantos por muertos que lo son menos al recordarlos.

Cernuda lo describía desde el exilio mexicano, cuando las campanas de la catedral le llevaban a las de la Sevilla de su infancia, a la que nunca volvió.

miércoles, febrero 10, 2010

Lo ya vivido

He tenido la oportunidad esta tarde de pasearme, como tantas veces, por Valladolid.

Es una ciudad que conozco gracias a Renault, mi empresa. Quién lo diría, una ciudad milenaria, antigua capital de España, del Gran Imperio, donde la Grandeza reluce por cualquier esquina, y que yo la conozco gracias a la multinacional francesa donde trabajo desde…siempre.

Cuando llegué esta tarde, tenía claro que había una cuenta pendiente por quitar de mi mala conciencia. El museo del Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo construido sobre el derruido Monasterio de San Benito, un edificio austero de piedra blanca, majestuoso.

A mí el arte contemporáneo me pone. A pesar de lo difícil que es sostener esa sensación.

Había varias exposiciones temporales, pero si hubo una que me impresionó fue la de Carlos León. Grandes tapices blancos ‘manchados’ de azules y carmines, con esponjas y gotas cayendo incontroladas, ensuciando el cuadrado perfecto.

A mí el arte contemporáneo me hace volar y las pinceladas gruesas de Carlos León me llevaban a pensar en lo ya vivido.

Visitaba sus salas pensando que somos títeres del existir. Todo lo que vamos descubriendo ya ha sido descubierto por nuestros antepasados, no digo los inmediatos, sino los de milenios atrás. El despertar al amor, el miedo al compromiso, la ilusión de la infancia, el querer arreglar el mundo, el descubrirnos mortales, el horror ante un amigo que nos defrauda, el dolor por un familiar que perdemos, los celos, la enfermedad, el comerse el mundo, el dejarse comer…

Viendo los grandes lienzos de Carlos León me planteaba hasta qué punto me produce tristeza, o no, saber que vivo una vida previsible.

¿Es previsible o no saber que el amor ya lo han conocido antes que yo en todas las versiones posibles?, ¿es previsible o no saber que poco a poco vas perdiendo el miedo a tus jefes?, ¿es previsible o no verte arrugas en el espejo?

Todo es previsible y, sin embargo, entiendo como un placer supremo haber tenido la posibilidad de, como individuo inintercambiable y específico, haber descubierto la vida a mi manera, a mi ritmo y con mi sensibilidad.

Ante el fatalismo de pensar que todo muere, el optimismo de saber que nosotros tenemos la enorme dicha de, con pinturas abstractas, lieders de Mahler o tablas de windsurf, apreciar la vida en su totalidad a nuestra manera.

viernes, febrero 05, 2010

No tengo tiempo

Es la frase de esta generación: No tengo tiempo.

Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.

Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.

Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.

Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.

Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.

En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.

En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.

jueves, febrero 04, 2010

Perdonavidas

Si hay algo que no soporto en los demás es la mirada por encima del hombro. No digo sobre mí, sino sobre el mundo.

Clasificar por con quién te mueves y sacar conclusiones gratuitas por un gesto.

Sin derecho al error.

La vida es más sencilla que todo eso.

Recuerdo la época en que comencé a salir con los amigos de copas, tiempos de bachillerato.

Ya por entonces me sublevaban las chavalitas que te despreciaban por ir con un par de copas encima un viernes por la noche.

'Yo no necesito beber para divertirme', sentenciaban.

Con frases rotundas pretendían clasificar a una persona que, simplemente, les había hecho algún comentario inocente en una noche adolescente.

O esos compañeros de trabajo que te sueltan '¿ya te vas?', cuando la noche ha caído hace rato y lo único que hacen ellos es rellenar sudokus en espera de que el jefe salga y los vean 'trabajando'.

No soporto las sonrisas falsas de desprecio, ni la gente estirada que se declara tolerante por simular su intransigencia.

Me desagradan los que hablan sin escucharte, aquellos que consideran que no hay vida fuera de un matrimonio por la iglesia y cuatro niños, los que presumen de nómina y modelo de coche, la gente que critica los excesos que ellos quisieran cometer, los que ven en el sexo pecado, aquellos piadosos que se cagan en los negros o las ecuatorianas. Los que quieren verte por cómo vistes, por dónde naciste y no por cómo piensas, que te definen por tu trabajo y no por cómo te llevas con tus amigos.

A mí me gusta el alcohol para desinhibirme de vez en cuando, el sexo porque sí, reconocer que, en algunos momentos y por instantes, me da miedo vivir; y estoy por la ruptura de las reglas convencionales que no llevan a otro lugar que al encorsetamiento.

Pero, por encima de todo, no soporto a los perdonavidas.

martes, febrero 02, 2010

Un hombre bueno

Ahora que está sobre la mesa de los políticos la discusión sobre la edad de jubilación que nos tocará 'padecer' a aquéllos que aún no vemos ni de lejos el día de la retirada, he tenido la oportunidad, por vez primera, de celebrar como 'jefe' la jubilación de alguien perteneciente a mi equipo de trabajo en la empresa.

Rafael nos invitó a una comida en un bar cercano a la fábrica. Iba impecable con su corbata y, lo principal, su sonrisa de oreja a oreja.

Cuando recibió la llamada de mi jefe mientras tomábamos esa cerveza de despedida (es decir, el jefe de su jefe), él aún tuvo tiempo para pedir por el futuro de los compañeros que dejaba en el tajo.

Con este hombre he tenido oportunidad de viajar, siempre en condiciones de mucha tensión, al tratarse de problemas de calidad que requieren nuestro análisis y soluciones inmediatas. Los viajes dan oportunidad de charlar, de conocer a las personas.

Rafael llevaba casi cuarenta años trabajando, realizando sus tareas con honestidad, sin faltar un día, enseñando a quienes se acercaban a su rincón de análisis de cajas de cambio toda la sapiencia acumulada durante tantas décadas. Siempre con una sonrisa en la boca.

Luchó, hasta el último día, más por sus compañeros (que podían ser sus hijos) que por él mismo.

Ahora le toca vivir la libertad de no tener que pensar más en cajas de cambio ni viajes de empresa, ahora vienen los días de buscar ofertas para irse de crucero con su mujer, o de organizarse para conocer ese París que, a pesar de tanto viaje con una empresa francesa, nunca llegó a conocer.

Él es un hombre sin grandes estudios, con faltas de ortografía, que se emociona tratando de justificar sus derechos laborales y los de sus compañeros, currante como el que más y, sobre todo, humilde.

La humildad que tanto admiro.

Un hombre bueno.