lunes, septiembre 29, 2014

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Hace unos días rendimos homenaje con una comida sorpresa a un compañero de trabajo que dejaba nuestro departamento tras un recorrido impecable de compañerismo y profesionalidad. Todos los que antes o después habían trabajado con él participaron en la comida, contribuyeron con el regalo o, en buen número, compartieron mesa de restaurante para disfrutar del momento emotivo que supone despedir a un compañero de tus rutinas diarias.

Él, un francés encantador y divertido que tira por tierras los tópicos recurrentes asociados al pasaporte de turno, estuvo ingenioso y agradecido, aún más por lo que suponía de sorpresa esa muestra programada de afecto. A fin de cuentas va a seguir una temporada en Sevilla.

Le entregamos en una caja camuflada llena de dedicatorias una PS4 (creo que se dice así) y el momento en que la abrió fue el mejor regalo que él nos pudo hacer. Fueron segundos eternos de una emoción incontenible que nos dejó a todos los comensales ruborizados.

¿Qué regalo material tendrían que regalarme a mí para sentirme de nuevo un niño emocionado?

No me viene nada a la cabeza.

viernes, septiembre 26, 2014

Fascinación

A pocas horas de coger un vuelo que me lleve una vez más a Nueva York, me pregunto por qué mi fascinación por esta ciudad y rápidamente encuentro mil respuestas.

Entre esas mil intento descifrar la clave que las unifique y me vienen a la cabeza adjetivos que alaban su  cosmopolitismo, la grandiosidad, la vanguardia o su universalidad. Llegar a Manhattan es introducirse en el televisor del salón de casa, en las salas de cine o en el territorio de mis sueños.

Una ciudad que creció atolondradamente durante todo el siglo XX, sin apenas historia anterior, llenándose de capas rectilíneas numeradas por las que pasear es su mejor museo, donde las razas se juntan y se escuchan idiomas irreconocibles; una urbe gigantesca que te hace sentir en el centro del mundo al tiempo que te dice que no eres más que una hormiga irrelevante entre mazacotes de hormigón que te vigilan, sin mirarte, cada vez que cae la noche con su firmamento inaccesible de oficinas infinitas.

Nueva York disimula su rutilante humanidad haciéndose pasar por divina, lo que provoca que el que la visita tenga la sensación de entrar en un territorio atemporal que le protege de las vidas normales y los miedos de siempre.

Destartalada y esbelta, joven, perversa, tolerante y marginal, rebelde, inmisericorde y mutante, falsa, traviesa y prismática ciudad de Nueva York, cómo me haces creerme importante cuando vuelvo a ti.

miércoles, septiembre 24, 2014

Cuidarse

En nuestro mundo actual se ha ido generando la teoría universal del Super-Yo. Hay que quererse para poder querer, tenemos que concentrarnos en nuestro bienestar individual para poder aportar algo al resto de la sociedad. La autoestima como método.

Siendo esta tendencia plausible, e incluso estando de acuerdo con ella, a veces pienso que esta generación comienza a obviar al Otro con excesiva facilidad.

La vida nos ofrece muchas vías para crecer y no en todas debe estar el individuo como centro de su propio desarrollo personal. Hacer las cosas pensando en tus congéneres no degrada.

Es ahora cuando entro en el terreno del amor.

Me parece hermoso cuidarse, en todos los sentidos, pensando en tu pareja. Entender el querer sentirse guapo como prueba de entrega, no dejarse llevar por la rutina para alimentar la curiosidad de quien convive contigo, preocuparte por tu salud no sólo por ti, sino pensando en el futuro compartido.

Uno decide una vida en común que no implica una foto fija de elección eterna.

Te cuidas, te renuevas, te culturizas, haces deporte, comes con criterio, te propones cambios de vida, mantienes una forma, eliges una ropa, te perfumas o coqueteas con el espejo no sólo por lanzarte una sonrisa, sino cuidando de que esa sonrisa siga haciendo feliz a quien te quiere.

miércoles, septiembre 17, 2014

Orfandad

Sé que soy un ser especialmente afortunado y, sin que suene a terapias facilonas de autoayuda, lo tengo muy presente.

De entre todas las cualidades y ventajas con que me ha regalado la vida, una significativamente importante, para mí, es la capacidad de soñar, entendiendo el sueño como un mundo paralelo que me enriquece, descontracturando mi realidad y provocándome reflexiones acerca de lo que soy que me ayudan a conocerme mejor.

Y dentro de esa gran cualidad que es el acceso a esa ventana lúcida al mundo de mis sueños tengo la gran ventaja de poder disfrutar de aquellas personas con las que no tengo otra forma de compartir mis días.

Son muchas las mañanas en que, durante décimas de segundo, despierto sin tener la certeza de si mi madre ha muerto, algo que ocurre porque paso muchas horas de mis noches junto a ella, que aparece como entonces era, joven, comprensiva y atenta, una máquina de dar cariño al niño adolescente que soy en esa otra vida.

La orfandad es terrible.

lunes, septiembre 08, 2014

Ombligo

Uno llega a una edad en la que una llamada del Servicio Médico de la empresa para la revisión periódica da cierto yuyu. Por muy bien que me sienta en mi cuerpo, uno no controla ni una mínima parte del funcionamiento y la evolución que éste va tomando con el tiempo, cruel con el paso de los años, experto debilitador de funciones, músculos, reflejos y fluidos.

Todo iba bien, y se acercaba el tiempo de descuento, cuando al médico, tras el electro y la toma de respiración, aprovechó que aún no me había abrochado la camisa para tocarme el ombligo, zona de mi anatomía extremadamente sensible, en mí, a cualquier indagación física. Tocó, retocó y hurgó de nuevo.

¿Tú siempre has tenido el ombligo así?

Así, ¿cómo?

Como un garbancillo. Así es como tengo el ombligo. Un garbancillo que se desinfla si lo tocas.

Por momentos dudé si antes era distinto, algo que suele ocurrir para los desmemoriados como yo, que cuando me preguntan acerca de algo que hice o dije siempre encuentro una imagen en el pasado, la mayoría de las veces falsa, en que hice o dije aquello que me relatan.

No sé si desde que nací, pero sí que hace mucho tiempo que lo tengo así. Como mucha gente, interioricé, sin atreverme a decirlo.

Él negaba con la cabeza.

En mi última revisión del 2009 te lo habría visto. Porque yo siempre miro el ombligo.

Maldita manía -pensé.

Entonces fue cuando me dijo que lo observara a diario, por si crecía o cambiaba de color, apuntando sin piedad en el informe una posible futura hernia. Acojonado, pregunté si podría seguir con mi pilates, con mis carreras, con mis abdominales… A todo contestó que sí, con miramientos, aunque dejaba en mí la responsabilidad de hacer esfuerzos con el abdomen.

Salí derrotado y me llevé toda la noche dando vueltas y tocándome la barriga, por si le daba por crecer al nuevo Allien.

Los días, sin embargo, pasan, sin molestias, ni colores, ni aumentos imprevistos, mientras busco fotos veraniegas antiguas en las que poder verme la barriga, sin llegar a ninguna conclusión y admitiendo, para mis adentros, que ya no iré nunca más solo por la vida.

A partir de ahora somos yo… y mi ombligo.

lunes, septiembre 01, 2014

Borete

Mi madre me decía: 'Nadie se llama como tú'.

En mi familia hay tantos Salvadores que decidieron ponernos nombres, a veces inventados, para distinguirnos. Mi primo Tete, mi primo Curro… A mi padre le pusieron Bori. Él cuenta que deriva de Salvadorín… Dorín… Dori… Bori… El caso es que mi padre es Bori para todos los que le conocen.

Y el primer hijo varón de Bori debía llamarse Salvador, ¡tradición manda!, y de Bori no podía nacer otro hijo que Borete.

Es el soniquete que siempre he interpretado como reclamo desde pequeñillo. Para todo el mundo yo era Borete, un niño con una infancia feliz en una familia cálida y divertida.

El nombre de Salva llegó con el colegio, aunque mis amigos seguían siendo los de siempre y Borete era un niño tímido, querido y protegido por su entorno.

El bachillerato y el instituto, como a la mayoría, me hicieron acceder a un mundo nuevo y ya en la universidad comencé a construir a mis amigos de siempre. Entonces el rastro de Borete se limitaba a mi familia y las primeras amistades de la infancia.

Un día mi hermano David decidió que mi nombre sonaba muy infantil, ¡o pijo!, no recuerdo muy bien la crítica, y que a partir de entonces tendrían que llamarme Bore.

Sea como sea, el tiempo ha pasado rápido, ya soy todo un señor y hay días en que me coge de improviso un grito inesperado de ¡Borete! que me lleva de golpe a las mismas entrañas de mi infancia y me hace sentir una emoción racial.

Y hay un momento, un preciso instante de sutil seducción, en que alguna de las personas más queridas de mi presente, de aquéllas que me conocieron en el período 'Salva', se decide a nombrarme por la palabra mágica, Borete, diciéndome así que se siente parte de mi complejo mundo interior, con toda la carga de afecto que ese gesto me transmite.

Porque como decía mi madre, 'nadie se llama como tú'.