martes, julio 29, 2014

Terror

Cuando el telediario informa de que casi el 90% de la población israelí apoya la ofensiva sobre Gaza y vemos imágenes, día tras día, de niños agonizando llevados en camilla hacia hospitales bombardeados, la reacción inmediata y visceral es la de maldecir a una sociedad insensible al dolor del otro.

Intentando profundizar, entender cómo ha podido llegar a ese posicionamiento un pueblo culto, civilizado y maltratado, durante siglos, por el desprecio y la desconfianza de otras sociedades, resulta difícil empatizar con esa coraza colocada que no les hace luchar contra su propia violencia.

Se entiende el miedo al vecino iracundo, pobre y resentido, incluso se comprende la fortaleza de un ejército creado para defender día a día la existencia misma de su añorado país recién creado, anclado en las tierras de las que fueron expulsados sus antepasados, como de tantos otros lugares. Expulsión, vejación y ensañamiento, sí. Se puede visualizar esa ansiedad por querer retener ese espacio siempre negado por la historia.

Aun empatizando con sus miedos y su rabia ancestral, resulta difícil asumir la vergüenza que debería suponer a una sociedad sana el saber que cada día son cien más los muertos a pocos kilómetros, con decenas de niños destrozados que obligatoriamente no pueden ser terroristas, sino niños.

El odio que lleva al odio y la ansiedad de saber que no hay antídoto posible en esa tierra desangrada por la incomprensión mutua es un motivo de vergüenza universal.

No se puede perdonar al asesino de tu hijo muerto. Ésa es la tragedia.

Mi solidaridad es plena con los inocentes niños palestinos en plena vorágine de terror.

jueves, julio 17, 2014

Estímulos

Cada vez leo menos, y me jode.

Nuestra generación, la que está pasando del papel a la pantalla, está sirviendo de conejillo de Indias para sí misma en su propia curiosidad por progresar, en estos tiempos en que las armas del conocimiento son imprevisibles y la tecnología acelera como zanahoria provocadora de nuevos comportamientos que afectan al núcleo de la sociedad y de la persona.

Depende del día o del estado de ánimos, vemos esta avalancha de estímulos con optimismo o cerrazón; aunque sí somos conscientes de que no hay marcha atrás, de que los dispositivos que nos rodean y se cuelan entre nuestras conversaciones ya vinieron para quedarse, ganar poder y reducir nuestros espacios vacíos, sea añorable o no ese vacío que ocupa una parte de la existencia.

En ese futuro más o menos próximo en que se analice la reacción humana a esa explosión de la tecnología de la comunicación, seguro que se documentarán con datos precisos enfermedades de nueva generación y tratamientos asociados, de hecho ya existen; pero, además, se observará con distancia cómo de fuerte es el hombre para lidiar con el chorreón de estímulos externos. Si sucumbió la estructura social o mejoró, si nació un nuevo ser humano, si se perdió capacidad de análisis, si el hombre ganó en rapidez mental o perdió en inteligencia, si se volvió más frágil o menos perspicaz.

Es seguramente batalla perdida buscar estratagemas para no sucumbir a esta dulce muerte de los hábitos pasados; aún así soy partidario de encontrarlas, de salir a pasear sin móvil, de forzarme a no mirar emails a determinadas horas, de obligarme al placer de comprar el periódico en papel los fines de semana y entregarme a ellos, de intentar convencer a mi pareja para alternar las noches de tele con las de lectura, de no compartir cada foto maravillosa con el mundo entero.

Hace diez años desayunaba entre semana viendo las noticias tomando corn-flakes en actitud pasiva, hace cinco ya lo hacía buscando titulares con avidez en las principales páginas web de la prensa de medio mundo. Desde hace meses, sin embargo, desayuno lentamente, en silencio, observando el amanecer del horizonte de tejados de mi ciudad.

domingo, julio 13, 2014

Fenómeno

Cada vez que tomó un café en la calle y el azúcar viene en forma de terrón, tomo éste con los dedos y lo aproximo hasta la parte superior de la taza para comprobar cómo se va poniendo marrón al subir el líquido por capilaridad y recubrirlo entero.

El fenómeno número 4, lo llamaba mi amigo Quino, con ese toque ingenuo e ingenioso que tenía para describir su mundo.

No recuerdo si tenía contabilizados otros fenómenos, pero sí es cierto que ese punto bromista al jugar con el terrón sobre el café en nuestras añoradas tardes de discusión universitarias ha perdurado de por vida en mi cabeza, de forma que la imagen de Quino, tras muchísimos años sin verlo, me viene cada vez que, sin previo aviso, me encuentro con un terrón de azúcar entre mis manos, como una magdalena proustiana específica y personalizada.

Si hay alguien de entre mis amigos que ha sabido buscarse la vida por medio mundo ése ha sido Quino. Tras trabajar no sé cuántos años en Alemania acompañado de su inseparable Maika y de sus niños, ahora sé que anda por territorio chileno haciéndose con un porvenir mejor.

Estas asociaciones visuales nos vienen como anillo al dedo a los que tenemos una memoria frágil, para traernos al presente gentes y momentos que fueron especiales un día en nuestra vida, o que lo son actualmente, pero de otra manera y a otro ritmo.

Tomar un zumo de pera me lleva a los campeonatos de España de remo en Mequinenza, oír hablar de Benedetti me acerca a Mariángeles, así como que siempre que estoy por Marbella envío un mensaje a mi querida Cristina, o Paolo surge cuando aparecen imágenes de faraones egipcios o de Kristian cuando es Harlem, o de Raquel si suena Fito y los fitipaldis, o de mi abuela si me hablan de los dos rombos...

A los desmemoriados como yo les viene muy bien tener cerca a gente que les recuerde, con cierta asiduidad, cómo fue nuestro pasado. Yo tengo la suerte de tener a esa persona a mi lado.

Quizás sea ésta una de las razones por las que empecé en el 2008 a escribir este blog... Para guardar en un cofre internáutico mi memoria y reflexiones.

Aunque no me acuerdo si fue ésa la razón de empezar a escribir por aquí...

viernes, julio 11, 2014

Ramadán

De los lugares mágicos uno tarda en salir incluso tras haberlos dejado lejos; con Estambul siempre me ocurre.

A pesar del evidente progreso constatado durante los más diez años que llevo visitando esta ciudad, los niños tirados en las calles tocando la flauta o las manadas de perros salvajes corriendo de un lado a otro me hacen recordar que hay dolores viejos e irresueltos en esa urbe inmensa, que se debate, a ojos de un occidental, entre mundos radicalmente opuestos.

Llegar a Estambul en su primer día de ramadán y encontrar a familias enteras en los jardines de Sultanahmet con las bolsas llenas de barras de pan y bebidas esperando la caída de la noche es un espectáculo en sí. Al mismo tiempo, paseando entre ese pueblo devoto en torno a mujeres pertrechadas de hyjabs, se pasean ejecutivos y tribus de jóvenes ignorantes de restricciones que parecen no ir con ellos.

En la fábrica de Bursa donde estuve trabajando la cantina estaba a medio llenar a la hora del almuerzo, y me apetecía preguntar a mis anfitriones, que comían con nosotros, cómo se llevaba esa dualidad, que parece tan abismal, en la sociedad turca. El desconocimiento y la precaución me hicieron, sin embargo, hacer preguntas más sutiles que no me aclararon la existencia, o no, de barreras de comunicación entre las dos formas de ver el mundo que componen el alma turca.

Oír el canto del almuecín a las 4 de la mañana, ver las ojos negros de mujer asomando de trajes negros que lo cubren todo, espiar sus esperas para disfrutar de la caída de la noche me hizo creer que yo vengo de un mundo menos rígido, obviando las procesiones incansables embadurnadas de incienso por el centro de mi ciudad.

Esta misma semana, en una comida de trabajo, hablamos del Vaticano y su visión de la nueva iglesia por venir. Un compañero afirmaba, con tono solemne, que un cura, aunque sea apartado del sacerdocio por haberse casado, 'siempre tendrá el poder para convertir el pan en la carne de Cristo'.

Yo lo escuchaba tomando mi salmorejo, acongojado por una frase tan rotunda, y me vinieron imágenes de las abluciones al entrar en las grandes mezquitas de Estambul.

Qué repeluco me dan las religiones.

lunes, julio 07, 2014

Vanidad

Estoy construyéndome una teoría simplona, como suelen ser las mías, que aún no tengo finiquitada.

Vendría a confirmar la naturaleza perversa del hombre a partir de los impulsos irracionales ante los halagos. Nada que no se sepa ya de la vanidad humana.

Pero sí, es cierto, a mi entender, que cuando recibimos un piropo, una crítica positiva o un reconocimiento inesperado, nuestra primera reacción, ésa que no se piensa y se elabora en décimas de segundo, es la de crecernos.

Luego, más tarde, la mayoría de las veces, viene el ataque, casi siempre falso, de humildad; y el agradecimiento.

El tic primero, sin embargo, el que nos delata, es el de la egolatría y aumento de la caja torácica.

Como aún no tengo del todo elaborada mi teoría, no sé si es pesimista o no. ¿Es bueno que nuestra naturaleza más física tenga reflejos soberbios? ¿Es la rectificación posterior –humildad y agradecimiento- buena muestra de nuestra capacidad de corregir los impulsos egoístas?

Alabar lo bueno en el otro es una muy buena medicina para practicar, cuando se dice de corazón y está bien argumentada. Recibir el halago, en cambio, es medicina a tomar con calma, admitiendo que el cosquilleo de felicidad que nos produce tiene que hacernos evolucionar hacia una mayor limpieza de espíritu.

Si alguien te admira lo más importante, quizás, sea esa persona que se fijó en ti.

miércoles, julio 02, 2014

Confort

El ser humano, al menos aquél al que yo represento, tiene una memoria frágil y se habitúa, más pronto de lo deseado, a zonas de aparente confort en el devenir diario que poco tienen que ver con lo que uno fue, e hizo, en tiempos no muy lejanos.

No hace tanto que yo me pateaba medio mundo en avión, con una maleta pequeña y un portátil de Renault, para trabajar en ciudades enormes de culturas muy diferentes a la mía. Me divertía, aprendía, no tenía pudor para conocer gente, tomar cerveza a solas y recorrerme barrios desconocidos sin temor.

Llevo años, sin embargo, en un puesto que me gusta, anclado a mi ciudad, con un ritmo de vida intenso pero manejable y el placer de sentirme muy bien en mi propia piel.

De pronto se me presenta un viaje de trabajo de una semana en Turquía y mi cuerpo, olvidadizo, sólo recuerda el día en que un taxista me timó en Estambul, dejando de lado las copas en Taksim, las horas en el palacio de Topkapi o las cenas en restaurantes sobre azoteas con vistas al Bósforo.

El hombre, el que yo soy, se vuelve asustadizo, se oxida, cuando pierde el ritmo de una vida sin inercias.

Me obsesioné con cambiar en billetes pequeños imaginando al futuro taxista como un ogro y pensaba en las calles de Estambul como un laberinto agresivo de sensaciones que no estaba seguro de querer reencontrar.

Y así me monté en el avión para llegar aquí, con el cuerpo alerta como un niño chico, asomado con los ojos como platos a la ventanilla del avión.

Luego vino un aterrizaje en un país soleado, un taxista simpatiquísimo y de nuevo el maravilloso Estambul de siempre; sin embargo, el hombre aburguesado en que uno se convierte sin quererlo, se asustó de su pasado.

Mi vecino de asiento en el avión me preguntó por mi nacionalidad, tras verme torpe con la bandeja de la comida de la Turkish Airlines y después de aclararme, sin yo pedírselo, que él era kurdo. Yo, harto de estudiar inglés y de escuchar de mi hippy profe londinense halagos sobre mi pronunciación, no supe más que responder a lo Chiquito de la Calzada:

-D’Echpáin.

¡Tengo que salir de la zona de confort!