martes, mayo 28, 2013

Venecia

Aproveché un viaje de trabajo a Eslovenia, en el que la combinación más sencilla para llegar era aterrizar en Venecia, para desviarme de la ruta con el coche de alquiler y plantarme en la isla donde se asienta la ciudad. Recorrí la autovía que la comunica con tierra sin saber hasta dónde podían llegar los coches y aparqué en un terreno vigilado por un tipo extraño que solicitaba las llaves para admitir depositarlo allí.

Con el miedo de no saber si estaba cometiendo una estupidez, decidí asomarme unos minutos para hacerme una idea de cómo de real era esa imagen que todos tenemos integrada desde siempre y volver rápidamente a por el coche.

Pero llegué a la Piazzale Roma, me fui asomando a los embarcaderos que se adivinaban de los vaporettos y me encontré con la visión imperecedera del Gran Canal azul turquesa de ese día de invierno soleado.

Entonces, como una atracción perversa, me fui adentrando en ella a la carrera, sin imaginar sus dimensiones ni recovecos. Desapareció el hambre de mediodía y la preocupación por el coche, atravesé el puente de Scalzi y pateé a ritmo endiablado una calle peatonal donde todo parecía preparado para mí hasta llegar a Campo de San Geremia.

Con el tiempo y los numerosos retornos a esa ciudad mágica fui integrando en mi memoria, corta para lo que no me interesa, el recorrido íntegro de ese viaje iniciático.

Camino del Ghetto empecé a tropezarme con canales a los que tenía que encontrar su puente e indicaciones constantes en amarillo insinuándome el Puente de Rialto, el Arsenale, la Plaza de San Marco, la Academia, sorteando iglesias de piedra, escuelas de arte y pequeñas tabernas que parecían no poder estar situadas en mejor disposición.

El tiempo corría en mi contra y mi decisión era firme, alcanzar a ver el Ponte Rialto antes de volver. Seguí la Strada Nuova hasta coronarlo y me extasié ante el espectáculo de ver el Gran Canal en su esplendor.

Que el hombre hubiese ideado, y edificado, algo tan hermoso desde tanto tiempo atrás debía de ser una demostración, integré, de esperanza en el ser humano, en la suprema búsqueda de la armonía.

Aceleré para asomarme, aunque fuera un segundo, a la Plaza de San Marco, sin imaginar la complejidad del laberinto de sus calles.

Si hice una pausa fue allí, en la gran esplanada de la plaza, asomándome a la desembocadura del Canal Grande, admirando el Campanile, el Palazzo Ducale y, por encima de todo, la basílica bizantina con sus cúpulas, dorados y caballos.

La vuelta por San Polo fue una carrera con los sentidos a flor de piel, fotografiando con el móvil por el puro ansia de retener, esquivando turistas por callejuelas y saboreando un trozo de pizza comprada aprisa y corriendo en una trattoria.

Ya todo era seguir los carteles que indicaban Piazzale Roma. Allí estaba mi coche, mis llaves y un viaje hacia Eslovenia cargado de emoción.

La belleza lo había invadido todo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bueno. Cuantos recuerdos de Venecia por allá en el 2005. Enriquecedoras experiencias que nos plasmas en tu blog Salvador. Se ve que tienes mucho recorrido en esta vida.

Un saludo, Manuel

chichin dijo...

no pude encontrar el libro recomendado bauta lee si alguien sabe quien es el autor le ruego escribirme gracias felixjuanborgonovo@hotmail.com