martes, enero 28, 2014

Betis

Cada vez que alguien que no me conoce lo suficiente descubre mi afición por el Betis la expresión siempre es la misma:

'Nadie lo diría'

Sí, parece necesario justificarse. No suena a muy racional ni intelectual, desde luego, pero quizás por eso me viene bien a mí el perder cierta forma cerebral de ver y analizar las cosas.

Soy del Betis.

Ya antes de bautizarme mi abuelo materno me había sacado el carnet. Juro que yo lo vi cuando pequeño, el carnet, con una foto de recién nacido. Aunque también es probable que sea fruto de mi inventiva o de la excesiva épica con que la familia de mi madre presumía de que el primer nieto varón fuese un bético de pro, sobre todo cuando en el lado opuesto estaba mi familia paterna, sevillista sin ambages.

Visto con distancia puede resultar provinciano y de mentes cortas, porque seguramente lo sea, pero yo ya desde muy pequeño andaba preguntando por cómo iba mi equipo cada domingo, como si me fuera la vida en ello.

Recuerdo ver a mi madre dándome besos emocionada cuando ganamos la Copa del Rey en el 77. ¡Qué felicidad para mis diez años! O los sofocones con cada descenso a Segunda División, en que creía que se acababa el mundo.

Fue con dieciocho años cuando me saqué voluntariamente mi primer carnet; estuve viajando a media España siguiéndolo; compré acciones cuando decían que podía desaparecer; disfruté como un enano cuando ganamos la segunda Copa del Rey y en mis años de 'exilio' en París recuerdo el sufrimiento siguiendo los partidos por Internet, seguramente cantando los goles con cinco minutos de retraso a dos mil kilómetros de distancia .

Porque aunque a algunos les resulte una paparruchada, porque seguramente lo sea, los béticos sabemos que nuestro club es especial: no representa a ninguna ciudad, por muy sevillano que sea, y significa para los que lo seguimos un ideal inmenso de fidelidad reflejado en nuestro lema de quererlo 'manque pierda'.

Ahora que atraviesa una racha negra de turbulencias y se encuentra en sus momentos más bajos es cuando más orgullosos nos sentimos de pertenecer a este gran club.

Mi vida cambiará mucho, en todos los sentidos que se puedan imaginar, pero es seguro que siempre que el Betis esté jugando un partido de fútbol, sea en Primera, Segunda o Regional... una parte de mí estará intranquila, pendiente de él y apoyándolo.

¿Cateto, irracional y provinciano? Seguro.

Pero del Betis.

sábado, enero 25, 2014

Caqui

Los grandes viajes quedan de por vida en la memoria. Tuve la suerte de que mi empresa me solicitase en el 2010 visitar a todos nuestros clientes asiáticos, ¡durante un mes!, para establecer contacto con los distintos interlocutores de los numerosos países a quienes comenzábamos a servir nuestras cajas de cambio.

Lo bueno de los recuerdos, algo que habría que analizar en el subconsciente de cada uno, viene dado por el detalle que se retiene, que no suele coincidir con grandes edificios o monumentos, sino con escenas simples de la vida cotidiana de los lugares visitados.

De Corea viene a mi memoria, muy a menudo y cada vez que asalta ese nombre a mi cabeza, un bar largo y estrecho.

Estaba con Pablo, mi compañero de viaje. Apenas llevábamos unas horas en la ciudad tras un viaje larguísimo de cuatro escalas hasta llegar a Pusán. Con el sueño metido en el cuerpo, nos habíamos lanzado a visitar el templo de Beomeosa, en una montaña a las afueras de la ciudad. Templo de impresionante de colorido, con sus regligiosos budistas cruzándose con los visitantes y las mujeres (no había hombres) rezando en cada 'capilla' en un día de sol perfecto, bajamos en autobús hasta los primeros edificios de la ciudad tras patearlo, y fotografiarlo, durante horas.

Entramos en ese bar, donde una mujer de mediana edad, callada y sonriente,de pelo muy negro y dientes grandes y desordenados, ataviada con delantal, nos invitó a sentarnos. Sólo estábamos nosotros. Pedimos dos cervezas y Pablo salió a fumar. Yo me quedé en la mesa, mientras veía a la mujer manejándose entre cacerolas como si estuviese sola. De vez en cuando se giraba y me sonreía. La barra, baja, quitaba fronteras entre ella y yo, de modo que parecía que me había colado en su cocina y había regresado a una infancia coreana que nunca tuve.

Sin más conversación ni petición de nuestra parte, ella nos preparó un mantel y comenzó a traernos comida. Una sopa muy cargada, una especie de empanadas, algo de carne deshilachada... y una fruta muy dulce. Yo, que no soy de frutas, la disfruté como un crío que descubre un manjar nuevo.

Ya en Sevilla intenté descubrir cuál era esa fruta naranja de ese día en el paraíso. La vi en el Corte Inglés. Me acerqué a ver qué era y compré un kilo para confirmarlo. Su sabor, cada vez que la tomo, me lleva a ese bar lejano de la periferia de Pusán.

Mi despiste, intrínseco en mí, me había hecho no reconocer que ese día comí caquis.

martes, enero 21, 2014

Fucking

Era muy temprano por la mañana, fin de semana. Iba por la calle Torneo medio dormido a coger una de las bicis de alquiler para el paseo matutino de desayuno y periódico. De pronto, de entre los matojos, salió un mendigo borracho con ganas de bronca. Para mi sorpresa tenía un perfecto acento británico. Yo, que no llevo bien los sustos, di un bote de pánico cuando me gritó con su mal aliento a la cara:

I hate your fucking country!!!

Cuando me repuse del sobresalto me limité a mirarlo con cara de guasa. ¡Qué ganas podía tener ese hombre envejecido e iracundo de venir a emborracharse y despotricar al mismísimo fucking country!

Lo que no sabía es que tras de mí venía un tipo grande que no se tomó con tanta calma como yo los exabruptos del guiri asaltapaseantes. Cuando éste se lanzó hacia él con la botella de whisky en la mano:

I hate your fucking country!!!

El otro le respondió, indignado, con toda la rabia de un españolito estándar de inglés de parvulario:

Me too!!!


viernes, enero 17, 2014

Camba

Tomándome una copa en un garito de San Sebastián, estas pasadas navidades, tuve la oportunidad de conversar con una mujer que llevaba tiempo viviendo en Euskadi. Cuando llevábamos un rato de charla le pregunté de dónde era, y ella me respondió:

-Soy camba.

Me quedé igual y, ante mi asombro, me comentó que venía de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Lo decía con voz bajita para que nadie la oyese.

Recuerdo mi maravilloso viaje de hace casi veinte años a Bolivia, cómo recorrí el país con mi amigo Leo en su Mitsubishi oyendo casettes de Mocedades. El aterrizaje impresionante en el altiplano; la cena de ceviche en la última planta de un hotel de La Paz viendo las luces de las montañas pobladas como si fueran estrellas, creyendo tocar el cielo; la excursión en barco por el lago Titicaca y la insolación provocada por esa luz sin el filtro de media atmósfera; la visita a las mágicas ruinas de Tihuanaco y su puerta del Sol, construcción milimetrada, de hace siglos, para encuadrar el solsticio; los paseos por los mercados de Cochabamba con sus puestos de chicha; el impresionante trayecto por carretera atravesando los Andes, en que teníamos que parar cada cierto tiempo para asimilar tanta belleza, los perros persiguiendo al coche en carreteras desiertas a las que acudían para calentarse con su panza en el asfalto; la belleza sevillana de Potosí, donde no pensé que pudiera encontrarme tan cercano a mi Andalucía, ciudad altísima en que sentí, literalmente, que me faltaba el aire; la majestuosidad de Sucre, cuna de la independencia americana, blanca de calles diseñadas con tiralíneas; los controles policiales en el Chaparé, verde, frondoso y amazónico, un vergel digno del paraíso; las misiones jesuitas en madera, reflejo hermoso de una cruzada intensa de hombres blancos por transferir una fé lejana; los grupos de mujeres vestidas de morado en peregrinación hacia la catedral de Santa Cruz. Sí, de Santa Cruz de la Sierra, una ciudad moderna con varias rondas de circunvalación y rica por el petróleo.

Y el petróleo trae dinero, y el dinero egoísmo, y el egoísmo te hace pensar que los que no lo tienen son un lastre, y Santa Cruz se convierte en la capital de una región que quiere ser país. El país de los cambas, que dicen muy bajito que son bolivianos para que no les escuche nadie, en esa mediocridad de los nacionalismos que se creen el ombligo del mundo aunque el mundo no sepan ni que existen.

Yo me quedo con una Bolivia entera e integradora, de altiplanos, selvas y llanuras de arena (cambas incluidos). 

martes, enero 14, 2014

Batiburrillo

Sucede que hay momentos, cuando estamos con las defensas bajas, al despertar por las mañanas o en días tontos en que nos atrapa la soledad, en que nuestra mente comienza a girar como una lavadora, sin orden ni concierto, llevándonos a escenarios o pensamientos perversos en que nos acorrala, bloqueando toda salida hacia lugares menos oscuros.

Nuestra mente como enemiga.

Leí a Viggo Mortensen explicar cómo cada mañana, al abrir los ojos, sudaba sus diez o quince segundos de terror ante la muerte.

En instantes como ésos, seguro que fragilizados por un chorreón de sueños incontrolados, despertamos con nuestra cabeza como un batiburrillo dando cornadas a un lado y a otro; momentos, que no todo el mundo sabe controlar, en los cuales no conseguimos centrarnos en nada ni apartarnos de aquellos desasosiegos que nos machacan a traición.

Creo que una de las claves de las personas más felices es el saber escapar de esas loterías que conducen a nuestro más profundo interior a territorios indeseados, el conocer la tecla que hace que sepamos sortear ese mal fario de regodearnos en la miseria propia.

Hay que sudar los miedos como terapia sana, pero sabiendo encontrar el camino hacia nuestra realidad vital en que somos nosotros los que gestionamos el foco de atención del mundo que nos importa.

martes, enero 07, 2014

Toque

No hay persona normal. Si analizamos a cada uno de los que nos rodean, a los políticos, familiares, tenderos, actores, guiris con los que nos cruzamos, amigos, colegas... Si analizamos en profundidad, no hay quien se salve de tener pautas de comportamiento, maneras de pensar o tics que se salen de lo habitual, para lo bueno, lo malo o lo mediocre. Cabe preguntarse qué es la normalidad. Rajoy dice gobernar para la gente 'normal' y a mí, atendiendo a ese reclamo, me apetece enormemente ser un bicho raro.

Dejando aparte este razonamiento ingenuo, sí que es cierto que en este mundo hay un porcentaje pequeño de gente que tiene un 'toque' dado.

Un compañero de trabajo, francés y divertidísimo (no son incompatibles los dos términos), me lo decía referente a otro colega de la fábrica:

* Salva, tú sabes que ese tío tiene un toque.

Y gesticulaba golpeándose la cabeza. Le di la razón, empezamos a enumerar y coincidimos en cuatro o cinco nombres de 'tocados'.

Sí, hay risas desencajadas sin venir a cuento, miradas perdidas en plena conversación, respuestas agresivas a preguntas sin maldad que te hacen comprender que hay más de uno desencajado en lo que a la estructura mental se refiere, sin que por ello se lo tenga que catalogar de nada.

El temor, hablando por hablar, es pensar en el momento en que esa persona, la que deja escapar sus desequilibrios con risas excesivas extemporáneas, explote. Entonces nos dirá que toda su vida ha estado hasta el gorro de aguantarnos a nosotros, los 'normales'.

viernes, enero 03, 2014

Abyecto

Si bien la fuerza del cine, como la de otras artes, toma cuerpo en gran medida a través de su capacidad de divertir, afortunadamente no es la diversión el único aliciente para sentarse delante de una pantalla (preferiblemente grande).

Estas navidades dedicamos una noche a contemplar, nunca mejor dicho en este caso, la propuesta que Steve McQueen nos hacía con su última película: 12 años de esclavitud. Tener en la memoria Shame, su anterior trabajo, nos daba cierta garantía y, aun sabiendo de la dureza del tema central, nos predisponíamos a sumergirnos en los paisajes húmedos de Georgia de mitad del siglo XIX, ¡ésa es la grandeza del cine!, a comprobar con humillación cómo llegó el ser humano a una de sus mayores cotas de envilecimiento en su trato a semejantes durante el largo período de esclavitud legal en los estados del Sur de la joven nación americana.

Sí, son más de dos horas de tensión en la que se nos retrata con delicadeza y sin tapujos, aunque pueda parecer contradictorio, la sinrazón del racismo más despiadado, gracias a la narración de una historia real, que no quedó en el olvido, de un violinista neoyorquino, de color y libre (terrible palabra para hacer referencia a un hombre), que es secuestrado y vendido como un animal a la envilecida sociedad del Sur.

McQueen nos adentra sin maniqueísmos en esa pesadilla de 12 años, en la que incluso ciertos hombres blancos de la época tenían compasión del hombre negro, para removernos las tripas acerca de la condición humana, de dónde están nuestros límites y hasta qué punto una sociedad tan cercana en el tiempo se puede envilecer.

¿Ir al cine para sufrir? No. Yo no voy al cine para sufrir ni siquiera en estos casos, sino para entender mejor el mundo que vivimos, lo que nos queda por progresar pero lo mucho malo que hemos dejado atrás, los errores que no podemos volver a cometer, la inmensidad de dolor y valentía que puede esconder el alma humana.

Y sí, comprender a través de imágenes y diálogos inolvidables, el verdadero significado de la palabra 'abyecto'.

Ir al cine para afrontar de cara nuestro pasado y educarnos así como mejores personas.