miércoles, diciembre 29, 2010

Una broma

Como buen vividor que soy, pienso a menudo en la muerte.

Ya no lo hago con el pánico helador de la infancia-adolescencia, en esos tiempos en que descubres la verdadera naturaleza del hombre y nuestra temporalidad.

En mi caso aparece una tabla de planchar, la cocina de la casa de mis padres y una conversación con mi madre.

Mi pregunta, inocente, esperando una respuesta tranquilizadora:

'Pero, mamá, ¿todos nos tenemos que morir?'.

'Sí, hijo'.

Esa época en que aún no te ha salido vello en las axilas y ya piensas en la oscuridad de tu cama que habrá un momento que estés enterrado bajo tierra, que nunca más existirás.

La muerte es arrebatadora y no es fácil endulzarla a base de razonamientos, que no llevan a otro término que a constatar que sólo hay un final.

Sin embargo, al madurar vamos entendiendo de otra forma el mundo y nuestro lugar en él.

Sería horripilante también pensar en una existencia eterna en este mundo, ¿hacia dónde nos llevarían nuestras relaciones?, ¿cómo estableceríamos mecanismos para proponernos nuevos objetivos e ilusiones por los siglos de los siglos?, ¿cómo sería posible seguir madurando?, ¿habría infinitas generaciones viviendo al mismo tiempo?

Desde mi perspectiva agnóstica, como desde cualquier otra, es duro asumir el dolor de la desaparición total. A fin de cuentas, es más duro el morir de los otros que la propia muerte, porque una vez desaparecido uno ya no habrá vida pero tampoco sufrimiento.

A veces, en sueños, alguien me explica que todo esto es una broma y siento una placidez total. Pero los sueños acaban también.

Entender que somos finitos es lo que me hace vivir la vida plenamente.

domingo, diciembre 26, 2010

Iván y la wii

Por circunstancias de viajes y mudanzas, este otoño-invierno he tenido menos visitas de las que yo hubiera querido de mi sobrino Iván.

El día que llegué de mi viaje por Asia, le traje tantos regalos y estaba tan excitado con su cucaracha robótica japonesa, su cabeza de spiderman tailandesa o el soldado galáctico hecho con cables de acero que no se acordó de otra cosa.

Hace poco estuvieron de nuevo mi hermana y el enano, a punto de cumplir los ocho años. Con Raquel siempre tengo mucho que hablar y nos preparamos un par de cervezas mientras Iván recorría la casa, investigándolo todo.

Nos dio una tregua de diez minutos antes de preguntarme por la wii.

La wii nos la regalaron por un cumpleaños y sólo la utiliza Iván. De hecho, las aplicaciones que compro son las que él me pide, como la de Lego Batman. Es más, no tengo ni idea de cómo jugar con él porque sus explicaciones son aceleradas e impacientes. ¡Menudo torpe que es mi tío!

Tras sacar un atún y unos quesos, Iván se plantó. Me agarró de la mano y me llevó al mueble donde se suponía debían estar los mandos del aparato.

-Pero, Iván, no tengo ni idea dónde están los mandos, ¿no te das cuenta que yo sólo utilizo la wii cuando vienes tú?

Él se me quedó mirando y, rápido, contraatacó.

-¿Y es que tú no te das cuenta de que yo estoy aquí?

miércoles, diciembre 22, 2010

El espejo

Era verano, teníamos poco dinero y las hormonas desatadas. Diecinueve años, el susto y la excitación de empezar la universidad y la unión que dan doce o trece años compartidos en el colegio. Suficientemente jóvenes como para creer que estaríamos juntos de por vida, distintos hasta el punto de que hoy casi no sepamos nada los unos de los otros.

Decidimos que fuera Albufeira, en el Algarve portugués, donde compartiéramos una semana en una casa con piscina. Una compra en el híper y los coches de aquéllos que ya tenían carnet y padres con valor para dejárselo.

El otro día se coló por mis manos la foto, todos con gafas de sol, que nos hicimos en el parking de un complejo acuático.

Hubo quien encontró el primer sexo, creyendo durante años que esa niña de Oporto sería la mujer de su vida, hubo mucho alcohol en discotecas en que entrábamos como niñatos y también visitas inolvidables a pueblos hermosísimos del interior.

Yo, a pesar de la importancia que doy al sexo, lo que disfruto del alcohol y los pueblos hermosos, intuía que ésa no era mi vida futura.

La noche final nos fuimos a Portimao. Morenos como tizones, ya teníamos la pandilla de amigas portuguesas con las que celebrar la última traca. Yo llevaba una camisa horrible amarilla de flores verdes diminutas.

Con mucho alcohol, en el baño de una sala de fiestas, tuve la lucidez de enfrentarme al espejo. Me miré detenidamente y me sonreí. Me observé y pensé en retener esa imagen fija para el resto de mi vida. El whisky con coca-cola quizá ayudó a acrecentar de forma extraña esa captación, como un flash deslumbrante que grabase para siempre ese espejo que me ofrecía a mí con diecinueve años y una vida por delante tan intensa que me asustaba.

¡Han sido tantas veces las que he superpuesto a ese chaval de la camisa amarilla de diminutas flores verdes con el Salva actual!

Se aparecen más ojeras, menos pelo y el acné parece imposible de encajar.

Pero sigo guiñándole el ojo a ese crío despistado.

domingo, diciembre 19, 2010

Sí, quiero

El francés lo aprendí gracias a Planeta Agostini y mucha fuerza de voluntad. En plena adolescencia, gastaba parte de mi paga semanal en ese fascículo con casette, haciendo todos los ejercicios y repitiendo cada frase: 'écoutez-répétez'.

Mi primer viaje a Francia fue tan impactante que decidí que algún día yo querría vivir allí. Íbamos con mochila y latas de conservas, nos alojábamos en un camping a las afueras de París y teníamos 19 años.

Tuve la suerte de sacarle provecho a mis cientos de horas de ejercicios y casettes cuando, terminada la carrera, una multinacional francesa se interesó por mí.

Entonces comenzaron los viajes de formación, los de trabajo. Mi vida emocional era menos que nada y pensaba que, si algún día me ofreciesen ir a vivir a París, yo me hundiría en la soledad de esa enorme ciudad fría, de inviernos duros y habitantes ariscos.

Pero la vida da muchas vueltas para los que sabemos decir sí.

En mi empresa me seleccionaron para una formación de un mes en Japón. Me prepararon durante esos días en el aprendizaje de determinadas técnicas de resolución de problemas industriales, al tiempo que yo descubría la inmensidad de otra civilización que me encandilaba.

De vuelta a Sevilla, una mañana que tuve que presentar el resultado de mis trabajos tras aplicar lo aprendido en Japón, el que fuese director de nuestra fábrica, emigrado a París, me propuso:

Salva, ¿te vendrías venir a trabajar conmigo a París?

Yo no imaginaba que nunca se me caería la casa encima, que enfrentaría retos emocionantes en esos tres años de exilio voluntario que se me planteaban por delante, que haría amigos de por vida, que tendría historias de amor y aprendería a beber vino en las cenas, que sentiría esa ciudad como mía y mi casa del Barrio Latino sería la casa que para siempre recordarán los míos.

Le contesté, sin pensarlo:

Sí, quiero.

jueves, diciembre 16, 2010

Contagio

Hace años que se me quedó grabada una conversación con mi amigo Ignacio, una respuesta suya:
'La felicidad, Salva, no es contagiosa'

Es cierto que cuando tienes a alguien querido a tu lado, y ves que pasan los años, las historias o los proyectos por su vida y no terminan de coger el toro por los cuernos de la estabilidad emocional, del disfrute de las pequeñas cosas, de la relativización de lo que estas personas cercanas consideran importante, esencial para dar sentido a su existencia, te sientes impotente.

Y esa frase se me quedó grabada por lo cruenta que es, por la verdad que arrastra.

Es doloroso no poder inyectar parte de tu emoción por la vida a personas que te importan, sobre todo cuando el tiempo va demostrando que no son circunstanciales sus actitudes negativas ante los retos que se nos plantean de continuo.

Hay gente que quiero tanto, a la que zarandearía mil veces para transmitirle mi verdad, las ganas de cruzar tantos puentes hacia sitios que sé que en un futuro me harán tan completo como lo soy ahora porque, ante todo, es el juego de ir y venir, de proyectar nuevos horizontes lo que nos hace felices.

Achucharles y decirles que la vida no será maravillosa al otro lado de la línea, de ésa que te colocas artificialmente como objetivo. No hay que encontrar la pareja, el apartamento, el gran amigo, el trabajo que mereces, una nueva ciudad ni diez kilos menos.

Porque cuando atraviesen esa meta se darán cuenta que no hay situaciones milagrosas que te hagan ser feliz. Y trazarán otra línea.

No, la felicidad no es contagiosa ni las estrategias vitales fácilmente explicables.

domingo, diciembre 12, 2010

Tecnología

Aunque a estas alturas, como muchas películas de ciencia ficción preveían, no vuelan los coches ni nos cibertransportamos, sí es cierto que la tecnología avanza a ritmo de progresión geométrica y no tiene pinta de parar.

En muchas ocasiones el género humano se adapta a sus propias creaciones con torpeza, miedo o desconfianza pero, también es cierto, sólo aquello que es suficientemente aceptado sigue hacia adelante.

No sé cuántas cosas perderemos por el camino, ni sé calcular cuáles de ellas echaremos realmente en falta, aunque adivino una que acabaremos añorando:

La calma.

Hay veces, que estoy en casa a oscuras, echado en el sofá una tarde-noche y veo, sigilosas, multitud de luces rojas acechando. Es entonces cuando te das cuenta de la cantidad de aparatos electrónicos que nos vigilan.

El otro día, en mi afán inquieto de observar, contabilicé cuántas personas iban caminando por la Avenida de la Palmera hablando por el móvil. ¡Más del 30 por ciento! Era un día festivo, hacía una tarde estupenda y, estadísticamente hablando, no había prisas.

La noche del viernes, cenando con amigos que hacía tiempo que no veíamos, casi antes de terminar de comer me pusieron en las manos un mando de la play station.

Ni siquiera un chupito.

jueves, diciembre 09, 2010

Quererse

En los tiempos actuales hay un mensaje que se extiende como una mancha de aceite: 'Quiérete'.

Tengo amistades casi perdidas que han acudido a psicoterapias de las que el primer mensaje que retuvieron fue: 'tú, primero tú y luego tú'.

Porque si no te quieres a ti ¿cómo vas a ser capaz de ofrecer amor a nadie?

¡Cuánta verdad hay!

El problema, creo, es la simpleza con que la gente entiende esa aseveración.

Quererse.

Yo entiendo la madurez precisamente como eso, como saber quererse a partir de todo lo contrario a establecer barreras en que tú te encuentres en el centro del universo, de tu 'Yo' con mayúsculas.

Uno de mis mayores defectos 'históricos' ha sido el de la susceptibilidad. Tomarme todo comentario mínimamente crítico como afrenta personal, no saber encajar las bromas bienintencionadas, desasosegarme por un mal gesto, una mirada oblicua, un silencio a destiempo.

La madurez, en mí, ha sido fundamentalmente mandar a freír espárragos la susceptibilidad. Soy más persona cuánto más cancha tengo para aguantar carros y carretas y sonreír. Relativizar los cabreos de la gente que me importa y entender que la vida son dos días.

Mi 'Yo' es importante desde el momento en que entiendo que soy una persona social, que vivo en un mundo interrelacionado y que mis fortalezas las sostienen no mis barreras hacia el 'Otro' sino mi capacidad de entender en el 'Otro' a mí mismo.

martes, diciembre 07, 2010

El sueño de la Literatura

Mario Vargas Llosa es para mí el mejor ejemplo de la diversidad democrática sana a la que aspiro.

Lo representa por ser una persona alejada de mí en lo político y a quien, sin embargo, admiro profundamente en su sensibilidad de escritor, en su seducción de persona culta, hecha a sí misma, viva y luchadora, por objetivos no siempre coincidentes con los míos, pero valiente.

Leer su discurso de aceptación del Nobel en Estocolmo ha sido muy emotivo. Por su capacidad de explicar el sentido que, para él, tiene la Literatura y hacerlo con tanta claridad, mezclando su experiencia personal con el devenir de la humanidad.

El principal argumento para leer, según Vargas Llosa, vendría a ser la capacidad para escapar a otros mundos que nos demuestren que otra vida es posible y así, viviendo la ficción de otros escenarios y circunstancias, poder luchar mejor por unos ideales que nos saquen de la rutina obligadamente imperfecta de nuestra vida individual y caduca.

Hay un párrafo que me llama con fuerza la atención, cuando critica a los que saben interpretar farragosos libros científicos y no tienen la sensibilidad para acceder a una novela que les hable del alma humana.

No hace mucho, en el trabajo, me invitaron a un café en un departamento que no suelo visitar. Con bromas típicas, bienintencionadas y nada hirientes, acerca de mi faceta de escritor comenzaron comentarios que se retroalimentaban por comparar quién de entre ellos leía menos. Uno presumía de leer sólo cómics, otro folletos de maquinaria. Y soplando el café yo los miraba pensando, simplemente, ‘no sabéis lo que os perdéis’.

Porque, como dijo esta tarde Vargas Llosa en su discurso, ‘la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano’.

Leer para conocernos.

sábado, diciembre 04, 2010

Censura

A lo largo de nuestra vida, cada día que pasa, nos enfrentamos a situaciones que requieren tomar decisiones que implican, en muchas ocasiones, insatisfacción. Eso nos curte, nos posiciona, haciéndonos menos inocentes, más humanos. Porque frente a la falta de criterio se encuentra la parálisis. Estando paralizados no evolucionamos hacia ningún sitio.

Este humilde blog es visitado por no más de 30 o 40 personas diariamente, muchas de ellas fieles.

Cuando presenté mi última novela en Málaga recurrí a los varios lectores malagueños que tiene este blog. De hecho, una de las primeras personas que comenzó a seguirme 'oficialmente' era un hombre de Marbella, de nombre Miguel.

Para mi sorpresa, ya no estaba entre mis seguidores. Rebusqué entre los comentarios de mis primeros meses de bloguero y lo encontré. Le escribí para enviarle la invitación al acto de Málaga.

Tuve la suerte de dar con él y Miguel aceptó la invitación.

Ya en Málaga me explicó sus motivos para haber dejado de estar entre mis lectores.

'Censuras los comentarios. Tienen que pasar por tu filtro y si algo hemos avanzado en este país es precisamente en la libertad de expresión'.

Entendí su crítica como correcta y traté de darle mis argumentos. No quería ver mi blog con comentarios hirientes, soeces o amenazadores ante los distintos temas que trataba.

Miguel se mostró como un tío encantador, afable y se unió al heterogéneo grupo que cenó en Málaga tras la presentación.

Una semana después me encontré con la primera ocasión en que tuve que dar el tijeretazo. Escribí sobre Puigcercós y su inoportuno, indeseable comentario sobre la fiscalidad andaluza.

Me llegó días después un comentario anónimo poniendo de vuelta y media a los catalanes.

Vivir es tomar decisiones. Seguramente ese lector no vuelva a leerme. Pero en esta humilde página nadie se escudará bajo el anonimato para echar espuma por la boca.

Antes lo cierro.

miércoles, diciembre 01, 2010

Gracioso

Ya desde el primer viaje en mochila por Europa, con 18 años, fui consciente del estigma que nos persigue a los andaluces. Me encontraba a cualquier viajante del resto de España por esos mundos y, al explicar de dónde venía, la reacción inmediata era una sonrisa, imitar mi supuesto acento y esperar que dijese algo gracioso.

Por un lado me parecía bonito. El hecho de venir de un lugar que, simplemente con nombrarlo, creaba buen rollo.

Los años pasan, el mundo exterior se hace menos extraño a base de viajes y de amigos de aquí y de allá, pero el estigma me persigue. Soy andaluz y no soy gracioso.

Qué pena que se confunda tanto, especialmente en mi tierra, ser gracioso con ser simpático.

En mi tierra andaluza, desgraciadamente, se valora al tipo que cuenta chistes, que habla más alto que el resto y que se hace ver. Esos que están apoyados en la barra del bar contando anécdotas 'tela de graciosas' y están de reojo mirando si, para su satisfacción, el resto de la clientela del bar se está enterando.

Hay un programa especialmente triste en la televisión andaluza. O existía, ya que desde que llegó la TDT no tengo acceso a Canal Sur. Se trataba de invitar a unos niños bien andaluces, es decir, graciosos, a ver quién contaba mejor los chistes, quién ponía un acento más exagerado y reía con risa más falsa. Entre el público, los padres. Jaleándoles.

Me duele esta sociedad mía donde desde la propia base se realimenta y se palmea al contador de chistes, al gallito de la barra del bar, al taxista sabelotodo, a los machitos de andar por casa, a las niñas 'resabiás' y a los golpes de pecho delante de una imagen religiosa.

domingo, noviembre 28, 2010

Animalitos

He leído mucho sobre la homeopatía últimamente. Por varias razones, por los buenos resultados que parece que da en los niños ese tipo de medicina, por abrir una puerta a tratamiento de futuras y presentes 'goteras' que van saliendo y saldrán con la edad y por entender si al hablar de homeopatía hablamos de medicina real o 'milagrera'.

Cuando pedí cita por primera vez para tratar un problema menor, lo hice tras seguir una recomendación de alguien de fiar.

Nada más entrar en el despacho del homeópata observé con satisfacción que éste tenía colgados cuadros que demostraban sus conocimientos de medicina tradicional. Esto descartaba al curandero. Aún así, le manifesté mis razonadas dudas sobre este tipo de medicina.

Este hombre, de unos cincuenta y pico años, me respondió de forma bien construida un mensaje que seguro ha tenido que transmitir en infinidad de ocasiones. Y sus argumentos eran científicos.

'La homeopatía está basada en la experiencia'. Se trata de una ciencia empírica. A partir de productos naturales, sin intervención química, se investiga para conseguir aplacar todo tipo de enfermedades.

Cuando le dije que tenía 42 años él me comentó sin acritud: 'Estás en el declive de tu vida, a partir de ahora todo es cuesta abajo'.

Y no niego que tenía, y tiene, razón.

'Los hombres no se dan cuentan que son animalitos' -y me lo decía como si yo fuera ese hombre universal que rechazara su destino.

Somos animalitos, sí, con futuro incierto, claro.

Me recetó unas pastillas que tomé religiosamente durante meses para ponerme a prueba en una molestia que no es de vida o muerte. Las dejé de lado al ver que no resolvían el problema, lo cual no quiere decir que en el futuro no vaya a ir, cual cordero degollado, a que este hombre me diga que mi destino, sea cual sea mi dolencia, no es otro que seguir cuesta abajo.

miércoles, noviembre 24, 2010

Tiempo

Una de las frases de este siglo nuevo que apenas estamos comenzando es la de 'no tengo tiempo'. En cuanto uno tiene más de dos aficiones, la pregunta es '¿de dónde sacas el tiempo?'

El tiempo... medida subjetiva donde las haya y, sin embargo, precisa de medir hasta la nanomilésima.

Al paso de las horas hay que guardarle un respeto relativo y no dejarse amedrentar. Soy de los que creen que en esta vida hay tiempo para todo.

Lo importante es saber regular nuestro propio reloj biológico para no caer en esta enfermedad omnipresente llamada estrés.

Cierto es que no tengo hijos, que tengo fines de semana libres y estabilidad económica. Todo eso facilita el organizar los ritmos y encontrar espacio para desarrollarte como persona en sentidos no unívocos, pero creo que cualquier ser humano debe hacer lo posible por adentrarse en esos espacios personales en que desplegar todas las ambiciones, sin metas excesivas ni plazos aprisionadores.

Siento, además, que es una técnica que te hace crecer. No me atrae la gente sin mundos diversos.
Recuerdo, hace muchos años ya, un compañero de trabajo cuyo único objetivo al llegar el viernes era comprar una caja de cervezas en el Carrefour e irse con su mujer a su piso de Barbate. Todo su mundo era ése. Me decía que le hubiese gustado estudiar, que su sueño era viajar, que le dolía no saber idiomas. Admiraba en mí el simple hecho de que yo saliera entre semana y fuera al cine, a conciertos, que tuviera grupos diferentes de amigos.

Es un error pensar que no tenemos derecho a vivir la vida de los otros.

Al menos tenemos tiempo para intentarlo.

domingo, noviembre 21, 2010

Auster

Dicen que uno busca la felicidad en repetir.

Es cierto que yo sería tendente a refugiarme en el calor de lo ya conocido, donde sé que me voy a sentir cómodo.

¡No sé cuántas veces habré comido 'huevos estrellados' en el Gallinero de Sandra!

De ahí mi esfuerzo, placentero pero esfuerzo, por atravesar nuevas fronteras, para que ese perímetro de satisfacciones personales no quede demasiado reducido y llegue a oler a alcanfor.

En no perder esa práctica ayuda el compartir la vida desde hace tantos años con una persona siempre dispuesta a abrir otros frentes.

Tiene que haber siempre un primer momento para todo y una predisposición sana a que éste llegue. Abandonar esa esfera calentita de nuestras rutinas diarias, explotar el globo para incluir otras experiencias.

No sé qué día llegó a mis manos la primera novela de Paul Auster. Creo recordar que fue a través de mi hermana Raquel.

En nuestro devenir diario nos atacan tantos cruces de información, conversaciones, series de televisión, canciones e imágenes que uno no sabe en qué proporción de cada una de esas vivencias se han ido conformando sus sueños.

Yo sé, sin embargo, que Auster ha sido un ingrediente básico en mi amor por la literatura y por Nueva York. Elegante, imprevisible pese a repetirse en cada novela, culto y de mente abierta, las historias descritas por él son un perfecto reflejo del desconcierto del hombre ante su posición en el mundo, uniendo el humor y cierta ingenuidad al hecho tremendo de la existencia.

Auster no da respuestas a nada y yo, cada cierto tiempo, necesito perderme por Nueva York, tan lejos, para reencontrarme con el calorcito que da la felicidad de lo conocido.

jueves, noviembre 18, 2010

Ni Dios

Cuando leí las declaraciones insultantes de Puigcercós sobre mi gente, mi tierra, mi honestidad, la dignidad de Andalucía... respiré. Las leí en un momento en que estaba tranquilo en casa, a solas, y me tumbé en el sofá.

Puse música suave, apagué las luces y me acordé de Joan Manuel Serrat poniéndole música a Machado.

Y me acordé de las calles en blanco y negro de la Barcelona de Carmen Laforet, que pronto relacioné, casi en los mismos tiempos, con la de Marsé y su embrujo de Shangai, o la divertidísima capital catalana que nos enseñaba el Gurb de Eduardo Mendoza. Me di un baño de esa Barcelona añeja, de pasadas décadas, que yo conocí sin visitar gracias a la literatura.

De esa Barcelona tan querida nunca visitada pasé, desde mi sofá, a los Campeonatos de España de Remo que se celebraban en Banyoles, en esa mi primera visita a tierras catalanas, en un pueblo antiquísimo alrededor de un 'estany' que dicen que encierra peces de especies únicas en sus profundísimas aguas.

Recordé entonces uno de mis primeros amores, cuando yo descubría el sexo, en una estación de esquí, La Molina, del pirineo gerundense, en tiempos universitarios en que yo tenía que decidir qué hacer con mi vida. Recuerdo los paseos en la oscuridad por la montaña, las primeras frases traducidas, para mí y con calma, del catalán.

Ese mismo verano en que fui a las Olimpiadas y nos paseábamos unos cuantos amigos del colegio por las Ramblas, observando las pintas y esa sensación de cosmopolitismo que nunca había visto antes tan arrollador como esos días.

Pensé entonces cuáles eran mis primeros recuerdos catalanes, y se me vino a la cabeza Norberto Espinet, compañero mío de parvulario en Sevilla y al que perdí la pista en primero o segundo de EGB; al que por cierto encontré gracias a la magia de facebook hace un año, viviendo en Centroamérica. ¡Él también me recordaba!

Desde el sofá descubrí, abriendo mi mente al pasado, que yo pasé muchas tardes con la yaya de mis amigas, las Jardi, chiquitilla y con ese acento tan fuerte de su tierra catalana.

Pero me vine al presente y me percaté de que paso varios ratos al día con Carles Francino, yendo al trabajo, o con Gemma Nierga, viniendo a casa.

Se me vinieron imágenes de Mónica Naranjo y la perversión del Satanasa, un antro desquiciado de la calle Balmes. Entonces me acordé del viaje que hice con mis hermanas allí, para investigar Salas de concierto chulas en que inspirarse para abrir ellas su Salamandra en la calle Torneo.

Las paellas de Casa Costa en la Barceloneta.

Dando vueltas en el sofá me emocioné pensando en tantos catalanes que han supuesto algo en mi vida. Porque pasaba de Bigas Luna a Loquillo, del Sardá a la Sardá, de esa Alicia de Larrocha con la que disfruté en el Metropolitan de Nueva York, del Dalí impecable al Tápies provocador, el inefable Terenci Moix y sus faraones, la tristemente desaparecida y dulce Montserrat Roig, el embaucador Eduard Punset, la arriesgada y humanísima Isabel Coixet.

Pensé en cuantas ganas tengo de volver a Cataluña, la querida tierra abierta que tanto me ha enseñado y que siempre sentiré cercana; donde también existen, como en todos sitios, algunas pobres gentes de las que no se acordará ni Dios.

miércoles, noviembre 17, 2010

Reflexionar

Encontré hace unos días un artículo en la prensa digital que hablaba de la felicidad en relación con la capacidad de integrar pensamientos de cada persona. Se trataba de un estudio de no se qué universidad que venía a concluir que era menos feliz la persona más reflexiva.

Cuanto más vueltas le damos al coco, más sufrimos.

Hay quien puede pensar que no hace falta un análisis estadístico con miles de personas para llegar a una conclusión tan de cajón; sin embargo, yo no comparto el fondo de esta teoría, porque no deja de ser teoría lo que tiene que ver con sentimientos intangibles como lo es el ser feliz o desgraciado. Donde entre la subjetividad pocos bancos de ensayo podrán demostrar nada.

Tal vez mi rechazo a aceptar la validez del estudio sea porque me considero dentro del grupo de los reflexivos. Y sí, puede haber excepciones que confirmen la regla; pero yo voy más allá.

No es que yo piense que la felicidad de las personas menos cerebrales sea la felicidad del tonto, pero sí es cierto que cuando tus ambiciones de conocimiento, de querer entender al otro, de analizar las realidades que nos rodean son fuertes, la vida se presenta más compleja, tal vez más difícil, pero ahí está la clave del disfrute.

Seguro que quien pasa las tardes enteras, horas y horas, jugando a la play station lo hace porque está disfrutando. Es, en su escala, una persona realizada. Otros, a lo mejor, están leyendo la historia de la filosofía griega mientras piensan qué va a pasar con el euro o hacia dónde va la política de Obama. O, no hace falta ser culto para ser reflexivo, estar horas paseando, cavilando sobre la familia, los amores perdidos, los retos por organizar para el día siguiente.

Vivir, entiendo yo -por eso soy reflexivo-, no es matar el tiempo con risas. Porque el tiempo pasa, la play station se te estropea y te planteas, ¿qué tengo yo por dentro?

domingo, noviembre 14, 2010

Rebajarse

De nuestro pasado viaje por Asia, sólo recuerdo un incidente a nivel profesional. Mientras en el conjunto de las fábricas recibimos una acogida excelente en una misión que llevaba preparándose dos meses, en una de ellas nos trataron con displicencia. A pesar de que nuestro rol era el de proveedores, la importancia del producto que enviamos, su nivel de calidad y el marchamo de Renault nos daban un respaldo que nos impedía admitir ese ninguneo.

Al empleado de Nissan que no nos quiso recibir, que más tarde dijo que no tenía ni siquiera media hora para atendernos y que nos situó en una sala destartalada, sin sillas, para que le presentásemos aprisa y corriendo nuestra información, le dimos plante. Le dijimos que no nos moveríamos de allí hasta no ver al responsable de Calidad de la fábrica.

Un rato después, éste apareció. Con cara compungida aguantó el chaparrón de razones que nos hacían mostrar nuestra indignación. Los emails en los que daban el consentimiento a la visita e incluso al orden del día previsto, donde todos ellos estaban en copia.

'Es que unos por otros, no nos hemos coordinado bien'.

Insistimos, como proveedores, en mostrar nuestro disgusto.

Nos pidió entonces que retomásemos la agenda prevista, que estaban a nuestra disposición. Le comenté que habíamos organizado una visita a otras instalaciones de Nissan a la vista del recibimiento.

'Este hombre de su equipo', comenté delante del técnico que se había reído de nosotros, 'nos ha dicho claramente que no tenía ni siquiera media hora para atendernos'.

El gran jefe japonés, con voz seria y una sonrisa entrecortada nos explicó:

'Pero la situación ha cambiado, y ahora está confirmado que pasará toda la jornada con ustedes'.

Esta situación me viene a la cabeza recordando la inadmisible actitud del gobierno español frente a la chulería de Marruecos en el conflicto del Sáhara.

Seguí en directo la degradación de oír cómo tres periodistas de la Cadena Ser eran llevados a empujones hacia el aeropuerto para ser expulsados. Por informar.

Me cuesta imaginar que Marruecos hiciera algo parecido con periodistas estadounidenses o franceses y, si lo hiciesen, que los gobiernos respectivos no condenaran la actuación y llamaran al embajador a consultas.

Si nosotros hubiésemos abierto el ordenador en esa sala destartalada, exponiendo aceleradamente una presentación en powerpoint y salido corriendo de esa fábrica japonesa, hubiéramos tenido una jornada libre de turismo en Japón, pero la imagen de nuestra factoría hubiera quedado muy dañada.

Rebajarse nunca es una estrategia.

jueves, noviembre 11, 2010

Dos martinis

Me gusta la gente que no se avergüenza de su felicidad.

A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.

Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.

El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!

Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.

Y decirlo. ¡Me siento feliz!

El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.

Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:

'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:

Dos Martinis'.

domingo, noviembre 07, 2010

Canelones

Desde muchos años atrás mastico una teoría sobre el ser humano.

La teoría de los 'canelones'.

Será por lo que me gusta comerlos.

Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.

A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.

En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.

Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.

Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.

Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.

Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.

Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.

La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.

jueves, noviembre 04, 2010

Sighed

No encuentro mejor forma de mantener y mejorar mi inglés que leyendo. Cierto que no te ayuda a educar el oído ni te da la agilidad que obtendrías con conversaciones con nativos de habla inglesa, pero es un placer íntimo en el que aúno mi pasión por la literatura con mis flirteos con esa lengua que nunca acabo de dominar del todo, en un continuo y fascinante aprendizaje que durará de por vida.

En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.

De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.

Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.

Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.

En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.

Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.

Suspirar.

martes, noviembre 02, 2010

Pablo

No es fácil encontrar una persona con quien estar casi un mes de viaje de trabajo, cambiando cada dos días de país, tomando aviones, metros, taxis, buscando bancos donde cambiar dinero, preparando presentaciones de trabajo, soportando la presión de personas desconocidas hasta ese momento en fábricas que visitamos por vez primera sin tener el más mínimo encontronazo o malentendido.

Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.

En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.

Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.

sábado, octubre 30, 2010

Imágenes

A punto de terminar mi periplo asiático, las imágenes retenidas se repetirán de por vida.

Si algo retendré, sin duda, son los arrabales de Yakarta.

Pasarán los años y en el recuerdo quedarán los pescados vivos cortados delante de nosotros en el puerto coreano de Pusán, las niñas rebeldes del Tokio más cosmopolita, los prostíbulos de Bangkok, las megalópolis de nuevos ricos chinas, el caos de tráfico indonesio, los niños yendo descalzos a clase en India.

Pero habremos integrado sin duda mucho más.

La potencia de un continente que no se puede simplificar ni reducir ni homogeneizar.

Hay algunas teorías baratas que me puedo plantear, como pensar que los que menos colonizados han estado son los que mejor han orientado su futuro.

En Asia se resumen todas las grandezas y miserias del ser humano. Hemos vivido momentos de tanta dulzura y tanta tensión, que todo me lleva a pensar que no hay que definir tanto a los pueblos sino dejarse llevar por las personas.

No tengo el derecho a clasificar como maleducados a los indios o como entrañables a los tailandeses, aunque lo piense. Ni cuadriculados a los japoneses o laboriosos a los coreanos. No puedo ni quiero retener a los chinos como impersonales, aunque sea China el país que menos me haya llamado la atención.

Pero me quedo con los arrabales de Indonesia. La lluvia cayendo fuerte, los coches pasando entre motociclistas suicidas, las casas y chabolas de madera entre una vegetación arrolladora... entre miradas perdidas de personas sin futuro.

Mi pensamiento, para siempre, con los arrabales de Yakarta.

viernes, octubre 29, 2010

La columna

La inmensidad, hablan de 16 millones de habitantes, y el caos de Chennai, en la India, nos hizo contratar un circuito de 3 horas con chófer para hacernos con las distancias de la ciudad y visitar sus puntos más emblemáticos.

Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...

Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.

A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.

Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.

Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.

Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.

Intenté salir, y de nuevo bronca.

Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.

Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.

Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.

Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!

Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:

'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'

Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.

Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.

jueves, octubre 28, 2010

India

El golpe brutal con la India ya lo comencé a recibir antes de pisar por primera vez su suelo. En el aeropuerto de Bangkok, esperando mi turno para el control de Inmigración, cuando yo era el primero de la cola, vi que un indio con gafas de sol y lleno de sortijas de oro se me colaba sin tan siquiera pedirme el favor. Pensé que perdería el vuelo... En la fila de embarque, cuando nos dirigieron al autobús para tomar el avión de la Thailand Airlines, los indios me pegaron empujones hasta en el carnet de identidad. Ya en el avión, eso parecía un manicomio. Todos haciéndose fotos sin atender a las peticiones de las azafatas para que dejaran los pasillos libres. Para cuando el avión ya había aterrizado, un azafato tailandés nos había explicado que temían los vuelos a la India por el cliente de ese país. La Thai da alcohol gratis a sus pasajeros con las comidas, y los indios tienen, según nos decía, muy restringido el acceso al alcohol en su país -por precios, por disponibilidad y por limitación de horarios de consumo-. Así que se montan en el avión y todo es Jauja. Cuando el avión aterrizó, aún iba circulando por la pista y medio pasaje -los indios- estaban de un lado para otro abriendo los compartimentos y hablando por el móvil. Las azafatas tailandesas, tan exquisitas, se miraban azoradas.

La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.

Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.

El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.

El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.

'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'

Hemos cambiado de hotel.

miércoles, octubre 27, 2010

Disfraces

Ya tuve la sensación el lunes, en la fábrica de Indonesia, cuando el gran jefe, que nos recibió en una sala de reuniones sin aire acondicionado y, vestido de gris, con la gorra de Nissan puesta, el sudor cayéndole por las patillas, el labio cortado, el bigote de pelos largos y la tez morena, nos preguntó acerca de los objetivos de nuestra visita de trabajo.

Mientras le explicaba en un pausado inglés acerca de nuestra organización, lo miraba viendo en él a alguien secuestrado en otras realidades que no le corresponderían de no haber contaminado tanto el mundo occidental a ese oriente tropical.

Al jefe de Nissan, de cara redonda, lo veía disfrazado de ejecutivo industrial en una escena que no podrían haber previsto sus antepasados.

Hoy en Tailandia he tenido la misma sensación. Viendo a los operarios con cara de retrato de Van Gogh vestidos de gris y atornillando las cajas de cambio a los motores, los he sentido desubicados.
Uno de los anfitriones que hemos tenido mientras visitábamos la fábrica, con sus andares casi bailarines, no dejaba de sonreír mientras nos contaba los entresijos de su proceso de producción.

Todos sonríen. En Tailandia todos sonríen. Incluso hay una proporción importante a la que, visto con los ojos de un europeo, casi se le ha ido la cabeza escuchándoles su risa constante y, aparentemente, sin sentido.

He tenido momentos de desconcentración estos días tropicales en que, hablándoles de cajas de cambio a los empleados de Nissan, he visto personas en otra esfera, con otras vidas secuestradas por un traje gris manchado de grasa.

martes, octubre 26, 2010

Tailandia

Hoy hemos dejado atrás la caótica ciudad de Yakarta, en un despegue espectacular para la vista. Las costas estaban inundadas por la gran tempestad que vivimos ayer y al norte, conforme el avión ascendía, pudimos comprobar las paradisíacas islas que se extienden por el mar de Java.

Hubo un momento en que las nubes desaparecieron, y sólo quedaba un inmenso mar azul turquesa bajo nosotros. Tan turquesa que se confundía en el horizonte con el cielo. Por entonces saboreaba un gintónic de aperitivo y ese puntito de alcohol junto con la visión infinita de azul en todo el espacio inmediato, me hizo sentir que estaba en otra esfera, eterna y sin fronteras, donde no había norte ni sur ni coordenadas posibles. Todo rodeado de azul viajando hacia ninguna parte.

Tailandia también se nos ofreció con las costas inundadas y grandes campos anegados.

Los edificios y autopistas a vista de pájaro, el aeropuerto y el tren hasta el hotel, el metro intermedio, los edificios, la gente moviéndose y el tono de éstas al hablar implicaban un giro radical, positivo y no esperado, frente a su vecina y desordenada Indonesia.

Yo quería pasearme Bangkok toda la tarde oscura que nos quedaba por delante, pero Bangkok es otra megalópolis imposible de pasearse a pie. Tomamos un taxi que tuvimos que dejar, por el colapso de tráfico, aprovechando la aparición de un templo budista.

Un templo budista de barrio. Un martes cualquiera en la vida de esta ciudad, con los 'parroquianos' arremolinados quemando incienso, arrodillados, ausentes, escribiendo deseos en papel para ofrecerlos a Buda.

En Tailandia el poder religioso parece estar excesivamente valorado. Y eso no me agrada.

Frente a la espiritualidad, la carne y el desenfreno de Patong. Nos acercamos al barrio rojo, donde todo se nos ofrecía. Sin escrúpulos. Tomamos cervezas rodeados de mujeres que nos proponían una compañía interesada, de chavales enseñándonos catálogos de DVD pornos o entradas para espectáculos similares en locales que aparecían cutres.

Pero nosotros queríamos una tranquila cena tailandesa. Encontramos el lugar. Allí llegaron cuatro asturianos recién llegados de vacaciones. Nos invitaron a una copa de Marqués de Cáceres que traían en la mochila y entablamos una conversación deliciosa.

Entonces una de ellas, al explicarles el objetivo de nuestro viaje, nos preguntó por Roberto Ruiz, amigo íntimo de ella que trabaja en nuestra fábrica.

Te vas al otro lugar del mundo y, en la mesa de al lado, hay alguien cercano a ti.

domingo, octubre 24, 2010

La jungla de Java

Entre Yakarta, al norte de la isla de Java, y Cimaya, justo al sur, hay unos 130 km.

Pablo es surfero, y ésta es una playa conocida en esta zona del planeta por sus buenas playas, olas y ambiente cosmopolita. Apetecía conocer el Índico y teníamos tiempo, así que no había mayor inconveniente para venirnos hacia acá después de desayunar.

Aunque la ruta parecía clara sobre el papel, si había alguna duda el GPS nos la iba a solucionar. Conducir por la izquierda no parecía un problema para él, así que yo me puse a las manos de copiloto, con el GPS por un lado, las instrucciones del Google Maps por otro y la cámara de fotos para retratar a la sociedad indonesia, los paisajes selváticos y volcánicos…

Salimos a las once de la mañana.

Salir de Yakarta es en sí toda una aventura. De hecho nunca sabes si has salido, porque la carretera siempre tiene casas alrededor.

Todos los tipos posibles te los encuentras en ese recorrido, en un ambiente primordialmente de miseria que parece ser vivido con alegría por sus habitantes.

En Indonesia deben estar el 75% de las motocicletas existentes en el planeta. Hay motos por todos lados, que se meten por tu derecha, tu izquierda, con conductores que deben ser de goma porque es imposible no haber tenido un accidente a la semana conduciendo una moto por Indonesia.

Cuando llevábamos dos horas de trayecto, ¡aún no teníamos claro si seguíamos en Yakarta! Los atascos, los cruces, las calles que existían en el GPS y no en realidad, las que aparecían y estaban destrozadas por un agujero similar al que provocaría un mortero…

Poco a poco el paisaje se vuelve montañoso. Verde de jungla.

Paramos varias veces a tomar una cerveza, pero… sólo ‘soft drinks’. Da la sensación que cuanto más rural más musulmán se vuelve el pueblo indonesio. Aunque sin radicalismos, en lo que pudimos ver.

Encontramos por fin un extraño hotel de carretera con vistas impresionantes a un inmenso volcán, donde fueron a buscarnos una cerveza (tampoco tenían). Nos la tomamos respirando el aire selvático de la montaña.

Seguimos camino de Cimaja. Ya llevábamos tres horas de carretera.

Nos cayó entonces una intensa lluvia tropical.

Si había caos en seco, éste se acentuaba con el barro, las prisas apartándose del temporal. Motos por todos lados que no se sabía para dónde iban ni de dónde venían. Daba la impresión que ni sus conductores lo tenían claro, como si hubiesen salido al decorado de esa jungla para volvernos locos.

El GPS nos llevaba por caminos de cabras. Hasta en cuatro ocasiones tuvimos que deshacer el camino andado, teniendo cuidado de no atropellar a los niños que se arremolinaban por todas partes.

A las cinco y media de la tarde, seis horas y media después, conseguimos llegar a una deliciosa playa a 130 km de Yakarta.

Una cerveza bien fría y una sonrisa indonesia nos hizo recordar que estábamos en la isla de Java, a orillas del Índico y que habíamos penetrado sus paisajes sin escrúpulos.

sábado, octubre 23, 2010

Indonesia

Gracias a que hubo estación intermedia en China, el impacto al llegar a Indonesia no ha sido tan fuerte como si hubiésemos llegado directamente de Japón.

Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.

Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.

Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.

Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.

Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.

Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.

Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.

Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.

viernes, octubre 22, 2010

Desajustes

En las páginas que habíamos impreso sacadas de internet para conocer un poco la historia, recomendaciones e informaciones básicas de Guangzhou (Cantón) se nos explicaba que había dos líneas de metro y la tercera en construcción.

Cuando solicitamos ayer, al llegar al hotel tras el trabajo, un plano de la ciudad, aparecía una red de metro con cinco líneas.

Tras explicarnos el conserje del metro cómo llegar a la estación más cercana, comprobamos que había al menos dos líneas más de las que estaban reflejadas en el folleto del hotel, que no tenía pinta de haber sido editado mucho tiempo atrás.

Tomamos el metro para ir a Beijing lu (la calle Pekín), arteria comercial de la ciudad. Impecable, inmenso, casi oliendo a recién hecho, todas las pantallas táctiles, informatizado al máximo, tomamos un par de líneas para llegar allí.

Pablo se dejó secuestrar para comprar ropa en el 'fake market', el mercado de lo falso. Yo tenía ganas de un paseo y una cerveza a solas.

Se me acercaban mujeres, me hablaban en chino, me abrían el bolso y me sacaban folletos de relojes: 'guáshe, guáshe', o de pantalones, o de joyas... Un chavalito se acercó con una navaja y unos zapatos. Antes de que me diera cuenta le rajó por la mitad la suela, sacó un pegamento mágico y volvió a pegarla. Con cara de estreñimiento apretó y apretó, luego me pasó el zapato. Yo pasé del tema, porque, en caso contrario, tenía a este chino para rato; pero el pegamento debía ser impresionante. Artilugios que se lanzaban al aire, aparatos para masajearte, cacerolas para hervir no sé qué masa de no se qué comida. Pero de bar, nada. Un simple bar con una simple cerveza.

Recorrí las calles adyacentes en busca de algún sitio relajado, de algún templo budista, de edificios que visitar... No los encontré. Tras esperar hora y media a Pablo, decidí cenar en el hotel.

A esta generación china le faltan, a mi entender, al menos dos generaciones para pasar a disfrutar la ciudad nueva, infraestructuras y riquezas que les están plantando como setas a su alrededor.

Vengo de un Japón donde la gente se ha hecho a sí misma y la sofisticación y el buen hacer han venido naciendo con el pueblo.

Aquí, en China, tienes la sensación de viajar en metro con personas iletradas que están desbordadas por tanto desarrollo. Seguramente me equivoque.

Pregunté en la fábrica cuánto ganaba un operario de la línea. Me dijeron 3000 yuanes (400 euros). Pensé que ganarían menos. Aún así, todo este mundo de consumismo acelerado que le están edificando por todos lados puede acabar desajustándoles.

Desajustando a una sociedad entera, currante y despistada.

jueves, octubre 21, 2010

China

Tomé ventana en el avión de Tokio a Cantón, pero las nubes ocupaban todo el espacio en las cuatro horas y media de vuelo.

Mis primeras impresiones en el gigantesco aeropuerto cantonés fueron negativas. Un adolescente limpiando el baño del aeropuerto, empujones inimaginables en Japón para recoger las maletas, una desagradable banquera para cambiarme euros en yuanes…

Pero el mayor choque fue el taxista. Pablo ya me había advertido, pero aluciné con los gritos que nos pegaba regateando el precio del trayecto al hotel, mientras circulaba como un ciclón por la autopista. Con un inglés que recordaba a Chiquito de la Calzada, ‘hoteeeeeeeellllllllrrrrrrrr’, nos pasaba el móvil con la calculadora y la foto de su novia para ir negociando el precio. Chillando como si le fuera la vida en ello.

Cuando ya habíamos llegado al acuerdo de pagarle 180 yuanes (unos veinte euros) nos preguntó si éramos chinos (¿?). No, ‘we are from Spain’.

Entonces nos cantó un pasodoble.

Entrar en Cantón para alguien que no ha pisado China es espectacular. Los primeros bloques de edificios te los encuentras rodeados en sus filos por tubos fluorescentes que van cambiando de color, como ésos que te ofrecen los chinos cuando entran en los bares de Sevilla y tú te planteas, ¿quién puede querer comprar algo así?

El caso es que cuando te vas adentrando en la ciudad, te vas asustando.

Porque es impresionante lo que te encuentras. Rascacielos espectaculares, avenidas de cinco carriles, centros comerciales descomunales (¡en un país comunista!). Escaparates de Cartier, Dior… ¿Qué es esto?, ¿ésta es la China de salarios de 50 euros que nos han vendido?

Me bastó ese recorrido de una hora en taxi para comprender la enorme, desorbitada y espeluznante potencia de China. El gran prestamista del mundo, el que crece un 10% anual, la patria de 1300 millones de personas.

Te sientes diminuto.

Nos fuimos a cenar a la isla de Shaiman (creo que se escribe así) para calmar tanta excitación. Yo me pedí brochetas de pollo satay, Pablo medio kilo de serpiente frita. Yo decidí probar la serpiente para poder contarlo y fardar. Cuando llegó el plato parecían chocos fritos. El problema es que Pablo la probó antes que yo y, con cara de susto, gritó:

-¡Tienen hueso!

Le di un bocado con los ojos cerrados, puagggg, y me tragué un vaso entero de cerveza.

martes, octubre 19, 2010

May be

Los japoneses, cuando hablan en inglés, sólo tienen dos respuestas categóricas posibles: 'yes' o 'may be'.

No sé en qué fase de su historia anterior obviaron el 'no', pero es cierto que resulta muy difícil escuchárselo.

Tuvimos hoy un momento en el trabajo, cuando visitábamos el impresionante Centro Tecnológico de Nissan, en las afueras de Yokohama, en que solicitamos a nuestros anfitriones hacernos una foto conjunta. Serviría para dar notoriedad a este encuentro entre una fábrica de Renault y la Central de Nissan.

Había un problema, en ese recinto no se podían hacer fotos.

Yo les expliqué que era simplemente un detalle para poder comunicar a Renault España nuestra visita. No era necesario mostrar las instalaciones, ni el edificio. Simplemente en la Sala de Reuniones donde nos encontrábamos, contra una pared en blanco. Incluso la foto podían hacerla ellos y enviarnos la copia que considerasen oportuna.

-¿Es posible? -pregunté.

-May be -respondieron.

Moviéndose azorados los seis ingenieros que nos rodeaban, conocidos en Sevilla por su reputación como personas preparadísimas en su oficio, se preguntaban incómodos cómo hacer para dar satisfacción a nuestro simple requerimiento. Una foto tras horas de trabajo.

-Está prohibido en todo el recinto -insistieron.

-No hace falta que sea dentro del recinto -respondí-. En el exterior, apuntando hacia afuera, es una simple foto para recordar la jornada de trabajo. ¿Es posible?

-May be...

lunes, octubre 18, 2010

Contrastes

Tras una desaforada y divertidísima noche tokiota de sábado, en que queríamos acaparar más de lo que nos era posible, comenzamos un domingo nublado, con resaca y temperatura perfecta.

Lo que se presentía como un día de reposo se convirtió en un espectáculo perfecto para los sentidos que nos ofrecía todo un retrato del alma de Japón.

Habíamos desechado desembarcar en Kyoto por el excesivo tiempo, dinero y esfuerzo que implicaba para apenas unas horas de luz. Decidimos visitar los jardines del Palacio Imperial para ir cogiendo cuerpo. Una delicia.

Las avenidas que lo rodeaban estaban cortadas al tráfico para permitir circular con tranquilidad a ciclistas, patinadores, corredores de footing, paseantes... A pesar de todo, los ciclistas y peatones seguían rigiéndose por las luces de los semáforos en unas avenidas sin coche. La fuerza de la costumbre.

Tanto aire limpio nos invitó a una cerveza, difícil de encontrar por sí sola. Son raros los bares puros, en que sólo se toma una cerveza por el placer de tomarla y charlar.

La noche anterior, una pareja de novios pijos nos invitó a visitar el santuario sintoísta de Menji, en el parque de Shibuya, así que mientras cerveceábamos nos pusimos a investigar cómo llegar. La guía nos alertaba que por esa zona, los domingos, las chicas rebeldes de Tokio, las autoexcluidas, marginadas en clase o de familias desestructuradas, las cosplay-zuku, se reunían junto al parque vestidas de forma exagerada de muñecas de porcelana, lolitas góticas, vampiresas posmodernas, alienadas y rompedoras.

Allí nos plantamos.

El espectáculo era impactante. Calles repletas de gente en un día que se había vuelto soleado entre las que no había ningún sentido del ridículo respecto a nada. Muchas caras de loco, poses estudiadas, colgados, ausentes, divertidos, relajados, reprimidos, dislocados, desafiantes.

Pablo quería fotos con todas, pero ellas huían falsamente de las cámaras.

Con la adrenalina de las niñas de Harajuky en el cuerpo nos introdujimos en el Parque para observar el Santuario sintoísta. Impactaba de golpe un bosque tan frondoso en pleno centro de la ciudad, con grandísimas puertas de madera que marcaban el sendero hacia el recinto religioso. Muchas mujeres en kimono que hacían presagiar lo más inesperado, asistir como espectadores de excepción a una boda por el rito sintoísta de una pareja de la alta burguesía de Tokio. Él parecía un samurái, ella una princesa blanca del siglo XXII. Les precedían varios monjes con varas de madera, les seguía otro con una gran sombrilla naranja y detrás, en filas de a dos, muy apretadas, las parejas invitadas a la ceremonia, cerrándola los militares. Todo en un profundo silencio, con más aires de luto que de boda.

Tras volver a Ginza y tropezarnos con mujeres maquilladísimas cargadas de bolsas de tiendas de lujo, fuimos a cenar a un restaurante junto al templo budista de Asakusa. Sushi distribuido en platos que caminaban por una cinta, con el precio dependiendo del color del plato y gritos de los camareros cada vez que... no me enteré cuál era el motivo de los gritos.

Terminamos en el gran templo. De Confucio a Buda. La noche era cerrada, caía una cierta niebla y una pareja, aparentemente de pueblo, se me acercó con la cámara de fotos. La fui a coger para retratarles frente al gran templo rojo, pero él no soltaba la cámara. Yo no entendía. Ella gritaba en japonés haciendo gorgoritos. Él seguía ofreciéndome la cámara.

No me querían como fotógrafo, sino hacerse una foto conmigo.

Japón

Íbamos por una gran avenida en obras de Tokio el sábado por la noche, pocas horas después de aterrizar. Veníamos de tomar una cerveza y buscábamos un local para cenar algo occidental tras una semana de exquisita comida oriental.

El tráfico era intenso, la avenida estaba poco iluminada y un robot vestido de operario, de azul y con su camisetilla fluorescente, hacía movimientos mecánicos con una larga barra roja intermitente para advertir de las obras en la mediana de esa avenida.

'Mira cómo son los japoneses, Salva', me decía Pablo, 'van por delante nuestra en todo. Observa los movimientos y la programación de bucles informáticos que tiene ese robot. Repite unos movimientos con los brazos, y cada ciertos ciclos cambia de realizarlos vertical a horizontalmente. Luego la cabeza, ves, la para cada tres giros y vuelve a moverla en sentido contrario'.

Estábamos extasiados mirando al robot de tráfico cuando éste gira la cabeza y nos saluda.

'Glups'.

sábado, octubre 16, 2010

Human sea

Tras una jornada calurosa de trabajo en la fábrica de Samsung, en Corea, a eso de las cinco y media de la tarde nos invitó nuestro anfitrión, Míster Kang, a cenar. ¡A las cinco y media de la tarde!

Carne de cerdo a la plancha rodeada de hojas de... ¿parra?

El señor Kang nos dejó cerca del centro de Pusán en una tarde de viernes abarrotada de tráfico y Hojin Lee nos invitó a pasearnos por Jalgachi, el mercado de pescado de su ciudad.

El escenario era impactante: tenderetes abarrotados de peces vivos en inmensas peceras, cantantes de verbena taponando las calles con micros a volumen elevadísimo, ancianos paralíticos tumbados bocabajo en planchas rodantes... ¡pufff!

Tras atravesar la marabunta y llegar al paseo marítimo, Hojin nos preguntó: ¿paseo o restaurante?

Reventados, Pablo y yo, con nuestro ordenador a cuestas tras diez horas de curro respondimos al unísono: ¡restaurante!

Hacía tiempo que no cenaba dos veces.

Pablo eligió almejas de nácar, yo un pez negro sabrosísimo (según el pescadero) y Hojin sashimi de angulas (exquisitas, recién degolladas delante nuestra).

Todo lo acompañamos de un licor de cerezas coreano. Sentados en un tatami con las piernas medio estiradas, sin saber dónde colocarlas.

Entonces le pregunté, con el licor subiendo a la cabeza, por sus vecinos de Corea del Norte.

Hojin cambió el rostro y nos explicó con dolor y objetividad acerca de la Guerra de Corea:

'Antes de las Guerras Mundiales Japón nos conquistó. Cuando terminó la 2ª Gran Guerra, Japón se retiró de nuestras tierras. Por entonces el pueblo coreano estaba unido, en grupúsculos de resistencia, contra el único enemigo, el invasor, Japón.

Cuando éste se retiró, los resistentes se dividieron en prorrusos y proamericanos. Los comunistas, alentados por China, invadieron la península de Corea (salvo la ciudad de Pusán, como un Cádiz del siglo XX). América reaccionó y recuperó el territorio a base de poderío militar. Entró por Seúl y avanzó hasta la frontera de Corea con China.

Por entonces, China no tenía otra fuerza que su población, así que dió fusiles a la primera línea de fuego y contraatacó contra el poderío americano. La Corea occidental ametrallaba a esa Corea comunista que avanzaba a base de disparos de una sola línea de fuego, mientras el resto de la población hacía batir sus tambores para amedrentar.

La marea humana. La primera fila caía y la segunda cogía los fusiles, en una ola de muerte imparable alimentada por la creencia en la potencia del comunismo.

Fue entonces -nos contó Hojin- cuando Estados Unidos estuvo a punto de lanzar la tercera bomba atómica.

Los chinos llegaron a la actual frontera entre las dos Coreas'.

A mí me da hoy por pensar en las posibles dos Españas, viendo el dolor salpicado de licor de cerezas de Hojin hablando de su país.

Me levanté tras la cena, para ir al baño, con una pierna dormida, cojeando, pensando en la dulzura y maestría de Hojin contándonos los dolores de su propio pueblo.

jueves, octubre 14, 2010

Corea

Amanece en Pusán.

Cuando aterrizamos ayer y para evitar caer en la tentación de mantener el ciclo del sueño, tomamos un plano de la ciudad y nos lanzamos a la calle a preguntar ‘¿qué visitamos?’

Los coreanos son solícitos, se paran, te escuchan, pero no te entienden. Dedujimos rápidamente que ésta es una ciudad enorme pero no turística y que, si algo merecía la pena visitar era el templo de Beomeosa. Medieval y budista.

Las informaciones para llegar eran contradictorias. Al menos la estación de metro se llamaba así, Beomeosa, y estaba subtitulada en caracteres occidentales.

Una vez allí, preguntábamos cómo llegar al templo. A falta de inglés, todas las explicaciones eran onomatopéyicas. Muy gestuales, movían todo el cuerpo, incluso las caderas y con el brazo nos señalaban dónde creían que se encontraba el templo acompañándolo de sonidos tipo ‘yyyyyyyysáká’, ‘rrrrrooooopushú’, ‘tooooliiiiidá’. Afortunadamente dimos con alguien que nos explicó que si hubiésemos ido andando como nos dijo el primer informante, habríamos necesitado dos horas para llegar a lo alto de la montaña donde estaba el templo. Tomamos el autobús 90.

Impresionante y descuidado, nos introdujimos por sus callejuelas, que seguramente indicaban prohibiciones en coreano que no entendíamos, y es que de pronto nos vimos en un templete de madera reconvertido en gimnasio lleno de monjes budistas. Al menos, todos nos sonreían.

Anoche, Hojin Lee nos paseó por la bahía de Pusán, en barco, tras invitarnos a cenar en una barbacoa coreana. Una vez embarcados y contemplando la inmensidad de la ciudad iluminadísima, me contó que al día siguiente nos llevarían a comer sushi. Cuando le pregunté si era sushi japonés se le cambió el rostro. ‘¡¡¡No!!!’. El sushi coreano se toma con el pescado recién muerto. Lo degüellan, y te hace el gesto correspondiente, y lo cortan en trozos directamente al plato. Buena oportunidad de callarme.

Y es que la suerte o desgracia de Corea es estar tan cerca de Japón. Tienen empresas reconocidas a nivel mundial como para sentirse plenamente orgullosos: Samsung, LG, Hyunday, Daewoo, Kia… Tienen una cultura milenaria, pero demasiado similar a la japonesa a ojos vista de un occidental. Su gastronomía, templos, avenidas de neones, mercados de pescado, vestimentas, rasgos físicos, idioma, escritura o gesticulaciones son demasiado similares a las del gran hermano japonés.

Daría la sensación, tras venticuatro horas deambulándola, que Corea no está acostumbrada a que la miren. Fuera del círculo del hotel, no te cruzas con nadie que no tenga rasgos asiáticos.

Cuando preguntas por un templo, te observan, preguntándose ‘¿qué hace este guiri aquí?

lunes, octubre 11, 2010

Asia

A unas horas de salir en una misión empresarial hacia el continente asiático, me siento como un Marco Polo del siglo XXI, lleno de emociones y con los ojos abiertos como platos con un día de adelanto.

Mi fábrica me envía en una visita más política que técnica para establecer relaciones con nuestros clientes de Nissan y Samsung, cada vez más inundados de nuestras cajas de cambio sevillanas, que tanto dinero y empleo aportan a nuestra ciudad.

Siempre que hagamos las cosas bien, con precios reducidos y niveles altos de calidad, Nissan no dedicará dinero a invertir en plantas de fabricación de cajas de cambio manuales cuando sus principales clientes las quieren automáticas. Ahí estamos nosotros a veinte mil kilómetros de distancia, luchando para venderles miles de órganos mecánicos cada semana, casi cada día, para que ellos ni se planteen otra cosa que comprar nuestros productos, garantizando el empleo de aquí.

Junto con mi amigo Pablo aterrizaremos en la tradicional Corea, en su puerto de Busán, la Barcelona coreana. Allí nos espera Hojin Lee, ya conocido de visitas anteriores a Sevilla, quien nos invitará a una barbacoa típica de su país. El sábado volaremos al imperial Japón, donde tendremos oportunidad de visitar la antigua capital de Nara y visitar la noche tokiota, en tanto esperamos para visitar la Central de la Ingeniería Mecánica de Nissan, algo que debe ser espectacular.

De Tokio volaremos a Cantón, la tercera ciudad de China, al sur. Otra megalópolis adonde llegamos con el nombre del hotel y la fábrica escrito en caracteres chinos para hacernos entender. Será impactante entrar en el país más poblado de la tierra y observar, como una hormiga más, la grandeza del ser humano, en un país donde aún queda mucho para poder sentirse cómodo, con un premio Nobel encerrado por criticar al régimen. Dos días duros de trabajo intentando entendernos con nuestros colegas chinos.

Será entonces el momento de acudir a la tropical Indonesia, en la poco agraciada Yakarta. A pesar de vacunas y prevenciones, un spray antimosquitos nos acompañará ya que tenemos un fin de semana para explorar las playas del Índico. Será una mezcla explosiva estar al mismo tiempo en un país asiático y musulmán. Inolvidable, con seguridad.

De Indonesia volaremos a Tailandia, a su capital Bangkok, la ciudad de los mil templos y las casas sobre el agua. Me dice Pablo que allí el calor es bochornoso y las calles están abarrotadas, pero no creo que mucho más que en Madrás, en la India, último trayecto de esta visita de trabajo al gran continente asiático.

Viajar allí donde existen civilizaciones milenarias, donde pensamos que todos son iguales porque nuestra cortedad nos hace ver sólo ojos rasgados, ridiculizando y metiendo todo en el mismo saco de 'los chinos'.

Llevamos miles de años girando en la misma pelota, compartiendo espacio con la diferencia de un giro de ocho, diez, doce horas... Tan lejanos estando en el mismo sitio, teniendo las mismas preocupaciones de seres mortales y pasajeros.

Voy por cuestiones de trabajo, lo que se convierte en contratiempo y ventaja. Porque no tendré libertad para organizar todo mi tiempo, pero podré convivir con habitantes reales de esos países; porque aún pasando momentos de tensión, mi misión tiene sentido para favorecer a mi empresa y la economía de mi ciudad. Porque no me sentiré una persona transparente sino integrada, aunque sea por unas semanas.

Quiero visitar templos budistas, tomar sake, comidas con curry, aprender de los símbolos de la gramática china, ir a karaokes japoneses, ver vacas sagradas en la India, oír a los almuhecines en la isla de Java, entrar en mercados de especias chinos, adentrarme en las calles de burdeles tailandeses, oler diferente, sentir la humedad, pisar calles de barro y subir a rascacielos de cristal.

Estoy a 24 horas de pisar suelo asiático y sólo pienso en lo afortunado que soy.

sábado, octubre 09, 2010

Saber

Oyendo la radio en el coche un sábado por la mañana, en esos momentos de éxtasis que suponen el preludio de un café con croissant y la lectura de El País, apareció un entrevistado desconocido para mí. Carlos Barrabés.

Aún a día de hoy no sé a ciencia cierta a qué se dedica, o digamos que se dedica a tantas cosas, empresario, consultor, ponente, investigador o asesor de grandes multinacionales, que se difumina su carrera profesional en un totum inabarcable.

Sin embargo, cuando llegué a la cafetería, quedé un rato sentado en el coche a que terminase la entrevista.

Independientemente de su cercanía para hablar de temas complejos (cambiar el rumbo de la sociedad actual ya no puede ser cosa de un gran gobernante, ningún Obama, sino que es un algoritmo más enrevesado, con 40 o 50 grandes variables controladas desde distintos estratos, localizaciones, organismos y aleas en todo nuestro planeta), de él y de otros tantos intelectuales de nuestro mundo admiro, comulgue o no con su visión del hombre, su capacidad para transmitir saber y hacerlo con frases sencillas.

Cuando la entrevistadora le interrogó acerca de sus miedos para con esta generación súper preparada que se asoma al abismo del mercado de trabajo, él respondió que no es ése el grupo de personas que le preocupa, sino aquéllos que no quisieron, o no pudieron, tener estudios, porque en este mundo que lo absorbe todo, ellos serán los parias.

Duro.

viernes, octubre 08, 2010

Privilegios

Tras unos meses sin acudir por lo bien que se está portando mi espalda, ayer volví a una nueva sesión de mis encuentros con mi masajista.

La encontré más joven y delgada, sonriente como siempre y dispuesta a atacar cualquier resurgimiento de molestias en ese mi hombro, rebelde desde hace años.

Me tocó, en cambio, el centro del pecho y me dijo que veía un bloqueo en mí.

Tumbado boca arriba, casi desnudo, mirando el techo y escéptico, algo menos con ella, respecto a este tipo de diagnósticos que se hacen a partir de unos manipulaciones rápidas con mis brazos, le comenté que no había nada que me atormentase ni me frenase ni me hiciese sentir coartado.

¿Tus ansiedades? Las voy superando.

Me hizo oler unas gotas de pachuli antes de colocarme boca abajo y hacerme un largo masaje con una piedra de obsidiana y una crema caliente, que preparaba como una pócima mágica, batiendo algo con una cuchara de vez en cuando.

¿Qué sientes? Que el cuerpo me pesa más, que me voy hundiendo placenteramente.

Luego vinieron las piernas, con el gustazo que da saber que tengo dos, y que todo lo que voy sintiendo se va a multiplicar por dos.

Tras el acostumbrado desbloqueo del coxis volví a girar, volvió a tocar el centro de mi pecho. Seguía el bloqueo.

Tocando mi pecho y mi vientre me dijo que hablara desde lo más profundo de mí. Que allí no había escrúpulos ni censuras ni miedos.

¿Qué te preguntarías, Salva?, sin pensarlo, ¿qué pregunta tu interior?

Como si fuese un allien que habitara en mí, Salva preguntó entre músicas extrañas de cacerolas ¿quién soy yo?

Ella respiraba hondo y yo respiraba lento.

¿Quién eres tú? me repetía ella. A mí se me venían imágenes de mi amigo Kristian por las calles de Nueva York gritándome '¡grita, Salva!', '¡grita con todas tus fuerzas!'...

Yo no respondía y era ella entonces quien ponía mi respuesta en su boca... 'Yo soy...', 'yo soy...'

Yo soy uno más, respondió mi allien.

¿Qué más, Salva?

Yo soy humano.

Bien, así, suave. Las luces estaban apagadas, mi cuerpo embadurnado de alguna crema caliente de pachuli, y ella insistía. 'Llega hasta el final, yo soy...'

Yo soy un privilegiado.

lunes, octubre 04, 2010

El premio

Puede ocurrir en cualquier lugar de Sevilla, hoy ha tocado en el Bar El Pimiento, un rincón agradable en la trasera de la Alameda, donde sirven buenos vinos por copa y una carta reducida de tapas escritas en una amplia pared de pizarra.

Me tomaba unos vinos con mi pareja, encantados con la tapa de carne mechada, la conversación y nuestro rincón al fondo del local.

Yo trataba de bajar mi estrés de jornada de auditoría en la fábrica en una charla relajada de las que te hacen sanar el alma tras un día de trabajo intenso. ¡Qué placer!

Pero nos tocó El Premio.

Y en una ciudad como Sevilla tampoco hay que jugar mucho para que te toque.

Entra dando besos desde la puerta, a unos diez metros de nuestro rincón, en un bar prácticamente vacío un lunes noche. Los achuchones y los '¡cuánto te quiero!' se oyen diáfanos involuntariamente.

Rápidamente comprendes que viene de un viaje de fin de semana por Cazorla, que su novio acaba de pintar la cocina y que ella, pobre, tiene que hacerse la cera esa misma semana porque van a un spa el sábado. Un regalo de la suegra.

Tú intentas concentrarte en tu vino, en tu charla y en respirar tranquilo tratando de que tus pulmones tomen un ritmo pausado y cadencioso.

Pero El Premio te recuerda que su vida es mucho más intensa que la tuya, que las cremas que venden en Mercadona son espectaculares para las ojeras y beber dos vasos de agua antes de comer... adelgaza.

Miras de nuevo la pizarra y ves el queso payoyo proponiéndote un romance, o la ensaladilla de gambas. Te apetece lanzarte al mundo de los vinos de Alicante o a los del Bierzo, pero los chistes y las risas del Premio, tan simpática, te hacen calcular cuáles son los vinos que te quedan en casa y si tienes para un plato de caballa en aceite en la nevera.

Teníamos vino y calamares en su tinta.

Y buena música.

domingo, octubre 03, 2010

Oscuridades

Leyendo Brasil, de John Updike, llegué a una frase que me hizo reflexionar:

Avanzamos hacia la oscuridad y la oscuridad se cierra a nuestra espalda.

A quienes tenemos memoria frágil para los detalles, la oscuridad que sentimos cuando miramos por el retrovisor es aún mayor. Escribir este blog es un método más para hacer más claro mi pasado, retener sensaciones que obligatoriamente pasarán, esforzarme en dejar por escrito mis reflexiones más íntimas. También tener grandes amigos ayuda, como Mariángeles por ejemplo, que con sus narraciones fotográficas de nuestro pasado en común me hace luminosos días anteriores, poniendo caras, olores y risas.

¿Qué más fuerte que el olor para recuperar imágenes, para estremecer por momentos pasados?

La familia también ayuda a aclarar ese camino que vamos dejando atrás. Gentes con las que convivimos desde que vemos la luz y con las que estaremos cuando dejemos de existir, son un hilo del que siempre podemos tirar, al que agarrarnos, para entender qué somos y de dónde venimos.

La oscuridad hacia la que avanzamos es más complicada, porque no hay certezas. Ahí juegan los miedos tirando de un extremo frente a la ilusión que empuja hacia el otro.

Tener proyectos es la mejor manera de despejar el horizonte. Creer en uno mismo, en la capacidad de cambiar pequeñas cosas y en la virtud de integrar como propias las ilusiones de los otros.

Mis ilusiones son las de Fran, las de Mónica y Raquel, las de Mariángeles, las de Isaac, las de Iván...

La oscuridad se desvanece cuando juntas muchos ojos para mirar hacia el frente.

martes, septiembre 28, 2010

Huelga general

No soy partidario de las medias tintas en cuanto al compromiso social y político se refiere. Soy de los que piensa que hay que mojarse para reivindicar el futuro que nosotros creemos mejor para los nuestros y las generaciones venideras.

Mañana, sin embargo, comienza una huelga general y tengo más dudas que certezas.

Creo que el Gobierno desperdició demasiado tiempo en reuniones con sindicatos y empresarios, sin liderar ni marcar una línea de trabajo clara. No había visión de dónde llegar.

Los empresarios, con la imagen penosa y cicatera que representa Díaz Ferrán, parece que hicieron oídos sordos a todo atisbo de modernidad en lo que a medidas de avance social se refería, centrados exclusivamente en abaratar el despido, el gran enemigo y la única solución. Tener facilidad para echar al trabajador cuando las cosas vienen mal dadas o los beneficios no aumentan en más de dos cifras.

A los sindicatos no se les oyó con fuerza hasta que no se rompieron las conversaciones por llegar a una reforma laboral consensuada, y me cuesta pensar que tuvieran sensibilidad ante la necesidad evidente de flexibilizar el mercado de trabajo.

La única certeza es que el sistema laboral español está enfermo desde hace lustros. Siempre arrastrando la vergüenza de ser uno de los países desarrollados que peor trata a sus trabajadores y donde la cifra de parados es el doble, como mínimo, que en el resto de sus vecinos occidentales.

¿Qué hacemos mal?

Es seguro que esta reforma laboral aprobada con prisas, bajo presiones financieras internacionales, es manifiestamente mejorable. Me da pánico pensar en esas cláusulas imprecisas que justifican un despido barato ante posibles pérdidas futuras de la empresa.

Yo trabajo en una multinacional que funciona razonablemente bien en su trato con el trabajador, tengo hermanas empresarias, amigos mileuristas y familiares en paro. Estoy en el mundo y sé que hay mucha miseria en las condiciones de trabajo de mi país.

Creo que no somos suficientemente observadores de las mejores prácticas. La educación en Finlandia es un modelo a seguir, copiemos. Las cifras de paro en Alemania u Holanda son ridículas con respecto a las nuestras, copiemos. Las universidades norteamericanas son ejemplos de excelencia, aprendamos de ellas.

Mañana trabajaré, con el corazón especialmente sensible y la oreja presta a escuchar todos los razonamientos.

lunes, septiembre 27, 2010

Romaníes

Apagada ya la burbuja de la información periodística de las expulsiones de los gitanos rumanos de Francia (la actualidad exige 'más madera' y a éste episodio ya no se le puede sacar más jugo por parte de la prensa), aún no se ha apagado mi indignación por el apoyo expreso de Zapatero a esa política de trazos gruesos, por decirlo en términos suaves, del populista Sarkozy.

No soy tan simple como para pensar que no es un problema la creación de guetos en nuestras ciudades, pero de un presidente, y más si es de izquierdas, se exige una política más elaborada que la de expulsar en masa a colectivos de una raza.

Desde el poder se ha querido demonizar a la comisaria europea Reding por unas declaraciones que daban en el centro de la yaga. Ella criticaba una circular expresa en la que se ordenaba a todas las prefecturas francesas desmantelar los campos de 'roms', gitanos rumanos.

Se crea un Derecho Europeo y una Comisión que vele por ellos, pero se les ridiculiza cuando tratan de hacer aplicar la norma.

Zapatero, tratando de entender los compromisos con Francia por su lucha contra ETA o la inclusión en el G20, podría haberse remitido a la declaración conjunta de Jefes de Estado. Pero no, apoyó expresamente a Sarkozy.

Si rompemos los ideales, ¿dónde queda la izquierda?

Cuando se aprobó la entrada de Rumanía y Bulgaria en la UE, se asumía que en poco tiempo habría libre circulación de personas. Y los gitanos lo son, le duela a quien le duela.

¿Que son pobres en su mayoría?, ¿que no se integran?, ¿que montan campamentos alrededor de las ciudades?

Habría que haber contado con ello y, si no se hizo, habrá que establecer políticas de integración, contar con el gobierno rumano para establecer mecanismos de repatriación voluntaria, escolarizar a los niños de estas familias, fomentar el aprendizaje de la lengua del país, establecer convenios entre organismos sociales, sindicales...

Recuerdo que nuestro alcalde socialista ordenó dar una bolsa de plástico con dinero en metálico, muchos miles de euros, a gitanos de un barrio de Sevilla para que se fueran.

A mí, en mi empresa privada, me exigen resultados y un código de conducta.

Yo, de izquierdas convencido e irreductible en mi posicionamiento social, critico con fuerza a los míos, porque a los Sarkozy de turno no me queda otra que soportarlos.

miércoles, septiembre 22, 2010

Reverte

Hace unos meses, desde un foro literario en el que suelo intervenir, me invitaron a participar en una charla-conferencia-mesa redonda sobre las novelas de viaje. Acepté. En principio me lo propusieron como suplente porque había en el aire la posibilidad de un gran escritor. El tiempo pasó y como el escritor conocido no daba el sí definitivo, me confirmaron a mí como ponente. La jornada en cuestión es el próximo domingo y es en La Casa Encendida, en Madrid.

La invitación tenía cierto sentido. Mi anterior novela, 'Andrea no está loca', se puede encuadrar como 'novela de viaje'.

Cuando ya la organización me envió los billetes del AVE y yo pasaba mi tiempo libre leyendo a mansalva novelas de viaje, el escritor reconocido dio un sí tardío. Los convocantes, encantados con la presencia de este hombre considerarían brusco 'desinvitarme' a mí, así que tanto el escritor de best sellers como yo mismo estaremos allí el domingo. Él se llama Javier Reverte.

A Javier Reverte lo conocía pero no lo había leído. A contrarreloj me fui a una librería y compré obras de él. Leí 'Dios, el diablo y la aventura'. Más que novela era un estudio histórico de la figura de un jesuita misionero en tierras etíopes allá por el siglo XVII. Me gustó.

Con ciertos nervios por la conferencia en cuestión, hace un par de días leo en la prensa local que el señor Reverte daría una conferencia en Sevilla para presentar su última novela, 'Barrio cero', ganadora del Premio Fernando Lara. Lo haría en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Oportunidad única para asistir, saludarlo, presentarme como próximo contertulio suyo y crear complicidades.

Pero no sabía dónde estaba la Cámara de Comercio.

Tras sucesivas llamadas que me llevaban de un teléfono a otro de forma surrealista, acabaron por confirmarme que la Conferencia tendría lugar a las ocho de la tarde de ayer martes en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Di mi nombre y una explicación de por qué quería ir.

Y me fui para allá.

A las ocho en punto comenzó la charla. No había mucha gente y el señor Reverte parecía más joven y delgado que en las fotos. Comenzó a hablar del mito de Sísifo, el hombre que nunca llegaba a terminar la tarea que tenía encomendada, para pasar a hablar más tarde, de forma muy detallada, de las Ruinas de Itálica.

No entendía muy bien, hasta que el moderador le interrogó, llamándole por su nombre, Javier.

Fue muy fructífero asistir a una charla sobre los trabajos arqueológicos en las Ruinas de Itálica a lo largo del último siglo, a cargo del que fue su director y gerente, Javier... Verdugo.

domingo, septiembre 19, 2010

25 años

A las nueve de la noche de un día como hoy, a finales de septiembre, hace 25 años, mientras sonaba lejana en el hospital la musiquilla de apertura de un telediario, escuchábamos las últimas respiraciones, cada vez más lentas, de mi madre.

Ya más de media vida sin ella, aún hay días en que me levanto confundido, décimas de segundo en que pienso que aún está entre nosotros, gracias a la magia de los sueños.

Fue tan duro el golpe, a mis dieciocho años, que tardé mucho en reconstruir los cimientos de mi nueva vida. Duro de entender porque, de golpe, me daban la medicina de lo atroz que es la muerte. Asumir que una mujer hermosa de cuarenta y pico años se podía ir así, tan despacio, sufriendo lo indecible sin que el hombre ni la medicina pudiesen salvarle de esa muerte anunciada.

Ya no me daría más besos al acostarme, ni volvería yo a ayudarle a liar croquetas, ni le enseñaría mis deberes, ni me prepararía más canelones con foie-gras, ni iríamos a comprarme la ropa en autobús al centro, ni desayunaría más con ella en ninguna casa de la playa. Ya para siempre huérfano, tocaba ir por el mundo desde entonces sin su protección.

Con cuatro hijos ya criados, no pudo disfrutar de su madurez, ni de un matrimonio hermoso como el que compartía con mi padre, ni de sus lecturas veraniegas, o los cafés de los martes con sus amigas o sus cabezadas tras las noticias. Ni ver a sus hijos hacerse adultos, ni conocer a su nieto, ni envejecer.

Sin que ninguno lo quisiéramos, nos estaba haciendo ese día de hace 25 años un regalo enorme: entender realmente la vida. Su dureza, sí, pero también su valor. Hacernos más fuertes.

Mis dieciocho años no me permitían ver en ella defectos que tal vez descubriría con el tiempo. Mi memoria es clara recordando su estilo, el cariño, la buena educación, su dulzura y generosidad. Pautas de comportamiento que se hicieron modelos para mí.

Mi espíritu claramente agnóstico entra en contradicción cuando pienso que uno de los cimientos de la nueva vida que reconstruí fue, y es, el de luchar por ser una buena persona, tener una vida recta y sana, hacer las cosas bien, ser coherente, cuidar de mi familia, ser fiel a mis amigos para no traicionar su memoria, hacer que se sintiera orgullosa de mí.

Esa búsqueda de la felicidad, que tan cerca tengo a diario, como homenaje eterno a mi madre muerta.

viernes, septiembre 17, 2010

Rayo de luz

Tras una semana de trabajo en Francia, me encuentro de vuelta a Sevilla en el aeropuerto de Orly.

Siempre temeroso de los atascos parisinos, tras llegar con el tiempo justo y esperar una enorme cola para facturar, al final de la fila de pasajeros me encontré con una azafata con cara y peinado de los años 50.

Con un francés exquisito, que hubiera cambiado a español de haberlo yo solicitado, me trató con una amabilidad insólita. Apenas un minuto de contacto para explicarme las cuatro cosas básicas que yo simulé desconocer por el placer de verla con sus ojos vivarachos dirigiéndose a mí.

Una frescura, simpatía y buena disposición que se reflejaba en sus ojos cristalinos de mirada directa.

Tomé mi tarjeta de embarque camino del kiosco de prensa de Orly diciéndome, ¡qué fácil es encontrar la felicidad en una sonrisa!

La vida es eso.

lunes, septiembre 13, 2010

Hilo negro

En mis tardes de biblioteca en la Escuela de Ingenieros, de las que guardo momentos imborrables, a pesar de la paliza de horas de estudiar que nos pegábamos allí, recuerdo una escena que se me quedó grabada.

Estaba en mi último año de carrera y llevaba acudiendo a esa biblioteca desde que entré. Un día, despistado como yo soy, encontré que habían instalado un 'torniquete' para acceder y era necesaria la tarjeta de estudiante para pasar. La gente protestaba porque nadie había advertido, y el bibliotecario explicaba con paciencia el nuevo método.

Cuando llegó mi turno, me dirigí a él para decirle que no traía conmigo el carnet de la universidad y, el bibliotecario, con cara de medio guasa, me soltó:

-Pasa, pasa, si tú eres más viejo aquí que el hilo negro.

Me quedé de piedra. Con el tono que utilizó se enteró todo el hall de la biblioteca.

En vez de tomármelo a mal me dio por reír. Tenía toda la razón y había sido ocurrente, sin faltarme el respeto.

Cuando la vida avanza, hay momentos en que me acuerdo de esta frase. Los años pasan y tenemos que progresar, que cambiar, que superar situaciones. La vida siempre pide más. Más combustible. Es insaciable.

Querámoslo o no, como nos quedemos parados... nos convertimos en hilo negro.

Analfabetos emocionales

Nadie obtiene un máster a lo largo de su vida en relaciones personales. Incluso los expertos, psicólogos, sociólogos o trabajadores sociales, encontrarán dificultad en aplicar sin pestañeo la teoría aprendida a su vida diaria.

Las personas somos imprevisibles frecuentemente, los años nos van cambiando y la escala de valores de cada uno de nosotros se va modulando hacia prioridades distintas con la madurez. Hay demasiados factores, en nuestro devenir mundano, como para poder construir ecuaciones que nos orienten hacia soluciones potentes y definitivas cuando nuestra pareja está triste, un hermano se cabrea contigo o un amigo comienza a aparecer menos por tu vida.

Partiendo de la base de la no existencia de recetas mágicas, el sentido común funciona bastante bien.

El problema es cuando el sentido común no funciona porque un individuo es un analfabeto emocional (concepto utilizado por mi amiga Mariángeles).

Por mi vida han pasado muchos, y muchas, de esas personas. No les huyo, pero trato de no hacer migas, a no ser que ya estén integrados en mi mundo.

Entre estos últimos, tengo amistades que se arrastran imperturbables por el amor de alguien, valorándose a la altura de un zapato y traicionando a los más cercanos por una cita a cualquier precio.

Yo mismo he llegado a creerme enamorado de gente así, personas que, hasta que las descubres en su infantilismo de inmadurez, te dañan y desconciertan, porque no se rigen por parámetros en que los sentimientos nobles sean la guía.

Recuerdo compañeros de universidad con expedientes impecables, impensables para mí, pero que no sabían darte la mano firme ni mantener la mirada. Grandes candidatos de por vida a no enterarse de la misa la mitad.

Gente que no sabe ponerse en la piel del otro, que rehúye conversaciones complejas, que prefiere una revista de coches a una novela, una sesión de gimnasio a una cena con velas, un vulgar programa de cotilleo a una buena película; no saben acariciar con movimientos suaves, ni encuentran momentos para decir que son felices, envidian a la gente sensible pero no investigan sus propias sensibilidades.

¿Cómo van a entender a sus parejas si ni siquiera se han planteado entenderse a ellos mismos?

En todo habrá un porqué. A saber dónde está el origen de esos desfases que hacen de muchos humanos, a veces brillantes profesionales en su terreno, auténticos analfabetos emocionales.

viernes, septiembre 10, 2010

Medio kilo

Dice mi amigo Miguel que un hombre, a partir de lo 35 años, engorda medio kilo por año. Es decir, que si queremos cuidarnos nuestro principal objetivo puede ser mantener el peso.

En la época universitaria recuerdo los descansos que nos pegábamos en la biblioteca por las tardes y cómo nos poníamos de palmeras de chocolate, batidos y demás porquerías. ¡Qué tiempos aquéllos! Podías comerte un rinoceronte por las patas que no engordabas. Pura energía, como si fuera una chimenea a la que echases leña, tu cuerpo todo lo fundía.

Cuando llegué a Francia caí rendido a los croissants de almendras. Para más inri, la boulangerie la tenía justo debajo de mi casa. No podía resistir ese olor que penetraba por todos lados. Es de esa época que recuerdo mis primeras luchas contra mi glotonería. Cada croissant que caía implicaba una vuelta haciendo footing a los Jardines de Luxemburgo. Y había días de frío y lluvia en que pasaba junto a los croissants sin mirarlos, de pensar en la carrera que tenía que pegarme luego.

Pocos placeres encuentro más completos que comer bien. Si, además, se es tan goloso como yo, el placer se transforma en venenoso.

Uno de mis sueños repetitivos es tener en mi habitación dos grifos. Uno lo abres y sale chocolate blanco, bien espesito y fresco. Del otro salen gominolas.

La vida se nos intenta hacer cuesta arriba con historias como las del medio kilo, pero no sabe que cuanto más viejos somos tenemos más capacidad de disfrutar otros detalles, no ser tan primitivos y pasar por al lado de croissants a los que, con mucho dolor, le hacemos cortes de manga imaginarios.