lunes, octubre 31, 2016

Juicio

La madurez es un espacio donde no hay dogmas, éstos quedaron en el país de la juventud o en el territorio frío de los despechados. Cuando uno dice que es maduro, con toda la pérdida de frescura que eso conlleva, de oropeles, pasiones y sangre, admite que nada es definitivo.

En el terreno de la sana madurez uno está dispuesto a rehacer el juicio sobre los otros, a escuchar los argumentos para no calificar de forma extrema a nadie. Uno está dispuesto a rectificar.

Dejé mucha gente en el camino cuando no había vislumbrado este mundo en el que hoy me muevo, personas a las que etiqueté por actos concretos movido por el dolor, los celos, el egoísmo o porque realmente eran personas tóxicas para mí en aquel momento.

Sigo alejándome de la gente tóxica, no quiero nubes negras en mi vida sino gente que me aporte, pero estoy dispuesto a escuchar la opinión de otros para corregir el tiro de mis decisiones con respecto a los demás.

El ser humano es tan complejo, y tan simple, que no podemos evaluar la vida de los otros con nuestros propios criterios. Nadie busca ser infeliz, aunque haya personas muy torpes.

La madurez es comprender que somos terriblemente imperfectos y que el mundo está lleno de gente que no vale un pimiento, sí, pero también plagado de personas cercanas que merecen una segunda oportunidad.

Madurar es pensar, sentir y mirar con calma.

sábado, octubre 29, 2016

250

Soy un convencido del carpe diem, de aceptar los retos cuando surgen y de no programar los futuros momentos felices.

Tal vez por haber padecido una adolescencia atormentada, he aprendido a ser una persona fácil.

El hecho de valorar el presente como la clave del bienestar personal me hace ser un avezado gestor del tiempo. Un lema que tengo integrado desde que me conozco es el de que hay tiempo para todo. Mucha gente, en general, se queja de lo contrario, mientras se les pasan las tardes en el sofá, bloqueados frente al televisor, o no saben qué hacer cuando llega el viernes tarde y el trabajo ya no necesita de ellos.

El disfrutar de la vida, según mi teoría, no está reñido con la organización. Hay que saber cuáles son los objetivos.

En mi caso hay dos irrenunciables: mi salud y mi carrera literaria. La primera se puede ir al garete en cualquier momento y la segunda puede no llegar nunca a explosionar, pero en mi mano está hacer lo posible por que eso no ocurra.

Cada día hago deporte, aunque sea testimonial. Hay mil ejercicios sanos con los que ejercitarse en la alfombra de casa y un sinfín de senderos urbanos por los que correr. Me cuido porque me apasiona la vida.

En mi devenir como escritor tengo grabada una consigna: todos los días escribo al menos 250 palabras de mi próxima novela (siempre hay una próxima novela). No me privo de mis viajes, mi callejeo casi diario o los encuentros con los amigos, pero siempre busco el hueco al llegar a casa tras el trabajo para componer esas 250 palabras que me conectan a mi capacidad para contar historias y encontrar esa parte creativa en mí que me hace tanto bien explorar.

Tener unas rutinas que busquen lo mejor de ti y encontrar la constancia para desarrollarlas es también una manera, hay infinitas, de ser feliz.

lunes, octubre 24, 2016

Hogar

Hablaba con amigos de la gente que está enganchada al trabajo. Personas que echan 12 o 14 horas cada día de lunes a viernes y se pasan el fin de semana mirando en el móvil los correos de empresa. Hago cálculos y me sale, quitando las horas de sueño básicas, muy poca vida personal, aquélla que se comparte con la familia, esos ratos indispensables para estar con uno mismo, desarrollar tus habilidades, cuidar de los amigos, ejercitar tu cuerpo, ver una buena película, perderte en un libro, pasear sin rumbo la ciudad.

Más grave es aún cuando, en la mayoría de los casos, presumen de esa carga agotadora de trabajo. Enviar el último email antes de salir para dejar constancia de las horas a las que se sale, tener la luz encendida del despacho para que no haya duda de quién es el último en cerrar.

Son personas, en muchos casos, desorganizadas y que no confían en sus equipos. Distribuyen su tiempo laboral partiendo de la base de sus doce horas de trabajo, con lo que los ritmos se congelan y permiten reuniones interminables, poco atentos a la vida personal de los demás, charlas largas de café y conversaciones insensatas a horas prohibidas.

Pueden ser desorganizados, sí, o incompetentes para realizar sus tareas, o sencillamente egocéntricos, pensando que la calidad de una persona se mide en la duración de las jornadas de trabajo, refugiando su mediocridad tras discursos de quienes se sienten imprescindibles.

El otro día, sin embargo, un compañero de trabajo me dio la clave: 'no soportan estar en casa'. Me impresionó la sentencia por ser tan evidente y no haber pensado en ella. Gente que huye de su propio hogar.

Mi objetivo cada día es rendir al máximo para conseguir los mejores resultados en el tiempo preciso para no descuidar todo lo que de mí debe hacer una persona completa, de forma que al día siguiente llegue fresco para volver a dar lo mejor de mí a la empresa de la que tan orgulloso me siento.

Nadie, en su lecho de muerte, se lamenta de no haber trabajado más.

jueves, octubre 20, 2016

Casete

Ayer asistí a una conferencia, en el seno de mi empresa, en que se hablaba del futuro inmediato del automóvil. Hay grandes líneas de investigación abiertas que se pueden resumir en dos: el coche eléctrico y el coche autónomo. Me quedé con una frase clave: 'en los próximos diez años veremos avances equivalentes a los 50 años que dejamos atrás'.

El otro día, paseando por la costa de Málaga, soñé con la posibilidad de que pudiera grabarse el pasado como un gran time-lapse, desde siglos atrás. Dar marcha atrás a la cinta y ver cómo iban desapareciendo las grandes torres, el hotel Don Carlos, los edificios de primera línea de playa, las urbanizaciones crecidas en las laderas de las montañas, hasta llegar a los originales pueblos blancos, más esquivos con el mar. Seguir dando hacia atrás hasta que el rastro del hombre casi desapareciera, tener la posibilidad de ver esa naturaleza montañosa totalmente desnuda de artificios e incluso llegar al momento en que se uniera el estrecho de Gibraltar.

Pensé, más tarde, en dar a la cinta hacia delante. ¿Qué aparecería? ¿Subirá realmente el nivel del mar hasta comerse los paseos marítimos, las ciudades? ¿Cómo de altos serán los edificios si avanzáramos la cinta a 1 año por segundo?

Seguro que, en ese vídeo, de golpe aparecería un coche despegando, luego dos, luego una multitud, en el 2200, en el 2075 o tal vez en el 2022... En los próximos diez años avances como en los pasados 50.

No sé hasta qué nivel el hombre asumirá con serenidad esta progresión geométrica de la tecnología, invadiendo espacios para supuestamente hacernos la vida más fácil. ¿Hasta qué punto la comodidad arrastrará de nuestros miedos?

El otro día paseaba con mi sobrino Iván y, no sé cómo, salió el tema de la música. Tú sabes lo que eran los casetes -le pregunté para explicarle cómo grababa yo mis canciones favoritas de los 40 principales- ¿verdad?

Era una cosa así -gesticuló con sus manos-, cuadrada. ¿No?

sábado, octubre 15, 2016

Silencio

Soy un apasionado del silencio. Lo busco y protejo los espacios donde lo encuentro.

No renuncio a nada por ello, sigo siendo una persona sociable a la que la comunicación le parece esencial. Me gusta la calle, el jaleo, la música, la charla y, sobre todo, la risa contagiosa.

El silencio no debe, a mi entender, circunscribirse a los minutos previos a conciliar el sueño. Estoy convencido de que es necesario enfrentarse a él a menudo, con todos los sentidos, y regodearse; tenerlo como compañero de paseo, en el sofá, frente al ordenador, haciendo deporte, cocinando.

Hace tiempo que no corro por esas inmensas playas de Conil con auricular. Escuchaba canciones escogidas de entre mis listas de favoritas, pero me perdía el sonido de la naturaleza, el rugir del mar, el viento siempre presente en Cádiz. En casa, a determinadas horas de la tarde, mientras escribo, se escuchan las golondrinas a través de la ventana.

Nunca existe el silencio absoluto, ése dicen que sería insoportable, pero sí podemos elegir el silencio de la introspección, nuestra dosis diaria de clausura, el dejar venir los fantasmas y sudarlos, el soñar la consecución de nuestros proyectos y sonreírnos, el pensar en la vida de los que queremos, con calma, dedicando horas a sentir como sienten ellos; encontrar el espacio para imaginar el mundo entero o a trozos.

Bucear hacia dentro para sincronizarnos con la naturaleza a la que pertenecemos y entender, aunque sea por ínfimos instantes preciosos, esa parte de nosotros que es inmortal.

lunes, octubre 10, 2016

Caña

Dice Fran que siempre salgo de casa con la caña de pescar. No lo niego. Mariángeles se mofa con cariño de mí al comentar que siempre que viene a alguna de mis cenas o fiestas está expectante para ver qué invitado desconocido, para ella, aparece. Tiene razón también.

Espero seguir así muchos años, con capacidad para integrar gente nueva en mi vida.

A determinadas edades hay quien dice que ya tiene su cupo de amistades cubiertas. ¡Yo no! Tengo, y la gente que me conoce lo sabe, grandes amigos. Pero el mundo es grande y, pese a lo frustrantes que resultan muchas personas y actitudes, sé que aún existe gente circulando por cualquier lado a la que estoy destinado a encontrar y tomar un sincero aprecio, que serán imprescindibles en mi futuro.

Me decía el otro día Nuria lo mucho que disfrutó tomando una cerveza con un par de portugueses a los que conoció en el bar de El Corte Inglés. ¡Claro que sí!

La pena, le comentaba yo, es la poca oportunidad que nos damos los humanos para conversar e interesarnos por el otro, para charlar con los de la mesa de al lado en el restaurante, para comentar un cuadro con alguien desconocido mientras visitamos un museo, para entablar conversación con quien acaba de reconocer que lee a Murakami, que le encanta Venecia, que viaja con una ONG, que es creativo, bloguero, inventor de máquinas inservibles o pescador de personas sin pescar.