miércoles, diciembre 30, 2009

Tomarse en serio

A veces resulta sutil la diferencia, saber encontrar la frontera entre lo que es tomarse en serio a uno mismo y ser una persona comprometida, disciplinada, fiable, consecuente.

Mi reflexión se centra en aquellos que pasan por la vida, y son muchos, haciendo ostentación del yo. Pensar en la valía de uno y tomar este argumento como base para su desarrollo personal.

Soy un ferviente defensor de la frivolización de nuestros propios egos. Nadie es tremendamente importante, diferente, esencial.

Hay quien pasa por la vida encantado de haberse conocido. Eso lleva por caminos complicados que, en gran parte de las ocasiones, tiene como meta la más aciaga de las soledades.

Me gusta ver a compañeros de trabajo discutiendo como si les fuera la vida en ello sobre la presión de enmangue de un rodamiento sobre el alojamiento de un cárter de aluminio. Eso es pasión por el trabajo. Admirable. La decepción para con esa persona, en mi caso, viene dada por su incapacidad para asumir que un rodamiento no deja de ser un elemento inerte que se dedica simplemente a permitir que un eje ruede libremente en el centro de un taladro. Y que ahí acaba la grandeza de su trabajo.

Cuando por encima de la persona está el ser marqués, arquitecto, médico de prestigio, escritor o astronauta, ese disfraz no nos deja ver a la persona y, lo más grave, ellos se ven en el espejo con disfraz.

Es bueno ver carne al otro lado del espejo, y legañas, comprobar que cada año que se nos va tenemos más arrugas y eso no nos hace menos interesantes, sino más personas.

Sí, hablo de humildad, virtud pocas veces valorada.

Tomarse uno en serio es dañino para el equilibrio mental. Hay que quererse por cómo somos, tratar de establecer vías de progreso para ser mejor persona, buscar las maneras de sacar la sonrisa en los demás, estar ahí, con sinceridad, cuando alguien nos requiera.

Mirarnos al espejo, guiñarnos un ojo y sonreír.

domingo, diciembre 27, 2009

Air Comet

El tiempo pasa rápido, pensaría estos días Gerardo Díaz Ferrán.

En pocos días, tal vez semanas, estas pobres familias de desheredados que compraron con ahorros de años sus billetes para pasar las navidades con los suyos, en su tierra, habrán olvidado el sofocón.

De hecho, tiene la poca vergüenza de decir que él no hubiera nunca comprado billetes de su compañía.

No sólo no se digna a disculparse, sino que se arroga con menosprecio como incrédulo ante gente tan 'analfabeta', que no sabe que al hacer una compra por internet hay que estar al tanto de las cuentas subterráneas, pagarés sin fondos y mentiras consumadas a los bancos que son prácticas habituales, al menos, en sus empresas.

Y éste es el hombre que se levanta de las mesas de diálogo social con aires de grandeza diciendo en corrillos informales que el Gobierno es un desastre.

Éste, que se permite tener sin cobrar a setecientos empleados y solicita en voz baja el despido libre.

Claro que así no puede funcionar nunca un país en condiciones, señor Ferrán, con gente de su calaña, empresarios que arriesgan los sueños y los salarios de los demás para que usted tenga una silla, de hecho la silla central, de los que hacen empresa en España. ¡Qué mal ejemplo!

Afortunadamente, en nuestro querido país, hay mucha gente que se levanta bien temprano arriesgando su patrimonio para emprender, para sacar adelante negocios que son la clave de una sociedad que se quiere llamar desarrollada y respetuosa con el primer capital con el que cuenta, el humano.

Y pida perdón por el dolor causado. Aunque sea tarde, aunque parezca que es en vano.

sábado, diciembre 19, 2009

Facebook

Es un fenómeno a analizar.

Parece ser que el porcentaje de internautas asociados a facebook (o a redes sociales similares) es considerable, siendo ya de por sí llamativo el porcentaje de seres humanos (sobre todo en el mundo occidental) conectado a internet. Vaya, que es difícil encontrar una persona que no tenga más de la mitad de sus amistades en este invento.

Reconozco ser de los que se dedican a observar. Sólo puse un mensaje una vez, cuando consideré que algo importante me podía pasar, el pasado 27 de noviembre. Quería compartirlo con los míos.

Seguro que facebook no está pensada para gente tan austera como yo en los comentarios, pero observando al personal, creo que hay gente que se plantea qué habría sido de facebook sin ellos.

He tenido que sacar a determinadas personas de entre mis contactos porque escriben un comentario hasta para decir que se están lavando los dientes.

'¡Eh!, amigos del mundo mundial, que me lavo los dientes durante cinco minutos, justo después de desayunar'

Hay carne de psicólogo en estos sistemas. Uno que se dedique al psicoanálisis y descubra a su paciente en la red, no tiene nada más que pasarse por un personaje anónimo y pedirle entrar como amigo. Siempre le dejará pasar porque están deseosos de 'amigos' a los que abrirles las puertas y darles el placer de explicarles qué ropa se van a poner ese día y cómo de fuerte ponen el termostato en el cuarto de baño mientras se duchan.

El psicoanalista haría un trabajo aún más efectivo con esa información de más.

Sin pudor en las fotos, en los comentarios hacia los otros y hacia sí mismos, en un pequeño ventanuco al que asomarse porque no todo el mundo puede tener su 'Gran Hermano', para recordar a los demás que ahí están ellos.

Admitir gente, más gente, acaparar espectadores para sus vidas grises, sin saber que cuanto más 'heroicidades' huecas cuentes de ti, menos respetado eres.

Afortunadamente, son casos excepcionales.

jueves, diciembre 17, 2009

Masajes de amor

Por mi familia y mis amigos es conocido mi casi eterno dolor de espalda. Yo lo relaciono con mi época de remo, en que compartí bote durante años con un chaval a quien llamaban 'El Muerto' y del que cogí la anti-ese de su espalda a base de intentar nivelar el barco con los movimientos antisimétricos al suyo.

Los años estudiando en la Biblioteca de la Universidad tampoco ayudaron a calmar esos dolores de columna desviada.

Los mayores arrechuchos los relaciono con el susto que para mí supuso el problema de corazón que padeció mi padre y su larguísima, y tensa, operación.

Voy cambiando de fisioterapeuta, osteópata o masajista como quien cambia de pantalones vaqueros. La seducción de sus artes dura unos meses. Me envían deberes a casa para realizar todo tipo de posturas, me proponen cambiar de lado de la cama, me aconsejan pilates, natación...

En la Seguridad Social me hicieron una radiografía y me dijeron que lo que yo tenía era una pequeña desviación de columna sin mayor importancia y con una sonrisa gritaron '¡que pase el siguiente!', sin saber que el tipo al que tenían enfrente es un gran defensor de la Sanidad Pública. Snifff...

A través de mi amigo Miguel, di con la última masajista diplomada.

Llevo ya dos sesiones.

Cuando le expliqué con calma el dolor concreto que siento, dónde está situado, cómo me crujen las costillas y se me comprime todo el pecho, ella me escuchó atentamente. Puso música oriental, apagó luces, extendió gotas de aroma anti-estrés por mi pecho desnudo y me dijo que me colocase boca abajo.

Colocó sus manos sobre mi trozo de espalda dolorida y me dijo que esa zona le transmitía una infinita tristeza y muchas ganas de llorar.

¿Has sufrido alguna muerte cercana en tu vida?

Le hablé de mi madre muerta a mis 18 años.

Entonces ella me propuso un juego. Mi desesperación dorsal no podía no dejarse llevar por sus propuestas.

Mientras me masajeaba, suavemente, la espalda, me dijo que visualizara a mi madre. ¿Cómo la ves?, sonriendo -le contesté-, ¿cómo de lejos estás de ella?, a dos metros, ¿qué hacéis?, nos miramos, ¿no os tocáis?, no...

Me pidió que le hablase, a mi madre, que le dijese que la quería, y yo me agarraba a las patas de la camilla.

En ese momento me relató un cuento muy dulce, en que la Tristeza y la Rabia se iban a bañar a un arroyo. Cuando terminó el baño, la Tristeza se puso por error el traje de la Rabia.

'Eso veo en tu espalda, Salvador, tristeza y rabia que no ha podido evacuarse'

¿Hiciste el duelo debido por su muerte o lo reprimiste?; lo reprimí -le confesé.

Entonces me hizo agachar la cabeza imaginariamente y pedirle perdón por esa rabia inconsciente hacia ella por haberme abandonado. 'Ofrécele la mano, Salvador, dile a tu madre que comprendes su infinito dolor'. Yo le di la mano y mi madre me la acarició.

Mi espalda estaba relajada como nunca.

La espalda del humano más racional que conozco estaba relajada.

¿Y si fuese verdad?

Frío

Cuando llega una ola de frío siberiano como la que hemos padecido esta semana, tan desacostumbrados como estamos en Sevilla a ver el termómetro bajo cero, a mí se me despiertan determinados sentidos dormidos.

Ese golpetazo de aire helado en la cara al salir para el trabajo a primera hora de la mañana, cuando aún es de noche, me causa un efecto de subidón.

Y no me gusta el frío.

Será una sensación particular o compartida por una gran parte del género humano, nunca es bueno generalizar, ésta de sentir un cosquilleo cuando el mundo cambia.

Andamos recluidos en nuestras rutinas de temperaturas, paisajes, ruidos y olores habituales. A mí me agranda el pecho ese golpe de aire frío.

Supone despertar el cuerpo, decirle ‘ves, estás vivo’.

Si observo a la gente metida en sus coches yendo al trabajo, a los estudiantes con sus mochilas hacia la universidad, a los jubilados paseando por Torneo… los veo ensimismados en sus pequeñas burbujas de cotidianeidad, burbujas que seguramente les hagan felices en la tranquilidad que da saberse seguro.

Tal vez por todo eso soy tan partidario de viajar, de embarcarse en aviones que lleven lo más lejos posible cada cierto tiempo, para descubrir otros fríos, montañas inimaginables, lagos azules como no podríamos sospechar, aromas agresivos por distintos.

Nos sentimos seguros en nuestras rutinas y la rutina mata.

A gran parte de los humanos le gusta en cambio esa tranquilidad de no mover nada, de dejarse llevar por el día a día sin más pretensión que no sea un día diferente, obnubilados por ese perfume venenoso del calorcito de lo más cercano.

A mí un golpe de frío siberiano a las puertas de mi casa sevillana me lleva a respirar hondo y decir, ‘estoy vivo’.

lunes, diciembre 14, 2009

Dejarse ir

Quizás todos los humanos tengamos en mayor o menor medida ese miedo a atravesar la barrera del abandonarse, dejándonos ir.

Yo tomo como gran ejemplo a mi padre. Un señor de 77 años, operado a vida o muerte del corazón hace relativamente poco, viudo desde hace un cuarto de siglo, viviendo solo desde que se marchó mi hermano David de casa.

A pesar de los años vividos, los muertos enterrados, las enfermedades límites y su espíritu despistado, él sigue vistiendo impecable, manteniendo conversaciones simpáticas e inteligentes, seduciendo a sus amigas con toda la juventud de sus by-passes.

Muchas veces me he cruzado con compañeros del colegio, con vecinos, primos, colegas de trabajo, conocidos que han envejecido decenios en años. Soltando barriga, demacrados, vestidos por la simple obligación de no ir desnudos.

El cuidarnos nos lo debemos por encima de todo a nosotros. Cuidarnos para sentirnos vivos pero también por respeto a la gente que queremos.

Si supiéramos lo que alegramos inconscientemente la vida a los que nos quieren cuando nos ven guapos, atentos, vitales, daríamos la importancia suficiente a esto que puede parecer una frivolidad.

Atravesar la frontera del 'dejarse ir' siempre tiene retorno, pero cuanto más lejanos estemos de esa puerta al abandono, más difícil nos será encontrar el camino de vuelta hacia el respeto a nosotros mismos.

No es cuestión de maquillajes ni operaciones de cirugía estética, ni hablo de no saber envejecer.

La prueba está en mi padre, que aún deja el asiento de los autobuses a señores que tienen veinte años menos que él, un hombre impecable de corazón frágil.

viernes, diciembre 11, 2009

Catetos

No hace mucho estuve trabajando en la fábrica que Renault tiene en Eslovenia, nuestro principal cliente de cajas de cambio.

En un intercambio durante la comida con una ingeniera de producción, rubia, de jersey negro de cuello alto, medalla de oro bien a la vista y cara de señorita Rotenmeyer, me habló con desdén de mi vida viajero-laboral.

'Yo no tengo necesidad de viajar. En mi país lo tengo todo: sol, montaña y buena comida'.

Me decía esto mientras en el exterior caían chuzos de punta y nos metíamos entre pecho y espalda un pollo empanado que tenía más aceite que pan rayado.

'Eslovenia es precioso', le contesté. Porque lo pienso así. Ljubljana es una ciudad abierta, llena de veladores siempre ocupados por gente que reta al frío, los paisajes alpinos son de postal y la calidad de vida es aceptable.

Pero la comida me sirvió para corroborar lo que ya sabía, que no todos los catetos están en mi tierra.

No hay nada que me resulte más 'ceporro' que decir que tu ciudad es la mejor del mundo, que en tu país se vive mejor que en ningún sitio y que el sol calienta aquí más que en ninguna otra parte.
Es la definición más cercana a 'cateto' que puedo encontrar.

A mí me gusta pasear a mis amigos de fuera por Sevilla haciéndosela sentir como propia, porque a nadie pertenece. Cuando algún amigo extranjero viene a Andalucía le muestro Cádiz o Córdoba con la alegría de sentirlas mi casa.

No hay nada más hermoso para un viajero que sentirse bien acogido y pensar que, con más frío, humedad o verdor en las montañas, no hay sitio malo ni pueblos menos interesantes.

Cateto es creerse el ombligo del mundo; ombligo donde, por cierto, casi siempre se queda la pelusa.

martes, diciembre 08, 2009

Vividor

Sé que es una descripción que puede resultar en muchos casos pedante, pero a mí me gusta definirme como un vividor, en el sentido literal de la palabra.


Si miramos el diccionario encontramos la explicación a ese tono peyorativo, porque te habla de quien vive al máximo la vida... pero a expensas de los demás.



Tendré que recurrir por tanto a otro término para describir mi actitud ante mi propia existencia y la del mundo que me rodea.



La vida es compleja y dura, el mundo un valle de lágrimas para gran parte de una humanidad que sufre, se desespera, padece; sometidos a hambrunas, injusticias, ilegalidades, represiones, miseria, despotismo, maltratos.



Sé, también, que no todo es dolor.



Soy consciente de dónde vivo y trato de que mi paso por este mundo sea coherente.



¿Cómo encontrar esa coherencia definiéndome como vividor, si trato de exprimir la vida al máximo, si no renuncio a una buena cena, un viaje largo, una ópera, un libro de Auster, un vino, una excursión, una casa confortable...?



¿Cómo hay que enfocar realmente la existencia humana?



Sé que dejo muchas cosas por hacer, reconozco que no soy un héroe, ni siquiera una persona comprometida con causas mayores. Tranquilizo mi conciencia con donativos mensuales a ONG's que se lo curran, votando a los partidos que más se acercan a mi ideal de sociedad.



Trato, simplemente, de ser una persona buena, un demócrata convencido, respetuoso con el entorno en el que vive, teniendo como guía de vida los principios éticos fundamentales.



Podría ser mucho más feliz, seguro, abandonando todo y yéndome a las misiones de Nigeria o Bolivia, compartir mis conocimientos y mi esfuerzo con los más desfavorecidos. Sé que no debe existir mayor felicidad que dar a los que no tienen.



Pero no soy así de fuerte.



Mi fortaleza está en saber posicionarme, encontrar el punto crítico para buscar mi lugar en el mundo, reconocer mis flaquezas.



Trabajar con responsabilidad, dar todo el amor posible a la gente que me rodea, ser consecuente con mis pensamientos políticos, tratar de construir una sociedad sana a partir de mi voto.



Todo eso, sin embargo, no debe estar reñido a mi entender con el querer disfrutar al máximo. Tratar de buscar la belleza del universo en las pequeñas y grandes cosas, satisfacer mi curiosidad por visitar otras culturas, ciudades y paisajes, compartir mis mejores ilusiones en cenas o paseos con los míos, emocionarme ante las canciones que hablan de amor, amar a la persona que eligió vivir a mi lado.



Buscar la felicidad es nuestro derecho, casi nuestra obligación. Sintiéndose uno completo hace la vida más agradable al círculo más cercano y eso, en sí, ya es dar sentido a nuestro caminar.



lunes, noviembre 30, 2009

Morir un poco

Hay una escena imborrable en mi época adolescente. Había que llegar a clase de 'Pretecnología' con una lámina de estaño. Yo había insistido en mi casa en que tenía que llevarla ese día, pero mis padres se olvidaron. Cuando fui consciente de que tendría que ir a esa clase sin el estaño quería morirme. '¡Me van a poner un cero!'. Una vez empezada la clase vi a través de las cristaleras a mi madre. Traía el estaño para su hijo.

Me sentí tan feliz y tan avergonzado al mismo tiempo...

Hace algo más de un mes me llamaron del Ayuntamiento de San Fernando para decirme que había entrado como finalista en el Premio Internacional de Novela Luis Berenguer. Lo organizaba la Editorial Algaida, por allí habían pasado escritores de renombre, llevaba asociada una publicación a lo grande y una importante cuantía económica.

Yo no podía ser más feliz.

Pude compartir esa felicidad con Leo Mares, Elena y Fransús en una tarde-noche que no olvidaré.

Ya me daba por satisfecho. Todos mis sueños de 'contador de historias' se me hacían realidad. Un jurado imparcial había elegido mi obra entre 74 novelas como finalista. Estaba entre los cinco elegidos...

El ser humano es insaciable.

Veía sentido a todo y consideraba que habría un antes y un después del 27 de noviembre, día de la elección definitiva del ganador.

El 27 llegó y yo ando tomando cervezas por Lille, en una semana más de trabajo por mi querida Francia. Hace un frío enorme, llueve como si alguien te tirara cubos de agua encima y soy un tío moderadamente feliz.

El mundo de los vivos, de los que han vivido, viven y vivirán, está lleno de perdedores, de luchadores, de gente que sueña la ilusión de sentir que sus vidas tienen sentido.

A cada ilusión rota, morimos un poco... No es cuestión de dramatizar, no me pondrán un cero mañana, no hay estaño que presentar en clase...

Pero morimos un poco.

domingo, noviembre 29, 2009

Casablanca

Hace unas semanas tuve que organizarme para ir con unos compañeros de trabajo a Casablanca. Había surgido un problema en la fábrica que Renault tiene en las afueras de esa ciudad y consideramos que la mejor forma de solucionarlo era presentarse allí.

Lo preparamos sin mayor dificultad. Un coche de empresa y la reserva de dos hoteles, uno en Casablanca la primera noche y otro en Tánger para hacer escala de vuelta.

Tánger es una ciudad que me apasiona. O que me apasionaba...

Justo cuando entrábamos en el puerto de Tánger les pedí a mis colegas paciencia. 'Esto es Marruecos y aquí los ritmos son otros'.

No había que alterarse si un empleado de las aduanas te pedía una propina por entregarte los papeles al firmar, o que en el espacio cerrado de tránsito del puerto ya hubiera quien te estuviera ofreciendo relojes o pulseras. Les das propinas porque estás vendido y se te quejan.

Mis anteriores veces en Tánger habían sido visitas de unas cuantas horas, organizadas y en grupo. No imaginé lo que suponía que se abriesen las puertas del puerto y nos lanzáramos, como un toro en Sanfermines, a la caótica ciudad de Tánger. Había que encontrar el camino para llegar a la carretera de Rabat y teníamos que hacerlo por instinto. No se respetaban los semáforos, los cedas al paso, no había letreros, la gente se abalanzaba sobre el coche.

Una inversión realizada por mis hermanas en Assilah nos endulzó el viaje. Me habían pedido el favor de acercarme por allí para ver si un dinero que habían entregado para la compra de un apartamento tenían que darlo por perdido o no. Afortunadamente pudimos ver que la promoción sigue construyéndose.

Assilah es un oásis en este país de contrastes. Dimos un paseo agradable, sin presiones ni vendedores siguiéndonos los pasos, nos fotografíamos en la Medina y comimos muy bien en el humilde 'Casa García'.

Pero quedaba Casablanca.

Todas las anotaciones que yo había hecho para visitar, ir de cena, pasear... se me vinieron abajo nada más llegar con la noche ya cerrada. Afortunadamente que existía la Gran Mezquita de Hassan II para guiarnos como faro porque no existe una sola indicación en toda la ciudad. Ya en la autopista entre Rabat y Casablanca comprobamos el poco respeto por las normas de circulación, sobre todo de los peatones, pero la ciudad de Casablanca es el caos absoluto. No hay normas.

Tardamos hora y media en llegar al hotel, donde tuvimos que cenar a deshora porque ya no había tiempo ni nervios para coger de nuevo el coche.

Desorganizada, ruidosa, construida a trozos, la ciudad me decepcionó tanto que me tengo que dar una nueva oportunidad para visitarla. No me gusta no dar segundas oportunidades.

A principios del siglo XX no tenía más de 10.000 habitantes, ahora parece que supera los cinco millones.

Eso lo explica todo.

Me hablan del encanto de Marrakech, de las playas de Agadir, de la sensualidad de Fez, del cosmopolitismo de Tánger.

En Casablanca hay mucha miseria, pero mucha vida también. Parece imposible vivir tan cerca de esa civilización tan distinta a la nuestra.

Al día siguiente solucionamos en la fábrica y pudimos visitar la Gran Mezquita, impresionante.

Impresionante ese derroche en un terreno ganado al mar a menos de doscientos metros de un barrio que se cae a trozos.

Volveré a Casablanca, seguro que me perdí algo.

Siempre hay que dar segundas oportunidades.

lunes, noviembre 23, 2009

La princesa Leia

Desde hace unos días mi hermana Raquel me había pedido quedarme a cargo de Iván este pasado sábado. Ella y Mónica tenían boda, era el fin de semana que le tocaba a su hijo y sabía que yo estaría encantado de pasar el día con él.

A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.

Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.

El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.

Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.

Así que pasamos a Star Wars.

Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.

Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.

¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.

Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.

La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.

Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.

Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.

Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.

Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.

Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.

Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.

Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:

Que ella era La Princesa Leia.

jueves, noviembre 19, 2009

Cyrano

Presenciar un espectáculo de ópera puede resultar snob, clasificarse de cultura elitista, minoritaria, de pijos, se puede calificar de tostón, de anticuado, de sibarita… Entiendo que es un lujo que no todo el mundo puede permitirse, pero yo sé dónde sí quiero gastarme los euros.

La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.

Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?

Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.

Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.

Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.

Venir del simio y llegar tan lejos.

Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.

¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?

Sí.

Que no te guste no implica nada, supongo.

Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.

A vueltas con mis prejuicios, seguramente…

jueves, noviembre 12, 2009

Ser francés

No escondo mi querencia por nuestro vecino del Norte. Admiro en Francia el gusto por la educación, sus políticas culturales, la predisposición al debate y la conversación de su ciudadanía, la histórica defensa de los derechos sociales, humanos, su implicación en el devenir de la humanidad. De ahí que pueda resultar contradictorio mi siguiente razonamiento:

Desde el gobierno de Sarkozy, un político por quien no confieso ninguna simpatía, se ha lanzado a su pueblo la siguiente pregunta:

¿Qué es ser francés?

Y la sociedad francesa ha acogido con entusiasmo este anzuelo envenenado.

Porque engañoso es, a mi parecer, tratar de poner etiquetas a un pueblo por el simple hecho de serlo.

¿Qué es ser andaluz?, ¿y ser parisino?, ¿que es ser somalí?

¿Ser somalí es ser pirata?, ¿ser francés es ser culto?, ¿ser andaluz es ser amable?

¿Debo saber hacer reír por ser andaluz?, ¿debo añorar ser francés porque me guste su cultura?

Ser francés no es otra cosa que una cuestión de azar. Cada uno nace donde le toca e individualizar en una persona adjetivos extraños a los que son exclusivamente de su propia circunstancia es peligroso.

Es cierto que todo lo que suene a nacionalismo me da grima. Incluso si la respuesta que diera el conjunto de la ciudadanía francesa fuera 'ser francés es ser una persona educada, culta...', me chirriaría la definición en sí.

Ser francés es tanto como ser español o eslovaco. La verdadera pregunta vendría dada por ¿qué es ser persona? y sobre ello vienen meditando los grandes sabios desde tiempo inmemorial, encontrando la riqueza no en la respuesta, que no es única ni universal, sino en la reflexión en sí misma.

Tengo tres amigos franceses, Brigitte, Guillaume y Kristian. Los quiero por cómo son, por lo que me aportan, por su forma de entender el mundo.

El único nexo entre ellos es que hablan francés, pero también lo hablan muchos belgas o suizos. Yo también intento mejorar día a día mi dominio de esa lengua.

Lo grave no es que se lancen preguntas envenenadas, lo preocupante es que éstas se reciban con entusiasmo.

Me gustaría que la respuesta global que diera el pueblo francés fuese:

'Ser francés es ser una persona más'

domingo, noviembre 08, 2009

El puño cerrado

Había un compañero de clase en la universidad del que apenas me separaba durante la mañana. Teníamos un nivel similar, íbamos a las mismas clases, nos conocíamos de la época del bachillerato y estudiábamos en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros.

De los mejores recuerdos que tengo de por entonces eran los ratos que pasábamos en la cafetería. Íbamos ampliando nuestro círculo de amistades, nos pasábamos apuntes, nos explicábamos temarios inentendibles, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro, ¿seremos capaces de acabar una carrera tan difícil?, ¿encontraremos trabajo en Sevilla?, ¿trabajaremos de aquello para lo que nos preparábamos?, ¿nos gustaba realmente lo que estudiábamos?

Luego pagábamos el café, recontando las monedas del poco dinero que teníamos, aún dependientes de nuestra familia, y volvíamos a la Biblioteca.

Es de esos años de cuando tengo la percepción clara del concepto de ‘tacaño’.

Por entonces pagábamos en pesetas, yo era consciente de que el poco dinero que teníamos lo conseguíamos de dar clases particulares, de trabajar alguna vez tras la barra de un bar, de hacer encuestas por la calle o, en la mayoría de los casos, de una paga semanal de nuestros padres.

Este compañero siempre se hacía el remolón a la hora de pagar el mísero café, pero no tardaba en perseguirte para recuperar el duro que te prestó para tomarte una palmera de chocolate diecisiete días antes. Poco importaba que tú le hubieras pagado el café más de la mitad de esos diecisiete días.

El duro de la palmera era imperdonable.

Memoria prodigiosa para el céntimo que prestó, enormes ganas de ir al baño a la hora de pagar.

Yo presumo de estar en el mundo. Sé quién tiene, quién pasa apuros, quién amasa fortunas y quién vive con lo justo.

No hay nada más ruin que una persona tacaña con sus amistades.

‘¡Es que el dinero cuesta mucho ganarlo!’

Precisamente por eso, porque cuesta mucho ganarlo, porque dedicamos tanto tiempo de nuestra vida a currar para que nos den a final de mes una nómina de la que somos esclavos; o beneficios aquellos que tienen sus propias empresas.

El fruto de mi esfuerzo lo comparto contigo, porque eres importante para mí.

Sé a quien no voy a dejar nunca pagar por muchas veces que ponga el dinero encima de la barra, porque de las personas cercanas me preocupo por saber.

No hay nada más hermoso que pelearse, de corazón y sin la mano tonta, por pagar. El tacaño nunca podrá imaginar el placer que se está perdiendo.

Ser desprendidos con lo material no es pura pose.

Afortunadamente, entre la gente a la que quiero presumo de tener personas generosas al máximo, seguramente en caso contrario no las querría tanto.

Bárbara, Isaac, Mariángeles, David, Alberto y Marian, Helio, Marta y Miguel, Beli, Montse, Bea Vega, Javi y Cristina, mi padre…Ni qué decir de Fran.

Gente espléndida.

lunes, noviembre 02, 2009

Prejuicios

Hay un sustantivo que me resulta horrible y, más veces de lo que yo quisiera, es utilizado por gente que me quiere para definirme.

‘Eres un tío con prejuicios’

Me duele, evidentemente. Como persona interesada en progresar por el buen camino, trato de razonar por qué a veces se me valora de ese modo.

Analicemos la palabra. Prejuicio.

Según leo en el diccionario:

‘Juicio que no está basado en la razón ni en el conocimiento, sino en ideas preconcebidas’.

Si razonamos al extremo, nunca podría ser amigo de un fascista. ¿Sería eso prejuicio? Entenderíamos que no. No se trata de ideas preconcebidas, sino de hechos constatados. Un fascista tiene ideas totalmente incompatibles con las mías. No podría establecer una relación de amistad con esa persona.

Pero, claro, eso es irse al extremo. Demasiado fácil de razonar.

Sin embargo, es cierto que muestro cierto resquemor a relacionarme con gente excesivamente religiosa, o folclórica, o pija, o superficial, o charlatana, o muy de derechas… Y pierdo grandes posibilidades.

Esta semana tuve la oportunidad de cenar con una empresaria sevillana hiper-pija. Coqueta, guapísima, emprendedora, de conversación hilarante, de mirada directa a los ojos. Me hablaba de la gentuza que se encuentra por la ciudad, de sus asistenta venticuatro horas… pero pasé una gran velada.

El pasado viernes me encontré con una llamada inesperada. Estaba en la playa y un amigo del que ya había perdido su número (no expresamente, simplemente el cambio de móvil me ha hecho perder muchos teléfonos de gente cercana) me llamó. Le animé a venir a cenar al bar de mis hermanas. Se presentó con un grupo de sevillanos, típicos en el sentido ‘estándar de la palabra’, flamenquitos, ‘graciosos’, habladores… Yo me dejé llevar. Me invitaron a la cena, me insistieron en tomar una copa con ellos. Encantadores.

Este domingo de puente de noviembre nos fuimos dos parejas a una casa rural, de éstas ‘con encanto’, a Marbella. Esta misma mañana tuvimos una conversación con la dueña mientras desayunábamos. En su discurso se mezclaban latigazos políticos que no dejaban lugar a dudas, pasando por la derecha al PP, al que casi demonizaba. Sin embargo nos habló de su recorrido vital por Colombia, Argentina, Marruecos, Bali… De qué descubrió en esos lugares, del placer que le supondría vivir en Senegal, entre negros que viven su religión sin estridencias y aman una vida pausada…

Nunca seré como ellos, pero ahí están… Mis prejuicios seguirán, pero yo iré luchando por moderarlos, sin dudas ganaré como persona.

miércoles, octubre 28, 2009

Soy como soy

Cuando esta expresión se utiliza en términos de obcecación, tiendo a incomodarme.

-Soy así de desagradable diciendo las cosas, porque es mi forma de ser. Si te pego un grito es porque no sé expresarme mejor, a estas alturas no voy a cambiar...

En esta vida que disfrutamos, cada minuto es una oportunidad para cambiar el tiro y mejorarlo. Se nos ofrecen infinitas ocasiones de enderezar rumbos, en pequeñas cosas, en actitudes habituales.

No hay predestinaciones diabólicas que nos hagan ser un tipo antipático, protestón, desagradecido, envidioso o poco de fiar. No valen los argumentos de los años, de los tiros dados, de los desengaños vividos.

Los que se nos cruzan por nuestra vida a diario no tienen por qué aguantarnos frustraciones pasadas.

A ellos, a los conocidos y por conocer, les debemos nuestro intento constante de mostrar nuestra mejor cara.

La vida debe ser una prueba continua de que esto tiene sentido, como animales racionales válidos que somos.

Si un día te pego un grito, te pediré las disculpas sinceras de quien no se escuda en argumentos cansinos para justificar las carencias propias.

Si te pego un grito, perdóname.

No volverá a ocurrir.

miércoles, octubre 21, 2009

Empresas vitales

Quien trabaja en la empresa privada sabe que toda su estrategia está enfocada a conseguir unos objetivos medibles en euros. Estos se despliegan, se comparten, se veneran y, a partir de una racionalización de las mejores prácticas posibles para conseguirlos, se lucha por triunfar.

Es difícil no compartir la necesidad de esas estrategias para que la empresa sea solvente, pueda mantenerse en el mercado y, de esa forma, garantice el empleo que, no siendo un objetivo en sí, es la base para conseguir una sociedad sana, en que las personas puedan vivir con dignidad.

La empresa es la bestia que hay que alimentar, mimar, para que nos proteja de los avatares de una vida que, sin ese monstruo en busca de metas onerosas, sería desoladora.

Hay muchas personas que tratan de plantear sus vidas personales con la misma racionalidad que una empresa. Marcarse objetivos, definir estrategias.

El problema es que la meta final de nuestras vidas siempre es una derrota. Si aceptamos que toda la lucha e ilusiones acaban indefectiblemente en la muerte, toda estructuración pierde sentido.

La racionalidad, por tanto, es incompatible en un alto grado con los planteamientos de progreso personal; toparíamos con la más alta de las frustraciones.

Las personas más cuadriculadas en sus hábitos, en sus consignas y autoexigencias, las que tratan de llevarlo todo al terreno de lo estrictamente conveniente, son las más alejadas del terreno de aguas movedizas en que se regodea eso que llamamos felicidad.

Frente a la racionalidad, locura, mano izquierda, bases flexibles, mente abierta, risa tonta, ojos directos de miradas sinceras de comprensión hacia lo extraño.

No podemos exigirnos objetivos absolutos, los rendimientos no se pueden valorar en términos de rentabilidad.

La estrategia en sí es el objetivo cuando se trata de vivir.

A una empresa le importan los fines, a un ser vivo decente le importan los medios.

Cuando se asume que no hay donde llegar ni consejo de administración a quien rendir cuentas, uno entiende el acierto de la locura.

Rematadamente locos para saber vivir.

lunes, octubre 12, 2009

Best sellers...

Seguro que existen lecturas no recomendables, aunque me resulta difícil pensar que leer pueda significar un paso atrás.

Tiene que haber incluso connotaciones físicas, neuronales, que hagan recomendable pasar grandes ratos pegado a un libro, a una revista, a un periódico. Argumentos del tipo ‘haces trabajar al cerebro’, ‘integras informaciones de forma natural’, ‘te hace reflexionar’.

Cuando hablamos ya no de leer, sino de literatura, todo viene bien. Me explico. Incluso cuando lo que se tiene entre manos es de calidad ínfima, esa lectura supone un aprendizaje.

En nuestra época infantil leímos libros que ahora nos resultarían infumables. Historias juveniles en que se va en busca del tesoro perdido entre piratas sin atender en exceso a sutilezas, a personajes bien perfilados, incluso con estructuras poco trabajadas.

Cada cuál se queda en el escalón en el que se encuentra más cómodo.

Trato de llegar a la disyuntiva entre dos extremos: los best-sellers y la literatura, digamos… de culto. Enfrentar a Dan Brown con Sándor Márai, a Ildefonso Falcones con García Márquez, a Marc Lévy con Anna Gavalda.

Me reconozco perezoso para gastarme los euros en novelas donde la mercadotecnia consigue lanzar cientos de miles de ejemplares y venderlos, pero no les quito mérito.

Un best-seller lleva implicado obligatoriamente el concepto de calidad. Nadie vende millones de ejemplares si no hay una buena trama detrás. La gente no es tan borrega.

Simplemente cada cual es libre de tener motivaciones diferentes para leer o ir al cine. A gran parte de la sociedad no le apetece que le ‘coman la cabeza’, que le planteen preguntas transcendentes, existenciales, prefiere dejarse llevar por una sucesión de acciones bien conectadas sin importarle el que se profundice más o menos en el entorno, en los personajes, en el porqué…

Al leer un buen best-seller se disfruta deseando llegar al final, casi con paroxismo.

Cuando, en cambio, lees a Dostoievski, Mann o Martín Gaite, disfrutas queriendo que nunca acabe…

sábado, octubre 10, 2009

Paella

A mi modesto entender, el principal desaliento de toda la burbuja de estiércol aparecida con el caso Gürtel no es ver la cara de pijo revenido de Ricardo Costa intentando justificar lo injustificable, ni la risa socarrona de Francisco Camps contestando lo buena que está la paella valenciana cuando le preguntan por todo el dinero que él ha visto pasar por debajo de las mesas, ni siquiera la vergüenza ajena que supone escuchar las conversaciones con ese personaje llamado Bigotes (¡pidiéndole a este tipejo cambios en el gobierno de la comunidad!). No. Para mí el principal desaliento es que la sociedad valenciana mire a otro lado, que todas las encuestas digan que el PP volvería a obtener mayoría absoluta.

Ocurre de forma similar en la ciudadanía italiana, que aún apoya en más del cincuenta por ciento al chulo de Berlusconi, un desvergonzado machista, amenazador, engreído, chantajista que no sabe otra cosa que gritar más alto que el resto para intentar callar con dinero a quien piensa diferente.

Tenemos lo que nos merecemos.

No imagino a una sociedad como la sueca o la holandesa permitiendo este tipo de comportamientos. Allí ya llevarían varios meses fuera de la vida política, no me atrevo a decir en la cárcel, aunque lo piense, los Costa, Camps y compañía.

Estos son los que quieren dar 'Educación para la Ciudadanía' en inglés, porque ya que hay que darla, que al menos los alumnos no se enteren.

¿La ética?

Déjeme de ética, que a mí lo que me gusta es la paella valenciana.

Gente miserable.

domingo, octubre 04, 2009

La Gratomat

No sé si era exactamente así como se escribía el nombre del fabricante de una de las numerosas máquinas que teníamos en la fábrica donde trabajo.

Ésta servía para quitar las rebabas de acero a una pieza de la caja de cambios, el planetario de tulipa, con una estructura muy rudimentaria: Tres potentes trompos actuaban al unísono, a muchas revoluciones y sincronizados, para ‘pelar’ los bordes de esta pieza.

El artefacto en sí daba muchos problemas. Generaba tanta viruta que ésta se depositaba en la base, donde se situaban el motor y una reductora que caían averiados más veces de lo aconsejable.

Era el terror de los mecánicos. Tener que entrar debajo de la Gratomat a reparar sus mecanismos. Por mucho que se protegiesen, salían llenos de ‘pinchos’ de acero clavados por todos lados.

Como decía uno de los encargados de Mantenimiento de la época: ‘Yo sé cuál es la solución para la Gratomat’.

‘Tirarla al Guadalquivir’.

El tiempo pasó, la tecnología evolucionó y ahora las piezas vienen con un nivel de calidad que no necesitan de ese ‘pelado’. Adiós a las virutas.

Recuerdo por entonces a un mecánico muy gordo, todo barriga. Recuerdo los turnos de noche que me tocaba compartir con él.

Pasaba esas noches contándome historias divertidísimas de su matrimonio. Al parecer su mujer era tan delgada como él gordo. Me hablaba de sus paseos con ella por el barrio, de las comidas que le preparaba, de sus vacaciones en la playa, mientras se comía unos bocadillos inabordables para otra persona que no fuese él.

Ese hombre, que ya no trabaja en la fábrica, era un personaje de sainete al estilo de los que aparecen en las obras de Manuel Machado. Cada vez que la Gratomat se estropeaba y le llamaban se ponía lívido y casi se le quitaba el hambre. Me decía entonces que le esperaba una larga mañana con su mujer quitándole la virutilla de los dedos con una pinza.

Esas noches en que tenía que meter su barriga entre los entresijos de la máquina terminaban con una llamada de timbre a eso de las ocho de la mañana en su piso de Pino Montano.

Su mujercita de 40 kilos le abría, él subía las manos, con dedos como erizos y ponía cara de puchero. Ella colocaba los brazos en jarra y le gritaba con voz de pito:

-¡Ay, niño! ¿Otra vez la Gratomat?

martes, septiembre 29, 2009

Píldora del día después

Oyendo un programa de radio que enfrentaba a un par de comentaristas analizando la retirada de la necesidad de receta médica para la compra de la píldora del día después, me asaltaron muchas reflexiones, de forma apasionada.

La mujer que defendía las posiciones más conservadoras reclamaba la anulación de esa medida, apoyándose en la necesidad de que sea un médico quien aconseje a la mujer, chica o señora que se acerque a por esta píldora.

Su discurso se basaba en ‘buenas intenciones’. Así se le explicaría a la mujer qué otras vías hay, así se potencia una buena sexualidad, así se evita que se cierren los centros de planificación familiar, así se explica cómo usar el preservativo, así…

Me sublevan las falsas buenas intenciones y la doble moral.

Me ocurre como con un antiguo amigo, muy conservador, que ante la ley del matrimonio homosexual se oponía porque él iba mucho más allá, porque el matrimonio no era la solución, porque no era necesario un papel entre dos hombres, porque…

Imponer la moral, de eso se trata.

Ahora son los más modernos para el uso del preservativo (el Papa los libre), para la planificación familiar y la prescripción de anticonceptivos.

La píldora del día después traerá más abortos, decía la tertuliana.

Más abortos, menos moral, más depravación, el fin del mundo…

Es cierto que detrás de muchas peticiones de esa píldora hay bastantes lagunas en la educación sexual, falta de cultura y, en muchos casos, de sentido común.

Pero vale ya de tanto discurso basado en medias verdades para no afrontar las cosas como son. No se mata a nadie, no se agrede nada, dejemos de perdonar la vida a los demás y fijémonos un poco más en la nuestra.

Esta píldora ya se expende sin receta en Holanda, Francia, el Reino Unido… La eutanasia ya es ley en Bélgica, en Holanda… Hacia allá nos dirigimos, por mucho que quienes pusieron el grito en el cielo por la entrada en vigor de la ley del divorcio, del aborto, del matrimonio homosexual, de la ley de dependencia nos amenacen de nuevo con que... ‘¡se aproxima el abismo!’

Pobres espermatozoides desperdiciados, pensarán. Dios los tenga en la gloria... a los espermatozoides.

lunes, septiembre 28, 2009

¿Compasión?

Hay sentimientos que uno no sabe si calificar como positivos o negativos, si sacan lo mejor o peor de ti.

Es difícil que a cualquier persona sensible no se le caiga el alma al suelo viendo a un niño terriblemente enfermo, a una persona con la cara deformada, a un viejo incapaz de sostenerse, a un ciego de ojos blancos tratando de trazar un camino en las tinieblas de nuestro mundo luminoso...

Hablaba de ello el otro día paseando por el centro de Sevilla con mi amiga 'La Polemique', al cruzarnos con una niña de seis o siete años con los músculos de las piernas atrofiados.

Mariángeles, La Polemique, vino a decirme que compadecer a esa niña es colocarte a un nivel inferior, es despreciarla, es creer en su imposibilidad para ser feliz y disfrutar, en su escala personal, del sentido más alto de su existencia.

Compasión suena a bondad, compadecer suena a prepotencia... y éste es el verbo de aquel sustantivo.

¿Bondad surgida de nuestra idea cuadriculada de lo que es la felicidad?, ¿prepotencia por pensar que estamos en el lado sano del mundo de los vivos?

Es un ejercicio complejo, que tendríamos que practicar, el de mirar de igual a igual a aquellos que nacieron o se enfrentaron a una existencia distinta, nunca menos válida que la nuestra.

Tal vez sean ellos quienes estén mas cerca de la Verdad...

jueves, septiembre 24, 2009

Guiños

Son tantas las ocasiones que tenemos en el día a día de hacer un poco la vida más agradable a los demás, que no se entiende el despropósito de los malos gestos y la falta de modales con que nos enfrentamos a diario en cualquier cruce de calles de nuestras ciudades.

El esfuerzo de agradecer, ofrecer una sonrisa o decir unos buenos días no tiene precio. Sin embargo, en esta sociedad tan avanzada en la que vivimos parece que no está en los principios educativos mostrar esa elegancia vital.

A mí me alegra el corazón que me haga un gesto de agradecimiento, simple, alguien que atraviesa por un paso de cebra tras frenar yo el coche. Sí, está en su derecho y es mi obligación parar, pero no está de más un leve movimiento de mano para decirme, lo aprecio.

Dar las gracias cuando alguien se levanta para dejarte pasar al ir a ocupar tu asiento en el cine, cuando te entregan el pan en la tienda, al apartarse en la acera para dejarte pasar cuando vas cargado, cuando algún compañero de trabajo te echa un cable…

No me resulta soportable la gente, amigos cercanos incluso, que gritan al camarero pidiendo una cerveza o unas tostadas, sin mirarle a la cara ni decirle gracias al ser servidos.

En la vida hay tres, cuatro, no más de cinco decisiones transcendentes que marcan nuestros destinos. En esas ocasiones hay que saber actuar con nobleza a sabiendas que podemos dar pasos equivocados.

Pero en las pequeñas decisiones, en los gestos sencillos, invisibles a casi todo el mundo salvo a quien tienes enfrente, no hay que dudarlo. Un guiño puede ser suficiente. Una sonrisa es de notable. Una palabra afectuosa, de sobresaliente.

domingo, septiembre 20, 2009

Arenys de Munt

Con Cataluña siempre he tenido una reacción sentimental fuerte. Ya hace muchos años que la pisé por primera vez, cuando practicaba remo y se celebraban en Bañolas los Campeonatos de España cada verano. Más tarde tuve la oportunidad de conocer gente en el Pirineo gerundense y tener incluso alguna relación amorosa en la estación de esquí de La Molina. Luego vinieron las Olimpiadas, donde pude pasar más de una semana y comenzar mi idilio con Barcelona.

Y debo decir que nunca me he sentido allí en el extranjero. Ni por asomo. Del mismo modo que confieso que tampoco siento estar del todo en casa, tan cómodo, relajado, despreocupado, como me pueda sentir en Las Palmas o Madrid.

Reconocerlo es, a mi entender, la clave.

Cataluña es singular.

Se podría hacer la comparación con una familia que tenga un miembro específico, adoptado, recogido, diferenciado. Poco importa la razón. La familia tiene que hacer un esfuerzo para integrarlo y, claro está, esa persona deberá saber adaptarse, pero siempre entendiendo que para ganarlo a la causa de la familia hay que respetarle su espacio propio, acordar determinadas reglas y respetarlas.

Cataluña es el vecino de nuestro bloque con el que compartimos patio, pero que tiene una salida específica a la calle. Ese vecino con quien nos cruzamos, pero que organiza su espacio de otra manera.

Yo aprecio a ese vecino, quiero a ese hermano adoptado, que habla distinto, que se mueve a otro ritmo, que delimita sus propias soledades.

Sé que para que se sienta bien con nosotros, no tenemos que jugar todos al mismo juego ni reír al unísono.

El círculo de los reproches hay que romperlo desde la actitud propia, la única que podemos manejar.

No quiero vivir en Cataluña, no quiero aprender catalán, no pretendo más que seguir conviviendo con una tierra que me aporta tanto, ver en el telediario noticias de Barcelona que no tengan por qué siempre ser políticas, contemplar de cerca su cosmopolitismo, saber que tengo a hora y media de avión un lugar donde nunca me sentiré en el extranjero, pero en el que siento que me debo desenvolver con respeto por una cultura, un pueblo, que se siente familia y defiende su forma de entender el mundo.

Quiero una Cataluña abierta, moderna, aquella de la que aprendí, la de Laforet, Dalí, Gaudí, Mendoza, Moix, Rodoreda, Gironella, Roig… una tierra siempre creativa, europea, adelantada, sana.

Me gustaría seguir asomándome al patio y viendo abierta la puerta del vecino que sale a otras horas, que vive otras emociones, que habla en otra lengua, pero también en un español de acentos fuertes conmigo.

Los reproches al otro son sencillos de hacer, los esfuerzos propios, en cambio, son los que hacen progresar el mundo.

domingo, septiembre 13, 2009

Clones

Sé que no es una necesidad afectiva, o sí, mis ansias por ampliar el círculo de amistades en el que me muevo. Creo que va más por los derroteros de una búsqueda eterna de gente que me aporte, sana en sus planteamientos, interesante.

Me resulta manido el discurso de ‘yo ya tengo mi cupo de amistades completo’, ‘no tengo tiempo de integrar a nadie más’.

Presumo de tener un grupo de amigos de calidad, con quien comparto un cariño que sé que es mutuo, gente a la que sé que nunca renunciaré. Personas de quienes me siento orgulloso.

Como decía Marguerite Yourcenar a través de uno de sus personajes, ‘La amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’.

El otro día, charlando con Fran sobre este tema, él me decía que mi ambición secreta es encontrar muchas personas como Mariángeles, pero que a la máquina de clonar aún no le han dado marcha.

¡Doscientas Mariángeles por el mundo, a mi alrededor!, con distintas caras, profesiones, edades, sexos, circunstancias…

Cierto, yo quiero encontrar muchas personas como ella. Gente sin complejos, de mentalidad abierta, que saben decir un ‘no’ con buenos modales. En Mariángeles encuentro la dulzura sin empalagoseo, el interés eterno por descubrir el mundo, alguien que te demuestra su cariño en sus actos y de quien nunca dudarás que estará ahí siempre que las cosas vengan mal, o bien, dadas. Sexualmente impúdica, de conversación embaucadora, viajante y aventurera, siempre abierta a un baño a las cuatro de la mañana en la playa. Mujer responsable con su trabajo, preocupada por su sociedad, sin etiquetas políticas pero con convicciones profundas. La mejor de las amigas, incesante descubridora (y compartidora) de nuevos, o viejos, libros, películas de culto, estrenos de teatro. Vive sin estar pegada al móvil, pone palabras apropiadas a sus reconcomes personales sin avergonzarse, sabe estar en cualquier situación, con estilo, con simpatía. Amante de su familia por muchos ‘peros’ que en ella pueda encontrar, anti-provinciana, laica sin veneno en la lengua, frívola como la que más cuando apetece serlo. Coherente, serena, vividora, divertidísima.

Joyas como éstas son difíciles de descubrir. La mía está en Huelva.

jueves, septiembre 10, 2009

El dedo gordo del pie

Viajando en avión me gusta experimentar una sensación que se podría llamar zen.

Cierro los ojos, me repanchingo bien en el asiento y apoyo uno de mis pies suavemente contra la pata metálica del asiento delantero.

Trato de dormir, de buscar un punto entre el sueño y la realidad, concentrando toda mi sensibilidad en ese dedo gordo de mi pie en contacto con el metal del asiento y, a través de éste, con el armazón completo del avión.

Con toda mi atención concentrada en ese contacto, comienzo a distinguir cada pequeño movimiento del aparato. Una pequeña bajada, una oscilación, un ronroneo del motor… Empiezo a sentir entonces la velocidad, a ser consciente de los novecientos kilómetros por hora en medio de una atmósfera a esas alturas helada, agresiva, ventosa, inhumana.

Comprendo entonces toda mi fragilidad como ser humano.

Conectado a través de mi pie voy entrando en territorios a los que no se accede si uno no quiere.

Entiendo entonces al que busca la cima del Everest, al hombre que se adentra miles de metros bajo el nivel del mar, a quien se lanza a través de un rápido de aguas bravas, al que camina kilómetros por el desierto, por las llanuras de los polos.

Desde mi cobarde posición de quien sólo se quiere asomar a la fuerza incontrolable de la inmensa naturaleza a través de un dedo gordo en la base del asiento de un avión de línea regular…

lunes, septiembre 07, 2009

El mundo encima

‘Vivir es estar siempre preparado para que se te caiga el mundo encima’.

Esa frase la acabo de sacar de ‘Las golondrinas de Kabul’, una aconsejable novela, dura, de Yasmina Khadra.

De primeras, la frase impresiona. Agresiva, retadora… la reflexión representa, bien analizada, un canto a la vida.

No es cuestión de pasar por este mundo dramatizando, ni que todas nuestras conversaciones sean profundas o deban escribirse con mayúsculas.

La clave es, simplemente, saber de nuestra fragilidad como la mayor de las fortalezas para encarar el día a día.

No desperdiciar nunca la oportunidad de mostrar que queremos a los nuestros, porque no sabemos nada de lo que vaya a pasar cinco minutos más tarde. No hablo de que a nadie se le tenga que caer un piano encima paseando por la calle. Hablo de vivir sin pensar en segundas oportunidades que tal vez no vengan, o no vengan iguales, o no igual de limpias.

Hay que vivir sin pensar en segundas oportunidades.

La sonrisa hay que regalarla, siempre. Las gracias hay que darlas, a toda costa. No regateemos un saludo, una caricia. Preguntemos a un compañero de trabajo si lo vemos tristón, paseémonos la playa si nos apetece, invitemos a una cerveza sin pensar en la cuenta corriente.

Nunca pensemos en otro día para poner la cara al viento.

Como dicen los chinos… ‘lo que no se da, se pierde’.

Se pierde para siempre.

lunes, agosto 31, 2009

Cenizas

Por circunstancias, pertenezco al núcleo de personas que ha vivido un porcentaje mayoritario de su vida sin pareja.

Ayer cumplí 42 años y descubrí cuánta gente me quiere.

Mis sucesivos fracasos en el amor fueron quizás la base para construir amistades sólidas en que apoyarme. Tanta gente tan diferente y tan fiel, que no me llaman a diario, que no conocen los detalles de mis rutinas, pero que están ahí.

El verdadero amor correspondido no lo conocí hasta los 36 años. Hay quien no lo conoce nunca.

Estos últimos años he pasado todo tipo de situaciones, graves problemas familiares, momentos de fuerte presión en el trabajo, mudanzas, enfermedades. Frente a todo ello, puedo decir que éstos han sido los años más felices. A todos los niveles. Cuando me he sentido más persona. Sé apreciarlo en toda su intensidad.

Cuando por las noches me acuesto y siento su brazo envolverme, tomo su mano y la acaricio suave.
No hay problema ni dolor que no solucione ese abrazo de cada noche, esa mano que se deja acariciar por mí. No importan los desengaños pasados, ni los daños olvidados, cuando sé que tengo quien me quiere sin condiciones, alguien a quien ese abrazo le supone el mejor de los somníferos. En esos momentos entre lo real y lo soñado en que voy quedando dormido me planteo un único dolor: dejar de tener esa mano al dormir. Desaparecer algún día y no tenerla.

Cuando no sea más que cenizas esparcidas por el aire y me funda de nuevo con la naturaleza, me gustaría soñar que esa materia, que era yo, echará de menos el haber estado alguna vez tan en sintonía con el universo...

martes, agosto 25, 2009

Dejarse oír

Es tan frecuente como insoportable estar en espacios públicos, llámese AVE, aeropuerto, salas de espera…, y tener que soportar las conversaciones telefónicas, con móviles de última generación, que a voz en grito mantienen personas (personajes) que relatan a los cuatro vientos los contratos que su empresa ha firmado, los próximos viajes a China, la devaluación del euribor, el 4x4 que se van a comprar el próximo mes.

A veces pienso que no hay nadie al otro lado de la línea de sus teléfonos.

Estas actitudes reflejan un egocentrismo desfasado, una falta de educación impropia de los estudios que aparentan, una soberbia a prueba de bomba.

No creo que sea difícil de entender que la vida de esos desconocidos no nos interesa, ni sus negocios de altos vuelos. Estos personajes venden estrés al mundo exterior, como si de un perfume se tratase. Oler a estrés para mostrar que su vida es más válida e interesante que la del mortal medio.

A mí me gusta que me hablen las personas que yo elijo. En los asientos de los trenes, si estoy solo, prefiero tener mis sentidos concentrados en cosas más enriquecedoras que conocer cómo de amplia es la nómina de un ejecutivo que, tal vez, no tenga con quien hablar cuando llegue a casa.

viernes, agosto 21, 2009

Dormir otra vida

La gente que me quiere se ríe de mi lado dormilón.

Soy capaz de dormir encima de un árbol, echarme una siesta a las nueve de la noche, aunque sea diez minutos, o volando en un avión, o tirado en la playa… con suma facilidad. Además, no me resisto.

Está en su derecho quien defiende la teoría de que dormir es perder el tiempo, años de vida si vas sumando la hora de más que permaneces ‘desconectado’.

Yo soy de los que disfrutan esa otra vida. Cada día al despertar recuerdo todo.

Mi otra vida me permite seguir en contacto con mi madre, muerta a mis dieciocho años, que me visita con frecuencia. Sigo charlando con mi amigo Quino, de la época universitaria, con Gregorio, mi amigo inseparable del colegio al que hace tantísimo tiempo que le perdí la pista, con los hijos madrileños de mi tía Elo; viajo a épocas felices de veraneo en las playas de Huelva, a mis años de remo las mañanas de los domingos por el Guadalquivir. De pronto, en mis sueños estoy enamorado de Mariángeles, o leyéndole 1984 de Orwell a Mariló, tumbados junto al mar.

A veces despierto pensando por qué se repiten en mi otra vida determinadas imágenes. ¿Por qué siempre tengo asignaturas pendientes en la universidad, cuando saqué mi título en el 94?, ¿por qué aparezco tantas veces desnudo en reuniones de trabajo?, ¿por qué siempre me enfado con mi hermana Raquel, con la que me llevo tan bien en mi vida real?, ¿por qué se caen tantos aviones en ese otro lado del espejo?...

Hay quien piensa que la calidad de tus sueños depende de no haber comido una cena pesada un rato antes (y está demostrado que tras un buen plato nocturno de chorizos y morcillas hay pesadillas). Seguro que hay explicaciones neuronales que demuestran que nuestros sueños no son más que ‘puestas a cero’ de la información acumulada durante el día.

Yo, en cambio, vagabundeo por librerías buscando información, indago por internet para obtener respuestas, leo artículos en prensa y compruebo que, a pesar de estar ya en el siglo XXI, nadie ha podido aún desmontar mi ilusión por creer que gran parte de nuestra espiritualidad se manifiesta en ese otro lado, allí donde viajamos sin preguntar.

martes, agosto 18, 2009

Nubes

Paseando un día muy nublado, fijé mi mirada en una nube especialmente negra. La situé entre dos torres desde el puente al que estaba asomado. Retuve mi mirada intentando enfocar la distancia entre el pico de la nube y una de las torres. No llegaba a percibir movimiento, era una estampa congelada, hermosa, de un momento irrepetible a orillas del Sena.

Con nuestra vida ocurre como con esa nube. El día en que vivimos, el período en el que estamos, aparece congelado.

En cuanto nos descuidamos, tan sólo un paseo por los alrededores del puente, la nube ya no está. Las torres continúan como referencias fijas, pero no hay nube que encuadrar en nuestro horizonte.

domingo, agosto 02, 2009

Pecado original

Confieso mi lejanía infinita de la religión católica.

Creo que, de haber sido obligado a elegir una religión al nacer, para adoptar como propia, me hubiera sentido mucho más atraído por el budismo, aún estando bien lejos de tomarlo como religión de forma voluntaria.

Nos ponen en este mundo sin que nadie nos pregunte. Nos plantan en una ciudad, en una familia, con un físico y un intelecto, sin darnos un manual de instrucciones.

Con el paso de los años entendemos que esta existencia, no solicitada, es además caduca. Y que no hay nada que hacer contra ello.

Títeres, se podría llamar la película.

La religión católica, para más inri (nunca mejor dicho), nos coloca otra mochila más a trasportar: El pecado original.

No vale con haber aparecido sin haber sido preguntados, ni saber que por muy bien que hagamos las cosas nuestro destino es morir, sino que además nacemos pecadores.

El drama, a mi entender, pasa a ser cómico.

Claro, eso sí, pórtate bien y entonces encontrarás el perdón de tus pecados y la vida eterna.

La vida eterna…

La vida mundana, la que sí sabemos que existe, porque la pensamos, sufrimos y disfrutamos, ya es suficiente prueba como para andarla con cadenas de más y amenazas subterráneas.

La bondad, para mí, es la única clave. No podemos pretender que existan seis mil millones de ‘Vicentes Ferrer’, no aspiro, porque yo soy el primero que no tengo la fuerza, ni la calidad humana suficiente, en abandonarlo todo por los pobres, por los que sufren. No creo que ese espíritu, además, case con la naturaleza humana, demasiado imperfecta sin necesidad de pecados originales.

Buscar la santidad, la perfección, es encontrar la frustración.

La bondad como clave en el sentido de actuar teniendo como lema el hacer por los demás lo que te gustaría que hicieran por ti. Sencillo. Con el más cercano, con tu gente, en tu barrio, en tu trabajo… La bondad es una cualidad difícil de trabajar pero enriquecedora al máximo.

Es cuestión de ponerse a ello, y las marionetas comenzaremos a sentir menos tensas las cuerdas que nos manejan.

Lo que tenga que venir después, vendrá… no hay que preocuparse, porque no nos preguntarán.

viernes, julio 31, 2009

Solo

Una de las mejores señales de que se está madurando positivamente como persona lo marca, a mi entender, la capacidad para estar solo.

Puede resultar sencillo decirlo para alguien que, como yo, lleva tantos años de vida afectiva plena, estable, de amor intenso y correspondido.

Tal vez una de las claves para el éxito de mi vida en pareja es la oportunidad que nos damos mutuamente para encontrarnos en nuestras burbujas de soledad.

Cada cierto tiempo necesito pasearme la ciudad por la noche, vagabundearla, a solas.

Se me vienen a la mente muchos nombres de gente a la que quiero que no sabe estar dos horas seguidas sin coger el móvil y llamar a alguien. Para contarse nada.

Es duro y purificante que pase un fin de semana completo sin que suene el teléfono, sin que te escriban un correo.

No me gusta llenar el silencio con conversaciones huecas.

Adoro el silencio, los espacios abiertos para caminarlos, los libros cuando se leen en una cama amplia, prepararme un gintónic con música de Suzanne Vega, conducir oyendo las noticias y dejar que tu mente razone con presteza, que profundice, que digiera cómo va el mundo.

Esta terriblemente compleja vida se ve con otros ojos, más llenos, cuando tenemos la fortaleza de mirarla de frente sin confirmar, de reojo, si tenemos ángeles guardianes protegiéndonos.

Cuando te descubres feliz en un asiento aislado de una sala de cine, sin pensar en qué dirán, tienes mucho ganado para conquistar el cariño de los demás.

Poca gente más atractiva que aquella que sabe manejarse por ella misma.

No hay mejor seducción que la fortaleza de saberse capaz de por sí, mejor amor que el dado por una persona serena.

Por mucha gente que tengamos alrededor, sea triste, duro o no, pasamos el noventa y mucho por ciento de nuestra vida nosotros con nuestros pensamientos, nosotros con nuestras miedos, cavilando, hablando con nuestro interior, dándole vueltas a lo más nimio y a lo que no. La cabeza siempre dando vueltas, sin compartir con el exterior más que una mínima parte, siempre con los límites del lenguaje, las trabas de saber expresar qué hay aquí dentro.

La felicidad es paz interior. Complicada de luchar.

domingo, julio 26, 2009

Tres mujeres

En estas últimas semanas he vivido de cerca historias frustradas de tres mujeres que me importan mucho.

En los tres casos coincide un factor: tres hombres que no valen un pimiento.

Historias de sexo disfrazadas de virilidad, cafés de media tarde a escondidas de sus esposas, promesas de estar disfrutando la mejor de las historias mientras a otras mujeres en lugares no lejanos les están contando la misma película.

Me gusta escuchar. Prefiero no dar consejos que no sé si serán correctos. Mejor escuchar e indignarme, mostrarme cercano y comprender sus desazones.

No todo vale en este mundo. No por ser una sola vida se tiene que vivir a costa de los sentimientos de los demás. La fidelidad debe ser, a mi entender, un grado.

Es fácil pensar ‘ojos que no ven, corazón que no siente’, pero es de una falta de respeto impresionante estar calentando la cama de otras personas sin decirlo, mientras promesas vagas llenan los huecos entre cerveza y cerveza.

Siempre hay una parte de culpa, importantísima, en quien se deja engañar, en quien asume juegos con quienes no van de frente. Acostarse con una persona casada es una opción que se puede tomar, pero es frecuente salir escaldado, por muy tranquila que se tenga la conciencia, por muy libre de ataduras que uno esté.

Yo, personalmente, no podría mantener una historia de amor con alguien que tiene un compromiso y duerme abrazado a otros brazos.

A estas tres mujeres a las que adoro sólo les sé aconsejar una sencilla palabra: dignidad.

miércoles, julio 22, 2009

150 años

Yendo al trabajo esta mañana, hacia una fábrica francesa en las afueras de París, escuché en la radio una entrevista a Raphaël, un cantante joven, compositor de sus letras, de su música. Un tipo de éxito.

El no vivir ya en París me hace desconocer su album 'Caravane'. De hecho, hasta hoy, sólo conocía de él su nombre. Ni siquiera una melodía, un estribillo.

Su voz en la radio era suave, tranquila, con cierto aire de tristeza impropio de su juventud.

Le preguntaron por una canción. El chaval explicó que la letra procedía de una frase que le repetía su padre cuando él era un niño, en la época en que el mundo se le venía encima a cada momento por problemas irresolubles para él.

''Tranquilo, Raphaël, dentro de 150 años nadie se acordará de ello''.

Esta tarde ando paseándome la ciudad de Mons, al sur de Bélgica, en mi enfermedad bien controlada de búsqueda de nuevas ciudades y paisajes.

Me estoy tomando un café frente a la estación de tren, tras haber subido y bajado cuestas de esta ciudad tranquila. No sé de dónde viene el nombre de Mons, tengo que investigarlo. Sé que, como ciudad fronteriza, ha sido destrozada en los últimos siglos por franceses, holandeses y españoles. Aun así, mantiene la figura, con hermosos edificios de piedra azul.

No sé si tendré tiempo de comprar el disco de Raphaël.

En la entrevista nombraba frases retenidas de su madre, pero no las recuerdo.

Tengo un amigo a quien también le gusta escribir, que me dice tener otro punto de vista sobre la literatura. A él no le interesan las calles de Nueva York, ni las costumbres de otros sitios, de otras gentes. Él, me dice, tiene todo su mundo en su habitacion, con una lata de cerveza y un pitillo.

Me parece hermosa su reflexión.

Voy a pagar el café y seguir paseándome las calles de Mons. El monstruo que hay en mí necesita combustible.

El combustible tiene nombre de disco esta vez, y se llama 'Caravane'.

Tal vez dentro de 150 años siga sonando la frase del padre de Raphaël en las ondas de emisoras de radio hoy inexistentes.

viernes, julio 17, 2009

Túnel bajo el Louvre

Tuve la fortuna de trabajar tres años en París. Desde un principio tuve claro que sacrificaría la comodidad de vivir junto a mi lugar de trabajo, en las afueras del oeste de la ciudad, por la calidad de vida que supondría hacerlo en el centro. La empresa me ayudó, de forma que me decidí por un pequeño apartamento en el Boulevard de Port Royal, a escasos cien metros de los jardines de Luxemburgo.

Mi ritmo vital había cambiado de golpe. A la avalancha de información en todos los sentidos que suponía la ciudad, a la oportunidad de expresarme en otra lengua y de viajar con facilidad por el centro de Europa, de conocer otras gentes, de disfrutar de fines de semana paseándome las orillas del Sena, se unían otras particularidades menos agradables.

Llegar al trabajo me suponía 45 minutos en coche la ida (no había combinación de metro posible) y más de hora y cuarto la vuelta (con suerte). Pasé por todas las fases de desespero, respiración profunda, cursos de inglés en CD, revistas para aguantar los parones… hasta que mi cuerpo se hizo. ¡Echaba tanto en falta los cinco minutos que necesitaba para llegar al trabajo desde mi casa sevillana!

Probé todas las rutas posibles. Por las autopistas exteriores, por el periférico, entrando por distintas ‘portes’, sumergiéndome en las calles del centro… Decidí que la mejor opción era entrar por la Porte Saint Cloud y tomar la voie Georges Pompidou, una vía rápida que transcurre por la rive droite del Sena. En un momento dado subía hacia el puente del Alma y en la plaza de la Concorde me unía a la confluencia de la avenida proveniente de los Campos Elíseos.

Ahí llegaba el nudo gordiano de mi historia.

Para poder acceder al túnel que me permitía desembarazarme del atasco, un gran pasadizo de varios kilómetros que discurría paralelo al Louvre, tenía que hacer lo posible por encontrar huecos que me permitieran pasar del carril más derecho, del que yo provenía, a justo el otro extremo de esa inmensa avenida.

Peleaba, a diario, con el malhumor parisino (expertos en no hacer sonar el claxon pero a desgañitarse con maldiciones desde el interior de sus coches). Pero conseguía llegar, casi siempre, al túnel que me llevaba a las puertas de mi casa.

Entonces me daba por reflexionar sobre el alma humana.

Observaba un porcentaje altísimo de conductores que suplicaban por que les hicieran un hueco en su intento de entrar en la fila afortunada del túnel pero, una vez allí, maldecían, chuleaban, impedían a toda costa que ningún otro conductor entrase en tan mágico pasadizo.

Yo observaba y lamentaba el profundo egoísmo humano.

El túnel del Louvre es paradigma de la condición humana. Cuando se trata de pedir… y cuando se trata de dar.

lunes, julio 13, 2009

Dudas meditadas

Hace pocos días un amigo me preguntaba por mi opinión acerca de las centrales nucleares. Le comenté que mi posición respecto a este tema era de un bloqueo reflexivo.

Hay numerosas cuestiones a las que dedico mucho tiempo de reflexión sin llegar a tomar posición.

No sé si eliminar centrales nucleares conllevaría aumentar la producción de centrales térmicas, que son unas de las grandes responsables del efecto invernadero con emisiones de CO2 que las nucleares no emiten. No sé hasta qué punto la ciencia avanzará para poder hacer desaparecer la radioactividad de los residuos de las centrales. Me faltan datos para posicionarme.

Sé que la humanidad tiene que hacer lo posible para crear un planeta más limpio, creo en los efectos perversos del cambio climático.

Tengo dudas sobre el consumo en la sociedad actual. Criticamos con fuerza el consumismo, y como tal concepto me parece repugnante. Pero, ¿qué sería de nosotros si no consumiéramos?, ¿qué sería de la actividad laboral si no hubiera objetos que producir porque no se consumen?, ¿qué haríamos con los cientos de millones de trabajadores de este mundo que viven de la industria, los servicios, la investigación? Investigar nuevos productos, ¿para qué? En esa sociedad sólo tendría sentido la producción de los elementos básicos. Todo basado en la agricultura, la medicina, la enseñanza, la justicia… ¿habría suficiente para mantener al ser humano en un mundo ‘hippy’ de no consumo?

Sé, en cambio, que detesto la especulación, el hacer dinero a costa de cualquier principio. Estoy convencido de que las empresas tienen que apurar su pilar humano, dejar de creer que los beneficios deben crecer a costa de cualquier cosa. Potenciar la productividad sin dejar de lado el respeto a las personas.

Tengo dudas y certezas.

Admiro a la gente que tiene una posición clara y contundente acerca de cualquier tema, siempre que sea apoyada en principios y datos, no en radicalismos de barra de bar.

Yo me apunto a la duda reflexiva y los principios firmes.

miércoles, julio 08, 2009

Ojos abiertos

Hace pocos días terminé la novela autobiográfica de Amélie Nothomb, 'Ni de Eva ni de Adan'. De ella extraje una cita:

Me gustaba la idea de no saber si iba a ver pintura, escultura o una retrospectiva de varios estilos. Sería bueno acudir a las exposiciones siempre así, por casualidad, con total ignorancia. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta.

No sé por qué, pero en los últimos meses me he encontrado sumergido en conversaciones, con personas que aman la creación literaria, sumamente críticas con el llamado 'arte moderno'.

Comentarios del tipo: todo es una farsa, un niño de cinco años hace mejores dibujos que muchos de esos artistas, es un mundo de arribistas...

Se critica 'el urinario de Duschamp', los cuadros de salsa de tomate de Warhol, las esculturas de Picasso con elementos básicos, los contenidos del Centro Pompidou de París, del Reina Sofía de Madrid, de la Biacs de Sevilla.

Creo, sinceramente, que no es un problema tan sólo de falta de humildad de quien critica (que estoy convencido que algo hay), sino de incapacidad de disfrutar.

La arquitectura de hoy es consecuencia de movimientos rompedores, los logotipos de las empresas, los apeaderos de los autobuses, el diseño de los automóviles... No podemos volver a tiempos en que no existía la fotografía, el vídeo, donde la única forma de reflejar la realidad era el pincel o el cincel.

Si Duschamp consiguió que un urinario entrara en el Museo de Arte Moderno de Nueva York sería por algo... Al menos así lo veo. No tengo la formación ni la experiencia para emitir juicios firmes, casi que ni quiero, pero como persona que trata de crear, de hacer reflexionar, de plantearse el mundo desde su propia esencia, sé que cuando entro en el Gugenheim de Bilbao o en el Museo de Arte Moderno de Estrasburgo, estoy totalmente dispuesto a dejarme seducir.

Quiero que me provoquen, quiero ver momias colgadas de un ventilador, habitaciones desordenadas, desnudos impúdicos, video-performances, manchas en el techo, cuadros de un solo color, lámparas que son tetas, tetas hechas de corcho, corcho repartido en vitrinas... Me apetece ver sillas de siete patas, relojes sin agujas, interpretaciones del dolor hechas por Francis Bacon, interpretaciones de Bacon hechas por escultores de metal, paisajes sin paisaje, figuras deformadas que me transmitan que la vida es eso: absurda, imprevisible, sarcástica, terrible, hermosa, incomprensible, interpretable...

No niego el derecho a criticar, a veces, con fuerza, incluso con desprecio, obras no entendibles o posibles farsas.

Pero quiero ver con ojos abiertos y tratar de entender al otro.


jueves, julio 02, 2009

Escoria europea

Nací dos generaciones después de los ignominiosos acontecimientos nazis que condenaron por siempre a Alemania a arrastrar las cadenas de la vergüenza.

En poco tiempo se constituirá el nuevo Parlamento europeo, votado con desgana hace pocas semanas. Según se lee en algunos artículos, uno de cada cinco parlamentarios electos es extremista, entendiéndose por tal, en ciertos casos, a personajes que militan en partidos políticos xenófobos, fascistas, neonazis…

Asistimos con preocupación a elecciones en Bélgica, Holanda o Hungría donde hay porcentajes altísimos de votos para partidos que muestran desprecio por las minorías, sin sonrojo.

Afortunadamente a España no ha llegado aún esa lacra de forma notoria.

Soy partidario, firme partidario, de elaborar una ley de rango europeo en que se defina claramente lo que no es posible.

Cualquier cámara de televisión que salga por las calles de cualquier ciudad se puede encontrar con ciudadanos que sueltan por su boca barbaridades que da miedo escuchar. La gente tiene tendencia al más bajo populismo. ‘Muerte al moro, al gitano…’

No estaría de más prohibir lo que no puede tener sentido.

Un partido xenófobo, por definición, es escoria. La historia de la humanidad ya debería habernos enseñado los límites que nunca conviene trasvasar.

Y a la escoria no se le debe poder votar. No es cuestión de coartar la libertad de expresión, sino de limitar el perímetro del campo de juego (la Declaración de los Derechos del Hombre como fronteras de ese terreno no estaría mal).

Buen ejemplo tenemos con Batasuna. Si a estas alturas del siglo XXI no condenas el asesinato impune, no tienes derecho a representar a nadie.

Nos jugamos mucho.

viernes, junio 26, 2009

Hojin Lee

Ha sido al terminar la última copa (the fourth level) cuando me ha ofrecido, ceremoniosamente, un llavero en el que está plastificada para la eternidad una flor nacida en metal, en una estatua de Buda de la que su madre es muy devota.


No hace falta ser muy perspicaz para comprender la asociación de ideas que rápidamente he hecho con tantas otras madres sevillanas y las vírgenes correspondientes.



Hojin Lee es un coreano de 40 años que apareció, con previo aviso, hace dos semanas en Sevilla para realizar un trabajo de largo plazo con la fábrica de Renault. Lo recibí, organicé sus jornadas de trabajo y hoy, un día antes de su partida definitiva hacia su ciudad, Pusan, le ofrecí cenar conmigo.



No hizo falta más que dos cervezas para que me leyera la mano (si no mueres a los setenta, serás centenario), que tres cervezas para que me hablara de la decisión de tener su segundo hijo (un día después de que muriera su suegro, justo tras celebrar su setenta cumpleaños), que cuatro cervezas para decirme que el mundo es pequeño, que las gentes son iguales, que la vida es corta...



Me enseñó fotos de sus hijos (de pronunciación imposible), me habló de las otras vidas en las que cree, me invitó al último gintónic y me agradeció en el alma, con un abrazo fuerte y tímido en la puerta del hotel, haberle invitado a esta cena.



Mediocres los que ven en los rasgos asiáticos simplemente chinos, estúpidos quienes ven en la raza un signo de diferenciación.



En Hojin Lee he encontrado a Corea, unos ojos agradecidos, ganas de conocer el mundo. Pena que mi inglés no llegara a las sutilezas de entender cada risa, cada gesto de Hojin Lee.



Para siempre su llavero.

miércoles, junio 24, 2009

Nuestra naturaleza

De entre mis reflexiones más íntimas, hay una que me lleva a construir una teoría que no sé hasta qué punto es propia, reinterpretada de opiniones ajenas o de lecturas que ahora no consigo situar.

Este razonamiento nace en mi búsqueda de la verdad del ser humano. Hasta qué punto somos como creemos ser.

Mi teoría me conduce a pensar que un ser humano no mostrará su verdadera realidad hasta no encontrarse en una situación límite, desesperada, radical, imprevista, explosiva, desgarradora.

Nuestra verdadera naturaleza se esconde, tal vez, tras rutinas diarias que ejecutamos en gran parte sin pensar. Somos buenos hermanos, amigos, hijos, padres, compañeros de trabajo, en general. Amamos con pasión mientras la pasión dura.

A mí me gustaría saber cómo actuaría si tuviera que jugarme la vida por comer, si la muerte se me apareciese de frente, si cayera en la mayor de las ruinas, si ganase el premio nobel, si perdiera las piernas en un accidente, si perdiera de un día a otro a mi gran amor, si hubiese en Sevilla un terremoto, si me tocase mañana la lotería.

Hay resortes en nosotros que están inutilizados, y no sabemos si los tenemos engrasados. Los músculos los utilizamos hasta límites sensatos.

Creo que en esas circunstancias verdaderamente valoraríamos nuestra calidad humana.

Reflexiones, quizás, insensatas…

lunes, junio 22, 2009

Petulante

Una mujer madura, a la que he tenido el placer de conocer personalmente a través de la vidilla que me da la publicación de mis novelas, me comentó hace unos días que mi blog y mi página web me mostraban como una persona pretenciosa, petulante y engreída. Cierto es que estos comentarios los acompañaba de otros en que mostraba su sorpresa por encontrar en mí dos ‘personas’ diferentes. Una preocupada por las pequeñas cosas (quise entender que ‘alababa’ mi humanidad) y otra focalizada en el ‘aparentar’.


El hecho de escribir esto en público quizás sea una muestra más de petulancia. O no…


Es sano recibir este tipo de críticas, de visiones externas fotografiadas por ojos que envían sus datos a procesadores de información que no tienen que ver con el tuyo.


Todo en esta vida es interpretable, y eso la hace rica en matices.


‘No hay rincón en el que no dejes de decir que eres ingeniero, no hablas más que de viajes, de restaurantes…’


Decía de mí que no sabía si le caía mal o bien, pero que le gustaba hablar conmigo. Lo cual ya es un punto positivo, que me reconforta.


Estas líneas las escribo porque me apetece. Todo el mundo tiene capacidad para abrir un blog y lanzar sus reflexiones al exterior. De hecho, la red está hasta arriba de blogs, webs, foros… que tal vez nadie lea. Como árboles que caen en un bosque perdido. ¿Produce ruido si nadie los escucha caer?


La libertad consiste en eso. Yo escribo porque me apetece, de lo que me apetece, de lo que siento importante o no, profundo o frívolo, de mi visión del mundo. Prefiero decir que soy ingeniero para que nadie se piense que me creo escritor. Hablo de mis viajes por el mundo porque estoy orgulloso de ello, de haber vivido experiencias tan diferentes y poder compartirlas. Hablo de música porque la siento como uno de los mayores goces, de restaurantes porque entiendo que pocos placeres existen como una buena cena en compañía.


La vida es compleja, y torticera a veces. Sé que en mi futuro personal me esperan muchas alegrías y también mucho dolor. Disfruto de ella todo lo que puedo y comparto, tal vez como árbol caído en un bosque perdido, mi forma de verla, sensaciones obligatoriamente personales.


Me duele que me llamen petulante porque en mi fuero interno sé que no lo soy. ¿O sí?

domingo, junio 14, 2009

El pestillo

Soy de los que creo en la infancia como una etapa fundamental en la vida de las personas. Es una época sobre la que, desafortunadamente, no tenemos apenas dominio.

Es cuestión de azar que te toque una familia que te eduque en valores, que te trate con cariño sabiendo imponer normas básicas, que te dé tu espacio.

Tengo muy cerca ejemplos detestables de mala educación disfrazada de buenas intenciones. Niños malcriados, caprichosos, insoportables por consentidos.

Tuve la suerte de caer en el lado de aquellos, numerosísimos, que hemos sido formados con un alto grado de sentido común y mucho amor.

Mi susceptibilidad de los primeros años, la cabezonería, la hipersensibilidad de esos años de niño me hubiesen podido costar en el futuro una vida de un frustrado de no haber sido por lo que viví en casa.

Solía enfadarme como un energúmeno por cada comentario que yo considerase hiriente. Me levantaba del sofá, con todo el orgullo que cabía en un enano de 6 u 8 años, me encerraba en mi habitación y echaba el pestillo. Apagaba la luz. Lloraba y sufría en mi rincón de incomprendido.

Un día de cabreo llamó mi padre a la puerta y me explicó que, mientras yo pasaba las horas encerrado rumiando mis cabreos, ellos seguían viendo la tele tan tranquilos.

-El único que sufre eres tú.

He visto a lo largo de mi vida tantos pestillos cerrados que me congratulo de haber tenido un padre que me explicase, siendo yo un niño, que la felicidad está en nosotros, que el mundo no gira a nuestro alrededor, que las cosas no se solucionan encerrándote en ti con tus miserias.

domingo, mayo 31, 2009

El cordero de oro

En mi ciudad es delicado tocar determinados temas, y no debiera serlo.

Todo lo que se trate desde el respeto, con una óptica personal y razonada, más a sabiendas que en el terreno en que voy a entrar conozco gente, cercana, a la que quiero, todo lo que atañe a cada cual es opinable.

Mi reflexión versa sobre la romería del Rocío.

A mi modesto entender, la peor publicidad que se puede hacer de nuestra tierra. Soy sevillano, tengo 41 años y, por tanto, argumentos, experiencias e historial al respecto.

Tengo un gran factor en mi contra. Nunca fui a esa romería.

Cuando se mezcla la religión con el alcohol, malo. Si la devoción se confunde con idolatría, peor.

Estoy cansado de lágrimas falsas, de sevillanas a la Blanca Paloma, de grandes dosis de incultura disfrazadas de gracia y salero, de hipocresía vestida de faralaes.

Cuando se ven imágenes de Kerbala y ese peregrinaje de 'fanáticos' golpeándose la cabeza, pienso que no está tan lejos del Rocío. Es más bonito éste, más romántico, pero en el fondo hay la misma materia.

Haría una gráfica e iría anotando los peregrinos que acuden cada año a este festejo. Que la curva de asistentes bajara sería, en mi opinión, el mejor síntoma de que nuestra tierra está dando saltos en positivo.

¿Mi lucha va contra el floklore?, ¿contra la cultura popular?, ¿contra la tradición?

Tal vez.

Tengo el derecho a tomar postura.

Quizás por eso defienda la Feria de Abril, con las críticas correspondiente a su exclusivismo y demás (que se podrán corregir en el futuro), donde para divertirnos, cantar a la vida y los amigos, bailar sevillanas y beber (con o sin) moderación, no hace falta buscar corderos de oro.

viernes, mayo 29, 2009

El Calder de un Yakuza

Ayer tuve una hora entre que terminé de comer en un restaurante parisino y la partida hacia el aeropuerto destino de vuelta a Sevilla, tras tres días de trabajo en Francia.
Justo antes había tenido tiempo de pasarme por la Fnac a ver las últimas novedades musicales de mis artistas preferidos, que las había, y a bichear entre las novelas de bolsillo para seguir con mis lecturas en francés. Ahí sale mi parte conservadora, que busca lo seguro: Amélie Nothomb, y la arriesgada, que lucha por introducir nombres nuevos casi al azar: Gilles Leroy en este caso.
Comía el entrecot pensando cómo aprovechar esa hora libre, mientras leía las primeras páginas de ‘Ni d’Adan ni d’Eve’, de la Nothomb. Dos primeras páginas electrizantes.
Tomé rumbo hacia el Centro Pompidou. Anunciaban dos muestras temporales: Kandinsky y Calder. Entré y pregunté en información a un chaval.
-Tengo menos de una hora, ¿qué me recomiendas?
Ni Kandinsky ni Calder, me ofreció visitar una exposición de mujeres artistas a partir de los años 60.
-Es lo más original en mucho tiempo en este museo.
Y cómo el museo no peca precisamente de recato, me lancé a por las mujeres.
Exposición brutal, en los conceptos, en los mensajes, en la puesta en escena. Salas donde se advertía que lo visto podría herir tu sensibilidad. Yo me acercaba a grupos formados donde una guía daba explicaciones que no terminaban de convencerme. No sé si me gusta que me expliquen tan en detalle el arte contemporáneo, puede llegar a hacerlo ridículo. Para mí el arte contemporáneo es inmersión, íntima, sin red.
Quise ver todo tan rápido que aún me quedaban quince minutos.
¿Kandinsky o Calder?

¿Quién era Calder?

Fui a lo seguro. Kandinsky. Intercambiando miradas a los cuadros del ruso, intercalados con vistazos a los tejados de París de la sexta planta del Beaubourg. Una evolución de lo figurativo hacia lo geométrico, donde siempre importaron especialmente los colores. Me gustó mucho la época intermedia, creo que vivida en Estocolmo. Pena de no poder leer todas las explicaciones en esa visita acelerada.
Pasé de lado por Calder. Vi mucha gente. Me pareció ver figuras de animales hechas con alambres.

Ya en el aeropuerto pude comprar prensa española tras varios días sin hacerlo. Abrí por el final y me encontré con Barbra Streisand y Robert Redford, ‘Tal como éramos’… ‘película imprescindible de Sidney Pollack, autor de ‘Yakuza’… decía el comentarista de la programación de televisión.

¿Qué significará Yakuza?

El avión despegó y decidí volver a las páginas iniciadas de la belga Amélie Nothomb. Es autobiográfica, te lleva a los tiempos de su reencuentro casi adolescente con Japón, tras haberlo abandonado con cinco años. Para ganarse la vida, busca alumnos de francés.
Aparece el primero, Rinri, un adolescente universitario de familia bien.
Entonces Amélie se acuerda de su apasionado lector sevillano. En esas primeras páginas me explica que el nivel de vida correspondía al de un hijo de un miembro de la Yakuza, una suerte de mafia japonesa. Cuando el adolescente le presentó a su padre, mafioso y encantador, éste le regaló una joya similar a un móvil de Calder, a quien no quise visitar unas horas antes en el Pompidou.

Volando a Sevilla, a diez mil metros de altura, confirmé que la literatura es magia.

lunes, mayo 25, 2009

Aviones

Yo disfruto hasta con los bocatas de pan duro con jamón que te sirven en los aviones a precios astronómicos.

Me gustan los aviones, los hoteles, los aeropuertos, las estaciones de tren, los coches de alquiler, las esperas, los planos de metro.

Mañana vuelo hacia Francia, duermo en la costa normanda y al día siguiente en la frontera con Bélgica.

Y soy feliz.

Me subleva la gente que se queja por quejarse, de la incomodidad de los aviones, de los tiempos perdidos en los aeropuertos.

No hace falta más que echar un poco, sólo un poco, la vista atrás. Para comprender lo que éramos y lo que somos.

Saber que esta noche duermo en mi cama de Sevilla y mañana a eso de las nueve y pico de la mañana estaré en París. Que podré tomarme un croissant de almendras francés insuperable, que en apenas unas horas estaré en la desembocadura del Sena paseándome por un pueblo normando de iglesias de madera, aunque sea para trabajar.

El ser humano, la gran mayoría, no aprecia lo que somos, lo que hemos llegado a ser. Pensar que en unas cuantas horas te plantas en cualquier lugar del mundo, con otras lenguas, otros rasgos, otras formas de entender la vida y de expresarte.

Yo lo aprecio con especial sensibilidad. Disfruto cada viaje con el corazón abierto a respirar otros aromas, consciente del privilegio que supone conocer culturas distintas a la mía.

Mañana será Francia, otros días fue Japón, o México, o Chile, o Turquía, Eslovenia, Marruecos, Bolivia, Suecia, Rumanía, Estados Unidos, Italia, el maravilloso Portugal tan cercano, Bélgica, Finlandia, Inglaterra… sí, me siento orgulloso de ser un ser viajado.

Me llena haber leído, haber conocido otros sitios, saber relativizar (por mucho que le joda al Papa el relativismo). Soy la persona más afortunada sabiendo que el mundo es grande pero abarcable, que ninguna raza es mejor que otra, que todas las lenguas suenan bien. Que en todos los sitios la gente se ama, se odia y se desespera ante la muerte.

Recuerdo mi primer viaje con interrail, con 18 años, cuando llegué a Copenhague. Me tiré en el césped del camping, reventado. Miré hacia un cielo azul de nubes hiper rápidas y me dije: Tan lejos de mi Sevilla y el cielo sigue en su sitio, las gentes andan igual y el suelo está igual de duro.

sábado, mayo 23, 2009

Tiempos eternos

Leí a Benedetti por primera vez... no sé cuándo.

Tengo tantas citas tomadas de sus libros, que pueden llegar a atosigar.

Me siento cercano a él y pienso en su tiempo, en su experiencia vital. Lo siento cercano. Trato de parar el tiempo, eliminar escalas, referencias, ejes de abcisas y ordenadas.

Con Benedetti no hay tiempo. Él sintió, digirió, observó, masticó, acarició, razonó, expresó lo que el mundo, el suyo y el de los suyos, le ofrecía, y nos lo envió en forma de poemas sencillos, de novelas ágiles.

Yo quiero ser como él. Quiero ser bueno.

Me gustaría creer que hay posibilidades remotas de detener el tiempo, de darle marcha atrás y adelante, de pararlo y ver a Benedetti, oírle decir que sí, que otra vida es posible.

Sería hermoso no diferenciar edades, volar entre épocas, no ver en Cernuda el pasado, no verlo en Rimbaud ni en Maupassant, sentirlos cerca, humanos.

Benedetti nos habla desde el hoy y el ahora, para decirnos que otra vida es posible, mejor, más luminosa.