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salvador-navarro.com

lunes, octubre 11, 2010

Asia

A unas horas de salir en una misión empresarial hacia el continente asiático, me siento como un Marco Polo del siglo XXI, lleno de emociones y con los ojos abiertos como platos con un día de adelanto.

Mi fábrica me envía en una visita más política que técnica para establecer relaciones con nuestros clientes de Nissan y Samsung, cada vez más inundados de nuestras cajas de cambio sevillanas, que tanto dinero y empleo aportan a nuestra ciudad.

Siempre que hagamos las cosas bien, con precios reducidos y niveles altos de calidad, Nissan no dedicará dinero a invertir en plantas de fabricación de cajas de cambio manuales cuando sus principales clientes las quieren automáticas. Ahí estamos nosotros a veinte mil kilómetros de distancia, luchando para venderles miles de órganos mecánicos cada semana, casi cada día, para que ellos ni se planteen otra cosa que comprar nuestros productos, garantizando el empleo de aquí.

Junto con mi amigo Pablo aterrizaremos en la tradicional Corea, en su puerto de Busán, la Barcelona coreana. Allí nos espera Hojin Lee, ya conocido de visitas anteriores a Sevilla, quien nos invitará a una barbacoa típica de su país. El sábado volaremos al imperial Japón, donde tendremos oportunidad de visitar la antigua capital de Nara y visitar la noche tokiota, en tanto esperamos para visitar la Central de la Ingeniería Mecánica de Nissan, algo que debe ser espectacular.

De Tokio volaremos a Cantón, la tercera ciudad de China, al sur. Otra megalópolis adonde llegamos con el nombre del hotel y la fábrica escrito en caracteres chinos para hacernos entender. Será impactante entrar en el país más poblado de la tierra y observar, como una hormiga más, la grandeza del ser humano, en un país donde aún queda mucho para poder sentirse cómodo, con un premio Nobel encerrado por criticar al régimen. Dos días duros de trabajo intentando entendernos con nuestros colegas chinos.

Será entonces el momento de acudir a la tropical Indonesia, en la poco agraciada Yakarta. A pesar de vacunas y prevenciones, un spray antimosquitos nos acompañará ya que tenemos un fin de semana para explorar las playas del Índico. Será una mezcla explosiva estar al mismo tiempo en un país asiático y musulmán. Inolvidable, con seguridad.

De Indonesia volaremos a Tailandia, a su capital Bangkok, la ciudad de los mil templos y las casas sobre el agua. Me dice Pablo que allí el calor es bochornoso y las calles están abarrotadas, pero no creo que mucho más que en Madrás, en la India, último trayecto de esta visita de trabajo al gran continente asiático.

Viajar allí donde existen civilizaciones milenarias, donde pensamos que todos son iguales porque nuestra cortedad nos hace ver sólo ojos rasgados, ridiculizando y metiendo todo en el mismo saco de 'los chinos'.

Llevamos miles de años girando en la misma pelota, compartiendo espacio con la diferencia de un giro de ocho, diez, doce horas... Tan lejanos estando en el mismo sitio, teniendo las mismas preocupaciones de seres mortales y pasajeros.

Voy por cuestiones de trabajo, lo que se convierte en contratiempo y ventaja. Porque no tendré libertad para organizar todo mi tiempo, pero podré convivir con habitantes reales de esos países; porque aún pasando momentos de tensión, mi misión tiene sentido para favorecer a mi empresa y la economía de mi ciudad. Porque no me sentiré una persona transparente sino integrada, aunque sea por unas semanas.

Quiero visitar templos budistas, tomar sake, comidas con curry, aprender de los símbolos de la gramática china, ir a karaokes japoneses, ver vacas sagradas en la India, oír a los almuhecines en la isla de Java, entrar en mercados de especias chinos, adentrarme en las calles de burdeles tailandeses, oler diferente, sentir la humedad, pisar calles de barro y subir a rascacielos de cristal.

Estoy a 24 horas de pisar suelo asiático y sólo pienso en lo afortunado que soy.

sábado, octubre 09, 2010

Saber

Oyendo la radio en el coche un sábado por la mañana, en esos momentos de éxtasis que suponen el preludio de un café con croissant y la lectura de El País, apareció un entrevistado desconocido para mí. Carlos Barrabés.

Aún a día de hoy no sé a ciencia cierta a qué se dedica, o digamos que se dedica a tantas cosas, empresario, consultor, ponente, investigador o asesor de grandes multinacionales, que se difumina su carrera profesional en un totum inabarcable.

Sin embargo, cuando llegué a la cafetería, quedé un rato sentado en el coche a que terminase la entrevista.

Independientemente de su cercanía para hablar de temas complejos (cambiar el rumbo de la sociedad actual ya no puede ser cosa de un gran gobernante, ningún Obama, sino que es un algoritmo más enrevesado, con 40 o 50 grandes variables controladas desde distintos estratos, localizaciones, organismos y aleas en todo nuestro planeta), de él y de otros tantos intelectuales de nuestro mundo admiro, comulgue o no con su visión del hombre, su capacidad para transmitir saber y hacerlo con frases sencillas.

Cuando la entrevistadora le interrogó acerca de sus miedos para con esta generación súper preparada que se asoma al abismo del mercado de trabajo, él respondió que no es ése el grupo de personas que le preocupa, sino aquéllos que no quisieron, o no pudieron, tener estudios, porque en este mundo que lo absorbe todo, ellos serán los parias.

Duro.

viernes, octubre 08, 2010

Privilegios

Tras unos meses sin acudir por lo bien que se está portando mi espalda, ayer volví a una nueva sesión de mis encuentros con mi masajista.

La encontré más joven y delgada, sonriente como siempre y dispuesta a atacar cualquier resurgimiento de molestias en ese mi hombro, rebelde desde hace años.

Me tocó, en cambio, el centro del pecho y me dijo que veía un bloqueo en mí.

Tumbado boca arriba, casi desnudo, mirando el techo y escéptico, algo menos con ella, respecto a este tipo de diagnósticos que se hacen a partir de unos manipulaciones rápidas con mis brazos, le comenté que no había nada que me atormentase ni me frenase ni me hiciese sentir coartado.

¿Tus ansiedades? Las voy superando.

Me hizo oler unas gotas de pachuli antes de colocarme boca abajo y hacerme un largo masaje con una piedra de obsidiana y una crema caliente, que preparaba como una pócima mágica, batiendo algo con una cuchara de vez en cuando.

¿Qué sientes? Que el cuerpo me pesa más, que me voy hundiendo placenteramente.

Luego vinieron las piernas, con el gustazo que da saber que tengo dos, y que todo lo que voy sintiendo se va a multiplicar por dos.

Tras el acostumbrado desbloqueo del coxis volví a girar, volvió a tocar el centro de mi pecho. Seguía el bloqueo.

Tocando mi pecho y mi vientre me dijo que hablara desde lo más profundo de mí. Que allí no había escrúpulos ni censuras ni miedos.

¿Qué te preguntarías, Salva?, sin pensarlo, ¿qué pregunta tu interior?

Como si fuese un allien que habitara en mí, Salva preguntó entre músicas extrañas de cacerolas ¿quién soy yo?

Ella respiraba hondo y yo respiraba lento.

¿Quién eres tú? me repetía ella. A mí se me venían imágenes de mi amigo Kristian por las calles de Nueva York gritándome '¡grita, Salva!', '¡grita con todas tus fuerzas!'...

Yo no respondía y era ella entonces quien ponía mi respuesta en su boca... 'Yo soy...', 'yo soy...'

Yo soy uno más, respondió mi allien.

¿Qué más, Salva?

Yo soy humano.

Bien, así, suave. Las luces estaban apagadas, mi cuerpo embadurnado de alguna crema caliente de pachuli, y ella insistía. 'Llega hasta el final, yo soy...'

Yo soy un privilegiado.

lunes, octubre 04, 2010

El premio

Puede ocurrir en cualquier lugar de Sevilla, hoy ha tocado en el Bar El Pimiento, un rincón agradable en la trasera de la Alameda, donde sirven buenos vinos por copa y una carta reducida de tapas escritas en una amplia pared de pizarra.

Me tomaba unos vinos con mi pareja, encantados con la tapa de carne mechada, la conversación y nuestro rincón al fondo del local.

Yo trataba de bajar mi estrés de jornada de auditoría en la fábrica en una charla relajada de las que te hacen sanar el alma tras un día de trabajo intenso. ¡Qué placer!

Pero nos tocó El Premio.

Y en una ciudad como Sevilla tampoco hay que jugar mucho para que te toque.

Entra dando besos desde la puerta, a unos diez metros de nuestro rincón, en un bar prácticamente vacío un lunes noche. Los achuchones y los '¡cuánto te quiero!' se oyen diáfanos involuntariamente.

Rápidamente comprendes que viene de un viaje de fin de semana por Cazorla, que su novio acaba de pintar la cocina y que ella, pobre, tiene que hacerse la cera esa misma semana porque van a un spa el sábado. Un regalo de la suegra.

Tú intentas concentrarte en tu vino, en tu charla y en respirar tranquilo tratando de que tus pulmones tomen un ritmo pausado y cadencioso.

Pero El Premio te recuerda que su vida es mucho más intensa que la tuya, que las cremas que venden en Mercadona son espectaculares para las ojeras y beber dos vasos de agua antes de comer... adelgaza.

Miras de nuevo la pizarra y ves el queso payoyo proponiéndote un romance, o la ensaladilla de gambas. Te apetece lanzarte al mundo de los vinos de Alicante o a los del Bierzo, pero los chistes y las risas del Premio, tan simpática, te hacen calcular cuáles son los vinos que te quedan en casa y si tienes para un plato de caballa en aceite en la nevera.

Teníamos vino y calamares en su tinta.

Y buena música.

domingo, octubre 03, 2010

Oscuridades

Leyendo Brasil, de John Updike, llegué a una frase que me hizo reflexionar:

Avanzamos hacia la oscuridad y la oscuridad se cierra a nuestra espalda.

A quienes tenemos memoria frágil para los detalles, la oscuridad que sentimos cuando miramos por el retrovisor es aún mayor. Escribir este blog es un método más para hacer más claro mi pasado, retener sensaciones que obligatoriamente pasarán, esforzarme en dejar por escrito mis reflexiones más íntimas. También tener grandes amigos ayuda, como Mariángeles por ejemplo, que con sus narraciones fotográficas de nuestro pasado en común me hace luminosos días anteriores, poniendo caras, olores y risas.

¿Qué más fuerte que el olor para recuperar imágenes, para estremecer por momentos pasados?

La familia también ayuda a aclarar ese camino que vamos dejando atrás. Gentes con las que convivimos desde que vemos la luz y con las que estaremos cuando dejemos de existir, son un hilo del que siempre podemos tirar, al que agarrarnos, para entender qué somos y de dónde venimos.

La oscuridad hacia la que avanzamos es más complicada, porque no hay certezas. Ahí juegan los miedos tirando de un extremo frente a la ilusión que empuja hacia el otro.

Tener proyectos es la mejor manera de despejar el horizonte. Creer en uno mismo, en la capacidad de cambiar pequeñas cosas y en la virtud de integrar como propias las ilusiones de los otros.

Mis ilusiones son las de Fran, las de Mónica y Raquel, las de Mariángeles, las de Isaac, las de Iván...

La oscuridad se desvanece cuando juntas muchos ojos para mirar hacia el frente.

martes, septiembre 28, 2010

Huelga general

No soy partidario de las medias tintas en cuanto al compromiso social y político se refiere. Soy de los que piensa que hay que mojarse para reivindicar el futuro que nosotros creemos mejor para los nuestros y las generaciones venideras.

Mañana, sin embargo, comienza una huelga general y tengo más dudas que certezas.

Creo que el Gobierno desperdició demasiado tiempo en reuniones con sindicatos y empresarios, sin liderar ni marcar una línea de trabajo clara. No había visión de dónde llegar.

Los empresarios, con la imagen penosa y cicatera que representa Díaz Ferrán, parece que hicieron oídos sordos a todo atisbo de modernidad en lo que a medidas de avance social se refería, centrados exclusivamente en abaratar el despido, el gran enemigo y la única solución. Tener facilidad para echar al trabajador cuando las cosas vienen mal dadas o los beneficios no aumentan en más de dos cifras.

A los sindicatos no se les oyó con fuerza hasta que no se rompieron las conversaciones por llegar a una reforma laboral consensuada, y me cuesta pensar que tuvieran sensibilidad ante la necesidad evidente de flexibilizar el mercado de trabajo.

La única certeza es que el sistema laboral español está enfermo desde hace lustros. Siempre arrastrando la vergüenza de ser uno de los países desarrollados que peor trata a sus trabajadores y donde la cifra de parados es el doble, como mínimo, que en el resto de sus vecinos occidentales.

¿Qué hacemos mal?

Es seguro que esta reforma laboral aprobada con prisas, bajo presiones financieras internacionales, es manifiestamente mejorable. Me da pánico pensar en esas cláusulas imprecisas que justifican un despido barato ante posibles pérdidas futuras de la empresa.

Yo trabajo en una multinacional que funciona razonablemente bien en su trato con el trabajador, tengo hermanas empresarias, amigos mileuristas y familiares en paro. Estoy en el mundo y sé que hay mucha miseria en las condiciones de trabajo de mi país.

Creo que no somos suficientemente observadores de las mejores prácticas. La educación en Finlandia es un modelo a seguir, copiemos. Las cifras de paro en Alemania u Holanda son ridículas con respecto a las nuestras, copiemos. Las universidades norteamericanas son ejemplos de excelencia, aprendamos de ellas.

Mañana trabajaré, con el corazón especialmente sensible y la oreja presta a escuchar todos los razonamientos.

lunes, septiembre 27, 2010

Romaníes

Apagada ya la burbuja de la información periodística de las expulsiones de los gitanos rumanos de Francia (la actualidad exige 'más madera' y a éste episodio ya no se le puede sacar más jugo por parte de la prensa), aún no se ha apagado mi indignación por el apoyo expreso de Zapatero a esa política de trazos gruesos, por decirlo en términos suaves, del populista Sarkozy.

No soy tan simple como para pensar que no es un problema la creación de guetos en nuestras ciudades, pero de un presidente, y más si es de izquierdas, se exige una política más elaborada que la de expulsar en masa a colectivos de una raza.

Desde el poder se ha querido demonizar a la comisaria europea Reding por unas declaraciones que daban en el centro de la yaga. Ella criticaba una circular expresa en la que se ordenaba a todas las prefecturas francesas desmantelar los campos de 'roms', gitanos rumanos.

Se crea un Derecho Europeo y una Comisión que vele por ellos, pero se les ridiculiza cuando tratan de hacer aplicar la norma.

Zapatero, tratando de entender los compromisos con Francia por su lucha contra ETA o la inclusión en el G20, podría haberse remitido a la declaración conjunta de Jefes de Estado. Pero no, apoyó expresamente a Sarkozy.

Si rompemos los ideales, ¿dónde queda la izquierda?

Cuando se aprobó la entrada de Rumanía y Bulgaria en la UE, se asumía que en poco tiempo habría libre circulación de personas. Y los gitanos lo son, le duela a quien le duela.

¿Que son pobres en su mayoría?, ¿que no se integran?, ¿que montan campamentos alrededor de las ciudades?

Habría que haber contado con ello y, si no se hizo, habrá que establecer políticas de integración, contar con el gobierno rumano para establecer mecanismos de repatriación voluntaria, escolarizar a los niños de estas familias, fomentar el aprendizaje de la lengua del país, establecer convenios entre organismos sociales, sindicales...

Recuerdo que nuestro alcalde socialista ordenó dar una bolsa de plástico con dinero en metálico, muchos miles de euros, a gitanos de un barrio de Sevilla para que se fueran.

A mí, en mi empresa privada, me exigen resultados y un código de conducta.

Yo, de izquierdas convencido e irreductible en mi posicionamiento social, critico con fuerza a los míos, porque a los Sarkozy de turno no me queda otra que soportarlos.

miércoles, septiembre 22, 2010

Reverte

Hace unos meses, desde un foro literario en el que suelo intervenir, me invitaron a participar en una charla-conferencia-mesa redonda sobre las novelas de viaje. Acepté. En principio me lo propusieron como suplente porque había en el aire la posibilidad de un gran escritor. El tiempo pasó y como el escritor conocido no daba el sí definitivo, me confirmaron a mí como ponente. La jornada en cuestión es el próximo domingo y es en La Casa Encendida, en Madrid.

La invitación tenía cierto sentido. Mi anterior novela, 'Andrea no está loca', se puede encuadrar como 'novela de viaje'.

Cuando ya la organización me envió los billetes del AVE y yo pasaba mi tiempo libre leyendo a mansalva novelas de viaje, el escritor reconocido dio un sí tardío. Los convocantes, encantados con la presencia de este hombre considerarían brusco 'desinvitarme' a mí, así que tanto el escritor de best sellers como yo mismo estaremos allí el domingo. Él se llama Javier Reverte.

A Javier Reverte lo conocía pero no lo había leído. A contrarreloj me fui a una librería y compré obras de él. Leí 'Dios, el diablo y la aventura'. Más que novela era un estudio histórico de la figura de un jesuita misionero en tierras etíopes allá por el siglo XVII. Me gustó.

Con ciertos nervios por la conferencia en cuestión, hace un par de días leo en la prensa local que el señor Reverte daría una conferencia en Sevilla para presentar su última novela, 'Barrio cero', ganadora del Premio Fernando Lara. Lo haría en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Oportunidad única para asistir, saludarlo, presentarme como próximo contertulio suyo y crear complicidades.

Pero no sabía dónde estaba la Cámara de Comercio.

Tras sucesivas llamadas que me llevaban de un teléfono a otro de forma surrealista, acabaron por confirmarme que la Conferencia tendría lugar a las ocho de la tarde de ayer martes en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Di mi nombre y una explicación de por qué quería ir.

Y me fui para allá.

A las ocho en punto comenzó la charla. No había mucha gente y el señor Reverte parecía más joven y delgado que en las fotos. Comenzó a hablar del mito de Sísifo, el hombre que nunca llegaba a terminar la tarea que tenía encomendada, para pasar a hablar más tarde, de forma muy detallada, de las Ruinas de Itálica.

No entendía muy bien, hasta que el moderador le interrogó, llamándole por su nombre, Javier.

Fue muy fructífero asistir a una charla sobre los trabajos arqueológicos en las Ruinas de Itálica a lo largo del último siglo, a cargo del que fue su director y gerente, Javier... Verdugo.

domingo, septiembre 19, 2010

25 años

A las nueve de la noche de un día como hoy, a finales de septiembre, hace 25 años, mientras sonaba lejana en el hospital la musiquilla de apertura de un telediario, escuchábamos las últimas respiraciones, cada vez más lentas, de mi madre.

Ya más de media vida sin ella, aún hay días en que me levanto confundido, décimas de segundo en que pienso que aún está entre nosotros, gracias a la magia de los sueños.

Fue tan duro el golpe, a mis dieciocho años, que tardé mucho en reconstruir los cimientos de mi nueva vida. Duro de entender porque, de golpe, me daban la medicina de lo atroz que es la muerte. Asumir que una mujer hermosa de cuarenta y pico años se podía ir así, tan despacio, sufriendo lo indecible sin que el hombre ni la medicina pudiesen salvarle de esa muerte anunciada.

Ya no me daría más besos al acostarme, ni volvería yo a ayudarle a liar croquetas, ni le enseñaría mis deberes, ni me prepararía más canelones con foie-gras, ni iríamos a comprarme la ropa en autobús al centro, ni desayunaría más con ella en ninguna casa de la playa. Ya para siempre huérfano, tocaba ir por el mundo desde entonces sin su protección.

Con cuatro hijos ya criados, no pudo disfrutar de su madurez, ni de un matrimonio hermoso como el que compartía con mi padre, ni de sus lecturas veraniegas, o los cafés de los martes con sus amigas o sus cabezadas tras las noticias. Ni ver a sus hijos hacerse adultos, ni conocer a su nieto, ni envejecer.

Sin que ninguno lo quisiéramos, nos estaba haciendo ese día de hace 25 años un regalo enorme: entender realmente la vida. Su dureza, sí, pero también su valor. Hacernos más fuertes.

Mis dieciocho años no me permitían ver en ella defectos que tal vez descubriría con el tiempo. Mi memoria es clara recordando su estilo, el cariño, la buena educación, su dulzura y generosidad. Pautas de comportamiento que se hicieron modelos para mí.

Mi espíritu claramente agnóstico entra en contradicción cuando pienso que uno de los cimientos de la nueva vida que reconstruí fue, y es, el de luchar por ser una buena persona, tener una vida recta y sana, hacer las cosas bien, ser coherente, cuidar de mi familia, ser fiel a mis amigos para no traicionar su memoria, hacer que se sintiera orgullosa de mí.

Esa búsqueda de la felicidad, que tan cerca tengo a diario, como homenaje eterno a mi madre muerta.

viernes, septiembre 17, 2010

Rayo de luz

Tras una semana de trabajo en Francia, me encuentro de vuelta a Sevilla en el aeropuerto de Orly.

Siempre temeroso de los atascos parisinos, tras llegar con el tiempo justo y esperar una enorme cola para facturar, al final de la fila de pasajeros me encontré con una azafata con cara y peinado de los años 50.

Con un francés exquisito, que hubiera cambiado a español de haberlo yo solicitado, me trató con una amabilidad insólita. Apenas un minuto de contacto para explicarme las cuatro cosas básicas que yo simulé desconocer por el placer de verla con sus ojos vivarachos dirigiéndose a mí.

Una frescura, simpatía y buena disposición que se reflejaba en sus ojos cristalinos de mirada directa.

Tomé mi tarjeta de embarque camino del kiosco de prensa de Orly diciéndome, ¡qué fácil es encontrar la felicidad en una sonrisa!

La vida es eso.

lunes, septiembre 13, 2010

Hilo negro

En mis tardes de biblioteca en la Escuela de Ingenieros, de las que guardo momentos imborrables, a pesar de la paliza de horas de estudiar que nos pegábamos allí, recuerdo una escena que se me quedó grabada.

Estaba en mi último año de carrera y llevaba acudiendo a esa biblioteca desde que entré. Un día, despistado como yo soy, encontré que habían instalado un 'torniquete' para acceder y era necesaria la tarjeta de estudiante para pasar. La gente protestaba porque nadie había advertido, y el bibliotecario explicaba con paciencia el nuevo método.

Cuando llegó mi turno, me dirigí a él para decirle que no traía conmigo el carnet de la universidad y, el bibliotecario, con cara de medio guasa, me soltó:

-Pasa, pasa, si tú eres más viejo aquí que el hilo negro.

Me quedé de piedra. Con el tono que utilizó se enteró todo el hall de la biblioteca.

En vez de tomármelo a mal me dio por reír. Tenía toda la razón y había sido ocurrente, sin faltarme el respeto.

Cuando la vida avanza, hay momentos en que me acuerdo de esta frase. Los años pasan y tenemos que progresar, que cambiar, que superar situaciones. La vida siempre pide más. Más combustible. Es insaciable.

Querámoslo o no, como nos quedemos parados... nos convertimos en hilo negro.

Analfabetos emocionales

Nadie obtiene un máster a lo largo de su vida en relaciones personales. Incluso los expertos, psicólogos, sociólogos o trabajadores sociales, encontrarán dificultad en aplicar sin pestañeo la teoría aprendida a su vida diaria.

Las personas somos imprevisibles frecuentemente, los años nos van cambiando y la escala de valores de cada uno de nosotros se va modulando hacia prioridades distintas con la madurez. Hay demasiados factores, en nuestro devenir mundano, como para poder construir ecuaciones que nos orienten hacia soluciones potentes y definitivas cuando nuestra pareja está triste, un hermano se cabrea contigo o un amigo comienza a aparecer menos por tu vida.

Partiendo de la base de la no existencia de recetas mágicas, el sentido común funciona bastante bien.

El problema es cuando el sentido común no funciona porque un individuo es un analfabeto emocional (concepto utilizado por mi amiga Mariángeles).

Por mi vida han pasado muchos, y muchas, de esas personas. No les huyo, pero trato de no hacer migas, a no ser que ya estén integrados en mi mundo.

Entre estos últimos, tengo amistades que se arrastran imperturbables por el amor de alguien, valorándose a la altura de un zapato y traicionando a los más cercanos por una cita a cualquier precio.

Yo mismo he llegado a creerme enamorado de gente así, personas que, hasta que las descubres en su infantilismo de inmadurez, te dañan y desconciertan, porque no se rigen por parámetros en que los sentimientos nobles sean la guía.

Recuerdo compañeros de universidad con expedientes impecables, impensables para mí, pero que no sabían darte la mano firme ni mantener la mirada. Grandes candidatos de por vida a no enterarse de la misa la mitad.

Gente que no sabe ponerse en la piel del otro, que rehúye conversaciones complejas, que prefiere una revista de coches a una novela, una sesión de gimnasio a una cena con velas, un vulgar programa de cotilleo a una buena película; no saben acariciar con movimientos suaves, ni encuentran momentos para decir que son felices, envidian a la gente sensible pero no investigan sus propias sensibilidades.

¿Cómo van a entender a sus parejas si ni siquiera se han planteado entenderse a ellos mismos?

En todo habrá un porqué. A saber dónde está el origen de esos desfases que hacen de muchos humanos, a veces brillantes profesionales en su terreno, auténticos analfabetos emocionales.

viernes, septiembre 10, 2010

Medio kilo

Dice mi amigo Miguel que un hombre, a partir de lo 35 años, engorda medio kilo por año. Es decir, que si queremos cuidarnos nuestro principal objetivo puede ser mantener el peso.

En la época universitaria recuerdo los descansos que nos pegábamos en la biblioteca por las tardes y cómo nos poníamos de palmeras de chocolate, batidos y demás porquerías. ¡Qué tiempos aquéllos! Podías comerte un rinoceronte por las patas que no engordabas. Pura energía, como si fuera una chimenea a la que echases leña, tu cuerpo todo lo fundía.

Cuando llegué a Francia caí rendido a los croissants de almendras. Para más inri, la boulangerie la tenía justo debajo de mi casa. No podía resistir ese olor que penetraba por todos lados. Es de esa época que recuerdo mis primeras luchas contra mi glotonería. Cada croissant que caía implicaba una vuelta haciendo footing a los Jardines de Luxemburgo. Y había días de frío y lluvia en que pasaba junto a los croissants sin mirarlos, de pensar en la carrera que tenía que pegarme luego.

Pocos placeres encuentro más completos que comer bien. Si, además, se es tan goloso como yo, el placer se transforma en venenoso.

Uno de mis sueños repetitivos es tener en mi habitación dos grifos. Uno lo abres y sale chocolate blanco, bien espesito y fresco. Del otro salen gominolas.

La vida se nos intenta hacer cuesta arriba con historias como las del medio kilo, pero no sabe que cuanto más viejos somos tenemos más capacidad de disfrutar otros detalles, no ser tan primitivos y pasar por al lado de croissants a los que, con mucho dolor, le hacemos cortes de manga imaginarios.

miércoles, septiembre 08, 2010

Sol

Saliendo esta tarde del trabajo, a eso de las seis, caía el sol de plano en esta Sevilla que habito.

Los que aquí vivimos llevamos tras nosotros, casi como maldición, ese sol enfurecido que amenaza con volvernos desierto de Arizona en este mundo cambiante de contaminaciones, poco respetado, que se acalora a marchas forzadas.

Sin embargo yo, sin defenderme absurdamente de las críticas a mi tierra, disfruto del sol.

El cielo azul de Sevilla, que tantos meses dura, me da vida.

Es, para mí, una alegría convivir con esa certeza de luz infinita en la que llevamos moviéndonos casi toda nuestra existencia. Cuando estoy enfermo, alicaído o estresado pienso en días plenos de luminosidad para buscar la vida con mayúsculas, el corazón batiendo fuerte.

Sé lo que es el calor, como pocos pueden saberlo mejor que los que vivimos en esta vieja urbe.

No refuto nada, no critico a nadie, no utilizo argumentos peregrinos de provinciano ni justifico mejor vida aquí que en ningún otro sitio del mundo. Faltaría más.

Simplemente razono en la felicidad propia y pienso en lo afortunado que me siento teniendo a 'Ra' tan cerca. Fuerte, agresivo, directo, deslumbrador, potente.

lunes, septiembre 06, 2010

Batas blancas

Cada uno tenemos nuestro historial más o menos intenso, dramático, desesperante o satisfactorio con la medicina, pero ésta es una parte de nuestra vida que no podemos obviar, la de los hospitales, consultas y radiografías.

Mi primer recuerdo, a parte de las visitas al médico de cabecera por gripes o las revisiones escolares, fue la operación a la que fui sometido en quinto de EGB -tendría que hacer cálculos para averiguar la edad- para corregir mi estravismo, o bizquera. Fue tal el impacto de esa luz de quirófano, de la separación de mis padres, la sangre, las vendas, el postoperatorio, que resulta imposible de olvidar.

Desde entonces mantengo una innegable admiración por el oficio del sanitario. Médicos y enfermeros.

Quien se enfrenta al cuerpo humano de frente, al enfermo, en cierto modo a la muerte, contiene en sí mismo un valor encomiable. Relativiza a cualquier otra de las profesiones.

En mi época de adolescencia en que hice frente al choque tremendo que supone aceptar la certeza del morir, tuve un momento de 'crisis' en mi relación de adoración hacia ese mundo. ¿Para qué afanarse en curar si no son más que parches en un cuerpo que no tiene más que un final conocido?

Luego han llegado muchas operaciones familiares, algunas realmente de vida o muerte, he conocido salas de hospitales dedicadas a enfermos terminales. Oncólogos, cardiólogos, psiquiatras, traumatólogos, cirujanos, enfermeros de la UCI, de ambulancia, médicos de urgencia.

Están donde la mayoría de nosotros no queremos estar, asumen como habitual en sus vidas el dolor de los otros, sus angustias y lo hacen, en la mayor parte de los casos, con una profesionalidad encomiable.

Sabemos que nos tendremos que cruzar con ellos muchas veces en nuestras vidas. Por nosotros y por los nuestros. Y estarán allí, poniendo lo mejor de ellos...

sábado, septiembre 04, 2010

La casa de la playa

Tuvimos la osadía hace unos cuatro años de embarcarnos en la compra de un pequeño apartamento en Conil.

Cuando nos lo vendieron nos explicaron que jamás construirían delante nuestra y tendríamos de por vida las maravillosas vistas del río Salado, del campo de Vejer, el Parque de la Breña y el faro de Trafalgar, la torre de Castilnovo y las playas vírgenes que conducen al Palmar.

En menos de un año se presentaron grandes excavadoras para meterle mano a ese terreno vendido como eternamente virgen, en esas estrategias rastreras de una importante parte del mundo empresarial, especialmente inmobiliario, por mentir, deformar, hacerse los locos...

Afortunadamente, las edificaciones de enfrente dejaban un hueco justo frente a nuestro dormitorio, por lo que mantuvimos en gran parte las vistas que nos enamoraron. Aunque ahora haya que desnudarse observando de reojo a un posible vecino mirón.

Con los primeros inviernos, el terreno empezó a ceder, las humedades a entrar. El dinero gastado en pintar, empapelar algunos rincones... se resquebraja con las grietas de casi un centímetro que rajan de arriba abajo el edificio. Ese edificio de materiales de primera.

Escrúpulos, ninguno.

A pesar de todo, no estamos en absoluto arrepentidos de habernos hecho con este pequeño lugar del mundo de la costa gaditana. Este verano han estado por aquí casi todos nuestros grandes amigos. Marta con su sonrisa eterna, inocente de ideas claras, Isaac el revolucionario, sacándonos cada dos por tres de paseo, Mariángeles de conversaciones profundas y divertidísimas, David pura educación y cariño, Miguel, el portugués más vitalista, Vincent y Elodie, nuestra pareja francesa favorita, siempre asombrados por los pasionales españoles, Raúl el tranquilo y observador, Cinta con sus nervios de boda próxima, Pilar lectora empedernida y entusiasta de paisajes nuevos, la Polemique de paseos larguísimos por la playa.

Que nuestra casa de la playa, un verano más, sea el lugar de encuentro de nuestros amigos es el mejor sortilegio contra grietas y mirones.

viernes, agosto 27, 2010

Ternura

Este fin de semana he llevado a mi padre a la playa, como tantos otros.

Era media tarde de viernes, oíamos la radio y, en un momento dado, giré la mirada y le vi dando una cabezada, intentando luchar por no quedar dormido. Fue una ráfaga de menos de un segundo. ¡Lo vi tan mayor!

Esa misma noche, ya en Conil, mi amigo David nos hizo una foto a los dos mientras veíamos la pantalla grande de una retransmisión deportiva. Perfil de padre e hijo. La foto no tenía desperdicio. Era yo y mi futuro, él y su pasado. La misma nariz grande, el mismo poco pelo, idéntica postura.

Sigue siendo tan seductor como siempre, elegante y buen conversador. A pesar de las operaciones a corazón abierto continúa con su rutina de cervezas de mediodía y sus tardes rodeado de libros de historia, gran parte de ellas solo en su casa, la que fue nuestra durante tantos años de infancia, adolescencia y juventud. La que nos sirvió de nido para crecer en un ambiente espléndido, roto de cuajo por la muerte cruel y lenta de mi madre.

Siempre tendré en mi cabeza su llanto calmado, con las manos de su mujer en el lecho de muerte, mientras se apagaba en un último suspiro y cómo él le decía suave... 'mi rubia, mi rubia...'

No sé cómo podía estirar tanto su sueldo de perito agrícola para haber conseguido darnos siempre lo que necesitábamos, incluso más. Veraneos de tres meses en la playa, estudios universitarios.

Los años últimos van llegando y no sé cómo de fría se siente la llegada del final, ni qué pasa por su cabeza cuando el corazón le flaquea y le obliga a meterse bajo la lengua una pastilla contra los infartos.

A mi padre sus hijos le hemos hecho más abierto en su visión de la vida, él nos ha educado a ser personas respetuosas.

No olvido los abrazos, escasos sí, pero sentidos, que me ha dado en los momentos críticos.

Es tan reconfortante saber que tienes a alguien tan incondicional a tu lado como desasosegante admitir que sin él ya no habrá más ángeles de la guarda con nosotros.

Miré al lado, lo vi dar cabezadas y me produjo una inmensa ternura.

Materia

Entre los recuerdos de mi infancia está el armario sin fondo de la habitación de mi abuela.

Como en los cuentos de hadas, este armario poseía cualidades mágicas. Allí entraba mi abuela (sí, casi entraba de cuerpo entero) y sacaba cualquier cosa. Rebuscaba sin dejarte mirar, y aparecía con caramelos, con un regalo, un libro, fotos, galletas, periódicos, un reloj de su infancia, un juguete de antes de la guerra...

Había noches en que mis padres nos dejaban allí para dormir mientras ellos se iban de cena y, como yo era el más noctámbulo de mis hermanos, acababa durmiendo en su gran cama.

Cuando abría el ropero a mí me daba pánico y excitación. ¿Qué sacaría esta vez de ese agujero negro?

Conozco a mucha gente como mi abuela, incapaz de tirar nada a la basura, recogiendo cada pizca de materia de sus recuerdos.

Yo, en cambio, soy especialista en tirar, en no coger cariño a lo material. Hacer limpieza y retirar todo lo que significa pasado. No por temor a nada, ni como protección inconsciente, creo, a que ataquen fantasmas venidos de otros tiempos.

Un coche, una casa, un reloj, una camiseta... no son más que materia.

Mi memoria no es especialmente rica ni detallista, pero prefiero jugar con mis emociones y el pequeño almacén de mis neuronas. No quiero enfrentar las pelusas de objetos venidos de otras vidas, mías, sí, pero que ya quedaron atrás.

lunes, agosto 23, 2010

Truenos

En los años de esta década que termina en que estuve trabajando en Francia, hubo una tarde de invierno lluviosa en que mi jefe me convocó para una misión importante. Uno de los principales proveedores de Renault había cometido un serio error de calidad, provocando una crisis de grandes proporciones en el montaje de un determinado tipo de motores que ponía en peligro el montaje de nuestros vehículos. Ese fabricante estaba en México y mi empresa había decidido enviarme durante un período de tres meses allí para auditarles y construir las bases para evitar ese tipo de incidentes en el futuro.

Mi jefe, francés, me lo decía con nervios, incapaz de anticipar mi reacción. Yo puse cara de preocupación de cintura para arriba, la que yo mostraba por encima de la mesa, mientras mis piernas se movían locas por debajo no pudiendo controlar mi felicidad por la experiencia que me proponían y la confianza que depositaban en mí.

-¿En qué ciudad de México? -pregunté, serio.

-En Torreón.

Jamás lo había oído: Torreón. En pleno desierto del norte, en el estado de Coahuila colindando con el de Durango. Ciudad fundada en los albores del siglo XX.

Esa noche llamé a mi padre a Sevilla, nervioso de felicidad y responsabilidad.

-Papá, me destinan unos meses a México.

Le conté por encima en qué consistía la misión y él, henchido de orgullo, me preguntó.

-Pero, ¿a qué parte de México?

-A Truenos -contesté, traicionado por los nervios y la poca memoria.

Durante mucho tiempo he mezclado ese Truenos imaginario con el Torreón real. Allí descubrí la hospitalidad mexicana. No creo que vaya a conocer en el resto de mi vida un pueblo más cariñoso, acogedor, entregado. Hice grandes amigos, con los que aún me mensajeo por internet.

Ahora me cuentan que esa ciudad en la que yo tanto aprendí, humana y profesionalmente, tranquila para pasear en aquella época de 2003, donde tomábamos cerveza y arracheras en restaurantes de grandes patios blancos al aire libre, ese Torreón que yo tengo entre mis mejores recuerdos se ha convertido en territorio golpeado por el narcotráfico salvaje e impío.

Mi amigo Ricardo me dice, desde allá, que nada es lo que era. Que ya no podríamos ir tranquilos a pedir canciones apuntadas en servilletas al 'Señor Tequila', ni asomarnos al parque donde unos jardines producen eco, ni al mercado los domingos porque allá, en mi querido Torreón, los truenos no son imaginarios.

viernes, agosto 20, 2010

Rencor

No soy de las personas que perdonen con facilidad, y no sé hasta qué punto es un defecto o una cuestión de coherencia. Ni si querría ser de otro modo, la mayoría de las veces sí. Olvidar las actitudes degradantes hacia mí o hacia los míos, o hacia mis principios, la ética o el ser humano es una misión complicada.

Tal vez, llegados a una edad, justifiquemos nuestros errores como virtudes porque no somos capaces de deshacernos de ellos.

El verano de mis diecinueve años, mi madre recién muerta, la terrible carrera de ingenieros recién comenzada y una crisis existencial tremebunda, nos fuimos a pasar un fin de semana a Matalascañas, a casa de mi tía Elo. La única hermana de mi madre. Íbamos mi padre, mi hermano David y yo, un poco perdidos tras llevar toda la vida veraneando, la familia unida, en la playa de La Antilla.

En un momento dado, mi hermano se tiró en un sofá de esa casa de verano. El marido de mi tía, entonces, le gritó como un energúmeno que quitará 'las pezuñas' del sofá.

De un golpe, me acordé de tantos años aguantando sus ronquidos en mi habitación infantil, cuando dormía en la litera en sus frecuentes visitas a Sevilla como novio de mi tía. Me acordé de cómo mi madre se comportó con él de forma exquisita durante muchísimos años. De todos los veranos que le hacía un hueco en nuestro chalet para pasar semanas con nosotros. De lo generosa que había sido mi familia con este hombre.

Yo me enfrenté a él, le dije con todo el cuerpo temblándome de rabia, que no volviese a hablar así a mi hermano pequeño. Que pronto olvidaba todo lo que mi madre había hecho por él. Mi tía Elo me apartó y yo le dije a mi padre que quería irme de allí.

Nos quedamos.

A las dos horas mi hermano David estaba jugando al fútbol con él en la arena y yo, en cambio, sigo recordando con rencor ese episodio.

Ahora sé que la vida le trata mal en forma de enfermedad. Deseo de corazón, por él y sobre todo por mi tía y mis primos, que las cosas vayan a mejor.

Del mismo modo que sé que se debe ser más feliz jugando al fútbol dos horas después.

Tendré que ir practicando.

jueves, agosto 19, 2010

Lo que no conozco

Me gusta leer a Paul Auster en inglés. Y disfruto con un diccionario al lado anotando la traducción de una palabra por página. Tore up es romper, to sob es sollozar... Y apuntarlas en un archivo Excel para repasarlas frecuencialmente. Me gusta visitar los lugares que describe Auster, recorrer los barrios de Brooklyn y llegar con él, a través de uno de sus personajes, a un poeta de la época de Dante Aligheri, e investigar esa época, la del medievo italiano para, a partir de ahí, atravesar el Atlántico y los siglos en busca de otras mentalidades en un mundo que aún era plano, para poder entonces admirar la determinación del hombre por buscar la redondez, al ver el horizonte finito y la luna rota por una sombra de una tierra circular.

Aprender de lo desconocido es encontrar una mecha sin final para apreciar la vida. No encuentro motivos mucho más fuertes, salvando el amor y el sexo, para sentirse vivo en plenitud.

Recorrer el mundo con los ojos abiertos, la humildad por bandera y la inocencia necesaria para asombrarse ante un nuevo verbo en inglés, una explicación diferente del funcionamiento de un motor de combustión de tres cilindros o acerca de las terapias para tratar a personas bipolares.

Pensar que hay tantos paisajes por descubrir, tantas conversaciones pendientes, escritores desconocidos que nos deslumbrarán, situaciones históricas que, quizás, cambiarán el mundo.

Leyendo a Auster...

martes, agosto 17, 2010

Cutre

Muy a mi pesar, este veraneo a punto de acabar en tierras conileñas confirma algo que me duele reconocer. El turismo medio español, el veraneante que se pasea por sus playas y se tuesta al sol es fundamentalmente cutre. En su forma de hablar a gritos, en los modales, en la vestimenta, en la educación social.

Junto al bloque donde está mi apartamento hay todo tipo de contenedores: para plástico, vidrio, papel, ropa para tirar y basura genérica. Por no desplazarse unos metros, el contenedor más cercano a la vivienda, el de papeles, está rodeado de una montaña de bolsas de basura, todo por no andar unos metros más.

Las playas parecen el 'far west'. Tira la cajetilla del tabajo, las colillas y deja las botellas de plástico, que ya vendrá quien las recoja.

Tumbarse un rato tras un baño es una odisea. Los gritos a los niños como si estuvieran en el patio de su casa, sin pensar que hay gente que trata de relajarse estos días de verano y oír el rumor de las olas. '¡¡¡Vanessaaaaaaaaaaa, tráeme un botellín del chiringito!!!'. Que sus niños te echen arena encima o te den balonazos es parte de la tradición, que tú no quieras oír sus conversaciones futboleras lo deben encontrar un sinsentido.

Los veraneantes españoles, salvo excepciones, están habituados a hablar a voz en grito aunque sean las dos o las cuatro de la mañana, aunque pueda haber gente durmiendo y enfrentando el calor con las ventanas abiertas.

Entiendo que la situación económico-social del país está complicada, que el esfuerzo que hacen muchas familias por conseguir unos días de descanso es totalmente merecido. Y que deben de disfrutarlos a manos llenas.

Pero eso no quita para que yo ande todos los días varios kilómetros de playa salvaje para llegar a un lugar donde poder bañarme y olvidarme de lo cutre que es el veraneante medio de nuestro país.

domingo, agosto 15, 2010

La mezcla

Una de las cualidades más sanas que tiene todo veraneo es la mezcla.

Estas vacaciones nos están permitiendo estar con gente de media España, y Europa.

Estar en una cafetería, tumbado en la playa, tomando una copa o paseando e ir oyendo otros acentos. Con el relax propio de estos días sin estrés que justifiquen prisas, andamos predispuestos a entablar conversaciones con personas que no se cruzarían de otra forma en nuestra rutina diaria.

Poder escuchar de boca de un zaragozano cómo van las cosas por su ciudad, o que un francés de Toulouse te explique en qué consiste su trabajo, oír los cánticos de un grupo de catalanes celebrando un cumpleaños.

Es el momento también de ofrecer, a los que nos quedamos en nuestra tierra, toda nuestra disposición a compartirla, mostrar cómo somos sin maniqueísmos ni topicazos.

Veraneos como turmix en que tomas a la población y la revoleas de un lado a otro, para que se toquen, se escuchen, se rían juntos. Darnos cuenta que el mundo es grande, nuestros pueblos pequeños y no tienen sentido los pequeños localismos de creerse más o mejor que otros.

A mí me gusta la mezcla. Cuanta más, mejor. Más sanos seremos.

jueves, agosto 12, 2010

Coacciones

Pocas cosas me revientan más que la falta de libertad, pero no hablando de ello como concepto abstracto y alejado de nosotros, sino cuando se traduce en una realidad física y, sobre todo, cuando se excusa basándose en otras 'verdades' que suelen tener mucho que ver con religiones, dictaduras o nacionalismos de mira estrecha.

Es una coacción enorme la que provoca el mundo extremo islámico sobre el libre pensamiento. A mí mismo, aún siendo leído por pocas personas, me da pánico pensar en las consecuencias de una crítica a esas yihads o fatuas que condenan al que piensa distinto. Juegan con el miedo para imponer un pensamiento único. Ahora nos llegan ecos de lapidaciones a mujeres por el hecho de llevar una vida sexual independiente, antes nos llegaron condenas a escritores o a dibujantes. Es indignante pensar en dirigentes como Ahmadineyah, el dictador iraní que 'ganó' unas elecciones fraudulentas, que utiliza con esa risa socarrona soflamas negacionistas del holocausto para justificarse ante un pueblo narcotizado por informaciones que sólo llegan de un bando. Como su amigo Hugo Chávez, otro impresentable que cierra las televisiones y periódicos que no comulgan con su populismo cateto, trasnochado, apoyado en argumentos interesados en que la culpa, siempre, es del otro, llámese Colombia, el Capital o los yanquis. No de él, que gestiona el país como una finca.

En menor grado, pero no por ello más aceptable, hemos vivido y vivimos los últimos decenios en regiones, nacionalidades o naciones de España (no tengo problemas en llamarlas de acuerdo a esas tres distintas acepciones, porque entiendo que cada cuál la pueda sentir a su manera) que sufrieron enormemente en el pasado una falta de libertad para hablar su lengua, proteger su autogobierno o mantener su cultura. Hablo, efectivamente, de Euskadi y Cataluña. De la coacción que supone para cualquier ciudadano que no se sienta nacionalista expresarse en libertad. No lo puede hacer aún más si vive en una pequeña población guipuzcoana donde el único discurso es el del odio a lo español. Ni siquiera en temas tan banales como el fútbol. En este último Mundial, las calles del País Vasco estaban desiertas pero los gritos de gol de la selección se cantaban con las ventanas cerradas y con sordina, porque nunca se sabe qué pueda pensar, o a quién conocer, el vecino...

En el caso catalán el sibilinismo nacionalista es aún mayor. Es cierto que las encuestas hablan de un 20-25% de independentistas. Pero eso implica un 75-80% que no lo son. En cambio, el patio de vecinos está tomado por los que forman la minoría. Volvamos con el fútbol. En un país, como el catalán, donde más del 50% de la población se siente tan catalana como española, ¿por qué no se ve una sola bandera de nuestro país en el campo del Barça?, ¿hay libertad real para hacerlo o te juegas el tipo? Todo está tamizado por el pedigrí del buen nacionalista. A mí las banderas me traen al pairo, pero un chaval que vaya al fútbol en ese ambiente sólo ve un sentimiento permitido. Y Cataluña es más grande que eso.

Cuando desde pequeño el discurso correcto que oyes es el del odio, salvo que uno tenga mucho valor, convicciones fuertes y ganas de complicarse la vida, el discurso contrario queda diluido y arrinconado.

Es como cuando un homosexual lleva toda la vida oyendo chistes homófobos y ridiculizaciones de su condición, ¿quién es el valiente que se manifiesta tal como es?, o aún más, ¿quién se atreve a defenderlos sin que le acusen de 'mariquita'? Afortunadamente, en este campo, la sociedad va avanzando gracias a leyes que protegen al que es minoría. Del mismo modo que Patxi López ha hecho mucho bien luchando contra la ignominia de permitir cartelería de asesinos por las calles vascas.

Yo quiero una cultura islámica justa, abierta, como la que se dio en sus orígenes. Quiero una España abierta, plurilingüe, en que Cataluña y Euskadi sean lo que quieran ser, pero sin coacciones.

martes, agosto 10, 2010

Paisaje nocturno

Salvo los domingos, todos los días de estas vacaciones de verano estoy consiguiendo tener la fuerza para buscar las zapatillas de deportes y lanzarme, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol cae, a correr por la playa casi desierta que une Conil con el Palmar.

En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.

Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.

Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.

A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.

De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.

Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.

¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?

Me niego a tomar partido.

sábado, agosto 07, 2010

Zapatazos

Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.

No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.

Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.

Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.

El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).

El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:

¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!

Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.

Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.

La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:

¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!

Jeje.

martes, agosto 03, 2010

Lo sobrio

Lo austero.

Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.

En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.

Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.

Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.

Yo busco lo blanco, la luz.

Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.

No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.

Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.

Yo lo llamo sobriedad.

domingo, agosto 01, 2010

Portazos

Hace pocos días terminé una cena de forma abrupta, con un portazo, con una persona amiga que me importa mucho.

Torpes los dos, cada uno escudándonos en nuestras razones, dolores y frases dichas.

No hay nada más inquietante en una relación de amistad que la falta de bases sólidas que den estabilidad, porque eso es precisamente lo que la define. La amistad es, por encima de todo, seguridad, estabilidad.

Son tantos años, que se cuentan en decenas, que da rabia admitir que no nos entendemos, que algo falla.

Cuando, además, uno tiene la seguridad, quizás equivocada, de tener la razón (que nunca nadie tiene del todo) es más difícil dar el paso de reabrir puertas.

Es doloroso pensar que una persona que te importa mucho, a la que no le deseas otra cosa que lo mejor que le pueda ofrecer la vida, puede quedar para siempre al margen de tu aventura vital.

Aunque nunca se puede renunciar a futuras oportunidades, son dos tropiezos graves ya, algo falla y, aún así, le mando el más sentido de mis besos a la princesa de los colchones.

viernes, julio 30, 2010

Al acecho

Cuando estamos de vacaciones, venimos de períodos tan marcados por el dominio de la rigidez del tiempo que nuestro cuerpo parece querer someterse a normas que le lleven a rutinas nuevas, tratando de sortear cobarde la libertad de no tener que acoplarse a ritmos contados en minutos.

A Conil me he traído ganas de estar con mi pareja, libros por leer, tiempo para correr por la playa y pasearla, para tirarme al mediodía, sed de cervezas y gintónics con pepino, horas para jugar con Iván, folios en blanco para escribir, monedas para comprar periódicos, ratos con mi padre y charlas con Marian en La Sal, amigos por recibir en nuestro pequeño apartamento siempre dispuesto.

Sin embargo, acecha el ansia de no desaprovechar el tiempo. Ataca sin piedad cuando te levantas tarde, o al pasar toda una mañana en casa, o si las novelas que te has traído no avanzan, o no te gustan, o algún día no te apetece correr.

Sorteo con relativo éxito ese remordimiento escondido, dañino, medíocre que trata de condicionar mínimamente este tiempo merecido de no hacer nada que no apetezca. Ataca, eso sí, con argumentos bien construidos: todo el año currando para esto, tienes que disfrutarlo, el tiempo es limitado, aprovecha, no te duermas, no llegues tarde, sigue leyendo, llama a Cristina, llama a David, no dejes de ver cine, ni de visitar Tánger, ni de hacerte una paella a la semana...

Es un placer salir casi indemne de esa lucha y entender que la norma en estos días es no tener reglas.

Liberar pulmones y respirar.

miércoles, julio 28, 2010

Observación

La primera vez que fui consciente del placer que provocaba observar a los otros llegó muy lejos de aquí, en el tiempo y en el espacio. Tenía 21 o 22 años, viajaba haciendo interrail por toda Europa, con mucha ilusión, poco dinero y la mochila llena de conservas.

Estábamos en la estación de ferrocarril de Estocolmo, a punto de tomar el tren que nos llevaría al norte del país, contorneando el mar Báltico para llegar a Helsinki. Derrotados y hambrientos, sentados en el suelo apoyados en unas taquillas a lo largo de un ancho pasillo donde la gente caminaba deprisa, con maletas, agarrados de la mano, dándose besos, rebuscando un olvido de última hora en el equipaje, me sentí transparente. Yo podría perfectamente no estar ahí, de hecho era lo estadísticamente razonable, que un sevillanito veinteañero no estuviera observando a tanto nórdico pulular en su cotidianeidad de viajes ferroviarios.

Recuerdo horas allí, en silencio, mirando a lo más próximo.

Me gusta mirar a las personas, estudiarlas, tratar de adivinar qué esconden bajo sus conversaciones, sus miradas o sus prisas. No tengo memoria para vestidos o coches, pero sí la tengo para las personas y las ciudades. A cada cuál le funciona el almacén de los recuerdos de una determinada forma, y yo debo tener tan pocos megabytes en mi cabeza que selecciono de forma natural.

Observar es una actitud. Dejarse llevar por los movimientos en los demás, sus conversaciones, sus gestos.

Aprender del mundo mirándolo.

lunes, julio 26, 2010

Verano

Tirado en la arena estos primeros días de vacaciones, vienen frecuentes las imágenes de playas pasadas, calores similares.

Hubo un tiempo de mi pasado en que huí de los días largos de arena, mar y chiringuitos; recorriendo Europa, visitando España o manteniendo el campamento base de Sevilla con escapadas puntuales.

Venir durante un largo período de tiempo al dolce far niente playero es volver a la infancia, al descubrimiento de la amistad, del amor, del sexo...

Sé que pertenezco al selecto club de los privilegiados que tuvimos una niñez feliz, con veranos de tres meses eternos junto al mar.

Esos tiempos de sol que aprovechábamos para hacer pandilla y descubrir el mundo.

De entonces tengo recuerdos de grandes siestas, de pasar las mañanas leyendo el periódico y comenzar a leer a los clásicos de mis años juveniles, Delibes, los Cinco o esa gran batalla de Trafalgar de Galdós.

Era vida familiar, en que se descubrían de los padres y hermanos facetas impensables en las épocas de ciudad, cuando los ritmos y horarios constreñían el desenvolvimiento en total libertad.

Volver al verano es recuperar la inocencia, sentir que de nuevo el tiempo es nuestro y controlamos del todo nuestra vida.

jueves, julio 22, 2010

Puntos negros

Gran defensor de la Sanidad Pública, en los últimos tiempos me he visto obligado a hacer un uso de ella al que no estaba acostumbrado; en la mayor parte de los casos por achaques propios de un cuarentón que siempre presumió de una salud de hierro.

La ultima ocasión ha sido hace unos días. Acostumbrado a leer tumbado en la playa durante horas, incluso cuando el invierno lo permite, hace menos de un año que comencé a incomodarme con un puntillo negro, móvil, vítreo, licuoso y poco definido que campaba a sus anchas entre las letras de mis libros, llegando a invadir hasta el espacio visual rojizo de mis ojos cerrados frente al sol.

La hipocondría es el peor de los inventos. Imaginaba a los puntos negros reproduciéndose inmisericordes por todo mi ojo derecho antes de lanzarse a la conquista del izquierdo.

La inquietud se acrecentó cuando la médico de guardia me dio cita, sin dudas y con premura, con el oftalmólogo.

Un par de semanas, un colirio anestésico y un aparato metálico sacado de otra época más tarde, el especialista ocular me dijo que no había nada de qué preocuparse, que tomando diariamente unas pastillas de vitaminas específicas para el humor vítreo, éste recompondría nuevamente la figura.

'Y cuando el punto negro vuelva a salir, que lo hará, de nuevo un mes con estas pastillas'.

La vida se irá presentando así, con la desfachatez de quien comienza a tener goteras sin temblarle el pulso. La actitud más inteligente estará, sin dudarlo, en saber ir madurando en compañía de los puntos negros y sus secuaces.

sábado, julio 17, 2010

Memoria

Esta semana pasada tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo amigo de la época lejana en que pasamos de adolescentes a adultos.

Un email de la que fue mi promoción del colegio para reunirnos en el XXV aniversario nos sirvió para rebuscar entre los destinatarios y contactar.

Tras pasarnos los teléfonos y morirnos de risa escuchando nuestras voces surgidas del túnel del tiempo, quedamos en un café de la Avenida.

A través de él recordé lo que no conseguía traer a mi mente, ¿en qué momento habíamos dejado de vernos? En un camping de las afueras de París, ésa era la respuesta y me la dio él. Recorrimos Europa con interrail y yo me quedé unos días más en mi ya por entonces adorada capital francesa. Teníamos poco más de veinte años.

Por entonces él se había echado novia, su actual mujer, era verano, cada cuál fue tirando para un lado y no nos volvimos a ver.

A mí, de él, me venían imágenes menos elaboradas. Lo recordaba con su seat ibiza rojo y escuchando música británica: Lloyd Cole, Prefab Sprout, Lisa Stansfield... Me acordaba de la calle donde vivía, que estudiaba Derecho y que me llevaba bien con él.

En cambio, a mí me preguntaba cosas concretas que me hacían volver a tiempos pasados de forma vertiginosa, porque quizás la memoria está en los detalles y cada persona tiene organizada su cabeza de forma distinta, ordenando la información según sus neuronas estén configuradas o su manera de ser sea más sensible, compleja, práctica o selectiva.

Fue un verdadero shock en positivo.

Poco cambiado en lo físico a pesar de los veinte años pasados, me transmitía lo que tal vez viera él reflejado en mí como un espejo: los desengaños vividos y la paz interior de quien no se mueve ya por tonterías.

Quiero pensar que los años que pasan por mí no quedan en el olvido, a pesar de que a veces necesite un catalizador en forma de detalle para sacarlos a la luz. Me gustaría creer que no han desaparecido para siempre las conversaciones, excursiones, borracheras de juventud, peleas y abrazos.

Entiendo que yo los almaceno de forma más caótica que el resto, pero que están ahí; que mis vivencias se acumulan para hacerme con el tiempo una persona mejor, más llena, aunque mi memoria sea perezosa para alimentar mi día a día.

Quiero creer que, cuando acuda a ella, me responderá con todo lo vivido.

miércoles, julio 14, 2010

Lenguas de fuego

No era, pienso, un espíritu cotilla el que me hacía imaginar en mi época de estudiante de bachillerato que, sobre el resto de los alumnos y alumnas que compartíamos la clase se apareciera una lengua de fuego encima de las cabezas que sólo yo pudiera ver acto seguido al lanzamiento de una pregunta tan sólo imaginada por mí. 

¿Cuántos tienen padres divorciados? Y la lengua de fuego se levantaría sobre dos, tres o doce de mis compañeros ¿A cuántos se les ha muerto un familiar cercano? Entonces comprendería mejor el dolor de algunos ¿Quiénes han dejado de ser vírgenes? ¿Cuántos son homosexuales? ¿Quién tiene una familia arruinada? ¿Quién tiene una enfermedad grave? ¿Cuáles de ellos trabajan para pagarse sus estudios?... 

Sí, yo era tímido en mi época juvenil. Y sí, tenía muchas dudas sobre mi lugar en el mundo. ¿Hasta qué punto mi familia, mis circunstancias, mis emociones eran normales? 

Las lenguas de fuego no aparecían y eso me enseñaba que la vida había que trabajársela, que era necesario indagar, conectar, no recluirse, compartir palmeras de chocolate en los recreos para escuchar, aceptar invitaciones a fines de semana en el campo de amigos que a lo mejor me daba terror visitar, huir del calor de mi habitación, mis libros, mi familia. 

Tengo la enorme fortuna de tener dos hermanas mayores, emprendedoras, lanzadas, divertidas y conectadas con el mundo real que se preocuparon sin forzarlo de hacerme cómplice de ellas, de la estupidez de ser un tímido enfermizo. Con ellas viví las primeras borracheras, pero también conocí a gente de edades diferentes con las que congenié, ellas me dieron mis primeros trabajos vendiendo tiquets en festivales de música o tras la barra de un bar y con ello la posibilidad de descubrir a una mujer que trabajaba en Galerías Preciados y vivía con un chufla, a una enfermera que trabajaba en una UCI y a pesar de ello reía a boca llena, a tipos buscavidas que trapicheaban con lo que fuera necesario para sacarse pelas, a imbéciles taciturnos, a profesores de universidad, a limpiadoras, recepcionistas y arquitectos. 

Curé mi timidez a base de no encerrarme en casa obedeciendo a la inercia de un tipo introspectivo, convirtiéndome en un ser mucho más válido al renunciar a enfocar mi vida en una sola dirección. Mis hermanas me sacaron del mundo imaginario de las lenguas de Pentecostés.

lunes, julio 12, 2010

Coherencia

Con 42 años ya cumplidos, si hay algún comentario sobre mi persona que me agrade es el de ser coherente, a pesar de las contradicciones a que a veces la vida nos empuja.

De la misma forma, valoro enormemente esa cualidad en los demás.

En el día a día y en los proyectos de vida, un amigo o familiar que se vea venir es una garantía de estabilidad para uno mismo.

Vamos conformando nuestra personalidad sin percatarnos, a base de encuentros y desencuentros, topándonos con gentes, situaciones, sorpresas que nos ponen a prueba, coartándonos o no, en el trayecto emocionante que es el vivir.

Dar giros en redondo despista.

No me gusta hacer nudismo en la playa, me asusto con facilidad, adoro el chocolate blanco, soy reservado con mi intimidad, me gusta el Betis, Paul Auster y visitar París con frecuencia, me considero agnóstico, de izquierdas y puntual, con fuerza de voluntad, nada frívolo y amante de las cenas largas. Soy, mal que me pese, rencoroso y susceptible, siempre en lucha por corregir esos defectos en mí. Obsesivo con las normas de educación o intolerante con el maleducado, doy importancia al saber estar como principio de comportamiento.

Quiero ser coherente, potenciando mis virtudes e intentando ir, poco a poco, dejando atrás lo que detesto en mí.

viernes, julio 09, 2010

Pijos

No he de negar que durante gran parte de mi vida he rozado, coqueteado, detestado, ahuyentado, asumido, desconfiado, relatado respecto al mundo pijo.

¿Pero qué es ser pijo?

Es un buen ejercicio de reflexión tratar de definir palabras como éstas, de tan variopinta explicación dependiendo de quien la piense.

Yo he mantenido durante mucho tiempo como base de lo que es ser pijo el hecho del estricto respecto de la vida prevista. Me explico. Había una coincidencia entre las personas así consideradas, de mi entorno, y sus meriendas de las cinco, su ropa previsible, sus domingos en misa o la actitud sorprendida de ojos abiertos ante los descubrimientos del mundo.

¿Implica ser pijo tener dinero? Digamos que ayuda a mantener esa vida de rutinas, ¿implica ser rancio? No, pero existen factores en el hecho de serlo que pueden hacer tender a la persona a no 'ventilar' su vida con la aceptación de lo distinto, lo sorpresivo y perverso, ¿es falso el pijo? tanto cuanto no sepa luchar contra sus principios cuando la realidad los desmiente, ¿es de derechas? tiene más tendencia a serlo desde el momento que aceptamos que el pijo defiende su vida de siempre y, por tanto, es conservador, ¿es sibarita? ahí actúa mi experiencia para decirme que sin ser condición necesaria ni suficiente, sí hay mucho de ello.

Construir una definición con todos estos argumentos, siempre personales, resulta complejo.

El caso es que, dependiendo de quien me valore, yo mismo puedo ser descrito como tal. Y me horroriza. ¿Qué parte de mí es pija? Tal vez ayudan mis estudios y mi puesto profesional, no tanto por todo ello en sí sino por el círculo social en que en cierta forma me ha asentado. Mi nómina tampoco es baladí respecto al mundo mileurista en el que me muevo y, si asumimos que el concepto dinero ayuda, entonces tengo más probabilidades que otros. Soy, también, una persona con un gusto particular por la belleza entendida como un amor al arte, al buen vivir. Soy, mal que me pese, sibarita.

¿Me libero de serlo por considerarme de izquierdas? Ojalá. ¿Soy el anti-pijo por no estar enganchado a las tradiciones de mi tierra? Quizás. ¿Mi vida sin hijos me hace saltar por encima de cualquier manual de hombre pijo? No sé.

¿Son los pijos insoportables?

En una gran parte, sí.

¿Son los pijos más educados que la media de masa humana?

A veces defiendo esa postura, a veces no. Luego no puede entrar como argumento.

¿Qué me hace escribir de ellos?

La recurrencia con la que se utiliza este término en nuestra sociedad. Tal vez cada cuál a su manera, mirando en positivo o negativo. Hay quien se vanagloria de serlo.

Yo conozco pijos y pijas encantadores, habituados a llevar una sonrisa, nada perezosos a la hora de abrazarte. Entre ellos hay mucha gente de la que te puedes fiar por encima de todo, quizás porque si los elegiste como amigos hace mucho tiempo, y si al tomarlos como tales acertaste, sabes que son personas hechas para no cambiar. Y si te quieren, te quieren...

lunes, julio 05, 2010

Nuevos parias

Con mi paga extra ando quitándome tarjetas visas con las que en tiempos pasados tuve que enredarme, por historias queridas o no evitables que me hicieron necesitar más dinero del que tenía.

Las empresas financieras, más cutres de lo que uno pueda imaginar, hacen tres mil jugarretas para intentar llevarse el máximo dinero de un cliente que está a punto de abandonarles, de dejar de pagarles intereses supersónicos por un dinero prestado con letras pequeñas inacabables.

Cuando hacen barbaridades con tu cuenta, te cobran recargos injustificables, te doblan los pagos por si cuela y te cargan de comisiones un día antes de darte de baja entonces el perjudicado, en este caso yo, llama como una fiera al número que te dan como de 'atención al cliente' y, después de hacerte esperar ratos eternos en que te cobran hasta por respirar, saltas como un energúmeno contra la pobre persona, sudamericana o no, chico o chica que atiende el teléfono.

Ellos tienen un listado de preguntas para hacerte desesperar, acabando tan excitado que...

Pobres parias utilizados por empresarios sin escrúpulos que tienen la poca vergüenza de no dar la cara para sacar todo el dinero posible de la desesperación de quien pasa por situaciones económicas delicadas.

En toda esta historia yo me siento un privilegiado, que ha tenido la suerte de trabajar en una empresa seria que ha sabido sortear, con dificultad, la crisis.

Me prometo no levantar más la voz a esos telefonistas pacientes que soportan, estoicos, la rabia de los estafados que no pueden expresar sus frustraciones a los impresentables de corbata y chaqueta que se ríen de nosotros, y de sus empleados-parias.

jueves, julio 01, 2010

Alemán

Me produce una gran satisfacción personal explicar, cuando alguien se interesa acerca de mi dominio del francés, que aprendí el idioma de Molière a través de Planeta Agostini.

96 fascículos semanales que yo estuve comprando con mis ahorros de adolescente durante dos años. Venían con su cassette.

Écoutez - Répétez - Écoutez - Répétez...

Yo escuchaba encerrado en mi habitación y repetía las veces que hiciera falta. Con lápiz y goma hacía todos los ejercicios, corrigiendo continuamente los mismos errores.

Mi trabajo y, sobre todo, mis 3 años en Francia me hicieron afinar una lengua de la que sólo sabía lo que mis lecciones de kiosco de prensa me enseñaban.

Animado por mi éxito y mi fuerza de voluntad me dispuse a comprar los 96 fascículos de alemán.

No tuve, en este caso, la constancia para bajar 96 semanas a por el ejemplar correspondiente, quizás por entonces empezaba a descubrir el mundo y mi escaso dinero prefería gastarlo en copas los fines de semana. Cualquier cosa que diga será, en cualquier caso, producto de mi invención.

Aún así, a través de mi amigo Pepe, conseguí dar con alguien que vendía esas 96 lecciones ya encuadernadas en grandes tomos. Hice un trueque (no recuerdo tampoco a cambio de qué) y me hice con el curso completo de alemán.

Lo empecé varias veces y en distintas épocas. Pero no pasaba del 'wie gehts dir?'.

He utilizado esos tomos de pie para reforzar las patas de mi cama, han viajado conmigo a París, los he colocado en todas las estanterías que he tenido en mi casa familiar y en mi vida adulta independiente.

Tantos años después de hacerme con el primer episodio de ese curso, hace no mucho, decidí que no.

Renunciar a proyectos no es sentirse menos vivo, sino comprender la verdadera naturaleza del vivir. Comprender que toda una vida no da para leer toda la literatura universal y que, con el paso de los años, hay que priorizar no es una derrota.

Ahora sé que no tengo el tiempo ni la ilusión de aprender alemán. Sé, sin embargo, apreciar la relectura de una novela sin angustiarme por pensar que eso me impedirá leer otras desconocidas. Sé que no viviré mil vidas ni integraré a más de cinco personas importantes en mi círculo más íntimo.

Pero, a estas alturas de mi vida, no me causa desazón.

lunes, junio 28, 2010

Alegría de vivir

No siempre somos conscientes ni sabemos valorar a las personas que tenemos alrededor. Y me refiero en este caso a aquéllos que infunden una energía continua, una sonrisa eterna y ganas de vivir.

A través de mi pareja tuve la suerte de conocer a Isaac, un gaditano nacido en Cataluña, o un catalán de San Fernando, explosivo, vividor, entregado y fiel.

En esta vida complicada, de la que somos expertos en complicárnosla aún más, encontrar quien siempre responda a una llamada es ya un motivo pleno de satisfacción, pero aún lo es más cuando tras esa respuesta se encuentra un talante sonriente.

Como suele ocurrir con las personas buenas, tras la fachada de sonrisa fácilmente visible aparecen con el tiempo valores mucho más consolidados. La generosidad es una de estas virtudes en él, material y humana. Y la generosidad suele venir acompañada de un corazón noble.

Isaac ha sabido cuidar de los suyos sin pregonarlo, convirtiéndose en el centro de su familia, en base sólida, raíz fuerte donde agarrarse.

Pocas veces, tras esa sonrisa, ha dejado escapar un mal día ni un gesto desabrido; aunque los que lo conocemos sabemos interpretar entre líneas sus inquietudes y miedos.

Tener personas como Isaac al lado produce un reconfortante placer. El de saber que tienes como amigo a alguien que nunca te va a fallar.

viernes, junio 25, 2010

Claret

Nací en una familia de clase media, éramos cuatro hermanos y nos matricularon desde parvulario en colegios religiosos, de curas, el Claret, David y yo, y de monjas, las Irlandesas, Mónica y Raquel.

En todo ello influirían dos hechos, la cercanía de los 'coles' a nuestro barrio y la religiosidad de mi madre.

En cualquier caso significaba por entonces un importante desembolso económico. Cuando llegué al Bachillerato mis padres me propusieron ir a un Instituto Público, que además era conocido por su calidad educativa, el Herrera. Yo me negué en redondo. En el Claret tenía a mis amigos del alma y suponía un drama dejarlo todo y empezar de cero, en esa época de la vida en que todo se magnifica.

El caso es que poco a poco me daba cuenta que mi mentalidad no casaba con unos compañeros que venían de familias muy de derechas, pronto decidí que no creía en Dios y mi mundo futuro no podía ser ése.

El paso del tiempo me demostró que, efectivamente, mi visión de la vida no coincide en absoluto con la que se me adoctrinó por entonces.

Recuerdo, incluso, la tristeza con la que muchos vivieron la derrota de Tejero en el famoso Golpe de Estado del 23-F.

Ahora me tengo claramente por una persona alejada de dogmas, de banderas, patrias y hermandades religiosas.

Sin embargo, hace algo más de un mes recibí un correo de la que fue mi promoción del Claret. Hace la friolera de 25 años que terminamos los estudios y proponían un encuentro para volver a vernos.

Ese correo me sirvió para volver a contactar con antiguos 'compas' de los que sí guardaba buen recuerdo: Jose, ahora médico en Badajoz, Gonzalo, arquitecto, Enrique, trabajando en una compañía de seguros y con dos niños, Francis, con el que quedé en tomarme una cerveza en unos días y que me contará si terminó definitivamente su carrera de abogado.

Tuve claro desde el principio que no iba a ir, pero eso no impedía un remover de tripas imaginando esa escena de verlos tanto tiempo después.

El encuentro, por lo que sé, fue un éxito rotundo. Yo no estuve.

Sé que los años no tienen vuelta atrás, que nadie arrancará mis años de infancia y adolescencia en el Claret, que ni siquiera quiero que lo hagan, porque esa experiencia conforma lo que hoy soy.

Me emociono en la distancia viendo fotos colgadas en redes sociales de esos niños que fuimos en épocas que, por encima de todo, fueron dulces.

lunes, junio 21, 2010

Pena de morir

Saliendo del trabajo el viernes, con toda la alegría del comienzo del fin de semana, camino de una cerveza fresquita con la familia y con un sol luminoso alegrando el mediodía, la radio me anunció la muerte de un ser querido. Había fallecido un hombre bueno. José Saramago.

De él sé más de su persona que de su obra, de la que quedé impactado por 'Ensayo sobre la ceguera'. En cambio, cada declaración suya, cada cita que leía de él era una lección de humanidad.

Su continuo recuerdo a las muertes por hambre en el mundo, una cada cuatro minutos, decía, su desprecio a los especuladores, a los corruptos, su amor a las cosas sencillas.

'Si tuviera la oportunidad' -decía en un extracto radiofónico de ese mediodía de viernes que se volvió triste-, 'si tuviera la oportunidad, pediría vivir, vivirlo todo, desde el principio, incluidos los dolores y la amargura de la vida. Pediría vivir'.

Duele que un hombre con un espíritu tan noble, sin dobleces, tan comprometido con su sociedad, sea vilipendiado el día de su muerte por la iglesia católica. ¿Duele o satisface?. Pensándolo bien quizás me satisfaga saber que esta iglesia que conocemos vaya quedando tan atrás. Saramago no podía ser feliz pensando en las muertes de cada cuatro minutos, en el desasosiego de los desamparados... mientras la iglesia, la oficial, burocrática e insensible, se preocupa de criticar a este hombre íntegro al morir.

Yo estoy contigo, Saramago, aunque no estés. Aunque tu materia ya no sea más que cenizas y tú pensases que a esta hora ya eres nada, la Nada con mayúsculas.

Personas como tú dan sentido a esta vida inentendible, porque con tu palabra y sensibilidad hiciste lo posible por descifrar las claves, por dar coherencia al comportamiento humano y trazar un camino.

No olvidaré la frase que nos transmitiste, dicha por tu querida abuela allá en el pueblo cuando ella veía la vida escapársele con noventa años:

'La vida es tan hermosa. ¡Qué pena de morir!'

sábado, junio 19, 2010

Palabras terapéuticas

El otro día por poco me atropella un motorista, en un gesto imprudente por su parte, al girar una esquina por el centro de Sevilla mientras paseaba.

Mi primer impulso fue mandarlo a freír gárgaras. Pero el chaval se frenó y me pidió perdón.

Es impactante como una palabra dicha en el momento oportuno produce un efecto inmediato de relajación ante un arrebato de ira.

De la misma forma desarma, en otras circunstancias, un gracias. Recuerdo haberme enfrentado a situaciones comprometidas en que, por parte de alguien cercano, se me pedían favores difíciles de conceder. O porque era dinero cuando no tenía, o porque implicaba renunciar a planes ya programados, o porque suponía acudir a lugares no del todo deseados.

Aún así, cuando el esfuerzo estaba hecho, un gracias era suficiente moneda de pago. Cuestan muy poco, apenas medio segundo cronometrado y un movimiento de boca que no supone esfuerzo.

Perdón y gracias.

domingo, junio 13, 2010

Frivolidad

Hay una canción de Fangoria que acaba diciendo '¡Viva lo superficial!', y hay veces, no demasiadas, en que pienso que la clave del saber vivir está ahí.

No lo pienso porque sea una persona infeliz, ni porque carezca de sentido del humor, ni por tener una visión trágica del sentido de la vida. Creo.

Lo pienso, en esos momentos de debilidad, porque entiendo la frivolidad como virtud. Y de esa virtud carezco.

Rechazo comparar frivolidad con divertimento, del mismo modo que me declaro absolutamente una persona no aburrida, por muy poco frívolo que sea.

Pero la escasez de esa virtud, que sin duda lo es tener un componente notorio de frivolidad, hace que me resulte atractivísima la gente que sí posee esa capacidad para reírse del mundo, de sí mismos, para no tragar saliva con comentarios en apariencia hirientes.

Tal vez sea una de las razones, sin duda no una razón principal, por las que estoy con mi pareja, por esa enorme capacidad de reírse a carcajada limpia. Tan sana, tan abierta, una risa tan de dentro, sin complejos ni miramientos.

El otro día lo hablaba con Nuria, una mujer hecha y derecha, guapísima, culta, con una vida estable y devoción por su familia, pero que no tiene tapujos para hablar de... para hablar del mundo y reírse de él.

No hay mejor antídoto contra la susceptibilidad que tener un alto componente frívolo.

Siempre hay que estar dispuesto a aprender lecciones.

¡Viva la frivolidad!

sábado, junio 12, 2010

El móvil

Recuerdo haber visto el primer móvil a Rafael Abascal, antiguo novio de mi hermana Raquel, organizador, por entonces, de conciertos. Tenía autonomía de minutos, dimensiones de casi caja de zapatos y una batería pesadísima.

Mi primer móvil lo recibí en el trabajo. Era una forma de tenernos localizados entre tantas máquinas y líneas de producción. Supuso, sin duda, un impulso a la productividad, con horas perdidas en transmitir informaciones importantes en un ambiente industrial donde el minuto siempre cuenta.

La sensación más impactante la recibí cuando, hace tantos años, paseando por las playas de Cádiz, en una zona alejada de toda población, mi amiga Bárbara me llamó. ¿Me gustaba esa sensación? De pronto veía que el mundo se hacía extrañamente abarcable, ya imaginaba chips en los brazos para tenernos a todos localizados.

Fui de los reacios a cargar con él si no fuese imprescindible, pero poco a poco fui entrando en la dinámica de llevarlo siempre conmigo.

En un viaje de fin de año que pasamos varios amigos por la Sierra de Cádiz, nos hicimos una buena escalada para llegar al cerro de los Buitres, muy cerca de Ubrique. En todo lo alto de ese risco, sin huellas de civilización por ningún lado, hubo un momento que había más gente hablando por el móvil que en silencio.

Ayer estuve en una boda y decidí dejarlo en casa, pero mis manos rebuscaron en los bolsillos toda la noche, sin esperar llamada ni desear contactar con nadie, porque todo mi interés en ese momento estaba en disfrutar de mis amigos.

Intento, a pesar de todo, no llamar por llamar para no tener nada que decir; aunque entiendo que es un artefacto muy útil, quizás engañosamente, para calmar un poco la soledad de quienes no la han elegido.

viernes, junio 11, 2010

Escribir

Ayer tuve la oportunidad de pasar un día feliz, redondo.

El día tenía todas las papeletas para ofrecerme esa posibilidad de satisfacción personal: culminaba, aunque ahora empiece lo más duro, la trayectoria comenzada hace más de dos años con la presentación en sociedad de mi quinta novela; lo hacía, además, rodeado de gente que me aportaba tanto cariño que me desbordaba; y, por si fuese poco, me acompañaban en el acto en sí de presentar el nacimiento de la criatura tres personas entregadas con la historia.

Un rato antes, tomándome un batido de chocolate en casa mientras hacía tiempo para enfrentarme a entrevistas y al acto de la presentación en sí, me pregunté por qué.

¿Qué me aporta escribir?, ¿hasta qué punto quiero conectar con potenciales lectores?, ¿qué quiero contar?, ¿por qué meterme en estos embrollos?

Una de las respuestas la podría encontrar sin duda en la calurosa acogida que me ofrecieron un rato después, pero yo trataba de encontrar una explicación más íntima.

¿Por qué el escribir?

Hay muchas teorías sobre el acto de la escritura, que van desde la inseguridad y la necesidad de autoafirmarse a sobrevaloraciones del ego, pasando por todas las etapas intermedias, que incluyen la humildad de tratar de compartir una visión del mundo o la necesidad casi terapéutica de comunicar para quien no es ducho en otros mecanismos más simples y directos.

Pero en mi caso, ¿cuál es mi motivo?

Mi primera respuesta vendría dada por la posibilidad de estructurar mi interior que me ofrece la escritura. Cuando trato de imaginar bien una larga historia compleja, o bien una frase corta dentro de un párrafo concreto, me obligo a mover fichas que de otro modo, sin un bolígrafo o un ordenador, no estarían disponibles. La inmediatez de las conversaciones o la abstracción de los pensamientos se pierden en el tiempo y se difuminan en nuestra memoria. Tratar de atraparlo en un papel es una forma de asentar teorías, instintos, sensaciones. Es, en mi caso, mi manera de abarcar mi mundo.

La segunda explicación tendría que ver con el hecho de compartir el resultado de esos escritos. ¿Cuánto hay de vanidad? No lo sé, ¿qué parte de inseguridad?, ¿hay algo de búsqueda de afecto?

Es aquí donde encuentro más dudas para responder, porque quizás haya un poco de todo.

¿Qué me hace inventar una historia, toda una maraña de personajes y enfrentarlos a conflictos cruzados?

En el largo recorrido de la humanidad a través de los tiempos siempre ha habido contadores de historias.

Es entonces cuando encuentro la respuesta.

Escribo porque hay personas ávidas de leer, de conocer el mundo desde otros ojos, con otros colores y distinto corazón.

Yo, como lector, me doy entonces la respuesta al yo escritor.

lunes, junio 07, 2010

Mentir con sinceridad

-Mañana nos tomamos un café y me lo cuentas.

Y te quedas esperando a que te coja el teléfono al día siguiente para el café.

-Este jueves organizo una cena en casa. Os venís vosotros y os traéis a quien os apetezca. No traigáis vino, ni postre, me basta con vuestra presencia.

Pero desde el miércoles no da señales de vida el organizador de cenas.

-Este verano nos pasamos a visitaros a vuestro apartamento.

¿Quién venía a vernos que nunca vino?

-Me voy a Alicante esta semana, vuelvo el jueves. El jueves te llamo.

El jueves me llamas... querrás decir que a partir del jueves ya estás en Sevilla.

-Eres un tío muy especial. Contigo se puede hablar de cualquier cosa, estás en el mundo, nunca fallas. De mí, lo que necesites.

Me cuelga el teléfono y no devuelve la llamada.

-¡Me siento tan sola!, necesitaría pasar un fin de semana contigo en la playa.

Sí, ok, lo entiendo, has ligado, no, no te preocupes. Estoy bien en la playa a solas.

-Eres encantador.

¿Quién?, ¿yo?, ¿quién anda por ahí?...

-Te prometo que...

Miénteme con total sinceridad, que yo sigo aquí. No sé por cuánto tiempo.

sábado, junio 05, 2010

El ojo del huracán

Hay veces en la vida de uno que hay que saber encontrar el momento para decir lo importante que es para nosotros la persona amada.

Recuerdo una película de primera sesión, cuando sólo había dos cadenas y nos quedábamos en el salón viendo la película que ponían los sábados después de comer. No le sé poner el nombre a la película. La recuerdo en blanco y negro. En una de las escenas finales, con un pequeño barco ingobernable en medio de un gran huracán, la mujer se acerca a su marido, desesperado por controlar la nave, y le pide que le diga que la quiere. El marido, agresivo, la aparta. 'No es momento para eso'.

Mi padre, desde el sofá, gritó en alto: 'si no se lo dices ahora, ¿cuándo se lo vas a decir?'

El barco se hundía.

El 99,99% de las veces no hay ningún barco hundiéndose, pero sí señales que hacen recomendable pedir un gesto de amor o darlo.

Estas necesidades no entienden de amores consolidados o cogidos con alfileres. Se necesitarán con mayor o menor frecuencia, pero las muestras de amor hay que darlas, de forma directa, mirando a los ojos y acariciando.

Te quiero.

viernes, junio 04, 2010

Todo está dentro

Esta frase se la escuché hace poco a 'La Mala Rodríguez', imagino que ante la pregunta del origen de la temática de sus canciones. La rapera, muy gestual, se tocaba las sienes, el pelo para decir que todo lo que nos preocupa, nos aterra, atrae o condiciona está dentro de nosotros mismos.

Dejando a un lado la espiritualidad o no, el alma o el cerebro, no puedo estar más de acuerdo con ella. Todo está en nuestro interior.

Las relaciones humanas, las crisis económicas, los enfados familiares, los enamoramientos... todo parte de nuestro interior.

Pasan cosas porque así las interpretamos individualmente cada uno de nosotros.

Paisajes hermosos lo son porque así lo hemos decidido desde nuestro prisma humano.

Vamos transmitiéndonos códigos aprendidos a través de la educación, el contacto, la amistad, la lectura.

La realidad, en cambio, es una, íntima, para cada ser humano.

Pasamos la mayor del tiempo cada uno con nosotros mismos. Mirándonos al espejo cada despertar vamos viendo ese cuerpo que nos acompaña desde siempre, en coche para ir al trabajo vamos dándole vueltas a nuestras preocupaciones, paseando hacemos proyectos de vida, cocinando, de pronto, nos acordamos de nuestros días de infancia en la playa. Acostados en la cama, cualquier noche nos despertamos adormilados para mirar el techo y pensar en algún ser querido. Tomándonos una copa con un gran amigo, por dentro estamos pensando en qué mal o qué bien está orientando su vida.

Comunicamos una mínima parte de todo el tiempo que pasamos por la vida.

Si valorásemos en su justo término ese placer que supone establecer cauces con otros seres a los que queremos, seríamos un poco más felices.

Recibimos y emitimos señales, llegamos incluso a momentos de felicidad extrema que no cambiaríamos por nada.

Pero no dejamos de ser seres únicos e indivisibles, con ricos mundos interiores, que todo lo importante lo filtran en su interior, íntimo, difícil de compartir.

Sí, todo está dentro. Asumirlo es una buena terapia para querer más y mejor.

martes, junio 01, 2010

Horas de más

En los tiempos que corren, este mes mi fábrica ha contratado a 70 nuevos operarios.

Hace unas semanas, pude leer en El Correo de Andalucía una entrevista a José Domínguez Abascal, un antiguo profesor de la Escuela de Ingenieros que actualmente trabaja como directivo para Abengoa, empresa líder en energías renovables en nuestra ciudad, creadora de puestos de trabajo de calidad y fuente de ingresos destacadísima para nuestra sociedad.

En esa entrevista, Abascal hacía un canto a la responsabilidad del directivo para luchar por proyectos, por aumentar la productividad, por potenciar la calidad en el trabajo al mismo tiempo que definía como muy hermoso su oficio.

En mi empresa hay determinados miembros del equipo de Dirección, y pienso especialmente en una persona, que echan más horas en la fábrica de las asumibles por cualquier persona que quiera conciliar un mínimo de vida familiar. A las seis ya está trabajando, come allí y no se va antes de las ocho de la tarde.

No lo envidio ni considero que ésas sean formas de llevar una vida, pero en cambio sé apreciar la importancia que tiene el sacrificio de esa persona para que 70 jóvenes sevillanos firmen el que seguramente sea su primer contrato laboral.

Detrás de cada trabajador que transporta piezas de un lado a otro, que gestiona un almacenillo, que repara motores o que limpia los pasillos de una fábrica de caja de cambios hay un esfuerzo abnegado de personas como ésta que, para más inri, no pierde nunca la sonrisa de la boca ni las ganas de ayudarte cuando le pides consejo.

Sé que gracias a él, entre otros, Renault concedió la fabricación de una modernísima caja de cambios a la factoría de Sevilla. Esto viene a suponer entre 300 y 400 empleos estables en una ciudad que está atrasada en términos productivos. Las cuatro mil cajas de cambio diarias que producimos equipan a cuatro mil coches diarios, que se venden mayoritariamente en el extranjero.

Es una corriente de dinero fresco que entra en casas de familias trabajadoras de forma casi directa.

Observo a este hombre interesarse por cada tema con la misma ilusión del primer día y me digo que no le envidio, ni considero que su vida sea un modelo en el que proyectarse... pero valoro lo que él aporta, con alegría, a nuestra sociedad más cercana.